-
Felipe Lleras
Camargo
Discurso autobiográfico
Alguna vez en mi inveterado e
incorregible oficio de periodista, el que más tiempo he ejercido entre otros muy
disímiles en los que he gastado luengos años de mi movida existencia, le hice un
reportaje al maestro Baldomero Sanín Cano, acaso el único que en Colombia ha llevado con
propiedad ese título, que hoy se le otorga a un asentador de ladrillos y muchos
emborronadores de cuartillas y facedores de versos sin ritmo ni medida, condición
esencial ésta de la poesía de todos los tiempos. Al día siguiente de la entrevista,
Sanín me enviaba una epístola escrita con su clara y elegante letra inglesa y en la que
decía: "desde que leí su reportaje, me estoy palpando a mí mismo para saber si soy
el que usted ha descrito con tan inexhausta bondad".
Yo podría decir lo propio ante las
palabras de mi viejo amigo el señor Presidente de la República. Una amistad sin sombras
ni fronteras que nos une desde hace casi medio siglo. Y ante las del fundador y director
de este periódico, el doctor Luis Carlos Londoño Iragorri, ejemplar hombre de empresa,
liberal sin reservas y caballero sin segundo, quien ha colmado el grande anhelo de mi
vida: morir al pie, ya no de un chibalete, de un linotipo o de una desvencijada prensa
plana, instrumento con que combatí en mi diario Ruy Blas en mi ardorosa juventud, sino a
la hora del alba, al exhalar el último suspiro, escuchando el jaleo potente de la
majestuosa rotativa, perfecto símbolo del acelerado vivir contemporáneo. En cuanto a la
condecoración máxima de Colombia, destinada a premiar las hazañas de los héroes o los
servicios de los ciudadanos, la recibo con emocionada gratitud y con sencilla humildad.
El rito de esta ceremonia me huele tanto
a patriarcado, del cual me hallo muy lejos. Porque los patriarcas deben poseer atributos
en abundancia. Yo apenas soy un modesto artesano de la prensa, que después de tanto
trajinar en estos menesteres he llegado a adquirir cierta destreza en el manejo de la
pluma, pues como soy alérgico a la mecánica, no conozco los secretos de la máquina de
escribir.
Por lo que se refiere al ejercicio de las
virtudes teologales, no le encuentro ningún encanto, sólo reconozco ser fiel a tres de
ellas, de las que no estoy muy seguro de que figuren en el catálogo, pero lo que sí es
verdad es su poca cotización en la implacable y arbitraria sociedad de consumo. La
responsabilidad ha sido la razón de ser de mi desempeño en diversos cargos; la
honestidad, basada en cierta repugnancia, que me viene de raza por el dinero que Papini
llamó "el estiércol del diablo", y la lealtad al Estado, al partido o a la
empresa a que esté consagrado. En eso tengo algo de la fidelidad del perro Terranova, tal
como la de mi abuelo, el insurgente don Lorenzo María hacia su protector y jefe, el
Hombre de las Leyes.
Siempre me he empleado a fondo en el
quehacer escogido, así, cual aprendiz de conspirador, maestro de humanidades, misiones
diplomáticas, o andanzas de alegre y desenfadada bohemia, bajo la influencia de licores
iluminantes y la estrella milagrosa de una imagen de mujer en el horizonte.
Todo ello, desaparecido por imperativos
vitales, lo conduce a uno a practicar por la fuerza las virtudes burguesas que llevan al
patriarcado.
Nadie deja voluntariamente el alcohol y
las mujeres. Lo que ocurre es que aquél y aquéllas lo dejan a uno.
Entonces se entra en un apacible mundo de
serenidad, de indulgencia con los errores y pecados humanos, de piedad para todos aquellos
que sufren en el tránsito por la tierra. Me imagino que es algo así como una antesala
del prometido reino de los cielos.
En este caso mío, tengo que agradecer el
anticipo de la consagración terrenal que me llega, proveniente de la magnificencia de
quien la otorga, dejando de cumplirse la verdad de la frase de quien dijo que la gloria es
el sol de los muertos. No es para mí este trofeo, que corresponde a la ideal compañera
de mi vida. Que esta cruz sea compensación de los pesares que pueda haberle ocasionado,
la manera de ser como he sido y como seguiré siendo, porque el hombre no es dueño de su
destino, hasta el encuentro definitivo con la intrusa.
Y como otra de mis grandes debilidades ha
sido la de cometer versos clandestinos, con este motivo y a estas horas de la vida he
concebido las siguientes:
-
Añoranza de urbes y de puertos,
-
lugares de partida y de llegada,
-
el alba del amor en retirada
-
y las saudades de prohibidos huertos.
-
Y pensar que la gloria acariciada,
-
la frágil hoja de laurel inerte,
-
es tan sólo epitafio en piedra helada
-
ante la certidumbre de la muerte.
-
En tanto que la intrusa colabora
-
al viaje sin retorno hacia la aurora
-
de un mundo más allá, solo le pido
-
lejos del mal y cerca a lo divino,
-
que salve para siempre de mi olvido
-
el romancero que inspiraron ellas,
-
y pueda dialogar con las estrellas
-
bajo el ritmo de un verso alejandrino.
Discurso autobiográfico,
en El Valle en la Nación,
Nș 263, junio de 1980, pp. 14-15.
|