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CUADRO I
LA ESTANCIA DEL ÑOR LECIO

Al oriente de Bogotá, y sobre los cerros de Monserrate y Guadalupe, hay una inmensa extensión de terreno cubierto de matorrales, de donde sacan los elementos de su subsistencia los carboneros y leñadores que proveen de combustible la vecina ciudad. La vegetación de estos terrenos, a primera vista desiertos, va disminuyendo gradualmente hasta las lomas cubiertas de pajonales y del triste frailejón, término del reino vegetal, que crece al pie de las peñas vivas que separan las aguas que se dirigen al oriente a engrosar el caudaloso Meta, de las que corren al occidente y son tributarias del perezoso Funza.

La escena que vamos a narrar pasa en aquella comarca, que está situada a la espalda de los cerros que dominan a Bogotá. El aspecto es selvático y triste. El uvo camarón y el de anís, el tagua, el chucua, el arrayán, el encenillo, el tuno esmeralda, el tíbar y el laurel adornan y forman los bosquecillos que se extienden bordando las fuentes o en las caídas de la serranía. Estos bosques van desapareciendo, porque los leñadores los talan sin discernimiento, y al propio tiempo que el paisaje toma un aspecto más triste, la vecina ciudad va perdiendo la abundancia y pureza de sus aguas. Otro, tanto sucede con los chuscales, que sirven para hacer los cielos rasos de las casas de Bogotá; pero esta planta tiene la ventaja de reproducirse con rapidez. Llama la atención en estos bosques una parásita que se apodera de los árboles y echa sobre su follaje un toldo del cual cuelgan unos racimos rojos, compuestos de tubos de una cuarta de largo y muy delgados. Los carboneros los llaman corales, y son muy apreciados en Bogotá para adornar los altares de Nochebuena y de la Semana Santa.

Había entre los matorrales de aquellos terrenos una casita, que llamaba la atención de los viajeros por su débil estructura y por su aspecto de miseria. Era de bahareque, y sus paredes no tenían siquiera el adorno de la mezcla que disfrazara el negro barro de que habían sido hechas. El techo, muy bajo y mal hecho, era de paja. La puerta de la sala era de cuero crudo extendido sobre un mal marco de palos sin labrar. En un extremo del corredor, que tenía una vara de ancho, había un cuartico que tenía tres varas de largo, con una puerta formada de una tabla sin marco. Al lado de la sala estaba la alcoba, y ésta no tenía otra luz que la que alcanzaba a darle una ventana de doce pulgadas en cuadro, que se cerraba de noche con un lío de trapos. Había en el corredor un tosco telar de tejer camisetas o ruanas pequeñas, a estilo de los telares de los chibchas. En los estantillos se veían una media docena de colas de venado que colgaban del techo y dos cornamentas, de venado también, que estaban amarradas a ellos y servían de percheras para colgar ropa.

En la sala se veía una barbacoa de varas de tuno, y debajo de ella, entrojada, una carga de semilla de papas criollas y otra de cebada. Había también una mesa pequeña y un altar que consistía en un grabado que representaba la Virgen de la Concepción, una cruz de tíbar y unos papeles impresos que servían de adorno por la figura de los tipos ya que no por el contenido, pues casi todos eran avisos de teatro y de maroma y adhesiones de pacotilla a ciertos candidatos populares. Encima de la imagen de la Virgen había una tablilla, que al mismo tiempo que le servía de dosel, prestaba los oficios de aparador para unas cuantas locitas blancas y vidriadas, muñecas de loza y caracoles. De la tabla colgaban en derredor huevos de distintas aves, y a un lado y otro tenía por adornos finales plumas de pavo real y de guacamayas, y algunas mariposas y avecitas muy mal disecadas. En la pequeña alcoba dos barbacoas servían de cujas, y encima de ellas cueros de vaca, venado y ovejas servían de colchones. También se veía allí un altarcito formado de una cruz de tíbar y una Virgen de los Dolores.

A corta distancia de la casa quedaban dos ranchos: el primero, más cercano, era la cocina, que no tenía más que un fogón formado de tres piedras areniscas y una barbacoa colgante, en donde había algunos platos de barro. El otro rancho era de vara en tierra y servia para guardar los aperos de cargar carbón y algunas otras herramientas. Al lado de estos edificios quedaba un corral donde pernoctaban cinco ovejas, y un gallinero que de noche ocupaban tres gallinas y un gallo.

