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Porfirio Barba
Jacob
Miguel Angel Osorio fue
su nombre de pila. Nació en Santa Rosa de Osos, departamento de Antioquia, en 1883 y
murió en México, en 1942. Muchas y con diversos títulos son las ediciones que recogen
su obra poética. Entre otras, cabe mencionar: El corazón iluminado, Biblioteca Popular
de Cultura Colombiana, Bogotá, 1942; al comienzo aparecen las páginas
autobiográficas que llevan por título: El poeta habla de sí mismo.
Autobiografía
Amigos ilustres, que
tanto me habéis estimulado a recoger mi obra lírica en un volumen; afectuosos, ingenuos
admiradores del tránsito, que os dolíais de que yo fuera escribiendo en el viento, sin
unidad en mi vida y como bajo el influjo de una embriaguez diabólica: he aquí el libro
que me representa, el fruto amargo de mi saber. Resume los esfuerzos de muchos años de
experiencia honda y seria del dolor humano, de dilatación de la fantasía, de pugna con
las palabras. Compensa el tiempo que he hurtado a la regularidad de las empresas
periodísticas, en mi vagabundez,
y los viajes absurdos que
no tienen
ruta fija ni punto cardinal.
Es la impresión
valerosa, con tristeza imperial vestida, de imágenes y representaciones de un alma
solitaria, y el grito desolado de esa alma en sus precarios fulgores, ante la inanidad de
todo y la Muerte como límite, Diadema de lágrimas de la inteligencia, que ciñe mi
corazón defraudado. Sucesión confusa de tragedias espirituales.
Confieso que más de una
vez me ha parecido letal la amargura de estas canciones, hasta cuando la estrella de la
tarde, símbolo de la belleza, baña de suave claridad el sombrío panorama interior. He
planteado de nuevo, bajo la inocencia de las rimas, el duelo inenarrable de la materia con
el espíritu que en ella parece reverberar, y complico el antiguo dolor de la lira con un
dolor que no conoció ninguno de los grandes desolados. En medio de la orgía se oyen las
acres negaciones de la soberbia lúgubre, y en la tremenda actitud de la musa se podría
ensayar una mística de Satán.
Soy antioqueño, soy de
la raza judaica, gran productora de melancolía, según expresión de Ortega y Gasset, y
vivo como un gentil que no espera ningún Mesías, o como un pagano acerbo en la Roma
decadente. Un frío, agudo análisis me veda la aceptación del testimonio de los sentidos
como otra cosa que un engaño; y en cuanto a las nebulosas de la Metafísica o de la
Teología, no han alcanzado a domar la rebelión de mi inteligencia, y la belleza no me
parece una dádiva que compense los dolores del pensamiento. Quizá una concepción justa
del Universo y de nosotros, que nos ponga al unísono con la ley vital y nos dé la
tranquilidad y la humilde, fecunda alegría, no pueda fundarse sino en la belleza; pero
son infinitos e imprescindibles los derechos del ser, y allende la última belleza que él
conciba se extenderá siempre "una negrura que da vértigos".
Esta es la tónica de mi
Musa, éste es el secreto de mi tragedia espiritual, que está revelando mi poesía.
Mayo
Acaso fue un deseo que se
alimentó de mi sangre; tal vez llevaba en mis venas la necesidad de este sitio de paz. No
sé, pero es que tampoco sabría decir el encanto de mi pequeño retiro, de mi celda de
ensueño que mira al jardín por una ventanilla alegre.
Cuando salí de la ciudad
recitaba para mi consuelo, una estrofa que bien pudo ser de Juan R. Jiménez:
-
Huyendo de una mujer
-
me voy al campo mañana...
-
¡tal vez en el campo logre
-
mi corazón olvidarla!
El sol rabiaba sobre mi
rostro descolorido y sobre una hilera de sauces flacos que asombran el camellón de San
Juan, esa enorme carretera polvosa por donde tantas veces a la tarde hice yo
las más locas peregrinaciones con mi alma desconforme y atormentada.
