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LAS UTOPÍAS
PERSONALES
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Palabras en el Club Campestre de
Medellín, para ofrecer el homenaje a El Colombiano.
Cumplo el agradable encargo discernido
por el Directorio Conservador de Antioquia, de tomar su voz para celebrar esta fiesta de
la colectividad, el septuagésimoquinto aniversario de fundación de nuestro periódico El
Colombiano: nuestro, porque es del conservatismo y es de Antioquia, y sobre todo de
Colombia, como su nombre lo establece. ¡Quince lustros de expandir por el país los
principios morales y políticos, el amor a la patria, el buen decir, la noticia deseada
por todos y para todos, el servicio leal a los intereses de la comunidad, la gloria de los
muertos y la orientación de los vivos!
Sea lo primero, el homenaje al fundador,
Francisco de Paula Pérez, lo que es evocar virtud, sabiduría y modestia. Tratadista de
derecho constitucional, catedrático, buena pluma, era la prestancia de la honradez de
tantos que, como él, han manejado la hacienda pública sin mancillarla ni mancillarse: el
gabinete y el Congreso quedaban holgados y su inteligencia era de muy alto vuelo.
Próceres del periodismo y ejemplares
prototipos de la amistad fueron Fernando Gómez Martínez y Julio C. Hernández, de cuyas
vidas no puede hacerse paralelo porque fueron una sola; ¡vigía del progreso y de la
dignidad de su pueblo, de su partido, de su religión!
El doctor Gómez salía del periódico
siempre con un breve "hasta luego". Mientras tanto era gobernador dos veces,
representante o senador, alcalde de Medellín o de su ciudad muy noble y muy leal y
materna, concejal y diputado, representante y senador, embajador ante las cortes del Papa
o de la reina de Holanda; pero ante todo y por sobre todo periodista, dueño de una prosa
castigada, formador de juventudes en la universidad y en el diálogo fraternal del
"Bar Benitín" o en la tertulia de la dirección; ¡y cristiano de oración y
buen obrar! ¡Lo mismo en el local arrendado de Junín, en Maracaibo, que parecía una
fortaleza, en Juan del Corral que era ya un castillo grande y en Envigado que parece una
ciudadela!
Y don Julio C. Hernández que pasó de
los cajistas y los titulares de madera, por los linotipos y los hornos de plomo fundido,
hasta lo más moderno de los sistemas en frío, con todo el color de los días y todo el
trabajo de las noches: desde el cable submarino por inflar, hasta los teletipos para
desinflar. Gómez Martínez enseñaba derecho constitucional y antes que nada
descentralización, sobre el texto de Pacho Pérez, en la Bolivariana de Caracas con
Palacé. Allí estudiábamos derecho al comenzar las mañanas y al empezar las noches.
Durante el día, quien les habla era jefe de redacción, talleres y armada en el
vespertino La Defensa,dirigido por Manuel Betancur y vocero del Directorio. De
noche escribía en El Colombiano notículas, ecos que me cedían Otto
Morales, Miguel Arbeláez y Jaime Sanín bajo sigilo sacramental y con la complicidad del
Maestro Alberto Acosta: años después supimos que el doctor Gómez y don Julio eran
también cómplices nuestros, porque conocían nuestro secreto y nunca nos dijeron nada.
El doctor Gómez y don Julio nos
acompañan ahora: perviven y están aquí no solamente en la integridad de sus espíritus
sino en la fuerza de su sangre. Juan Gómez Martínez es Fernando; Jorge Hernández es don
Julio. Ellos, los vivos y los muertos, centenas de plumas y de operarios, millares de
voceadores y millones de lectores y de amigos de El Colombiano, dispersos en todas
las capas de la sociedad y en todos los partidos, como el brillante grupo "Tema
libre".
Y no son ellos solos quienes nos
vivifican con sus sombras. Juan Zuleta Ferrer se cuenta entre los grandes prosadores
periodísticos colombianos. José Mejía y Juan Roca Lemus, Rubayata, entre los más
eximios columnistas. Los antioqueños de la ciudad, entre ellos Alfonso Londoño Martínez
y el Mono Villa, brillaron como hombres grandes del diarismo. Soy testigo de ello y de un
ejército de hombres de cultura, Otto, Miguel Arbeláez, y Eddy Torres por ejemplo,
Ernesto y Tulio González, Gilberto Alzate Avendaño o Jesús María Yepes.
Mejor es no seguir enumerando difuntos,
ni mencionar vivos, porque los hombres que hicieron escuela en El Colombiano son
incontables, y hablar de ellos es recorrer la historia colombiana del periodismo en este
siglo.
* * *
La caballerosidad, la convivencia, el
patriotismo antisectario, la altiva defensa de la unidad nacional contra los desenfoques
de un centralismo insensible y anacrónico, son enseñas que ha portado con severidad la
tribuna de El Colombiano.
Es bueno recordarlos en estos momentos,
para que se constituyan en guía de perplejos, en salvaguardias de dicha unidad nacional,
en centinelas del consenso y del entendimiento para afrontar peligros y aceptar los
desafíos de un progreso que será esquivo sólo en la medida en que no lo entendamos y lo
dejemos esfumarse por arrogancia o preocupaciones menores.
No como simplismo optimista sino porque
gusto de aplicar el oído al pulso de Colombia, sé que seremos iguales o superiores al
reto del futuro. Sí, lo seremos pues nuestro anhelo de convivencia prevalecerá sobre las
ansiedades, sobre las dificultades grandes y pequeñas, sobre resentimientos y reclamos,
sobre las desesperanzas y los pesimismos que hoy son y mañana no parecen. Y seremos
capaces de fortalecer la unidad nacional, porque a partir del prerrequisito de la paz,
necesaria, podremos concretar el país moderno diseñado en las normas jurídicas
realistas que dieron vida a la descentralización administrativa, soñada entre otros por
Gómez Martínez y Alberto Jaramillo Sánchez.
Sí, superaremos los tropiezos mediante
la participación de la comunidad, ese torrente dialéctico que irriga la trama social. Lo
que tenemos ante nosotros con la elección popular de alcaldes y con el fortalecimiento de
la vida municipal no es el recrudecimiento de viejos vicios, sino un renacer de las
mejores virtudes cívicas presentidas por Caro y Núñez, un orgullo positivo sobre la
capacidad de imponerse ante los dirigentes para que sean cumplidores fieles de los
propósitos de la comunidad. La realidad está ahí, sin sectarismos, sin dueños
distintos de la propia nación para que la comprendamos y la pongamos al servicio de
todos.
Tales son de vieja data nuestras utopías
personales. Desde los tiempos de Silvestre y Mon y Velarde se sabe de la triste suerte que
sigue al antioqueño cuando adormece sus potencialidades; pero se sabe también de las
cumbres que alcanza cuando las dinamiza. La centenaria Escuela de Minas es testimonio de
la respuesta que da la semilla sembrada en tierra fértil. Lo pregonaba uno de nuestros
grandes, Alejandro López, cuyo único reclamo fuera el ser enterrado a la vera del Túnel
de la Quiebra para mantenerse en duermevela al pie de la gran hazaña del ferrocarril. Y
lo advertía otro de nuestros grandes, Pedro Nel Ospina, en el precioso trabajo que
escribiera al finalizar el siglo, como prólogo de la primera edición de Frutos de mi
tierra, de don Tomás.
Es el desafío que todos conocemos, el
que conocen las colectividades políticas, en ellas nuestro Partido Conservador, lleno de
gloria y de grandeza. Pero, sobre todo, el que deben atender dichas colectividades para
que en vez de arrollarlas les dé más fuerza y las califique en los términos de la nueva
época, ante el ciudadano cuyo favor buscan. El grupo de normas que le dan cuerpo al nuevo
país no puede ser objeto de rebatiñas o de pequeñas vanidades, y este es el compromiso
que cumpliremos para vivir en una Colombia en paz, fuerte, civilizada y justa.
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LA CORRIDA
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Presentación del libro La Corrida, del
maestro Fernando Botero, editado por Editorial Lerner: en el Gun Club de Bogotá, febrero
8 de 1990.
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... un latinoamericano entre los
clásicos...
