Ficha bibliográfica
Titulo: Escaparate del biblíófilo - Año 1968
Autores: Raúl Jiménez Arango
Edición original: 1968
Edición en la biblioteca virtual: Septiembre de 2005
Notas: Artículos escritos por Raúl Jiménez Arango, para el periódico El Tiempo
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| Escaparate del biblíófilo - Año 1968

Reseña de: La tienda de antigüedades



Datos bibliográficos:
Eduardo Arias J. 1892. - Bogotá. Imprenta de "El Progreso". - 22 x 16 Cmts. Un graba do y 34 páginas.

Artículo escrito por Raúl Jiménez Arango, para El Tiempo, en Octubre 27 de 1968.

Eduardo Arias Jiménez, "El Doctor Arias", o "El Loco Arias", como le conocía todo el mundo, fue uno de los personajes más pintorescos e interesantes del viejo Bogotá. A raíz de su muerte, apareció en el número 176 de "El Gráfico", correspondiente al 21 de marzo de 1914, una efusiva estampa necrológica firmada por "Mirabel" (Alberto Sánchez) e ilustrada con "Dos fotografías del célebre doctor Arias, tomadas durante sus discursos callejeros", según reza la leyenda impresa al pie de ellas. Algunos párrafos del artículo de "Mirabel" trazan la silueta aproximada del singular individuo.
"No ha existido personaje más popular en esta villa. Ni más simpático. Su popularidad nació con su locura, y esta era muy antigua" . . . "En una votación para decidir quién fuera el documento humano de mayor simpatía entre cuantos ambulan por estas calles, muy probablemente habría tenido el loco a favor suyo la inmensidad de sufragios. No puedo hacerle mejer alabanza" . . . ". . .había sido universitario de provecho, pero le desadaptó para el estudio su desvió mental, y después la miseria lo destornilló más en forma. Como huella de su estudiosa juventud le quedó el amor a los libros; y a través de la infortunada existencia que le tocó sobrellevar, lo utilizó como elemento de trabajo para conseguir su pan de cada día. Y cómo adjetivaba para ponderar algún desmonetizado autor de algún librejo de cantos dorados! Era frecuente oírle decir: -Esta obra castiza y prodigiosa, de sublimes ideas, de metafísica incontrovertible, treinta centavos; tenga usted presente que la metafísica es tan indispensable como la escalera de la casa, y por treinta centavos. . . Pero muchas veces nada vendía, y entonces era cuando le veíamos pasar cabizbajo, con el sombrero caído sobre los anteojos; entonces era cuando se acercaba confidencialmente a decir: -El público está impenetrable a la metafísica; présteme usted veinte centavos" . . . "Arias tenía privilegio exclusivo para perorar con éxito en la calle. Al hacerlo, paseaba con precipitación, dirigiéndose a todos los transeúntes y a ninguno. De aquí o de fuera, cualquier acontecimiento sensacional determinaba en él una exaltación de nervios que le hacía declamar sus locos y celebrados pensamientos".
En marzo de 1907, con el título de "El Doctor Arias", había publicado Arturo Manrique un magnífico artículo-reportaje en la revista "Bogotá Ilustrado". Vale la pena transcribir la estampa física del entrevistado y la respuesta a una de las preguntas hechas por el cronista:
"Allá va: es el mismo de siempre, con sus lentes acordonados; su chistera de huevo frito metida hasta las orejas; su gabán descuadrado, con los bolsillos hartos de papeles, y el terciopelo del cuello pelado como el lomo de una mula de carga; su alto pantalón deja al descubierto los lustrosos broches de unos zapatos fuertes que piden al cielo misericordia por lo mucho que tienen que castigar a los pavimentos: zapatos arqueados, cuero tostado al sol, que va tomando la forma de media luna. Bajo el brazo lleva sus libros: siempre los volúmenes de carátulas opacas que se hallaban polvorientos y dormidos, quizás vírgenes, en la biblioteca de algún refinado lector, que tuvo muchos volúmenes y nunca supo que decían, dejándolos luego para vender en pública subasta". . .
"La buena comida es mi aliciente. Por ser delicado de paladar me resigno a comerciar con el talento legajado y empastado en volúmenes diversos. Vea usted: he dado a 'María' por un 'beefsteack' y después he cantado a Isaacs, pidiendole perdón. Cuando como bien, me siento bien y pruebo al mundo que soy el más cuerdo de los hombres".
