La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Andrés Holguín

 

Nació y murió en Bogotá, 1918-1989. Ensayista, crítico, poeta y traductor. Obras: La poesía inconclusa y otros ensayos (1947); Tierra humana (1951); Poesía francesa (Antología, 1954); Sólo existe una sangre (Poemas, 1959); La tortuga, símbolo del filósofo (1961); Cultos religiosos y corrida de toros (1966); La poesía de Francois Villon (1968); Las formas del silencio y otros ensayos (1970); Antología crítica de la poesía colombiana (1974); Nueva aventura y otros poemas (1977); Notas griegas (1977); y La pregunta por el hombre (1988).

El recuerdo de los libros y yo

Mi primer recuerdo sobre el libro lo constituye —muy lejano, impregnado de mi más tierna infancia— la dificultad con la lectura. Pero el recuerdo es muy preciso. Me sentía enfrentado a algo que me superaba y que, por lo mismo, me entorpecía, me bloqueaba. Mi madre, cariñosamente, insistía. La alcoba iluminada de sol, con el ventanal que daba sobre el patio delantero. En el interior, la penumbra. Yo deletreaba y deletreaba. Mis dos hermanos mayores leían de corrido, habían aprendido muy fácilmente, uno de ellos, incluso, había aprendido a leer solo, a escondidas. Y yo ahí, todo trabado, cada vez más ensimismado, con cierta cólera que me subía del interior, pero que no quería confesar. Había, sin duda, una barrera, que tal vez no era otra cosa que la falta de verdadero interés. Porque yo esperaba más bien, el instante de salir corriendo a jugar, a armar mis fichas de madera y mi mecano, a montar en la bicicleta que me había regalado una tía y, sobre todo, a jugar con mis caballitos de carreras, que yo pintaba sobre cartón y luego recortaba cuidadosamente. Tanto amaba estos juegos que me levantaba al amanecer, todavía a oscuras y moviéndome a tientas, convencido que de otro modo, el tiempo no me alcanzaría para jugar. Estaban también el arco y las flechas y la pequeña escopeta de corcho. Y también, el deseo de jugar al fútbol en el patio de atrás, a pesar de que pudieran romperse los vidrios del comedor; había que hacerlo con cierta cautela, sobre la portería formada por las dos columnas; con el temor, también, de ennegrecer la gran pared blanca del fondo, contra la cual crecía el durazno, y en donde quedaban impresas, imborrables, las huellas dactilares del balón. En medio de todo ello, sin contar con el perro y el corderito de peluche que yo conducía interminablemente por los patios, y los carros a estilo Ben Hur, que arrastraba en forma un tanto más violenta: con todas estas perspectivas en mi infantil y encantado horizonte, era muy difícil que pudiera concentrarme en la lectura. La barrera eran mis juegos, era yo mismo.

Recuerdo, luego, pasados varios años, cuando el milagro de la lectura se había producido ya hacía algún tiempo, cómo me abstraía en los libros. Frente a mi pequeño escritorio, al pie de la cama, con la vista hacia la ventana que daba al pequeño jardín, cerrada por los altos, negros, pinos. Allí leía y leía, infatigablemente. Prosa y verso. Poemas colombianos y franceses, la historia comparada de las religiones, que me atrajo desde muy temprana edad, y la filosofía que descubrí con la pasmosa lectura de Federico Nietzsche. Esas lecturas despertaron en mí ese otro demonio, el de la expresión. Comencé entonces a escribir, a garrapatear, a tratar de expresarme, tal vez buscando una comunicación desde mi ser introvertido, moviéndome en un doble ámbito, el de mis emociones personales todavía muy elementales y confusas, y el de las ideas abstractas, sin vínculo con mi mundo circundante, que me abría, sin embargo, panoramas insospechados. Recuerdo, así, dos veraneos, uno con Zaratustra bajo el brazo, leído un tanto a hurtadillas, y otro con la República de Platón. Resulta imposible imaginar qué era lo que yo entendía entonces de aquellas obras, pero sin duda me fertilizaron, me inquietaron, me conmovieron, me lanzaron a una aventura que todavía continúa. Después, Pablo Neruda y Federico García Lorca y tantos otros poetas, antiguos y modernos, vinieron a unir sus voces a todo ello.

