Declaración de amor
Del modo de ser del antioqueño
Belisario Betancur Cuartas
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DECLARACIÓN DE AMOR
Del modo de ser del antioqueño
Por: Belisario Betancur Cuartas
 
LA BRÚJULA DE NAVEGACIÓN
Exposición el martes 11 de agosto de 1987, al iniciar el Foro "Antioquia, análisis y previsión".  Bogotá, Auditorio Skandia.

La curiosidad del ser humano por anticipar el futuro, se pierde en la bruma de la historia: los profetas lo hacían asistidos por Dios; pensadores y conductores de los pueblos orientales abrían el vientre de las aves para avizorarlo; antes de que civilización y cultura dieran el salto a Europa a través de las formas minoicas en Creta, en tiempos de los Ptolomeos lo intentaban los egipcios mirando a las estrellas; quizás en la misma época lo hacían también los mayas en América Central; los griegos en Atenas al pie de la Acrópolis; y el Apóstol San Juan en Samos. Hace doce años tuve el privilegio de conocer en la catedral de Gerona en Cataluña, el ejemplar del nuevo Apocalipsis escrito por el Beato de Liébana en el año 975, es decir para el paso del primer milenio al segundo y como reiteración de Samos; Leonardo Da Vinci lo intentó; también Nostradamus. Orwell con "1984"; Huxley y Bradbury, entre muchos más, todo lo cual ha conducido a un doble oficio alucinante: la ciencia-ficción y la futurología.

Por cierto que los futurólogos Khan y Phelps vislumbran toda suerte de conmociones como inflación, terrorismo. Y hace algunos años un grupo de académicos chilenos invitaron a hacer un imaginario viaje anticipatorio por su país, allá por el año 2010 partiendo de la base de que el futuro se hace, no llega; y con el propósito de sustituir el fatalismo por la creatividad, remplazar el qué irá a pasar por el qué vamos a hacer. Y llegaron a la conclusión de que aquel país era una utopía posible, que sobrepasaba eso sí, las posibilidades de cualquier grupo por bien intencionado que fuera: es decir, que era tarea para la nación entera.

Quiero suscitar la reflexión de los colombianos —y más específicamente de mis paisanos en este "Foro de Antioquia, previsión y acción" 1 —, en torno de los pensamientos que siguen, con la advertencia de que la parroquialidad de mis inducciones las pone a cubierto de toda connotación sospechosa.

1. LA NUEVA AVIDEZ: EDUCACIÓN Y GRANADILLA
Colombia en el año 2000 será un país bien distinto del que conocemos hoy: entonces habrá cesado el exagerado crecimiento de la población que ya comenzó su curva descendente en virtud de la educación de nuestras comunidades. En consecuencia, no será necesario hacer esfuerzos adicionales en infraestructura educativa: el énfasis estará en la calidad y el pragmatismo de la educación.

Por igual motivo dejarán de sentirse las presiones demográficas sobre el desempleo, cuya evolución en ese momento dependerá exclusivamente de la coyuntura económica y de la actitud cultural hacia el trabajo y el descanso.

Finalmente, el Estado habrá de dedicar mayores recursos a las necesidades de la tercera edad y la seguridad social, sobre lo cual es prudente, desde ahora, concretar la atención de la juventud estudiosa destinada a dirigir el nuevo país de entonces.

La revolución en computadores y biogenética acabará con muchas ventajas comparativas tradicionales en cuanto al costo de la mano de obra, y en la producción agrícola. Por eso los programas educativos hacia el fin del siglo deben hacer énfasis en las aplicaciones de los sistemas computarizados, para participar en los mercados internacionales del software, y para emplear las tecnologías más recientes; y en el campo agrícola, para esa época deberemos concentrar esfuerzos en productos típicos del trópico y de alto valor agregado: la experiencia que Colombia ha tenido con las flores, sigue señalando el camino, por ejemplo hacia la producción de frutas exóticas como la granadilla, la pitahaya y el mango, buscando la avidez de nuevos mercados estadinenses, japoneses y europeos.

2. APRENDER LA PAZ
Es probable que en el comienzo del nuevo siglo exista en Colombia un sistema con nuevos partidos, además de los actuales, disputándose todos el favor de la opinión: a eso han de contribuir la representación proporcional existente, la institucionalización de los partidos y la mayor autonomía económica y política para nuestros municipios. Ello hará más abundantes las opciones para los electores y más difíciles los consensos políticos, pero los hará también más reflexivos, más surgidos del respeto a las minorías. Los plebiscitos municipales serán el pan de cada día.

Los desarrollos tecnológicos harán más valiosos los mares en la medida en que podrán explotarse su fondo y las plataformas submarinas. Nuestra presencia sobre el Pacífico podría convertirse en un elemento de mayor importancia para el comercio con el pujante sureste asiático. Y nuestra situación en la zona ecuatorial será un recurso valioso para facilitar las comunicaciones por satélite: nuestro aporte a la construcción de una teoría jurídica para las relaciones en el espacio aéreo, debe permitir que aprovechemos ese recurso.

Todo dependerá de que aprendamos la paz, aprendamos a vivir en paz. Si mantenemos las oportunidades institucionales para que el inconformismo, sea cual fuere su procedencia, se manifieste civilizadamente y busque apoyo popular por vías civiles en lugar de vías violentas, Colombia alcanzará esas expectativas.

3. EL GRUPO PROSPECTIVO
Puesto en la tarea de pensar sobre "Antioquia año 2000", comienzo por confesar que la imaginación se despliega en direcciones y planos diferentes y aun contradictorios. No tengo una teoría única —señal de que carezco de supuestos— ni puedo señalar un rumbo coherente, una prospección. Estoy entre los escépticos sobre la posibilidad "de una ciencia" acerca del futuro; o de una ciencia oculta o una ciencia convencional y tofflenesca del mañana. En sus deliciosas memorias el viejo Churchill prevenía contra los políticos que nos pasamos diez años de nuestras vidas anunciando lo que ocurrirá en los diez siguientes; y otros diez explicando por qué no ocurrió lo que habíamos profetizado. Por esto, lo primero que se me ocurre es un estallido de imaginación, enmarcada por el significado rotundo contenido en una fecha que desborda el milenio.

