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MONSEÑOR
BUILES, EL COLONIZADOR
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Prólogo a la biografía de Monseñor
Miguel Ángel Builes, de Jaime Sanín Echeverri, Medellín, julio de 1988.
Niño de apenas 10 a 11 años, que
acababa de terminar su primaria y aspiraba a ser bachiller en Bogotá, designios
misteriosos e inescrutables, mezclados con el hondo conservatismo de mi familia, me
impidieron hacerlo. Era al comienzo de los años treinta.
A un tío recursivo, sacerdote misionero,
se le ocurrió que debía ir a Santa Rosa de Osos a ver a Monseñor Builes ya en ese
entonces un personaje mítico, y decirle que tenía vocación religiosa, para
estudiar gratis en el Seminario de Misiones de Yarumal.
Me lancé, con desparpajo para mi edad, a
ver a Monseñor, quien inmediatamente fue al grano y me preguntó en paisa: "Mijo,
¿y usted sí tiene vocación?" Yo le contesté: "No, Excelencia; pero mi tío
me aconsejó que le dijera que sí". A lo que él comentó, de nuevo en paisa:
"Noliace. En el comer y el rascar, el trabajo es empezar. La vocación ya le
vendrá".
* * *
Fue así como llegué a Yarumal, en ese
entonces ahí sí, como su nombre lo indica rodeada de yarumos (plata por
fuera, hormigas por dentro, recorriendo la oscuridad de sus huecas ramas). Lo que más me
impresionó fue la plaza, por falduda.Era domingo y había mercado en ella; y cómo
me extrañó que las yucas, las naranjas y la panela no se rodaran y desafiaran las leyes
de gravedad (ya había oído hablar de Newton y de la manzana). Miré con curiosidad las
patas de las mesas cubiertas con toldos blancos y descubrí que el milagro consistía en
que mientras las que quedaban hacia la parte más alta de la plaza sólo medían 30
centímetros, las de abajo tenían un poco más de medio metro.
Esa noche, mi última antes de entrar al
seminario, tuve una despedida a la altura de mis gustos: hubo presentación de circo, o de
maromeros (como les decíamos en Antioquia), en la plaza abierta de Yarumal, que cerraron
con lazos por los cuatro costados. Cuatro payasos vigilaban la entrada y recogían en sus
sombreros de copa el óbolo equivalente al derecho de entrada. A pesar de mi edad, no
dejé de notar la relativa injusticia de que los ricos pudieran ver el espectáculo sin
pagar, desde los balcones de sus casas de dos pisos.
De pronto sucedió algo que no estaba en
el programa: un maromero se cayó, por accidente, del parapeto que habían improvisado
para colgar precariamente los trapecios. Quiso Dios que cayera de pie y su instinto de
entretenedor le dijo que debía sonreír y hacerle una venia al público, que se desbordó
en aplausos y exclamaciones de admiración. Su palidez extrema y su andar inseguro me
confirmaron la sospecha de la accidentalidad de la caída. Y me dio mucho gusto saber que
este secreto sólo lo compartimos, solidariamente, el maromero y yo.
* * *
Al día siguiente mi tío me llevó al
Seminario. Aunque yo había pasado por Medellín, no dejó de impresionarme ese imponente
edificio de tres pisos, de tapia pisada, como una isla rodeada de fincas por todas partes,
algunas propiedad del Seminario, regaladas por los vecinos ricos: en las fincas
araríamos, sembraríamos y cosecharíamos; en el edificio estudiaríamos, dormiríamos y
trabajaríamos, moviendo tierra y levantando más aulas, bajo la dirección de dos curas
jóvenes: Francisco Gallego Pérez, el rector, después arzobispo de Cali, y Aníbal
Muñoz Duque, el vicerrector, después cardenal.
Siempre me gustó madrugar; por tanto,
levantarme a las cuatro y media de la mañana y tomar un baño de agua fría, antes de
misa y comulgar, no era nada distinto a lo que solía hacer en Amagá. Nos decían que el
agua fría, además de sus virtudes de asepsia, servía "para domeñar las
pasiones". Las pasiones de la carne. No estaba de acuerdo porque, a mi edad, no
entendía muy bien cuáles eran esos placeres pero, desde luego, menos estaba dispuesto a
renunciar a la carne de marrano que, como buen paisa, era mi preferida. Me encontré con
dos agradables novedades en mi estudio; largas horas de latín y griego, idiomas en los
que era muy bueno, y la clase que más me gustaba de todas, con el padre García, la de
música, en la que cantábamos a Monteverdi y, sobre todo, a Palestrina, mi preferido. La
música gregoriana se me convirtió en una verdadera pasión; sentía placer cantando en
latín las serenas composiciones con nombres como Pange lingua, Stabat Mater, la
misa de Gloria, la de difuntos, cuyos significados apenas si empezaba a comprender. En mi
familia algunos parientes surrunguiaban el tiple y yo hasta me sabía algunos
bambucos; pero pasar de ahí a la belleza del canto llano de San Alberto Magno, era un
salto abismal: como cambiar de los dibujos de Benitín y Eneas (mis preferidos, que
aparecían en El Colombiano) a los grabados de Picasso.
Quizá la clase que más me interesaba
era la de agricultura práctica, porque todos los seminaristas y los curas profesores, y
Monseñor Builes, todos éramos agricultores. Yo venía de echar azadón, de verdad y por
necesidad; y consideraba un poco indigno el tener que hacerlo en el equivalente del
bachillerato: años después supe por qué estas clases, idea del propio Monseñor Builes,
eran consideradas por él tan importantes como la enseñanza tomista. ¿La razón?
Monseñor quería formar curas misioneros, colonizadores, abridores de monte; y, con justa
razón, creía que sólo un sacerdote que supiera a fondo la agricultura podía hablar con
los campesinos de tú a tú, agregando al respeto de su investidura el de saber el propio
oficio del interlocutor. Así, pues, las verduras que comíamos en el Seminario, las
papas, las arracachas, los plátanos, las yucas, eran cultivados por nosotros mismos. Como
también los frisoles y las coles que invariablemente nos servían todas las tardes (la
comida era a las cinco) acompañados de chicharrón y arepa. De las clases de agricultura
me interesaba de manera fundamental la botánica, gusto que se ha prolongado por mi amor a
la obra de José Celestino Mutis, del sabio Caldas, el Padre Pérez Arbeláez, Humboldt y
Bonpland.
Con el latín y el griego clásico me
sentía cómodo porque, modestia aparte, era el mejor. Pero mi suficiencia me llevó a
considerar deficientes los conocimientos del profesor de latín, que era un sabio y un
santo. Para probar su debilidad en la lengua de Virgilio, un día le tendí una mísera
trampa de una s doble (en el superlativo de los verbos regulares), en la cual
resbaló por cansancio, seguramente después de corregir un enorme arrume de cuadernos.
Esto me hizo ganar una apuesta con mis compañeros y ser merecedor, por una parte, de su
admiración y, por la otra, de una justificada expulsión. Pero era tan buen alumno, que
el propio Monseñor Builes me consiguió una beca para estudiar en la Bolivariana, primero
bachillerato y después leyes y economía.
