DEDICATORIA.
SEÑOR JOSÉ M. LLÉRAS.
Querido compadre:
Durante el tiempo en que he tenido la fortuna de tratarte me has
hecho tantas y tantas (ya se me iba olvidando decirte que me habias
hecho), que en muchas de mis vigilias (se entiende que en las de
cuaresma) no hice otra cosa que pensar en tí ya que no tenia cómo
pasar bocado. ¿Cómo se las pago todas en una sola? me decia, cuando
el cielo me iluminó la historia de ese santo bendito que hoy pongo
bajo tu proteccion y amparo.
Preciso es decirlo: esta historia te la debo doblemente, ya sea
porque estoy en la obligacion de pagarte aunque sea con sátiras las
que me has hecho (y volví á olvidar decirte qué) como porque tú me
la inspiraste involuntariamente.
¿Te acuerdas de aquel personaje, á quien tú remedabas tan bien,
y que renegaba de cuantos diablos haya en este mundo y el otro á
causa de que una vez vió que unas vivanderas (las llamaré así, no?)
hacian en una sacristía su comida con una leña que no dejaba de
mostrar entre el humo y las llamas alguna rodilla, algun codo o lo
que tú quieras, puesto que disponian de unos santos de esos que ya
han perdido por el uso y aun por el abuso todo su prestigio? Pues
bien; desde ese dia se me despertó una historia que tenia dormida
hacia tiempos, y desde luego pensé en ti para ofrecértela. Si no la
aceptas, deséchala, que no faltará quien la recoja para pagarme la
gracia, cuando ménos, con un recorderis de orejas.
Bien largas las tengo como tú lo sabes; que se di viertan pues
con ellas.
Basta de prólogo, que para obra tan pequeña bueno es, y aun
sobra, lo escrito.
Compadre de mi alma, no me vayas á descuerar por mi vagabundería
y mándame lo que quieras que estoy pronto á obedecerte.
J. DAVID GUARIN.