La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Manuel Pombo

 

Manuel Pombo, hijo del eminente hombre público D. Lino de Pombo y hermano mayor del poeta Rafael, Nació en Popayán el 17 de noviembre de 1827 y murió en Bogotá el 25 de mayo de 1898. Hizo estudios en el Colegio de San Bartolomé. Con José María Samper publicó el periódico El Albor Literario. Como jurisconsulto, en unión del Dr. Miguel Chiari, realizó la compilación científica de Los Doce Códigos de Cundinamarca. En varias ocasiones fue designado ministro de estado y magistrado de la Suprema Corte Federal, cargos que en manera alguna quiso desempeñar; tampoco aceptó el nombramiento como miembro de número de la Academia Colombiana de la Lengua. Hombre de vasta cultura e ilustración, conoció a fondo las literaturas latina, francesa e inglesa. D. Manuel Pombo, uno de los fundadores de la célebre tertulia El Mosaico, fue poeta de hondo sentimiento y exquisita sensibilidad artística. Como escritor es autor de preciosos cuadros de costumbres de la vida santafereña a mediados del siglo pasado. Estas páginas costumbristas, junto con la amena e interesante crónica de viaje titulada De Medellín a Bogotá, fueron recogidas en las Obras inéditas de D. Manuel Pombo (Bogotá, 1914), edición publicada por su hijo Lino de Pombo.

Antonio José Restrepo, autorizado prologuista de la obra antes citada, dice lo siguiente del autor que nos ocupa:

(...) Tomando en general el cuerpo de escritores contemporáneos de Pombo, hay que convenir en que éste los aventaja a todos en el manejo de la lengua —el instrumento del arte sin el cual no hay hermosura intelectual—, en la sobriedad amplia del estilo y en la cándida inocencia, en la recatada pulcritud y en la humildad voluntaria con que quiere esconder su propio mérito y lisonjear en su lector —enseñándole lo perfecto— todas sus inclinaciones al bien, como apartándolo del mal.

(...) Y Pombo realizó una vida de tantas virtudes, públicas y privadas, que tenía la imposibilidad ideológica de no ser un grande escritor y un poeta soberbio, siendo un santo humanizado. Su bondad fue el nimbo de su corona...

El apunte autobiográfico que se reproduce a continuación fue dado a conocer por D. Carlos Martínez Silva en una nota necrológica escrita a raíz de la muerte de Pombo y publicada en
El Repertorio Colombiano
correspondiente al 2 de junio de 1898. Al comienzo de la mencionada nota necrológica Martínez Silva escribe:

Pero lo que no se dice en esta descarnada autobiografía, en la cual brilla la genial modestia del autor, es que el señor Pombo rayó muy alto por la nobleza de su carácter, por su benevolencia ilimitada, por la amenidad y dulzura de su trato, por la fidelidad en sus amistades, por su espíritu de tolerancia y de justicia, durante todo el curso de su vida inmaculada.

 

Autobiografía

Sin moverme de mi país, he trabajado toda mi vida sin descanso ni alternativa. Con la labor de mis primeros años juveniles, compré en Bogotá una buena casa, en la que formé, eduqué y coloqué mi familia. Las complicaciones de esa tarea, las dolencias y enfermedades, las vicisitudes de la suerte y el desgaste de energía y eficacia consiguientes al curso del tiempo, me han traído al punto en que me encuentro anciano, inválido y pobre, sin industria, renta, ni hogar, porque para satisfacer honradamente los inevitables compromisos contraídos en mi larga y azarosa carrera, tuve que sacrificar el techo que me albergaba.

Hice mi carrera de estudios sin una nota adversa; obtuve los grados de Bachiller, Licenciado y Doctor en jurisprudencia, y me recibí de abogado en la Corte Suprema de Justicia en 1847. Mi buen padre me había enseñado a leer y escribir, a hacer las primeras operaciones de la aritmética, a conocer algo la Historia Sagrada y Profana, traducir un poco de latín y francés, y entender las verdades fundamentales de la moral y la religión.

Terminados mis estudios, volví al Cauca, mi país natal, a trabajar en él, de donde regresé casado en 1854.

Me ocupé en negocios judiciales y mercantiles, y, por varios años consecutivos, con el voto de todos los partidos políticos, fui nombrado Secretario de la Cámara de Representantes.