Dos alcaparros floridos, un coposo cerezo y tres arbolocos colosales eran el lujo de aquella vivienda, y en unas pequeñas eras crecían en fraternal intimidad, jazmines, claveles, alelíes, quinua y un y cubios, y en ollitas se veían algunas matas de coles, tan antiguas como la estancia. Tanto las casas como la huerta estaban cercadas con palos de tuno, y en el patio lucía una puerta de talanquera que daba al camino real.

Indalecio Rodríguez se llamaba el honrado padre de la familia que ocupaba esta casa. Sus vecinos lo llamaban |ñor Lécio, por esa tendencia que tienen los campesinos a abreviar todos los nombres. Su esposa se llamaba Benedicta, a quien por otra contracción llamaban |Bena, y los hijos eran Bruna y Tomasa, dos jóvenes de dieciséis y catorce años, y el |cuba, como llaman los campesinos al último hijo, era un muchacho de diez años. Luciano y Jacinto se habían casado y vivían en otras chozas, y Hermenegildo había muerto en la guerra de 1854.

Era |ñor Lecio carbonero; pero esto no impedía que cultivara una labranza a pocas cuadras de su casa, y que en los ratos desocupados tejiese camisetas en el telar que hemos visto en el corredor, con la lana que le suministraban sus ovejas y que hilaban las caseras. Cuidaban la casa y le servían de compañeros dos perros llamados |Sargento y |Coronel.

Ya que hemos conocido la estancia del carbonero, entremos en la relación, objeto de estos cuadros, en que nos prometemos copiar del natural, porque ya hemos dicho que los cuadros de costumbres no se inventan sino que se copian, como el agua clara de un lago retrata el cielo con sus nubes y refleja los árboles y juncos que bordan sus orillas.

Un caballero de Bogotá iba a pasear todos los domingos por el lado del Boquerón, y ya lo conocían los leñadores y carboneros de los contornos. Era alto y de fisonomía muy simpática, sus modales eran dulces, su lenguaje lacónico e insinuante. Su barba larga y bermeja le daba un aspecto respetable, y sus frecuentes distracciones lo hacían considerar como un hombre raro. Llamábase Jorge de la Bastida y Tenorio, había nacido en Bogotá, y su familia pertenecía a aquéllas que desde los tiempos de la Conquista vienen pasando por la clase media sin mezcla aparente de razas extrañas. Falto de fortuna, vivía del producto de algunas aulas en los colegios de la ciudad; ocupado en la enseñanza todos los días de trabajo, dedicaba los domingos para pasear a pie o a caballo. Sabía la medicina, pero no ejercía su profesión sino por rareza.

Un domingo don Jorge llegó en su paseo hasta la casucha que hemos descrito, y parándose a la puerta de talanqueras saludó a quien lo oyera con estas palabras, tan comunes como usadas:

-Para servir a ustedes.

-Buenos días, caballero, le contestó una joven que salía de la casa hilando un copo de lana negra.

La estanciera llegó hasta la puerta y corrió las talanqueras. -¿Quién vive aquí? dijo don Jorge a la joven.

-Mi |taita Lecio Rodríguez.

-¿Es uno de los fabricantes de carbón vegetal? -No sé, señor.

Como la interlocutora de don Jorge acabase de abrir el paso, le

dijo:

- |Entre sumercé pa más dentro.

-Doy a usted las gracias, dijo don Jorge; entró al patio, y ató su caballo al cercado; pero no pasó del corredor, a pesar de las instancias repetidas de la joven, y se sentó en un banco de madera, mientras la estanciera hilaba parada sobre el dintel de la puerta de la sala.

-¿Cómo se llama usted? preguntó don Jorge.

-Bruna, una criada suya, señor.

-Gracias. ¿Está usted sola?

-Mi señor padre se |jué a lavar dos caballitos que tenemos pa cargar carbón, que son un |rosano y un castaño; mi |señoa madre se |jué a Monserrate a oír misa, y con ella se |jueron mi hermana y el muchachito.

Bruna se hallaba vestida con el traje común a la gente más pobre de la sabana, y sin embargo sobresalía en ella cierta hermosura capaz de llamar la atención de cualquier espectador que no estuviera tan preocupado como don Jorge en arrancar a la naturaleza sus secretos y en descubrir seres de antiquísima existencia.

