Declaración de amor
Del modo de ser del antioqueño
Belisario Betancur Cuartas
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DECLARACIÓN DE AMOR
Del modo de ser del antioqueño
Por: Belisario Betancur Cuartas
 
CAPÍTULO VI 
EL CANCIONERO POPULAR
 
RÉQUIEM POR LA "MÚSICA DE CARRILERA"
En La Prensa, de Bogotá, octubre 7 de 1988.

Ahora cuando en "Quieta Margarita", en la TV nos tienen repasando las canciones de los años 40 a quienes las sentíamos en esa época, me puse a recorrer el dial un día, en busca del repertorio de las emisoras de música popular. Y mientras sonaba tal cual pieza de la que para nosotros los viejos era la "música de carrilera", entre consultorios sentimentales de nombres como "La hora de los adoloridos" llegué a la conclusión fría, objetiva, de que nos cambiaron el programa. Esa música se fue con el tren y sus estaciones, con las recuas de mulas.

Ahora estamos en otro juego. La lírica musical que nos acompañó en niñez y juventud, era romántica, sentimental, melosa; invitaba a soñar, trataba la desilusión en tono menor; y por ejemplo, quien pensaba en suicidarse, como en "Vencido", pasaba primero por la iglesia, ahí la Virgen le sonreía, él se acordaba de la mamá, y todo arreglado. Hubo gran conmoción cuando se oyeron por primera vez "Mi última carta" y "El Suicida", ésta sobre todo, porque ahí se escuchaba finalmente el balazo fatal. Poco a poco se fueron complicando los temas; las mujeres engañadas contaban sus penas y recriminaban al infame (recuérdese "Mal hombre") o hacían gala de su inmoralidad ("era de negro como ella se vestía, resaltando así su perdición"). Cuando había muerto o muertos, casi siempre era con arma de fuego. De ahí la sorpresa cuando en un corrido mejicano, género que establecía tendencias para los creadores colombianos, Lucio Vásquez en vez de ser sacrificado a tiros fue apuñalado y le echaron tierra en la boca. Ya estábamos en otros tiempos.

Se me ocurre esta evocación, preciso, a propósito del repertorio de ahora. Hace años leía un libro sobre Enrique Santos Discépolo y su época. Resultó apasionante, porque el autor recapituló la historia social y económica de Argentina entre 1930 y los primeros años 50, a través de la letra de las canciones de Discepolín, "Qué vachaché", "Cambalache", no fueron de inspiración gratuita. Eran retratos que hacía el compositor de lo que estaba viviendo la sociedad de su país, con referencia al desempleo, la inflación, la corrupción del ambiente, en fin todo lo que expresa una comunidad en ebullición. Tenía tanta credibilidad popular el gran maestro, que Perón y Evita le montaron un programa en la radiodifusora de más sintonía, para que convenciera a los inconformes y escépticos. Muchos siguieron queriéndolo pero no le creían.

Siguiendo con el tema, también hace unos años, en un cursillo de historia colombiana, se anotó cómo nuestros nuevos anales deberían escribirse investigando no sólo en las Notarías o en los libros de las grandes haciendas, sino en los juzgados penales, que es adonde normalmente concurren los pobres, según la estructura de nuestra sociedad. Y aquí vuelvo al principio: el cancionero popular es una mina para mirar por lo menos parte de lo que está pasando. Se trata de temas que solicitan los oyentes en "la hora de las complacencias". Y escucha uno, cantada airadamente por una mujer, "Eres una basura". Lydia Mendoza en "Mal hombre" daba pesar; pero ésta de ahora, da susto. Hay otra, llamada "Mi hija es mi hermana", que sí hace pensar en serio en el problema de los hacinamientos humanos. Antes la inconformidad política o social se escuchaba en "Dios te salve, mijo", de Magaldi, o "Jornalero", de Pepe Aguirre. Ahora las letras y sus contenidos muestran otra cosa. Y conste que no hablo de la clasificada como "Música de Protesta".

