La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Silvio Villegas

 

El día 12 del pasado mes de septiembre falleció en esta capital el Dr. Silvio Villegas, uno de nuestros más grandes intelectuales y "uno de los hombres de más varia e intensa cultura que hayan florecido en los medios americanos", al decir de Juan Lozano y Lozano.

Silvio Villegas nació en Manizales, capital del departamento de Caldas, el 19 de marzo de 1902.

Hizo estudios de bachillerato en el Instituto Universitario de Caldas y de jurisprudencia en la Universidad Nacional de Bogotá. Desde muy temprana edad irrumpió en el campo de la política, actividad que mantuvo con entusiasmo y combatividad durante la mayor parte de su vida. Fue miembro del Concejo de Manizales, diputado a la Asamblea de Caldas, representante a la Cámara y senador de la República en diversos períodos. En alguna ocasión hizo parte de la suprema directiva del Partido Conservador, colectividad política en la que militó y desempeñó papel preponderante, principalmente como tribuno popular y orador parlamentario. Ocupó, así mismo, en varias oportunidades, algunos cargos de representación diplomática.

Poseedor de una brillante inteligencia y de una vasta cultura, Silvio Villegas sobresalió como escritor fecundo, erudito y afortunado. Dueño de una prosa artística y muy rica en imágenes, tonos y matices, dejó para la posteridad páginas realmente perdurables. Ejercicios espirituales, La imitación de Goethe y La canción del caminante son obras que persuaden la inteligencia y que de veras cautivan el espíritu. Es preciso anotar que Goethe constituyó su mayor admiración humana y su mayor predilección intelectual. Dentro del género político escribió: Imperialismo económico, De Ginebra a Rio de Janeiro y No hay enemigos a la derecha.

Alguna vez, en reportaje concedido a Juan Lozano y Lozano, le hizo esta confesión:

En la literatura, lo que más vale para mí es el acento humano. Lo único nuevo que podemos traer a un mundo tan viejo es nuestro temperamento y nuestras propias experiencias. Por eso me apasionan las autobiografías y las cartas íntimas. Poesía es todo lo que escribe uno sobre sí mismo. Lo demás es muy difícil de que valga la pena de leerse. Siempre que tengo que profundizar alguna materia leo un libro de versos.

Pero, además de lo dicho anteriormente, esta ilustre figura de nuestras letras y del mundo político de nuestro país, se distinguió como periodista de pluma ágil, combativa e infatigable. En este plano de su inteligencia dirigió con verdadera vocación y consagración: La Patria de Manizales, El País de Cali y El Debate y La República de Bogotá. El material de su intensa vida periodística es ciertamente valioso y considerable.

Al referirse a Silvio Villegas, el P. José J. Ortega Torres, en su importante Historia de la literatura colombiana (1935), consignó lo siguiente:

Pasarán sus editoriales y discursos políticos cuando se esfume el recuerdo de la ocasión que les dio vida y forma; pero vivirán para siempre en nuestras letras sus bellas páginas de crítica y sus panegíricos como ánforas de erudición y modelos del buen decir y del mejor pensar.

El fragmento autobiográfico que se reproduce a continuación como homenaje a la memoria de tan eminente hombre público que acaba de desaparecer, lo hemos tomado de la Obra literaria de Silvio Villegas, dada a la publicidad por Ediciones Togilber de Medellín, en 1963.

Mi vocación literaria

Mi vocación literaria nació en la casa paterna. Mi padre había estudiado filosofía y letras en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, bajo la dirección de monseñor Rafael María Carrasquilla. Aficionado a las humanidades, conocía bien el latín y el italiano. A nuestra lengua trajo, en versiones elegantemente modeladas, algunos poemas de Virgilio, de Dante y de Carducci. Su biblioteca era parva, pero selecta. Allí encontré al nacer a los autores príncipes de la antigüedad que desde entonces fueron mis lecturas predilectas: Homero, Esquilo, Sófocles, Aristófanes, Platón, Píndaro, Jenofonte, Tucídides, Tito Livio, Cicerón, Virgilio, Horacio, Ovidio, Torcuato Tasso, Leopardi, y los clásicos españoles.