Ahí no terminó mi relación con
Monseñor: más tarde me invitó a acompañarlo, otra vez, al Seminario de Yarumal, a la
ceremonia de consagración de los primeros sacerdotes misioneros. Allí me ennovié con
una colegiala de Medellín, muy bonita, que había de ser mi esposa.
* * *
Muchos años después, en una de mis
múltiples candidaturas presidenciales, fui con unos periodistas a Mitú, en la selva del
Vaupés. Uno de ellos me preguntó por el hotel. Le respondí que no había pero que
estuviera tranquilo porque entre quienes saldrían a recibirnos habría uno de camisa
roída y poco hablar: "ese nos resolverá todos los problemas". Así fue: era
Monseñor Belarmino Correa, el obispo, mi compañero de Seminario, campesino, colonizador,
pastor de almas y de cuerpos, educado en la dura brega de Yarumal. Resplandecían en él
las enseñanzas de Monseñor Builes: el arrancarle a la madre tierra sus secretos
milagrosos, el abrir caminos y hacer fundaciones de pueblos, el ensanchar el alma y el
cuerpo de la patria, ampliando también los ámbitos de la fe cristiana. El colonizador
como lo fueran los grandes colonizadores antioqueños desde finales del siglo
XVIII se adivinaba en él al instante, lleno de bondad y de coraje.
Tales son mis primeros recuerdos de
Monseñor Builes, ampliados y de mano maestra por el escritor Jaime Sanín Echeverri, en
esta obra en que la dimensión del apóstol, del maestro, del combatiente, del soñador,
del fundador que fue Monseñor Builes, aparece trazada con caracteres realistas, con
anecdotario e indagaciones profundas en los comportamientos existenciales de una figura
controvertida, discutida, conocida más por su perfil político que por su sustratum
misional. Y colonizador.
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LA INSTANCIA
METAFÍSICA
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Prólogo al libro Comfama, precursora y
protagonista del subsidio familiar en Colombia, Gabriel Poveda Ramos, Medellín,
Edinalco, 1989.
Desde la adolescencia tengo la costumbre
de hacer notas, para ayudar a la memoria, sobre aquellas situaciones de cada día que
enriquecen el conocimiento o dejan huella como pedagogía. Y de tiempo en tiempo regreso a
esas apuntaciones en busca de suscitación o de enseñanza o de apoyo. Una de tales
referencias me devuelve a la cátedra de sociedades en la facultad de derecho de la
Universidad Pontificia Bolivariana, en la segunda mitad de los años cuarenta, regentada
por el docto profesor Alfonso Restrepo Moreno; quien, como gobernador de Antioquia, me
designó alcalde de Medellín apenas salido del claustro. El profesor Restrepo insistía
en sus lecciones universitarias en la despersonificación jurídica de la sociedad
anónima, al tiempo que prevenía sobre el hecho de que detrás del anonimato y de la
responsabilidad contractual que se sigue para los accionistas en razón de la cuantía
escueta de las acciones, existen personas naturales depositarias de la dirección
empresarial, y de la cantidad y calidad de la producción y del producto final en tanto
que trabajadores: era la instancia metafísica de la empresa que establece su vocación
intrínseca de actuar en una sociedad en armonía, compuesta también por personas de
carne y hueso, según la expresión de don Miguel de Unamuno.
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1. EL SISTEMA DE COMPENSACIÓN
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Cuando me visitó el jurista Arturo
Rodríguez Echavarría para informarme sobre el trigésimo quinto aniversario de la
fundación de "Comfama", y solicitarme estas innecesarias palabras prologales al
estudio del investigador y tratadista Gabriel Poveda Ramos sobre el origen y evolución
del subsidio familiar en Colombia, di vuelta atrás en la memoria y recordé la creación
y funcionamiento de la Caja antioqueña, en 1954 en Medellín, primera entidad de
compensación en el país; recordé la decisión de la Junta Militar de Gobierno y de su
ministro de Trabajo, Raimundo Emiliani Román, que creó en 1957 el subsidio familiar y
estableció oficialmente el sistema de compensación, inspirados en "Comfama";
recordé que al conjuro de la misma inspiración y de Roberto Arias Pérez, fundador y
director de "Colsubsidio" en Bogotá, como ministro de Trabajo autoricé en 1962
la ampliación de servicios de las cajas en bien de sus afiliados. Y recordé, en fin, que
el catalizador discreto de estas organizaciones para fortalecer a la familia colombiana,
era el sapiente profesor Restrepo Moreno, quien lo mismo en las lecciones impartidas a sus
discípulos dentro de las cuatro paredes del aula que en el ámbito mayor de la actividad
gerencial, obraba bajo el sortilegio metafísico de la dignidad del ser humano,
cualesquiera fuesen sus actividades y con más veras si se le tomaba como protagonista del
núcleo familiar, para el cual es necesario el uso de los bienes materiales.
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2. LA DÉCADA PERDIDA
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Puesto que toda nación es un plebiscito
de cada día, según la hermosa advertencia de Ernesto Renán, las voliciones de los seres
humanos derogan o confirman su existencia. Los pliegues de la vida más modesta en el
orden de las materialidades, recatan expectativas susceptibles de transmutarse en avance
de las individualidades, de las familias, de las comunidades, y de la nación como
sumatoria.
En tal sentido, la seguridad social tiene
lugar de preferencia en el repertorio de opciones de una nación, no sólo hacia su
supervivencia sino hacia su engrandecimiento: porque apunta a la consolidación de la
persona humana.
Es pertinente registrar, a este respecto,
que la preocupación por exaltar el núcleo familiar ha tenido en Colombia un reclamo
nacional dentro de las formaciones de la política. Al punto de que tirios y troyanos se
proclaman titulares exclusivos y excluyentes de dicha atención: en efecto, desde 1886 se
estableció por los constituyentes de entonces el principio de que en los conflictos de
intereses, el interés privado debe ceder siempre al interés público; y ese apotegma
circula por la legislación colombiana con todos los rótulos de partido y durante todos
los gobiernos, sin excepción, con más veras en la coyuntura de América Latina y de
Colombia al finalizar los años ochenta, considerados absurdamente como la década
perdida.
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3. LOS PARTIDOS POLÍTICOS
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Cierta lucidez colectiva ha llevado a los
dirigentes colombianos a alternarse en el listado de las preocupaciones sociales, sin
renunciar ninguno a la asignatura, unos por sentido de justicia, otros acaso por
imposición de la coyuntura, otros quizá porque entienden que los medios de comunicación
derogan los signos anteriores de resignación o conformidad.
Se trata de que sea innecesaria la
subversión, porque a través de las instituciones se alcancen las metas que se imponga la
comunidad, de suerte que el inconformismo tenga cauce normal y resonancia propia en el
discurrir cotidiano. Y no que la subversión sea innecesaria como cautela para prevenir
sus desvíos por la peligrosidad que representen para el statu quo, sino que la
manera fluída como se atienden las necesidades y los anhelos comunitarios, haga
improcedentes los mecanismo por fuera de la ley.
