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Ernesto Samper
Me percibo como alguien tranquilo, sin
ser frío, amable, a veces extrovertido, aunque tímido en algunas cosas, en especial en
lo que tiene que ver con la vida personal, materia en la cual me declaro tímido total.
Soy persona de principios. Trato de ser
un buen padre de familia hasta donde me lo permite el servicio público. Valoro algunos
entornos que me tranquilizan, tales como el familiar.
Tengo capacidad de socializar (algunos lo
consideran un defecto), le tengo pavor a la soledad, después del atentado le perdí el
miedo a la muerte, lo que no quiere decir que me haya convertido en un temerario, sino que
la incorporé dentro de mi manera de ver la vida como un dato más y dejé de atribuirle
un estado traumático.
Soy de carácter definido y tolerante.
Respeto el derecho de las personas a tener su propia concepción de la vida. He acuñado
algunas reglas para guiar mi conducta, como aquella según la cual hay que aprender a
navegar en las virtudes de la gente en lugar de naufragar en sus defectos.
No odio. El odio no forma parte de mi
manera de ser. Mi padre no odiaba a nadie. Creo que uno termina haciendo propios los odios
de los padres. Es su primera y más importante herencia. Los odios que yo jamás tendré
los tendrán mis hijos, como seguramente, y eso lo reconozco, no me gustan las personas
que maltrataron a mis padres. No les guardo rencor a quienes me maltratan a mí. Mis hijos
sí.
Soy afectuoso, soy apasionado, no soy
sanguíneo. En las situaciones de crisis actúo con notable serenidad, pero soy
quisquilloso frente a aquellos hechos pequeños que llegan a interferir en la dinámica de
mis actividades.
Soy propenso a la desesperación en
determinadas situaciones cotidianas, un trancón de tráfico, cosas elementales, pero por
lo general tengo una aceptable capacidad de respuesta.
Siento un rechazo visceral por la
violencia en cualquiera de sus expresiones. Me afectan las respuestas violentas de la
gente, no resisto la violencia verbal, me impacta la violencia que veo por la calle, un
atropello a una persona me impresiona en grado sumo.
Me encanta trabajar. La presión del
trabajo no me traumatiza, antes bien me organiza. He hecho el trabajo por retos y con gran
sentido de equipo. Me encanta tener un equipo, y orientarlo hacia la consecución de
metas, de desafíos. Considero que uno debe trazarse límites de tiempo y de acción,
porque si se dedica simplemente a sobrevivir no hace nada.
Soy obsesivo con el trabajo y muy
consciente de mi responsabilidad. Pero en este terreno tengo un enorme defecto: no sé
cómo descansar. Carezco del concepto del descanso, e ignoro cómo organizar el tiempo
cuando no estoy trabajando. Jacquin critica ese aspecto de mi personalidad, de manera que
trato de dejar el domingo para trabajar en otra cosa, pero siempre para trabajar. No tengo
el concepto del ocio improductivo. En eso soy muy capitalista.
A veces soy demasiado exigente. Me gusta
que las cosas se hagan ya, pero sé delegar y confío en la gente, aunque reconozco que
hago una supervisión demasiado exigente. Con mis compañeros de trabajo tengo una
organización horizontal, pero si lo horizontal fuera una línea, esa línea se movería
en la dirección que yo tratara de señalar. No trabajo para que la gente me siga, sino
que trato de empujarla como equipo para lograr un determinado fin.
Soy persona leal. No me gusta golpear a
quien está en el suelo. Es más, tengo una debilidad por los derrotados, por los caídos,
por quienes pasan por una mala situación, me solidarizo rápidamente con mi enemigo si lo
veo en problemas. No actúo con sevicia.
Juego con mis cartas sobre la mesa y no
hago trampas. No me considero tortuoso: en eso soy transparente, lo que puede ser un
defecto para ciertos casos.
Tengo temor a lo desconocido, lo nuevo me
produce angustia, llego al cuarto de un hotel y hago nido, deshago por completo el
maletín, coloco los libros en su sitio, los esferos, y me siento tranquilo porque sé que
en esa forma he conquistado mi espacio.
Soy sedentario, totalmente sedentario,
tiendo a rutinizarme, a fijarme unos horarios, a vivir en el mismo sitio. Este
comportamiento se manifiesta en el hecho de que trato de organizar siempre mi día, cuando
voy de vacaciones trato de planearlas minuto por minuto, nunca cambio el pasaje cuando
salgo en avión, el día que viajo no hago nada especial porque padezco la "angustia
del viaje", lo que me obliga a estar en disponibilidad, no por miedo a viajar sino
por la necesidad de cambiar mi sedentarismo de ese momento.
