La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Juan Francisco Ortíz

 

"Nací en Bogotá el 28 de septiembre de 1808 en una casita alta, que hace frente a la iglesia de Santa Inés y forma esquina con la plaza de la Concepción" (hoy esquina suroriental de la carrera 10 con calle 10). Así comienza el capítulo I de las Reminiscencias de D. Juan Francisco Ortiz (Opúsculo autobiográfico, 1808 a 1861), Bogotá, Librería Americana, 1907. D. Miguel Antonio Caro llamó a esta obra "testamento cerrado que el autor guardó para que se abriese y publicase después de su muerte".

D. Juan Francisco Ortiz hizo estudios en los colegios de San Bartolomé y en el de Nuestra Señora del Rosario hasta obtener el título de abogado. Desde temprana edad se dedicó a las tareas periodísticas.

En estas faenas de la inteligencia fue un entusiasta y asiduo colaborador de su hermano D. José Joaquín Ortiz, ilustre publicista y escritor religioso, con quien dirigió el Colegio de Santo Tomás de Aquino. Actuó como presidente de la sociedad que auspició la publicación denominada La Estrella Nacional, primer periódico de carácter literario que apareció en nuestro país en el siglo pasado. Entre los años de 1840, o quizás antes, y 1875 fue un constante colaborador, tanto en prosa como en verso, de la mayor parte de las revistas o periódicos literarios publicados por aquella época en esta capital. En 1848 redactó El Tío Santiago.

D. José Manuel Marroquín, en el juicioso prólogo de las Reminiscencias, escribe lo siguiente:

Era D. Juan Francisco uno de aquellos hombres en quienes mejor se han amalgamado los caracteres y las cualidades propios de los granadinos del tiempo de la Colonia, con las condiciones y caracteres propios de los de la edad presente: así, no es extraño que su libro dé idea de la época de la Independencia y de la subsiguiente, haciendo conocer cómo se pensaba y se vivía en los años a que él perteneció.

Y más adelante nos describe su contextura física de este modo:

D. Juan Francisco fue en todas sus edades muy feo: era de estatura mediana, de carnes un poco abultadas, de color que no compensaba la poca regularidad y la ninguna gracia de la nariz y de la boca. Era tuerto, como Filipo, como Gambetta, como Bretón de los Herreros; pero ese defecto podía mirarse en D. Juan Francisco como un atractivo, pues gracias a él, su mirada, mirada penetrante y como maliciosa, armonizaba maravillosamente con la expresión de toda su fisonomía; y daba a su conversación y a sus dichos una gracia, una intención, un sello característico. De su fealdad puede decirse lo que dijeron los hermanos Margueritte de la de no sé qué periodista: era una fealdad inteligente.

Como escritor, D. Juan Francisco Ortiz sobresalió por sus artículos festivos y de costumbres en los que se pueden apreciar la jovialidad, la gracia, la naturalidad y la sencillez de su estilo. De su fecunda y muy variada producción intelectual, además de una Relación de viajes a las provincias del Norte de la Nueva Granada, de las novelas Carolina la bella y El Oidor de Santa Fe y de sus célebres Cartas de Piquillo y a Piquillo (breve resumen de los trabajos del Congreso de 1856), nos quedan numerosas poesías, artículos históricos, críticos y políticos y algunas traducciones poéticas, cuentos y leyendas.

D. Juan Francisco Ortiz desempeñó varios cargos de distinción, como el consulado de Colombia en Jamaica. Parece que falleció en la ciudad de Buga el 21 de julio de 1875.

Los capítulos autobiográficos que se publican a continuación hacen parte de la obra que mencionamos al principio de esta nota.

Opúsculo autobiográfico

XXII

Terminado el curso, tratóse de que recibiéramos el grado de bachilleres en filosofía; pero siendo muchos los alumnos, se dispuso acertadamente que se nos confiriese a todos a una misma hora. Esto facilitaba la operación.

Cierta noche (no recuerdo la fecha) nos presentamos todos los recipiendarios vestidos de hopa y beca en la sala de la Universidad: un estudiante ocupó la tribuna y echó un discursejo en latín que nadie entendió: el P. Rector tocó la campanilla, y todos nos arrodillamos ante un Crucifijo que había sobre una mesa. Los Padres empezaron a rezar en latín, en alta voz, para que repitiéramos cierta cosa que después supe que era la profesión de fe católica, y la promesa de sostener semper et ubique las doctrinas del Sol de las Escuelas, del angélico doctor Santo Tomás de Aquino.

Así que acabamos de rezar el Credo y otras oraciones, el P. Rector se puso en pie, nos echó la bendición y nos roció agua bendita con el hisopo; y hétenos aquí hechos bachilleres como quien bautiza negros.

Un jovencito que escribía regularmente, que sabía cuatro palotes de latinidad, que había cursado bien o mal lo que llamaban matemáticas y física, tenía abierta la senda para abrazar el estudio de las leyes, de la teología o de la medicina. Yo prefería este último como más positivo; pero mi padre se opuso, y sólo por obedecerle, por darle gusto, aunque con la mayor repugnancia, tomé en mis manos Las Instituciones del emperador Justiniano, y las Definiciones del Cujacio.

