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Escaparate del biblíófilo - Año 1968
Reseña de: La tienda de antigüedades
Datos bibliográficos:
Eduardo Arias J. 1892. - Bogotá. Imprenta de "El Progreso". - 22 x
16 Cmts. Un graba do y 34 páginas.
Artículo escrito por Raúl Jiménez Arango, para El Tiempo, en
Octubre 27 de 1968.
Eduardo Arias Jiménez, "El Doctor Arias", o "El Loco Arias",
como le conocía todo el mundo, fue uno de los personajes más
pintorescos e interesantes del viejo Bogotá. A raíz de su muerte,
apareció en el número 176 de "El Gráfico", correspondiente al 21 de
marzo de 1914, una efusiva estampa necrológica firmada por
"Mirabel" (Alberto Sánchez) e ilustrada con "Dos fotografías del
célebre doctor Arias, tomadas durante sus discursos callejeros",
según reza la leyenda impresa al pie de ellas. Algunos párrafos del
artículo de "Mirabel" trazan la silueta aproximada del singular
individuo.
"No ha existido personaje más popular en esta villa. Ni más
simpático. Su popularidad nació con su locura, y esta era muy
antigua" . . . "En una votación para decidir quién fuera el
documento humano de mayor simpatía entre cuantos ambulan por estas
calles, muy probablemente habría tenido el loco a favor suyo la
inmensidad de sufragios. No puedo hacerle mejer alabanza" . . . ".
. .había sido universitario de provecho, pero le desadaptó para el
estudio su desvió mental, y después la miseria lo destornilló más
en forma. Como huella de su estudiosa juventud le quedó el amor a
los libros; y a través de la infortunada existencia que le tocó
sobrellevar, lo utilizó como elemento de trabajo para conseguir su
pan de cada día. Y cómo adjetivaba para ponderar algún
desmonetizado autor de algún librejo de cantos dorados! Era
frecuente oírle decir: -Esta obra castiza y prodigiosa, de sublimes
ideas, de metafísica incontrovertible, treinta centavos; tenga
usted presente que la metafísica es tan indispensable como la
escalera de la casa, y por treinta centavos. . . Pero muchas veces
nada vendía, y entonces era cuando le veíamos pasar cabizbajo, con
el sombrero caído sobre los anteojos; entonces era cuando se
acercaba confidencialmente a decir: -El público está impenetrable a
la metafísica; présteme usted veinte centavos" . . . "Arias tenía
privilegio exclusivo para perorar con éxito en la calle. Al
hacerlo, paseaba con precipitación, dirigiéndose a todos los
transeúntes y a ninguno. De aquí o de fuera, cualquier
acontecimiento sensacional determinaba en él una exaltación de
nervios que le hacía declamar sus locos y celebrados
pensamientos".
En marzo de 1907, con el título de "El Doctor Arias", había
publicado Arturo Manrique un magnífico artículo-reportaje en la
revista "Bogotá Ilustrado". Vale la pena transcribir la estampa
física del entrevistado y la respuesta a una de las preguntas
hechas por el cronista:
"Allá va: es el mismo de siempre, con sus lentes acordonados; su
chistera de huevo frito metida hasta las orejas; su gabán
descuadrado, con los bolsillos hartos de papeles, y el terciopelo
del cuello pelado como el lomo de una mula de carga; su alto
pantalón deja al descubierto los lustrosos broches de unos zapatos
fuertes que piden al cielo misericordia por lo mucho que tienen que
castigar a los pavimentos: zapatos arqueados, cuero tostado al sol,
que va tomando la forma de media luna. Bajo el brazo lleva sus
libros: siempre los volúmenes de carátulas opacas que se hallaban
polvorientos y dormidos, quizás vírgenes, en la biblioteca de algún
refinado lector, que tuvo muchos volúmenes y nunca supo que decían,
dejándolos luego para vender en pública subasta". . .
"La buena comida es mi aliciente. Por ser delicado de paladar me
resigno a comerciar con el talento legajado y empastado en
volúmenes diversos. Vea usted: he dado a 'María' por un
'beefsteack' y después he cantado a Isaacs, pidiendole perdón.
Cuando como bien, me siento bien y pruebo al mundo que soy el más
cuerdo de los hombres".
