CUADRO X
PASEO AL SALTO
Se encontraba la casa de las bellas mellizas en la más completa
revolución con el intentado paseo al Salto de Tequendama. Don Jorge
había hecho traer los caballos, mientras que don Amílcar y Juan, su
criado, arreglaban las monturas; pero una novedad vino a
interrumpir la general alegría, al tiempo mismo de salir las
señoras a montar. Era que los ratones habían destrozado la gurupera
del galápago de doña Antonia, y la señora lo notó en el momento de
ir a montar.
-Corre, Angelita, dijo la madre de las mellizas, y me le dices a
tu señora Evarista que es mi señora de mi corazón, que dispense
todas las molestias, que ya sabe que es mi pañito de lágrimas, que
me haga el favor de prestarme su gurupera porque la mía se la
comieron los ratones, que por todas partes me han de estar
persiguiendo; pero no vas a tardar ni un solo minuto, porque todas
nos quedamos esperándote como quien espera la salvación.
Ciertamente que la criada anduvo formal y al galápago se le
dieron todas las seguridades que eran del caso. Montaron Angelita,
las mellizas, doña Antonia y Eulalia por la parte del bello sexo;
por la de los hombres montaron don Jorge, don Amílcar, Juan y don
Cecilio, el sabanero, pariente de doña Antonia.
Un peón se había ido adelante con el almofrej, en el cual iba de
todo, como en ciertas tiendas: zapatos, crinolinas, medias,
camisones, chocolate, caramelos, y todos los enseres de las camas y
de los fiambres para dos días de camino, esto es, contando con la
ida y el regreso. Todo con sus debidas separaciones, como era
justo.
Un viaje al Salto es un acontecimiento raro con la historia de
las familias. La vista de la cascada se espera como un asombro y
luego se agregan mil peripecias de que se podrían formar volúmenes
infinitos. La expedición misma a los ojos de los espectadores de la
calle, no es otra cosa que un drama de lo más divertido por las
monturas y los trajes estrafalarios de los viajeros.
En el viaje de que nos ocupamos, Angelita dio función al público
cayendo del caballo por haberse reventado la cincha de un galápago,
y gracias a que no había muchos espectadores.
La marcha se rompió a las doce, y por varias detenciones en el
camino, la llegada a la parroquia de Soacha fue hasta las cinco de
la tarde, y allí pidieron posada en una casa de las pocas que había
en la plaza.
Tuvo don Jorge una pena muy grande por sus distracciones, porque
le sucedió lo siguiente: se acomidió a ayudar a desensillar los
caballos de las señoras, y al quitar el galápago del caballo de una
de las señoritas, sin zafarle primero la gurupera, el caballo
apretó fuertemente la cola y salió corriendo por la plaza
llevándose el galápago a remolque. Atajaron el caballo en una
esquina algunas personas acomedidas, pero éste seguía corriendo por
la plaza, y en sus frenéticos intentos pasó por el frente de la
casa del Cabildo, en donde se hallaban tres individuos conversando
muy arrellenados sobre los asientos de sus sillas, los cuales
desatando del arzón sus rejos de enlazar, le tiraron el lazo al
pasar por sus inmediaciones y todos lo enlazaron del pescuezo. De
este modo escaparon el caballo y el galápago de un riesgo
eminente.
La invención del rejo de enlazar no es útil solamente para los
trabajos del campo, la humanidad le debe mucho. No pocas veces se
ha contenido un caballo desbocado llevando un niño encima, y se ha
libertado de la corriente de un río, de una quebrada, un viajero
con la célebre industria de la enlazadura, que con tanta perfección
ejercen casi todos los sabaneros.
Cuando estuvo desabrochado el almofrej en la salita de la posada
y se pusieron las señoras sus crinolinas de infantería, las criadas
sirvieron la comida que don Jorge había mandado preparar con
anticipación, que estuvo muy buena, pero sumamente triste, porque
las mellizas estaban muy cansadas, según decían, y no articulaban
ni una palabra contra su costumbre, porque toda su vida habían sido
risueñas, alegres y en extremo graciosas. Les parecía triste la
parroquia y muy solitaria, pero tampoco deseaban más gente de la
que componía la comitiva. Amílcar y don Jorge eran los únicos que
se habían salvado de la derrota general de sus antiguos
contertulianos, y sin embargo, no recibían sino las cortesías de
mera urbanidad. Las mellizas amaban, pero Amílcar y Jorge no se
creían correspondidos. Este era un misterio de amor que nadie lo
podía comprender.