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MARIO VARGAS LLOSA
En la década de los años treinta y
cuarenta todavía la aspiración máxima de las familias pobres en Antioquia era tener un
hijo cura o futbolista o torero. Por eso el tío Joaquín se empeñó en que su sobrino
predilecto fuera matriculado en una escuela de toreo de salón que había en la Plaza de
La Macarena en Medellín, bajo la dirección de un antiguo banderillero gordo, ya en
retiro, que trabajaba como ujier, empleo que por cierto había heredado su hijo. Un
domingo, a las 5 de la tarde, le indultaron un toro a Morenita del Quindío. Al día
siguiente, exultante, el banderillero Aranguito les dijo a sus discípulos: "Se
ganaron la lotería, hoy torearán un toro de verdad; el que fue indultado ayer".
Dice el Maestro Fernando Botero que "fue tal el susto, que de inmediato sintió
reverdecer en él la decisión de ser pintor".
Pero prosiguió en la acumulación de
vivencias sobre el modo de ser de cuanto lo rodeaba: contorno y entorno de la plaza, la
ganadería, los ganaderos, los espectadores, el paseíllo, los matadores, los caballos,
los picadores, los monosabios, la arena, "aquel toro que parecía mezcla de tigre y
locomotora" (según dijera el escritor español Manolo Arroyo de
"Sospechoso" en la plaza de Albacete), los banderilleros, las suertes, los
tercios, las majas, la cuadrilla, la pica, Encarnación Vargas, los naturales con la
derecha y con la izquierda, las verónicas, las manoletinas, los afarolados, el temple,
aquel saber mandar, el de pecho, el ayudado por alto, el ceñirse al animal, el tablao, la
guitarra y el guitarrista, la cantaora y el bailaor, "y ese toro enamorao de la
luna", los peones, la oreja y el rabo, la muerte y el arrastre, la matemática toda
de la fiesta, su arquitectura escueta. Era el banco de recuerdos en el que se acumularían
los desfiles heterogéneos del toro escolar desde una visión de citolegia a la que se
irían agregando el núcleo familiar, las costumbres de la patria suave y adolorida, las
instituciones congeladas, la casa de María Duque, Raquel Vega y Ana Molina, que
Françoise Sagan tomara como escenario de uno de sus relatos, la desmesura de su tierra y
de su gente, según Pierre Restany.
Esos recuerdos de su tierra y de su gente
ya no lo dejarán. Estarán siempre en su obra, tanto las instituciones derogadas o
congeladas, como la infancia abolida, la adolescencia derogada: será la "evocación
piadosa de un mundo despiadado", de los afectos de entonces y los afectos actuales.
La identidad de antioqueño, de colombiano, de latinoamericano, mantendrá el
establecimiento de su gobierno como canon inescapable. "Me parece misterioso que mi
exposición en Rotterdam", dice, "tuviera el éxito que tuvo en un mundo
completamente exótico para nosotros. Porque uno sigue siendo un antioqueño. Hay algo
elemental, campesino, que uno lo mantiene siempre, que nunca se pierde. Además me gusta.
Jamás lucharé contra eso". ¡Desde luego: es su impronta! Es aquel "sabe el
fruto a su raíz", que dijera Lope de Vega.
* * *
El modo de serdel antioqueño
tiene una matemática y un lenguaje de desmesura, que se afinca en el paisaje arduo, en la
montaña difícil, en la mina hosca, en la carrilera irrepetible desde el río Magdalena y
el túnel atrevido, en la erosión del suelo y del ánimo que fueron recogidos con
escepticismo por los informes a la Corona española como presagio de miseria. Todo lo cual
impuso patrones de vida y fundaciones que transgredían la rutina cotidiana con
altanería, para levantar la catedral más grande del mundo (en ladrillo), el primer
puente colgante, las mujeres más hermosas, la gente más trabajadora, la que más paga
impuestos, la que más telas produce y la que más exporta, por encima de toda
connotación de narcisismo pero como un desafío a la dificultad. Botero sostiene, con
razón, que sus figuras no son desmesuradas, que tienen la dimensión que él les ve con
ojos normales, sin las ópticas que se anotaran al Greco. Y es cierto: en aquel modo de
ser y en aquel territorio, la enormidad es la cédula que identifica el ser y el deber ser
en tanto que antioqueño, en que la exageración sólo es testimonio de un comportamiento.
Marta Traba advertía que los volúmenes desafiantes de Botero, reto a la belleza, a la
lógica y a la opinión del público, eran el soporte amplio del color y la expresión
sensual de la técnica, "intrusiones impertinentes en la pericia de la composición,
en la fastuosidad minuciosa del cromatismo, en la voluntad de deformación y de
caricatura", según Hernando Valencia Goelkel.
* * *
Al emprender el camino de aquella
vocación, Botero tomaría clases con otro maestro que recuerda con afecto: Rafael Sáenz.
"Ser pintor era un poco extravagante en el Medellín de entonces", dice.
"Ahora cada una de mis tías está convencida de que mi vocación viene de ella.
Cuando hacen croché dicen: `¿Te acordás de Fernando y cómo lo hicimos pintor?' Y las
demás comentan: `Sí, por ahí le vino la cosa'. Sáenz, agrega, me dio los mejores
consejos en Colombia; cuando estudié en Europa, los únicos consejos que me sirvieron
fueron los de él. Cuando yo le mostraba mis dibujos de los 17 años, que eran iguales a
los de Play Boy yo estaba asombrado con ellas de lo maravillosas que las
veía en estas revistas y maravillado conmigo mismo de que las pudiera hacer
iguales, Sáenz me dijo: `Fernando, esto es espantoso'. Y sacó un desnudo de
Giotto, empezó a mostrármelo y a enseñarme algo que nunca olvido: que el Giotto es
mejor que Play Boy".
Los críticos franceses Marcel Paquet y
René Char dicen que "Mujer llorando", de aquellos 17 años, anuncia ya la
denseidaddel futuro Botero, vocablo equivalente del dansitéfrancés y formado
con la profundidad del dans(dentro), el den(de densité), y el dans
de danse), reminiscencia nietzscheana que establece la opacidad de la naturaleza y
la interioridad detrás de la epidermis: de allí la liviandad, como de seres aéreos, de
las pesadas figuras.
Al proseguir el camino de su vocación,
Botero sería expulsado de la universidad por escribir y dibujar sobre pintores ateos y
pornográficos, como un tal Picasso que perturbaba la siesta parroquial. Tendría que
refugiarse en el internado aún más monástico de Marinilla. Debería viajar a Bogotá
con sus pinceles provincianos a vivir en medio de la pintura establecida. Para sobrevivir,
haría toda suerte de oficios, como vender automóviles, manteniendo la fidelidad a su
duende interior. Iría a enfrentar la soledad y el comentario implacable en Estados
Unidos, donde un crítico escribiría que sus figuras eran fetos de Mussolini y otro
diría que esa pintura era un monumento a la estupidez. En la primera exposición en Nueva
York el marchandAllan Stone compró cinco cuadros que devolvió al día siguiente
al leer el comentario del crítico del The New York Times.Botero seguiría
imperturbable con su vocación a cuestas, movido por el ángel de la seguridad de que se
es pintor en estado de éxtasis. "No es que uno viva arrebatado de emoción, dando
gritos, pero sí es un estado maravilloso donde llega a no darse cuenta de cuánto tiempo
ha pasado. Yo entro al estudio a trabajar", dice, "y de pronto siento que han
pasado ocho o diez horas y me maravilla ver que no las he sentido. Cuando me quedo un día
en mi casa sin trabajar, me quedo también absolutamente asombrado de cómo son de largos
los días, y me digo, pero no puede ser, la tarde es eterna... En cambio yo estoy pintando
y no tengo la menor sensación de cansancio ni de nada. Picasso dijo algo muy cierto:
cuando uno trabaja deja el cuerpo fuera. Uno está en un estado de pequeño
éxtasis".