A estas lecturas agregué de mi cuenta todo lo que era posible encontrar en aquellos días en una pequeña ciudad de provincia. En la Biblioteca Departamental devoré íntegramente a Shakespeare. Existía entonces en Manizales un librero radical y librepensador, don Juan Bautista López, que gustaba poner en nuestras manos los que se llamaban entonces libros prohibidos. A los quince años, además de aquellos clásicos, había leído a Renán, a Nietzsche, a Kropoptkine, a Taine, a Víctor Hugo, a Dumas hijo, a Balzac, a Gabriel D’Annunzio, a Anatole France, a Jorge Sorel, a Carlos Marx, todo el ciclo modernista español, y, desde luego, a Salgari y a Julio Verne. Mi cabeza estaba como para estallar.

Uno de los experimentos más extraños que se han hecho en la pedagogía universal es la educación de Stuart Mill, adelantada por su padre, y que aquél relata magistralmente en su apasionante autobiografía. Todo aquello es inverosímil, pero cierto.

A los tres años empecé a aprender griego. Mi recuerdo más remoto del caso es el de aprender de memoria lo que mi padre llamaba vocablos: lista de nombres griegos usuales, con su significado inglés, que escribía, para mí, en tarjetas. De gramática, hasta algunos años después, no aprendí más que las inflexiones de nombres y verbos; pero después de una serie de vocablos, procedí, desde luego, a traducir, y recuerdo vagamente mis pasos a través de las Fábulas de Esopo, primer libro griego que leí. La Anábasis, que recuerdo mejor, fue el segundo. No aprendí latín hasta los ocho años. Entonces había yo leído, bajo la tutela de mi padre, algunos prosistas griegos, entre los que recuerdo todo Herodoto, la Ciropedia de Jenofonte y los Diálogos de Sócrates; algunas vidas de filósofos de Diógenes Laercio; parte de Luciano, e Isócrates. También leí, en 1813, los seis primeros diálogos de Platón...

Desde los ocho a los doce años los libros latinos que recuerdo haber leído son las Bucólicas de Virgilio y los seis primeros libros de la Eneida; todo Horacio, excepto los Epodos; los cinco primeros libros de Tito Livio —a los que, por mi amor al asunto, añadí voluntariamente en mis horas de ocio, el resto de la primera década—; todo Salustio; una parte considerable de la Metamorfosis de Ovidio; algunas comedias de Terencio; dos o tres libros de Lucrecio, varias de las oraciones de Cicerón y de sus escritos sobre la oratoria, sus cartas a Atico; tomándose mi padre el trabajo de traducirme del francés las explicaciones de Mingault. Leí en griego la Ilíada y la Odisea; uno o dos dramas de Sófocles, Eurípides y Aristófanes, aunque de éstos saqué poco provecho; todo Tucídides; las Helénicas de Jenofonte; gran parte de Demóstenes, Esquines y Licias; Teócrito, Anacreonte; parte de la Antología, Dionisos, varios libros de Polibio, y, por último, la Retórica de Aristóteles, que mi padre me hizo estudiar con especial cuidado, por ser el primer tratado que yo leía, propiamente científico, sobre un asunto moral o psicológico, y que contenía muchas de las mejores observaciones de los antiguos acerca de la vida y la naturaleza humana, resumiendo su materia en tablas sinópticas. Durante los mismos años aprendí a fondo geometría elemental y álgebra, cálculo diferencial y otras partes de las matemáticas superiores.

Cualquiera me dirá que esta disciplina, sencillamente monstruosa, es capaz de atrofiar el genio. Pero si el fruto da la medida del árbol, es preciso reconocer que muy poco se equivocó James Mill al educar a su hijo, porque nos encontramos aquí frente a una de las inteligencias mejor administradas del siglo XIX. Sabiduría, claridad, orden y método.

Contrasta este ambiente familiar y, desde luego, aquel en que nosotros fuimos formados, con el clima vital de la niñez y de la juventud de nuestro tiempo. En vez de una biblioteca de autores clásicos y modernos, el adolescente, el joven y aun el adulto se ven asediados hoy o buscan con afán las tiras cómicas, el radio, el cine y la televisión. El empeño mercantil atrofia las disciplinas desinteresadas; la civilización reemplaza a la cultura; la práctica a la ciencia. El clasicismo humanista ya nada significa para el joven actual.

