Declaración de amor
Del modo de ser del antioqueño
Belisario Betancur Cuartas
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DECLARACIÓN DE AMOR
Del modo de ser del antioqueño
Por: Belisario Betancur Cuartas
 
Mi Valle de Aburrá
EN MEDELLÍN SE ME QUEDÓ EL CORAZÓN
Introducción del libro El patrimonio cultural del Valle de Aburrá, Alcaldía de Medellín. Editorial Colina, Medellín, 1989.
¡Y tanta tierra inútil por escasez de músculos!
¡Y tanta industria novísima! ¡tanto almacén enorme!
¡Pero es tan bello ver fugarse los crepúsculos!
LEÓN DE GREIFF.
 

Hubo un momento, en mi adolescencia en Medellín, en que, sin serlo, me sentí rico: un compañero de la Universidad Bolivariana me contó que a un amigo suyo, de ancestro textilero, le habían traído un trencito eléctrico de los Estados Unidos, con cambios de vías, semáforos, túneles y estaciones. Caminaba hacia adelante y en reversa, a distintas velocidades. Yo sonreía al oír el relato, sin emocionarme, y sin demostrar la envidia que mis otros compañeros dejaban transparentar en sus rostros. Y era que, mientras tanto, meditaba en los formidables juguetes que tuviera en la montaña, en mi aún cercana niñez: trenes de verdad.

La familia estaba en el negocio del transporte: mientras mi papá se dedicaba a la vieja arriería, otros familiares habían ascendido en la escala social y trabajaban en el Ferrocarril de Amagá, que así se llamaba. Allí también había clases sociales: no era lo mismo ser fogonero, frenero, guardavías, conductor, que lo más alto en la pirámide, maquinista. Un primo mío, la oveja negra, pues era liberal, llegó a ser maquinista y eso me enorgullecía y me daba status frente a mis amigos. Mi diversión preferida era correr por encima de los techos de los vagones en marcha, sin tener aún la idea einsteniana de que iba a mayor velocidad que el mismo tren. Al llegar a nuestra vereda, el pariente maquinista disminuía la velocidad para que saltáramos del vagón sin rompernos los huesos. Así, sin saberlo, fuimos aprendiendo de fuerzas centrífugas, centrípetas, aceleración, inercia y hasta de termodinámica.

Los trenes silbaban, con orgullo, antes de entrar a la estación Camilo C, o a Piedecuesta. No eran mensajes cifrados a los jefes de las estaciones — que invariablemente usaban viseras verdes transparentes y miraban la hora en unos bellísimos relojes, marca Ferrocarril de Antioquia — sino para avisarles a los primos, novias, esposas, amigos, que ya llegaban. Aparentemente todos los trenes silban y acezan igual. Para mí no: podía reconocer la máquina 42 por la manera como sonaban sus émbolos, o por el silbato, apenas un poco más agudo, de la 45: jadeaban de manera distinta y sus latidos también diferían: para mí eran siempre latidos de amor.

El ferrocarril derogó en Antioquia todos los cánones anteriores de progreso. Se puede decir, sin exageración, que existe una Antioquia anterior al ferrocarril y otra posterior. Sólo el tren pudo unir nuestras montañas indómitas y sólo él nos encarriló, valga la perogrullada, por el camino de la industrialización, que caracteriza nuestra época inmediatamente posterior. Las carreteras secundarias no iban a parar a Medellín, sino a la estación del tren, porque realmente éste era el que unía nuestro departamento. Y el que encogió el Valle de Aburrá entre Caldas y Barbosa. Con tiempo para la plegaria a "La Chinca" de La Estrella y al Señor Caído de Girardota. Como ahora lo encoge más el tren metropolitano.

* * *

Se entiende así que la primera vez que llegué al Valle de Aburrá —y lo atravesé, sin quedarme en él— fue en tren. En la escuela hicieron un paseo, del que actuaba como organizador, ya que estaba en quinto elemental, por segunda vez. Y no porque me hubieran reprobado, sino porque la enseñanza en Amagá sólo llegaba hasta quinto y, no habiendo más, había decidido repetir años, convirtiéndome en una especie de monitor, de asistente del director, mientras conseguía una beca para estudiar fuera.

El paseo era largo. Ya desde la Estación Primavera, en el municipio de Caldas, un bailadero con olor a chorizos y boleros, se empezaba a vislumbrar el Valle de Aburrá; pero no vi nada distinto de una zona un poco más plana, rodeada, como mi pueblo, de montañas. De pronto alguien gritó: "Éste es el Ancón y ése es el río Medellín". Nada de eso me produjo emoción, como sí la sentí después, en otro viaje que hice con mi abuelo, que viajaba a surtir su tienda de abarrotes. Entonces descubrí mundos nuevos, porque me tocó dormir en Medellín, en el Hotel Estación, en el corazón del barrio bravo de Guayaquil, que más que pertenecer a la capital era un mundo en sí mismo, con su comercio propio, su música de carrilera (empezaba, exactamente, en la estación Cisneros), sus teatros, sus prostitutas y un cantante que se quedó a vivir allí después de muerto, llamado Carlos Gardel o, mejor, Carlitos. Así, sin apellido.

La vez del paseo sólo nos detuvimos en la bella estación de la Plaza de Cisneros para echarle más carbón a la máquina, rellenarle el agua y recoger pasajeros. Partimos. A los diez minutos el tren se volvió a detener: subieron tres pasajeros. (Era la Estación Villa). Y la máquina siguió, atravesando potreros con un asomo de ciudad al fondo. Al pasar por Bello, alguien dijo: "Ahí está la choza donde nació Suárez", el presidente que era hijo de una lavandera. El tren volvió a arrancar: pasamos los talleres del ferrocarril, que era un hospital para locomotoras; la Granja Tulio Ospina y la Casa de Menores de Fontidueño, temido correccional, con el cual amenazaban nuestras travesuras. Luego se nos había acabado el Valle de Aburrá. Pero mi interés no estaba allí, porque el viaje que habíamos emprendido, para nosotros tenía un alcance casi internacional: íbamos a llegar a Puerto Berrío, ¡a conocer el río Magdalena! Y para alcanzar nuestra meta, teníamos que atravesar el Túnel de la Quiebra, que para los "paisas" es mítico, ya que representa el tesón y la capacidad de trabajo de todo un pueblo. Por eso Pedro Nel Gómez, nuestro ingeniero y pintor, lo reflejó en sus murales; y por eso su construcción fue una conversación de antioqueños. Porque el túnel significó unir a toda Antioquia con Puerto Berrío, lo que quería decir con el mar, o sea con el resto del mundo, sin hablar de Honda y Bogotá.

La llegada a Puerto Berrío fue emocionante: primero admiramos el río que nos pareció anchísimo; luego el Hotel Magdalena imponente, al que ni siquiera nos atrevimos a entrar por el aspecto de caro que tenía. Nos tocó en suerte ver dos barcos de vapor: uno cargando café que, nos dijeron, llevarían a Barranquilla y luego a Alemania; y otro que apenas llegaba. Las enormes ruedas propulsoras levantaban agua espumante, con sus aspas gigantescas. Luego supe que en el Mississippi, en los Estados Unidos, había unos barcos similares. Pero todo lo comparaba con mis amados trenes. Y, aunque las máquinas de agua me sorprendieron por lo novedosas, pensé que era más serio y seguro correr sobre rieles de acero, paralelos y relucientes. Y pensé, también, que uno no se podía bajar del barco andando, porque se ahogaba.

Visitamos el puerto y vimos a los vaporinos (que era como llamaban a los marineros del río) abrazados a unas mujeres bonitas y pintadas, que, sin saber, estaban inventando la minifalda, mientras al fondo una victrola sonaba música de la Costa, que oíamos por primera vez.

* * *

Todos estos recuerdos del más importante viaje de mi vida, los toma mi memoria de una tarea escrita, por desgracia ya inexistente, llamada en la escuela composición, en la que relaté, a manera de diario, el maravilloso evento. Y con esa composición me saqué el primer premio.