* * *
Después fueron la Academia de San
Fernando en Madrid, el Museo del Prado, Velázquez y Goya; y Barcelona y París
("trabajo en París siete u ocho horas diarias, siempre con luz de día. Mi tiempo de
pintura no se lo sacrifico a nada... Un pintor amigo mío me dijo que su problema era
llegar a las ocho de la mañana al estudio y no saber qué es lo que iba a pintar. A mí
jamás me sucederá esto: tengo tal cantidad de trabajo anterior, de problemas planteados,
que desde meses antes sé qué voy a hacer a mi estudio a las nueve de la mañana. No hay
tiempo de hacer todo lo que uno quiere hacer"). Enseguida fueron las exposiciones
aquí y allá. Y Florencia: el estudio de la técnica del fresco en la Academia San Marco,
las clases en la Universidad con Roberto Longhi, Venecia, Roma, Nápoles, el
deslumbramiento de los maestros renacentistas. Y, sobre todo, Piero della Francesca, en
quien existe el perfecto equilibrio: ni el color ni la forma son invitados. En todos ellos
aprendería como dice Germán Arciniegas la técnica, el rigor, el color. Y
aprendería el momentumde las transposiciones de flamencos e italianos, cuyas
anunciaciones y resurrecciones suelen tener como telón de fondo palacios florentinos o
belgas o romanos, como haría Botero en el tríptico del Ecce Homo, en el cual la Virgen
es igual a una campesina colombiana y el centurión igual a un militar alemán.
La denseidadque percibe la
crítica en el espacio de la ironía y de la placidez, había tomado posesión de los
dominios del pintor: ya hay un estilo Botero de rigor y disciplina, en que el sarcasmo no
es una concesión a la sensualidad del color ni un contrapunto sino una posición de
alegría exis- tencial. Los protagonistas de los mundos de Botero se expresan en el
proceso creador del orden sensual, en la opulencia de los volúmenes y en la cadencia de
la lujuria: las enormidades de Botero, dice José Manuel Caballero Bonald, son hipótesis
imaginarias de ese caos en reposo que llamamos orden. Ya su pintura sólo se parece
a sí misma. Pero llega una instancia en la que tampoco cabe en Pietrasanta (Italia), en
su estudio, cerca a las canteras de mármol.
* * *
Aquella acumulación vivencial está,
completa, en La corrida. El lector se siente referido a las 30 planchas de "La
Tauromaquia" de Goya: sólo que es más extenso y más denso, menos patético por la
atenuación del rictus letal; sin duda más bullicioso y exultante el toro de Botero
incluso que el de Pepe Hillo que fue quien lo pensó, lo pintó y lo codificó; y quien
advertía que es un arte de pensamiento en el que siempre se está aprendiendo, tal es su
cualidad brillante de infinito.
El redondel, el toro y el torero forman
una ecuación indescifrable. Bergamín dice que en las figuras del torero en la plaza, el
payaso en el circo y el sacerdote en el templo, se enmascara de luz su sentido de enigma,
primero ensimismado, después enfurecido, al fin entusiasmado o endiosado, para verificar
la vida por la muerte. En aquel éxtasis de silencio y tumba nadie falta a la lealtad
impunemente: un torero le comentaba que lo más arriesgado es hacer trampas, porque salir
de ellas es lo más difícil; no te deja salir el toro, al cual nunca se le engaña aunque
el trapo se llame engaño,más para la gente que para el toro. Luis Miguel
Dominguín reflexionaba en que cuando el torero viste el traje de luces para salir a
torear, pierde el miedo a morir, porque ya está muerto. Y Antonio Bienvenida le apuntaba:
"Eso es verdad: yo al vestirme el traje de luces me olvido de mi familia, de mis
amigos, de mi casa, de todo, como si no los tuviera. Y me quedo solo como un muerto. Pero
en cuanto veo al toro en la plaza, resucito".
Es la música callada del toreo que han
oído los del toro y los de la fiesta. Botero la ha recogido en lienzos, bocetos, dibujos,
a lo largo de un itinerario habitado por esos seres entre alegres y desconfiados, cada uno
con su moribundia y su entrega. La corrida es la apoteosis del toreo: el pintor ha
querido que en adelante se piense en Botero al hablar de toros. Y lo ha logrado. Él mismo
aparece con su atuendo de aficionado desde la portadilla del libro: allí viste el traje
de luces rosa y plata que le regalara Palomo Linares. Las guardas remiten a la más
antigua plaza, la esbelta de Ronda. Los dibujos, a las suertes y a los quites y a todas
las instancias de la fiesta y de la muerte, incluido el tránsito de Luis Chalmeta a los
cielos.
La corrida es la ópera omnia de
la tauromaquia de Botero: algo más de 150 testimonios entre óleos, bocetos, dibujos,
acuarelas, sanguinas y grafitos hechos en diferentes situaciones, con vivencias de La
Macarena, la Santamaría, Las Ventas, La Maestranza en Sevilla, o en Ronda o en Toledo. O
reminiscencias de las clases de Aranguito. Todo fue recobrado para esta edición de
Lerner, hecha con el rigor supremo de la técnica impresora en España, con papeles
fabricados en Alemania, fotógrafos alemanes que sugirieron a Botero vestir el traje de
luces. Y un profundo estudio prologal del poeta y novelista español José Manuel
Caballero Bonald, quien tras vivir varios años en Colombia, que recorrió en todas
las direcciones mantiene la imaginación habitada por aquellos recuerdos. En algún
momento imagina que, de regreso de alguna parte del mundo a su taller, Botero tuvo un
sueño: "Soñó con una corrida en la que participaban hombres de distinta
procedencia y análoga humanidad. Tal vez reconoció entre ellos a un tratante bogotano, a
un campesino antioqueño, a un menestral español, a un vaquero mexicano. Tal vez no
reconoció a nadie, sino que retuvo instintivamente rostros, gestos, retazos corporales
perdidos en el confín de la memoria, y se los fue adjudicando a una imaginaria cuadrilla.
La cuadrilla muy bien podía ser la de un matador o un novillero desconocido, uno de esos
toreros cuya fama dura la entrada de un pitón hasta el rinconcito donde late la vena de
la vida. Botero vislumbró las fortunas y adversidades de ese cortejo popular hecho de
glorias efímeras y pundonores majestuosos y, al despertar, decidió sacarlo del anonimato
del sueño. Todo lo que allí había de complejo y magnífico, de dramático y heroico,
quedó registrado, a título de información sustitutoria de la realidad, en esta Corrida".
En el colofón de La corrida,de
nuevo Botero viste el traje de luces, esta vez azul celeste y oro. Y con Sofía Vari.
Advierte Bergamín que el hombre es una pregunta y la mujer una respuesta: pregunta y
respuesta cierran este hermoso libro, después del cual se pensará siempre en Botero
cuando se hable de toros.
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HONOR DE LA ESTIRPE
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En la Basílica de Villanueva en
Medellín, durante las exequias del docrot Fernando Gómez Martínez, diciembre 6 de 1985.
¡Cuántas veces nos corresponde asistir
a actos que nunca hubiéramos deseado que ocurrieran, presenciar irremediablemente lo
menos apetecido, despedir a quien quisiéramos con todas nuestras fuerzas retener! Una
voluntad superior a la de todos los hombres así lo ordena, sin que tengamos otra opción
que acatarla: "todo lo que sucede es adorable", advertía León Bloy.
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1. ORGULLO DE SU ESTIRPE
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En horas difíciles para la patria, al
dolor por repetidas e impiadosas tragedias se suma la pena por la muerte de Fernando
Gómez Martínez, hijo predilecto de Antioquia, honor y orgullo de su estirpe.
Es grave prueba despedirlo. Lo es por su
larga y rectilínea trayectoria, por su condición ejemplar de ser humano, por la altura
denodada y sobria en la cual forjó él la magnitud, al mismo tiempo intimidante y
compasiva, de su personalidad excepcional.
Y es tanto más arduo en cierta forma el
ritual del adiós, cuanto que todos nosotros, los aquí congregados físicamente en torno
a su féretro y la dolida multitud incontable diseminada por su vasta tierra nativa y por
el ancho país de sus desvelos y su cuidado, quedamos comprometidos con él no al llanto
sino a la permanencia.