Pero lo más impresionante, y siempre iniciado por los compositores mejicanos que van al grano desde toda la vida, es una grabación de corridos interpretados por "Los Tigres del Norte", en los cuales se glorifica a los traficantes de droga, los contrabandistas, y se cuenta qué les pasa a quienes juegan sucio sentimental o "comercialmente". Parece que una de las canciones, cuyo nombre es algo así como "La banda del carro rojo", y que cuenta una balacera entre traficantes mejicanos y la policía estadinense, se está convirtiendo en hit en una de las emisoras aludidas.

Algo ocurre, y lo grave es que no desconocemos totalmente de qué se trata. Conectémoslo con el libro de Mario Arango, El impacto del narcotráfico en Antioquia, y algunas cifras más o menos confiables que él ofrece para que veamos que el asunto da para grandes estudios y para grandes preocupaciones. Alguna vez dije que ni el Estado colombiano ni la guerrilla tenían audiencia nacional, que operan en el vacío, frente a un poder y un ambiente muchísimo más fuertes que ellos. Oigamos música popular y de seguro encontramos explicaciones más válidas, o más ilustrativas, sobre lo que están viviendo Colombia y países en situación similar a la suya. Tal vez así ceda un poco el "nomeimpornadismo" que se dice fue causa definitiva del predominio de los nazis y los fascistas en Alemania e Italia, y que aquí florece silvestre. En todo caso, la "música de carrilera" es otra especie en vía de extinción. Añorémosla al son de "Desde que te marchaste" y con un aguardiente bien grande.

 

OJOS Y ALMA SE ME LLENAN...

... muerto el hombre, la perdurable voz sigue cantando y conmoviendo...

  BORGES

Un amigo chileno preguntó por curiosidad: "żY a ti desde cuándo te gustan los tangos?" Le respondí: "Desde siempre; el gusto parece ser hereditario, tanto en Antioquia, mi región en Colombia, como en otra colonizada por nuestros antepasados, que se llama el Antiguo Caldas".

Primero contesté y después pensé; y, de verdad, parecía herencia. Mi niñez y mi juventud tienen, como música de fondo, tangos malevos inolvidables como "Mal hombre", "El tísico", "Callate corazón", "Cambalache". El tango me acompaña desde que tengo memoria. En mi pueblo, que hace medio siglo se comunicaba por ferrocarril, sus gemidos ("el tango es un pensamiento triste que se baila", decía Enrique Santos Discépolo) se oían en las fondas en las que se juntaban los campesinos y los maquinistas, freneros, cadeneros y personal de mantenimiento, bajo el mismo común denominador de la nostalgia.

Más tarde, cuando llegué a Medellín, el tango me persiguió (żo lo perseguí a él) con más ahínco. A los antioqueños nos disgusta que cuando en Argentina se habla de la capital de nuestro departamento, Medellín, se le conozca solamente porque allí murió Gardel: decimos que Gardel fue a morir a Medellín, porque lo queríamos —lo queremos mucho— e iba a que permanentemente lo oyéramos cantar. Y allí se quedó para siempre. Hay una estatua en su honor, muchas placas recordatorias, muchos corazones adoloridos: uno de nuestros mejores novelistas, Manuel Mejía Vallejo, escribió Aire de tango, de la que prácticamente Gardel es protagonista por su constante presencia en el ambiente estudiantil de entonces: algunos gardelianos somos protagonistas en cuanto tales y no por nuestras capacidades vocales. (Yo mismo figuro con mi nombre en la novela). En la televisión colombiana concluyó 1988 y comenzó 1989 con un dramatizado (dirigido por el argentino David Stível), que no sólo capta en forma magistral nuestro modo de ser regional, sino que está introduciendo en Colombia un nuevo género: el musical, en el que los personajes, además de idolatrar al zorzal criollo, cantan sus canciones, cada vez que viene al caso, y a veces sin venir. Y dicen, como Borges, que Gardel cada día canta mejor.

* * *

Nos ufanamos lo colombianos (sobre todo los antioqueños) de que nos gusta más el tango que a los argentinos. Esto puede ser exagerado pero, por alguna razón que aún no es muy clara, tangos y milongas insensiblemente se quedaron a vivir entre nosotros "felices e indocumentados", como diría el Nobel García Márquez.

