AVENTURAS DE UN SANTO
Lucido quedaria yo, si como muy bien puede creerlo el señor
lector, intento reformar el "Año Cristiano;" la tarea de contar la
vida y milagros de algun bienaventurado era buena para otro siglo y
otras gentes; en esta época del libre exámen y de las dudas, seria
muy peligroso querer comulgar con ruedas de molino al más bolonio
de los creyentes. Y si quien hace de historiador es un hombre como
yo, acreditado ya de cuentero, pues tanto peor; desprevéngase
pronto quien por un instante pudo creer en mí alguna santa
intencion y sígame, si á bien tuviere.
Adentro, pues.
Quien hubiera llegado antes de la revolucion que de pasar á un
pueblo de indios que se halla tendido al pié de un cerro hácía
el…...de Bogotá, habria conocido á un Cura de lo más raro en
esta época en que han sacado los tales señores tanto la uña para
convertir herejes. Qué hombre aquel tan cándido, válgame Dios!
Creyó á pié juntillas y lo creyó hasta morir, que lo que el
Evangelio decía habia de cumplirse al pié de la letra, y lo raro es
que no solo lo creia sino que lo practicaba. Hoy ya está muerto, y
mis alabanzas no lastimarán su modestia; por tanto, puedo asegurar
que aquel hombre, á quien traté tan largo tiempo, nunca tuvo ni un
mal pensamiento, y si la fe no falla, yo juro por la cruz de
mi….. ¿ pero sobre cuál cruz iba á jurar si no tengo espada y
el rosario se me reventó anoche? No juraré, pues, pero sí prometo
que si á mi Cura no le pusieron palma y corona cuando murió, sí
está actualmente formando uno de los adornos más brillantes del
numeroso coro de Santa Ursula; de seguro que allí no causará
inquietudes.
No hubo quien le hiciera creer que la infalibilidad pontificia y
el Syllabus eran mentira, no obstante los esfuerzos que sus
compañeros de ministerio hicieron para destruirle su conviccion.
Vea, me decia una vez, con una admiracion de niño, cómo quienes
ménos creen en todo esto son los que quieren hacerlo creer. No hay
remedio, el mundo está perdido.
La casa cural, en la cual el doctor Bernardo vivió cuarenta
años, era un albergue tan aseado y tan tranquilo, durante la
semana, pues los domingos aquello se colmaba de gentes, que
provocaba no salir de allí una vez que uno pasaba el umbral.
Me permito una ligera descripcion de la casa, pues me conviene
para cuando emprenda la relacion de las aventuras de mi santo.
Pasado el gran porton se daba con un corredor ancho, esterado,
de paredes enlucidas de blanco y adornadas con láminas de asuntos
bíblicos. Un canapé de fuerte estructura y forrado en vaqueta
sufria á los que tenian que esperar miéntras el señor Cura se
desocupaba. Por el frente, de columna á columna, una enredadera, de
la familia de las pasionarias, formaba cortinajes, y por en medio
de ellos se veia el patio al que alegraba un jardin siempre colmado
de flores, sinembargo de las que diariamente se cortaban para el
altar en la iglesia y los floreros en la sala. Y ahora que digo
sala, entremos en ella. Penetraba allí la luz por dos puertas que
daban á un balcon en forma de corredor que dominaba la plaza, y la
dicha luz alumbraba un conjunto trabajosillo de describir.
Imágenes, dizque pintadas en Quito, servian de adorno; entre ellas
la de una Casta Susana en el baño, la que todo revelaria en sus
formas desnudas, ménos la virtud que se le atribuye, ó infinidad de
láminas francesas en sus marcos colgaban de las paredes en todo el
rededor. Aunque allí no cabia más ya, sinembargo veíanse los
retratos de Pio IX, de nuestros arzobispos, obispos y demas
sacerdotes muertos, los de algunos generales y…..qué sé yo
cuántas otras cosas.
Y era sobre la mesa donde se podia extasiar el curioso
visitante; no discrimino lo que habia allí porque me faltaria
espacio para mi asunto principal. En los dos costados habia sendas
puertas que conducian la una al cuarto de estudio, biblioteca y
escritorio y la otra al dormitorio. A este lugar, ménos que á
ningun otro, llevaria al lector
Ahora volvamos á salir. El que describí en otro lugar, no es el
solo corredor que habia en la casa, otros tres más angostos
rodeaban el primer patio donde habia piezas habitadas por otras
personas que aún no me conviene sacar á luz. Imagínese cualquiera
el segundo tramo de la casa y lleguemos á una ramada que en otro
tiempo fué caballeriza, y que á la sazon servia de obrador en donde
habia de nacer mi santo.
Para concluir este bosquejo lleguemos á un huerto enorme cercado
de paredes que impedian que los muchachos hurtasen las cerezas,
manzanas, duraznos y curubas, pero que no impedian que se les
fuesen los ojos y se les volviera la boca agua al contemplar la
siempre tan sabrosa fruta del cercado ajeno, como dijo Garcilaso.
Todos los años se cosechaban allí papas y maiz, y como el clima es
tan frio y la tierra tan fértil, las frutas de Chile y las fresas
crecían por montones al pié de las paredes ó entre las coles,
tallos y lechugas que en calles rectas cruzaban la sementera.