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2. EL NORTE ÉTICO
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No hace mucho tuve el privilegio de
estrechar una vez más su mano abierta y de mirar los ojos claros en el cuerpo devastado,
cuando se me solicitó que le entregara el Premio de Periodismo Simón Bolívar. De ahí
hacia atrás, hacia esa sucesión de breves años e interminables horas que constituyen la
vida personal, hay una plétora de recuerdos que quiero sofocar, pues tales evocaciones
individuales resultan superfluas o impertinentes cuando es una comunidad la que visible o
invisiblemente se congrega aquí. Y, por encima del catedrático, del servidor público,
del periodista y del escritor, debemos evocar antes que nada al político.
Pues eso fue esencialmente Gómez
Martínez, lo que los griegos llamaban el zoon politikon, el animal político, el civisromano,
el ciudadano a cuya sombra retórica y lejana ofrendamos vidas para forjar nuestras
repúblicas.
Es en ese vario y mudable sentido, como
hablo de la lección política de este varón ilustre. Pues como nadie, se sentía parte
de la ciudad; como nadie, era emanación del pedazo de tierra que lo vio nacer y de la
cauda de sus antecesores, de sus contemporáneos, de sus descendientes. Fue esa la misión
que asumió, con la cual se confundía y de la cual extrajo el don y la carga de su
autoridad: de la autoridad que emana de una fuerza moral, de una reciedumbre en las
creencias que precozmente lo convirtió en el punto de referencia, en el norte ético de
sus coterráneos de esta "república antioqueña"y de "las
repúblicas"de la Colombia ancha que amaba por encima de todo.
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3. EL PADRE ESPIRITUAL
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En este regreso a mi tierra, se me
renuevan afectos y dolores de orfandad.
Un día, estando en tierras lejanas, un
accidente de las minas de Amagá inmoló a parientes y amigos de infancia, y no alcancé a
llegar a su entierro. Antes había sido el profesor Manuel J. Betancur. Después vienen
precedidas mis llegadas como un viacrucis: un día vine a Itagüí a decir adiós
fraternal a Alberto Acosta; luego a echar una paletada de tierra blanda sobre el cadáver
de Juan Zuleta Ferrer; en derechura a la plenitud se fue Alberto Jaramillo Sánchez y de
pronto igualmente la desmesura de Diego Calle Restrepo. ¡Para no hablar sino de unos
pocos de la larga galería de montañeros ilustres! Y llego ahora a abrazar a los deudos y
a orar en comunidad con Antioquia, por el padre espiritual de ella y de cada uno de
nosotros.
Porque eso fue ante todo Gómez Martínez
con sus discípulos cercanos y numerosos, entre los cuales me cuento para mi honra; y con
esa legión incontables de sus discípulos a distancia que fueron sus lectores.
Su docencia estuvo dirigida a millones de
hombres y mujeres. Enseñó serenidad, paz, respeto, civismo, progreso. Y si tuviéramos
que señalar el paradigma de una virtud esencial para la convivencia, que es la de los
buenos modales, difícilmente hallaríamos a alguien equiparable a él.
A la vez severo y amable, nunca adulador
y siempre reconocedor de méritos, ameno y lacónico, franco pero indulgente, poco hablaba
de sí mismo pero no era avaricioso en el regalo de la confidencia, profundo y exacto en
el pensamiento y parco y sencillo como un clásico en la expresión; no tenía rencores,
no murmuraba, jamás se alegraba con el mal del contrario, no digo del enemigo porque
nunca lo tuvo; pausado como la meditación, era incansable en el trabajo sin lamento ni
fatiga.
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4. LA CÁTEDRA, EL DIARIO, LA TERTULIA
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Fui su discípulo de derecho
constitucional en la Universidad Pontificia Bolivariana; y antes y después lo fueron
centenares que honran el foro: de sus labios fluía la democracia; inculcaba con tal
seguridad y convicción el amor a cada uno de los derechos humanos, que penetraba aquellas
mentes jóvenes con profundidad tan incancelable como un tatuaje. Seguidor de Concha, más
que elucubraciones eruditas, se empeñaba en la hondura y la axiología de cada principio.
Nunca en su clase hubo un desorden porque aquello era el diálogo natural e igualitario,
en que el profesor parece estar aprendiendo también de sus discípulos, y éstos se
elevan a un coloquio de pares con el maestro.
Asistir a su tertulia era una fiesta;
acompañarlo a escribir, una pedagogía; verlo distribuir los temas a su equipo de
redactores, una lección; presenciarlo escuchar a sus columnistas veteranos como Rubayata
y Jota, departir con los poetas de la tierra, los historiadores, los pintores, los
músicos, pero oír con el mismo interés a los industriales, a los obreros, a los
ganaderos, a los mineros, a los agricultores, a los visitantes de remotas veredas con su
interés local y a los estadistas con sus grandes temas, era asistir a ese fenómeno
altruista por excelencia que es la transferencia al oficio, cuando ningún tiempo queda
para pensar en sí mismo y en sus intereses porque acicatean y duelen las necesidades y
los anhelos de los conciudadanos.
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5. SUS PASIONES DOMINANTES
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Amó a su patria chica, la tierna y
pausada Santafé de Antioquia, a la que gobernó como alcalde, pero los horizontes
anchurosos del padre Cauca lo libraron de la estrechez localista.
Radicado desde estudiante en Medellín,
esta villa le debe iniciativas y servicios como quizá a ningún otro, por originales,
prolongados y continuos. Tampoco centralizó en "la beya viya" sus
predilecciones quien fue el máximo abanderado de la descentralización: conservó alma
pueblerina, de manantial, y cada rincón de Antioquia le dolía como propio. Quien repase
su periódico halla en él, como en el mapa, cada población, cada corregimiento, cada
vereda con sus necesidades y sus anhelos; y esas hojas grandes sacaban del anonimato los
nombres y los hombres aldeanos, porque salían del fondo del corazón del director. Así
se hizo un gran diario que en municipios y municipios se lee como periódico local, y esto
entra en el secreto de cómo se hizo grande e irreemplazable, tan rutinario para el
antioqueño como el desayuno: salir del ayuno espiritual.
Todas las causas del pueblo eran a la vez
sus pasiones dominantes. La carretera al mar; el desarrollo de Urabá; el orden y la
armonía del oriente antioqueño donde refugiaba sus ocios pocos pero fecundos; el
Magdalena Medio, el Bajo Cauca, el norte y el sur. El Nechí le resultaba tan familiar
como el Penderisco, el Nus y el Nare, tan amados como el nativo Tonusco, pedregoso y
rápido en su acercarse al Cauca.
Modesto sin encogimientos, todo le
quedaba tenuemente holgado: ser alta parte contratante en los convenios públicos como
canciller, tribuno parco y analítico en las cámaras, los alamares diplomáticos, el
bastón de mando en la gobernación o en la alcaldía; o repartir piadosamente la
Eucaristía por concesión pontificia, para ayudar al párroco que no puede ya
"repicar y andar en la procesión".
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6. DECISIÓN DE FIDELIDAD
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Su talento, sus conocimientos, su
poliforme y siempre joven inteligencia, le dejaban caminos ilimitados. Sí, ciertamente
prefirió ser vecino de Medellín, eligió ser un colombiano de Antioquia. A todo antepuso
una decisión de fidelidad, de la cual procedía esa autoridad no institucional ni
consagrada que lo envolvió en su generosa madurez: fidelidad a unas raíces; a un modo de
pensar y de vivir; a una manera de hablar, de soñar y ante todo de actuar, que él
recogió en el magisterio de su patriotismo.
Vivamente encarnaba la tradición de un
pueblo y de un país: vivamente, pues no dependía de limitaciones dogmáticas sino de
aquel captar lo duradero en medio de lo inesencial, para percibir amorosamente que a
medida que su pueblo y sus gentes se modificaban y cambiaban, él era testigo de esa
metamorfosis que iba asumiendo, también, lúcida y valerosamente, en sus propias ideas,
en su propia carnadura.
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7. REALIDAD DE LA PATRIA
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Espléndidamente hizo de todos sus
atributos y de todos sus privilegios un deber. Lo cumplió austeramente, lo cumplió (me
imagino) alegremente; lo cumplió me consta valientemente. De cierta manera,
tenemos exigua lección que aprender de su legado, poco que recapitular de su obra y de su
acción: pues cuanto hizo nos lo infundió; todos somos, consciente o inconscientemente,
la realidad, no la utopía o la visión, que de la patria y de la vida y de la tierra nos
transmitió y nos actualizó y nos perennizó Fernando Gómez Martínez.
