La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Alfonso López Michelsen

 

Humanista, catedrático y hombre de estado. Entre sus obras se cuentan:
Los elegidos,
Novela (1953); Cuestiones colombianas (Ensayos), México, 1955; La estirpe calvinista de nuestras instituciones; Los últimos días de López, Biblioteca del Banco Popular, vol. 62, Bogotá, 1974, y El quehacer literario, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1989.

Reportaje autobiográfico

Nací en 1913. La primera parte de mi vida la pasé al lado de la familia Michelsen. Mi padre se separó de los negocios de mi abuelo a los pocos años de casado, y nosotros, sus hijos, no conocíamos a la familia López. Eramos Michelsen ciento por ciento. Vivíamos la mayor parte del tiempo en casa de mi abuelo Carlos Michelsen que había sido casado con Antonia Lombana, mi abuela, a quien no alcanzamos a conocer, pero una hermana de ella, Dolores Lombana Barreneche, fue quien nos crió a los tres mayores. Mi papá y mi mamá viajaban mucho y siempre nos dejaban al cuidado de la tía Dolores.

El hermano de la tía Dolores, mi tío José María, era uno de los médicos más notables de entonces, político radical, senador vitalicio por el Tolima, llegó a ser candidato a la Presidencia de la República como liberal independiente.

La quiebra del Banco López

En 1923, vino la quiebra del Banco López y los negocios de mi abuelo Pedro que era el primer exportador de Colombia. Además de ser dueño del Banco López del cual surgió el Banco de la República, tenía la Naviera Colombiana, el Ferrocarril Ibagué-Ambalema, el Ferrocarril Tolima-Huila-Caquetá y un sinnúmero de trilladoras y almacenes en todo el territorio nacional.

Mi papá se reconcilió entonces con mi abuelo y trató de ayudarle a que saliera bien de sus problemas financieros. Recuerdo mucho el primer día que fuimos a la Hacienda La Mana a conocerlo. Era un hombre estoico y su segunda señora fue siempre muy cariñosa con nosotros, lo mismo que mis tías. Mi abuela, que era vallenata de pura cepa, había muerto a los veintiséis años cuando mi papá tenía apenas cinco.

En el mismo año de la quiebra de mi abuelo, 1923, nos mandaron al Gimnasio Moderno. Pedro, mi hermano, era el más chiquito del colegio. Ahí estuvimos hasta 1927. Fue un tiempo que hoy me parece infinitamente largo. Mi papá estaba entonces en muy mala situación económica después de haber sido muy rico. Entonces la familia Michelsen nos ayudaba con mucha discreción.

Mi papá en política

En el año de 1930 mi papá se metió a la política. Ya antes había tenido intervenciones esporádicas al lado de Laureano Gómez en los años de la Primera Guerra Mundial. Por el correo, que en aquella época gastaba veinte días, nos iba contando de sus esfuerzos para reconstruir el partido liberal y dar al traste con la hegemonía conservadora. Un libro del boliviano Alcides Arguedas, entonces embajador en Bogotá, narra mejor que cualquier colombiano cómo fue la caída del partido conservador en ese pequeño mundillo que era la capital del país.

La familia más amiga de la nuestra era la familia Vásquez Carrizosa. El general Vásquez Cobo era embajador en París y Jaime se venía a la casa desde la mañana hasta la noche cuando estábamos en vacaciones. Murió hace un año, pero la relación con sus hermanos y hermanas la conservamos siempre. Creo que es una de las razones por las cuales mientras otros ministros han tenido problemas con sus sucesores siempre he podido trabajar en llave con el actual Canciller a quien profeso una gran admiración no obstante las diferencias de temperamento.