En tal sentido representa un avance
significativo el hecho de que las respuestas a las urgencias de los grupos sociales, cada
vez son menos patrimonio altanero de los partidos politicos y más reclamo escueto de la
comunidad. Lo cual hace que la conflictividad de las situaciones vaya perdiendo algo de la
carga explosiva que le agregaba el hecho de que aquellas reivindicaciones fueran bandera
de este o aquel partido político. Sé que esta realidad es todavía negada por muchos
activistas delirantes o por la demagogia supérstite atrincherada en todos los
campamentos, pero sé también que esta es la realidad y que por fortuna es así. No es
más que seguir con parsimonia el itinerario de la investigación hecha por el Profesor
Poveda Ramos, para percibir la verdad de este aserto.
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4. EL MUNDO FELIZ
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No desaparecen con ello las tensiones
implícitas en la sociedad moderna, en la cual le llegan al miembro del grupo social más
informaciones que en otro tiempo cualquiera sobre los derechos que lo acompañan y que
deben ser satisfechos por la sociedad, pero se percibe el avance en la dirección de
necesidades satisfechas que desde luego son sustituídas por otras necesidades. Willy
Brandt, el estadísta alemán, compara esta agregación de deseos a la sensación del
marino que en su primer viaje descubre que el horizonte no es una línea del confín, pues
cuando la nave avanza también el horizonte avanza siempre más allá hasta convertirse en
horizonte nuevo. Aquel mundo feliz de Huxley se irá alejando cuanto más próximo
parezca, por la aparición de ansias creadas por el efecto demostrativo, si bien el
espacio del ocio será mayor y con él crecerán los conocimientos que se irán agregando
a la personalidad de los asociados. La utopía huxleyana recibirá limitaciones
tantálicas, aunque la comunidad habrá remplazado sus angustias anteriores por la
insatisfacción de formas nuevas que el consumismo habrá creado.
Es el momento de detenerse en el
enunciado de las cláusulas anteriores, para reconocer que en el fondo no se trata tan
sólo de hacer innecesaria la subversión para la metamorfosis de la sociedad tradicional
en una sociedad justa, sino de alcanzar esa justicia porque así lo establece la dignidad
del ser humano implícito en el proceso, en el cual la familia aparece como la instancia
definitoria de la transmutación. Este es el fundamento filosófico del subsidio a la
familia: es el apoyo al ente que sustenta la fundación de la sociedad.
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5. LA FUERZA TRANQUILA
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Esa es, al mismo tiempo, la función del
Estado en cuanto titular de los mecanismos coactivos de la esperanza. Aquella fuerza
tranquila en la cual se funda la permanencia del Estado según François Mitterrand, tiene
como causación la tranquilidad de los miembros de la comunidad en cuanto ven que desde
las instancias del poder se atienden sus reclamos sin que sea necesario que vayan
acompañados de la algarada. Tal quintaesencia se alcanza cuando el Estado es fuerte y
próspero, no porque los indicadores económicos yertos lo afirmen sino porque el
destinatario del desarrollo sea el ser lleno de deseos. El cual si percibe que el gasto
del Estado se ha dirigido hacia prioridades que le llegan en servicios y en lo que se
denomina la calidad de la vida, estará de su lado, defendiéndolo contra toda hostilidad.
Su evocación será la estabilidad en vez de la subversión. En ese momento se habrán
hecho una sola y misma cosa el derecho del desarrollo y el derecho al desarrollo,
según la sagaz observación del expresidente del Senegal Leopold Sedar Senghor.
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6. EL ALMA NACIONAL
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El rigor de la presente investigación es
total; lo mismo se han rastreado las fuentes de la legislación de la seguridad social,
que se ha penetrado en la proyección objetiva de sus alcances, sin concesiones a la
retórica ni sesgos en la interpretación. Tenía que ser así, dadas las calificaciones
científicas del autor, sus trabajos anteriores sobre el ahorro, el cálculo de
jubilaciones, la historia de la industria, la del ferrocarril, la de la minería y la de
los mineros; el magnífico recorrido económico de Antioquia en que no se sabe qué
admirar más, si la documentación o la capacidad para penetrar en el modo de serdel
antioqueño, desde las disquisiciones de Francisco Silvestre y Mon y Velarde hasta las
modernas investigaciones de los antioqueñólogos estadinenses, a los cuales
abrieran camino Parsons y Kurt Lévy; y, en fin, sus estudios sobre demografía, economía
y estadística, vertidos sobre la realidad del alma nacional.
Cuando se quiera indagar sobre la tarea
cumplida por la seguridad social en Colombia, habrá que apelar a la obra del Profesor
Poveda Ramos, cuya visión a través del lente de "Comfama" ejemplo de
eficiencia pedagógica, despeja caminos y abre proyecciones al fortalecimiento de la
familia colombiana.
EL GRAN
MUNICIPALISTA
Para: Ángela, María, Luis
Fernando, Jorge Mario y los habitantes de Toledo, Antioquia.
Es imposible medir el
caudal de energía gastado por hombres y mujeres de superior calidad en su lucha por
alcanzar un verdadero nivel que les pertenece, antes de que empiecen a desempeñar en el
mundo el papel que les corresponde. Puede decirse que el sesenta o acaso el setenta por
ciento de su total rendimiento tienen que gastarlo en una lucha sin más objeto que el de
alcanzar el campo de batalla....
(WINSTON CHURCHILL, estudio
sobre Joseph Chamberlain en Grandes contemporáneos).
Siempre me han impresionado estas
palabras del estadista inglés, escritas cuando luchaba a brazo partido por hacerse
reconocer como líder. Hablaba Churchill, miembro brillante pero rebelde de la
aristocracia británica, de un jefe político del común a quien el triunfo, tal vez
tardío, no le fue tan esquivo como al hijo del privilegio. Y ese ensayo resultó
premonitorio para su propio autor, pues coronó la cima a los 66 años, cuando lo
nombraron Primer Ministro, poco después de estallar la segunda guerra mundial, es decir,
cuando según muchos críticos, ya muy poco tenía que dar, pues precisamente se había
agotado en la batalla por la aceptación de sus ideas y capacidades.
Traigo a cuento ese tema, porque todo
ocurrió en Gran Bretaña, renombrada como cuna de la democracia, aunque famosa también
como sistema en donde todo el mundo es igual pero mientras respete las vetustas
jerarquías sociales, aun después de las soñadoras experiencias laboristas.
En Colombia también son duras las cosas,
pero lo que se llama la movilidad social no es tan hostil, ya que la inteligencia y
la tenacidad pueden traer el triunfo con un recorrido escabroso, sí, pero menos amargo.
Digo todo esto a propósito de personas como ese extraordinario ser político que fue Jota
Emilio Valderrama, cuya muerte prematura nunca acabaremos de lamentar amigos y
contradictores.