* * *

Cuando me vine a estudiar a la beya viya, la ciudad no me amedrentó, como luego lo hizo Bogotá, porque Medellín no era un desafío. No cambié de cultura ni de lenguaje. Mi primera visión del Valle de Aburrá fue bastante elemental: la ciudad era una Amagá más grande, con el mismo ferrocarril, las mismas montañas y las mismas gentes. Sus edificios más altos eran el Palacio Nacional, por esa razón preferido por los suicidas, y aquella extraña edificación sombría, que parecía sacada del Kremlin, que era la Gobernación.

En cuanto a la vida intelectual, había dos focos principales, que partían de las dos universidades, la Bolivariana, que era la mía, y la de Antioquia. En la Bolivariana estudiaba un líder de la intelectualidad antioqueña, a pesar de ser caldense (y liberal): Otto Morales Benítez. Alrededor de Otto, que dirigía, con Miguel Arbeláez, el suplemento literario de El Colombiano, "Generación", se unía lo mejor de la intelectualidad de las dos universidades. Mas los que no pertenecían a estos dos focos, como la tertulia de El Bosque de la Independencia —a la que asistíamos con el industrial de inquietudes literarias Germán Montoya Vélez— y la tertulia de doña Paulina Posada de Escobar en el barrio Manrique. En El Colombiano escribían, además de Otto, Miguel Arbeláez Sarmiento, que también dirigía la revista de la Bolivariana, Fernando Gómez Martínez, profesor mío, Germán Fernández Jaramillo, director de la excelente biblioteca universitaria. Poetas como los hermanos Jorge y Mario Montoya Toro, y Ovidio Rincón: Hernán Merino era su ilustrador. A los monstruos de la literatura antioqueña no alcancé a conocerlos en profundidad: a don Tomás Carrasquilla apenas si lo vi pasar una vez por la carrera Junín; y con don Efe Gómez sólo hablé de paso, en una fiesta.

Conocí muy bien, sí, al Maestro Pedro Nel Gómez, y a seguidores fervientes entre quienes estaba el Maestro Rodrigo Arenas Betancur. En un momento dado Rodrigo se sintió prisionero en Medellín, sin posibilidades, y decidió dar el salto a México, siguiendo los pasos del escultor colombiano Rómulo Rozo, que ya vivía allá, y de nuestro poeta Porfirio Barba Jacob. Otto y todos los compañeros de "Generación" (con mayúscula y sin mayúscula) decidimos adoptar un seudónimo colectivo, PRAB —para Rodrigo Arenas Betancur— y enviarle el producto de aquellos escritos a Rodrigo, a México. Tal vez éste fue el inicio en Colombia de los hoy llamados escritores fantasmas.

Otros pintores que giraban alrededor de la atrayente personalidad del Maestro Pedro Nel, eran: Eladio Vélez, Rafael Sáenz, Débora Arango y su hermana; y un muchacho desconocido, que empezaba a pintar toreros en platos, llamado Fernando Botero. A algunos me los encontraba, de discípulo a profesores, en la Facultad de Arquitectura de la que fui alumno fundador antes de meterme de abogado.

En la bohemia de los cafés La Bastilla y Madrid nos encontrábamos con el poeta anoriseño León Zafir, cuyo seudónimo se lo había encontrado en una peluquería, al leer al revés un aviso que decía Rifas Noel. La anécdota es ingeniosa, pero seguramente falsa, ya que el Maestro de Hacia el calvario y Te vi cultivando rosas, a juzgar por su alborotada melena, probablemente nunca entró a una peluquería. Los mismos cafés de bohemia donde andaban Alberto Gil Sánchez, Hernando Rivera Jaramillo y Tartarín Moreira, poeta y detective, famoso por varias hileras de tangos que llevan su letra. Por Guayaquil era mejor no pasar, pues Masato (agitador y demagogo con su venta de horchata en el mercado de Cisneros) nos amenazaba (si no lo invitábamos a un aguardiente) con incluirnos en su temida antología Los 100 poetas de mi lástima.

Había otros intelectuales jóvenes que eran amigos, pero no me frecuentaban, porque yo trabajaba en La Defensa, llamada La Chana, bastión del conservatismo, lo que me daba fama de reaccionario. Los que hacían de izquierdistas eran Balmore Álvarez, editor y cantante; Alberto Aguirre, abogado, filósofo y más tarde librero, que recitaba, a la menor provocación, o sin ella, "José Antonio Galán, el mejor capitán, el mejor capitán", de Carlos Castro Saavedra; Manuel Mejía Vallejo, estrenando bien ganada fama con su novela La tierra éramos nosotros; José Horacio Betancur, escultor de talento; Guillermo Angulo, que hacía pinitos fotografiando al más famoso de los nuevos poetas, Carlos Castro. Y los Jaramillo Zuleta y los Gónima y Hernando Agudelo Villa que distribuían, los primeros a Marx y el último a Keynes.

Había otro poeta joven, cuya fama duró poco, porque murió tempranamente asesinado: Edgar Poe Restrepo, predestinado para la poesía desde el bautizo, autor de un poema que todos recitábamos:

Soledad de torero luchando con la muerte:
chaqueta roja, pantufla roja, sangre roja.
Oh, soledad, mi compañera!

Existían, desde luego, Los 13 Panidas, mermados a 12 con la ausencia de Leo Le Gris, quien se había ido por tierras del Zipa. Del querido Maestro de Greiff me hice profundo amigo más tarde, en Bogotá.

Y, solitario, caminaba llevando sombreros estrafalarios, el gran poeta Ciro Mendía, hoy en un olvido que no se merece. Como tampoco se lo merece el inolvidable Hernando Rivera Jaramillo de "La luna y un zapato".

Había otro escritor, más insular aún, como no ha vuelto a dar otro Antioquia, ni tampoco Colombia: el filósofo Fernando González, católico, original, casado con la hija del presidente Carlos E. Restrepo. Decía cosas que hacían persignar de asombro hasta a los comunistas antioqueños que, como las brujas del Padre Astete, que los había, los había. Para mí fueron sorprendentes —e inolvidables— El remordimiento, Viaje a pie, Mi Simón Bolívar, Santander; y, por su osada irreverencia, la Revista Antioquia. Este escritor marcó a varias generaciones, y los Nadaístas lo volvieron a colocar en su merecido pedestal, en donde lo sustentaban los bohemios derechistas Rubayata y José Mejía Mejía (Jota).

En la música, por aquellos años cuarenta llenaba con su entusiasmo mis inmensos vacíos el Maestro José María Bravo Márquez quien, apoyándose en la teoría (suya) de que "todo el que habla canta", hasta a mí me metió en el Orfeón. Por fortuna aún no habían inventado la grabadora magnética, tan comprometedora, o no había llegado a Medellín, al menos. En la emisora "La Voz de Antioquia" el Maestro Pietro Mascheroni creaba escuela de música y Marina Uguetti creaba escuela de teatro. En la radio cultural de la Universidad de Antioquia se transmitía la radio-revista "Greda" dirigida por el Grupo de los Seis. Éramos: Arenas Betancur, Eddy Torres, Jorge Montoya Toro, Hernán Merino, Octavio Gamboa y Belisario Betancur.

* * *

Un día llegó la Avenida Oriental y partió a Medellín. No sé ya dónde quedan los recuerdos y cómo se llega de nuevo a ellos: a las tertulias descaecidas y llenas de jaramagos, a los viejos cafés en los cuales no se recita al Caratejo Santiago Vélez Escobar (el de "Cuán grata hubiera sido la vida mía / al calor de tu afecto, linda morena") pero se habla del crecimiento textil y del banano de Urabá. Sí, todo aquello voló cuando llegaron el Teatro Metropolitano y el Tobón Uribe, las universidades cambiaron sus vetustos caserones de la Plazuela San Ignacio y Caracas con Palacé por el hermoso de ladrillo y teja, por el de Laureles y ahora los de Loreto; y vieron llegar aulas nuevas, Belén arriba y en Sabaneta y en tantos otros lugares. Llegaron museos y galerías y teatros y avenidas: y para ir a escuchar las liras y versiones del Padre Roberto Jaramillo en Bello, ya no se pasa por donde Benedo con sus cuentas con tenedor que tampoco los estudiantes de entonces le pagábamos; ni los bandoneones de Guayaquil y la Permanencia dejan oír allí sus lamentos; pero Gardel sigue cantando cada vez mejor, como dicen que decía Borges.