Hay un pormenor del cual no quiero privarme porque más tarde me
haria falta. En la casa cural no habia puerta falsa como en los
conventos, pero sí habia una que daba á la sacristía, que como se
sabe esta contigua, y otra por donde se iba al coro y al
campanario, sinembargo de que los rejos de las campanas daban al
atrio para que los niños llamasen á escuela y para que cualquiera
(no lo digo por llamar así al sacristan) diera las doce, las ocho ó
el alba.
Ahora sí ya casi es tiempo de entrar en materia. Miéntras que
desde los obispos para abajo todos afilaban sus argumentos con el
objeto de convertir á los incrédulos, el doctor Bernardo
trasformaba la caballeriza en un taller donde tambien afilaba unas
malas herramientas con el fin de dedicarse á la escultura. Vió que
su iglesia estaba pobre y se dijo: ¿por que no he de poder yo hacer
santos? Y, Dios se lo perdone, puso manos á la obra con una
Constancia admirable.
De madera de sauce, nogal ó cedro empezó á labrar sus estatuas
imaginándose hacer ya una Concepción, un Nazareno ó un San Roque,
pero tenia la desgracia de que despues de tanto trabajar le
resultara algo como una mano de mortero, un majadero ó una masa de
Hércules, es decir, de todo tendria aquello, ménos de forma humana;
y divina, ya se ve que mucho ménos. Mas como la gota cava la
piedra, el Cura todos los dias despues de decir la misa y de tomar
un refrigerio, se iba al taller á labrar sus palos. De un enorme
tronco empezó á hacer un San Pedro, pero como un corte imprudente
le llevó una astilla, no le quedó cómo hacerle barbas y de ahí el
que pensase en hacer más bien un San Antonio, aunque tropezaba con
el inconveniente, grave para él, de tener que hacer un niño; pero
en fin, se dijo, ese de cualquier modo lo hago. No fué más feliz en
este ensayo: el cerquillo y las orejas fueron un escollo
insuperable. Una Vírgen, se dijo, sale de aquí con solo hacerle las
narices más afiladas y la barba más redonda. Esto tiene ademas la
ventaja de que se puede cambiar por cualquiera de las advocaciones;
siendo hoy Mercedes, mañana será Concepcion, luego Dolores y cuanto
se necesite.
Acertó á llegar un sugeto cuando ya daba por terminado el busto
y le hizo ver que aquello tenia formas más viriles que de mujer, y
entónces pensó en hacer un arcángel San Rafael. Esto da á entender
cuán fácil es pasar del ángel á la mujer y de la mujer al
demonio.
Resuelto ya que aquello seria un arcángel, se le ocurrió una
idea muy feliz y que puso por obra, y fué la de hacer de la estatua
una especie de maniquí de pintor, de manera que brazos piernas y
aun la cabeza se pudiesen mover para darles la posicion que más
cuadrase á las circunstancias; y así lo ejecutó.
Dejo por ahora al señor Cura empeñado en su obra y me voy tras
de su sobrina.
Santo Dios! esclamarán todos, ¿qué ha dicho este hombre? El Cura
con sobrina? No, señores, no hay que alarmarse; Marciana, la
sobrina del señor Cura, era una verdadera sobrina, como lo verán
ustedes ahora mismo. Se acuerda quien me esté leyendo, que dije que
en la casa habia otras habitaciones ocupadas por álguien? Pues allí
vivia la hermana del doctor Bernardo, viuda desde el año de
cincuenta y cuatro y á quien recogió con su hija única, cuando
estaba en la última miseria. La muchacha fué creciendo en cuerpo
como en carrillos y brazos, y por lo que hace á las partes que á la
vista humana cubrió la honestidad, eran tales, segun yo pienso y
entiendo, que solo la discreta consideracion puede encarecerlas y
no compararlas, como dijo don Quijote hablando de su Dulcinea.
Por lo que hace á la hermana del señor Cura, santa y virtuosa
mujer, llevaba el peso de la casa, así como el señor Cura llevaba
el del bolsillo y la niña el de las niñerías que poco a poco irán
saliendo. Era esta tambien la encargada de recibir visitas, mostrar
los dientes con risitas estudiadas á los que llegaban, y de
entretener á los que se dejaban seducir por su amabilidad. Aunque
ella naturalmente estaba coloreada como una almojábana acabada de
sacar del horno, no por eso se hallaba contenta y diariamente se
pringaba las mejillas con zumo de cebolleta. El glúten de la linaza
ó la de otras plantas que ella conocia, sostenian la serie de
cachacos ó rosquillas que, como las de las palmas de domingo de
ramos, le adornaban la frente. Siempre usó crinolina, pero de un
solo aro y formado de un bejuco que por cierto no dejaba espinilla
que no lastimara ni trasto que no enredara.
Sus conversaciones sérias versaban sobre asuntos litúrgicos ó
sobre las excelencias del "Evangelio en triunfo;" pero cuando por
el balcon podia trabar alguna conversacion de contrabando con algun
mocito, entónces "El Lenguaje de las flores" y "El Oráculo de los
destinos" no descansaban un instante con alguna que otra cita de
esos versos románticos que por desgracia todos hemos hecho en la
edad de nuestros primeros amores.
Creo que para Marciana basta ya este rasgo; ahora lo que importa
es dejarla obrar.
Volvamos á nuestro santo, que allá está el señor Cura dále que
dále para hacerlo de goznes. Por ahora dejémoslo anónimo pues ya no
es ni ángel ni mujer, y veamos cómo termina esta obra que habrá de
ser la admiracion de los fieles y la causa de mil conversiones.