* * *
Jota Emilio arrancó de abajo en la
escala económica y social. Pero en Colombia ese título es tan honroso como el de los
nacidos en las más altas cunas, y por lo mismo no salpica el recorrido con los peligros
del resentimiento que puede originar la cuna en países de rígida estratificación
clasista. Por la estructura de su personalidad, y a sabiendas de que algunos podrían
calificarlo de "folclórico", nunca dejó que falsas sofisticaciones
desfiguraran su convicción de que el ascenso en la escala del prestigio se hace más
firme mientras más fiel se mantenga el protagonista con sus orígenes, mientras no olvide
la llanura o la montaña de donde salió, ni mucho menos a las gentes indefensas que las
pueblan.
Por todo eso, Valderrama puede ser
llamado "el gran municipalista". ¿Qué quiere decir esto? Las respuestas son
muchas. Ante todo, nuestro personaje fue uno de los campeones, de los convencidos, de los
entusiastas de la consulta directa al constituyente primario, de la elección popular de
Alcaldes y de la descentralización que ahora empezamos a poner en marcha. De seguro, y
por haberlas vivido en carne propia, tenía presentes las tribulaciones de quienes moran
en los municipios que constituyen la abrumadora mayoría de nuestro país. Pueblos al
margen, como los que tan hermosamente describieron Armando Solano y Carlos Jiménez
Gómez, discurriendo en una aparente paz de Dios, pero debido ello a su triste
resignación, sin recursos elementales y desocupándose día a día porque los jóvenes
salen a ganarse la vida en otros lugares supuestamente más prometedores, y habitados esos
pueblos finalmente por los viejos que no pueden moverse.
Eso explica, entre otras muchas cosas
negativas, el problema de los auxilios parlamentarios que tanta indignación provocan en
Colombia. ¿Por qué? Sencillamente porque el congresista tiene como primer objetivo, por
conveniencia política, o por simple compasión, conseguir algo, así sea exiguo, del
presupuesto nacional, para el acueducto, para el camino vecinal, para la escuela o el
colegio, de una comunidad que se extingue sin remedio y sin que nadie la oiga. Claro que
todo esto da lugar a muchas corruptelas, pero la idea original es de un hondo sentido
humanitario.
Esa terrible situación es la que se
supone va a terminar con el nuevo régimen que empieza a funcionar desde el 1o. de junio
de 1988, y que tiene el fundamental soporte financiero de la Ley 12 de 1986 para
afianzarse y desarrollarse. Sistema que como primer resultado volverá más exigente,
menos manipulable a esa comunidad. Los políticos tendrán que cuidarse mucho, porque
ahora sí les podrán cobrar de verdad sus errores, sus abusos.
Salido de esa cantera entrañable,
consciente de que trabajaba para que su vida política se hiciera más difícil en virtud
de las armas que le estaba entregando al pueblo a fin de que lo olvidara si no cumplía,
Jota Emilio Valderrama abanderó semejante cambio. Por eso podemos llamarlo "el gran
municipalista", y por eso su nombre será más honrado, junto a quienes dieron con
él esa batalla, a medida que la nueva forma de democracia real y participativa se
consolide en la mente popular y en la vida colombiana.
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HASTA EL ÚLTIMO
MINUTO
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En el diario El Tiempo de Bogotá
Entre tantas preguntas que suscita el
quehacer político observado como un gran escenario de intenciones y actos humanos que
pocos se esmeran en atender y menos aún en descifrar, se destaca el interrogante de por
qué y para qué se incorporan a ese mundo extraño aquellas personas cuya posición y los
datos que tienen sobre tal oficio, les permiten o les exigen mantenerse apartadas de él.
Algunos pueden sentirse influenciados por la reflexión cruel que, según Gore Vidal, le
formuló el Presidente James Buchanan a quien le estaba recibiendo el cargo en la Casa
Blanca: "Mister Lincoln, la función de presidente de los Estados Unidos no es
apropiada para un caballero... Ya lo verá".
La explicación basada en la sed
elemental de poder por el poder mismo, vista en términos políticos o en términos de
defensa de intereses personales o de grupo no tiene validez, porque se parte del
principio riguroso de que la prestancia y la formación intelectual señalan límites y
alertan sobre los riesgos de daño moral que puede significar la gestión pública. Queda
entonces como causa, la obvia y cada vez más anacrónica en el mundo de hoy: el espíritu
cívico y la solidaridad con los menos privilegiados, no apenas la ambigua y casi
humillante "lástima". Cuando un personaje cabe en esa definición, puede
afirmarse que funcionan las defensas de la sociedad; y que la política, que en teoría
las expresa, está buscando su nivel de dignidad y de credibilidad. Hablamos de un bien
ahora más escaso, ya que la época se rige en otras latitudes por lo que dijo algún
analista estadinense al ver en su país los resultados de una reciente campaña electoral:
"Tenemos el mejor Congreso que el dinero puede elegir".
* * *
Las reflexiones anteriores se me ocurren
al tratar de escribir con sobriedad y olvidando el corazón estrujado por el dolor, el
desconsuelo y la indignación, sobre un colombiano que llenaba de manera magnífica las
condiciones de ser humano y de líder cívico, enaltecedoras de la comunidad: Alfonso
Ospina Ospina, muerto por gentes que en su salvajismo llegaron hasta querer percibir
rendimientos del angustiado afán de la familia por dar a su cuerpo cristiana sepultura.
¡Cobraron los desalmados que tarde o temprano pagarán lo que hicieron, hasta por la
devolución de su cadáver!
Intento dejar de lado la admiración y el
afecto para explicar a quienes no tuvieron el privilegio de conocerlo, por qué
clasificaba Alfonso Ospina Ospina entre los líderes que dignifican y dan rumbo a una
sociedad. Perteneciente a grandes apellidos, multiplicó mediante trabajo arduo e
inteligente la fortuna heredada. Y su clasebrillaba en un comportamiento que jamás
le permitió darse ínfulas con lo que tenía, ante nadie, pobre o poderoso. Cuando tocaban
caviar, champaña y ópera, con naturalidad, ópera, champaña y caviar. Cuando tocaban
fríjoles, aguardiente y música de carrilera, a eso iba con entusiasmo. Difícilmente
se da tanta apertura alegre y descomplicada ante la vida. El equilibrio entre Medellín,
Nueva York, La Pintada, París y Montería no deja resquicio al "snobismo", y
conduce a comprender y aceptar las debilidades de otros. Alfonso tenía eso y mucho más,
porque sentía lo que en inglés se llamaba compassion, que es diferente de lástima,
pues la primera se entiende como simpatía, como afecto puro por el género humano.
Todo lo cual lo llevó a la política,
porque por haber manejado su fortuna económica en su trabajo y no debido a influencia
alguna, pues la fama y responsabilidad que podía desear las tenía gracias a su posición
y a las condiciones que su sociedad le reconocía sin necesidad de buscarlas, por eso y
mucho más, entró al quehacer político obedeciendo al impulso de ayudar a su país y a
sus compatriotas a ir hacia adelante, dentro del esquema de que si todos nos ayudamos
todos progresaremos.