Un día decidí probar en Bogotá y recorrer mundo, como mis primos del suroeste se largaban "pal Cauca arriba" a probar su suerte. Mi vida quedó, como la nueva Medellín, partida en dos: vivo desde entonces en el altiplano andino pero mis remembranzas y no pocos de mis afectos siguen en aquel Valle de Aburrá. En Medellín se quedó mi corazón.

 

 

Mi llegada a Bogotá
LA CIUDAD HOSCA Y TIERNA
Revista Lámpara, Bogotá, mayo 8 de 1988.

 

Como ebrios anzuelos giran en la noche nombres, quintas, ciertas esquinas y plazas
ÁLVARO MUTIS, LIED DE LA NOCHE

 

Miraba a través de la ventanilla, casi adherido al rayado y empañado vidrio del avión de hélice de Medellín a Bogotá, un día de diciembre de 1947 que no preciso en mis recuerdos. Había terminado ya los estudios en la Facultad de Derecho de la Bolivariana. Trataba de imaginar cómo sería la capital, apenas conocida de paso, en la que íbamos a vivir. Tocamos tierra, con un chillido de llantas, en el antiguo aeropuerto de Techo, y bajamos decididos por la escalerilla, cuando el avión hubo "detenido sus motores en plataforma".

 

1. LA RABIA DEL 9 DE ABRIL
Venía, cumpliendo una decisión tomada desde cuando era estudiante de derecho y economía: "el centro es Bogotá; será allí donde empiece mi vida profesional". No creo que mis primeras impresiones hayan cambiado, o se hayan desvaído como viejas fotos con el tiempo, porque, hablando con amigos de la época, su recuerdo de la capital de entonces es similar al mío.

Aterricé en una ciudad fría, metafísica, lluviosa, envuelta en niebla. Si tuviera que definir aquella Bogotá con un solo vocablo, usaría la dura palabra hosca. Esta primera mala impresión se agudizó al año siguiente, cuando el centro de la ciudad quedó prácticamente destruído por la rabia del 9 de abril.

Tal vez en esta visión haya influído una soterrada prevención ancestral —aparentemente ya curada— que los paisas hemos tenido contra Bogotá y los bogotanos, aunque he creído siempre no compartirla, porque de oídas me gustaban su introversión, su cultura, sus iglesias, sus bibliotecas, su dignidad.

Para llenar vacíos, los antioqueños nos buscábamos entre nosotros, como exiliados y seguíamos añorando a Medellín; y las señoras pudientes iban a tener sus hijos a la Beya Viya —como decían los bogotanos que decimos los paisas— para que sus hijos nacieran aún más antioqueños. Durante su crecimiento se vigilaba que no se contaminaran del hablado chapineruno, arrastrando la r contra la lengua; y si alguna vez un joven antioqueño dejaba escapar un ala, sus hermanos o amigos se burlaban de él, llamándolo rolo en implacable castigo.

2. EL TORPE ALIÑO INDUMENTARIO
Las gentes se movían lentamente entre la niebla urbana, enfundadas en pesados abrigos negros; y el paraguas parecía no sólo un adminículo contra la lluvia, sino una prolongación natural de las extremidades de los bogotanos. Más tarde aprendí la elegancia del aparato y mi desgarbo trató inútilmente de engalanarse con corbatas marca Tremlett, sombreros Lock y paraguas Brigg: todo traído de Londres, que me enseñaron a comprar en los almacenes de la carrera octava. Mis amigos bogotanos elegantes me hablaban de Saville Row, la calle de los buenos sastres londinenses, mientras realistamente me recomendaban uno más modesto, que quedaba en el Pasaje Santa Fe, en la ahora Plaza del Rosario —cuyo rigor humanístico me seducía—, para que en algo mejorara mi aspecto de fuereño recién llegado. Debo reconocer que los famosos sastres del Pasaje no pudieron conmigo y, contra todos los consejos, seguía llevando un sombrero de copa plana, como de picador, que presagiaba mi futuro enamoramiento de la Madre Patria. Pero aún hoy, sigo fiel al maestro Machado y a aquel verso suyo:

"—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—".

Empecé a vivir en la capital de la manera más bogotana posible: en el puro centro de Chapinero, detrás de la iglesia de Lourdes, en un edificio de apartamentos de tres pisos, que aún existe, y era propiedad del leopardo conservador José Camacho Carreño. Ante la carencia de automóvil propio, mi vehículo preferido era el bus marrón de la Flota Usaquén que iba por la séptima —casi nunca el tranvía y sólo excepcionalmente el taxi—.Luego nos mudamos a Palermo y entonces eran ya los buses azules, que circulaban por Quinta Paredes y por la Biblioteca Nacional, donde pasaba largas horas. En el radio oía una publicidad cantada que repetía incesantemente:

Aunque ahora se ha dificultado toda importación ya la empresa de los Taxis Rojos hizo la excepción, y una nueva remesa de rojos llegó a la ciudad.

Pero, lo único que tenía la pegajosa melodía que ver conmigo, era que nadie podía ponerme entre la "remesa de rojos": tenía fama de conservador y, para algunos, de godo con ribetes social cristianos: lo primero, fue ser asesor de la U.T.C (Unión de Trabajadores de Colombia) y del Padre Vicente Andrade en un problema del Bosque Calderón Tejada. Y asistir a los discursos formidables de Gaitán en el Teatro Capitol, detrás de la Basílica.

3. UN SANTUARIO DE LA CULTURA
En bus, pues, iba a dictar clases de literatura a la Academia Militar de Ramírez, que quedaba fuera de la ciudad: en Usaquén, cerca a las instalaciones del ejército, por donde ahora queda el teatro Patria.

El límite incierto entre la ciudad y el campo es el hoy llamado, con exageración importada de Antioquia, Wall Street Colombiano, lo que en mi tiempo era simplemente la Avenida Chile. La primera vez que llegué a esa frontera lo hice acompañado de un amigo, también provinciano, pero conocedor de la zona y sólidamente establecido en la capital. Él pagó el pasaje de los dos en la nemesia, nombre que aún le daban localmente al tranvía, y antes de regresar me llevó a la calle 67, a conocer la casa —santuario de la cultura— del doctor Eduardo Santos, rodeada de amarrabollos, que me trajeron gratos recuerdos del camino de Medellín a Rionegro, por la vía de Santa Elena; y a la que daban siempre ganas de entrar por la fama de la biblioteca y de la cultura del dueño.

La anterior incursión hasta los límites de la Avenida Chile me dio coraje, y me aventuré a las alturas de Monserrate, en una peregrinación mitad religiosa, mitad turística, usando el funicular, que me pareció un ridículo, lento y pobre remedo de aquellos trenes de verdad, majestuosos y formidables, de mi niñez, que ya dominaba a los seis años, corriendo sobre sus vagones en movimiento, como en las películas de vaqueros. Allá abajo se extendía, en forma de medialuna, y extrañamente esta vez sin niebla, ese pueblo grande con deseos de ser ciudad —que no debía tener arriba de 500 mil habitantes— llamado Bogotá. Visitando al Señor Caído me acordaba irreverentemente de aquella noticia, publicada en Medellín, en la que se describía a un campesino muerto así: "Se supo que era godo por el escapulario".

Continuando el estilo religioso-turístico, llegué en tren hasta Chiquinquirá, a rezarle a la Virgen y a hablar con los doctos dominicos; otro domingo fui a conocer La Milagrosa de Bojacá y, para cambiar, penetré con unos amigos a la Catedral de Sal de Zipaquirá, donde descubrí que la sal también puede ser negra, después de rasguñar y probar un trozo de pared. En otra ocasión tuvimos la suerte de ir, de nuevo en tren, a almorzar en el hotel del Salto del Tequendama, entonces con abundante agua y creo que hasta limpia. Por lo menos no era maloliente. Años después se atrevería a restaurar el hotel y a construirle un descensor, el hotelero y pintor Guillermo Jaramillo.