Para completar el cuadro anterior, se puede agregar que había nacido de familia santandereana el año de 1853, en Bogotá -en cuyo antiguo Colegio de San Bartolomé se educó-, y que comenzaba sus peroratas callejeras así:
"Señores: aquí tenéis a Eduardo, hijo del que en vida fué Bruno Arias, y que ahora está gozando de su 'Nacofjunta' en el seno de 'Teotl', más allá de la muerte".
"La Tienda de Antigüedades", subtitulada "Novela original", según se lee en la cubierta, comprende las siguientes partes: "Uno de los secretos romanos", "Gran tijeretazo", "Una de las treinta monedas", "Mercancías generales", "Clandestinidades", "Primeras colisiones en masa"; "A París!" y "Catorce túnicas de César". Se inicia con el retrato del autor, grabado en madera. Es, en general, una sátira muy graciosa contra los vendedores -y compradores frenéticos- de antigüedades. Los señores Pitt, Hijo & Compañía de Londres, son, hacia fines del siglo XVIII los dueños de una famosa tienda de cosas viejas, especializada en el "comercio, producción y circulación de antigüedades apócrifas, de condiciones cosmopolíticas" que, en el relato de Arias, vende a clientes muy distinguidos de la época objetos tan extraordinarios como una astilla de la sede de San Pedro, un retazo de la túnica de Cristo, una de las monedas de Judas, varios pedazos de las vestiduras de César, la cota de malla del Cid, una cuña de Confucio, un estribo de Mahoma, un clavo del arca de Noé, el cetro de Bochica, un eslabón de las cadenas de Promoteo, cabellos de Abelardo y Heloísa, un pincel de Ticiano, el báculo de Homero, plumas de Hipogrifo, cerdas de la burra de Balaam y de la yegua del Profeta, la primera edición de los LXX, un anzuelo de Neptuno, la flauta de Pan, botellas con agua de la Fuente de la Juventud, pedacitos de personajes "antiguos, muy antiguos y antiquísimos", etc., etc. Todo acabado de fabricar y auténtico. La narración que comienza el primero de mayo de 1781 con una entrevista muy romana entre el Cardenal Alabani y un amigo suyo, culmina en 1789 con el descubrimiento de las patrañas de los anticuarios, porque en un banquete, en el Hotel Continental de Londres, al cual asistían 36 coleccionistas, cada uno de ellos resultó con una de las 30 monedas de Judas, y en Florencia, más de 400 aficionados aparecieron como dueños de amplios pedazos de la túnica de Julio César, que sumados, darían material para confeccionar otras 13 de igual tamaño. El final, aunque propio de la mente desorbitada que concibió lo demás, es muy cómico y verosímil: los anticuarios desaparecen y la hipocresía británica, para salvar el honor insular, los señala como franceses protegidos de Luis XVI que han huído a su país, y que se hallan escondidos en La Bastilla, a donde la mechudembre, apoyada por todos los anticuarios de buena fe, habrá de castigarlos con fuego el 14 de julio. Pero ellos, al cabo de un tiempo, se hallan de nuevo instalados en la capital inglesa, con la protección del Rey -como antes-, en otro barrio, bajo la siguiente razón comercial: "Johnson, Sobrino & Compañía, Arqueólogos".
Arias Jiménez escribió, también, otras cosas: "Viaje a Yeguas", en tres entregas, la primera de las cuales fue publicada en 1891 por la Imprenta de Torres Amaya; un folleto de 1893 que incluye "Las dinastías chinas" (Hipótesis histórico-novelescas), "Lluvia tempestuosa" (drama), y "Pentecostés" (mitin semi-mitológico), impreso en 1912. En 1903 dirigió y redactó el periódico "El Quijote".
Sobre Arias Jiménez puede consultarse, además, un artículo de Gustavo Otero Muñoz publicado en "El Tiempo" el 16 de diciembre de 1944 y reproducido con algunas variantes en el Nº 365-66 del "Boletín de Historia y Antigüedades" (reseña sobre "Los locos de Bogotá"), correspondiente a marzo y abril de 1945. Aparte de versos (sobre la teoría de Darwin aplicada al origen de los ángeles), anécdotas y ocurrencias de Arias, se registra allí el comentario de sus principales publicaciones.