Es el momento de evocar las
circunstancias en que lo conocí y que constituyen uno de mis honores inolvidables.
Al finalizar el año 1977 en la campaña
presidencial Turbay- Betancur, ciertas ideas mías de gobierno despertaban recelos entre
líderes jóvenes, liberales y conservadores, no tanto por su esencia como por la forma
confusa como llegaban al público. Un amigo me sugirió que hablara con algunos de tales
dirigentes, no para rendir cuentas o "prometer", sino para explicar, en vivo y
en directo, de qué se trataba. Celebramos una primera charla caminera en el Recinto
"Quirama" de Rionegro, Antioquia, cuando iniciaba yo un recorrido tumultuoso por
el oriente de mi tierra. Entre los asistentes estaba Alfonso Ospina, con quien nunca antes
me había visto. Hizo preguntas con agresiva elegancia, precisó posiciones, y de ahí
surgieron una amistad y una lealtad personales y familiares que se acrecentaron al paso de
los días y sé que hasta el último minuto suyo, como sé que lo será hasta mi último
minuto.
* * *
Me venció el sentimiento, al final. De
todo lo dicho sale bien dibujada la figura del ciudadano íntegro que perdió la sociedad
colombiana, en esta época oscura; pero no lo perdió para siempre, porque vivirá en
nuestras mentes, asegurando así aquella única forma de inmortalidad de que hablara
Samuel Butler.
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EN CONDICIÓN
DE INCOMPLETUD
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En la muerte del doctor Antonio Roldán
Betancur, gobernador de Antioquia, julio 4 de 1989.
Los ánimos se resisten a admitirlo
porque él fue siempre bondadoso, de una simplicidad que mostraba de entrada los
repliegues del alma. Era su manera de ser el zoon politikonde los clásicos
griegos, que hacían de la diafanidad su patrón de comportamiento y su filiación, sin
que disminuyera tras aquella trasparencia ninguna calidad del carácter del adversario.
Por ende, derogaban los cánones del maniqueísmo porque, por más categórica que fuera
la propia consistencia, dejaba espacio para la admisión de los contrarios. Lo cual era un
manera de afirmar en sí mismo el principio de identidad, sin disonancias ni agresiones.
Así se configura una cultura política de transigencia y tolerancia, que parte del hecho
escueto de que no hay verdades absolutas en las ciencias sociales, puesto que la
esencialidad de las mismas, en tanto que ciencias, es su búsqueda de una verdad que se
escinde o se soslaya o se divide en posibilidades innumerables. La misión del líder
político es coordinar hacia el bien común esas verdades dispersas.
Suelo recordar la anécdota de aquel
curioso personaje que demoraba a la vera de las caravanas que cruzaban las montañas en el
suroeste del Asia, y desplegaba su locuacidad ante los fatigados caminantes. Los cuales,
cuando intentaban darle alguna contraprestación, recibían el gesto amable de rechazo:
"No recibo limosna sino el pago de mi trabajo, consistente en hacerles olvidar por un
rato los riesgos que les esperan al tramonto de la cordillera. Si mi interlocutor",
agregaba el mendigo, "pretende tener una cuarta parte de la razón, ese es mi amigo.
Si pretende tener la mitad de la razón, puede ser mi amigo. Si las tres cuartas partes,
es un ser peligroso al que hay que sacarle el cuerpo. Y si cree tener la totalidad de la
razón, es un loco al que hay que huirle".
* * *
El gobernador era de la estirpe del buen
político, que afirma su íntima creencia a partir del reconocimiento de que el
interlocutor debe expresar la suya con derecho a ser oído y, si acaso, vencido en el
diálogo que hace, uno tras otro, la existencia de cada día. Como se es firme en la
sustentación del propio repertorio de ideas o iniciativas o programas, también se es en
la capacidad de escuchar la disensión y aun de incorporarla al repertorio de respuestas
propias. La política consiste, antes que nada, en las expresiones de conformidad o
inconformismo que se cruzan entre los asociados en las diferentes instancias en que viven,
si como gobernantes, si como gobernados, si como pretendientes a las responsabilidades de
dirección del Estado o de los distintos niveles en que está fundada la sociedad. La
política establece así la tolerancia como el aire que respira y la transparencia como el
velo del escenario en que se mueven los actores del diálogo de cada instante. Y establece
la existencia o creación de legitimadores que mantengan la lealtad del ciudadano con la polisy
la transigencia de la polis con el grupo social diverso en que el ciudadano funda
sus ilusiones.
El gobernador lo intuía y lo practicaba
así. Por eso el entendimiento fácil con Antonio Roldán Betancur en el diálogo, en que
nunca aparecían tendidos en el campo porque parecía que todos fueran triunfadores. Las
gentes de su estirpe son irradiación de la bondad que llega casi a la ingenuidad,
entendida ésta como el reconocimiento silencioso de la dignidad del interlocutor. Lo cual
afirma sin jactancia la propia dignidad. Y la del entorno cuya prestancia se reconoce en
la filiación de cada habitante de Briceño y aledaños, en donde viví en las
experiencias de mi infancia y de mi adolescencia, en el norte de Antioquia.
* * *
Al gobernador le gustará que se le
recuerde como el hombre que anhelaba la paz y la buscaba a través de la reconciliación
alrededor de preocupaciones por la suerte de sus conciudadanos. Y le complacerá más, que
se formen en torno de su memoria círculos de reflexión sobre la responsabilidad que le
corresponde a cada colombiano, a cada antioqueño, a cada persona del común o de la
rectoría de la sociedad, para retomar las rutas que les valieron a nuestros antepasados
el reconocimiento de la historia y que hicieron de Antioquia y de Colombia, la patria de
una esperanza siempre nueva.
No es la retórica del remordimiento sino
la aclamación de una creencia fuerte: la aclamación de que creemos en la patria, creemos
en la dignidad del ser humano, creemos en la familia, creemos en la vida como posibilidad
y como semilla.
Más de una vez se ha dicho que todo
grupo social necesita una creencia firme que le sirva de brújula. Y se ha escrito que
mientras esa creencia firme no se tenga, se estará viviendo en condición mútila de
incompletud.
Al gobernador Antonio Roldán Betancur le
gustará oír que sobre su tumba fresca sus compatriotas están buscando esa creencia
firme, para convertirla en la razón de su existencia.
-
VER MORIR A
UN POETA
-
En la muerte de Carlos Castro Saavedra: El
colombiano, de Medellín, abril 14 de 1989.
-
Sólo venimos a dormir,
-
sólo venimos a soñar,
-
No es verdad, no es verdad
-
que venimos a vivir en la tierra.
-
CANTO NAHUATL.