Antioquia ha dado cifras de altura en el
periodismo y una de ellas es Gómez Martínez. Con don Fidel Cano era escuela que mantuvo
en alto la moralidad de un área cultural centrada en los valores tradicionales, en el
culto al trabajo y al servicio de la sociedad. Cuando se escriba la historia de Antioquia,
aprovechando la contribución de la moderna historia de las ideas, encontraremos que en
sus grandes periodistas ha tenido el desarrollo antioqueño los pilares fundamentales.
Diarios como El Espectadory El Colombiano crearon una escuela de crítica y
de carácter que consolidaron las virtudes de la raza antioqueña: frugalidad y amor al
trabajo, ánimo emprendedor y aventurero, respeto por la estirpe... calidades que
adornaron en grado excelso la persona de Gómez Martínez y lo erigieron en conductor de
los suyos.
El gran periodista que fue Gómez
Martínez ejerció incansablemente su menester de lo cotidiano, de lo urgente, de lo que
parece efímero. Lo hizo sustentado en una vocación de durabilidad, de adhesión tozuda
pero también eminentemente racional y lógica a una concepción de la vida y a una idea
de la patria de las cuales nos hizo a todos responsables, en las cuales, como en esta
desolada ocasión lo ratificamos o lo verificamos, todos somos participantes.
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8. EL APÓSTOL DE LA DESCENTRALIZACIÓN
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Lentamente, como por aluvión, su trabajo
periodístico fue creando obras mayores que hicieron de Gómez Martínez escritor fecundo
y respetado: "Mordaza" es constancia de quien, por sobre todo, fue defensor de
las libertades y derechos humanos; "Contra centralismo descentralización",
revela una vieja aspiración antioqueña de regir sus propios destinos, que alienta en
todos aquellos que tienen un aporte que hacer a la riqueza y al progreso.
Profunda es la pena que nos embarga ante
la desaparición de este varón de virtudes. En las épocas oscuras y difíciles, los
hombres excelsos son faros que ponen luz en el camino y confianza y temple en el pecho de
los caminantes. Por eso su memoria no se borrará de quienes debemos afrontar el porvenir
con ánimo de construcción, como homenaje a lo que hicieron por nosotros.
Muchas son las deudas con su magisterio,
pero la mejor manera de amortizarlas es no desfallecer ante las dificultades y afrontarlas
con la decisión y la perseverancia que nos infunde su ejemplo.
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9. EL SIERVO BUENO Y FIEL
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Cuando se hable de Antioquia se pensará
en Usted, profesor; cuando se piense en la paz, sus palabras escritas pacificarán; cuando
se medite en la ecuanimidad, brotará espontáneo e incontenible su recuerdo. Y mientras
tanto recibirá la corona del siervo bueno y fiel, el que amó y sirvió a Dios y al
prójimo y a la verdad servus servorum veritatis, buscando lo
trascendente que está más allá del tiempo y el espacio, en lugar de este contingente
que no llena un palmo de la patria.
Al dar tierra al cuerpo mortal del amigo
y del maestro, recojámonos en la aflicción de su dulce esposa y de sus hijos y sus
nietos y su gente; apretémonos ante su espíritu inmortal y presentemos su vida excelsa a
la consideración respetuosa de sus conciudadanos.
¡Larga paz a su tumba ilustre!
-
LA VIDA NO ES UN
SUEÑO: ES UN VIAJE
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En el diario La Prensa de Bogotá, febrero
17 de 1989.
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... nada hay genuino en la vida colombiana
sino las náuseas que principia a tener la juventud.
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FERNANDO GONZÁLEZ (Viajes de un
novicio con Lucas de Ochoa).
En la noche del domingo suena el
teléfono. Es Gabriel García Márquez desde México. Está dando el último vistazo a las
pruebas de El general en su laberinto que publicarán en la primera semana de marzo
La Oveja Negra en Bogotá y Mondadori en Madrid, un millón de ejemplares. Y pregunta:
"¿En dónde se doctoró el general Santander, en el Colegio del Rosario o en San
Bartolomé en Bogotá?". Le contesto: "Debió ser en el Rosario porque San
Bartolomé sólo tenía bachillerato". Replica: "También yo lo creo así, pero
me quedan dudas porque el Libertador, antes de viajar a la muerte, se dolía de que
Colombia quedara en manos de bartolinos. Te ruego ayudarme a establecer la verdad
histórica". Voy a mis anaqueles sobre "el hombre de las leyes". Empiezo
por los cuatro densos y hermosos volúmenes de la Biblioteca de la Presidencia en la
administración Barco, publicados en 1988 para el bicentenario del natalicio de Santander
y sesquicentenario de su muerte. Y no encuentro. Recurro a Fernando González y copio de
la página 61 esta transcripción del "Archivo Santander":
Certamen de práctica forense, así: la
forma, el método y los términos propios con que se han de proseguir, definir y terminar
los juicios ejecutivos y ordinarios, tanto civiles como criminales, constituyen la materia
del certamen público que sostendrá don Francisco de Paula Santander de Omaña, bajo la
dirección del doctor Emigdio Benítez, Catedrático de derecho real en este Colegio Mayor
y seminario de San Bartolomé el 11 de julio de 1810.
Esa misma noche hablo con Gabo: una de
las innumerables dudas que quiere precisar sobre el general y su tiempo, ha quedado
atrás. Y eso que se trata de una novela lírica,según dice, sobre aquel triste
caballero que buscando libertad, cabalgó una longitud del equivalente de darle dos veces
la vuelta al mundo.
La visión de Fernando González sobre
Santander le valió más de una polémica. Ñito Restrepo se lo reprocha en carta de
octubre 20 de 1930: "Paréceme, señor mío, dice, que para ensalzar como conviene a
Bolívar, huelgan los denuestos a los que lo secundaron eficazmente en su obra
genial..." González le replica un mes después: "No podemos entendernos: Usted
es un ilustre coplero cuya mensura de la conciencia haré en el segundo tomo de Mi
Simón Bolívar,y yo soy un metafísico. Usted es mi antípoda" ("Cartas a
Estanislao").
Pero así fue ese hombre del año 95 (el
mismo de León de Greiff), "nacido en una casa de una calle con caño de
Envigado", que cubría con boina vasca y apoyaba en bastón burdo su inconformismo;
expulsado de donde los jesuitas por irreverente, pero él mismo "un jesuita
suelto" como gustaba llamarse; arrojado de Italia por escribir un libro contra los
dictadores y Mussolini y el fascismo, pero autor de otro libro en homenaje de su compadre
el dictador venezolano Juan Vicente Gómez; segregado de la política tradicional por no
comulgar con la resignación consuetudinaria, y fundador de movimientos utopistas que
nacían derrotados; enemigo del poder de la prensa cuando consideraba que era ejercido por
fuera del interés de la patria, y fundador de la Revista Antioquiaque los
estudiantes de entonces devorábamos como aves rapaces, desde su subyugante leitmotiv:
"el único límite de nuestro atrevimiento es la mentira".
* * *
Las obras del Maestro González son de
difícil, por no decir imposible, encasillamiento, porque aquel solitario rompía todos
los moldes literarios como desbordaba todos los patrones del comportamiento. De quien se
burlara de la sociedad con su lenguaje y sus actitudes, podría pensarse que fuera
familiarmente un exclaustrado, pero fue hombre de costumbres austeras y de un hogar que,
con doña Margarita (hija del expresidente Carlosé Restrepo), iluminaba de dignidad y
virtudes cristianas. De quien se mofaba de los ídolos del foro y decía que de las
universidades sólo salen memorialistas, podría deducirse que despreciara también el
pensamiento jurídico, pero fue catedrático eminente del derecho, juez y magistrado
integérrimo, especialista en el gravamen de valorización, y quien (con el ingeniero
antioqueño Jorge Restrepo Uribe) trazó las directrices normativas de la modernización
urbana de Medellín. Y de quien usaba un lenguaje duro con el clero podría pensarse que
se desdijera de lo religioso, pero antes que nada era un metafísico que se nutría de
universales. En el hermoso Viajes de un novicio(de Félix Ángel Vallejo), dice que
el hombre es un animal que está enfermo desde el paraíso.Y le dice al editor
Alberto Aguirre: "Esta es una angustia que tenemos que vivir irremediablemente, y
digerirla si hemos de continuar el viaje hacia Ese que nos anima... y desaparece... como
la lucecilla de la isla de Guanahaní a las tres solitarias carabelas del más solitario
Cristóforo Colombo". Y de quien se pregonaba que era un descreído, podría pensarse
que dejaba a Dios de lado, pero dice lo contrario la correspondencia con el padre Andrés
Ripoll ("... soy tristeza, soy soledad...", le dice en carta de febrero de
1964). Y lo atestiguan también las epístolas entre 1943 y 1964 con el jesuita Antonio
Restrepo ("... basta que haya hombres como Usted", le decía en carta de junio
de 1961, "para que este mundo tenga pregusto paradisíaco...").