Uno de los libros que, en esa época adolescente, me impresionó de la manera más honda fue "Las Flores del Mal", Baudelaire, al que jamás había leído, se me aparecía confusamente con todas las notas distintivas de lo prohibido, de lo sexual ignorado, de lo demoníaco, y también con la atracción de la rebeldía religiosa, todo ello mezclado a la convicción de que en los símbolos y la música de su poesía encontraría —como encontré— una de las más profundas y perturbadoras. Pero no poseía el libro, ni estaba en la biblioteca familiar vecina, ni tampoco tenía el dinero para comprarlo. Y en casa no propiciaban esa compra, pues mi madre pensaba —sin duda— que debía madurar mucho todavía antes de leer el poeta maldito. Así pasaron meses y meses —lo recuerdo muy bien—, y yo me limitaba a contemplar las ediciones de Bauldelaire en vitrinas inalcanzables. Afortunadamente, algún tiempo después, un amigo me hizo el más sorprendente regalo, el más inesperado también: una bella edición de "Las flores del mal", con el retrato del poeta. La comunicación con este libro singular, el tete-a-tete con estos poemas, marcados por el tedio, la angustia y la pasión, dotados de una belleza fascinante, fue una de mis vitales experiencias con el libro. Devoré ávidamente los poemas, los aprendí de memoria, los repetía en larguísimas caminatas yendo al colegio, los traduje toscamente. También aquí resulta legítimo preguntarme qué entendía entonces de Baudelaire; acaso no iba mucho más allá de la anécdota de albatros, del alma del vino, las letanías a Satán o la travesía a Citeres. Pero ha sido para mí un libro que, como el de Nietzsche, a través de lecturas siempre renovadas, no acaba de entregarse por entero.

Otro contacto capital mío con los libros, en plena adolescencia, corresponde a la época de mi profunda crisis religiosa, que me cambió todos los valores y concepciones que hasta entonces había tenido. Era como si, repentinamente, hubiera quedado suspendido en el aire. Los libros de filosofía y de religión fueron entonces mi único alimento. Pero no era ya —como antes— un interés especulativo el que me movía hacia ellos. Era la necesidad de hallar una solución, una respuesta, una luz. En medio de esa crisis, y obsesionado desde hacía ya tiempo con el problema del mal, que todavía me acompaña con mi propia sombra, leí con una ansiedad completamente nueva. Con verdadera sed. Recuerdo cómo leí y asimilé y subrayé entonces "Las Confesiones" de San Agustín, otro al que, desde esos años, he regresado siempre. Ese contacto convulsionado con las páginas geniales del africano sigue siendo para mí una experiencia y un recuerdo imborrables.

Estas obras de poesía y filosofía, junto con todo lo que encontraba sobre el mal, de religión y de literatura, pues en esa misma época descubrí los trágicos griegos y la lírica de Anacreonte, a Tomás Mann y a Marcel Proust todo esto era lo que yo leía en los últimos años de bachillerato y en los primeros de la Universidad. No es raro, así, que, como los juguetes infantiles me impedían aprender a leer, estos libros de la adolescencia me alejaran del derecho. Porque, a decir verdad, sin que deba confesarlo en voz muy alta, no recuerdo haber leído nunca un libro de derecho. Ni entonces ni después. Pues si algo aprendí de esa materia, no fue precisamente al contacto con los libros y los grandes tratadistas, o con la biblioteca de mis antepasados, sino al diario y desagradable roce con los expedientes, allá cuando empecé a trabajar en los oscuros juzgados municipales y en los no menos sombríos juzgados del circuito.

Pero, a no dudarlo, el contacto más entrañable con los libros es el que he tenido con los que yo mismo he escrito. Leer el poema o el ensayo, ya hecho, ya desprendido de mí mismo, es algo que siempre he considerado como una especie de milagro, algo a lo cual no acabo de acostumbrarme por completo. Ese contacto y esa sensación resultan todavía más sobrecogedores con los libros. Y no sólo con los que he publicado, los que adquieren una extraña autonomía, nacen, crecen y viven su propia vida como organismos independientes, sino también estos otros que ahora veo sobre mi escritorio, en dispersos originales, en los cuales he venido trabajando de tiempo atrás, que no son otra cosa que la expresión de mi propia vida, la resultante de ella, casi el fruto fatal de una vocación que, mirando retroactivamente, me parece hoy innata.

El recuerdo de los libros, y yo, en Semanario
Dominical
de El Siglo, Bogotá, julio 8 de 1973, p. 4.



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