Los ojos de Bruna eran grandes, negros y rasgados; sus miradas y su sonrisa tenían aquella dulzura que expresa que en el pecho se esconde un corazón noble, inocente y puro. El color de rosa de sus brazos y mejillas, la abundancia de sus cabellos, el óvalo de su cara y la depresión de sus pómulos hacían reconocer en ella una hija de familia española que había conservado todos los caracteres de la raza latina. Tenía extremadamente delgados los pies y la cintura, en comparación con el grosor de su cuerpo. ¿Quién no creería que Bruna había calzado zapatitos desde su tierna edad al ver sus pequeñuelos y rozados pies? Sus proporciones regulares manifestaban la frescura de su edad, y su hermoso talle estaba enteramente libre de la estrechez de los corpiños.

Don Jorge, en vez de hacer a la estanciera los justos elogios de sus perfecciones, como pudiera suponerse, examinaba su cartera, y escribía en ella algunas palabras, mientras que Bruna permanecía llena de curiosidad.

-¿Por aquí no habrá fósiles? preguntó don Jorge sin mirar a Bruna.

-Yo no sé sino de uno de piedra que tiene mi señor padre, dijo la estanciera con la mayor sencillez.

-¡De piedra! exclamó don Jorge.

-De piedra, pero lo tiene muy |escondío.

-¿Y dónde está su padre?

-En la quebrada, lavando los caballitos que van a Bogotá toas las semanas con sus cargas y de carbón, y a ratos con granizo.

-¿Podré hablar con su padre?

-Sí, señor, yo lo puedo llamar |agora mesmo.

-Entonces, tenga usted la bondad de hacerlo.

Se paró la estanciera sobre una piedra, tomó aliento con la cara levantada y vuelta hacia el riachuelo, gritó con todas sus fuerzas:

-Oooh, señor padre.

-¿Quéee? respondió éste, también con un grito que sonó por largo tiempo entre los cerros.

-¡Que un señor lo necesitaaa!

-¿Qué señooor!

-¡El de los terroooneees!

- |Decíle que ya voooy!

-¿Qué es eso de los terrones? preguntó don Jorge un poco sorprendido y con una sonrisa benévola.

- |Es que asina lo llamamos a |sumercé toos los que vivimos |poaquí en estos rincones de dios.

-¿Y por qué?

- |Es que sumercé anda siempre reparando las piedras, la arena y los terrones de |toas partes.

-Porque estudio la geología.

-¿Pa ordenarse |sumercé?

-Para conocer la formación de la tierra.

-Y santo también dicen que es |sumercé.

-¿Yo santo?

-Sí, señor, porque se queda |embobao mirando las piedras del Boquerón y con el libro abierto; porque cura las |enjermedades, le da la mano a mi |taita y a los otros pobres, y casi no mira a las muchachas.

-¡Cuán fácil es engañar al pueblo! dio a entender don Jorge con una sonrisa que traicionaba su pensamiento. Después en voz alta dijo:

-Es verdad que no miro con ahínco a todas las muchachas, porque ni ellas son electoras ni deseo ser diputado al Congreso; examino las rocas del Boquerón y todas las que se presentan a mi vista para adelantar en el estudio de la geología y minería, y recetó a los pobres homeopáticamente, porque este sistema es el que conviene al pueblo por el bajo precio de sus drogas.

Mientras el señor de la Bastida hablaba así, se acercaba y examinaba con curiosidad un grupo de matas floridas que se encontraban cerca de la casa. Bruna con gracia y presteza le formó un ramillete compuesto de una hoja de pimpinela, dos claveles de cinco pétalos y una rosa blanca, y presentándoselo a don Jorge con cierto encogimiento, pareció satisfacer los deseos del geólogo, que también sabía algo de botánica.

-¡Cuántas leguas, dijo don Jorge, tuvo que atravesar la primera mata de rosa para venir hasta estos apartados lugares!

-¿Cuántas, mi amo? preguntó la estanciera.

-Más de quinientas; desde un puerto de España.

-Y vea esta |jlor, mi caballero.

-Alelí morado, que creo llegó de España al mismo tiempo que el trigo y la cebada. ¿Es usted la cultivadora de estas flores?

-Y de las papas y las habas de la |güerta. Mi hermana Tomasa y yo le dimos la |desierva a lo que |sumercé ve allá abajo. Nosotras sabemos lo |mesmo de azadón, cocina y |auja. Lástima dan aquellos surcos que se comió el muque.

-¿No ve |sumercé que los surcos quedaron limpios? Pues antes eran verdes como éstos que están en mamón, y ahora no han quedao sino los terrones.