En un inolvidable viaje presidencial a Buenos Aires —una de mis ciudades preferidas— después de varias recepciones oficiales y, casi de manera furtiva, con unos amigos nos dirigimos, mi esposa y yo, a El Viejo Almacén: para sorpresa nuestra ahí estaban ya sentados Oswaldo Hurtado, entonces presidente del Ecuador, y el General Humberto Mejía Víctores, presidente de Guatemala. Fue una noche inenarrable: vivía Edmundo Rivero, el legendario Caballo,y su hijo era el administrador del establecimiento. A la colombiana Fanny Mickey le dio por recitar, con su antiguo acento porteño. En nuestra mesa alternaban los expresidentes de Colombia, Pastrana y López Michelsen, y el expresidente venezolano Carlos Andrés Pérez; también Bartolomé Mitre, el director de La Nación,y su linda y erudita esposa Blanca Isabel. Les recordaba entonces que en la posesión del presidente uruguayo Sanguinetti, en algún momento pregunté por aquel hermoso tango argentino "La Cumparsita". Sanguinetti interrumpió: "żArgentino? Uruguayo de la más honda entraña", dijo. "Sí, cortó el presidente Alfonsín: nos la mandaron de Montevideo como una marchita; nosotros le pusimos nuestro ritmo de tango y la lanzamos al mundo".

Siendo presidente, tuve otra vez que ver con el tango: una noche, a eso de las 1:15, el conocido hombre de radio Antonio Ibáñez, que tenía un programa para noctámbulos por Caracol, quiso hablar de los tangos de Julio Cortázar, con Plinio Apuleyo Mendoza, y lo llamó a París, donde era agregado cultural de la embajada de Colombia. Apuleyo, con desconocimiento enciclopédico de esa materia, insistió en que Cortázar, su amigo, ante cuyo féretro había hablado semanas antes, nunca había escrito tangos. Ibáñez, a manera de respuesta, fue haciéndole oír tango tras tango media docena de melancólicas melodías; y le prometió enviarle un casete de tangos de Cortázar. Inmediatamente tomé el teléfono y dije: "Antonio: habla el presidente Betancur. Por favor, al hacer los casetes, disponga dos, y me envía uno". Y todavía lo conservo.

Otra vez tuve un problema literario y lo consulté con un escritor amigo: "Le estoy poniendo un telegrama al presidente Alfonsín, porque Gardel acaba de cumplir cincuenta años de muerto. Pero no me sale: en todo lo que escribo `se me pianta un lagrimón' ". Mi amigo, que sabe más de esas cosas, me respondió: "Telegrama sobre Gardel, debe ser con lagrimón".

* * *

Va para un siglo ya la existencia del tango: Borges sitúa su nacimiento en 1880. Pero la quidditaso esencia del tango está más lejos, puesto que es la porteñidad, el modo de ser del habitante del suburbio bonaerense en el cual alternaban el prostíbulo de la calle Yerbal en Montevideo o de Junín y Lavalle en Buenos Aires, actitudes de suyo cambiantes y por lo mismo cambiante también el tango. "No se concibe un tango detenido en el violín del negro Casimiro o en el piano de Mendizábal", escribe José Gobello. Y si no que lo diga la "Balada para un loco" de Ferrer y Piazzolla. Y que lo diga aún la manera aristocrática de bailar el tango —tranco largo y agarrar fuerte la compañera según el propio Gobello— como lo hacía Vicente Madero, en quien Victoria Ocampo vio al más perfecto bailarín de tango de todos los tiempos.

Aquel quidditas,lo que según Sábato fuera llamado por la escolástica lo que era antes de ser, la metafísica del tango aparecieron aunque ya existían, en el momento en que entró en escena el bandoneón en la Boca, a hacerles compañía al piano, el violín y la flauta. El compadre y el compadrito tenían orquesta típica. Empezaban la plenitud y la perennidad del tango.

 


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