Lo hizo recientemente el "Grupo Prospectivo Antioquia siglo XXI" ante el cual Gilberto Echeverri Mejía se formulaba una serie de preguntas como éstas:

  • ¿De dónde vienen Antioquia y los antioqueños?
  • ¿Hacia dónde va Antioquia? Hacia dónde debe ir?
  • ¿Cómo podemos mejorar la calidad de nuestra vida?
  • ¿Cómo preservar nuestro entorno y cómo desarrollarlo?
  • ¿Es aconsejable un cambio, y si es así, de qué magnitud, a qué velocidad: estarán dadas las condiciones para inducirlo o efectuarlo?
  • ¿Qué debemos hacer para lograr una sociedad más justa que el colombiano común se sienta obligado a cuidar? 2
4. EL MODO DE SER ANTIOQUEÑO
Empecemos a responder a algunas de esas preguntas. Primero que todo, preguntándonos ¿qué fue lo que convirtió a los antioqueños, señalados por Silvestre y Mon y Velarde como tímidos, pasivos y perezosos, en la porción más dinámica del pueblo colombiano? ¿En qué momento apareció o se produjo el modo de ser del antioqueño?

El primero en moldear ese modo de ser fue, ahora hace 200 años, el regenerador y moralizador Mon y Velarde. Van quedando pocos que le discutan el primer título, la última Ann Twinam 3; que en cuanto al de moralizador, nadie se lo discute, pues basta recordar su obsesión por "el concierto de mujeres libertinas"; por la vida de las "mujeres de costumbres estragadas", de las "mujeres mal entretenidas", de las "mujeres que hayan dado mala nota" o "mujeres perdidas", a todas las cuales se les deberá "instruir en la doctrina cristiana, enseñándoles todos aquellos ministerios propios del sexo mujeril, manteniéndolas con honestidad y recato". La obstinación del Oidor en la misa dominical, ya que no querían salir del monte para nada; su preocupación por la compostura durante los oficios religiosos, al punto de establecer penas de dos meses de cárcel a los de color humilde, libres o esclavos, y de diez pesos de oro a los nobles, que concurran al atrio de la iglesia "a las horas en que se celebran los divinos oficios y están abiertas las puertas del templo, formando corrillos, haciendo tertulia, manteniéndose con el sombrero puesto en escandalosa irreverencia en la casa del Señor". 4

No basta decir que el mestizaje tuvo una parte mayor de sangre europea, por no existir gran población indígena ni cultura profunda en la existente, y por haberse concentrado en la minería la mano esclava. Ello tiene una connotación racista, lo mismo que la insistencia en el predominio vasco de los inmigrantes o en el posible contingente sefaradí, refutado por don Manuel Uribe Ángel, Jorge Isaacs, el Padre Félix Restrepo y el propio don Marco Fidel Suárez.

Llegó a hablarse en exceso de la raza antioqueña en los días del nacional-socialismo, y esta postura quedó sin piso con los estudios de don Emilio Robledo.

Aparte de la minería, que exige un esfuerzo superior y crea solidaridad en el peligro de los socavones, la esterilidad de la tierra formó un pueblo descontento con su suelo, que determinaba emigración, como en Castilla y como en Atenas.

Se habla de que los montes altos donde fundaron la mayoría de sus asentamientos, libraron a buena parte de la población, del anofeles; y sabido es que el paludismo, con su fiebre frecuente, fue la causa predominante de la inactividad o ineficiencia en todos los climas cálidos donde estuvo primero el antioqueño —como en el nordeste o el Bajo Cauca en Cáceres, o en el occidente—, antes de pasarse a las tierras altas, a tener familias numerosas.

Se insiste en que el hallazgo del fríjol de enredadera, voluble en ascenso sobre la caña de maíz, produjo en la dieta de los antioqueños incomparablemente más proteínas que en aquellos sitios donde predominaron la papa y la yuca. De todas maneras la nutrición fue siempre en él un factor influyente si no determinante, compendiada en aquel verso de Gregorio Gutiérrez González:

Salve, segunda trinidad bendita,
salve frisoles, mazamorra, arepa:
con miraros no más se parte el alma;
¡no muera yo sin que otra vez os vea!

Un amigo bogotano le reclamaba a Ñito Restrepo, por la absurda algarabía armada por los paisas con los fríjoles:

- Los bogotanos también los comemos, le dijo.

- Sí, pero se mueren, replicó Ñito.

Los hatos —Hatogrande, Hatoviejo, Hatillo— del Valle de Aburrá, y los cerdos en abundancia, fueron el factor proteínico —proteico según otros— que con el maíz amarillo montaña y el fríjol cargamanto, liborino y guasabro del Valle de San Nicolás y otras zonas no contaminadas por la malaria, dieron visión no febril, grandes alientos y seguridad, agregada a las virtudes cristianas de aquellos hogares matriarcales.

El padre en la aventura de los climas cálidos malsanos, pero la prole en las alturas a cargo de mujeres virtuosas, emprendedoras, fecundas y sanas, así se hizo, hace 200 años, la colonización. Roger Brew pone los movimientos demográficos como secuela de la riqueza minera 5. Octavio Arismendi Posada advierte que el crecimiento de la población y la insuficiencia de la economía minera para brindar subsistencia a las familias numerosas, estuvieron en las raíces de las motivaciones migratorias 6, porque la familia numerosa era siempre un reto a la creatividad, a fin de "sacarla adelante", como se decía. Para Álvaro López Toro, en cambio, la familia numerosa fue, más que causa, efecto, consecuencia de la colonización 7; a tiempo que Eugene Havens, en un riguroso trabajo sobre la estructura de la sociedad en Támesis, sostiene que las corrientes migratorias tuvieron en sus causaciones los excedentes poblacionales antioqueños 8.

5. TIERRAS NUEVAS PARA EL PAISA NUEVO
Pienso que cuando se habla de Antioquia 2000, no se está hablando de un plazo de trece años sino de lo que sucederá, lentamente, durante el tercer milenio. Y creo que entre los hechos principales y predecibles, observables desde ahora, hay dos correlacionados entre sí, que marcarán los cambios más importantes en el alma y en el territorio de la región antioqueña.

El primero consiste en que el futuro económico de Antioquia está en las tierras bajas: el Magdalena Medio, el Bajo Cauca y Urabá. Sus ubicaciones responden a sitios estratégicos para el mercado interno y el de exportación, donde se desencadenarán más masivamente las plantaciones agrícolas modernas. Y aquí reside el fondo del segundo hecho.

Cuando se indaga en la conformación étnica actual del antioqueño, se piensa en un pueblo que es producto de la mezcla predominante del blanco y el negro, en una región montañosa donde el indio fue extinguido; y se piensa en un pueblo aislado durante cuatro siglos y caracterizado por su individualismo, acaso producto del "mazamorreo" del oro desde la conquista, industria en la cual cada uno disponía sólo de sus brazos y su batea. Ese pueblo imaginativo fue capaz luego de organizar el comercio, de sembrar café desde la década de los años ochenta del siglo XIX equivocadamente en Rionegro, después en Fredonia y Amagá, con los Vásquez y los Ospinas; y fue capaz de instalar industrias y desplazar una población que colonizó el Gran Caldas, el norte del Valle y la cordillera del Tolima.