-¿Y cuál es la causa de esa ruina?

-El muque, señor.

-¿Y qué es el muque?

-Un gusanito que parece pana, y que se aparece cuando las papas están queriendo |jlorear, y es tanta la |juria de estos animales, que de la noche a la mañana hacen desaparecer la sementera.

-¿Y de dónde salen esos animales?

-De la tierra, señor.

-¡Cómo! ¿De la tierra?

-Quizás, pero no lo sabemos con |seguridá.

-Eso es mucho abandono.

-Y |sumercé no sabe de onde salen?

-No, pues hasta ahora sé que existen.

-Entonces |toos estamos iguales.

La llegada de |ñor Lecio puso fin a la conversación; traía un rejo enrollado en el brazo izquierdo y dos cabezales, y dirigiéndose a don Jorge apretó con su mano callosa el extremo de los dedos de la que don Jorge le tendía con cariño.

|Ñor Lecio era un honrado padre de familia, proveniente de los pueblos del Nordeste; su barba era negra y poblada, y en el color blanco de su frente (lo demás de su rostro estaba ennegrecido por el sol) se distinguía la raza española. Su traje era el común a los estancieros de la sabana: ruana negra y larga; sombrero de palma, formado por trenza muy ordinaria; pantalones de manta socorrana, remangados hacia arriba del tobillo. Usaba |quimbas para el trabajo semanal y |alpargatas para las fiestas.

Oigamos a nuestros interlocutores:

-¿Qué milagro es verlo a |sumercé poaquí? decía el estanciero. -Buscando algunas cosas notables para las ciencias he llegado hasta esta casa.

-Pues mucho me alegro que |sumercé nos visite |poaquí, aunque no podemos recibirlo como se lo merece; pero el dicho dice que |el pobre da de lo que tiene.

-Se me asegura que usted tiene una finca preciosa, finca que seguramente es de mucho valor.

-Está a su mandar, lo |mesmo que las otras de la casa, en servicio de Dios, se entiende, y en una |güena jormalidá. La otra es casi lo |mesmo de |güena moza; juntas son temerosas de Dios, y hasta agora no me han dao que hacer, pa qué es decir nada; ni lo permita mi Dios y Señor.

-No le entiendo a usted.

-¿No me habla |sumercé de la niña Bruna?

-No, amigo, hablo de un fósil.

-¿Cuál, señor?

-Uno de piedra que tiene usted guardado.

-Sí mi amo, tengo uno.

-¿Podría usted mostrarmelo?

-Lo tengo muy |escondío, no vaya el gobierno y me lo quite, porque a ratos no sabemos los castigos que Dios nos manda.

-No tema usted nada, el gobierno está obligado a respetar la propiedad.

-Pero entre |sumercé y se sienta mientras que lo busco.

Don Jorge se sentó en la barbacoa o cañizo que servía de sofá, y |ñor Lécio subió al zarzo y sacó de entre la paja un fusil, que puso en manos del naturalista.

-Esto no es lo que busco, dijo don Jorge, verdaderamente contrariado.

-Un |jusil, mi amo, dijo el estanciero con entusiasmo, un |jusil de piedra muy legítimo, y que no |jierra: mire |sumercé, esas cornamentas eran de dos venaos que despaché el otro día en el páramo.

-Lo que busco es un fósil, y ojalá encuentre un pescado de tantos como debe haber entre estas peñas.

-¿ |Pescaos entre estas peñas? Esos |onde están es en el lanza, mi amo. En las peñas lo que hay son nidos de buitres y grillos. |Sumercé como que anda |too trabucao, y es una lástima.

-Vea usted estas curiosidades; y don Jorge sacó de su |carriel unos fósiles de caracoles y los puso sobre la mesa para mostrarlos al estanciero.

-¿Y qué reliquias son esas, mi amo? Preguntó Bruna que se había acercado.

-No son reliquias, son restos de generaciones que han desaparecido. Vean ustedes esta concha de mar hallada en los páramos de Fusungá, lo que prueba que el mar ocupó en otros tiempos esta cordillera.

-¿Cuándo el diluvio? exclamó Bruna.

-Cuando los Andes no se habían levantado sobre las aguas, dijo don Jorge con solemnidad; y volviéndose al estanciero le preguntó:

-¿Y dónde encontró usted este fusil tan bueno?

-En el páramo, señor.

-¡Qué fortuna! porque es bueno.