Pero venga acá, señor lector; ¿no se me enoja, usted si le
introduzco en esta relacion otro personaje? Cómo ha de ser, si todo
lector es indulgente y qué sé yo cuántas cosas más que dicen los
prólogos de los libros. Siendo así y como quiera que el tal que le
voy á presentar es de lo más curioso que acaso haya en mi cuento,
permítame que se lo presente.
Señor lector, tengo mucho gusto en introducir en el conocimiento
de usted al señor Merenciano Cosas-buenas, sacristan in partibus,
alguacil ad hoc, pintor pro tempore, sastre ad vitam, conversador y
ladino per omnia sæcula. y fautor de otros oficios in utroque, que
yo me callo y que usted puede suponer.
-Mucho gusto de haberlo conocido, dirá usted; soy un criado
suyo. A esto se sigue el apreton de manos y ahí están ya dos
amigos.
Va su retrato. No era muy alto, y apénas tendria veinticuatro
años; es decir, estaba en punto de cosechar. Aun cuando sus formas
eran conventuales, no estaba todavía tan obeso que desdijera de
cierta elegancia mujeril de que él sabia hacer alarde con mil
melindres. Caminaba como por sobre brasas, se meneaba como corneta
sin peso en el rabo y hablaba por entre los dientes sin soltar sino
rara vez de los labios alguna ramita de mejorana ó un palillo de
naranjo. Como su cabello era crespo, cuidaba mucho, como cosa de la
más alta importancia, de su peinado que venia en ondas desde la
coronilla hasta la extremidad ensortijada con tanto esmero que muy
bien usted hubiera podido arrojar una arveja por un extremo, seguro
de que como por entre una cerbatana la habria visto salir al otro
lado. El aseo en la persona es una de las cosas que más cautivan, y
él parecia un palomo. Yo no sé si á todos les suceda, pero sobre mí
ejerce cierta atraccion magnética toda persona que aunque
sencillamente vestida esté perfectamente aseada. No iba pues tan
errado el sacristan.
Ahora si quiere usted ponerle una puntita de entrometimiento en
lo que no le va ni le viene, y un si es no es de tonillo dogmático
cuando encontraba con quién usarlo, quedará el retrato como de su
mano y de seguro que no le faltará más que hablar.
Sepa usted que esto se complica y que me estoy asustando; yo no
sé qué haga con tanto personaje que tengo, fuera de algunos que
están entre bastidores.
Por medio de tarugos y algunas bisagras, á la estatua se le
podia inclinar la cabeza, mover los brazos por los hombros y los
codos, doblar por la cintura, los cuadriles y las rodillas. Era el
embrion de cualquiera figura divina (fuera de la crisma) sin
distincion de sexo, edad, posicion ni forma, pues como más adelante
se verá, para todo habia algun expediente.
Como es sabido, un sacristan es parte integrante no solo de la
iglesia sino de la casa cural, así era que el nuestro tomaba puesto
en todos los consejos ya fuesen de carácter eclesiástico,
administrativo ó de familia. Esto sabido, ya se puede entrar en el
diálogo siguiente:
-Merencio (este era el nombre que el doctor Bernardo daba al
sacristan) se me ha convertido en un misterio terrible esto de la
encarnacion, y en verdad te digo: no sé qué haga.
-Pues no le falta razon, señor doctor, ese es uno de los más
augustos misterios de nuestra santa cristiandad, porque esto de que
sin auxilio de varon y como quien dice, en un abrir y cerrar de
ojos resulte un fautum est, ó como dijo el profeta rey, incarnatus
est de spiritu santo.
-Calla la boca, pedazo de alcornoque! interrumpió el doctor. Qué
dislates estás diciendo sin que vengan al caso? Te hablo del
encarne que haya de dársele en el rostro, brazos y piernas de la
estatua.
-Pues ahí tiene, señor Cura, si así fueran todos los misterios
habriamos dado al traste con la santa fe. Mande traer un poco de
aceite de linaza, albayalde y bermellon y ya verá cómo en ménos de
que me limpio un ojo encarnamos.
-Y tan fácil así es, hombre?
-Con ménos lo hago yo cuando se me ofrece. Por eso no tenga
cuidado. Un poco de negro de humo se necesita tambien para pintarle
los ojos y las cejas. Pero si acaso no hubiere, eso se puede hacer
con un poquito del betun que le unta á las botas el señor
doctor.
-Y no será eso una profanación?
-Y qué santo bendito es éste todavía? Bien pudiéramos hacer de
él un ángel ó un diablo con solo ponerle cuernos y rabo. Quis sicut
Deus! como bien sabe el señor Cura, tuvo que decir el arcángel
cuando los espíritus malos quisieron hacerle un veintitres de mayo
á mi Señor Jesucristo.
El buen párroco por toda contestacion se contentó con
santiguarse y volver la espalda para ir á tomar sus providencias
acerca del encarne.
Poco tiempo despues el futuro santo estaba recostado contra un
úngulo del patio y al rayo del sol para que se le orearan los ojos
más inmóviles y saltados que los de un ahorcado, los carrillos
encandelillados como de cervecero aleman, los labios tan rojos como
dos ajíes y las rodillas coloradas como de beato, cortesano ó
rondador de palacios. No por descuido sino con su segunda
intencion, el artífice le dejó la cabeza tan lisa, monda y lironda
corno la patena que en su cáliz usaba; y ya veremos que para ello
le sobraba razon.