Regreso a Colombia

Iba a estudiar Filosofía y Letras cuando sobrevino el conflicto con Perú y nos vinimos a vivir a Colombia a casa de mis tíos Michelsen con mi papá, mi hermano Pedro y yo. Teníamos un recuerdo muy borroso después de tantos años de ausencia. La primera gira política a que nos llevaron fue un homenaje a Plinio Mendoza Neira en Tunja. Nos llamaba mucho la atención el estilo oratorio colombiano de entonces, lleno de alusiones a Grecia y a Roma, mientras los campesinos debajo de las ruanas, entre atónitos y perplejos, esperaban que les hicieran señales para aplaudir.

La guerra con el Perú comenzaba a tener visos de convertirse en un verdadero conflicto armado cuando asesinaron a Sánchez Cerro promotor del episodio de Leticia y presidente del Perú. Le sucedió el general y después Mariscal Oscar Benavides. Había sido embajador en Londres y nuestras familias eran muy unidas. Con la autorización del gobierno del doctor Olaya Herrera, mi papá le propuso al general Benavides que hablaran directamente sobre la manera de poner fin al problema y el general aceptó. Como prenda de que no se iba a engolfar en lo que él llamaba litigios mentales, no llevó ningún experto en el avión de la Panamerican que nos condujo a Talara y luego a Lima. Fue con su amigo Emilio Toro que tenía un gran sentido común, con mi hermano Fernando y conmigo. Antes de partir en el Ministerio de Guerra en Bogotá, me enseñaron a manejar unas claves para comunicarse con Colombia y cuando llegué a Lima no me funcionaron. Sin embargo se selló la paz, aceptando el general someterse a los términos del acuerdo de Ginebra, que el Perú bajo Sánchez Cerro no quería aceptar, mientras se negociaba el protocolo de Rio.

Estudiante de derecho

Regresamos a Colombia y mi papá fue elegido presidente por primera vez. Me matriculé en la Escuela de Derecho del Rosario en donde estudié tres años con los mejores profesores de entonces. Pero después resolví seguir la carrera en Chile. Allí hice los dos años siguientes y escribí mi tesis de Derecho Privado sobre la Posesión en el Código de Bello, con la que me gradué a mi regreso a Bogotá.

Matrimonio y cátedra

Volví otra vez a Colombia, me gradué en el Rosario y me comprometí con Cecilia con quien habíamos sido medio novios desde cuando ambos estudiábamos en París. Pero mi papá quería que yo estudiara en una universidad americana y tomé un año de postgrado en Georgetown. De regreso me nombraron profesor de la Universidad Nacional en Derecho Constitucional y entré a trabajar en la oficina del doctor Eduardo Zuleta Angel de quien fui secretario privado en la Corte Suprema de Justicia. Es un colombiano estupendo. Autor de frases inmortales como aquella de que "mientras los colombianos pierden su tiempo hablando mal los unos de los otros, yo aprovecho el mío hablando bien de mí".

Me casé con Cecilia en 1938 en la iglesia de San Lorenzo, parroquia de Bojacá porque ella vivía en la Hacienda de San Marino, donde todavía pasamos los domingos en familia en una terrible desproporción: seis mujeres para cada hombre. Es un verdadero matriarcado en donde cualquier día voy a tener sobrinos bisnietos ya que como abuelo he sido estéril.

Viajamos mucho antes de tener familia

Con Cecilia viajamos mucho, antes de tener familia. Ibamos juntos a hacer cursos de verano en Estados Unidos, Europa y Suramérica. En Lima nos hicieron sentar en una silla milagrosa, la de Santa Patrocinia y a los nueve meses nació Alfonso, el mayor de mis hijos. Los otros dos, Juan Manuel y Felipe, siguieron con un año de diferencia.

Vivimos en Engativá, en la Hacienda de Santa María en donde en alguna ocasión me eligieron concejal y conocí y me hice amigo de un colega un poco menor que yo, de una rara sagacidad. Después ha hecho una gran carrera en la que a veces nos hemos encontrado y otras trabajado de acuerdo: Julio Cesar Turbay Ayala.