Al asomarse al tercer milenio, el pueblo antioqueño comienza a no ser del pasado. El antioqueño de hoy, y en mucha mayor proporción el antioqueño del mañana, si el departamento desplaza sus centros de gravedad a las tierras bajas, será el hijo del sinuano que ahora trabaja con tesón en Urabá; será el hijo del chocoano jadeante también en Urabá; será el desplazado de la violencia en Santander o Boyacá, en Cundinamarca o Caldas, que ocupará las tierras del Magdalena Medio. Su idea de la familia, de la religión, de la música, de la cocina, de esos instrumentos tangibles e intangibles que constituyen la cultura, será radicalmente distinta de las de la Antioquia de hoy. Y a lo mejor esta especie aún montaraz en los remanentes que se apeguen todavía a habitar la zona de la cordillera, sea el sobreviviente de una especie en extinción, llena de nostalgia por un pasado en su escenario montañoso, y con la mayor parte de sus parientes regados por el mundo.

Estamos todavía en el punto de ser críticos con el tipo de colonización que lleva adelante el empresario antioqueño de hoy en las regiones bajas. Ya no es el pionero que dependía de sus propios brazos; es el propietario, es el patrón del colono pobre desplazado por la ganadería extensiva de Córdoba o por la pobreza infinita del Chocó, y que sigue siendo, ya en Urabá, el asalariado del "blanco" de Medellín. Igual ocurre con el boyacense o el santandereano que huye de la violencia a la hacienda del Magdalena Medio. Sólo que ese antioqueño, negro o indio, es el padre de los antioqueños del mañana.

6. DECADENCIA Y DESPERTAR
Descartando la posibilidad de una ciencia exacta asertiva acerca del futuro, dejando de lado un discurso de sabor histórico, debo reconocer que si se toman fenómenos aislados puede especularse, con cierto sentido lúdico, sobre el curso que tomará Antioquia en trece años.

Desde 1960, aproximadamente, Antioquia dejó de ser un departamento con mayoría de población rural. Medellín se integró en las últimas décadas con población de origen campesino. La cultura antioqueña —conformada con hábitos provincianos en el vestido y la comida, en el tono alto del habla común, en la mitología—, se entronizó en el hábitat urbano sostenida por comportamientos burocráticos que mantenían el mito rural, anacrónico en las nuevas condiciones de vida. Lo que quiero decir es que en Antioquia ha habido un desfase de la alta cultura —ruralista, porque esas eran las condiciones— representada en nombres como Carrasquilla o Pedro Nel Gómez, frente a las condiciones de vida del antioqueño de hoy, inserto en un ambiente urbano. Aquí es necesario recordar que la mitad de los antioqueños vive en el Valle de Aburrá; y que su mundo cotidiano acaso esté más representado en la poesía de Mario Rivero que en el tedio —y el tedio es una enfermedad típicamente cotidiana— que circula por los versos de León de Greiff.

Este desfase de una cultura rural incrustada en un mundo urbano, puede entenderse también como un tipo especial de "enfermedad" cultural de desadaptación que genera la violencia urbana, la delincuencia letal que padece Medellín a final de los años ochenta.

Por otra parte, ese lugar donde habita más de la mitad de los antioqueños, el Valle de Aburrá, que comenzó siendo confluencia agropecuaria en los siglos XVII y XVIII y en el siglo XIX se convirtió en el epicentro comercial de un departamento que continuaba siendo minero; y que en los albores del siglo XX fue capital industrial, ahora se comienza a percibir como una ciudad que todavía no es un cruce de caminos, ni es todavía un puerto, ni un punto focal agropecuario o minero; ni —por su ubicación— el centro ideal para industrias de exportación. En otras palabras, en la larga duración histórica de Medellín, es una ciudad condenada a la decadencia, que vemos ya oculta por una nube amarillenta y metálica de smog.

Pero no sólo Medellín: esa decadencia acaso puede predicarse también de la región cordillerana antioqueña. A no ser que despertemos, a no ser que recobremos la fe en nosotros mismos, a no ser que otra vez volvamos a promover y a crear.

A no ser que surja un hecho nuevo e imponderable; por ejemplo, que las zonas francas de Rionegro y Urabá operen pronto y a plenitud para que se establezcan escalas industriales de exportación; que la carretera Gonzalo Mejía de Bogotá a Turbo llegue al fin pavimentada al Golfo; que lleguemos al Pacífico por el Chocó; una agricultura con técnica hidropónica en las laderas de la cordillera antioqueña: la cual, salvo la pobre economía de subsistencia, salvo las improductivas actividades burocráticas, parece estar condenada a la decadencia por carecer de condiciones para desarrollar una economía próspera.

7. LA CARTA DE NAVEGACIÓN
Sí, hay síntomas de decadencia en Antioquia, síntomas de cansancio en los antioqueños. Pero siempre se supo a través de la historia, que los tiempos de crisis suelen ser víspera de reacciones.
Por lo mismo, en épocas de crisis es conveniente hacerse preguntas y buscar respuestas sobre la sociedad en general y más específicamente sobre aquella sociedad en que se vive. El "Plan Prospectivo Antioquia siglo XXI", cuyo estudio y seguimiento merece nuestro apoyo entusiástico, trae un denso cuestionario que recoge los elementos de la crisis y los transforma en programas a modo de respuestas.

Para quien de una u otra manera ejerce la política, a medida que transcurren los años y se acumulan las experiencias ese cuestionario se vuelve cada vez más nutrido y casi angustioso, sobre todo cuando se parte de lo que advertía con humor negro un filósofo: que la experiencia no es sabiduría, y que la eficiencia no es eficacia.

8. ESTAMOS EN EL FUTURO
El oficio que más alecciona la soberbia y la autosuficiencia, es el de la política. Porque si avaro en dar ventajas, enseña paciencia, discreción y humildad; y si concede ventajas, prueba que el poder, que por lo menos en una democracia es esquivo, la mayoría de las veces aparece como un castillo lleno de laberintos en los que a pesar de la claridad de sus deseos y objetivos, a menudo se encuentran, desolados, gobernantes y gobernados.

Por eso es tan estimulante que se celebren foros como éste, presididos por el realismo, no para describir o capturar la quimera, sino para ver hasta dónde la mente humana puede conciliar sus ideas filosóficas y políticas con el mundo circundante, por encima del utopismo y del sentimentalismo con sus cargas de afecto y de odio, "para adentrarse en el estudio del futuro de una manera científica y racional". De un futuro "que no existe como hecho predeterminado" 9. ¿Seremos incapaces de imaginar y realizar un espacio superior a la realidad actual, que sirva de alero a las aspiraciones de nuestros hijos hacia ese futuro? En una prestigiosa imagen humorística de la prensa colombiana, la Negra Nieves le dice a su novio:

-Hétor, hay que ahorrar para el futuro...