Un dia se reunieron todos los de la casa en consejo de familia.
Discutíase nada ménos que el saber cómo estrenarian la estatua. El
señor Cura instaba para que se le vistiera de San Rafael á efecto
de suplicarle le abriera los ojos á tantos Tobías que debido á su
ceguedad no sabian lo que intentaban hacer.
-Hermano, dijo la señora; á esos, ni con toda la hiel que de
ellos se pudiera sacar se les podria curar de su ceguedad; por otra
parte, el dia de San Rafael está muy lejano y la novena con la
fiesta parecerian fuera de tiempo. Mejor seria que lo vistiéramos
de San Juan Nepomuceno, abogado de las malas lenguas, ahora que
dicen tanto los que defienden……
-Y para las malas plumas no habrá abogado? interrumpió el
sacristan; mire que lo que están escribiendo los defensores de
la……
-No interrumpas, zopenco! Qué mala costumbre la tuya.
-Pues como iba diciendo; á usted le cabe la sopa en la miel para
predicar y ver si se arrepienten los que tanta guerra le hacen á la
iglesia con su mala lengua. Por fortuna el santo ha empezado ya á
hacer el milagro y algunos de los que habian sido tan incrédulos
hoy edifican con sus escritos. Fuera bueno que dijera en el sermon
algo en bien de ellos.
-No en mis dias; yo no me meto en la política.
-Luego tales conversiones tendrán por causa eso?
-U otra cosa peor; no te quede duda. Los Agustines y Jerónimos
no son para este pícaro siglo. En aquellos dias era otro
cantar.
-Ah! sí! In diebus illis…….
Una mirada reprensiva del Cura bastó para hacer callar á
Merenciano. Luego continuó: mi hermana no va descaminada del todo y
apruebo la idea de que hagamos la fiesta de San Juan Nepomuceno.
Falta saber cómo lo vestiremos.
-Aquí sí nos toca, dijo el sacristan mirando á la sobrina del
señor Cura.
Este nos habria llamado la atencion de cualquier estraño, pues
no habia quien no dijera que entre el sastre y la costurera habia
obrita cortada. Malas lenguas; ojalá que San Juan les pusiera
remedio.
Procurando componer la crinolina medio rebelde, asegurándose
mejor en su asiento y pasando una mano por el cabello, dijo
Marciana:
-Pues le pondremos el bonete de doctor, y para eso le
acomodaremos las insignias á uno de los de mi tio.
-Y luego acaso qué; dijo la madre en tono reprensivo, él no es
doctor?
-Calla, que mi sobrina puede que tenga razon; así como hay más
doctores hoy que doctos, así tambien hay más bonetes doctorales que
cabezas en que chantarlos. Sigue, pues, dijo á su sobrina:
arreglarás un bonete como para doctor……
-Le pondremos una muceta blanca.
-Y esa de dónde la sacamos? preguntó el Cura.
-Acortándole á mi capita de montar no le quedará buena? Una
postura solo tiene; no me la he vuelto á poner en otro dia.
El Cura movió la cabeza en señal de protesta, y los demas que no
se fijaron en ese movimiento dijeron á una:
-Eso es!
Animada con tal aprobacion continuó Marciana:
-Sobrepelliz y estola no hay por qué buscar, pues en la iglesia
tenemos.
-Bueno, dijo el sacristan; ¿pero la sotana?
Este golpe pareció terrible, pues todos se volvieron á mirar y
callaron.
-Ah! dijo de nuevo Merenciano, como si hubiese resuelto un
problema algebraico, la saya con que la niña Marciana va á misa los
domingos no servirá?
Cuantas arrugas tenia en la frente el doctor Bernardo se
hicieron más visibles en aquella ocasion y estuvo al protestar por
la otra profanacion, pero se contentó con toser.
-No le parece, tio, que se le han de poner como insignias en una
mano una lengua y en otra unas tijeras?
-Tienes razon. A este santo el no haber hablado le costó el
martirio y la muerte.
-Y á otros, observó el sacristan, les ha valido el estar
callados la fama de sabios y de hombres prudentes, como á cierto
doctor que he visto en los congresos de Bogotá.
-Mira que hoy tienes la lengua brava. San Juan bendito te
valga.
-Lo principal faltaba, gritó la hermana del señor Cura. Cómo lo
hacemos, hombre! No ven que le faltan las barbas?
Ya iba á observar Merenciano no sé qué acerca de tantos barbudos
que no dan indicios de parecer hombres, pero se la guardó para
decir que él tenia unas barbas y peluca que habia comprado para una
vez que se vistió de matachin y que se las podrian poner al
santo.
Dicho y hecho; á los dos dias San Juan Nepomuceno estaba en el
altar tan glorioso como en la bienaventuranza.
El sacristan por su parte se encargó, de motu propio, por
supuesto, de regar la noticia de que por intercesion del señor
Arzobispo y debido á los méritos del señor Cura, el Santo Padre
habia mandado de Roma y Jerusalen un cuantas estatuas de esas
cansadas de hacer milagros por allá y que muy pronto verian los
prodigios que empezaban á obrar con la mudanza de clima.