El azar me es indiferente. Trato de que
las cosas resulten porque estoy comprometido con ellas. No juego ni me apunto a que los
golpes de suerte me favorezcan. Me parece demasiado peligroso que en un solo momento uno
quede hecho... o deshecho. Considero que ésa es una manera de subestimarse.
Participo de la teoría de los placeres
negativos. Qué dicha no... Qué dicha no estar casado con Margareth Thatcher. Qué dicha
no oír partidos de fútbol. Qué dicha no ir a vespertina y muchísimo menos a matiné.
El mundo está hecho de placeres negativos.
La relación que mantengo con mis hijos
es de diálogo, con las obvias limitaciones que me impone mi carrera. Para mí es un
misterio ver cómo cada uno de ellos desarrolla poco a poco una personalidad por completo
distinta aunque vengan de la misma raíz. Trato de estimularle a cada uno sus aficiones.
Al primero le gusta la guitarra; al segundo, el fútbol; el chiquito me salió
capitalista. No hay ninguno político y, es más, le tienen una cierta aversión a esa
tarea.
El cuerpo es importante. No he tenido
enfermedades especiales, pero no soy un reloj biológico, la espalda me duele, en especial
cuando estoy sometido a tensiones, los ojos tienen una miopía llevadera, tengo pies
normales, y una tendencia inevitable a la gordura.
No he tenido problemas digestivos. Sufrí
de una hernia hiatal que me molestó durante bastante tiempo pero que logré superar.
Padecía las dificultades propias de haber llegado a pesar 105 kilos. Ahora estoy en 85,
cuatro por encima de mi peso ideal que es de 80.
Los dientes son mi punto débil. Sufro de
las encías, lo que me obliga a ir en forma reiterada al odontólogo, donde he aprendido a
odiar al unísono la fresa y la hermosa música con la que tratan de disimular la realidad
de la tortura.
Creo que lo más próximo al infierno es
una tarde de domingo en un centro comercial tomando onces. Con esa única excepción, mi
espíritu es abierto, a veces demasiado dinámico, se me ocurren muchas ideas, muchos
temas, todo el día me planteo infinidad de posibilidades.
Tomo duchas larguísimas porque la ducha
es uno de mis sitios preferidos para pensar. Cuando quiero reflexionar sobre un tema
importante pongo un cierto tipo de música que me inspira, por lo general la Novena
Sinfonía, o canción protesta latinoamericana, Silvio Rodríguez, Violeta Parra, o
Mercedes Sosa. No di el salto de la zarzuela a la ópera porque hubiera sido una
involución. La ópera es una mala zarzuela en un idioma ininteligible.
Trato de levantarme con música. Mi
horario es simple: me levanto a las 6, leo los periódicos, tomo un café que yo mismo me
preparo, hacia las 7 me visto (inclusive los domingos), y trabajo de 8 de la mañana a 11,
cuando doy citas o acepto reuniones de trabajo y comités. Detesto los desayunos de
trabajo, que son una forma inhumana de romper las costumbres normales de cualquier ser
humano. De 11 a 1 hago llamadas telefónicas. Almuerzo de 1 a 3 o 3:30, recibo por la
tarde hasta las 7:30, 8:00, y de 8 en adelante me dedico a los temas importantes, trabajo
que me ocupa hasta las 11 o 12 de la noche.
Duermo entre cuatro y seis horas, que me
recuperan perfectamente. Mi sueño es pesado. En lo posible, no acepto compromisos los
sábados por la noche, porque ése es el día de la semana en el que me acuesto
relativamente temprano y duermo entre diez y doce horas. Cuando no duermo en mi cama de
Bogotá tengo pesadillas. El único sitio del mundo en que no tengo pesadillas es en
Bogotá. Pero no siempre son pesadillas angustiosas. Tal vez lo que me ocurre es que
pienso durmiendo. Me duermo pensando cosas y me despierto pensando lo mismo.
Leo con rapidez todos los periódicos y
revistas. Capto los detalles y los repito si es necesario. Me encanta leer biografías e
historia política, pero la mayor parte del tiempo que tengo para la lectura debo coparlo
con estudios, memorandos y libros técnicos.
En vacaciones acumulo entre ocho y diez
libros porque ellas consisten en encerrarme quince días a leer. Donde esté. Leo toda la
mañana y por la tarde me dedico a estar con mis hijos.