Hétor le responde:

- ¡Pero si ya estamos en el futuro!

9. LA ESCUELA SANA
Para introducir la nueva historia de Antioquia que un grupo de científicos está publicando semanalmente en El Colombianocon el patrocinio de una serie de empresas, dí media vuelta hacia adentro sobre el ser del antioqueño, como lo hiciera el transhumante personaje de un cuento mío de hace cuarenta años. Hablo de que siempre tuvimos fama de audaces los antioqueños; tanta, que esa fama trata de volverse equívoca, porque hace olvidar que sus signos han sido el trabajo duro y la producción de bienes físicos, café, maíz, banano, oro, carbón; que ha descuajado montañas; que es tierra de "finqueros" por excelencia; que ha hecho ciudades, ferrocarriles, grandes fábricas. ¿Tal vez aquella fama, sumada al proceso de modernización del país, con todas sus contradicciones, lo desvió del viejo camino de la producción?

Tales avatares, ese aislamiento o esa búsqueda individual de salidas; ese control de las posibilidades económicas, le generan al antioqueño una tradición que no es sólo conciencia de su ser como pueblo, ni conciencia de autocomplacencia, porque Antioquia sólo logra soluciones transitorias a su desequilibrio surgido de su medio natural, soluciones que la obligan a buscar siempre, a recrear de continuo su realidad: a ser siempre moderna con la lucidez de una tradición asumida.

10. EL MODO DE SER ANTIOQUEÑO
Ese tradicionalismo se fundamenta en el modo de ser antioqueñoa lo largo de nuestra historia. Y se fundamenta en el modo de ser antioqueñoprospectivamente, mirando al siglo XXI.
Cuando Mon y Velarde miró ese modo de ser a finales del siglo XVIII, descubrió que en aquella gente perezosa, pleitera, enredadora y chismosa, demasiado económicos, engreídos, holgazanes, que viven con sencillez y sobriedad aunque son fumadores de tabaco y viciosos en extremo en el chocolate, había una creatividad y un dinamismo que requerían estímulos. Aranzazu, Pascual Bravo y Berrío, entre otros, encauzaron los excedentes del oro, primero hacia el comercio y luego hacia la industria; tomaron como palanca de lanzamiento la Universidad de Antioquia y la Escuela de Minas: cuando el doctor Berrío se dio cuenta de la parálisis de la minería por el cierre de las exportaciones de oro a raíz de la guerra en la costa caribe, fundó la Casa de Moneda; y cuando percibió que la modernización de esa minería, que se hacía parsimoniosamente en turegas, requería transportes, contrató al doctor Cisneros y acometió el ferrocarril. En el cual, Cisneros y Alejandro López no se arredraron al encontrar la montaña, sino que la perforaron en el Túnel de la Quiebra; como no se arredró José María Villa con las mulas y las cargas en el Cauca y acometió, amarrándolo con alambres, el Puente de Occidente que —decía él— fue construído por él y varios centenares de arrieros, quienes le daban indicaciones a ojo que él convertía en decisiones matemáticas. Y como las tierras no daban y no cabíamos en el arrugado mapa de tantos hijos para mantener, Antioquia echó para adelante y realizó la epopeya de la colonización a golpe de hacha. Cumplió ese descuaje. Ya le cantamos al "hacha que los mayores nos legaron por herencia". Don Efe Gómez nos enseñó gratitud, pero también distancia frente a ella: "El hacha del antioqueño y el casco del caballo de Atila", escribió, "serán en la historia los símbolos definitivos de la desolación..."10. Ahora decimos, con Carlos Castro Saavedra, que ha llegado la hora de que
 
... el pueblo se encuentre y con sus manos
teja él mismo sus sueños y su manta...
 
11. EL FORO DE ANTIOQUIA
Para ello se requiere solamente recordar quiénes éramos y quiénes somos; de dónde venimos, dónde estamos y para dónde vamos.

Y hacerlo hoy, fiesta de nuestra tierra nutricia, día en que izamos en el corazón la bandera blanca y verde que lo fuera de la Universidad; damos una profunda mirada al escudo, con "una matrona vestida y adornada a la indiana, sentada al pie de un cerro de oro entre el plátano y la palmera, con un río caudaloso a sus pies, poniéndose en airosa actitud el gorro de la libertad"; y entonamos las estrofas del Himno del loco sublime Epifanio y del Maestro Gonzalo Vidal; el Himno cuyas cadencias nos estremecen hasta el llanto, según la reacción paisa que dice: cuando un antioqueño oye el Himno Nacional de la República de Colombia, se pone de pie en actitud reverente; cuando oye el Himno Antioqueño se pone de pie y llora.

Hoy es día de reflexión y es día de partida hacia nuevos logros históricos.

Este Foro de Antioquia es una suscitación, una invitación y un desafío a hacerlo: suscitación para recordar y poner en presente el aliento y empuje de los antepasados; invitación a reencontrarse con las calidades que hicieron posible el modo de ser del antioqueñoy a proyectarlas en bien de Colombia entera, y en ella, de Antioquia y de los antioqueños; y es un desafío a levantarse sobre las dificultades, a encararlas con la decisión y la altanería que nos enseña nuestra propia historia; pero con los instrumentos de la técnica y el conocimiento que están a nuestra disposición. Para cambiar el ¿qué va a pasar?por el ¿qué vamos a hacer?; y el ¿cuándo lo vamos a hacer?,por el ahora mismo. En el lenguaje popular solemos decir: "para ayer es tarde". Porque como titula un brillante pensador europeo en un reciente libro suyo: "Mañana siempre es tarde".

 

 

VOLVER A LA VIEJA CASA
Discurso como presidente de Colombia en el "Encuentro de Antioquia" y firma del "Acta de compromiso": Medellín, julio 12 de 1983.
 
Es este el diálogo de una o dos generaciones con los mitos de su pasado, con su presente dramático y acuciante, pero sobre todo con un futuro listo para entregarse a quienes sepan descifrarlo y conquistarlo. Ese es el sentido profundo de este encuentro con nosotros mismos, que no es acto lastimero, tampoco de altanería, menos aún de exclusión.

Porque piensa así, un hijo de estas breñas, temporalmente Presidente de Colombia, da testimonio de amor y preocupación por sus paisanos de Antioquia, a conciencia de que en el empleo que desempeña tiene que mirar a la totalidad de sus compatriotas con igual afecto e igual respeto.