Esto lo dijo en los corrillos, en el juzgado, en el billar, en
la venta de la esquina y en su casa. Aseguró que desde el camino
habian empezado á hacer milagros y que entre sus cajas, encerrados
como estaban, ya no sabian qué hacerse con ellos, pues no habian
dejado mal que no aliviaran.
Tengo fe, señor lector (y esto no lo tome á chanza porque soy de
los que creen a puño cerrado) en que descrito es último personaje
ya no molestaré más su atencion.
La niña Eulalia es una mujer á quien toda la vida se le ha visto
en la tienda y casa de la esquina, que por un lado da al camino
público y por el otro á la plaza. Su edad algo más que madura su
obesidad cuasi cerdosa (qué adjetivo el que hallé) son la garantía
más segura de su bondad de carácter.
¿Y que han de hacer los que no se pueden mover de puro gordos
sino ser bondadosos? Y si no que se pongan bravos; bravos y gordos
se quedan.
Pero la verdad sea dicha, la niña Eulalia, escepto su lengua que
se movia en sentido inverso de su mole, y que San Juan con su gran
poder habia de arreglar, era el tipo de una matrona. ¿Que consejo
habria que no diera, que mal que no remediara, que necesidad que no
aliviara, qué servicio que no prestara? Era verdaderamente un
pañito de lágrimas en el pueblo y por supuesto la persona de mas
influencia. Tres veces habia sido casada y á la sazon era viuda.
Del primer marido, hombre muy acomodado, tuvo una hija á quien se
llevó el cachaco, por no decir el diablo, como ella decia, pues que
un limpio de Bogota habia hecho viaje exprofeso para sonsacársela
en matrimonio creyendo que ella le aflojaba algo, pero que se habia
llevado un chasco.
Para ponderar la riqueza en tierras y dinero que le calculaban
guardado en tantos años de trabajo, decian los calculistas del
lugar que la niña Eulalia tenia mas de cuatro cachetones, pcsos
columnarios y fernandinos enterrados, fuera de la riñonada
Lo cierto es que la tienda de dos puertas en más de medio siglo
no se habia desocupado nunca y que la tripulacion de aquella enorme
arca de Noé que llamaban casa, estaba compuesta constantemente de
más de veinte personas. Seis u ocho indias mocetonas y rollizas
hacian el servicio de la venta, de los amasaderos y revoltura de la
chicha. Las que servian en las cocinas, cargaban el agua,
aderezaban la carne y manteca de puerco; las que molían maiz y
cacao, fabricaban velas y cuidaban de los animales domésticos
completaban el resto, fuera de unos cuantos indios que llevaban y
traian bestias ó acarreaban la leña. Qué movimiento tan constante
el de aquella casa!
Como cristiana, la niña Eulalia era creyente, sincera y
caritativa hasta el estremo; nunca dejaba de tener alguna novena
entre manos ó alguna misa mandada decir para aliviar una necesidad
propia ó ajena.
La primera novena pues, y fiesta de San Juan Nepomuceno corrian
por su cuenta, y motivó esto el ver si el Santo remediaba cierto
matrimonio en cierne que por unos díceres se habia desbaratado.
El último brochazo sobre la niña Eulalia y no la volveré á
tocar.
Zarcillos en forma chinesca que le llegaban hasta tocar con los
hombros, gargantilla de cuentas gordas, rosario revuelto con
limpiadientes, medallas y otros dijes, todo esto de oro por
supuesto; item más, tres ó cuatro anillos en cada dedo fabricados
de plata, ó tumbago, cornelina ú oro con enormes esmeraldas; eran
adornos que nunca faltaban en ella, sobre todo si era dia clásico.
Y va por último este apunte. Un delantal con dos enormes bolsillos
llenos de dinero, llaves, ojos de buey, colmillos de araña, dedal,
tijeras y por remate un enorme mazo de llaves pendiente de la
cintura, era cuanto nunca faltó sobre aquella veneranda figura.
Ya se me iba olvidando! Usaba pañuelo de seda color carmelita
atado en la cabeza en forma de gorro de dormir, con el pretexto de
que sufria de desvanecimientos, pero bien averiguadas las cosas se
puso en claro que era para cubrir algunos claros que por falta de
pelo le habian aparecido en la mollera.
La fiesta estuvo de lo bueno y el nuevo santo fué la admiracion
y causa de lágrimas y promesas de todos los indios del distrito lo
mismo que de las gentes del pueblo.
Y vea, señor lector cómo son las cosas de esta vida. El dia
precisamente en que se celebraba la fiesta del taumaturgo San Juan
Nepomuceno acertó un buey a darle una cornada por debajo de la
barba a una india y por pocos le saca la lengua por la boca.
Al dia siguiente el sacristan ya se habia dado maña de pintar el
milagro. Con zumo de hojas, ladrillo molido y achiote pinto á San
Juan entre nubes, al buey furioso y á la india en la punta de un
cuerno con la lengua por los aires y en poder de las aves de
rapiña. Que imaginacion tan fantástica de hombre! El milagro
estaba hecho: esa india habia sido la que en mala hora habia dicho
no se sabe qué en contra del honor de la novia.
Un velo inpenetrable cubrió despues al Santo, y desde luego,
cuanto más misterioso, fué tanto más deseado. No hay cosa peor en
esta vida que dejarse manosear; santo expuesto constantemente a la
contemplacion pública, por regla general no hace milagros.