-
Es triste ver morir un creador
músico, pintor, escritor o poeta como Carlos Castro Saavedra: son los
creadores los que van jalonando la historia de los pueblos, con eclosiones del alma como
crisálidas que fijan el tiempo y el espacio. En tanto que creadores desbordan espacio y
tiempo puesto que son pequeños dioses, según dijera Vicente Huidobro, el chileno
creacionista de los años cuarenta. De consiguiente, en tanto que pequeños dioses, están
tocados de perennidad. Son el vestigio honroso de la especie humana, atravesada de júbilo
o cruzada de tristeza. A propósito de la poesía de María Mercedes Carranza, escribía
el alemán Ernesto Volkening que le recordaba a una gitana que le leyó el destino en las
líneas de la mano en un café desaparecido de la calle 13 en Bogotá. Y que, como él se
sonriera un tanto escépticamente, la gitana le dijo: "Tú te ríes pero tu corazón
está triste".
¿En qué consiste ese quid divinum que
arde en los creadores, el que Castro Saavedra tenía desde niño para decir de los oficios
humildes con palabras también humildes que los exaltaban a una categoría metafísica
elevada? ¿Cómo, por qué van saliendo del mármol yerto los esclavos que Miguel Ángel
dejó inconclusos en Florencia? ¿Cómo la cadencia de la Sinfonía Pastoral o la textura
rubia y ondulante de la Primavera de Sandro Botticelli? He preguntado a García Márquez
por el proceso de embriogénesis de un cuento o de una novela y me contesta que los temas
andan por ahí, dispersos, y que sólo se trata de capturarlos al vuelo. ¡Así de
sencillo, como en las telenovelas!
Es triste ver morir a los creadores. La
memoria que dejan los perpetúa por encima de los cánones, de los estilos y de las
escuelas. Las cuales existen, existen los decálogos: en poética como en política los
reglamentos son la aguja de marear porque el cuaderno de bitácora, más que la rutina
estética, lo hacen los golpes de timón. Por eso son llamados por la crítica duendeo
ángelo inspiración. Castro Saavedra nació con duende. Nació señalado
por el ángel. Y con un sino de poesía que se soslayaba detrás de su bondad. Aquel
ángel lo vio Neruda hace cerca de medio siglo con los primeros "Fusiles y
luceros" de Carlos. En adelante la arquitectura de esta poesía tuvo siempre la
referencia angélica, el arcano de la creación de cada día en aquel que había recibido
el don de las palabras y en quien le metáfora brotaba con la sencillez del agua del
manantial.
Dentro de un mes, en la última semana de
mayo, la poesía pedirá la palabra en Medellín y le será dada. El comité de entes
culturales del sector público y del sector privado en Antioquia, y la Casa de Poesía
Silva que dirige la poeta Carranza en Bogotá, habían hablado ya con Castro Saavedra para
que hiciera una lectura de sus poemas en el Centro de Convenciones de la capital de la
montaña. La voz de Carlos se oirá con la cadencia de la perennidad, en medio del rumor
de telares y el sudor jadeante de los músculos.
* * *
Le prescribían a León de Greiff toda
suerte de oficios y de requerimientos en las fábricas de Medellín y él respondía:
"... pero es tan bello ver fugarse los crepúsculos". En su breviario Fuego
en el altar decían Gonzalo Arango y Angelita por los años sesenta: "Tengo más
comunicación con un insecto que con un gerente de banco". Agregaban: "El poeta
es el defensor de oficio de la vida. La poesía no es el ocio de la palabra sino su
acción". Como de la sequía fluvial de Granada cantaba García Lorca: "Por los
ríos de Granada/solo reman los suspiros". O como un contemporáneo de Castro
Saavedra, el inolvidable Hernando Rivera Jaramillo, escribiera: "De noche andan los
aromas/ con delgados, callados pies".
Es triste ver morir un poeta. Pero queda
huella perdurable de su paso por la vida. ¿Recuerda alguien quiénes eran los gobernantes
de Francia cuando dos zarrapastrosos Verlaine y Rimbaud arrastraban su miseria
por los cafés de Montparnasse en París? Es triste ver morir a un poeta. Pero quedan
hermosos vestigios de la voz de Carlos Castro Saavedra, quien todo lo que tocaba lo
volvía poesía. De su libro Jugando con el gato leamos los dos tercetos:
-
De modo que el poeta verdadero
-
nace de cuando en cuando, pero entero
-
y con un resplandor en la cabeza.
-
Pienso que sus cenizas esparcidas
-
ya están incorporadas a las vidas
-
intemporales, llenas de grandeza.
-
UN HÁBITO DE LA
EXISTENCIA
-
En El Colombiano de Medellín, marzo 10 de
1989.
-
-
-
... la amistad es una virtud vitalmente
necesaria para el ser humano; sin amistad nadie podría vivir.
-
ARISTÓTELES (A Nicómaco).
Es duro pero gratificante, el evocar el
itinerario de seres cuya presencia se constituyó en estímulo afectivo e intelectual,
para aquellos que tuvieron el privilegio de conocerlos y tratarlos con enriquecedora
cercanía. En un mundo que desvaloriza las relaciones personales y da puesto de honor a la
teoría del "yo primero", del "no me importa lo de los demás", la
preservación de los vínculos del espíritu es una ciudadela con defensas para enfrentar
las amenazas del egoísmo, del irracionalismo y del menosprecio de la dignidad humana:
Óscar Lombana Cadavid era uno de los abanderados de esas actitud ante la vida y ante el
género humano.
Seré prudente en el tono tan personal de
esta nota; no abusaré trasmitiendo al lector mi pesar y el de los amigos integrantes del
círculo en donde Óscar Lombana dio lo mejor de su afecto y de su inteligencia. Sería,
además, injusto con él, decir algo que pretendiera un exclusivismo al que tan ajeno era.
Porque fueron numerosas las personas, en Colombia y en otros países, que tuvieron
próximos su amistad y su don de consejo, ese estar "siempre abierto al diálogo, sin
limitación de tiempo, ni de tema, ni de oportunidad". En el caso de quien escribe
estas líneas, debe decirse que el doctor Lombana estuvo día a día en la primera fila de
los leales, de los discretos, de los respetuosos, hasta un punto en que el amigo
favorecido por ese trato tan fino debía solicitarle un poco de informalidad. Nunca se
tuvo éxito en esa tarea, porque Lombana rodeaba su cariño de sobriedad, la cual daba
fuerza imponente a las opiniones del profesional cuando se pedía su consejo.
Fue uno de los pioneros de las
investigaciones de opinión pública en Colombia, a partir del momento en que tomaron el
prestigio de que hoy gozan, no obstante irregularidades que podrían hacer daño a
profesión tan interesante. Era en ese campo donde más brillaba el conjunto de virtudes
morales y profesionales de Lombana. Cuando hablaba el técnico se presenciaba un
espectáculo intelectual inolvidable, porque sin dramatismos, sin dogmatismos, y aplicando
rigurosos conceptos y fórmulas, presentaba diagnósticos y pronósticos que, recibidos a
veces con escepticismo, a la postre resultaban confirmados por los hechos. En la campaña
presidencial de 1970, y cuando al parecer no había datos suficientes para elaborar un
pronóstico, después de estudios callados pero sistemáticos, nos anunció: "vamos a
sacar máximo 500.000 votos". Nuestro resultado fue de 478.000. Para las elecciones
de 1978, veinte días antes informó preocupado que había 150.000 votos que iban a
decidir el resultado final, y que podrían ser de cualquiera de los candidatos: el doctor
Turbay Ayala triunfó por 147.000 votos. Y para las elecciones de 1982, después de poner
en práctica un diseño de encuestas que no se había aplicado en el país, meses antes
del día señalado empezó a presentar cuadros que mostraban una ventaja consistente de
varios puntos a favor del candidato Betancur.