A comienzos de los años cincuenta, mi amigo Carlos Mario Londoño, más tarde secretario de la presidencia y gerente del Banco de la República, me enseñó a manejar carro, entre entradas y salidas a seminarios en la Universidad Nacional. El primero que tuve fue un pequeño Ford inglés, que le compré a Álvaro Gómez Hurtado cuando se fue de embajador a Roma.

4. DE MARROQUÍN A DE GREIFF
Yo venía de ejercer el periodismo en Medellín, en el vespertino La Defensa, llamado por unos despectiva y por otros cariñosamente La Chana (apodo familiar de la arrugada matrona que nos servía los tintos); y en Bogotá, por el alto costo de la vida y las nuevas exigencias de la capital, me tuve que dedicar al pluriempleo: trabajaba en el Ministerio de Educación con dos poetas: mi brillante patrón, el piedracielista Carlos Martín ("hemos vivido al borde cotidiano del asombro"), de quien era abogado auxiliar, y el Maestro León de Greiff, entonces director de bachillerato. Además, escribía crónicas y ensayos, editoriales sin firma y daba clases. Hasta una chanfa tuve, como auditor de la Empresa de Teléfonos de Bogotá.

En los ratos de ocio bajaba al café Automático, punto de reunión de la bohemia y la poesía. Por una de esas casualidades que sólo ocurren en las telenovelas, El Automático quedaba en un edificio de la avenida Jiménez con la carrera sexta, precisamente debajo de mi oficina. Como se ve, estaba predestinado. ¡Así, cualquiera!

De tiempo atrás admiraba al Maestro de Greiff y más tarde, cuando estaba en Anif, quise demostrárselo públicamente haciéndole un homenaje. Le editamos un bello cuaderno, con Ernesto Samper y Julio Andrés Camacho, quienes acababan de terminar derecho en la Javeriana. Sí, lo admiraba mucho. Pero, en una travesura de juventud, había publicado en Medellín un ensayo, denso apenas en apariencia, que se titulaba algo así como De los catálogos de Marroquín a la poesía greiffiana, sólo por llevarle la contraria a mi compañero de trabajo y admirador ferviente del poeta, José Mejía y Mejía, con quien habría de compartir años después las aventuras dialécticas y políticas del escuadrón suicida en el gobierno del General Rojas Pinilla. Me burlaba, en el ensayo, de los versos de De Greiff, comparándolos con aquellos de Marroquín, en los que trataron de enseñarnos ortografía:

Con Z se escriben azada, vergüenza,
cazar, despanzurra, bizcocho, azafrán,
azufre, bizarro, calzones y trenza,
coraza, lechuza, durazno, azacán.
Con V van aluvión, mover, aleve,
desvencijar, agravio y atavío.

Cuando vi al Maestro, en los pasillos del ministerio, abrigué la secreta esperanza de que no fuera mi lector. Pero sí lo era y, además, me lo recordó: "¿Usted es el jovencito que escribió un ensayo burlón sobre mis poemas?" "Sí, Maestro", le respondí, con más vergüenza que temor, "pero no lo vuelvo a hacer". Desde ese momento, hasta su muerte, fuimos íntimos amigos. Acudo de nuevo a los versos de Álvaro Mutis para recordarlo mejor:

Ha vuelto en mi sueño
tu estampa de vikingo destronado,
tu barba flava y entrecana,
tu andar de lansquenete.

La capital la seguía sintiendo fría, pero menos hostil, a pesar del aspecto de ciudad en guerra que le daba la Calle Real, todavía en ruinas. Estuve un año, por allá en 1949, viviendo de nuevo en Medellín, reconstruyendo el vespertino La Defensa, que había sido quemado el 9 de abril. Coincidí allí con un liberal, aunque de origen sonsoneño, recién llegado de Londres, que tenía la injusta fama de ser petulante e inaguantable, llamado Antonio Panesso Robledo. Sectario como yo también lo era, escribía artículos espantosos contra rojos y godos, en mi periódico: espantosos y eruditos. Después, a mi regreso, nos tocó soportarnos mutuamente nuestras recíprocas suficiencias en el exilio bogotano.

5. AJEDREZ Y PERIODISMO
Como parte del pluriempleo ejercía también el periodismo, primero en la revista Semana (que habían adquirido Hernán Echavarría Olózaga y Mauricio Obregón) con Hernando Téllez, Eddy Torres y Consuelo de Montejo: Téllez era una cátedra permanente, erudita, deliciosa; él me introdujo en la literatura francesa contemporánea, sobre todo en Camus, cuyo El extranjero me prestó y nunca le devolví. La elaboración de Semana la hacíamos, en su fase final, en la Litografía Colombia, lejísimos, en Puente Aranda, un tablero de ajedrez sobre las planchas de armada, para mover , entre nota y nota y siempre, la discusión filosófica y literaria; en las noches íbamos a ver jugar a los maestros Luis Augusto Sánchez y Cuéllar Gacharná, en El Palacio del Ajedrez, en la séptima. También, a cuanto concierto había. Y luego, a dormir en casa de Eddy y sus padres, los otrora líderes comunistas María Cano e Ignacio Torres Giraldo, en La Candelaria. Era el comienzo de los años cincuenta, en que con el humanista Julio César García y un grupo de profesores, fundamos la Universidad Gran Colombia e impulsamos la enseñanza nocturna.

Parte de mis buenos amigos se vinieron también para Bogotá, entre ellos Otto Morales Benítez, quien me daba posada en el suplemento literario Generación, de El Colombiano, y el editor Miguel Arbeláez Sarmiento Sarmiento, mi guía, mi maestro; otros, como Alberto Acosta y Raúl Echavarría Barrientos, se fueron a trabajar en periódicos de Cali: desde Semana les enviaba editoriales sin firma. Entré a El Siglo, donde participé en otro suplemento recordable, en el que introdujimos a Colombia nombres como Lukács, Bertolt Brecht, Teilhard de Chardin, Cavafis; y se logró el milagro de que algunos marxistas, amigos, colaboraran en El Siglo, considerado antes la cueva de la reacción y en el cual, desde un tiempo atrás, yo escribía diariamente editoriales sin firma, que enviaba en sobre cerrado al desde mucho antes brillante periodista Álvaro Gómez Hurtado, de quien me hice amigo. Igualmente trabé amistad con un redactor que escribía divertidas crónicas de policía, pereirano él, con quien tenía múltiples "afinidades electivas" goethianas: los tangos, la dialéctica, las lecturas, las traducciones y, algunas veces, el tema político. Nos encontramos, desde entonces, en sintonía en muchas cosas; y esas conversaciones con Bernardo Ramírez no han terminado, porque no se nos ha acabado el tema.

En los talleres, mientras hacíamos físicamente el periódico, en medio del ruido de los linotipos y del calor infernal del metal fundido, perfeccionaba mis conocimientos técnicos de armada, todo en caliente. Y, a la salida, profundizaba en la psicología de los personajes políticos y literarios en el café El Automático.

La ciudad se hacía cada vez menos hosca, menos fría y menos lluviosa: había nuevos amigos bogotanos, a más de la paisamenta.

6. EL ESPEJO RETROVISOR
Mirándolos hoy en el espejo retrovisor, cada movimiento mío fue de búsqueda: en Amagá era un montañero descalzo, con todo el peso peyorativo y humillante que esa palabra encierra en el ámbito municipal. En Medellín ascendí a pueblerino con zapatos, y en Bogotá fui un provinciano paisa de gabardina, pero diluído, mezclado, mimetizado con todos esos otros provincianos que forman la población de la capital, donde es fama que resulta difícil toparse con un bogotano raizal.

Por Antioquia había sido parlamentario, apenas con algo más de 25 años; por Cundinamarca volví a serlo, antes de cumplir los 30, cuando los conservadores de Antioquia me borraron de sus listas por no haber cumplido alguna orden suya en cualquier votación en el Congreso anterior. ¡Congresista por Cundinamarca y concejal de Bogotá: la capital me empezaba a tratar bien!

