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CAPÍTULO I
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LA TIERRA QUE ERA MÍA
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DIMENSIÓN DE LA
PATRIA
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Capítulo del libro Colombia cara a cara,
Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1963.
La doble perspectiva de la existencia y
de la historia, enseña a ver con ojos distintos y diferente medida a la patria.
Al principio se identifica con el hogar,
cuyo resplandor ilumina el primer trayecto de la vida: se iguala al amor de los padres, al
afecto del hermano, a la sombra para el paso vacilante de la infancia y de la vejez, y al
rumor de las cosas elementales que nos rodean. Es la noción familiar de la patria,
figuras domésticas cuyo color nos llega por el cauce de la sangre y que nunca más
abandonarán al ser humano, cuna y sepulcro bajo el mismo alero a través de las
contiendas de la existencia.
Más tarde se amplía la visión hasta el
lindero aldeano, no más allá de la frontera municipal que arriba hasta la línea de la
cordillera o hasta el hilo del río. La gente parroquial y sólo ella es entonces nuestra nación,
ni siquiera el plebiscito de cada día que fuera para el filósofo francés. Pensamientos
y acciones, si salen de casa sólo caminan hasta la iglesia y la escuela y la ventana, a
lo más a la vera de la carretera por donde viajan ilusiones fugaces. La cara silenciosa y
tímida del poblado, a veces el rostro más ancho y estrepitoso de la ciudad, son nuestra
imagen de la patria, el límite de su amor.
Pero el espíritu se siente prisionero,
mira más allá de la plaza, quiere echar a campo traviesa en busca de mayores horizontes;
y al conquistar la primera altura que le recorta el paisaje, sigue hacia otras para romper
nuevos límites, y encuentra a cada paso gentes que van entrando a su vida, senderos
insospechados, ciudades alucinantes: siente que la patria se va ensanchando, que la
alegría familiar y municipal crecen en la dimensión en que el territorio se dilata ante
sus ojos atónitos y que empiezan a ser suyas la tristeza y la miseria de cuantos va
conociendo. Ha descubierto una nueva medida de la patria.
Más tarde encuentra, dispuestos los
brazos y presurosos los pies, la dimensión de su comarca, arroyos que lo devuelven al
hogar, nombres de ciudades que ha de amar. Y después la ilímite frontera del mar, la
estatura de los ríos nacionales, de las selvas misteriosas, de llanuras que no caben en
los ojos, vacías o repletas de gentes que le son ya conocidas porque le hablan la misma
habla, creen las mismas creencias, se acostumbran a las mismas costumbres, se proponen
iguales propósitos y quieren hacer el mismo quehacer.
Rasgado el cielo por la ráfaga del
avión y el turpial, el espíritu los sigue en su afán de búsqueda insaciable; los
seguirá a través de continentes, a través de otros mundos. "Asomado a la abierta
llanura del planeta", su patria irá siendo cada vez mayor, hacia el infinito, hasta
regresar a Dios, su patria de origen.
A cada una de esas imágenes de la patria
le pedimos algo, cálido afecto al hogar que es su primera expresión; libertad y
seguridad al Estado que gerencia el grupo social a que pertenecemos y garantiza el suelo
que pisamos en el mapa; solidaridad y comprensión a la muchedumbre con la cual
compartimos el mundo en un tramo de la historia; y esperanza a la patria definitiva.
Cada imagen nos exige, también, deberes
distintos según el sitio que ocupemos, pero constantes por el caudal que recibimos y por
las desiguales oportunidades de cuantos nos rodean: el deber no se agota en el hogar, ni
en el texto de estudio, ni en la alegría de las horas de colegio, ni en la comarca, ni en
el propio país, porque somos una unidad, la totalidad del ser humano dondequiera que
esté. El deber es una lucha de cada instante por el bien del pueblo. Y su cumplimiento
cabal, la medida de estimación ante la sociedad.
Un escritor italiano, Curzio Malaparte,
decía que hay dos maneras de cumplir ese deber de amor a la patria: la una es dolorosa y
amarga, porque trata de mirar su miseria, su pobre realidad, sin presentarla como virtud
pero sin esconderla para levantar el carácter nacional, a fin de buscar alivio; la otra,
la de decir que es bueno todo lo que somos sólo porque así somos, y que nuestro deber
comienza y termina en nuestro propio grupo social, sin compromiso alguno ante la suerte de
los demás, ni preocupación por sus dolores. La primera forma es la del inconformismo que
quiere cambios, que busca soluciones. La segunda, la de la resignación y la conformidad
que disfraza todo con tal de no perturbar la comodidad particular. La nostalgia de pasadas
grandezas hizo mirar al clásico español los muros de su patria, "si un tiempo
fuertes, ya desmoronados",
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Y no hallé cosa en qué poner los ojos
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que no fuese recuerdo de la muerte.
La tarea infatigable que es la existencia
si queremos darle latido e ímpetu de superación, nos convoca a todos en torno a la
patria. Los colombianos tenemos ante los ojos dos imágenes antagónicas, una de las
cuales prevalecerá, la que nosotros mismos escojamos: la patria del derecho, la de la
reflexión, la de la justicia, la patria común de la reconciliación que marcha en
derechura a la historia; y la patria en guerra, la del odio, la de la injusticia, la
patria en despojos que camina, vendada, hacia su propia destrucción. Esta es posible que
sea la imagen de la comodidad y la indiferencia, pero es también la de la patria
despojada, sólo recuerdo de la muerte; aquélla es ciertamente la del esfuerzo y la del
sacrificio, la de la brega de cada día y de la abnegación de cada mañana y cada tarde,
pero es la "suave patria" creadora.
Deber y compromiso sitúan a los
colombianos ante su destino. Para todos existe la quemadura de esa responsabilidad: en la
medida en que cada uno siga tal deber, en esa dimensión estaremos remodelando la imagen
de la patria.
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