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LA AUTOBIOGRAFIA EN LA LITERATURA COLOMBIANA
A partir de la próxima edición de
Noticias Culturales iniciaremos la publicación de una serie de curiosas, desconocidas
u olvidadas autobiografías, todas ellas de autores colombianos. Esta publicación,
como resulta apenas natural, habrá de realizarse en forma total o fragmentaria, según la
extensión del respectivo documento. Pero antes de dar comienzo a esta labor, es
conveniente que digamos algo siquiera sobre lo que constituye o se entiende por
autobiografía.
El género autobiográfico, de tan
cercano parentesco al biográfico, aunque en más escasa proporción respecto a su
divulgación, también se ha cultivado con relativo esmero entre nosotros, desde tiempos
más o menos lejanos hasta el presente. Si, como es sabido, la biografía es la historia o
el testimonio de la vida de una persona, la autobiografía no es más que la vida
personal, escrita por uno mismo. Es, pues, una manifestación privativa de quien la
refiere, ya con carácter estrictamente histórico o bien con sabor meramente literario, y
puede abarcar desde una obra de considerable extensión, hasta una simple crónica o
apunte periodístico. De otra parte, la autobiografía puede escribirse con destino al
público en general o para un determinado núcleo de personas, en particular.
Las autobiografías, escritas
espontáneamente o a instancias de terceras personas, como le aconteció, en este último
caso, a la Madre Francisca Josefa de Castillo, entre nosotros, o al gran Mahatma Gandhi,
en época reciente y en cuanto a personajes o autores extranjeros se refiere, es apenas
obvio que conlleven las reflexiones, confesiones, experiencias, evocaciones e impresiones
propias de cada autor. No de otra suerte, al igual de lo que ocurre con la biografía,
ellas deben servir, como lo quería alguien con sobra de acierto, para instruir,
sorprender, deleitar y lanzarnos al campo de los descubrimientos sicológicos,
poniéndonos en relación inmediata e íntima con la vida.
En fin, creemos que la autobiografía
real o fantástica, seria o festiva, en prosa o en verso, constituye aquí y en cualquier
parte, un valioso documento que contiene y transmite, con rasgos singulares e
inconfundibles, el sentimiento de lo estrictamente individual.
En forma aún más específica o
concreta, y como hermano menor de la autobiografía, tenemos el llamado autorretrato, es
decir, la descripción de las cualidades físicas y morales que caracterizan a una
determinada persona. Como clásico ejemplo de esta llamativa modalidad literaria, contamos
con aquel que de sí mismo trazara, con mano maestra, la pluma de Cervantes en el prólogo
de sus Novelas ejemplares y que comienza:
Este que veis aquí, de rostro aguileño,
frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada;
las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la
boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos...
Es preciso considerar, así mismo, que el
ya poco cultivado género epistolar mantiene no escasa relación o cierta familiaridad,
por así decirlo, con el autobiográfico. Unas cuantas cartas, una sola quizás, y los
atributos, las intimidades de una persona en veces hasta las más abscónditas
se habrán dejado traslucir o dado a conocer directamente a su destinatario. Al cabo del
tiempo, un archivo epistolar, según el personaje de que se trate, se habrá tornado en
una fuente realmente valiosa y hasta de imprescindible consulta para los presuntos
biógrafos o investigadores en general.
Pero volviendo al tema que ahora nos
inquieta, en cuanto al panorama de la literatura universal se refiere, nos limitaremos
es conveniente hacerlo así sea fugazmente a mencionar unos contados nombres
de cuantos tuvieron a bien ocuparse de sus propias vidas: Flavio Josefo, de la más
antigua data; Juan Jacobo Rousseau en Las confesiones, Los diálogos, Rousseau, juez de
Juan Jacobo y Ensueños de un paseante solitario; Benvenuto Cellini; el filósofo
italiano Juan Bautista Vico; el filósofo y economista inglés John Stuart Mill; Simone de
Beauvoir en La plenitud de la vida; Mahatma Gandhi en La historia de mis
experimentos con la verdad; Azorín en Antonio Azorín: pequeño libro en
que se habla de la vida de este peregrino señor; Torres Villarroel; el mismo Unamuno;
Benjamín Franklin; Jefferson; José Vasconcelos en Ulises, criollo: la vida del autor
escrita por él mismo; Rubén Darío, etc.
De todos estos viajes introspectivos, con
las peculiaridades y el interés que despiertan, cada cual en su ámbito, hemos de hacer
especial alusión, por las huellas y la honda satisfacción intelectual que dejaron en
nuestro ánimo, a la autobiografía de Stuart Mill y a la Vida, ascendencia,
nacimiento, crianza y aventuras del Dr. Don Diego de Torres Villarroel, catedrático de
Prima de matemáticas en la Universidad de Salamanca, escrita por él mismo. Tal es el
título completo de una Autobiografía en el sentido cabal de la palabra y quizá
excepcional entre todas.
Por cuanto respecta a nuestro medio
cultural, como habrá oportunidad de comprobarse en sucesivas publicaciones de este
boletín, contamos con interesantes y curiosas autobiografías de distinguidos autores que
en un momento dado, pluma en ristre, resolvieron volver por los fueros e intimidades de
sus propias vidas. Muchas de estas páginas, por el transcurso del tiempo, quizás hayan
caído en el olvido y otras tantas resulten en la actualidad totalmente desconocidas o
ignoradas. Sea lo que fuere, ojalá ellas se prodiguen para solaz y esparcimiento
intelectual de nuestros benévolos lectores.
Fieles a la inquietud de este propósito,
en el próximo número de Noticias Culturales daremos a conocer una parte de la
importante autobiografía de la Madre Francisca Josefa de Castillo, cuyo tercer centenario
de nacimiento se conmemoró en octubre del año pasado.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 132,
Bogotá, 1º de enero de 1972, pp. 5-6.
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