-¡Qué desgracia! mi amo. La |partía de soldaos que dejó |perdío ese |jusil se robó la |Granada, y las muchachas se iban muriendo de la pesadumbre.

-Eso es dar mucha importancia a una fruta que se puede conseguir en el mercado por una friolera.

-¿Una vaca, |sumercé?

-¡Ah! la llamaba usted la |Granada... ¿y qué gente era esa?

-Tropa del señor Melo. El jefe |echó po elante la vaquita y el ternerito pa racionar la gente. Las niñas estaban chiquitas y se arrodillaron en el patio, y juntando las manitas pedían a grito entero que no se llevaran la |Granada, que era cuasi con lo que nos manteníamos; pero no oyeron nuestros empeños, y la |Granada |se jué pa Bogotá, y |toa la familia quedó llorando.

-¡Qué infortunio!

-Eso no |jué lo pior, sino que se llevaron a |Menegildo.

-¿Qué Hermenegildo?

-Mi hijo, mi amo, mi hijo que lo amarraron y se lo llevaron |pa recluta. La mujer lo acompañó hasta Bogotá, con la muchachita, en los brazos, y aquí nos íbamos muriendo de la pena. Bena cayó derecho a la cama, porque |sumercé se podrá |jigurar lo que es ver amarrar a un hijo que no debe ningún delito. Después nos dijeron que lo habían |matao en Pamplona, peleando contra su |partío, porque él no era melista.

El resto de la familia, que estaba en misa, llegó en este momento. Tomasa y Fermín saludaron a su padre de rodillas, la cabeza descubierta, las manos juntas y diciendo la oración del |Bendito; él les contestó con la bendición, y todos saludaron a don Jorge con el mayor respeto.

-¿Alcanzaron a misa? preguntó |ñor Lecio a su esposa.

-Muy a gusto, contestó ella, y oímos el sermón, que estuvo de lo más lindo.

-¿A que ya no se acuerdan de lo que dijo el cura?

-Quien iba a tener cabeza |pa tanto, dijo Tomasa.

-Pero algo, dijo don Jorge.

-Que perdonemos a nuestros enemigos, que vivamos como lo mandan los mandamientos, que amemos al prójimo, y qué se yo qué otras cosas.

-Hermosa doctrina, exclamó don Jorge; apenas se comprende cómo hay hombres tan bárbaros que la ataquen y quieran destruirla.

La conversación se prolongó algunos minutos, y mientras que las dos mujeres guardaban sus vestidos de fiesta, la hospitalaria Bruna servía al bogotano encima de la mesa uvas camaronas y de anís, granadillas, piñuelas y chirimoyas.

Don Jorge tomó algunas de estas frutas, y un rato después se despidió de toda la familia, no sin repetirle el encargo de los pescados fósiles y de los caracoles. Benedicta y Bruna lo acompañaron hasta la puerta de talanqueras, y cuando desapareció en las vueltas del camino, dijo Bruna con tristeza:

-Si todos los ricos |jueran así...

Tal vez el paisaje y los actores, que hemos copiado del natural, no despierten el interés, ni ofrezcan al lector grandes sensaciones. Eso no puede ocultársenos: nos proponemos hacer una relación sencilla y dar a conocer las mil penalidades que rodean a esa parte pobre de nuestro pueblo, que a pesar de las constituciones y de las leyes, que a pesar de ser el soberano y de constituir la mayoría, vive sujeto a la dura ley de la fuerza, y se ve en épocas de revuelta privado de sus pequeños bienes, y conducido como esclavo a morir lejos de los seres que le son queridos.

La igualdad y la fraternidad son palabras vacías de sentido; la libertad es una noble aspiración entre nosotros. Por sobre la ley se levanta la aspiración de un caudillo, y todo lo destruye; por sobre la ley se alza el interés de un círculo, y todo lo viola: ñor Lecio es el representante de tantos infelices a quienes se arruina; Hermenegildo lo es de tantos que son conducidos a los cuarteles, como los ovejos al matadero y, sin embargo, nuestro pueblo es libre, la democracia reina, la fraternidad es una realidad, y la civilización y el progreso son la aspiración general.

El pobre llora, sufre en silencio, trabaja sin cesar, y los que viven en los palacios, los que se sientan en los Congresos, los que conversan unas horas y ganan grandes sueldos, que se pagan con el sudor de esos infelices, los corrompen para servirse de ellos, o los reclutan para que les defiendan su ociosidad y su brillo. ¡Pobre pueblo! Su sencillez lo condena a servir de esclavo.

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