Pero es bueno, es refrescante volver a la vieja casa ("señora buenos días, señor muy buenos días", de la Parábola del Retorno, de Barba Jacob), a los caminos de siempre, a las gentes de toda la vida, a los dichos lugareños, a la bellamente destemplada entonación del habla, al "Avemaría, pues", al "cierto", al "muy formal", para redecorar el espíritu y ver la historia en movimiento, la historia humanizada.

Sí, estamos en un diálogo con los mitos del pasado, aventura asustadora, porque esos mitos, aunque hayan perdido instancia frente a la realidad, como son parte de nuestra cultura, de nuestro banco de recuerdos, tratan de imponérsenos o nosotros buscamos que ocurra para que disculpen nuestra fuga de la realidad. Por eso, un novelista advierte a pueblos como el nuestro, que en el resto del planeta los hombres están en movimiento, el mundo está en movimiento y allí es donde el pasado causa dolor, a pesar de lo cual no es fácil ni prudente darle la espalda: el que quiera hacerlo tendrá que prepararse o, de lo contrario, el dolor le tenderá una emboscada y lo destruirá.

1. LOS "QUEDAOS"
Estamos en la plenitud de la montaña, con nuestros mitos queridos. Con el gobernador Domingo Silvestre, con Mon y Velarde y don Juan del Corral; con Zea, con Berrío, con los Uribe, los Restrepo, los Ospina, los Echavarría; estamos con el ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros a quien un día el estado soberano de Antioquia no le recibiera garantías porque consideraba que valía más su palabra que la garantía, como se "cierran los negocios" los miércoles en la Plaza de Ferias; nos paseamos por la mina del "Zancudo" en Titiribí; recogemos mentalmente los huesos de quienes hicieron el ferrocarril polín a polín, y el túnel de la Quiebra, piedra a piedra; divisamos a don Fidel Cano frente a "la caja de tipos sueltos" fundando y escribiendo El Espectador; vemos a don José María Villa dialogando con los arrieros a un lado del puente colgante de Occidente, que según decía lo había colgado él pero lo habían corregido los arrieros; imaginamos otra vez a don Gonzalo Mejía y al negro Horacio Toro Ochoa, pensando, aquél, en llegar al mar por Urabá, y éste, en represar a Guadalupe, lo que fue tanto como asomarnos a la nueva riqueza de la electrificación. Electrificación y riqueza energética que el inolvidable Míster Ramírez nos daba para la industria y para el espíritu.

Y otra vez avanzando, los briosos Fernando Gómez Martínez y Alberto Jaramillo Sánchez, ¡abriendo horizontes descentralistas, rampantes, iluminados! Y en otro ámbito, qué decir de Cosiaca, Pedro Rimales y Marañas, los grandes filósofos del folklore picaresco antioqueño, sonriendo sabihondos ante las aventuras del paisa de "Que pase el aserrador" que Jesús del Corral conociera en los palúdicos tremedales del río Nus; y antes de que Fernando González nos introdujera en su profunda y ardua empresa introspectiva de mirarnos como realmente somos y no con la desmesura con que creemos que somos los mejores.

Continuemos venerándolos; pero colocados en su época y en su propio escenario, para que no se nos venga el tiempo encima. Mejor dicho, recordemos el ejemplo de "Marañas" cuando llegó la luz eléctrica a Medellín, y él ante el gran espectáculo de la iluminación nocturna, dizque dijo dirigiéndose a la luna: "Te fregaste; te vas a tener que ir a alumbrar a los pueblos". Sabemos que ahí había una lección sobre el progreso, sobre lo peligroso que es quedarse rezagados, sobre el riesgo greiffiano de extasiarse en el entresueño a la oración ("pero es tan bello ver fugarse los crepúsculos").

He dicho rezagados. Esa palabra no figuraba en el lenguaje paisa: aquí no se decía "ese está rezagado", sino "ese es un dejao". Y todos se levantaban a enjalmar la recua o a hacer el "atao" de ropa para irse a fundar pueblos al Cauca arriba, luchando contra tamaña sindicación. Unos se iban para la dura minería fluvial del Nordeste, donde los que habían sobrevivido al clima en Segovia, Remedios y Zaragoza, le encargaban al cura la ropa del recién llegado que tal vez sucumbiría. Otros, conquistadores y nativos enfrentados a la naturaleza, trabajaron hombro a hombro desterrando el esquema humillante de señores y esclavos divididos por cartas de nobleza. Millares y millares partieron, agobiados por la escasez y el papel sellado, como dice Alejandro López; se fueron a abrir el occidente, caminaron hacia el norte y hacia el sur, a colonizar y a escribir con hachas y bambucos una nueva página de su independencia.

Claro que nuestra historia nunca fue una novela rosa, sino una historia hecha a fuerza, de hombres enfrentados a un medio hostil, una historia que ha formado un hombre rudo. Un hombre que siempre en mitad de las grandes crisis emprendió descabellados proyectos: ¿No hicimos el ferrocarril en plenas guerras civiles? ¿No pensaba Uribe Uribe en plena guerra en nuevos pastos y en nuevas técnicas del cultivo del café? ¿Y el General Ospina no veía el futuro del Sinú en el fragor de la batalla? ¿Y la sociedad anónima no surgió entre nosotros precisamente en la crisis del año 30?

Lo bello de este rosario de recuerdos es no verlo como excluyente, porque otros de todos los tiempos y de todas las regiones, también han realizado hazañas comparables en la lucha por su libertad, ampliando las fronteras de su patria y de su propio destino, quizá no tan masiva, ni tan desesperadamente como lo hizo el pueblo antioqueño.

2. LAS SIEMBRAS Y EL ORO
Acerquémonos al confesionario. Y confesemos que en torno al pueblo antioqueño se ha creado un mito nacional: el mito de su capacidad y de su empuje. Ya desde 1880 un notable viajero alemán escribía que somos "un pueblo fuerte, laborioso y serio"; y que "a ellos pertenece el futuro de Colombia".

No siempre fue así y al contrario un siglo antes el Padre Joaquín de Finestrad, en "El Vasallo Ilustrado", estableció que la provincia de Antioquia, lastrada de oro, "era la más pobre y miserable de todas"; y que cuando pasó por estas tierras los mendigos se le presentaban en tropas, "cargados de miserias, sin embargo de estar ocupados, en solicitud de oro". Y el legendario Oidor Juan Antonio Mon y Velarde escribía con tristeza:

... No se conoce industria en esta Provincia; todo se introduce de fuera a considerables costos; apenas se conoce artesano que viva de su oficio, pues unos más y otros menos, todos procuran sembrar para ayudar a su manutención.