Bajo este sol enfermo,
fatigado el pecho de querer y las sienes fatigadas de pensar, hice el camino que me llevó
de la ciudad a la Montaña, combinando los más sabios proyectos de vida espiritual, lejos
ya de las almas municipales que me atormentaron siempre con sus pláticas torpes y con sus
pequeñeces y con sus melosas caricias de vieja histérica.
Y ahora estoy aquí,
solo, con los ojos perdidos en un paisaje lejano y dulce, escondido casi por la última
cordillera, y animado tal vez por la risa de una boca que me enfermó el alma: leo a
Verlaine, el Místico, y me digo en silencio la poesía de Juan R. Jiménez que ha llenado
ahora con su espíritu este jardín que ríe bajo mi ventana: hay una maceta de flores que
agitan sus pétalos de hostia sobre la ramazón verde; la salviarroja parece un corpiño
lujuriante de seda; una era de claveles sangrientos; los lirios lilas, y aquel rosal
aromoso que me habla a gritos y me pregunta por la risa y me hace recordar aquella boca!
¿Todavía no vendrá la
luna? Hace ya tantas noches que está lejos animando acaso el espíritu de algún poeta
(¿dónde estará Bécquer?), ¡o tal vez llorando su luz descolorida sobre el rostro
embadurnado de algún payaso delirante! Cuando torne, se echará a reír al verme solo,
lejos de la ciudad, sin amor en las venas, ya altivo, predicando a las cosas la fuerza de
mi espíritu libertado por el martillo de Nietzche.
Esta noche tienen mucha
luz las estrellas, y como no hay nubes, el jardín está claro; un hilillo de agua se
arrastra por debajo de mi ventana para oír los versos dolorosos, desamorados y dulces de
Juan R. Jiménez, que se me escapan ahora del alma:
-
¡Por qué no se irán las frentes
-
detrás de sus pensamientos,
-
los ojos tras de sus lágrimas
-
y los labios con sus besos!
-
...
-
¡En el sendero florido
-
cómo llora la carreta!
-
Hay alguien que se ha dormido
-
soñando en su pandereta.
-
...
-
Esos novios que se besan
-
cerca de mí, tras mis árboles,
-
no pensarán que hay un alma
-
que los mira enamorarse.
El agua se aleja
repitiendo el dolor de estos versos, y abajo, cerca al baño, hace una caída que quiebra
el ritmo.
En la ciudad leí algunas
veces las Rimas de este poeta; y cuando volvía los ojos por mi balcón en busca
del jardín donde los novios se besan, encontré siempre las avenidas groseras de la Plaza
de Mercado; ¡allá en un rincón se moría una candileja, y de cuando en cuando
maltrataba el silencio un grito doloroso y continuado del sereno que velaba! Cerré el
libro y a favor de la luna me iba alejando, por una avenida de sauces, camino de
España... Hoy, el poeta y el jardín y la carretera han venido hasta el callado rincón
de la Montaña sola, y yo no sé por qué, las cosas se han hecho blancas y un rumor
extraño, como una melodía de piano, va inundando el jardín.
En la distancia hay una
mujer que reza (luego el recuerdo de las carnes que se mueren en los conventos maltratadas
por el silicio, y aromadas y blancas). Martínez Sierra pasa, con el índice en la boca,
recitando bajo una oración que aprendió en París...
Mayo: mes de flores: es
la cosecha de ensueño; bendito fruto de la tierra que nadie vende ahora; yo he visto
pasar por delante de mí riendo de alegría una partida de rapazas cargadas de
flores y de ramas, para el altar de la Virgen: se acercan a todos la patios y tronchan con
lo dientes los ramos mejor florecidos, sin cuidarse de su dueño porque acá todas las
flores de este mes no tiene sino un objeto: alegrar a la Virgen que reclama para ella la
más fácil primicia, la más hermosa, la que huele mejor: esa que no supone la fatiga de
los labradores, que no merma sus trojes, ni empobrece sus lomas: fácil primicia que se
entrega riendo.