El trabajo de la niña Eulalia no se hizo esperar, y si el señor
Cura con su prédica i el sacristan con su pincel habian estado á
cual más elocuentes, la señora con su lengua aventajó aun a los
mismos que castigaba el milagroso santo. Qué conversacion tan
continua, tan sin interrupcion! Quien de léjos la oyera creia que
estaba leyendo en libro. Cómo harán para que no les falte materia,
válgame Dios!
Bueno será, señor lector, que empecemos á hacer cuentas, pues
más tarde se nos complican las cosas y nos cuesta más trabajo sacar
la suma. Véamos lo que hoy es San Juan Nepomucono, qué ha venido
siendo desde un principio.
Despues de haber sido San Pedro, quien hasta por tres veces negó
a Cristo, por falta de consistencia pasó a ser San Antonio, el
humilde amparador de doncellas, abogado de las que quieren novio y
hacedor de toda clase de milagros. Como el artífice no tuvo de
donde sacarle orejas grandes ni cerquillo, hubo de destinársele á
ser una Vírgen; pero como no sirvió tampoco para esto por tener
cara poco á propósito, se le destino á ser arcángel, lo cual nunca
llegó á ser, pues pasó á maniquí ó comodin de santo. En este estado
y por medio de una rápida trasformación resu1tó San Juan Nepomuceno
tal cómo usted lo ha visto.
San Pedro y va una;
San Antonio, y van dos;
Vírgen, y van tres Vírgen es
Angel, y van cuatro;
Maniquí, y van cinco;
San Juan; y van seis. Santo es.
Ahora sigamos nuestro asunto.
Su más y su ménos tendría el sacristan i la sobrina del Cura
cuando de cómun acuerdo y en connivencia con la niña Eulalia,
ignorante de lo que pasaba en cuanto á trasformaciones, propusieron
al bueno del doctor Bernardo que exhibiese una vírgen del Tránsito.
No le pareció tan mala la idea, pero puso el inconveniente de que
como se le cerraban los ojos a la futura Vírgen.
-Eso lo tengo yo previsto, dijo Merenciano: con cera blanca se
los tapo yo tan bien quc no ha de despertar más.
- ¿ Y el vestido? Y el sarcófago en que se la acueste?
-Ya lo tenemos visto. Le pondremos por delante una dalmática,
encima una capa pluvial, se le acomoda la cabellera de la otra
encima una corona y la acostamos en donde mismo acostamos a su Hijo
el viérnes santo. Nuestro Señor, es seguro que no se pondrá bravo
por eso con su santísima Madre, pues él mismo dijo matrem et filium
non debent necare.
-De dónde sacas tanto disparate? Hombre sin seso. Mira que te
has convertido en un Sancho de los demonios.
Todo esto lo decia el Cura conteniendo la risa miéntras que
desde el sacristan para abajo pujaban para no reventar.
Se preparó todo como se habia anunciado y despues de la novena,
los repiques de campanas, lo cohetes, las lengua de la niña Eulalia
y los ardides del sacristan empezó á entrar al templo para ver la
fiesta, una multitud ansiosa de conocer la nueva Vírgen traida de
la estanjería
Allá en lo más elevado del altar mayor estaba el dosel en donde
reposaba la Vírgen más muerta que un difunto, pues para
amortiguarle lo rojo de los carrillos abermellonados habian tenido
el cuidado de ponerle más polvos blancos que a una dama que va a
baile ó á teatro.
En aquel dia, con el pretesto de que Marciana tocaria a la hora
de sanctus una contradanza llamada "La muerte del negro Infante," y
que habia aprendido juntoo con el acompañamiento del trípili
trápala en un monacordio que tenía en la casa, y como habria de
ayudar á cantar al sacristan, no admitieron a nadie en el coro y
cerraron bien la puerta. Es de suponer que se alzaban mutuamente
los fuelles y que cantaban á duo á contentamiento de todos.
El diablo tiene algunas chanzas muy pesadas, á más de cuatro ha
hecho quedar mal cuando se le antoja.
Y digo esto porque en una de las veces en que los dos cantores
estaban más distraidos no sé en qué, el Cura acertó a gritar: per
omnia saecula secularum. Sorprendidos ámbos quisieron contestar á
un tiempo amen, pero el sonido salió tan confuso que no parecia
sino que el uno hubiera cantado entre la boca del otro.
Desde luego que á nadie se le escapó este incidente, escepto al
señor Cura y á su hermana, quienes como verdaderamente interesados
nada debian saber. La niña Eulalia sí no pudo ménos de volver a
mirar y santiguarse despues.
Las salves y misas cayeron como llovidas desde aquel dia en
adelante y los milagros no escampaban. Entre otros el más notable
fué el de que un jóven hubiese llegado á pedir en debida forma en
matrimonio á Marciana. Acerca de todo esto se hacia lenguas la niña
Eulalia; sinembargo de que nadie sino ella estaba en el misterio de
aquel matrimonio que ella, llevada por su propio interes, habia
preparado.
Para el pobre escritor que, tiene que echar luz todos estos
enredos hay una responsabilidad muy grande. Si calla malo, si dice
peor, pero como la verdad adelgaza mas no quiebra hueso, habrá que
echarla afuera;
La sobrina del Cura hacia caras á todos y frente al sacristán;
el sacristan hacia frente á todas y la mejor de espadas tocaba
retirada, y la niña Eulalia apesar de su edad y su devocion creia
qué las cuartas nupcias habria de completarlas con Merenciano,
seducida por sus dengues, pero ignorando que esos se los hacia á
todas.