La bandola y el tiple sonaron, pero la apatía reinaba en las
heroínas principales del paseo, y poco después de las nueve se
acostaron quejándose del frío y del cansancio. Doña Antonia dejó la
vela encendida por el temor de los ratones.
Luego que se vieron solos, los tres caballeros se pusieron a
jugar tresillo, sin hablar más que lo puramente necesario, como si
estuvieran repasando la conferencia de algún problema de
matemáticas. Se acostaron a la una de la mañana en la sala y se
levantaron muy temprano a dar formas de ensillar los caballos.
Angelita también madrugó a preparar los atejos del fiambre para el
día, y el chocolate para el desayuno de los viajeros.
A las seis se pusieron en marcha para el Salto. El día era
hermoso. El objeto de viaje no podía ser mejor y los caballos eran
vivos y andadores; y sin embargo, las mellizas parecían que iban a
dar un pésame en una de esas haciendas que se levantan en la verde
sabana como islotes de un archipiélago.
Las paredes de la casa de la hacienda de Canoas se presentaban
sumamente blancas, heridas de frente por los primeros rayos del
sol. El río Funza corriendo lentamente por el pie de las huertas,
le daba la mayor importancia a toda la pintura. Se atraviesa allí
mismo por un puente de cincuenta varas de largo, por el estilo
antiguo de la colonia, y gracias a que la hacienda lo mantiene con
la venta del peaje, que si el gobierno lo tomara por su cuenta, el
público se quedaría sin esa ventaja.
Las haciendas de la sabana han sufrido golpes terribles, porque
la tendencia de los revolucionarios es destruir lo que no se
llevan. El puente de Canoas fue incendiado el año de 54 por una
partida armada de la gente del general Melo.
Se había detenido don Amílcar, con el fin de hacer un punto en
la correa del estribo de Angelita, que estaba muy corto según lo
decía ella misma, y con este motivo entre los dos pasó la
conversación siguiente:
-¿Hombre, Angelita, no sabes por qué van tus señoras así de
tristes?
-No soy hombre, don Amílcar, le contestó la criada con aire de
triunfo.
-Prescindamos del castellano, y dime qué es lo que hay en el
caso, porque tú debes saberlo como doncella principal del servicio
de las señoritas.
-Tampoco yo sé ese castellano que usted me dice.
-Doncella es una criada de honor, así como lo eres tú, le
contestó don Amílcar.
-Yo no entiendo nada de lo que me ha dicho.
-¡Bobona! Lo que te pregunto es que si sabes lo que les haya
sucedido a las señoritas, que se han puesto tan serias que ya no se
conocen. ¿Estarán enamoradas? ¿no lo sabes?
-Me parece que de su merced y del amo don Jorge si no me
equivoco.
-¿De veras?
-Pudiera jurarlo.
-¿Pero no las ves serias con nosotros como si fuéramos sus
enemigos?
-Luego ¿cómo es querer?
-¡Oh! ¡comunicar la dicha que se posee! ¡Estrechar las
relaciones, hacerse felices dos corazones que simpatizan!
-Pero no grite tanto, porque lo oye mi señora y se pone brava:
¡no sea su merced tan indiscreto, por el amor de Dios!
-¡Angelita, espero de ti un consuelo; el mayor de los
consuelos!
-¿Y cómo es el consuelo?
-Que pongas mucho cuidado a Rosa para que me descubras el
misterio; porque si no, yo me levanto la tapa de los sesos.
-¡Ave María! ¡No hable su merced disparates! Tenga un poco de
paciencia, que yo tal vez le descubro el secreto de mi
señorita.
-¿Me dices? Angelita de mi vida.
-Pero ahora no, porque no estoy bien cerciorada... ¿Y qué me da
si lo descubro... y le cuento?... Porque voy a poner mucho
cuidado.
-¡Todo lo que quieras, Angelita de mi vida! Te ofrezco una buena
sortija de oro.
