Declaración de amor
Del modo de ser del antioqueño
Belisario Betancur Cuartas
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DECLARACIÓN DE AMOR
Del modo de ser del antioqueño
Por: Belisario Betancur Cuartas
 
EL CUMPLEAÑOS
En el diario La Prensa de Bogotá: septiembre 2 de 1988.

La locomotora descendía veloz de la montaña. Y piafando emprendía otra vez el ascenso: era un subir y un bajar de cordilleras interminables que se repetían hasta adelgazarse cuando encontraban el río y penetraban por él al internado selvático, ya entonces violado por la Canchelo Durán y por sus ascendientes colonizadores. Era dura la vida y ganarse la vida era más duro aún. Se creía en las quemas y no en el abono; se sembraba en vertical que colaboraba con la erosión en lugar de en horizontal que la estorbaba; se vivía prisionero de lealtades ciegas que estrechaban los límites de la relación y la conciencia. La esperanza consistía en "irse Cauca arriba".

La monotonía rural era tersa y tranquila. La rutina municipal también lo era. Ésta, rota apenas por la querella política que enrarecía un aire acostumbrado al discurrir sereno de los días, que unos tras otros son la vida. Aquélla, quebrantada por la humareda sonora del tren que el oído rural identificaba por la aceleración o la pausa del ritmo: "Viene la 42, llega la 45". Todo resplandecía de bondad menos la tierra, la cual se mostraba cansada de tanto dar sin recibir. El pueblo se estaba quedando vacío y medio muerto, al igual que la Comala de Rulfo en donde todos están muertos y sus calles y sus campos son recorridos únicamente por las ánimas y los ecos capaces de fluir sin límites en el tiempo y en el espacio: el poeta Cobo Borda dice que allí ninguno de los vivos obtuvo gracia, en tanto que todos los muertos deambulan como almas en pena.

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Les estaba ocurriendo lo mismo a otros pueblos. La vida se desplazaba a las ciudades, atraída por el magnetismo de las oportunidades y el confort que la gente recibía en dosis persuasivas en medio de la siesta parroquial. Pareciera que la patria se encogía en la fatiga de los distritos adormecidos: daba miedo hacer el censo porque se presentían verdades amargas que queríamos soslayar, por ejemplo el retroceso de 800 municipios de menos de 10 mil habitantes a los cuales se les escapaba la vida hacia las capitales; centenares de localidades fundadas como asentamientos humanos para impulsar procesos económicos regionales, avanzadas de colonización, cruce de rutas comerciales, incapaces de retener a sus habitantes y sobreviviendo como economías de mera subsistencia en las cuales la capacidad decisoria pasaba de la comunidad al intermediario.

Sí, se percibía que la patria estaba angostándose.

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Un día todo lo que estaba encerrado en el marco parroquial y a su vera, comenzó a moverse como un grupo de palomas dormidas que de pronto despertaran.

Las tierras cansadas recibían agua y abonos, los surcos horizontales retenían el humus, los antiguos rencores se dirimían con nuevas uniones en que montescos y capuletos deponían razones y sinrazones en aras de una reconciliación fresca. Se había callado el tren pero carreteras suntuosas acercaron a la capital y aumentaron el trabajo. La monotonía parroquial se transmutaba en jocundia. El duermevela concluía y los habitantes despertaban en toda suerte de iniciativas de progreso. En síntesis, habían asumido el proceso de urbanización como una plenitud de alma que talvez no conocieron sus mayores: lo revisaban todo, su comportamiento, sus relaciones, sus ansias como si hubieran decidido renacer sin estridencia. El cura, el maestro, el juez, la alcaldesa y el concejal ocuparon de nuevo los sitios que se habían quedado vacíos. El conjunto tuvo una nueva memoria de los antepasados, desde los descubridores españoles que lo llamaron el valle de las peras, hasta los visionarios que montaron una ferrería y sembraron café al final del siglo XIX, pasando por el delicioso narrar de Emiro Kastos que dibujó de mano maestra el cacique de entonces en Mi Compadre Facundo. Muchos más quisieron estudiar y brillar; y lo hicieron. Otros nos fuimos, ya no para el Cauca arriba porque el Cauca propio está recuperándose, sino a abrirse caminos. Y llegaron renuevos y refrescos que brillan con luz propia. Decían que los Moreno de Santo Domingo eran los blancos de Medellín: éstos también lo fueron y lo son, puerta de entrada al Suroeste antioqueño donde se produce el doce por ciento del café "de la patria de María", como recitábamos de niños desde la casa consistorial.

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Mi pueblo, Amagá, está cumpliendo ahora 200 años de existencia. De esperanza. La patria se mira en el espejo de los pueblos. Ellos, con su lenguaje elemental, su sobria permanencia y su tenaz reviviscencia, mantienen la esperanza. Ellos son la patria esperanzada. Por lo mismo, cada cumpleaños municipal o veredal, cumple años la patria entera.

 


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