* * *
Y que fue un visionario de la necesaria
autonomía y unidad de nuestros pueblos, con la inmensa tristeza del general de
García Márquez que el poeta Álvaro Mutis terminó de leer, llorando (lo mismo nos
ocurrió a mi esposa y a mí), lo dice en Los negroides:
El Hecho esencial es que Suramérica
procede en todo con vergüenza. Es colonia. Abrid el librito de historia de Colombia...
Sí, fue un visionario este caminante
("... la vida no es un sueño, es un viaje", decía su elogiado amigo Gonzalo
Arango en el prólogo de Viaje a pie, en Tercer Mundo en 1967: "un viaje a
pie. Y para viajar hay que estar despierto"). Fue un visionario este atisbador de
agonías, entierros y mujeres, que vivió en "La huerta del Alemán",
"La colmena de Ramiro" y "Otraparte". Un visionario que murió en olor
de pensamiento hace un cuarto de siglo, en Envigado, después de haber estado 69 años viviendo
a la enemiga.
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EL SANTUARIO
MUSGOSO DE PATASOLAS Y MADREMONTES
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Durante las exequias del Maestro Pedro Nel
Gómez, en la catedral de Villanueva, Medellín, junio 7 de 1984.
Es duro devolver a la tierra antioqueña
el cuerpo de quien estuvo erguido tantos años sobre esa tierra, sirviéndola, pintándola
y amándola como pocos la han amado, la han pintado y la han servido. Estamos acompañando
a su morada última los restos de un hombre ilustre; y estamos afligidos. Lo estamos
todos, los colombianos, los antioqueños, sus deudos, familiares y amigos cuya congoja
queremos compartir, a sabiendas de que sólo la podemos consolar con la apelación a
instancias sobrenaturales. Estamos despidiendo a un artista de quien somos deudos todos
sus compatriotas y sus coterráneos; que fue pródigo y nos enriqueció a todos con su
arte, y que nunca se cansó de dar; que no esperaba ser correspondido y, por supuesto
nunca lo fue, al menos en la medida de su entrega, de su pasión por un arte y por un
pueblo en los que creyó con toda la exaltación de una personalidad y de un talento fuera
de lo común.
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1. LO FUGITIVO Y LO ABSOLUTO
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Tenía más fe en nosotros que la fe que
nos tenemos a nosotros mismos, y de su fe hizo sus actos: un trabajo que no lo exaltaba
tanto a él como a quienes éramos los protagonistas y los destinatarios de su pincel y su
cincel por encima de nuestras tibiezas, de nuestras incertidumbres, de nuestras
vacilaciones: de una obra que es ya "el registro de la historia nacional durante
cincuenta años".
Como es prerrogativa de la familia
espiritual a que pertenecía, la de las gentes que ven y la de las gentes que hacen, él
convirtió en absolutos los datos que son para los demás fugitivos, banales y precarios;
no se preocupó de las versiones rosadas y melifluas de la realidad sino que serena y
sabiamente decidió que ésta era la que habían visto sus ojos de niño, en Anorí, de
muchacho y aprendiz en Medellín, en Roma y en Florencia; y de maestro en Colombia, en
México, dondequiera: una iconografía universal en tanto que metafísica y enfáticamente
de su tiempo, de su gente, de la tierra y del terruño.
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2. LA IDENTIDAD CULTURAL
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El Maestro Pedro Nel Gómez desde joven,
quiso ser pintor, viajó a aprender de maestros y regresó a hacer lo suyo: a dejar su
alma en lienzos y paredes. Una de las nomenclaturas para referirse a la dimensión
histórica de su obra, advierte que aprendió con gozo lo que hacían los grandes del
muralismo mexicano y que introdujo a Colombia las adivinaciones de ese grupo, sus
técnicas, sus ideologías, sus ambiciones.
Lo cual es tan rigurosamente cierto, que
por treinta años los pintores de la Revolución mexicana tuvieron en Colombia, a través
de Pedro Nel y quizás en contra de Pedro Nel, ejemplo tanto más seductor cuanto que a la
esplendidez de las realizaciones se juntaba el lenguaje de nuestros pueblos, una identidad
a nuestras culturas, una reivindicación a ancestros olvidados o adormecidos o
despreciados. Había una efervescencia política y un optimismo ideológico urgente,
atiborrado de esperanza, saturado de dogmatismo y de intransigente milenarismo. Todo eso
lo trajo el Maestro Pedro Nel Gómez. ¡Todo eso, materia hoy de la crónica o de la
historia, mas algo propio: su pintura!
-
3. LA DIMENSIÓN DE LA PROVINCIA
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La más ingenua mirada aprecia en los
murales del Maestro, la sapiencia de un técnico y de un profesional. Y esos son sus
monumentos, los que hemos conocido y hemos venerado y vamos a conservar, su obra de gran
pintor público, de gran pintor civil: para no hablar de la vasta obra de caballete, de
las acuarelas tan tristes, tan sensuales, y para mencionar, de paso, emocionada y
superlativamente, la gran dimensión provinciana, la dimensión sencilla y nuestra que
satura la obra monumental y pública del Maestro.
Como los muralistas y los fresquistas del
trescientos o cuatrocientos, el Maestro era un hombre de su ciudad: ciudades que también
eran pueblos, y desde cuyos alrededores los de Florencia, los de Siena, los de
Medellín, los de Anorí emanaban todavía los vahos de la gleba, el peso de las
estaciones, el decurso de la vida entre la pena y la esperanza.
-
4. EL CRONISTA DE LOS TRABAJOS Y LOS
DÍAS
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Conmovedora y ejemplar la veneración del
Maestro por su contorno; ("la luz la estudié en las nubes y en las montañas
luminosas de mi valle de Aburrá", decía a Carlos Jiménez Gómez para el bello
libro que editara el Banco Central Hipotecario). Como sus murales hablan lo mismo de la
sonoridad de la historia que de la cotidianidad del trabajo, las costumbres, las creencias
y las magias en una patria cuya alma ha exaltado y perpetuado, y donde el énfasis recae
en la gloria pero sobre todo en la anónima dignidad, en el silencio fluvial de las
barequeras que extraen el oro; en los labradores que siembran y recogen la tierra, modesta
y orgullosamente anónimos. "Cuando en Italia recordaba a mi patria solía
repetir sentía que mis raíces me reclamaban entre las bacantes de mi trópico, en
su santuario musgoso de duendes, madremontes y patasolas".
Fue el cronista de nuestros trabajos y
nuestros días. Más que el ímpetu extrovertido del propagandista, desde nuestra
adolescencia turbulenta veíamos en él al fraternal memorialista de una epopeya sin
caudillos, al ser que dedicó su mente sobresaliente y su pericia mágica a una entidad
que nadie ha sabido ver como él: al pueblo y al alma de Antioquia, al pueblo colombiano.
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5. EL ADEMÁN DE LA HISTORIA
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Ganó el prenombre de Maestro que es
peculiar de Colombia, y que se otorga por consenso a muy contados prohombres: el Maestro
Valencia, el Maestro Carrasquilla, el Maestro Sanín Cano, el Maestro Maya, por hablar
solamente de quienes no pertenecen ya a los actuantes, aunque sus escritos siguen
influyendo quizá más que en sus días.