Para completar el cuadro anterior, se puede agregar que había
nacido de familia santandereana el año de 1853, en Bogotá -en cuyo
antiguo Colegio de San Bartolomé se educó-, y que comenzaba sus
peroratas callejeras así:
"Señores: aquí tenéis a Eduardo, hijo del que en vida fué Bruno
Arias, y que ahora está gozando de su 'Nacofjunta' en el seno de
'Teotl', más allá de la muerte".
"La Tienda de Antigüedades", subtitulada "Novela original", según
se lee en la cubierta, comprende las siguientes partes: "Uno de los
secretos romanos", "Gran tijeretazo", "Una de las treinta monedas",
"Mercancías generales", "Clandestinidades", "Primeras colisiones en
masa"; "A París!" y "Catorce túnicas de César". Se inicia con el
retrato del autor, grabado en madera. Es, en general, una sátira
muy graciosa contra los vendedores -y compradores frenéticos- de
antigüedades. Los señores Pitt, Hijo & Compañía de Londres,
son, hacia fines del siglo XVIII los dueños de una famosa tienda de
cosas viejas, especializada en el "comercio, producción y
circulación de antigüedades apócrifas, de condiciones
cosmopolíticas" que, en el relato de Arias, vende a clientes muy
distinguidos de la época objetos tan extraordinarios como una
astilla de la sede de San Pedro, un retazo de la túnica de Cristo,
una de las monedas de Judas, varios pedazos de las vestiduras de
César, la cota de malla del Cid, una cuña de Confucio, un estribo
de Mahoma, un clavo del arca de Noé, el cetro de Bochica, un
eslabón de las cadenas de Promoteo, cabellos de Abelardo y Heloísa,
un pincel de Ticiano, el báculo de Homero, plumas de Hipogrifo,
cerdas de la burra de Balaam y de la yegua del Profeta, la primera
edición de los LXX, un anzuelo de Neptuno, la flauta de Pan,
botellas con agua de la Fuente de la Juventud, pedacitos de
personajes "antiguos, muy antiguos y antiquísimos", etc., etc. Todo
acabado de fabricar y auténtico. La narración que comienza el
primero de mayo de 1781 con una entrevista muy romana entre el
Cardenal Alabani y un amigo suyo, culmina en 1789 con el
descubrimiento de las patrañas de los anticuarios, porque en un
banquete, en el Hotel Continental de Londres, al cual asistían 36
coleccionistas, cada uno de ellos resultó con una de las 30 monedas
de Judas, y en Florencia, más de 400 aficionados aparecieron como
dueños de amplios pedazos de la túnica de Julio César, que sumados,
darían material para confeccionar otras 13 de igual tamaño. El
final, aunque propio de la mente desorbitada que concibió lo demás,
es muy cómico y verosímil: los anticuarios desaparecen y la
hipocresía británica, para salvar el honor insular, los señala como
franceses protegidos de Luis XVI que han huído a su país, y que se
hallan escondidos en La Bastilla, a donde la mechudembre, apoyada
por todos los anticuarios de buena fe, habrá de castigarlos con
fuego el 14 de julio. Pero ellos, al cabo de un tiempo, se hallan
de nuevo instalados en la capital inglesa, con la protección del
Rey -como antes-, en otro barrio, bajo la siguiente razón
comercial: "Johnson, Sobrino & Compañía,
Arqueólogos".
Arias Jiménez escribió, también, otras cosas: "Viaje a Yeguas", en
tres entregas, la primera de las cuales fue publicada en 1891 por
la Imprenta de Torres Amaya; un folleto de 1893 que incluye "Las
dinastías chinas" (Hipótesis histórico-novelescas), "Lluvia
tempestuosa" (drama), y "Pentecostés" (mitin semi-mitológico),
impreso en 1912. En 1903 dirigió y redactó el periódico "El
Quijote".
Sobre Arias Jiménez puede consultarse, además, un artículo de
Gustavo Otero Muñoz publicado en "El Tiempo" el 16 de diciembre de
1944 y reproducido con algunas variantes en el Nº 365-66 del
"Boletín de Historia y Antigüedades" (reseña sobre "Los locos de
Bogotá"), correspondiente a marzo y abril de 1945. Aparte de versos
(sobre la teoría de Darwin aplicada al origen de los ángeles),
anécdotas y ocurrencias de Arias, se registra allí el comentario de
sus principales publicaciones.
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