La Asamblea legislativa del recién constituido Estado de Cundinamarca, nos nombró al señor doctor Miguel Chiari y a mí para que hiciéramos la edición oficial de sus Códigos, dándoles homogeneidad, forma y método, y completándolos con sus respectivos índices y minuciosos repertorios analíticos y alfabéticos.

Esta obra esmerada, a la que nunca se hizo reparo alguno en su fondo ni en su forma, llenó su objeto mientras subsistió el Estado, y en los otros sirvió de muestra y directorio para análogos trabajos. Si mi padre fue merecedor de alto y justo elogio por su Recopilación Granadina, algo puede concedérseme a mí por los Códigos de Cundinamarca.

Cuando se emprendió la construcción del Ferrocarril de Girardot, contratada con el señor Cisneros, el Gobierno me nombró Tesorero de la empresa. Con extrema consagración e incesante diligencia, en circunstancias difíciles para el Tesoro Público, recaudé y administré los fondos con que se construyeron y pusieron en servicio sus primeros kilómetros, que sirvieron de base para la continuación de la obra, a la que después se dio otra organización. Mis cuentas mensuales y anuales fueron siempre fenecidas sin reparo por la Oficina general del ramo, y de ellas se me expidió el finiquito final.

El Ferrocarril de la Sabana, que tan pronto y tan bien se construyó, arrostrando y venciendo dificultades de todo género, puso a mi cargo su Secretaría. Lo que en ella trabajé, puede verse en los muchos y voluminosos copiadores de comunicaciones, cartas y telegramas, en los libros de actas de la Junta Directiva y de la Asamblea General de Accionistas, en los informes semestrales de los Gerentes y el Archivo de la oficina. Seis años desempeñé el destino, y ahí está la obra, en servicio incesante, reclamando el honor para los que la organizaron y construyeron, especialmente para los Gobernadores de Cundinamarca, Generales Aldana y Córdoba, para su eficacísimo primer Gerente, señor Carlos Tanco, para su ingeniero director, señor Nepomuceno González Vásquez, y, aunque me está mal el decirlo, para el que, como Secretario de la Compañía, fue el laborioso y activo cooperador de esos señores.

En los ratos que me dejaban expeditos estos trabajos, y los del comercio y la abogacía, con que procuraba ayudarme para hacer frente a mis gastos personales y domésticos, regenté varias cátedras en los establecimientos privados y públicos, entre ellas las de Geografía en el del señor Joaquín Gutiérrez de Celis, y las de Derecho Internacional, Derecho Romano, Pruebas Judiciales y Geografía en la Universidad Nacional y en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario. Sin enumerar las comisiones y los servicios onerosos que con frecuencia se me encomendaban.

Sin buscarlo ni merecerlo, alcancé cierto relumbroncillo literario entre algunos de mis conterráneos. Fue sin buscarlo, porque desde temprano pesé los escasos quilates de mis aptitudes y me retiré del asunto, y porque el crónico y creciente afán de mi vida, dimanante del desequilibrio entre mis presupuestos, no me dejó sosiego ni humor para permitirme esparcimientos literarios; así es que, de lo poco que aventuré para el público, más es lo que me remuerde que lo que me agrada.

Y fue sin merecerlo; porque aquel relumbroncillo era el tenue reflejo de la luz que sobre mi opacidad lanzaban el verdadero mérito y la cariñosa amistad de José María Samper, Juan de Dios Restrepo, Gregorio Gutiérrez González, Salvador Camacho Roldán, José Manuel Marroquín, José María Vergara y Vergara, José María Quijano Otero, José Joaquín Borda, Ricardo Carrasquilla, Ricardo Silva, Jorge Isaacs, Pío Rengifo, Joaquín Pablo Posada, y otros de mis compañeros de juventud.

Mi endeble salud y las graves enfermedades que he sufrido, afrontando siempre una situación tirante y complicada, me han quitado, por otra parte, mucho tiempo, mucha vitalidad, y consumido muchos de mis escasos recursos. Si los que quieran juzgarme pudieran posesionarse en sus pormenores de los trámites íntimos de mi vida, quizá hallaran en mi abono algunas circunstancias atenuantes. Dios, cuyo santo temor me ha poseído siempre, y que todo lo ve y lo sabe, quiera en su misericordia infinita y por la perseverancia con que he procurado siempre ser fiel a la religión fundada por su Divino Hijo y con que me he mantenido en la Iglesia católica, apostólica y romana, acoger para mi perdón aquellas circunstancias.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 138,
Bogotá, 1º de julio de 1972, pp. 30-32.

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