Es desde entonces cuando se inicia el movimiento que creó la industria textil, orgullo del pueblo antioqueño; y cuando comenzaron las siembras de arroz, trigo y anís que ocuparían las tierras incultas. De esta ocupación y de la expansión poblacional, arrancarían los colonizadores de finales de siglo, los caminos de penetración en el propio territorio y de intercomunicación con otras regiones.

Superadas las guerras civiles y ordenada la administración por talento y empuje de Pedro Justo Berrío, nuestra agresividad se vuelca por doquier: la tradición minera que había sido tenaz, se reorienta hacia el subsuelo en busca de algo diferente del oro; y, en torno a la Escuela de Minas, se va creando el polo de impulso empresarial más fecundo y dinámico del país y quizá de América Latina.

Desde principios de la época republicana, como dice el historiador Frank Safford, "los ricos de Medellín y Rionegro comenzaron a figurar como poderes en la economía nacional... a servir como modelos de una manera nueva. Ya conocidos como poderosos, los pocos ricos antioqueños significaban para los muchos pobres, no sólo una esperanza en sus vidas individuales, sino también demostración de las virtudes potenciales de todos los antioqueños, y su superioridad sobre los otros colombianos".

Las opiniones de Parsons y Hagen y la participación destacada en la política y la economía de Uribe Uribe y Carlos E. Restrepo; de Pedro Nel Ospina y Esteban Jaramillo; de Alejandro López y Luis Ospina Vásquez; y la influencia nacional que alcanzaron las grandes empresas de la montaña como Coltejer, Fabricato, Colombiana de Tabaco, los grandes bancos, definieron el perfil del empresario moderno y cimentaron la convicción de que el pueblo antioqueño tenía condiciones para el liderazgo y el éxito.

Tales virtudes eran la frugalidad y la constancia; un sentido del ahorro y de la ayuda mutua; propensión asociativa para cubrir el riesgo de la minería, primero, y del comercio, después; una laboriosidad obsesiva y casi agotadora. Por debajo de la leyenda había una realidad cotidiana, un ordinario ejercicio de la constancia y del método, un nada romántico deseo de superación y predominio.

Es al examen de estos valores a donde debemos volver nuestra mirada cuando queramos encontrar las lecciones para superar un presente frustrante y depresivo que no merecen vivir quienes contribuyeron más que nadie al despertar económico del país.

3. LA TRANSICIÓN
Sobre ese despertar se desató en las últimas décadas, y más intensamente aún en los años recientes, una azarosa colección de males; tantos, que los futuros estudiosos no podrán menos que recordar la sabiduría china: "que te toque vivir una época interesante". Esta cadena de hechos infortunados ha venido golpeando a nuestra sociedad por todos los flancos: ningún frente se ha visto libre de este cerrado castigo de nuestra historia. En el balance parece claro que el más profundo entre tales flagelos es el efecto de la crisis sobre el alma colectiva. Estamos frente a un problema moral, en las dos acepciones del término: ético y de energía espiritual, de fe en nosotros mismos, de acometividad y empuje para salir adelante.

Grave cosa es esta, porque los pueblos sufren tanto o más que los individuos, pero su angustia es de más difícil tratamiento. Es más disperso el fenómeno, más arduo el diagnóstico, más desafiante el círculo vicioso frente a las soluciones, más arisca y renuente la voluntad de curar. Quién pudiera, como se dialoga con el paciente en el diván del psiquiatra, sentar a este personaje de mil cabezas que se llama "la gente", para recitarle sus hazañas y el inventario de las virtudes en ellas inscritas y para cantar en conclusión el himno de una personalidad que superó otras horas aciagas y que siempre ha contado más con "los oros íntimos" de que hablara Barba Jacob que con sus recursos materiales para dar el paso adelante!

Pero estamos afortunadamente frente a una de esas comunidades con mecanismos sustitutivos del diálogo interpersonal para curarse de sus dolencias: porque cuenta con una clase dirigente que es expresión de grado tan eminente de integración humana, social y cultural como para que pueda esperarse que las semillas de recuperación que se siembren en la más alta cima, encontrarán surcos de buena tierra; y maneras de derramarse y propagarse por todo el campo.

Hemos venido demostrando con iniciativas concretas nuestra convicción de que para remedio de esta crónica situación no bastan buenos consejos; somos conscientes de que se requieren vastos planes y soluciones materiales. Y ello nos da autoridad para recordar también que no es menos vital ir sacudiendo paralelamente el espíritu de nuestras gentes por la vía de la claridad; y dar en su oído un grito para que se desencadenen cuanto antes actitudes más enhiestas, propósitos más firmes y una de esas miradas capaces de hacer la buena visibilidad aun en los días de la bruma más cuajada.

A eso he venido: a desbrozar el camino que se ha ido cerrando y confundiéndonos, para orientar de nuevo nuestros planes de marcha.

En el contexto del país, Antioquia tiene perfiles distintivos: se la conoce familiar y alegremente por su vigor, por su rudeza, por su ambición, por su autenticidad, por su vocación creadora, por su capacidad de resistir los rigores de todas las intemperies. Se nos abonan tantos buenos valores que para medir la profundidad de la crisis general, basta sentarse a mirar qué gravemente ha agrietado este sismo las columnas de nuestra casa solariega.

Pero somos conocidos también por nuestro escepticismo frente a las viceversas del destino y por nuestro talante indómito, acostumbrado a recibirlo con el ademán filosófico de quien todo lo percibe con un abierto sentido de aventura. Qué condición tan importante ésta, ahora cuando nos apretujamos ciegamente en las oquedades de un túnel tan largo que no nos deja vislumbrar la luz del final. Importante, digo, porque mucho se ha especulado sobre la encrucijada antioqueña de nuestros días; esta lucubración ha arrojado un haz muy diverso de interpretaciones y recetas.

Pero la que prefiero yo entre todas, es la que, libre de apocalípticos tremendismos, discurre con serenidad, elucidando aquí y allá, para desembocar en la conclusión de que se trata, dentro de unos fuegos cruzados de conmovedoras circunstancias, de un fenómeno, todo lo específico que se quiera, todo lo particular y dramático, de crecimiento. Es que estamos atravesando una fase aguda de transición y sufriendo sus repercusiones en cada filamento de nuestro tejido económico, político, social y cultural. Efectos generales del desarrollo nacional, de una creciente industrialización, de una acelerada integración de mercados, la superación de modelos de indiscriminada protección al trabajo nacional, el desafío que representan los requerimientos de más altas densidades de capitalización y de inversión, las repercusiones de las crisis económicas mundiales, todo ello unido al impacto de la problemática social y, concretamente, del aumento de la población y de la desnaturalización por culpa de las hondas disparidades regionales, ha puesto a Antioquia de cara a un nuevo universo para enfrentar el cual hemos carecido de la celeridad necesaria.