Lo más extraño de los recuerdos que he juntado al desgaire, es que, aunque no lo parezca, nunca he dejado de tenerle inmenso cariño a esta ciudad a la que al principio llamé hosca; nunca he dejado de querer a la ciudad que consideré fea (y que no lo es); nunca me di cuenta de cuándo dejó de llover, ni cuándo los hombres guardaron, en medio de bolas de naftalina, sus pesados abrigos negros; cuándo desaparecieron los sombreros, incluyendo aquel mío que parecía de picador, comprado en Londres, en Harrods, con gran orgullo, que cayó por el suelo (el orgullo, no el sombrero) cuando Alfonso López Michelsen, elegante experto en elegancia británica, me dijo brutalmente que ese almacén era el equivalente londinense del Tía de las Cruces, agregando enseguida distraídamente, a manera de remate: "Según papá, los buenos sastres no quedan en Saville Row ". No me dijo en dónde quedaban y yo, siempre provinciano, nunca me atreví a preguntárselo. Y hasta ahora continúo en la ignorancia.

Tampoco me di cuenta del momento en que la carrera séptima se mudó para la 15, en el norte, arrancando precisamente de donde antes terminaba mi vieja ciudad; ni cuándo Bogotá cambió de clima, y las muchachas empezaron, con desparpajo y elegancia, a vestirse con ropas de tierra caliente, ligeras, multicolores y alegres.

Como en el poema de Cavafis, siempre llevaré esta ciudad puesta, como un traje. A medida que Bogotá envejecía, sus habitantes se fueron volviendo jóvenes. ¡Ojalá pudiera decir "nos fuimos volviendo!".

 

 

EL DESTINO DE UNA GENERACIÓN
Lectura en los 50 años del Suplemento Literario Generación: Medellín, El Colombiano, jueves 8 de junio de 1989.

Toda memoria ofrece opciones innumerables al recolector arbitrario del recuerdo, por efímero y banal que éste sea, antes de transmutarlo en instancia intemporal. El recuerdo es siempre una suscitación, gozne de infinito bañado de fugacidad según Heráclito.

Aquella tarde de mayo de 1966 se oía y se veía hervir de pueblo la plaza en mitad del barrio bravo del tango, como un incendio en el centro de la selva. Tan densa la alegría que el grito incesante se cambiaba en rumor de silencio, cortado apenas por los cohetes que rasgaban a intervalos el aire. Era una tarde de fiesta y reflexión gobernada por la elocuencia de la palabra. Se asistía a un rito cuya liturgia la oficiaban antioqueños de todos los colores, la mayoría de un rojo de ebriedad y algarabía en orden. Una vez y otra vez las banderas tremolaban al crepúsculo también multicolor. El rumor se apagaba frente a la voz del candidato del Frente Nacional, Carlos Lleras Restrepo. Todos escuchábamos con atención, en especial los miembros del Comité Bipartidista, escuchábamos con entusiasmo desde el segundo piso de la Estación barroca del Ferrocarril, todos menos uno que, a ejemplo de aquel que "murió haciendo señas y nadie le entendió", según la canción, movía las manos como aspas, tratando de decir algo sin que se le comprendiera. De repente, alguien que miraba con sonriente insistencia por hacerse notar, arremetió con los brazos abiertos y esgrimiendo la terrible pregunta que a todo político intimida: "Doctor, a que no se acuerda de mí". Una ráfaga de recuerdos iluminó la memoria y contesté, acertando: "A que sí", mientras me transportaba al bar en el que él, su propietario, con un telón desgarrado de tangos y milongas, seguía en éxtasis nuestras conversaciones sobre el existencialismo agonista de Unamuno y Kierkegaard, y nuestras disquisiciones elementales sobre el monólogo interior en el "Ulysses" de Joyce y en "Señorita Elsa" de Schnitzler. Me vi, veinticinco años atrás, sentado ante una mesa de peltre blanco desportillado, conversando con Otto Morales Benítez —el mismo que ahora hacía los gestos—, Miguel Arbeláez Sarmiento, y media docena de contertulios incipientes y obstinados.

LAS TERTULIAS
El suplemento Generación de El Colombiano había contribuído, con otros sediciosos, a convertir el Medellín fabril en una academia múltiple en donde la plástica, la filosofía y la literatura habían invadido las tertulias. El status era señalado por la categoría del pensamiento antes que por la dimensión de la riqueza. El asombro platónico, del cual emana toda filosofía, y la instancia de la inteligencia, ocupaban algunos de los espacios más altos con el tropel de creadores, profesores y críticos.

Nos sentíamos iluminados. No parábamos de estudiar, investigar, escribir ensayos, cuentos, poemas, dramas; otros no cesaban de dibujar, pintar, esculpir. Ninguno descansaba de leer, investigar, controvertir, discutir. El malogrado filósofo chileno Clarence Finlayson llegó transido de fenomenología, de Bergson, Husserl y Heidegger vertidos a la Escolástica. Como estábamos de moda, explicábamos a Kant en los salones, las cátedras de metafísica, de literatura universal, española, colombiana, que dictábamos en colegios y universidades. De algo servía que también controláramos las secciones culturales de los periódicos. Desde luego creíamos los unos en los otros. Sin duda éramos menos cultos de lo que nos pensábamos, pero nuestra curiosidad resultaba insaciable: en cuarto año de derecho, recién casados, Rosa Helena, mi mujer, y yo, recibimos clase diaria de música con el Maestro José María (don Pepe) Bravo Márquez. Con Eddy Torres dimos en aprender alemán porque creíamos innoble leer a Rilke y Kafka en traducciones. Y empezamos estudios de arquitectura por aproximarnos más a la estética, mientras nutríamos nuestras penurias con raíces griegas y latinas; y con los profesores nos sumergíamos en los autores franceses e ingleses. En su célebre cuadro "La Escuela de Atenas", el propio Rafael Sanzio se pintó entre los sabios griegos: así nuestra codicia de cultura que quería colgar nuestros retratos en todas las paredes.

¿Qué tenían en común aquellos ávidos jóvenes de veinte años, o menos, que oían tangos, tomaban aguardiente sin límite antes de que sus límites se les cayeran, como en un poema de Vicente Aleixandre que entonces descubrimos; y que escribían en Generación de El Colombiano? El respeto a la inteligencia, la solidaridad por encima de la política, el ansia de aprender, la gana (que después veríamos convertida en la teoría de la gana suramericana del Conde de Keyserling), la tolerancia al margen de todo maniqueísmo, la curiosidad intelectual, la memoria del Libertador Bolívar y su idea de América, el celo y desvelo por lo nacional, sin superchería maniquea y sólo por su proyección universal.

COMO EN LA NOCHE DE UN INCENDIO
Hay que hacer un alto para decir que El Colombiano era, antes de que se usara, y sigue siendo, el periódico tolerante del conservatismo de Antioquia. Y, también antes de que se usara, había abierto de par en par las puertas a todos los jóvenes y, entre ellos, a los liberales, como el joven guía caldense Morales Benítez, que era, con Arbeláez, el animador de Generación, en donde participaban todos los poetas, escritores y artistas que en Antioquia han sido, con las excepciones de Leo le Gris, que había emprendido su "viaje byroniano por las vegas del Zipa" y de Ciro Mendía, con su "nariz judía de Mexía", que aparentaba tener exclusividad con El Espectador de Bogotá.

Es justo reconocer que el liberalismo de Otto en modo alguno se veía atemperado por ser bolivariano. Al contrario, era tan afirmativo que cuando nos decían que la nuestra era una Universidad de godos, nos defendíamos replicando: "¿De godos? ¿Y Otto?" Y él consideraba esto como su seguro pues era "el liberal para mostrar", en la Bolivariana. Por cierto que mantenía el monopolio de Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, cuyos libros era el único que los poseía. Y no los prestaba a nadie. Pero era caudalosa y generosa su pedagogía. Por esos tiempos llegó Neruda. "Como en la noche de un incendio, todos se levantaron", decía. Sí, todos rodeamos al de los Veinte poemas de amor, El Hondero entusiasta y Residencia en la Tierra.

SOLEDAD DE TORERO...
Todo había empezado en la vieja casa de la calle Maracaibo. La cual fue la supra-universidad en la que día a día hacíamos estudios superiores de filosofía, economía, política y estética. Los profesores lo eran los estantes silenciosos de las bibliotecas universitarias. Los monitores, los maestros de la Universidad de Antioquia de entonces, y los de la Bolivariana, a los cuales recurríamos solícitos en procura de alimentos intelectuales.