No hubo tiempo para más averiguaciones, porque doña Antonia le
tuvo la rienda a su caballo para que le acortara don Amílcar un
punto a la correa del estribo.
Se desmontaron las señoras por el temor que le tuvieron al
puente, y cuando pasaron por frente a las puertas de la casa de la
famosa hacienda iban todas calladas.
Cuando las señoras pasaron la loma engramada que precede a los
bosques de las inmediaciones del Salto, vieron el bosque de robles
centenarios, en el cual comienzan en aquella parte de Cundinamarca
los bosque quiníferos.
El paisaje es encantador, y la vista, el silencio, la quietud y
la frescura presentan no sé qué delicia al corazón humano, que lo
atrae hacia sí con los halagos de la independencia del hombre
primitivo de la naturaleza, como las aguas convidan a bajar de las
nubes a las bandadas de patos emigrantes que se han remontado en su
viaje de unas regiones a otras.
Las mellizas no conocían los bosques de los Andes en donde se
cría el árbol de la quina, el nogal, el renombrado
|chuguacá y el
|estoraque; y a la vista de los
patriarcas del bosque, cubiertos de barba y rodeados de los árboles
que les siguen en la juventud, como asimismo de los cadáveres
corpulentos de sus mayores que yacen sobre la tierra para servirles
de abono; a la vista de una población de mil familias descritas por
los botánicos de que habían oído hablar por casualidad, se llenaban
ahora de asombro caminando por debajo de su sombra y aspirando el
aroma de sus flores, movidas por la brisa de la mañana más
deliciosa.
Todas las personas que se dirigen al Salto tienen que atravesar
un pedazo de bosque por una senda barrialosa en unas partes y
sumamente fragosa. Iban en la mitad los viajeros cuando oyeron las
voces deliciosas del tiple y de la bandola que saludaban la patria
de los chibchas, a nombre de las mellizas, por el ministerio de don
Amílcar y don Cecilio. No hay duda que existe alguna simpatía entre
la dulce soledad de los bosques y la rara melancolía de los acentos
musicales. Ello es que una bandola tocada en un camino montañoso
conmueve la sensibilidad del corazón humano aún de lo que pudiera
hacerlo la orquesta de un salón de la corte, o del teatro mismo.
Don Jorge se llenó de entusiasmo, y entre mil cosas que le había
dicho a Blanca desde las lomas de Canoas copiaremos algunas.
-Me parece que oigo gritar, decía don Jorge, las cavidades de
los árboles y que sus ecos gimen acompañando la tristeza de mis
suspiros.
-¿Así? le contestó Blanca, mirando hacia la copa de los árboles
más levantados que adornaban el camino.
-Es que de mi corazón se escapa el dolor como los ruidos que
suben del seno de los volcanes.
-¿Sufre usted alguna enfermedad en el corazón?
-Sufro las ingratitudes de usted.
-No sé por qué lo diga usted, cuando lo he tratado con el mismo
cariño que todas las de casa.
-Pero su amor, Blanca, su amor...
-¿Mi amor?... Merece usted el amor de una persona que valga
mucho más que yo.
-¿Cuál, señorita? ¿Cuál habrá en todo el mundo que se asemeje a
usted siquiera?
-Muchísimas, don Jorge; no se alucine usted... no conoce usted
ninguna igual a mí?... ¿Rosa no dicen que es tan parecida? ¿Usted
mismo nos ha confundido tomando a la una por la otra? ¿No le juró
amor a Rosa en la venta del Boquerón?
-Suponiendo todo eso. Siempre que usted sea la que me ha
inspirado su amor, siempre que usted sea la belleza que yo
idolatro, ¿qué me importa a mí la existencia de todas las
hermosuras del mundo?
-Entonces no ha puesto usted los ojos en la persona que más le
conviene.
-Entonces sería que usted me habría inspirado su amor para ser
un mártir o una víctima al acaso.
-¿De qué manera, don Jorge?
-Por ser usted la divinidad que ha despertado el amor que dormía
en mi corazón.
-Comprendo. Hice un mal que debo reparar.
-Por el contrario, mi querida Blanca. Usted ha comenzado el
mayor de los bienes. Lo que importa es terminarlo.
-¿De qué manera, don Jorge?