Pedro Nel Gómez escribió apenas con
avaricia sobre papel deleznable, pero cada palabra suya era una incitación. Y trajo al
país, después de intensa investigación personal, la técnica del fresco florentino,
duro como la piedra de mármol, que ha desafiado victoriosamente los siglos. Y esculpió
en piedra y bronce: su expresión, vigorosa como el estilo cincelado de don Efe Gómez,
tuvo el ademán de la historia y el menosprecio de la anécdota.
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6. EL GRITO POR LA JUSTICIA SOCIAL
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Hablé antes del niño que aprendió luz
en las nubes. Sólo que desde niño fue un antioqueño de los viejos. Más precisamente,
un minero: sus desnudos no los estudió en lienzos de otros meridianos sino en el torso
palpitante de las mazamorreras del río Porce bullicioso.
Por eso cada una de sus líneas, de sus
formas y de sus colores fue una protesta, un grito por la justicia social. Maestro
siempre, sus grandes murales tuvieron cada vez más la fuerza de un pregón, desde los
iniciales, hechos en la casa del común de esta ciudad de Medellín, hasta aquellos con
los cuales embelleció su amada Escuela de Minas, el SENA, la Universidad, palacios y
bancos, aquí y en otras ciudades, dondequiera que se aglomeran las muchedumbres para
estar día y noche enseñándoles sus derechos y enardeciéndolas en su lucha por el
progreso.
En ese sentido fue un revolucionario,
pero nunca en él el estéril alarde anárquico, porque practicó siempre la fecundidad
del trabajo. Su gran mensaje, escrito en figuras humanas que no se rompen ni se arrugan ni
se queman, es ese del trabajo limpio, el mismo que hizo grande a Antioquia y que volverá
a liberarla de los males presentes.
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7. EL SÍMBOLO DE LA PUREZA
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Formidable ingeniero de minas, aprendió
en la Facultad hasta convertirlo en sangre, el lema "trabajo y rectitud"
inculcado por patricios como don Tulio Ospina desde los días augurales de la legendaria
Escuela de Minas. El Maestro pintaba no sólo a los que extraían de las entrañas de la
tierra nuevas riquezas, sino que ante todo hizo del oro un símbolo, no el de la codicia
sino el de la pureza: las barequeras expresan no la producción masiva de las dragas, sino
el esfuerzo puro de estas madres heroicas de los ríos antioqueños por completar el pan
de sus hijos. No se sabe si admirarlas más cuando decoran los edificios públicos o en
esas gigantescas acuarelas que se conservan en su propia casa-museo, donada en buena hora
a sus conciudadanos con desinterés.
-
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8. EL URBANISTA
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Esta hora acongojada no permite
reconstruir una larga vida poblada de méritos. El desarrollo urbano de Medellín está
atado a su nombre. Suyo fue el premio urbanístico y arquitectónico en el programa de
Otrabanda, recién nacida la Universidad Pontificia Bolivariana.
Ya anciano, se le veía trabajar en altas
horas, sobre andamios que en un joven producirían vértigo, labrando obras de arte tan
exquisitas como las del nuevo edificio de la Cámara de Comercio. O compartiendo con
Fernando Botero y Alejandro Obregón la alegría de la gran sala en la cual entregó sus
lienzos a la avidez capitalina, en el Museo Nacional.
¿Quién podrá hacer el homenaje digno
de este antioqueño colosal?
Por fortuna fue maestro, y ante todo Maestro,
con mayúscula. Generaciones sucesivas conservan mucho del quid divinum que
iluminó sus obras y su vida. Un escultor que se enorgullece de haber aprendido a su lado,
Rodrigo Arenas Betancur, quizá sea el único capaz de tallar su noble efigie para que el
cuerpo que ahora entregamos reverentes, se mantenga a la reverencia de las generaciones
futuras.
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9. LA PATRIA ENGRANDECIDA
-
Personalmente he de conservar el tesoro de
una amistad honrosa que el Maestro sabía derramar a raudales.
Siento que la patria queda más pequeña
con su ausencia, pero que se engrandece con su recuerdo, con su ancha risa y su ancha
mente y su ancha fe en Colombia en la que tanto creyó, y en el talante de la Antioquia, a
la que tanto amó.
Adiós, querido Maestro Pedro Nel Gómez,
que solamente hoy te retiras de tu trabajo: llévate la esperanza de que en Colombia, en
Antioquia, en tu gente, en tus discípulos, quedan otros Pedroneles, ninguno tan alto como
tú, pero unidos son tales que responderán por tu obra y por lo que no alcanzaste a hacer
pero sí a soñar. ¡Que la Providencia te deleite en su gloria!
-
EN LAS ALTURAS
DEL CARÁCTER
-
En la iglesia de San Ignacio, en Bogotá,
el 20 de febrero de 1974, en las exequias del doctor Augusto Ramírez Moreno.
Aunque él hablaba con serenidad y
certeza de este momento, los amigos de Augusto Ramírez Moreno cumplimos con inconformidad
el rito ineluctable de acompañarlo a la tumba.
Y porque sabía que en cada esquina del
ser humano está emboscada la muerte, con hablar reposado y con la clara alegría de la
existencia nos decía hace poco: "Espero tranquilo la visita de una dama con una rosa
en la mano: es la muerte". No obstante, no alcanzamos a resignarnos a ese destino
fúnebre que siega en la plenitud de la cosecha.
¡Este es un parte funeral que le duele
con hondura a Colombia!
Resulta tristemente inútil y sería
irrespeto a la memoria que desde ahora empezamos a formar de él, analizar su travesía
desde un ángulo personal. En un trayecto de la historia agobiado por explicable pero
monótona falta de sentido de grandeza, Ramírez Moreno vivió en batalla contra la
mediocridad y el conformismo y, como correspondía a su carácter maravilloso, dispuesto a
no dar tregua ni a pedirla.
Ambas cosas las hizo con el ademán
olímpico que destellaba su mirada, siempre a distancia del resentimiento y la medianía.
Era este el más sobresaliente y apasionante de sus rasgos: en lo feroz del combate o en
lo más coloquial del diálogo, que constituía su éxtasis, nunca permitió que el
sentimentalismo positivo o negativo se involucrara en el itinerario que cumplía bajo el
signo de la elegancia en el cuerpo y en el alma, y bajo el designio del conocimiento de la
naturaleza humana.
Sabía bien sabido que si el hombre
carece de meta hacia la cual elevarse, está destituído de sustancia; por eso jamás
aceptó la reflexión sartreana de que el ser humano es una pasión inútil.
Su generación no se resignó a que la
libertad sea un imposible metafísico y por ello lucharon "los Leopardos" con
denuedo y centella, con ahínco y llamarada, y por supuesto a su manera, por alcanzarla.
Si la libertad es imposible, y claro que no lo es, advertía desde sus libros iniciales,
por lo menos que desaparezca la esclavitud.
Los universales concretos contra la
abstracción yerta, tal era su bandera.
Quizá fuese arbitrario en alguno de sus
juicios, puesto que poco le importaban las consecuencias de una frase si con ella iba a
deslumbrarse a sí mismo. Esto lo hizo tan singular entre los de su generación y le
permitió ¡qué gran privilegio! entrar en el sendero de los últimos años
no es "la vejez viajera de la noche sino una breve alameda de altos nombres y
vívidos recuerdos", escribía con la misma sonrisa escéptica de aquellos
tiempos en que sus actitudes caballerescas escandalizaban a una sociedad gazmoña,
provinciana y opaca que menospreciaba los valores de la inteligencia y las alturas del
carácter.
He de poner mayor énfasis en el hombre
adentro que en su vida pública, desde luego controvertible, porque tuve el privilegio de
estar ligado a un recorrido de generosidad suya, tan grande que me ciega de gratitud para
intentar su exégesis.
Pero digamos que supo cerrar por sí
mismo las puertas de su retiro, con igual arrogancia con que comenzó hace más de medio
siglo "de escaramuzas de pavesas lívidas" como decía, para convertirse en una
de las grandes figuras de la política colombiana.
Por todo ello, ha de decirse que fue un Hombre
en la plenitud metafísica de la definición.
A eso aspiró y lo logró con creces.
¿Qué mejor homenaje a un combatiente sin fatiga y a un rebelde ejemplar?
Podría parecer contradictorio hablar de
un conservador como de un rebelde: ésta fue otra de las facetas de este conservador
"disraelita", como lo apodara Jaime Barrera Parra para destacar su admiración
por uno de los fundadores del conservatismo británico.