La educación nuestra era intermedia entre el ascético rigorismo de James Mill y la disipación presente. No me atrevo a decidirme por ninguna. Los defectos de ambos sistemas saltan a la vista. Ya no existen en ningún país de la Tierra los gigantes que hicieron del siglo XIX y las primeras décadas del presente una de las épocas más extraordinarias de la literatura universal. Silva, Caro, Isaacs, Valencia no dejaron sucesores entre nosotros. En cambio, la técnica abre sus espacios ilimitados a la actividad humana, y empiezan a realizarse los sueños milenarios del hombre.

Guillermo Valencia ejerció un influjo preponderante en mi formación intelectual. En mis años de bachillerato aprendí de memoria casi todos los poemas de Ritos. En el Instituto Universitario devorábamos apasionadamente sus versos, sus artículos, sus discursos. Nos embriagaban su erudición clásica, sus cláusulas sonoras, los períodos músicos. Ellos despertaron nuestra adolescencia con rumor de campanas. Su campaña presidencial de 1918 fue para nosotros una especie de curso superior de retórica. Pasando entonces unas vacaciones en Cartagena, donde veraneaban mis abuelos, tuve el privilegio de escuchar en la plaza pública su palabra crisostómica ennoblecida por la garganta milagrosa y la figura principesca. Colérico desafió a un grupo hostil de sus adversarios políticos con la soberbia del Crinado. Hasta el fin de su vida Valencia fue mi maestro, mi preceptor de retórica, el dueño de los misterios eleusinos.

Haciéndome un homenaje que no merezco se me ha considerado como el progenitor de un movimiento literario que ha tenido su casa matriz en la capital de Caldas y que suele denominarse con el nombre de grecolatinismo.

Del tema se ocupó el maestro Rafael Maya con cierto olímpico desdén en sus lecciones de literatura colombiana.

Ante todo debo declarar que la clasificación excede en mucho mis conocimientos y mis méritos. Desconozco totalmente el griego, y apenas si tengo ligeras nociones de latín. Es claro que toda nuestra cultura, bien o mal traducida, viene de Grecia y Roma, hasta el punto de poder afirmar sin contradicción que todo el que no es un grecolatino es un bárbaro. Paul Valéry ha dicho:

Acaso lo que debemos a Grecia es lo que nos distingue más profundamente del resto de la humanidad. Le debemos la disciplina del espíritu, el ejemplo extraordinario de la perfección en todos los órdenes. Le debemos un método de pensar que tiende a relacionar todas las cosas con el hombre, con el hombre completo; el hombre se convierte para sí mismo en un sistema de referencias al cual deben poder aplicarse al fin todas las cosas.

Y Carlos Maurras agrega:

Yo soy romano en la medida en que me siento hombre. Roma significa, sin réplica, la civilización y la humanidad.

Mi parva cultura pertenece al legado cristiano-clásico que nos vino de Grecia y Roma a través principalmente de los moros que dominaron a España durante siete siglos. Lo poco que tengo de grecolatino se lo debo, además de las lecturas de la adolescencia y de la juventud, a Popayán. En la ciudad letrada se han formado sucesivas generaciones caldenses que allí conocieron, mejor que yo, el milagro griego. Rafael Maya es bastante más grecolatino que yo, para perdurable gloria de su nombre. El sí tiene una sólida cultura nutrida en la savia clásica.

Mi estilo de los primeros años venía un poco de Valencia, de D’Annunzio, de Paul de Saint-Victor, del Gustavo Flaubert de Salambó. Era ciertamente más tropical que griego o romano. El amor a las formas espléndidas declinaba en una prosa barroca, recargada de palabras sonoras, de símbolos e imágenes. El comparativo "como" hacía silbar las cañas vacías produciendo un efecto que entonces me deleitaba y hoy me espanta. Grecia es la sobriedad, la divina proporción en todo. Nada más alejado de ella que el manuelino o el barroco.

En el último año de bachillerato conocí a Luis Alzate Noreña, quien ejerció una rara influencia en mi vida. Alzate Noreña era un discípulo de Amiel, un temperamento introvertido, un espíritu nocturno. Más adelantado en años que yo, había llevado una juventud amarga, había leído todos los libros y sabía que la "carne era triste". Era casi un misántropo. Yo iba hacia la luz y él hacia la sombra. Alzate Noreña me enseñó a pasearme por los caminos interiores, el amor al misterio, el sentido de la muerte. Sus escritores predilectos, además de los filósofos alemanes, eran en aquel entonces Rodenbach, Maeterlink, Swedenborg, Hebbel, Juan Federico Amiel. Amaba la medialuz, aquella hora del crepúsculo propicio a la soledad y al ensueño. Alzate me enseñó el lado doloroso de la vida. Por intermedio suyo conocí a José Eustasio Rivera y Ricardo Rendón, sus amigos del alma.