-Prometiéndome su amor, con lo cual seré yo más dichoso que
Alejandro, César y todos los conquistadores del mundo.
-Prometer... ¿Se contentaría usted con esperanzas que valen
menos que mi cariño real y verdadero?
-¿Y por qué no su amor verdadero?
-Eso no es obra de un momento. He oído hablar del amor que nace
y se cría como el hongo, de la noche a la mañana; y del amor que
nace y se cría como el roble, en el espacio de algunos años. Yo
creo más el que nace y se cría y llega a toda la fuerza de su
esplendor con el trascurso de los años. Creo que de este segundo
modo será mi amor cuando lo tenga.
Don Amílcar parecía que tampoco iba de balde, según se
manifestaba por la acción; pero Rosa no hacía más que escuchar.
Doña Antonia formaba una sección con Eulalia y don Cecilio; y
Juan iba con Angelita y un peón que llevaba parte del material para
el almuerzo.
Hay un patio limpio en medio de los árboles, que se llama el
"Almorzadero". Allí se detienen generalmente
todos los que hacen el paseo al Salto, porque no hay modo de pasar
más adelante a caballo. Algunos almuerzan y otros no, porque el
nombre no obliga. Nuestros viajeros dejaron los caballos y
emprendieron su marcha de a pie. No hay para que decir quiénes les
darían el brazo a las mellizas. Hablemos de las otras parejas: don
Cecilio llevaba de la mano a Eulalia y Juan a doña Antonia. Esta no
es una ceremonia de corte, es una necesidad absoluta para las
señoras, porque desde el "Almorzadero" hasta la
orilla del río, el camino va por un plano inclinado y en partes hay
barriales y escalones de muy malas consecuencias para las
señoras.
Angelita iba sola, ayudando a llevar parte del almuerzo,
sosteniéndose en un bastón de palo fresco, que el peón le había
adquirido, con dos o tres golpes de cuchillo.
No quisiéramos hablar de la crinolina, porque es moda, y con
esto basta para que se le respete. Se ha debatido mucho la cuestión
en los periódicos de Bogotá y a lo sumo se ha sacado en
consecuencia que tiene sus ventajas y sus desventajas, aunque es
mucho más inocente que el corsé, como los médicos lo han declarado.
Rosa y Blanca eran las únicas que habían llevado sus crinolinas de
montar, y les causaron tantas molestias y daños en la bajada de la
loma, entre el barro, las raíces y palizadas, que de común acuerdo
hicieron un juramento solemne de no volver al Salto con tal
estorbo.
En partes hicieron las señoras el tránsito en los brazos de sus
guías. Lo que también tiene sus ventajas relativas como el baile,
por la aproximación simultánea de los objetos amados.
A la mitad del trayecto los botines y las medias necesitaban ya
de repuesto. De todas la que mejor librada iba saliendo era
Angelita, que se había recogido un poco el traje atándolo a la
cintura con un pañuelo, y se había quitado las babuchas y las había
metido en el seno, llevando el canasto en el brazo y el palo en la
mano. Blanca y robusta como era, presentaba la imagen de una linda
aldeana suiza, como las vemos pintadas en el papel de algunas de
las casas de Bogotá, causando envidia con la gordura de la parte
visible de los brazos y de las piernas, revelaciones que son muy
comunes en el paseo del Salto entre toda clase de personas.
Ya se dejaba escuchar el rumor profundo de la cascada, y se veía
subir el vapor flotante de las aguas del río que habían caído en el
abismo y que, elevadas por el aire, producían lo que puede llamarse
una magia verdadera, haciendo ver las arboledas como al través de
un velo de punto, con figuras desconocidas, apareciendo y
desapareciendo con notoria perturbación de los sentidos, propiedad
que tiene la niebla cuando se mueve.
Ya se adivinaba algo de la escena por los que no la conocían, y
todos parecían sobrecogidos por la gravedad del espectáculo. En
fin, resbalando, cayendo y teniéndose de las ramas y de los
baquianos, se llegó a una especie de corredor muy angosto. Se
escuchaba un bramido continuado, y el horizonte visible era el
hueco profundo del abismo, del cual se levanta una muralla lisa de
roca arenisca, coronada en su margen superior de una parte del
bosque que adorna toda la falda occidental de los Andes.