Llueve y hace sol sobre
la tierra: su vaho humedecido me hace bien, me refresca estas sienes y me hace querer la
sangre loca de mis venas vivas: echado sobre un haz de yerba fresca veo pasar las gentes,
buscando con ojos hambrientos de amador campesino, un sano rostro de mujer a que tengo
derecho: ha de venir yo no sé cuándo a besarme la boca y mirarme los ojos,
por la gracia de mi verso elogiástico. Acaso lo he visto muchas veces y no es la hora;
tal vez sea el de aquella pequeñita que se llegó descuidadamente a maltratarme la cara
con su alegre pandereta florecida. ¡No sé! ¡Será posible que no lo sepa nunca! ¡Que
jamás sea la hora, que haya de morirme solo! El vaho humedecido de la tierra me
refresca el alma y las venas locas, pero el recuerdo de la Esperada me hace caer en la
tristeza.
Mayo, mes de flores. El
altar de la Virgen, en cuyas gradas vestidas de musgo, hago la oración vesperal de mis
abuelos, tiene para mi alma franca de muchacho vencido, un singular atractivo de cosa
extraña: tal vez ese olor a monte y a jardín, sofocado por el color de las cien luces
que oran ardiendo; quién sabe si aquella imagen de María Dolorosa, tan tosca, así
afeada por los colores extravagantes, y por aquel absurdo de sus ojos japoneses, o acaso
la idea de sentirme tan unciosamente devoto, con las rodillas hincadas y los ojos
entreabiertos, desgranando un rosario... No sabré decirlo, pero es muy cierto que el alma
se me llena de alegría, y la carne de anhelos: siento ya menos miedo de morirme y el odio
a la vida se extingue poco a poco.
Hace falta que el
altarcillo sea más pastoril: los paños blancos de lino, los grandes franjados, y sobre
todo ese manto verde que envuelve la imagen, me hacen muy mal efecto, porque en ocasiones
matan ellos en mí la ilusión encantadora de estar adorando un dios falso, arrancado a
uno de esos museos de cosas antiguas, sagradas y mentirosas que oyeran la plegaria de las
primeras gentes.
Si la Virgen fuera de
mármol...
Antonio Merizalde ha
estado a verme; vino como una consolación, con sus húmedas pupilas de misterio, con su
rostro descolorido, con su espíritu anémico, con su cuchilla de análisis, su espantosa
cuchilla de análisis y sus pupilas de misterio.
Juntos leímos Los
Rubayata, del viejo Omar Kahyyam, y en ese sabio poema panteísta, el más sabio, el
más intenso, el más genial poema panteísta que he leído, bebimos el jugo fresco de la
Tierra, infinitamente sabia, poderosa, principio y fin de todo lo que vive.
Oíd al viejo Kahyyam,
precursor de Zarathustra:
"Ahora que el año
nuevo hace revivir los antiguos deseos, el alma, llena de pensamientos, se retira a la
soledad, donde florece sobre la rama la Mano Blanca de Moisés, y Jesús suspira desde lo
hondo de la tierra".
"Aquí, bajo la
fronda, con un pan, un cántaro de vino, un libro de versos... y tú a mi lado, cantando
en el desierto... Y el desierto es bastante paraíso".
"Lo mismo a los que
se preparan para hoy que a los que fijan la mirada en una mañana, clama un muezín desde
la torre de las tinieblas: ¡Locos: vuestra recompensa no está ni aquí ni
allá"!
Merizalde interrumpió
una vez.
Sobra este ciprés
en su jardín.
Sobra
Y seguimos oyendo la
palabra del viejo Kahyyam. Calló al fin el poeta de Naispahur, olvidado nueve siglos, y
al homenaje de nuestro silencio, me pareció que reían sus labios ungidos, sus labios que
dijeron la palabra de verdad y de consolación, en un huerto del Siglo XI, bajo una
fronda, con un pan, un cántaro de vino y un libro de versos...