La vida universitaria se dividía netamente en dos: la Bolivariana (UPB) y la de Antioquia (UdeA) y casi que la ciudad misma se partía en la carrera Junín: hacia el occidente era territorio bolivariano, hacia el oriente de la UdeA, en especial en cuanto a las colegialas se refería. En esta división categórica sólo había una ínsula: el Gimnasio Cayzedo, filial de la Bolivariana, y cuyas hermosas muchachas los bolivarianos considerábamos ¡oh ilusos! extraterritorialmente nuestras, a pesar de que estaban en predio enemigo de la UdeA, donde les cantaba antes que nosotros lo hiciéramos, el líder de todos, de piel aceitunada, como dijera García Lorca de Salvador Dalí: prematuramente ausente, poeta por bautizo y dirigente nato, con enorme vozarrón e imponente figura que acentuaba un sombrero de anchas alas, todos los universitarios amábamos a Blanca, la novia de Édgar Poe Restrepo; ella, sobrina de Barba Jacob y estudiante de odontología; él, hijo del poeta Abel Farina y estudiante de derecho, de quien era este poema:

Soledad de torero luchando con la muerte,
pantufla roja, chaqueta roja, sangre roja.
¡Ah, soledad, mi compañera!
Murió de muerte precoz, de soledad: lo mataron a los 20 años.
GENEROSIDAD Y TOLERANCIA
Otto y Arbeláez pertenecían al elenco doméstico de la redacción de El Colombiano, como José Mejía y Mejía (Jota), Juan Roca Lemus (Rubayata), el cuentista Tulio González y Jaime Sanín Echeverri, quien llegó del diario católico El Pueblo. Alberto Acosta era el Maestro de la armada. Y tantos más. Miguel dirigía, escribía, diagramaba y se entendía con Alberto Durán Laserna en Bogotá; Otto dirigía, orientaba y distribuía temas. Yo era el más entrometido aprendiz, apenas colaborador de la sección Ecos y comentarios, a la cual aportaba sin el menor ruido dos ecos diarios sin firma, cedidos sigilosamente por Otto y Miguel para proveer a mi congrua subsistencia y escritos cada uno en el estilo del respectivo titular para mantener el incógnito: después supimos que nunca existió tal misterio para la perspicacia de don Julio Hernández, el gerente que disponía los pagos.

Alrededor del suplemento se reunió buena parte de la cultura de entonces en Antioquia. Y nunca los dueños y directores de El Colombiano —el sapiente y parsimonioso Fernando Gómez Martínez, que era además nuestro profesor de derecho constitucional; el coloquial don Julio; el cordial Juan Zuleta Ferrer—, nunca se molestaron en sugerirnos lo que teníamos que decir, ni cuáles temas estaban vedados, porque no los había. ¡Qué caudal de tolerancia y generosidad! El propósito de Generación era orientar a los lectores, abrirles ventanas a los jóvenes para que respiraran el aire de las nuevas corrientes de la época. Otto y Miguel, lectores infatigables, montaron una escuela fluvial en el café de la esquina, "El Negus", en donde nos hablaban pedagógicamente de la generación del 98 y de la del 27 en España, del Centenario, los Nuevos y Piedra y Cielo en Colombia. Eddy Torres, hijo de María Cano, la flor del trabajo, y de Ignacio Torres Giraldo, en cuya casa viví años después en el barrio La Candelaria en Bogotá, había nacido entre libros y luchas obreras pero era reluctante al comunismo. Por su nombre parecía más bien predestinado, pues se inició haciendo unas preciosas ediciones —"Caballito de mar"— en miniatura, firmadas orgullosamente Eddy Torres, Editor, 32 ejemplares numerados y con destinatario impreso. Como algunos trabajábamos en las bibliotecas y en las revistas, recibíamos aludes de canjes, por ejemplo "Sur" de Victoria Ocampo en Buenos Aires y "Cruz y Raya" de Bergamín en Madrid. Así vivíamos al día sobre lo que estaba pasando en el mundo, sobre lo cual escribíamos recensiones y excertas, pour épater les bourgeois.

LA ROSA EN EL AIRE
A veces se acercaba a la redacción un tímido poeta, con sus versos enamorados para Inés, su único amor: ("Digo Inés y mi boca se convierte en azúcar"). Carlos Castro Saavedra era tan sensible que lloró por un yerro menor de conjugación cuando en "Mi llanto y Manolete" escribió andara, por anduviera. Estaba destinado a ser la voz mayor del grupo. Y llegaba el dulce Hernando Rivera Jaramillo, autor de "La luna y un zapato": "De noche andan los aromas / con delgados, callados pies". "¿Quién dejó esa herida allí/ abandonada en el aire?/ ¿Dónde está el héroe dormido/ sin su medalla de sangre?". Y tantos más brillantes, que no nombro, por vivir aún, en plena creación. Ojalá por muchos años más.
 
EL RAPTO DE EVA
En el barrio de Guayaquil, cuyo centro magnético era la sexuada plaza de Cisneros, por lados de la iglesia de San Antonio tenía su residencia-taller el maestro Arenas Betancur. A comienzos de los años cuarenta habíamos participado en una travesura contada por Manuel Mejía Vallejo en Aire de tango: ayudados por el escultor, rescatamos de la Exposición Industrial una Eva de yeso, desde luego desnuda, por cuyo cuerpo discurría con silenciosa voluptuosidad una grácil serpiente. ¡Nadie sabe lo que pesa una escultura, hasta alzarla! La curia la había vetado. En reparación a la estética, la llevamos adonde Arenas para contemplarla y leerle en voz alta a Hölderlin y los poetas malditos, Rimbaud, Verlaine y Baudelaire, con los efluvios de uno que otro aguardiente. Así pasamos de las páginas culturales a las páginas amarillas de los periódicos, incluído en la recuperación estética el resto del Grupo de los Seis, que mantenía la radio-revista "Greda" en la emisora de la Universidad de Antioquia, lo que resultaba escandaloso por ser algunos de sus directores, bolivarianos.

Con frecuencia íbamos a un teatro que administraban algunos religiosos en el barrio San Benito, cerca a la carrilera del tren, donde teníamos unas novias liberales, que no liberadas. Allí, mientras aprendíamos cine, conocimos una novedosa forma de edición que bautizamos censura de escoba: cada vez que una pareja se iba a besar, un solícito religioso tapaba la escena con una escoba, que iba bajando con parsimonia hasta el final del beso; con lo cual los ósculos se veían por módicos instalamentos, más cortos pero más excitantes. A la salida, tangos en el bar El yo-yo. Y más vales firmados, que nunca pagaríamos:

¡Te acordás hermano, qué tiempos aquellos!
¡veinticinco abriles que no volverán!
 
DE TE FABULA NARRATUR
Empecé a colaborar en Generación antes de terminar bachillerato. Fue un gran acontecimiento para mí: mucho adjetivo, lirismo en demasía, una columna crítica a varias manos firmada por PRAB porque su importe mensual iba a Rodrigo Arenas Betancur en México. Entretanto dormía en el museo de historia natural, en la preparatoria de la Bolivariana, en seguida de El Colombiano, en la calle Maracaibo, cerca del Hotel Nutibara, con el fantasma ilustrado del padre José Celestino Mutis, de quien aprendí que su apellido ancestral era Muti y que de un hermano suyo descienden todos los Mutis de origen santandereano, incluyendo a Álvaro Maqroll Mutis, conocido como El Gaviero. De más está decir, que del fraternizar con herbarios y esqueletos, y de las pláticas con el Hermano Daniel en el vecino Colegio de San José, me convertí en el mejor estudiante de botánica y zoología. Así, cualquiera.

El olor a plantas disecadas de seguro me reverdeció el gusto por las matas, por los olores vegetales de mi niñez. Y no debe ser casual que estas líneas las esté escribiendo en un estudio presidido por un hermoso libro iluminado a mano, llamado Mutisiana Mínima; que desde mi ventana se vea una ciudad que parece poblada por vegetación nativa. Y que me haya proyectado en el ingeniero agrónomo y exportador de frutas exóticas, que es mi hijo Diego.