4. LA GRANDEZA DEL ALMA
Y qué decir del daño que la crisis cultural ha hecho en nuestra ética. El aparato de nuestra idiosincrasia, de nuestra concepción de la vida, de nuestros patrones morales, no fue dique suficiente para contener la avalancha desorganizadora de nuestra mentalidad y saltó reventado por la fuerza de los efectos, tan vastos, de la violencia colombiana por un lado, y, por el otro, como consecuencia del cambio cultural ocurrido a los empujes del medio internacional.

Arrastrados por esta doble corriente de los acontecimientos debimos reconstruir nuestra vida sobre presupuestos nuevos. Pasado el primer sobresalto, tenemos ahora la responsabilidad de poner orden en nuestra mente, y en donde se debe, las cosas que se salvaron del diluvio.

No. No lo dudemos. La alarma y estupefacción se justifican, porque la que hemos sufrido tiene todas las características de una revolución cuyos efectos amargos hemos tenido que engullir con desgano pero cuyos elementos positivos debemos esperar y organizar para aprovechar debidamente. Sacudidas como ésta, que en general han estado viviendo pueblos como el nuestro, no ocurren todos los días en la historia. Más aún tratándose de una sociedad como la antioqueña, antes tan impermeable, homogénea y acendrada en sus creencias y valores, pero, precisamente por eso, tan vulnerable e indefensa frente al mundo.

Nos bastaría una breve recapitulación de lo que sobre nosotros mismos prueban las hazañas del pasado, para tomar otra vez el nuevo impulso a fin de reordenar la marcha. Tenemos méritos para reclamar un gran futuro; no me refiero a los de nuestras obras, sino a los de la grandeza del alma, capacidad de brega, abnegación y sacrificio que ellas atestiguan.

La historia, todas las historias están tejidas de la madeja de las grandes vicisitudes. El que se desaliente olvida que los pueblos no se pueden detener. Y que si alguien flaquea, otros vendrán inexorablemente a recoger la antorcha que en nuestras manos desfallece. No nos desmoralicemos nosotros, para que las generaciones de relevo no tengan que venir a hacer lo que de todos modos había que hacer y nosotros pudimos haber hecho. No la cedamos; reclamemos para nosotros la oportunidad gloriosa de hacer lo que nos demanda la hora presente. Un pueblo nos mira y nos espera. Está pendiente de nuestra voz de mando; un pueblo extraordinario a cuya cabeza tenemos el indudable deber de estar en la primera fila.

Que un día se diga que estábamos hechos de la fibra de nuestros primeros antepasados, los grandes pioneros cuyo perfil merece ser representado, como en los cuadros de nuestros pintores, contra el horizonte más vasto, en las cumbres de las más altas cordilleras; que estábamos hechos para los mayores desafíos y que asumimos esta hora como quien concurre a una de esas citas trascendentales y conturbadoras, en las que se dicen cosas para mucho tiempo.

5. CÓMO CONSEGUIR PLATA
Siempre hemos tenido fama de audaces, los antioqueños.
Tanta, que esa fama trata de volverse equívoca porque hace olvidar que nuestros signos han sido el trabajo duro y la producción de cosas físicas: café, maíz, banano, oro, carbón; que hemos descuajado montañas; que somos los "finqueros" por excelencia; que hemos hecho ciudades, ferrocarriles, grandes fábricas. ¿Tal vez aquella fama, sumada al proceso de mo- dernización del país con todas sus contradicciones, nos desvió del viejo camino de la producción?

Que el llamado por un historiador "dinero estúpido", el "capital ciego", aparezca en otras partes para que lo devoren frenéticamente los pillos, podría explicarse. Pero que en Antioquia haya hecho devastadora carrera la riqueza rápida, significa que bajamos la guardia; y que ni siquiera seguimos ya el consejo de "Marañas" —otra vez nuestro filósofo popular—, cuando afirmó que conseguir plata era muy fácil, pues bastaba "comprar manga de pueblo y sentarse a aguantar hambre", refiriéndose así al engorde de tierras, como lo menciona Agustín Jaramillo en "El Testamento del Paisa".

6. EL LIDERAZGO SE GANA
Para echar para adelante, como es nuestro propósito hoy, hay que pensar sin temor pero con lucidez en errores y malos pasos anteriores.

Es lo que debemos hacer, sin echarle la culpa a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, porque como decía el amigo, nadie es perfecto y perder por conocer no es perder. Pensemos que ni siquiera nuestro honor histórico debe ser el principal motor de las acciones que estamos iniciando, porque ese honor de pronto se convierte en algo pesadamente sentimental. Sigamos enterneciéndonos con "Las Acacias", pero hagamos sonar de inmediato "Tierra Labrantía", que combina la brega con las ilusiones románticas. Y en ningún caso olvidemos que el liderazgo no se da ni se decreta sino que se gana y se retiene. Y que sólo volveremos a estar adelante cuando comprendamos que los "toderos" (el aserrador del cuento) quedaron atrás; y que ahora hay que saber, para triunfar, para culminar lo que emprendimos y poder exclamar como se dice ya por toda Colombia: "Listo Medellín cabina ocho".

7. CONTRA LA DROGA Y EL CONTRABANDO
Queridos paisanos, queridos hermanos de Antioquia:

Esto va en serio. La emoción regional y nacionalista que se vive aquí, la de los tipleros y troveros y silleteros y arrieros que reciben a uno de los suyos, salido de ellos mismos, debe consolidarse en hechos que racionalicen esa emoción. Sería doloroso que todo se quedara en espuma, en burbujas que explotan y desaparecen.

Por ejemplo, una de las batallas en que estamos empeñados es contra el contrabando, pero ella debe enmarcarse en la defensa del trabajo nacional que nos da desarrollo y empleo. Vamos a desmontar el "snobismo" del amor por lo importado, sobre todo por lo importado ilegalmente, aunque sea de pacotilla. Una nación se construye con lo propio, no con lo ajeno. No sigamos siendo la vitrina, peor aún, la valla ambulante de actitudes y cosas que no sólo niegan la nacionalidad sino que la destruyen poco a poco.

Aquí en la tierra de la austeridad, de la sencillez, de la autenticidad, no vamos a dejar hundir la tradición y el futuro bajo una montonera de etiquetas que roban trabajo a los nuestros para dárselo a otros más avisados en otras regiones. Esta no es una invocación al "chauvinismo", al patriotismo histérico, sino al realismo y a la defensa de lo que somos y podemos ser como personas y como pueblo.