Esta fue la primera vista, como la primera impresión; y la
curiosidad se pintaba en los rostros de las señoras mezclada con el
terror. Los hombres estaban circunspectos y graves, el cauce estaba
despejado.
Casi a un mismo tiempo se asomaron todas al borde, desde donde
se ve caer el torrente del Funza.
-¡Qué belleza tan terrible! dijo Rosa llena de admiración. Vean
ustedes cómo cae todo un río como el chorro de la canal de un
tejado, y parte de sus aguas vuelven a subir como el humo de una
descarga de fusiles.
-¡Esto es admirable! dijo la señorita Blanca.
-Y no se ve que salte el agua al dar el golpe, dijo doña
Antonia. Tal vez habrán labrado las aguas un hueco profundo por
estar cayendo constantemente. ¿Cuántos años hará que se formó el
Salto? Díganos, don Jorge, usted que estudia estas cosas del
mundo.
-No se puede asegurar, mi señora. Este Salto se formaría cuando
Bochica abrió con su tridente de oro las peñas de Tequendama, para
que la sabana se desaguase. Pero esta edad no se puede calcular;
entonces se abrió este cauce de cien varas de ancho.
-Que parece un cuerpo de iglesia, dijo doña Antonia; y digamos
que el altar es esta columna de agua medio vaporizada que brilla
ahora con los rayos del sol cercano al mediodía.
-Y vea usted esas paredes horizontales, que parecidas a las
cornisas de un templo. Cien varas puede tener de ancho todo el
cauce y doscientas de profundidad.
-¡Y vean el arco-iris alrededor del chorro! exclamó Eulalia.
-Es la lámpara sagrada, dijo doña Antonia, muy digna del Eterno
Hacedor de la naturaleza. El corazón que no se levante en himnos de
gratitud al Todopoderoso, a la vista de sus mayores obras, no
merece haber sido criado.
-¿Quién será el que no conoce al autor por sus obras? dijo don
Cecilio.
-Y vean, mis señoras, la manada de guacamayas. ¿Será tierra
caliente por allá abajo?
-Es que se vienen por el cauce del río, dijo don Cecilio.
-Y los graznidos se conforman muy bien con el estrépito de las
aguas, dijo la señorita Blanca. ¡Qué espectáculo tan grandioso!
Confieso que no puedo resistir a las impresiones del Salto. Aquí
está la obra más grande de la Omnipotencia divina.
-Aquí está una de las siete maravillas del mundo, dijo don
Amílcar.
-Aquí está la primera de todas, dijo don Jorge; aquí están las
mellizas. Aquí está reunido todo cuanto puede haber de más
asombroso.
En este tiempo comenzó a aparecer otra familia en busca del
mismo espectáculo, por el lado del Norte, esto es, por el lado de
las tierras de la hacienda de Cincha.
Los hombres saludaron con sus sombreros y las señoras con sus
pañuelos blancos.
-¿Quiénes será? dijo doña Antonia.
Se ocuparon seguramente de sus propias emociones los paseantes
del otro lado, porque no hicieron más señas ni dieron más
gritos.
-¿Cuál es la piedra en qué se paró Bolívar? preguntó doña
Antonia.
-Aquélla, dijo don Cecilio, mostrando una piedra en el propio
borde por donde se precipita el río, aquélla, ¿la ve usted? Para
pararse sobre ella se necesita dar un brinco, porque corre un
brazuelo de agua por el lado de acá, ¿no ve usted? Yo vi a ese
hombre dominar con la mayor impavidez el abismo que bramaba,
seguramente como los estallidos de la fusilería en la Batalla de
Boyacá, donde se había presentado impávido ante las huestes de la
Iberia. Yo le vi con un capotón pardo ajustado a la cintura con la
correa de la espada, cuya solapa, que le daba a la rodilla, se
ondeaba con el viento sobre el vacío. Tenía morrión de cuero con
escudo y carrilleras amarillas y un plumero cuya punta volvía sobre
su base. Las espuelas eran amarillas, seguramente de cobre. Con esa
impavidez, era necesario que Bolívar dominase el Cotopaxi y el
Chimborazo y el mundo entero. Yo quisiera ver si don Amílcar da ese
brinco.