Entre todos me ponderaron como el sabelotodo del periodismo y fui nombrado jefe de redacción de La Defensa, órgano del Directorio Conservador: otro periódico bajo el control cultural del grupo. En forma acelerada Miguel Arbeláez y Alberto Acosta me enseñaron los misterios de redacción, titulación e impresión en caliente. Desde entonces soñaba con tener editorial y librería, sueño que realicé hace treinta años en Bogotá, con "Tercer Mundo". Y que siento cumplido ahora a plenitud al ver a mis hijas en la editorial "El Navegante".

UN SOLO SECTARISMO, COLOMBIA
Un fuego interior nos impulsaba. Éramos retortas hirviendo, atizadas desde Generación, con el equilibrio del rigor impuesto por nuestra irreverencia. Por ejemplo, a menudo recibía invitaciones a toda suerte de espectáculos. Una vez llegó a la ciudad la recitadora Berta Singerman, precedida de fama internacional. El poeta chileno Vicente Huidobro —quien fundara el creacionismo o ultraísmo con Borges, el francés Reverdy y el español Gerardo Diego— se había inspirado en la forma como ella accionaba, y escribió: "¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos?". No podía perderme aquel recital. Mi entrada era de luneta, abajo, en la platea del hermoso teatro Bolívar, en la calle Ayacucho. No hay felicidad completa: mis compañeros de estudio, que estaban en lo más alto de la galería, llamada gallinero, me descubrieron y empezaron a gritar: "¡Belisario! ¿te caíste?". Yo miraba con disimulo a mi alrededor, fingiendo buscar al tan gritado Belisario. ¡Lo que se sufría! También se gozaba. En vísperas de elecciones, los estudiantes de derecha entrábamos en pendencia con los de izquierda, y con la policía. Todos los sábados íbamos a dar "en la bola" a la permanencia. A las ocho de la noche oíamos voces desafiantes que nos reclamaban para aniquilarnos. Eran los liberales del suplemento, que nos rescataban para alguna tertulia literaria. Aquella bohemia ilustrada se recordaría con nostalgia. Había sembrado en todos la tolerancia. Estábamos tarados de consenso. Y curados de sectarismo. Nos quedaría uno: el sectarismo por Colombia, al que nos alentaba un joven camarada subversivo y discursivo: el maestro Fernando González y su sediciosa Revista Antioquia:
 
Yo también tuve veinte años
Y un corazón vagabundo...
 
UN ACTO PREMEDITADO
Generación fue un acto premeditado de generosidad intelectual de una casa, con un grupo de jóvenes que, desde la provincia colombiana, se sincronizaron con los movimientos estéticos contemporáneos. Quisimos participar a los lectores los hallazgos de belleza, lo que estábamos leyendo y gozando, como aquellos maestros humildes que aprenden la víspera lo que van a enseñar al día siguiente.

La filosofía de Generación estaba iluminada por la razón pura y la razón práctica. El imperativo categórico kantiano se proyectaba en aquellos trabajadores del pensamiento, que querían ser cultos sin predios vedados para trasmitir cultura sin territorios prohibidos. Creíamos en el destino de la patria; de mares y ríos y selvas y aves y cafetales góticos. Defendíamos la trascendencia del ser humano y la esencialidad de esa patria gobernada por Dios y por el derecho. Seguíamos el pensamiento del Libertador Bolívar y, por tanto, nuestra patria era América integrada como él la soñara.

En el telón de fondo desfilaban como en la metáfora de Platón, no ya una caverna sino las ideas, con la arrogancia de la alta categoría del pensamiento. Sin sus clámides pero con la parsimonia de su magisterio, Gómez Martínez, el maestro del derecho y el periodismo; Zuleta, el diserto y el elocuente; don Julio, el calor paternal y el aliento familiar. Otto y Miguel completaban el plafond de la cátedra, que carecía del yerto formalismo del magisterio tradicional porque se ejercía con la cadencia y la profundidad de la enseñanza en la universidad medieval. Por lo mismo, el aire vivía poblado del "gaudeamus igitur/ juvenes dum summus".

Una generación más tarde, según la concepción orteguiana, los integrantes de Generación —algunos ya muertos, por los que guardamos el amistoso minuto de silencio que quizá no observamos en vida— le hemos servido a Colombia y a nuestra propia tierra como filósofos, escritores, poetas, profesionales, periodistas, artistas, ministros, presidentes.

Esta es parte de la pequeña, de la entrañable historia. Por haber estado dentro, los árboles impiden ver el bosque. La otra historia, la que empieza a cada instante en busca de una patria en paz, van a escribirla los historiadores que nazcan del laberinto descrito por Gabriel García Márquez.

¡Y que Dios nos siga teniendo de su mano!

 

 

EL OFICIO DE ESCRITOR
Revista de los Colombianistas Norteamericanos, Tercer Mundo, No. 6, Bogotá, 1988.
 
Entre las preocupaciones de mis estudios en mi mocedad, y casi en mi niñez, se me cayeron de entre las manos estas obrecillas, a las cuales me apliqué más por inclinación de mi estrella que por juicio o voluntad...
FRAY LUIS DE LEÓN

Los Colombianistas Norteamericanos, amigos de Colombia y amigos míos, han querido que escriba mis impresiones de escritor. Lo primero que se me ocurre es la obvia pregunta: ¿Soy yo escritor? Desde luego, escribir forma parte de mis distintos quehaceres, ejercidos simultánea o separadamente y en diversas épocas de mi vida, como estudiante, periodista, abogado, político, economista, diplomático, editor, presidente de Colombia. No sé bien si el haber usado la herramienta de la escritura me convierte en escritor. Y que no me lo pregunten, porque espero, por lo menos, que algún desorientado diga: "¡Qué escritor, Belisario Betancur!".

Claro que en la duda sobre si soy o no escritor, caben variaciones. Las actividades que cité antes dependían —o dependen, en mayor o menor grado— de la escritura. En cuanto a si soy o he sido escritor profesional, habría que establecer cuáles son las condiciones cualitativas que la clasificación requiere.

1. THE PARIS REVIEW
Quizá lo más ambicioso que se ha hecho, en los últimos tiempos, en materia de averiguar en qué consiste el oficio de escritor, es lo que realizaron los jóvenes norteamericanos de la Paris Review, en la Francia de los años cincuenta. Por eso la mejor manera de volver sobre el tema del escritor y su destino, del escritor y su lugar, del escritor y su misión, del escritor y su tarea, del escritor y su deber, sea la de evocar el trabajo de aquel grupo parisino, trabajo que, por cierto, no parece haber terminado, a juzgar por la continuidad con que siguen apareciendo sus resultados.

The Paris Review fue fundada por recién egresados de diversas universidades norteamericanas y radicados por entonces en Europa, donde escribían sus primeras novelas o libros de poemas. La creación de la revista obedeció al propósito de dar a conocer, en un órgano propio, la obra de los escritores estadinenses de la nueva generación. La anterior, la que Gertrude Stein llamó "perdida" en un momento de irritación, exhibía ya gloriosas canas y, un año después de la fundación de la revista, sería consagrada por la Academia Sueca con el Premio Nobel, en la persona del más caracterizado de sus miembros: Ernest Hemingway.

La revista se distinguió, desde el principio, de las demás revistas literarias publicadas por escritores norteamericanos en Europa. Aunque se proponía, como las otras, ofrecer a sus lectores textos nuevos y ajenos a todo interés comercial, no juzgaba inconveniente utilizar ciertos recursos comerciales para crearse un público y asegurar su supervivencia. Así fue como concibieron la idea de una serie de reportajes con escritores consagrados, como un recurso publicitario para aumentar la circulación de la revista.