Ahora veamos la situacion en que cada cual se colocó debido á
los acontecimientos anotados.
Marciana, á quien el sacristan habia dicho tantas palabras y
hecho tantas manifestaciones jamas había oido de él una sola acerca
de matrimonio ni le habia cometido accion alguna con que se lo
hubiese dado á creer. El sacristan, á tiro de ser descubierto por
su música vocal en el coro y amenazado con un denuncio de la niña
Eulalia, vacilaba entre Marciana quien tenia por limpia en dineros
aunque no tan limpia en lo demas, y la niña Eulalia, presunta
muerta y disponedora de cuantiosas riquezas. La niña Eulalia estaba
mejor que todos, pues no pensaba sino en ver cómo apartaba á
Merenciano de aquella entretencion, para lo cual habia buscado de
novio de la sobrina del Cura ofreciéndole dinero, á un sobrino
lejano suyo.
Si el milagro de algun santo no desenreda esto, yo no sé cómo
salgamos, querido lector.
En un relato de esta clase no me gusta meterme á sentimental,
que si nó, habia de pintar cómo pasaba Marciana los dias y parte de
las noches en el huerto debajo de algun cerezo entregada á la lucha
que su suerte presente le acarreaba. Contaria como recitaba aquello
de "Oh! qué mano fatal me arranca el sueño" de Tasara….. Así
es, que ahora, despues de medio siglo, "El Desvelo" ha resultado
ser de Bermúdez de Castro. Diria cómo escribia epístolas y luego
las rompia envidiando á las aves que por lo ménos podian practicar
el amor libre sin darle cuenta á nadie de sus acciones. Oh!,
aquella heroina enflaquecia visiblemente al influjo de su contraria
suerte. Las almojábanas, iba á decir, las rosas de sus mejillas,
palidecian de dia en dia sin que fuesen bastante á mitigar los
estragos, los tragos que solia acomodarse del vino de consagrar que
su tio tenia en una alacena.
A todas estas llegó la cuaresma y los sermones y los ayunos y
las penitencias; fijó necesario pues que cada uno tomase su
resolucion y así fué que el sacristan hubo de oir decir de boca del
señor Cura que nemo potest doubus domini servire, pero en cambio él
le dijo á Marciana en tono de amenaza: queretis me et non
inventéis, y á la niña Eulalia que senectus ipsa est morbus.
Así pasaron las cosas hasta que llegó la Semana Santa y con ella
las trasformaciones. En esta vez fué al Cura á quien se lo antojó
idear. Como las conversiones estaban en aquella época al órden del
dia y las habia habido tan extraordinarias, quiso que en el
monumento del jueves santo se representase algo alegórico. Trajeron
de nuevo al maniquí y como aún no le habian quitado la cera de los
ojos, al desprendérsela uno de ellos quedó más blanco que la hurí
mentida, pues el color negro se habia borrado. No fué aquello un
inconveniente, y en un caballo de madera y forrado en cuero que un
talabartero ponía en su puerta, montaron al sugeto, pera cayéndose
y prendido del arzon, pues habia oido las palabras aquellas de
"Saule, Saule, cur me persiquis?" que por entre una nube de algodon
lanzaba una trompeta. Aquel no era pues otro que Pablo en via para
Damasco.
Mucho llamó aquello la atencion dé todos, pero menos la de la
niña Eulalia quien por llevar la contraria al sacristan empezó á
decir en su tienda que á otro perro con ese hueso. El San Pablo
tuerto del monumento no es otro que el que sirvió para Tránsito y
que ántes fué San Juan Nepomuceno. No tardaré en verlo de judío
azotando á Cristo.
El velo del misterio habia caido y por tanto el prestigio del
santo se acabó; pero lo cierto es que ella misma nosabia el mal que
se causaba.
La pascua llegó, y como no hubiese Magdalena para las carreras
acordaron de ponerle una bata de Marciana á la estatua, amarrarla á
unas anclas y que en compañía de San Juan corriese por la poblacion
anunciando el "resurreccit, non est hic" (cuidado, señor cajista,
con cambiar el lugar de la coma como hizo Renan, porque se va todo
al traste).
La plaza del pueblo esta empradizada de grama, y en aquel
domingo estaba sumamente húmeda, así fué que en una de esas idas y
venidas, encuentros con San Juan y ceremonias, se les fueron los
piés no á la Magdalena sino á un indio de los que llevaban las
andas y, adios demonios! por allá fué á dar la santa, de la cual no
alzaron sino restos útiles únicamente pasa llevar á la coina.
Aquella arrepentida Magdalena no volvió á figurar para nada en su
santa vida. El comodin de santo terminó su mision y la fé de los
creyentes se alcanforó para saecula secularum.
Volvamos á hacer las cuentas en la segunda época.
Tránsito, y va una;
San Pablo, y van dos;
Magdalena, y van tres.
De todo es.
Tentado estuve de terminar aquí mi cuento, pero como usted, se
lector, apesar de su indulgencla suele ser tan exigente; y no es
eso lo peor sino que por ahí sin que uno lo sepa se desquita
diciendo que mal haya el tal por cual que lo mete á uno en enredos
y luego no lo saca de ellos; y como estará desesperado por saber en
qué paró todo aquello de Marciana, Merenciano y Eulalia, voy á
satisfacerlo contándole a modo de epílogo lo que realmente
pasó.