-No, amigo, dijo el joven con viveza; yo no soy partidario de
Bolívar ni en maroma ni en política. Bolívar era un obstáculo para
la libertad.
-Y ahora que no existe ese obstáculo, ¿por qué no hay todavía en
la República un gobierno que sirva para nada?
-Es usted muy boliviano, dijo don Amílcar.
-Y muy agradecido también, señor.
Rosa se había retirado a una especie de dosel que formaba las
grandes hojas de dos matas de helecho arborescente (vulgarmente
llamado boba) y estaba sentada sobre los musgos con el codo puesto
en un tronco carcomido por el tiempo, y cubriéndose los ojos con su
delicada mano. No podía soportar la emoción de aquel espectáculo,
porque todas las fibras de su corazón se habían conmovido.
A este tiempo pasó Angelita por cerca de Amílcar, y deteniéndola
el caballero para pedirle el descorchador, le dijo al disimulo:
-¿Qué hay de amores?
-Que los frenos están trocados.
-Comprendió Amílcar todo el peso de aquellas palabras, como se
siente el golpe eléctrico del rayo que cae a los pies. Se
estremeció en el acto, y sin esperarse a la confirmación de la
noticia cogió una flor del monte y llamó aparte a su amigo, y
fingiendo que le hablaba de botánica, le dijo:
-¡Hombre! Todo el misterio está ya descubierto. Blanca me quiere
a mí y Rosa te quiere a ti.
-Entonces me voy para Bogotá en ese momento. Estoy desengañado y
nada tengo ya que esperar. ¡Adiós, Amílcar!
-Esa sería una locura.
-¿Y el dolor?... ¿tú crees que esto se soporta como cualquier
desaire de baile? Desechado de Blanca no quiero ni la
existencia.
-¿Y Rosa, pues?
-¿Qué tiene Rosa?
-Que es exactamente igual a Blanca, y has de saber que te
quiere.
-¿Y qué sacamos con eso?
-Que con una evolución muy ligera quedamos como lo deseábamos,
cada uno idolatrado por una melliza.
-¡No, no! Blanca y nada más que Blanca; y de no, una retirada
triste y dolorosa, como la del último Abencerraje. El cambio sería
una afrenta.
-¡No, Jorge! Eso no lo sabrá nadie. Es una lástima dejar este
partido tan ventajoso, supuesto que nos quieren las mellizas;
dejara Rosa chasqueada sería una crueldad, cuando en tus manos está
su dicha. ¡Pobre! Mira, parece una Atala allá metida en una gruta
de helechos con el pelo suelto, húmedas con el llanto sus largas
pestañas, y palpitando su corazón por ti, sin que lo puedas dudar.
Debes también advertir, que le has jurado tu amor en la casa del
Boquerón en la noche de la posada. ¿Qué es lo que tú vas a perder
con el cambio?
Se quedó callado don Jorge mirando a Rosa, y al cabo de dos
minutos, dijo:
-¿Y cómo se propone el cambio?
-No se propone, ni se habla de ello jamás en la vida.
-No te comprendo.
-Lo más fácil del mundo.
-Vamos acercándonos como por casualidad. Les hablamos al
corazón, tú a Rosa y yo a Blanca; y ellas nos escucharán palpitando
de alegría, porque oyen lo que deseaban. Oír la voz de un amante
nuevo es una cosa que sucede con mucha frecuencia. Todo es
favorable aquí para la escena: la embriaguez de los perfumes, la
vista de la cascada, la sombra misma de los bosques; todo es un
asombro. ¡Oh! ¡que esta dicha no estaba reservada sino para el
Salto de Tequendama! Ahora, por nuestra parte, resultar amados
cuando no lo éramos antes de esto, es el colmo de la dicha.
-Estoy pronto, Amílcar. Que se haga la evolución. Las mellizas
son iguales y yo le había jurado amor a Rosa en la posada del
Boquerón.
-Y yo había tenido mis momentos de preferir a Blanca, dijo don
Amílcar.
Don Jorge se acercó a Blanca, le habló cariñosamente, y la
señorita se fue reanimando. Su sonrisa brillaba como la expresión
misma de la dicha, y sus ojos penetraban el bosque como un rayo de
la luz celestial. Era feliz en aquel momento.