Acaso resulte muy
difícil para mí ¡oídlo bien! Encontrar un alma más grandemente
atormentada, que la muy llorosa y muy excelsa de Antonio Merizalde, poeta que desgarra
inmisericorde de la llaga de su espíritu para darse en espectáculos de un alma
chorreando sangre.
Cuando alguna vez le
sugería la idea de hacernos dioses para nuestro culto, dioses contra el querer de las
gentes que no alcanzan la ingenuidad de esta soberbia, tuve que soportar la fusta de su
palabra indignada: porque Merizalde profesa con toda seriedad la religión del orgullo. No
quiso ser dios de su propio altar, porque quiere ser dios del altar de todos.
Encuentra éste,
también, "demasiado estrecha y pálida la torre de marfil, para el anhelo de su
soñar", y yo no sé que busque el homenaje de las gentes, pero es lo cierto que no
le basta su propio homenaje.
Este poeta va enfermo, y
cuidaos de intentar curarle, oh grotescos discípulos del "medicastro alemán Maz
Nordau", que con ello le robaríais el encanto de su vivir, porque su propia
enfermedad es su mejor alegría; yo he visto reír levemente sus labios sobre el dolor de
su alma que sangra miel de ensueño, y sé, porque sus versos me lo han dicho antes que la
extraña palidez de su cara enflaquecida, que cada gota de sangre suya es una estrofa que
cae en las más alegres horas de la martirización. Y ¡qué hermoso desangrarse uno
cantando la gloria de sus propias heridas!
Me siento evangelista:
A este poeta que canta
con intuición de místico la extravagante virtud de la castidad, cuando todavía lloran
sus labios la fatiga de haber besado mucho una boca roja; a este poeta que espera y llama
la muerte con gritos desesperados, a la hora misma en que le agita el organismo supremo de
haber sentido temblar una rama de rosas; a ese poeta que esconde tan maravillosamente la
alegría de su espíritu, he tenido que recitarle los mejores capítulos de mi Alkorán
extraordinario.
...
¿La sinceridad?
Harto he pensado en ella; pero es que usted olvida de que hay espíritus hechos a fingir,
a fingir siempre, y a ellos fuera una deslealtad mostrarse desnudos.
Verdad.
Logré hacerle recitar
una nueva poesía suya; catorce versos, como catorce pétalos de una flor muerta en el
tallo, fueron cayendo de su boca, naturalmente, dolorosamente, como si al emitirlos le
lastimaran los labios y le aliviaran el pecho de un gran pesar:
-
Es esta noche callada
-
en que un soplo de tristeza
-
troncha con rara presteza
-
de un sueño la flor rosada;
-
en que una llorosa hada
-
del jardín de la belleza,
-
mágicas plegarias reza
-
ante el altar de la nada
-
en los labios de la Muerte
-
miro un gesto de pavura
-
que horror en el alma vierte,
-
y en el rostro de la Vida
-
la mirada sin ternura
-
que presiente mi partida.
Hablamos luego del poeta
de hoy, que ha llegado al fin a conocer el encanto de sus ratos más dolorosos: esos en
que entregamos el espíritu al martirio de la contemplación, porque apenas habrá algo
que nos haga desear la liberadora descomposición final, como este ejercicio martirizante
a que amamos entregarnos seguros de la Virtud excelente del ensueño. Y sin que pueda
ocultársenos en eso hay un dolor, hemos llegado a creer que harto indemnizado ha de
quedar todo poeta consciente que se haga bien dueño de la Naturaleza, madre de poesía y
fuente única de Verdad.
Después el viejo Omar
tornó a hablarnos:
"Mientras florece la
rosa a orillas del río, bebe el rojo rubí de la vendimia con el viejo Kahyyam, y cuando
el Angel se acerque a ti ofreciéndote su más tenebrosa bebida, bébela y no
tiembles".
Esta vez estuvimos
acordes: el poeta del Naishapur dice una cosa cierta y consoladora.
La autobiografía que aquí
se reproduce hace parte de las
Obras completas de Porfirio Barba Jacob,
Ediciones Académicas Rafael Montoya y Montoya,
Medellín, 1963, pp. 324-333.
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