Los asuntos se estaban ya medio arreglando, no debido á la
influencia de los milagros, pues no habia quedado quien los
hiciera, sino al poder taumatúrgico del siglo. Póngasele si no á
ese gran poder un poquito de inteligencia humana y se verá cómo no
hay cosa que no alcance. Baste decir que los hombres están ideando
por todas partes disparates de aquellos que en otras épocas eran
considerados como tales, para ponerlos por obra. Las que en otro
tiempo se llamaron siete maravillas hoy son juegos de niños ante lo
que cada dia se realiza. Hablo pues del dinero, pero ahora
principalmente es el de Eulalia el que traigo entre manos. Traigo
entre manos dije? Ya quisiera yo, mi buen lector, que eso fuera
cierto. Qué buenos ratos nos pasáramos!
Dejóse pues de novenas y misas la niña Eulalia y dijo: al grano
que es lo que nace. Llamó á su sobrino y le dijo que no habia mejor
partido para un joven trabajador que la sobrina del Cura: hermosa,
inteligente, honrada a carta cabal y de un génio de ángel. Por
otra parte, yo les doy á -ustedes con que trabajen, y como el señor
Cura, de quien pocos serán sus dias, no tiene más que su hermana y
su sobrina, al morir habrá de dejarles todo. La manga de detras de
la iglesia, el potrero de Chirguasí, las vaquitas i el dinero que
debe tener enterrado, no bajará por todo de treinta mil pcsos
poniendo las cosas por lo bajo.
Ahí tiene usted pues á un hombre comprometido. La misma
historia mutatis mutandis ( y va otro latinajo), le dijo á
Marciana, quien no alcanzando á ver en el sacristan más que sus
melindres, resolvió virar de bordo hácia la nueva propuesta. Con
Merenciano usó de otra tactica Vea si no seria veterana, cuando ya
iba tras de la cuarta victoria conyugal. Lo llamó y le dijo
engañándolo con la verdad: yo estoy vieja y pocos serán mis dias;
ya no puedo atender á mis negocios y necesito de una persona de
confianza que me los maneje. Y luego quien no quiere la cosa, le
hizo un inventario al vuelo y muy por encima dé sus propiedades, de
donde resultaba que la niña Eulalia estaba podrida, como suele
decirse, de plata. Le propuso, pues, que fuera él su confidente,
por no decirle con claridad que no desperdiciara el partido que se
le presentaba. Y como ella hacia que por debajo de cuerda lo
aconsejaran, el sacrista al fin aflojo.
Cuando ya todo esto se habia hecho publico asomó la guerra y
naturalmente todos suspendieron operaciones para ver qué partido
tomaban en tan cruda tormenta.
Ya fuesen tropas regulares, ya guerrillas, partidas suelta;
postas, todos iban á dar á la piedra del toque que lo eran la niña
Eulalia y el señor Cura. Los empréstitos por otra parte los tenian
aniquilados, unas veces porque eran rojos y otras porque eran
godos.
No mucho hacia que la niña Eulalia se habia retirado á una
estancia en la montaña, cuando llego una guerrilla al mando de
aquel su yerno, quien apénas puso el pié en la plaza preguntó por
su suegra á quien iba á llevarse por roja y liberala. No
encontrándola le puso la mano á Merenciano á quien saco de debajo
del altar mayor; puso preso y enrolo en sus filas al novio de
Marciana y queria hacer caida y mesa limpia llevándose al señor
Cura porque en el acto no le daba una suma que pedia. El ganado,
bestias y demas animales de la suegra que no pudo arrastrar fueron
vendidos á menosprecio, la casa fué ocupada para cuartel y saqueada
de manera que en un dia se hizo á la dote que no habia querido
darle Eulalia á su hija.
Aseguro que el hombre las valia para ejercer su ministerio.
Sorprendida la guerrilla y rodeada por todas partes el jefe y su
gente hicieron frente en la casa de Eulalia y en la iglesia, en
donde pelearon toda una noche, hasta que asediados pusieron fuego y
escaparon dejando muchos muertos y prisioneros.
Al dia siguiente el sol alumbró el fulgor siniestro de las
llamas que acababan ya de consumir el templo la casa cural, la de
Eulalia y todas las que formaban el cuadrado de la plaza.
Permítame dar ya la última pincelada, señor lector, porque me
siento fatigado. Usted ve que no es lo mismo trasformar hereges en
santos y hablar de milagros que mojar la pluma para describir de
esta clase de escenas en que el génio, por más retozon que sea, no
puede ménos que contristarse.
Merenciano, flor de los sacristanes, tomó armas y murió en
Garrapata defendiendo la religion; el novio de la sobrina fue á La
Donjuana á ser un valiente en las filas liberales y aún no ha
vuelto de por allá; el señor Cura murió hace poco tiempo, despues
de una vida ejemplar; su hermana i la hija andan por ahí sin arrimo
alguno y la niña Eulalia armó como pudo un caramanchel y miéntras
que reconstruye su casa, ha vuelto á vender su chicha y á poner en
juego su lengua. Qué cierto es aquello de que génio y figura hasta
la sepultura!
Ahora sí, lector mio, hasta otra vista.