Estaban tendidos los manteles en la orilla de la cascada, y un
pavo, dos gallinas, una bandeja de arroz seco y un plato lleno de
empanadas de maíz se presentaban al servicio de los paseantes. Por
otra parte los dulces y los bocadillos de Vélez formaban un
contraste muy agradable.
Los licores eran media docena de vino de Oporto y de San
Julián.
Amílcar estaba sentado junto a Blanca y don Jorge a Rosa, las
cuales, risueñas, alegres y contentas les admitían una que otra
copita y les oían como extasiadas sus brindis a la dicha
verdadera.
¡Qué más dicha que aquel almuerzo a la sombra de los árboles
seculares, a la vista del Salto, y en presencia de todo lo
amado!
Ya la gente del Sur se retiraba porque no estaba el almuerzo
dispuesto seguramente para la margen del Salto. Se despedían por
señas, y Amílcar y Jorge, parados en la propia orilla, levantaron
sus copas en amago de brindar, y les dieron las gracias los de la
margen opuesta.
La comitiva de doña Antonia trató de viaje en el acto de
terminar el banquete. Subían tocando y cantando, y la voz de las
mellizas, sonora y blanda como siempre, la repercutía el eco de la
montaña, y la dicha que las dominaba brillaba en todo el hueco del
camino. Parece que jamás se habrán retirado del Salto dos parejas
tan dichosas como aquéllas. Angelita se pasaba de contenta.
Digámoslo de una vez: el vapor de los licores se le había subido a
la cabeza, cosa que no le había sucedido nunca. Ella gritaba,
cantaba, trepaba los escalones, como que nadie la estuviera viendo:
también era feliz la pobre muchacha.
Se pusieron barbas de palo y colmaron de flores los sombreros,
tanto los hombres como las señoras del paseo.
Angelita quedó inconocible con el disfraz de las barbas y de las
flores, las ramas y los bejucos.
De esta manera partieron del
|Almorzadero llenos de
gusto todos los viajeros, cantando, tocando, gritando y hablando
divinidades; y no se dilataron mucho en perderse en grupos
separados, que no se veían por los recodos que tiene el monte.
Angelita se había provisto de un varejón muy flexible, de vara y
media de largo, con el cual le daba al caballo como que no era de
ella. Nadie la vio hasta la loma engramada, en donde se le fatigó
el animal y no le dio gusto para sus locuras. Allí gritaba y
bailaba al frente de los grupos que iban llegando. Don Jorge y Rosa
fueron los primeros que se desmontaron para esperar a todos los
demás que se habían quedado.
Poco les faltaba para bailar, pero reían y gritaban tanto, como
la misma Angelita.
Cuando todos estuvieron juntos renovó doña Antonia las órdenes
para la marcha, y volvió a tomar la vanguardia Angelita, y no paró
hasta la casa de Canoas, donde llegó a pedir una copa de agua para
beber.
Los peones y los patrones se reían muchísimo de ver la figura de
la criada, con el pañolón cruzado y anudado por debajo del brazo,
llena de flores y embarrada hasta las orejas.
Dos peonas estaban aventando trigo en la esquina principal de la
casa, y la una le dijo a la bogotana:
-¡
|Opa niña! ¿en dónde dejó la tropa?
-Luego yo soy voluntaria? orejona bestia.
-Muéstreme sus orejas, y métale las espuelas al
|cargaleña.
-¿Qué espuelas? montón de carne con ojos.
-Las niguas de los
|
.
-No contestó, y mucho más a estas horas, dijo la criada haciendo
un gesto sumamente ridículo.
-Me parece, dijo la campesina; y se tocó la frente con los
cuatro dedos de la mano derecha.
-Vayan al infierno, repuso la criada; y después de tomar el agua
le sacudió al caballo cuatro varejonazos seguidos y corrió hasta la
orilla del río.
Todo se le podía dispensar a la pobre, porque era la primera vez
que le sucedía.
La otra gente llegaba ya a las corralejas gritando y cantando,
como en el encierro de toros de las fiestas de un pueblo de
Cundinamarca.