Mis años de universidad los consagré con voracidad a la lectura. En los claustros de Santa Clara, en las tertulias literarias y políticas, en las redacciones de los periódicos, conocí a mis compañeros y a mis adversarios de lucha política y a los grandes conductores de Colombia. Ante todo, a los leopardos, Eliseo Arango, Augusto Ramírez Moreno, José Camacho Carreño, Joaquín Fidalgo Hermida. Camaradas de diversos cursos y universidades fueron Gabriel Turbay, Alberto Lleras, Germán Arciniegas, Jorge Eliécer Gaitán, Luis Tejada, José Mar, Hernando de la Calle, Alvaro y Camilo de Brigard Silva, los hermanos Umaña Bernal, los hermanos Lozano y Lozano, Alfonso Araújo, Rafael Bernal Jiménez y tantos hombres que han sido honor de la patria.

La República, de Alfonso Villegas Restrepo, era entonces el centro intelectual de la brillante juventud de los claustros. Allí escribían liberales, conservadores, comunistas y republicanos. En sus páginas publiqué algunos de mis primeros trabajos literarios. La sede de las grandes tertulias y de los grandes debates era "La Loma", una pensión situada en la calle 9a., entre carreras 9a. y 10, al frente del edificio que ha ocupado la Policía Nacional. La alimentación mensual se nos cobraba a doce pesos sin huevo y a quince pesos con huevo al almuerzo y a la comida. Germán Arciniegas, contertulio asiduo, ha hablado de este Areópago en uno de sus mejores libros: El estudiante de la mesa redonda. Allí la polémica era continua y grata.

En Bogotá me consagré especialmente a la literatura francesa. Mis autores favoritos eran Hipólito Taine, Ernesto Renán, Paul Bourget, Remy de Gourmont, Huysmans, Barrès, Daudet, Maurras y los poetas simbolistas y decadentes.

Antes de escribir un artículo tenía por costumbre leer alguna página maestra de la literatura castellana o francesa, el padre Granada, Cervantes, Jovellanos, Gustavo Flaubert o Mauricio Barrès. Escribía con lentitud, totalmente consagrado a la tarea. El verbo o el adjetivo estratégicos se los arrancaba dolorosamente al tiempo, especialmente en el silencio de la noche.

Tenía plena conciencia de lo que escribía, aunque lo mejor sale siempre del subconsciente, del misterio. Conociendo superficialmente el francés, mi estilo era afrancesado, a pesar de que he buscado siempre las fuentes clásicas de nuestra lengua.

En estrecho paralelismo con la formación literaria está la educación sentimental. Mejor aún, la vida sexual. Nunca se insistirá suficientemente en todo lo que el amor carnal aporta a lo bello en la literatura y en el arte.

Las verdaderas páginas poéticas no se escriben sino en un estado de iluminación amorosa. En este campo nada se inventa; todo es preciso vivirlo. En los períodos de sensualidad se escribe mejor. No se puede ser un grande escritor sino cuando se está bajo el dominio de una pasión. Las musas, se ha dicho, son menos castas de lo que generalmente se piensa.

Amores plenos, amores frustrados, simples pasiones callejeras, todo desemboca en el estuario del estilo. Se puede tener por seguro que existieron Helena de Troya, la Armida de Tasso, Dulcinea del Toboso, la Margarita del Fausto, las Hijas del Fuego de Gerardo de Nerval, Margarita Gautier y la María de Jorge Isaacs. El verdadero estilo tiene el color de la carne. Esto es poesía. Todo lo demás es prosa. Las pocas páginas literarias que he escrito tienen un nombre de mujer. No es necesario aludir a ellas. Aun escribiendo sobre agricultura se puede poner un acento apasionado.