No me gustan los viajes de placer. Cuando
quiero descansar me quedo en mi casa, o voy a una finca cercana, o a Girardot, que es mi
veraneadero desde hace 27 años. Eso de irse a Europa en viaje de placer es pura paja.
Detesto el Check-out, la obligación de salir del hotel a una determinada hora,
detesto los aeropuertos. Me gustan los viajes cuando estoy trabajando, porque de esa
manera puedo conocer tanto el país como las costumbres de sus habitantes.
A diferencia de Daniel, que es un
monstruo de la competición, no compito en deportes. Me basta con tener que hacerlo todo
el día en mi carrera pública.
Me encante el tenis, que me descansa y me
relaja. Y no soy un mal jugador: soy pésimo. Cuando estudiaba bachillerato, jugué
fútbol como portero reemplazo en el equipo del curso. Era un desastre. Ahora he comenzado
a aficionarme porque mi hijo Miguel es futbolista nato. En alguna época jugué ajedrez.
Detestaría jugar póker con amigos hasta las tres de la mañana. Pero mi verdadero
deporte es caminar. Camino para pensar y para conversar. Yo me la pasaría en el cielo
caminando y conversando. Me encanta conversar con personas inteligentes que me aporten
cosas, que sean creativas, que susciten mi interés.
No soy lobo de mar, ni hago equitación
ni alpinismo ni esas cosas. Para tales efectos sería un playboy aburridísimo. No
formo parte de ningún club. Para mí, estar en un club o tomar trago los fines de semana,
sería como para un médico operar en sábado o para un abogado ir a los juzgados el
domingo.
No me emborracho jamás. Si estoy en una
reunión social con personas que no son amigas íntimas, acepto uno o dos tragos. Y si
estoy con amigos íntimos en un sitio relajado, esas dos copas me producen sueño. Es algo
psicológico.
Fumo tabaco no en forma permanente, pero
lo retomo cada vez que quiero adelgazar, porque me distrae.
No creo que tenga más vicios
confesables, a no ser mi obsesión por el trabajo.
Desde que tenía siete años, primero
robada de un primo mío que se llamaba Eduardo Irisarri, después comprada y ahora
regalada, uso Roger Gallet.
Tengo debilidad por dos tipos de cosas en
la vida: las corbatas y cualquier electrodoméstico. Prefiero las corbatas de corte
tradicional, de marca, con algún detalle en rojo. Y me encantan los radiecitos, los
relojes despertadores, los aparatos que dan la hora en Singapur, ese tipo de cosas.
Adoro también los elementos de
escritorio.
Soy goloso. A veces, cuando estoy
angustiado, tiendo a comer. Me gusta cocinar. No sé mayor cosa de cocina ni conozco la
receta de muchos platos, pero me descansa cocinar.
Me encanta comer. Entre un plato
sofisticado y uno corriente me quedo con el corriente. Me gustan las sopas caseras. En las
giras pido el plato típico de la región que visite. Me fascinan. Podría hacer una
descripción de todos ellos, los cuyes en Ipiales, las empanadas de pipián en Popayán,
los sancochos en el Valle, los fríjoles en Antioquia... Cada sitio tiene algo especial.
Los desayunaderos santandereanos son gloriosos.
Pertenezco a la generación de padres
oprimidos por la comida rápida. No me matan las hamburguesas. Me quedo con una comida con
tenedor y cuchillo.
Detesto las compras. El cumpleaños de
Jacquin se convierte para mí en una tortura desde quince días antes. No sé qué le
gusta, siempre le doy lo mismo, llevo a los niños a que le compren los regalos la
víspera, y pare de contar.
Me gusta regalar cajas de galletas,
regalar comida. Me parece que el regalo más agradable para cualquiera debe ser un buen
vino.
***
Ernesto Samper por Ernesto Samper,
resumen general de una conversación mantenida entre el personaje y el autor por espacio
de catorce horas; en Querido Ernesto: esbozo sobre Ernesto Samper, de Juan
Musca-Fernando Garavito, Ediciones Lerner, Bogotá, s. f.; pp. 411-427. Libro de índole
autobiográfica, contiene capítulos de vital significación, como el titulado Ese día
no me tocaba morir, relacionado con el atentado padecido en el aeropuerto Eldorado de
Santa Fe de Bogotá, el día 3 de marzo de 1989 a las 3:00 de la tarde.
Fuente: Retrato de mi
pueblo y de mi madre, en Lecturas Dominicales de El Tiempo,
Bogotá, julio 8 de 1973.
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