Ésta necesitaba nombres famosos en su portada, pero no disponía de los fondos necesarios para pagar sus colaboraciones. George Plimpton, el director, tuvo de repente una idea feliz: "Conversemos con ellos", propuso, "y publiquemos lo que digan". Como Plimpton estudiaba entonces en el King's College de Cambridge, sugirió que el primer entrevistado fuera el novelista inglés E.M. Forster; el que, probablemente sin proponérselo, impartió a la serie de entrevistas que siguiera a la suya, un alcance y una profundidad que superaban en gran medida lo que los editores de la revista habían imaginado originalmente. Hizo un examen tan minucioso del oficio del novelista, que su reportaje se convirtió en el modelo que habría de seguir toda la serie. Serie que con el nombre de Writers at Work, es decir, precisamente con el nombre del tema que nos ocupa, habría de llegar a ser, desde 1953 hasta hoy, el conjunto más variado y rico de respuestas a las cuestiones implícitas en la frase El Oficio de Escritor, aparentemente tan inocua.

2. LA LITERATURA COMO COMPROMISO
Pero siete años antes de que Plimpton y sus amigos empezaran su aventura, es decir, recién terminada la segunda guerra mundial, pues era el año 1946, Jean Paul Sartre había sacudido el mundo intelectual internacional con sus artículos de Les Temps Modernes sobre la literatura como compromiso. En ellos contestaba a las preguntas: ¿Qué es la literatura? ¿Qué es escribir? ¿Por qué se escribe? ¿Para qué se escribe?; y cuál era la situación del escritor, por lo menos la del escritor francés, en 1946. Con esos artículos volvió a poner sobre el tapete de la discusión intelectual el viejo dilema de si el escritor (como excepción dentro de los demás artistas) tiene, además de sus compromisos personales con la estética, otros de índole social.
 
3. LA TERTULIA DEL CAFÉ "AUTOMÁTICO"
Afirmé al principio que de mí sólo puedo decir que no me considero escritor profesional en el sentido creativo de la palabra. No, como el que está dedicado exclusivamente al oficio y en gran medida vive de él. Tal vez, como en otras actividades, la calificación de profesional debería traer implícita la condición de vivir del oficio. Lo he hecho, en varios trayectos de mi vida: cuando escribía, siendo estudiante, en Medellín, en un modesto diario vespertino llamado La Defensa, en el cual hacía todos los oficios desde linotipista hasta jefe de armada, redactor de las notas de sociedad y autor de los editoriales como director. Y de ese oficio dependía. Recién llegado a Bogotá hace 40 años, mi trabajo como redactor en la revista Semana, entonces dirigida por Hernando Téllez, me permitió solucionar dignamente la congrua subsistencia. Vivía en La Candelaria, en casa del escritor Eddy Torres, y cuando no hablábamos del país y de sus problemas, terminábamos conversando de literatura: de Proust, de los poetas malditos, de los novelistas colombianos; o jugando ajedrez.

Más tarde, en compañía de Bernardo Ramírez (excelente escritor que sólo escribe eventualmente), nos dedicamos a leer y traducir a los —para Colombia— más novedosos escritores de la época: Lukács, Bertolt Brecht, Teilhard de Chardin, Cavafis, entre otros. Hicimos un suplemento literario que era todo un divertimento. (Yo venía muy expedito por haber trabajado con Otto Morales Benítez, Ovidio Rincón y Miguel Arbeláez Sarmiento, en el suplemento Generación de El Colombiano, de Medellín). La gente aún no se explica cómo se publicaba semejante suplemento, en El Siglo, ya que inclusive algunos marxistas colombianos nos ayudaban en la tarea.

Mi refugio preferido en Bogotá era El Automático, donde se reunían todos los escritores que en Colombia han sido. Mi oficina quedaba, casi que por estrategia divina, exactamente encima del Café, centro de la intelectualidad de la época.

4. EVOCACIÓN DE ALBERT CAMUS
Al evocar a Hernando Téllez debo hacer un paréntesis, no sólo como homenaje a ese gran escritor que me guió por muchos meandros secretos, sino también para recordar mi relación, siempre de entendimiento fácil, con él y con los demás escritores. Téllez, Torres y yo dábamos largas caminatas, hablando recurrentemente de libros y, en particular, de la literatura europea, en la que se movía como en casa propia. Era un conversador tan ameno, que las muchas cuadras que había entre Semana (en el viejo centro de Bogotá) y su casa en Chapinero, no se sentían.

Téllez me presentó —literariamente, se entiende— a Albert Camus: me dio en préstamo un ejemplar de El extranjero, que aún debe andar extraviado en mi biblioteca. Más tarde, antes de uno de mis primeros viajes a París, le confesé que mi gran sueño era conocer a Camus, en persona. "Te voy a decir cómo lo puedes realizar", me dijo. "¿Tú lo conoces?", lo interrumpí. "Nunca he hablado con él, pero sí lo conozco lo suficiente como para decirte la manera de encontrarte con él: coges el directorio telefónico de París, que es el doble de gordo del de Bogotá". En ese momento mi entusiasmo empezó a desfallecer, porque sentí que se trataba de una de esas bromas inteligentísimas, y a veces crueles, que se inventaba el Maestro Téllez. "Abres en la C y, cuidadosamente, recordando el alfabeto que es prácticamente igual al español, buscas CAMUS, Albert. Marcas el número que allí aparece y, cuando oigas su voz al otro extremo del hilo, le dices: `Maestro Camus: yo soy Belisario Betancur, un periodista que viene de Colombia; soy su lector y admirador y me gustaría conocerlo' ". Ocho días más tarde, siguiendo esas inverosímiles instrucciones, yo estaba sentado en el Café de Flore, uno de los templos paganos del existencialismo, tomándome un tinto con el inalcanzable Maestro Camus, quien me hacía preguntas sobre Colombia en un español suficiente (su madre era española), y con interés oía mis respuestas, de turista feliz, encantado de estar en Francia, de disfrutar al conocer personalmente a su ídolo y de no haber tenido que esgrimir su balbuciente francés.

5. EL DICCIONARIO
Volviendo a mi inclinación por escritores, artistas, poetas, en fin, a mi proclividad por los creadores, en muchas ocasiones he contado mi relación estrecha con el Maestro León de Greiff de quien, además de amigo, fui editor. De cómo me pidió que lo acompañara, cuando el presidente López Michelsen lo quiso condecorar. Con García Márquez, al contrario de lo que la gente piensa, me une una amistad de escritor, no de político. Al menos es así como él me trata. Las veces que he ido a visitarlo, en su casa de Jardines del Pedregal, en México, me ha organizado reuniones con amigos comunes, escritores y poetas: Mutis, Cardoza y Aragón, Monterroso, García Terrés, Chumacero. Todavía recuerdo con emoción la llegada del gran novelista Juan Rulfo, llevando tímidamente bajo el brazo sus dos obras maestras, en edición de lujo, dedicadas a este aspirante a colega.

Soy amigo también de Mario Vargas Llosa, con quien, si no llego a ser colega como escritor, de pronto nos une el colegaje presidencial; de Hernando Valencia Goelkel, uno de nuestros mejores críticos, cofundador de Mito; del novelista antioqueño Manuel Mejía Vallejo; de Pedro Gómez Valderrama y Jorge Eliécer Ruiz, también escritores míticos. Y considero que Alfonso López Michelsen es mejor escritor que político: algunos llegan a decir que es un literato perdido en la política. Habría que precisar, rescatado de la política. No hago esta incompleta lista por el prurito de dejar caer nombres, como se dice en inglés, sino simplemente para subrayar unas afinidades.

Aprovecho para confesar, impúdicamente, que he sido poeta no tan clandestino, y que de ese amor por la poesía me ha quedado una manía ¿vicio? incorregible: casi todos mis escritos tienen como epígrafe algunos versos, o éstos están incorporados en el cuerpo del texto. Y, la mayoría de las veces, ambas cosas.

Al final yo mismo no supe si soy escritor o no. Acabé presumiendo —de verdad, me siento orgulloso— de ser amigo de los intelectuales. Pero, tardíamente, decido recurrir al diccionario, la herramienta básica de todo escritor. El de la Real Academia, en su parte pertinente, dice:

"Escritor, ra: (Del latín Scriptor -oris). Persona que escribe. Autor de obras escritas o impresas".

Entonces sí, apoyándome cómodamente en la Real Academia, puedo afirmar, sin rubores, que soy escritor.

 


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