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Soñando

(Para Don Aníbal Angel)

Allá en mi pueblo, hace muchos años ya, vivía junto a mi hogar una familia y en ella habla un hermoso niño de seis años a quien yo amaba mucho.

Dicho niño acostumbraba siempre jugar en mis rodillas, y jamás me acuerdo que me hubiera tratado de vos, una vez siquiera. El hermoso infante fue atacado por una violenta enfermedad, la cual le arrancó a la vida ocho días después y cuando lo iban a enterrar yo fui hasta el cementerio acompañando su cadáver.

Poco tiempo después.... después yo dije adiós a mi hogar materno para salir a recorrer el mundo!...

Los años han pasado con su correr fugaz, el |viejo y difunto amiguito casi había desaparecido ya de mi memoria, así como muchos recuerdos de mi pueblo, hasta que una noche, no hace mucho, casi nada, yo había vuelto a mi hogar. Salí de la casa y dije a mi madre: me voy a dar un paseo por el campo, y volveré otra vez por la calle que conduce al cementerio. Salí y me fui alejando por el campo, y ya muy lejos del pueblo, vi adelante de la vereda que seguía, a un niño sentado a la orilla del camino, con la cabeza aculta entre las manos y parecía que estuviera llorando. Pensé por el momento seria un niño que buscaba algún animal perdido, y por no haberlo encontrado estaba triste, y seguí avanzando. Al llegar junto a él, me agarró con ambas manos de mi izquierda, levantó la cabeza y se fijó profundamente en mí, pero cuál no sería mi sorpresa al reconocer en él al viejo amiguito de quien ya no me acordaba!... Sus ojos eran hermosísimos y en extremo brillantes, y su color no llegaba al término de la blancura.

El niño sin aguardar que yo hablase, se puso de pie y sin soltar todavía mi mano, dijo: "Sé que tú andas por estos campos dando un paseo, yo quiero acompañarte y conversar muchas cosas contigo. Yo, temblando de terror le dije: entonces volvámonos por donde he venido para ir a mi casa.

-No, yo no puedo ir a tu casa, tú ibas hacia allá, y diciendo esto, su dedo señalaba a la distancia un objeto muy lejano, era el cementerio. No temas ir conmigo, continuó, que sólo he venido para decirte: aún no he dejado de amarte, sé que después que saliste de tu hogar, has seguido creyendo en la Madre de Dios y su divino Hijo, mas, no obstante esto, tú has dudado si después de esta vida habrá otra y si será cierto que el manifestar las faltas a un sacerdote, basta para que los pecados le sean perdonados al hombre; como yo sé que estas dudas son funestas para ti y muy pronto estarás conmigo allá, he obtenido permiso para venir a advertírtelo.

Mis cabellos estaban erizados al oír estas palabras del niño, y ya casi llegábamos al cementerio, cuando al pasar junto a la puerta, instantáneamente se pasó a mi derecha, diciendo:

-Cubridme con tu capa para que el portero no me vea y me haga entrar, porque todavía te quiero acompañar un poco más.
-Cuál portero? dije, yo no veo a nadie aunque la puerta está de par en par. Tú no lo ves porque el portero que guarda la morada de los vivos es invisible a los muertos, y cuando algún muerto entra al cementerio o pasa junto a él, agacha la cabeza para no verlo.

Seguimos andando, y cuando ya estábamos próximos a llegar al pueblo, me hizo sentar a la orilla del camino, se paró a mi frente, volvió a oprimir con ambas manos mi diestra, y me dijo:

-Piénsa lo que te he dicho, porque muy pronto estarás conmigo allá, y otra vez me volvió a señalar el cementerio. Y también te digo que los que llevan allá tienen un horror tremendo a sus compañeros las tres primeras noches.

-¿Y  por qué, siendo tan cadáveres los unos como los otros?

El niño se alejó sonriendo sin contestar nada, hasta que el último recodo del camino lo ocultó a mis miradas.

De mi lugar lo veía alejarse sin salir aún de mi estupor, y noté que sus pies no se apoyaban en el suelo, sino que los llevaba un poco separados de él, y que su vestido, a medida que se iba alejando, tomaba forma de una hermosa túnica de color amarillento, la cual despedía hermosos visos a medida que era azotada por la brisa.

Me levanté de aquel sitio profundamente emocionado al pensar que siempre me decía |, y como los vivos, según él, tienen miedo de los otros vivos que hay en el cementerio, siendo la misma cosa, como dijéramos los del mundo: tan muertos son los unos como los otros.

Ya casi llegaba al pueblo cuando desperté; Un sudor frío como la mañana de ese día corría por mi frente, mis compañeros de pieza se habían levantado, y todos habían salido ya, me senté sobre mi lecho, me acordé de mi madre, tan lejos de mí, invoqué su nombre y volví a repetir entre dientes la tremenda sentencia del niño: "Muy pronto estarás en mi compañía, y los vivos que llevan allá tienen un horror tremendo a sus compañeros las tres primeras noches!...

MANUEL BAENA

Bogotá, enero 30 de 1914.
 

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