Vino después la reelección de mi papá

Vino después la reelección de mi papá para la presidencia. Era la guerra europea. Yo dictaba clases en la Universidad y ejercía mi profesión cuando, como ocurre tradicionalmente, resolvieron atacar la administración López a través de sus hijos. Es un episodio sobre el cual no quiero detenerme. Sobre él se han tejido muchas tergiversaciones desvanecidas ahora cuando se me han presentado en forma concreta y desapasionadamente se han podido exhibir los documentos respectivos. Desde luego, el truco consistía en presentar hechos ocurridos bajo la administración Santos como ocurridos bajo la administración López, pretendiendo demostrar que yo ejercía tráfico de influencias para conseguir clientela.

La caída del partido liberal

Más tarde ocurrió la caída del Partido Liberal bajo la administración Lleras Camargo y se me presentaba la oportunidad de actuar en política cuando, a los dos años de la administración Ospina, se acabo la política. Me ocupé de demandar por inconstitucionales los decretos que acabaron con las Instituciones y participé con Alfonso Lozano Agudelo y Antonio Muñoz en la literatura clandestina de las radiodifusoras. Quise presentarme voluntariamente a un Consejo de Guerra pero los defensores juzgaron que con ello sólo conseguiría comprometer a mi padre y agravar la situación.

El M.R.L., fue una extraordinaria experiencia como conocimiento del país y de sus gentes. Sin prensa, sin recursos, acusados de ser los agentes de Fidel Castro en Colombia, libramos batallas inolvidables. Fui candidato presidencial en 1962 y el gobierno de entonces prohibió la inscripción de mi nombre, alegando que lo que era nulo era prohibido. Guillermo Hernández Rodríguez demandó el acto del Ejecutivo ante el Consejo de Estado y fallaron a nuestro favor un año después de las elecciones.

Seguimos combatiendo y después de una lucha romántica y heroica logramos llegar a unos resultados de 725.000 votos. Los demás ya se sabe. Las sucesivas campañas del M.R.L., con quintacolumnistas estimulados desde fuera con el premio de las primeras páginas. Cada vez que había que hacer listas me sentía un poco como Oscar Wilde chantajeado por el marqués de Queensbury. O ponía el aspirante en la lista o iba a declarar a los periódicos que se separaba del M.R.L., porque era un nido de comunistas.

Historia reciente y una primicia

¿Qué más? Aún es muy reciente la historia para contarla. Me quería dedicar a escribir y a ocuparme de las fundaciones de mi familia: el Amparo de los Niños que fundó mi mamá, la Fundación Roberto Michelsen que dejó mi tío Roberto; la Fundación Carlos Michelsen y Antonia Lombana de Michelsen que dejó mi tía Cecilia de March, quien murió sin hijos hace cuatro años. También pensaba ayudarles a mis hermanas en sus dos obras "La Casa de la Madre y el Niño" de mi hermana María en donde se hacen adopciones desde hace 25 años y el Colegio de las hijas de María de las Esclavas de mi hermana María Mercedes donde se educan gratuitamente niñas sin recursos.

Tengo tres hijos

Tengo tres hijos. Todos me han dado satisfacciones y me han ayudado a robustecer mis convicciones de liberal de tiempo completo. Los eduqué dejándoles desde muy niños asumir sus responsabilidades sin ejercer casi autoridad ni señalarles qué debían hacer en la vida. En esta época tan difícil para la juventud cada cual a su manera vive consagrado a su trabajo y aspira por igual a seguir estudiando después de haber tenido experiencias en la vida práctica.

Alfonso, el mayor, es casado con Josefina Andrew, venezolana de origen español, Juan Manuel está casado con María Carrizosa y Felipe.

Que me vieran de candidato

Después de mi papá, me hubiera gustado que me vieran de candidato, mi tía Cecilia Michelsen de March, así como Ismael Rodríguez, el gran guardaespaldas de mi padre que vivió hace cuarenta años y murió hace dos meses.

Reportaje Autobiográfico, en El Espacio,
martes 6 de agosto de 1974.



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