Vale la pena recordar aquí que al final
nadie intentaba ya controvertir los métodos y las cifras de Óscar Lombana, porque se
sabía que por ser uno de los allegados del aspirante a la primera magistratura, y como
correspondía al profesional, métodos de por sí rigurosos se extremaban para decirle
sólo la verdad , toda la verdad y nada más que la verdad al amigo cuya suerte le
interesaba.
No una sino muchas veces, durante los
años del desierto, sin actividad política a la vista, por amor a su profesión y movido
por el afecto, por su propia cuenta y riesgo realizaba trabajos con los que nos
sorprendía a todos, siempre sin darse ínfulas, siempre con un refrescante buen humor que
no cambiaba porque las noticias fueran negativas.
Y cuando el amigo llegó al poder, jamás
pidió nada ni recibió nada; casi desapareció de la escena: sólo le importaba hacer su
trabajo y cultivar la amistad como una expresión de realismo, independencia y
solidaridad. Con lo cual, como dijera un escritor europeo, daba la razón al viejo y
razonable Aristóteles cuando enseñaba que la amistad, más que un sentimiento o un bien
deseable como la riqueza, es un hábito entitativo de la existencia humana, algo sin lo
cual el ser humano no llega a serlo de veras.
Un bello ejemplo tienen para seguir los
dos hijos de Óscar Lombana, Diego y Mateo. Un bello recuerdo tendrá Amparo Peláez, la
mujer que lo amó y a quien él amó. Y una lección de lucidez, de amistad firme y no
complaciente guardaremos aquellos a quienes la vida nos dio el premio de caminar junto a
ese testimonio de que el mundo es para todos, de que las relaciones entre los seres
humanos pueden embellecerse a toda hora con la tolerancia, con la buena fe y con la
alegría.
-
EL HABLAR PAUSADO
-
En el diario La Prensa, Bogotá, octubre 6
de 1989.
El viajero que llega del sur, empieza a
ver la ciudad con anticipación y distancia, porque ella se reclina sobre una vertiente, a
la vera de los cerros. El cronista santandereano Jaime Barrera Parra, la bautizó con el
nombre de "la ciudad retablo", colgada como un testimonio en la pared de las
montañas del norte de Antioquia. El viajero desciende a las vegas del río Nechí y
comienza de nuevo el ascenso por las orillas del retablo, que es como decir en torno del
marco. Allí están los edificios del Seminario de Misiones de Yarumal que construyéramos
muchos estudiantes y profesores, sobre planos que elaboraba, interpretaba y ejecutaba el
visionario sacerdote, después Cardenal Aníbal Muñoz Duque.
Monseñor Jesús Emilio Jaramillo era uno
de los jóvenes seminaristas que todos los días arrancaba tierra del barranco con las
picas y la transportaba en las parihuelas, los miércoles durante el largo día bucólico
de esfuerzo y permanencia, puesto que se construían los sueños y la estancia de esos
sueños. Había una emulación transparente en torno a las cosas del espíritu, a la
oración infinitiva latina (en que el sujeto está al principio y el verbo se pierde en la
espesura), a la lectura de los textos de Palestrina en clave de fa, a la construcción de
las cláusulas que debían ser iluminadas por la gramática de Bello. El estudiante
Jaramillo las interpretaba de acuerdo con los cánones de Demóstenes y Cicerón. Las
Catilinarias y las Filípicas corrían de boca en boca, pero en labios del seminarista
Jaramillo la elocuencia adquiría caracteres de apoteosis. Sin embargo, el estudiante
Jesús Emilio era la simplicidad y la tersura, era la expresión más translúcida de la
bondad que luego se tranfiguraba en cataratas del verbo como columnas fluídas de granito
en el soneto de Juan Lozano a la catedral de Colonia. Se diría que el estudiante
Jaramillo personificaba en sí mismo la elocuencia. El arrebato ciceroniano frente a
Catilina era estremecedor. El período en que la entonación de Bossuet alternaba con la
exposición filosófica, discurría con la tranquila sonoridad del arroyo en la meseta.
* * *
Aquel grupo de seminaristas brillaría
con caracteres propios en toda la promoción. De él habrían de salir obispos, como
Gerardo Valencia Cano; escultores como Arenas Betancourt; escritores, músicos,
profesores, sacerdotes, colonizadores.
La formación se impartía para la
catequización, con énfasis sobresaliente en todo lo relacionado con las labores
colonizadoras. Por lo mismo se aprendía a construir la casa, a rodearla de huerta y
establo, a sembrar y cosechar y recoger. La vega del río Nechí había sido recibida en
donación y era cultivada con minuciosa parsimonia. Esa constituía, al tiempo, la
diversión y el descanso: era aprender en el libro abierto de la sementera. La labranza
compensaba en satisfacciones a la hora de comer: lo que se consumía era lo que se
producía. ¿Hay mayor encanto que ir al labrantío a descolgar el racimo de plátano,
arrancar la yuca y la arracacha, desgajar el achiote, recoger y cortar el culantro y
abrevar todo aquello en el plato de sancocho hirviente?
La cantiga la formaba el hablar pausado y
sonoro del seminarista Jaramillo. Era manantial que no cesa, como se dijera del clásico.
Pico de oro, garganta de oro, micrófono de Dios, se le decía. El obispo Builes había
sembrado en él. Y cosechaba.
Por eso cuando Jaramillo fue destinado
como obispo de Arauca, percibió que él mismo recibía la oportunidad de
sembrar y de recoger. Y se consagró por completo a su ministerio de muchos años, de
muchas madrugadas, de muchas pedagogías, de muchas vigilias. Decía que el cumplimiento
del deber no cansaba, porque el espíritu y el músculo estaban haciendo aquello para lo
que habían sido preparados; y que, por consiguiente, la fatiga (que es la protesta del
organismo cuando se le pone a hacer aquello que le disgusta), no tenía por qué
presentarse, puesto que todo se hacía a gusto y contento.
De paso iba dejando páginas silenciosas
sobre su ministerio. Deben existir cuadernos discretos en los archivos de la diócesis de
Arauca en que el obispo, Monseñor Jesús Emilio Jaramillo, ha dejado la impronta de su
bondad, las imágenes de su magisterio.
* * *
El crimen se ha cebado en él. No era
destinatario, no podía serlo, de ninguna venganza. No había ningún aspecto negativo
qué cobrarle, porque todo en él construía, su humildad, su sencillez, su consagración.