El ya citado doctor Pablo Francisco Plata, que ocupaba una silla en el coro metropolitano, fue mi catedrático. Mi padre me refirió que el Dr. Plata llevaba dieciocho años de enseñar Derecho civil romano. En todo el año no salimos de los dos títulos De justitia et jure y De rerum divisione et de acquirendo earum dominio. Entre tanto adelanté mucho en el latín y en el francés y empecé a tomarles cierto saborcejo a la lengua y literatura españolas, a las cuales he sido desde entonces muy aficionado.

Al fin del año la clase debía presentar examen, y el Dr. Plata, por distinguirme, me encargó la resunta. Pasé a su casa a que me la dictara, como me lo había prevenido; pero se gastó el tiempo hablándome de las propiedades que tenía en el Socorro. Mandó que me trajeran de refrescar y me despedí sin haber escrito una línea. Al otro día sucedió lo mismo, y lo mismo en los siguientes. El dulce de durazno ¡exquisito, soberbio!, y la resunta sin empezar. Al cabo de una semana díjome una tarde, después de refrescar, se entiende: no tengo tiempo para dictar nada, escriba usted lo que pueda que yo lo corregiré. A la tarde siguiente me presenté con dos pliegos de manuscrito puestos en limpio, y en una letra tan clara que podía leerla un ciego. El buen canónigo se caló los anteojos, se acercó a una ventana, y empezó a leer. De cuando en cuando se detenía para exclamar: ¡Hum! ¡Muy bien! !Sí, mi señor! ¡Esta era la idea! En suma, mi ensayo le pareció bien, y me mandó que lo recomendara a la memoria y volviera dentro de tres días para enseñarme la recitación.

La sala del canónigo estaba llena de prebendados y dignidades, cuando llegué a que me ensayara la resunta. La recité con desembarazo, y dijeron todos, sin duda para animarme, que estaba magnífica. El canónigo Guerra me hizo correcciones muy juiciosas, y desde aquella tarde trabamos una buena amistad que dura aún después de su muerte, "porque la muerte no rompe los lazos que unieron entre sí a los vivos, antes bien los estrecha de un modo indisoluble", como dice D. Manuel José Quintana.

XXVII

Volviendo a la pesada relación de mis estudios, añado que presenté examen de derecho civil, y obtuve el primer premio, en competencia con jóvenes tales como Mariano Ospina, ex presidente de la Confederación, Aquilino Alvarez, José Vicente Martínez y otros varios.

Cursé segundo año de derecho civil, bajo la dirección de los Dres. Miguel Tobar y Alejandro Osorio, y terminé el curso de derecho canónico, por la obra de Cavalario, siendo mi catedrático el Dr. Nicolás Quevedo. Estudié derecho de gentes con los Dres. Ignacio Herrera y Francisco Pereira, por la obra de Vattel. Quiso el Dr. Pereira que el examen anual de su clase se dedicara al Sr. D. Joaquín Mosquera, vicepresidente de Colombia, y tuve el honor de arengarle, llevando la palabra a nombre de mis compañeros. A poco me confirieron el grado de bachiller en leyes, y mi buen padre, que concurrió al acto, salió gustosísimo con mis adelantos.

Destituido de su destino en la Corte de justicia, por desafecto a la política de Bolívar, se hallaba mi padre pobre, y me vi en la necesidad de solicitar un empleo, a mediados de 1831, para socorrer a mi familia con mi trabajo. Entré a servir en la Secretaría de Relaciones Exteriores, en la plaza de archivero, con seiscientos pesos anuales de sueldo. Estaba de Secretario mi maestro de filosofía, D. Félix Restrepo, y seguí sirviendo en el mismo despacho a órdenes del Dr. Francisco Pereira, de D. Alejandro Vélez y D. Lino de Pombo.

Así fuimos pasando la vida algunos años, y mi padre no cesaba de instarme a fin de que coronase mi carrera obteniendo el grado de doctor y recibiéndome de abogado de los tribunales de la República; me resolví, por último, y habiendo pedido una licencia de tres meses para separarme del destino, me encerré en casa a repasar la obra de D. Juan Sala, una parte del Cavalario, el Manual del abogado, por Escriche, y a imponerme en las leyes de procedimiento civil y criminal. El 23 de noviembre de 1833 me presenté a examen en la Universidad, y salí aprobado con plenitud: me confirió el grado de Licenciado y Doctor en jurisprudencia el Dr. José Joaquín García, rector de la Universidad, y me examinaron los Dres. Ignacio Herrera y Vicente Azuero, siendo Secretario el Dr. Alejandro Osorio. El 2 de diciembre siguiente me examinó en la Academia de Abogados el Dr. José Joaquín Gori, y salí con lucimiento.

El 3 del citado diciembre me presenté a la Corte de justicia, presidida por el Dr. Romualdo Liévano, compuesta de los ministros Manuel Antonio del Cantillo, Francisco Morales y Francisco de Paula López, siendo Secretario el Dr. Gregorio de Jesús Fonseca, y fui recibido de abogado, después del examen de costumbre y de haber hecho el memorial ajustado de los autos que se me entregaron, veinticuatro horas antes, en vista de los cuales extendí un borrador de sentencia.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 140,
Bogotá, 1º de septiembre de 1972, pp. 8-10.



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