También pidieron agua las señoras, y mientras eso pasaba una
escena, que era muy propia del genio de don Jorge; y fue que
estando en el despacho del cobrador del pontazgo, en donde estaban
pagan do el paso dos ciudadanos descalzos de la parroquia de San
Antonio, que llevaban para Bogotá una carga de tomates y otra de
plátanos guineos y patatas, le preguntó al empleado:
-¿Tendrá usted la fineza de decirme cuánto pagan esos dos
individuos?
-Con muchísimo gusto, contestó el cobrador, pagan a cuartillo
por cada bestia.
-Entonces tenga usted la bondad de recibirme esta peseta por los
ocho caballos de mi comitiva.
-¡Mil gracias! Los que van de paseo no pagan nada.
-¿Quiénes pagan entonces?
-Los que llevan cargas al mercado.
-¿Los miserables? caballero.
-Justamente, señor, si usted no manda otra cosa.
-Eso es imposible; porque ver el Salto es como si dijéramos un
lujo teatral; y llevar patatas a Bogotá es una necesidad de primer
orden. De manera que yo debo pagar el pontazgo con mayor razón que
esos pobres campesinos. Hágame usted el favor de recibirme la
peseta, porque yo soy amigo de la igualdad, como que soy liberal,
no sólo en la teoría sino también en la práctica.
-Perdóneme usted, caballero, pero yo no puedo recibir esa plata,
dijo el empleado.
-Entonces tenga usted la bondad de darla a los parroquianos a mi
nombre y adiós, adiós.
-Adiós, caballero, que lo pase usted muy bien.
Las señoras habían tomado el agua, y al asomarse sobre la
pequeña loma que domina el río, vieron a su criada comenzando a
meterse en el puente a caballo, sin más precauciones que si se
metiera en los camellones de la alameda.
-¡Angelita!... no seas bruta, le gritó doña Antonia.
-¡Virgen de las Mercedes! exclamó Rosa. ¡Qué muchacha tan
loca!
-Que bruta, dijo don Cecilio.
-¡Es borracha que va! Dios me perdone el alma, dijo doña
Antonia.
-A los achispados no les sucede nada, dijo don Amílcar, déjenla
que acabe de pasar el puente sin asustarla. Pobre, que jamás le
había sucedido.
Las señoras respiraron luego que salió a la orilla opuesta la
pobre criada, la cual no sabía tal vez que había pasado el puente;
o si lo sabía no le había dado ninguna importancia, porque ese día
tenía todo el valor que puede necesitar un soldado en el campo de
batalla.
Se desmontaron las señoras para pasarlo, y al otro lado
encontraron a Angelita recostada en la grama teniendo el caballo de
la rienda.
Montó toda la gente de la comitiva, y desde allí hasta Soacha no
hubo nada de particular.
Entraron a la parroquia corriendo y cantando en coro todos los
del paseo. Dieron dos vueltas en contorno de la plaza con sus
disfraces de flores, ramas y barro y con las barbas muy negras y
largas que les arrancaron a los patriarcas de los bosques.
Entraron en seguida en la casa de la posada, y sacando la ropa
del almofrej se mudaron de todo a todo. En seguida salieron las
señoras al corredor de la casa, que era de baranda y cantaron
|la morena y echaron vivas al Salto, a la muy hermosa y
alegre parroquia de Soacha, y a la hermosura, a la dicha y a la
felicidad de los amantes correspondidos.
Doña Antonia no podía comprender el cambio repentino de sus
hijas y le daba vergüenza que las gentes del pueblo estuvieran
mirando todo lo que pasaba.
Después de la comida se emprendió la marcha. Volvían las
mellizas a Bogotá muy contentas y felices por haber visto el Salto.
Angelita por mal que le fuera por la debilidad de su cabeza, había
conocido el Salto y había ganado una buena sortija de esmeraldas
que le regaló don Amílcar en el camino.
La entrada fue por la noche y la vocería de las cinco mujeres y
los cuatro hombres equivalía a la de diez familias. Atanasia y otra
criada estaban aturdidas de tanto alboroto. La velada se prolongó
hasta las once.
A poco tiempo después del paseo referido se arregló el
casamiento de las mellizas y se desposaron en silencio, reservando
la función para las velaciones, las cuales debían hacerse en la
Ermita de Monserrate, según la promesa de la señora madre de las
mellizas.
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