Tenemos que acabar con la "hongkonización", con ese trazo caricaturesco de sociedad opulenta, que ha ahogado al país en el menosprecio de lo propio; y que nos convirtió en un vergonzoso modelo de atraso, a raíz del contrabando, importando fruslerías y exportando marihuana y coca, mientras los empresarios de semejante comercio dirigen la inventiva creadora de nuestros mayores a reemplazar la imagen de la patria por la de un país azaroso y tortuoso, señalado en los anales de "la historia universal de la infamia" más por la audacia de la droga que por su libertad sin límites y su democracia ejemplar.

8. ACTA DE RENACIMIENTO
Me siento, qué digo, nos sentimos todos en la Antioquia de siempre, en la que vivíamos orgullosos, habitando casas humildes de la montaña o el pueblo, o en el marco de la plaza, mientras la banda municipal llenaba el romántico aire parroquial con sus cadencias.

Esto que estamos haciendo hoy, son propósitos para cumplir. Están dadas las condiciones fundamentales de la transformación: tenemos el ánimo; están las grandes obras a la vista, obras que serán para todos y en las que participarán miles y miles de antioqueños, calificados sólo con su voluntad de trabajo, con la voluntad que han expresado en este histórico escenario Fabio Echeverri Correa, Jorge Molina Moreno, Jairo Pérez Mesa, Mario Valderrama, Rocío, Rodrigo Puyo, Darío Valencia y Argemiro Vergara, voces representativas de nuestra gente y nuestra tierra.

Algo más ha habido, también ejemplar, en la firma de esta acta de renacimiento de Antioquia: se reúne un pueblo no a pedir, sino a que lo dejen hacer, como en sus buenos tiempos. Claro que ha recibido ya elementos básicos para demostrar de qué es capaz. Y repitamos, como ya les he dicho, que sabemos confundir las notas de nuestro tierno y glorioso himno antioqueño, con el rumor de las modernas máquinas, porque el tren de la historia ya nos está pitando en la puerta de la casa. Aprovechémoslo: ¡no sabemos cuándo pasará el que sigue! ¡Y que el Señor Caído de Girardota y la Chinca de La Estrella iluminen nuestros pasos!

Este despertar que ahora queremos para nuestra tierra nutricia no puede basarse solamente en las grandes obras que se van a emprender, so pena de resultar artificial y deleznable. Es cierto que los túneles harán de la "beya viya" una ciudad de dos pisos, con 23 grados en el valle de Aburrá y 17 en el valle de Rionegro; es cierto, también, que el Tren Metropolitano representa inversiones y trabajo para brazos hoy ociosos. Es también cierto que renace "Fabricato" por el apoyo de todos los "paisas"; y que gracias a las medidas en finanzas, a los controles aduaneros y a la reforma fiscal, la sociedad anónima se fortalecerá y la producción nacional recuperará mercados de los cuales había sido desplazada por el siniestro cáncer del contrabando. Todo eso es cierto y contribuirá a superar la recesión aquí y en otras partes del país.

9. EL ALMA EN PAZ
Pero más allá de todo esto que estamos haciendo con la ayuda del Parlamento, debemos emprender una rotunda campaña de recuperación moral y de retorno a las prácticas que cimentaron el carácter de nuestros abuelos.

Estas prácticas no contemplaban la ganancia fácil y los consumos suntuarios; ni la ligereza, ni la ostentación. La sabiduría popular tiene refranes que aluden a la fragilidad de la riqueza fácil y a los peligros de la ostentación viciosa. No los moralistas como el gran Marco Fidel Suárez o los panfletarios como el Indio Uribe y Ñito Restrepo, sino el hombre de la calle, el paisa de carriel y cotizas, sabe que "lo que por agua viene por agua se va"; que "el que juega por necesidad pierde por obligación", y que el que quiere hacer alarde de lo que no tiene, "termina por mostrar el cobre".

Debemos volver a la frugalidad de nuestra raza, a la previsión y a la constancia; fundamentar nuestras empresas en aquellas virtudes que dan sentido trascendente y erigir nuestra riqueza material sobre una riqueza moral que la haga insospechable. Volver a aquellos principios de la ayuda mutua, que estuvieron en la base del primer renacer del pueblo antioqueño, después de la visita de Mon y Velarde, y que echaron las bases de la solidaridad social: ellos hicieron de la nuestra una sociedad justa, que encontró los caminos del desarrollo equilibrado en donde la diferencia entre los poderosos y los humildes estaba salvada por el puente de la cohesión social.

Solidaridad, mucha solidaridad es la base de una transformación social que dé contenido a nuestra democracia, permita arrancar la violencia y conquistar la seguridad y la paz. E imaginación, espíritu aventurero, ese espíritu que impulsó la colonización del Quindío y que, más cerca a nosotros, ha permitido roturar el norte en el Tarazá y el Man; y crear en Urabá grandes explotaciones agroindustriales.

En vísperas del primer centenario del gran vate de Antioquia, de quien la amó y la cantó con sus mejores acentos, del iluminado Barba Jacob, recordemos su canto entrañable, su cálida voz filial:

Yo descendí de la antioqueña cumbre,
el alma en paz y el corazón en lumbre;
de austera estirpe que el honor decora.

Descuajadores de montaña, barequeros de todos los tiempos; quienes nos comunicaron con el mundo exterior, aquellos que montaron las fábricas que nos enorgullecían y nos enorgullecen; los bambuqueros de ayer, de hoy y de siempre; —"salve segunda trinidad bendita; salve frisoles, mazamorra, arepa"—-; los grandes hombres que Antioquia le dio a Colombia y al mundo; todos ellos unidos a Gutiérrez González, a Epifanio, a León de Greiff y a Barba, a Castro Saavedra y Robledo Ortiz; a Carrasquilla, don Efe y Mejía Vallejo; a Botero, Pedro Nel y Arenas Betancur, todos ellos nos miran anhelantes. Demostrémosles que su gloria es nuestra gloria; y que no nos pesa su ejemplo, sino que nos sirve para andar los caminos más duros, así como ellos lo hicieron.

Atrás quedó el pesimismo. Quéde atrás el egoísmo. Atrás quedó la violencia. Quéden atrás los lamentos. De pie, Antioquia por Colombia. De pie, que somos caminantes hacia la historia. De pie, siempre de pie. ¡Antioquia ayer, Antioquia hoy, Antioquia siempre! De pie, una vez más, para cantar:

¡Oh libertad que perfumas
las montañas de mi tierra,
deja que aspiren mis hijos
tus olorosas esencias!


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