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EL CUMPLEAÑOS
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En el diario La Prensa de Bogotá:
septiembre 2 de 1988.
La locomotora descendía veloz de la
montaña. Y piafando emprendía otra vez el ascenso: era un subir y un bajar de
cordilleras interminables que se repetían hasta adelgazarse cuando encontraban el río y
penetraban por él al internado selvático, ya entonces violado por la Canchelo Durán y
por sus ascendientes colonizadores. Era dura la vida y ganarse la vida era más duro aún.
Se creía en las quemas y no en el abono; se sembraba en vertical que colaboraba con la
erosión en lugar de en horizontal que la estorbaba; se vivía prisionero de lealtades
ciegas que estrechaban los límites de la relación y la conciencia. La esperanza
consistía en "irse Cauca arriba".
La monotonía rural era tersa y
tranquila. La rutina municipal también lo era. Ésta, rota apenas por la querella
política que enrarecía un aire acostumbrado al discurrir sereno de los días, que unos
tras otros son la vida. Aquélla, quebrantada por la humareda sonora del tren que el oído
rural identificaba por la aceleración o la pausa del ritmo: "Viene la 42, llega la
45". Todo resplandecía de bondad menos la tierra, la cual se mostraba cansada de
tanto dar sin recibir. El pueblo se estaba quedando vacío y medio muerto, al igual que la
Comala de Rulfo en donde todos están muertos y sus calles y sus campos son recorridos
únicamente por las ánimas y los ecos capaces de fluir sin límites en el tiempo y en el
espacio: el poeta Cobo Borda dice que allí ninguno de los vivos obtuvo gracia, en tanto
que todos los muertos deambulan como almas en pena.
* * *
Les estaba ocurriendo lo mismo a otros
pueblos. La vida se desplazaba a las ciudades, atraída por el magnetismo de las
oportunidades y el confort que la gente recibía en dosis persuasivas en medio de la
siesta parroquial. Pareciera que la patria se encogía en la fatiga de los distritos
adormecidos: daba miedo hacer el censo porque se presentían verdades amargas que
queríamos soslayar, por ejemplo el retroceso de 800 municipios de menos de 10 mil
habitantes a los cuales se les escapaba la vida hacia las capitales; centenares de
localidades fundadas como asentamientos humanos para impulsar procesos económicos
regionales, avanzadas de colonización, cruce de rutas comerciales, incapaces de retener a
sus habitantes y sobreviviendo como economías de mera subsistencia en las cuales la
capacidad decisoria pasaba de la comunidad al intermediario.
Sí, se percibía que la patria estaba
angostándose.
* * *
Un día todo lo que estaba encerrado en
el marco parroquial y a su vera, comenzó a moverse como un grupo de palomas dormidas que
de pronto despertaran.
Las tierras cansadas recibían agua y
abonos, los surcos horizontales retenían el humus, los antiguos rencores se dirimían con
nuevas uniones en que montescos y capuletos deponían razones y sinrazones en aras de una
reconciliación fresca. Se había callado el tren pero carreteras suntuosas acercaron a la
capital y aumentaron el trabajo. La monotonía parroquial se transmutaba en jocundia. El
duermevela concluía y los habitantes despertaban en toda suerte de iniciativas de
progreso. En síntesis, habían asumido el proceso de urbanización como una plenitud de
alma que talvez no conocieron sus mayores: lo revisaban todo, su comportamiento, sus
relaciones, sus ansias como si hubieran decidido renacer sin estridencia. El cura, el
maestro, el juez, la alcaldesa y el concejal ocuparon de nuevo los sitios que se habían
quedado vacíos. El conjunto tuvo una nueva memoria de los antepasados, desde los
descubridores españoles que lo llamaron el valle de las peras, hasta los visionarios que
montaron una ferrería y sembraron café al final del siglo XIX, pasando por el delicioso
narrar de Emiro Kastos que dibujó de mano maestra el cacique de entonces en Mi Compadre
Facundo. Muchos más quisieron estudiar y brillar; y lo hicieron. Otros nos fuimos, ya no
para el Cauca arriba porque el Cauca propio está recuperándose, sino a abrirse caminos.
Y llegaron renuevos y refrescos que brillan con luz propia. Decían que los Moreno de
Santo Domingo eran los blancos de Medellín: éstos también lo fueron y lo son, puerta de
entrada al Suroeste antioqueño donde se produce el doce por ciento del café "de la
patria de María", como recitábamos de niños desde la casa consistorial.
* * *
Mi pueblo, Amagá, está cumpliendo ahora
200 años de existencia. De esperanza. La patria se mira en el espejo de los pueblos.
Ellos, con su lenguaje elemental, su sobria permanencia y su tenaz reviviscencia,
mantienen la esperanza. Ellos son la patria esperanzada. Por lo mismo, cada cumpleaños
municipal o veredal, cumple años la patria entera.
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