Lo único que perdura es lo que se escribe "con alma, con sangre, con músculo". El Padre Borges escribió esta frase autobiográficamente sugestiva: "Salomón fue el más sabio y por lo tanto el más sensual de los hombres". Lo que requiere el escritor es sangre arterial y no chorros de linfa pálida. Ya lo dijo Azorín: "Dejémonos de dar vueltas a lo que está claro: el estilo es vitalidad, a pesar de la gramática y aun a pesar de la lógica". Nadie sabe cómo se debe escribir.

Los gramáticos enseñan que las dos condiciones del estilo son: pureza y propiedad. Azorín aconseja: fluidez y rapidez. El señor Suárez pedía: luz, color y fuego. Para Ortega y Gasset las tres cualidades soberanas eran: temperatura, densidad y música. Y agregaba un poco mortificado: "Para quien estos valores sean los más altos que la prosa pueda contener, será, tal vez, El viaje a Esparta el libro mejor escrito que existe". La línea que me convence y apasiona es la que va de Chateaubriand a Barrès. La prosa que acaricia y que canta.

No recuerdo haber sido un alumno ejemplar en gramática castellana y nunca me he preocupado seriamente por estudiarla. Lo poco que de ella entiendo se lo debo a la lectura atenta de algunos clásicos de nuestra lengua. La gramática no es una de las condiciones maestras del estilo. Se puede escribir correctamente sin ninguna elegancia. La excesiva preocupación gramatical impide, en cambio, muchas veces, la espontaneidad en el estilo, que es su gracia y su fuerza. Conservando la sintaxis, que es el genio de la lengua, deben aceptarse todo vocablo o giro nuevos si son adecuados o expresivos. El arte del escritor no está en un vocabulario muy rico, sino en darles una cadencia o un sentido nuevo a las palabras comunes. Sin vocación profesional no se puede llegar a ser un escritor, pero no basta la vocación para llegar a serlo.

La prosa debe ser clara, directa, sencilla; secularmente no ha sobrevivido ningún escritor de los que "enturbian las aguas para parecer profundos". Antonio Azorín agrega:

La elegancia, Pepita, es la sencillez. Hay muy pocas mujeres elegantes, porque son muy pocas las que se resignan a ser sencillas. Pasa con esto lo que con nosotros, los que tenemos la manía de escribir: escribir mejor cuanto más sencillamente escribimos; pero somos muy contados los que nos avenimos a ser naturales y claros. Y, sin embargo, esta naturalidad es lo más bello de todo. Las mujeres que han llegado a ser duchas en elegancia, acaban por ser sencillas; los escritores que han leído y escrito mucho, acaban también por ser naturales. Usted, Pepita, es sencilla y natural espontáneamente. No lo ha aprendido usted en ninguna parte; el pájaro tampoco ha aprendido a cantar. Y yo, que he escrito ya algo, quisiera tener esa simplicidad encantadora que usted tiene, esa fuerza, esa gracia, ese atractivo misterioso, que es el atractivo de la armonía eterna.

Es siempre útil hacer un esquema de lo que se pretende decir; pero pensar, lo que se llama pensar, no he podido hacerlo nunca sino frente a una página en blanco.

Durante mis años de universidad publicaba ensayos literarios, pacientemente trabajados en prolongadas vigilias, en las revistas literarias de Bogotá y artículos políticos en La Crónica y El Nuevo Tiempo. Ocho días después de obtener el título de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, en los claustros de Santa Clara, me encargué de la dirección de La Patria, de Manizales, en junio de 1924. Desde entonces he ejercido la profesión de periodista, que ha sido mi verdadera vocación, de manera casi continua. Consagrado exclusivamente a las letras, es posible que hubiera podido realizar una obra literaria de algún mérito. Pero no creo haber aportado al periodismo más de lo que debe aportar todo escritor que se respete.

La labor del periodista puede ser menos efímera de lo que generalmente se piensa si está encaminada a formar la conciencia pública y al servicio del ideal. Una de las obras de misericordia es dar de leer al lector.

Me agradaría escribir un libro de memorias, porque todo lo que se escribe sobre sí mismo es poesía. Lo único relativamente nuevo que podemos traer a un mundo tan viejo son nuestras propias experiencias. Pero en las pequeñas comunidades humanas no es posible ser absolutamente sincero, sin provocar un escándalo, y yo no aspiro a escribir memorias de ultratumba.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 141,
Bogotá, 1º de octubre de 1972, pp. 4-8.



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