Durante su relampagueante tránsito
político demostró que poco le importaban los honores ni los triunfos fáciles, si para
alcanzarlos debía callar o inclinarse.
A propósito, el prólogo de su libro Contrapunto,
inédito, entre Chateaubriand y Disraeli, termina con estas palabras: "¡Ah! soy
idéntico a ellos en una enfermedad del espinazo que consiste en que el paciente no puede
inclinarse".
Lo cual determinó que con otro par suyo,
Guillermo León Valencia, y con un grupo de amigos, libráramos recientes batallas de
cuyos resultados no hemos podido acabar de reponernos y apenas yo sobrevivo con
dificultad.
Era una especie de predicador soberbio,
con una soberbia bruñida en el carácter y en la lucidez.
Nunca fue personaje cómodo.
Y cuando hablaba en público o en privado
se vivían momentos de sobresalto geológico en espera del juicio demoledor, de la palabra
intuída para terminar el jolgorio de los bienpensantes, del conformismo y de la
sumisión.
Parecía, a veces, como si inventara sus
propios molinos de viento a fin de dar la lección que creía indispensable, ¡así se
desencadenaran sobre su humana arquitectura huracanes y excomuniones políticas!
¡Hay que repetirlo: fue todo un Hombre!
Al modo de los caballeros andantes como
don Alonso Quijano, el Bueno, de quien heredara el espíritu levantado, persiguió un
ideal y luchó con donaire contra los endriagos que se interponían en el camino de su
realización.
¡Era el combatiente romántico, con una
flor en el ojal y una espada invisible en la alta mano!
Aquel ideal, emanación de sus arraigadas
convicciones de humanista y de cristiano, se expresaba en un profundo respeto al hombre
perecedero, al amigo cercano, al hombre mortal que es receptáculo al mismo tiempo de un
alma inmortal.
De ahí que una de sus últimas tareas
intelectuales fuera una empresa del espíritu, su libro Dialéctica anticomunista,
en el que rescata los valores supremos del hombre y lo libera de ideologías que lo
encadenan a la materia: era un marxólogo que repudiaba el principio de la
irreversibilidad del marxismo-leninismo, según el cual una vez en el poder, ello es la
última palabra de la historia, mito de la victoria inevitable que no admite reveses
cualquiera sea su precio.
A veces la palabra humana no es bastante
a expresar íntegramente una circunstancia adolorida del ánimo: pero pienso que la
gratitud, en tanto que afecto, no es completa si quien la siente no la vierte a la
acción, al canto o a la plegaria.
Permítanseme unas palabras para hablar
de la amistad y del amigo:
Nuestro padre y nuestro hermano y nuestro
amigo Augusto Ramírez Moreno se esforzó por dar la razón al viejo y razonable
Aristóteles, cuando enseñaba que la amistad más que un sentimiento o que un bien
deseable es un hálito entitativo de la existencia, algo sin lo cual el ser humano no
llega a serlo de veras.
¡Una de nuestras más puras alegrías
será seguir siendo amigo suyo, más allá de la intransferible, de la muerte!
No estamos despidiendo ahora a un héroe
de cartilla escolar. Resulta imposible declamar doloras frente a la figura callada pero
poderosa de quien entendió, como pocos, que aquella existencia se hace más grata, más
profunda, más augusta, mientras mejor comprendamos, según alguien dijera, que esa vida
es cuestión de vida o muerte, lucha perenne, denuedo por afirmar la propia personalidad,
viaje hacia el infinito, peregrinaje hacia Dios.
Por virtud de alcurnia, de historia o de
Providencia, fue de aquellos cuya acción consiste en operar ejemplarmente ante los
demás.
Ante todo era auténtico, muy él mismo.
No hubo para él mitos intocables, en una
época signada universalmente más por grandes y formidables personalidades históricas
que por sistemas políticos despersonalizados.
Ni creyó en autoridades cristalizadas,
sin que fuera una figura negativa. Sabía que no hay más alto orgullo que el apoyar la
propia vida en la propia verdad, en la verdad. Por eso, sin conocer jamás la súplica
mansa o recoleta, decía la verdad y quería que sus compatriotas la buscaran, la
entendieran y la hallaran.
Amaba la libertad, amaba las libertades,
aun las formales: porque sabía que, aun éstas, con sólo verlas suprimidas se convierten
en reales.
Entendía que la democracia es tarea
infinita, más aspiración que posesión, puesto que ya ganada ha de reconquistarse cada
día, sobretodo en tiempos en que, como en El gran inquisidor dostoievskiano, las
masas agobiadas se inclinan por el bienestar y la seguridad a trueque de la autonomía y
de la libertad.
Ahora Augusto Ramírez Moreno camina por
aquel sendero en que, según el filósofo, el tiempo no es sucesión y tránsito sino
manar continuo de un presente fijo en el que están contenidos todos los tiempos, el
pasado y el futuro: el hombre desprendido de esa eternidad en que todos los tiempos son
uno.
Ahora Augusto está muy cerca del rostro
de Dios. Cruza por entre los iluminados que hicieron a su patria. Le hacen escolta los
grandes de la nacionalidad que le han precedido. Resuenan cánticos dondequiera, cantos y
cánticos que él amó. Uno de esos cantos dice que la vida cambia, no perece.
Ahora asciende, hasta más allá de las
estrellas, en la contemplación beatífica que anheló.
Para los colombianos que aprendimos a
admirarlo y respetarlo, su memoria será testimonio permanente de altivez, de rectitud
moral y de bondad humana.
Para quienes fuimos sus próximos y
oímos el latido ahora callado de su poderoso, de su inmenso corazón, su ausencia tendrá
la imagen perecedera de lo mortal, pero mantendrá la vivencia de las grandes lecciones.
En un póstumo libro suyo, las palabras
se le hacen himno y aroma para hablar de la patria que tanto amó; de los suyos que tan
apasionadamente adoró. De su esposa, cuyo dolor y el de sus hijos y sus nietos, hacemos
nuestro, dice: "Fue mi grande adorada. Un amor inmediato, en cuanto la vi, la amé.
Su majestad sencilla, sus ojos inquietos, su frente y sus manos, su sonrisa y su acento,
me llevan cautivo desde hace semanas de años. Para mí, no hay valor estético que pueda
compararse a esta criatura que es la apoteosis de todos mis sueños. Es ella mi tesoro de
diamantes y miel. Si no está ella presente soy como un gorrión abandonado; si está
próxima me siento puro e inmortal. ¿Oh Dios que me ofreciste el portento de la
ancianidad, ¿cómo podría pagarte que mantengas cerca a mí, sin cambio, el privilegio
de su tranquilidad y el perfume de su poesía? Sin ella, ¿qué serían mis días gozosos
y mis días dolorosos? ¿No es asombroso que mi corazón errátil encontrara en ella los
tesoros todos de la vida y las promesas de la muerte, una palabra que reposa en las manos
de Dios? ¡Amor! ¡Amor! Dueño despótico y dulce, ¿crees que jamás tu promesa se
cumple mejor que con Mariela?"
El libro de la Sabiduría advierte: Nisi
sunt insipientium mori: a los ojos de los incipientes pareció que morían. Pero
están siempre vivos, siempre dispuestos a decir una nueva razón a los que se acercan a
ellos.
Volvemos los ojos acongojados a nuestra
patria, y la encontramos sobrecogida por la ausencia de colombianos excelsos como Augusto
Ramírez Moreno.
Sirvan estas palabras para decirles a
Mariela, a sus hijos, a sus nietos, a sus familiares, a sus amigos, nuestro hondo pesar,
nuestra íntima congoja.
Y para decir a los colombianos, a todos
los vientos y con el alarido de la voz, que clausuremos definitivamente los viejos odios,
que extingamos las brasas antiguas del rencor, y dirijamos los pasos hacia la fidelidad
para lo mucho que tenemos que defender. Por ese nuevo patriotismo que Augusto Ramírez
Moreno cultivó y defendió durante el hermoso itinerario de su existencia: "Aquel
patriotismo que comienza cuando apaguemos las voces queridas, las voces disparatadas, las
voces iracundas del pasado".
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