Lo están diciendo en su casa paterna en Santo Domingo, una pequeña ciudad antioqueña
que ha dado honor a la Patria por las figuras eminentes que de su suelo han salido a
servir bien a Colombia. Lo dicen en la ciudad retablo en cuyo seminario resuena aún el
eco de su elocuencia. Lo están pregonando en Arauca, en donde su ministerio no tenía
fronteras ni enemigos.
¿Qué se le ha cobrado a Monseñor
Jaramillo? ¿El amor entrañable a su gente y a su tierra? ¿Su credo en las más altas
esencias del ser humano, en la dignidad de los valores, en la suerte mejor de Colombia y
de los colombianos? ¿Qué se encontraba en él que estorbara al proyecto de toda índole
que tuviera sabor a cristianismo y patriotismo? Porque todo en él esplendía virtud, por
consiguiente ¡se asestaba un golpe a la virtud! Todo en él resumía bondad y por tanto
se hería a la bondad. ¡Dios tiene ahora a su lado a Monseñor Jaramillo! ¡Dios tenga de
su mano a la patria!
-
UNA VIDA POR LA
VIDA
-
En el diario La Prensa, agosto 31 de 1989.
... no hemos sido
educados para llorar...
Mis recuerdos de los tiempos
universitarios están delimitados por fronteras terrestres que ponían limites a los
excesos del romanticismo político y del romanticismo sentimental.
Empezaban los años cuarenta en un
Medellín de virtudes recoletas y una paz apenas perturbada por las estridencias de la
protesta retórica contra todo lo preestablecido, con sus cuarteles generales en el
suplemento literario "Generación" (de El Colombiano) dirigido por
nuestros guías Otto Morales Benítez y Miguel Arbeláez Sarmiento; y apenas perturbada,
también, por la protesta de los jóvenes conservadores entre ellos Jaime Sanín
Echeverri, Alberto Acosta, Raúl Echavarría Barrientos y el autor de esta columna,
frente a un partido liberal que parecía perpetuarse en el poder.
He hablado de la existencia de fronteras
terrestres, lo cual merece una explicación. Para poner fin a la contienda ideológica
entre los estudiantes de la Universidad de Antioquia (estatal) y los de la Bolivariana
(privada, surgida como una respuesta a la primera), se establecieron unos linderos
sentimentales respetados por tirios y troyanos, y que discurrían a lo largo de la carrera
Junín: las muchachas del territorio occidental pertenecían al inventario de ilusiones
exclusivas y excluyentes de los estudiantes bolivarianos; y las muchachas del territorio
oriental pertenecían al repertorio de los estudiantes de la Universidad de Antioquia, con
la excepción del enclave del "Gimnasio Cayzedo" (dirigido por la educadora Lola
Zuluaga), filial de la Bolivariana.
Como ha ocurrido siempre en la historia
del viejo corazón humano, los noviazgos se registraban en territorio enemigo, por llevar
la contraria. "Flérida para mí dulce y sabrosa/ más que la fruta del cercado
ajeno", escribía Garcilaso en la égloga tercera, desde el siglo de oro. Los
conflictos se dirimían a trompada limpia en mangas de camisa en la calle de Cervantes,
detrás de la facultad de Derecho de la de Antioquia: los sentimentales. También los
conflictos políticos, los cuales eran ganados por los liberales en cuya área había una
escuela de boxeo dirigida por el púgil liberal Torito Antioqueño. Las tertulias eran los
lugares de convergencia. La de doña Paulina de Escobar en la zona de la Escuela de Minas,
versaba sobre literatura y artes plásticas; la del Profesor José María (don Pepe) Bravo
Márquez, antes que nada sobre música, pues el Maestro había fundado y dirigido el
Orfeón Antioqueño al que pertenecíamos aún algunos bolivarianos (yo asistía con Rosa
Helena) sobre la base de que "todo el que habla canta". La tertulia de Mariluz
Uribe (hija del designado liberal a la presidencia, el jurista Ricardo Uribe Escobar)
versaba sobre filosofía y literatura esotéricas, o sea Kafka, Novalis, Husserl,
Heidegger, Neruda, Vallejo, Rilke, entre otros pour épater les bourgeois.
Y la tertulia de "El Bosque" era sobre todo literaria y a ella pertenecían
jóvenes empresarios.
* * *
Héctor Abad Gómez asistía a todas las
tertulias, en las cuales discurría con igual desenvoltura sobre problemas
fenomenológicos que sobre temas estéticos o médicos o literarios o políticos: era la
izquierda de la izquierda y nosotros éramos la izquierda de la derecha. Exponía con
tanta fuerza dialéctica, que resultaba intelectualmente arriesgado interponerse en mitad
de alguna exégesis suya; pero se sentía tan seguro de sus afirmaciones que, sin que
hablara con ademán apodíctico, apelaba de continuo a la estrategia de inducir las
interpelaciones en contrario, para replicar con persuasión inapelable al oponente. Había
en él un telón de fondo y un sustrato y un rictus permanente de bondad y de amistad.
Fue siempre el apologista de la vida y de
los valores implícitos en la existencia humana, aunque se demoraba sin pavura en
disquisiciones metafísicas fronterizas del fin de esa vida. Más de una vez le escuchamos
narraciones estremecedoras, que él relataba con sonreída minucia, a manera de
declaraciones sobre la muerte, uno de los hermosos capítulos del libro Una vida por la
vida que ha comenzado a circular ahora en Colombia.
Su vocación era el servicio de la
comunidad, y del ser humano. Por eso era el curalotodo de sus compañeros de generación,
de una generación que estaba tan fundada en sus convicciones que por eso mismo se daba el
lujo de hacer de la tolerancia su bandera; más de una vez fueron los estudiantes
liberales Héctor entre ellos a sacarnos de la permanencia (que es como, en
femenino, se llama en Medellín al sitio de detención preventiva o permanente para los
buscarruidos), a los estudiantes conservadores. Su inteligencia fulgurante se desenvolvía
en movimientos circulares, en todos los cuales aparecía siempre su pensamiento de la más
clara esencialidad cristiana, no de manera mojigata sino según los primitivos creyentes.
Y su acción enlazaba su entorno familiar, a su esposa y a sus hijos, que él amaba con
entrañable amor.
* * *
Se van eclipsando las mejores luces,
apagadas por el crimen. Hablo ahora de nuestro compañero Héctor Abad Gómez a propósito
de la lectura y relectura de sus concepciones, en todas las cuales alienta una visión
pedagógica de la dignidad del ser humano, de la exaltación de los seres que hacen a
nuestra patria, adolorida de tanta ausencia irrecuperable. Era la misma visión de
nuestros guías y amigos y testimonios, Rodrigo Lara Bonilla, los magistrados insignes en
los cuales se hería la majestad de una justicia que no se doblegaba; de Carlos Mauro
Hoyos, de Antonio Roldán Betancur. La misma cosmovisión que se tronchaba a la fuerza con
el magnicidio de Luis Carlos Galán. Por cierto que cuando un pensador europeo y amigo
común supo del tremendo sacrificio de Galán, me dijo: "desgraciadamente no hemos
sido educados para llorar". Para llorarlos.
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