La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Hugo Salazar Valdez

 

Nació en Condoto, departamento del Chocó, en 1926. Cantor de su raza y cultivador de la poesía negra. Ha publicado: Sal y lluvia, Carbones en el alba, Dimensión de la tierra, Casi la luz, La patria convocada, El héroe cantado y Poemas amorosos.

Un poco de mí mismo

Yo nací un día de marzo en Condoto, población del Chocó, en el corazón de la selva. Mis años iniciales transcurrieron sin importancia como los del hijo de un comerciante de pueblo. De mi padre heredé el culto por el espíritu que contrasta en el fondo de mi ser con el temperamento un tanto despreocupado de mi madre.

La Universidad me enseñó las luces del bachillerato, que complementé con lecturas de poesía y otras de necesidad indispensable. Fui, como mi padre, comerciante. Pero fracasé por mi incapacidad para los números. Entonces me refugié en la enseñanza elemental con Gregorio Machado y Lorenzo Garcés, amigos de mi alma, vagabundo de estirpe el primero; el otro, sin vocación; ambos de superior inteligencia en la más reciente generación chocoana.

Mis experiencias en la pedagogía fueron pocas. Huí apresuradamente de su mundo, por ser uno de sus imperativos el orden, y yo no he podido ser, nunca, ordenado. Mis versos fueron escritos al azar, entre la muerte y la blasfemia, que Dios me perdonó, en la pechera de la camisa muchas veces.

La vida me golpeó duro, terriblemente duro. Conocí el hambre en todas sus manifestaciones. El frío. La lluvia. La intemperie. Practiqué, sin proponérmelo, el calendario de los vagabundos. Creo que el amanecer no confundiría mi estampa de tanto encontrarme en los parques sin camino. Nada me es extraño en el oscuro mundo de la insuficiencia. Tuve amores. Dolorosos, cruentos amores. De esos amores que no se olvidan nunca, porque dejan en el alma el arrepentimiento perpetuo de ellos mismos. Amargos testimonios de esa aventura son los poemas de este libro que figuran bajo el subtítulo de Carbones en el Alba.

La tierra conoce la huella ensangrentada de mis pies. Cinco años viví de la declamación de mis poemas, sin que jamás dijera un verso ajeno. Dos de mis composiciones, "Baile negro" y el "Romance de la negra María Teresa", han sido los de mayor éxito. En 1954 no quise publicarlos. Hoy los incluyo en este volumen, así como otros inéditos desde 1946, porque aspiro a dar una idea de mi labor hasta hoy. He sido el difusor de mi poesía, su intérprete obligado, el declamador de ella misma de pueblo en pueblo en forma permanente, porque mi carácter no le ha permitido llegar hasta los grandes diarios de mi país. Una vez, al sur del Ecuador, tierra que amo entrañablemente y a la que estoy ligado por emoción e inteligencia, recité sin comer. Aún resuenan en mis oídos las palmas inolvidables por el éxito alcanzado.

El año de 1952 tiene sitio preferencial en mi memoria. Vivía por entonces en Popayán, ciudad amplia y generosa para un hombre sin rumbos, obligado a recitar sus versos como única manera de subsistir ante el asedio de la penuria. En esos tiempos era cosa imposible reunir una decena de personas para escuchar un poeta. Todo el territorio de la República padecía la psicosis del miedo, el complejo de la traición. Hoy todavía me pregunto: ¿hasta cuándo durará este mal? Yo tenía, pues, necesariamente que permanecer en sus aleros, aspirando el aire nostálgico que cantara uno de sus hijos, y que a mí se me ocurre, contrariamente, glorioso, inmortal. De allí debía salir por las poblaciones del Valle del Cauca en busca de recitales. Sin centavos, tenía que inventármelos.

En Tuluá tuve miedo por primera vez, luego de haber forjado una azarosa cadena de aventuras. La ciudad me había escuchado muchas veces. Por otra parte, nadie se atrevía a concurrir a lugar alguno y, menos aún, de noche. Ni siquiera a escuchar poesía. Los míos estaban en Popayán a merced de cuanto su poeta pudiera procurarles. ¡Y la poesía no podía decirse! En vano insistí en procura de patrocinio, como en ocasiones anteriores, de ayuda ligera, del más mínimo apoyo. Tras largo meditar decidí ofrecerles gratuitamente un recital a los socios del club mayor de la ciudad. Aceptaron a regañadientes, previniéndome de una pésima asistencia. Ante el nerviosismo inquebrantable había de luchar con todos, contra todos. No obstante, el número de concurrentes superó los cálculos. Empecé mi declamación con los poemas de carrera: "María Teresa", "El baile negro de los negros del Chocó", mis canciones a Buenaventura, los sonetos de Cristo, y otros. El éxito me acompañó como siempre, y cuando comprendí que el público era mío, hice un descanso. Hablé de la sinceridad de mis canciones, del mensaje de mi raza, de mí. Luego levanté una bandeja que había llevado con tal fin y solicité, no una limosna, sino una contribución. Advertí que me negaría a recibir menos de tres pesos. Todos contribuyeron. De la multitud se levantó un señor, del que supe más tarde que era el Tesorero Municipal, con un brillante billete de diez pesos, iniciando de esa manera el éxito de la colecta. El recital, pues, se había salvado, al final del cual, pude contar, en presencia de mi público, lo suficiente para tranquilizarme —así lo dije— por un mes.

Lo poesía enrumbó siempre mi trashumancia. A ella le he hecho las concesiones que demandan su altura y su linaje. Pero ¡cuánta sangre y amargura para alcanzarla! ¡Esquiva como una mujer, difícil como los dioses y lejana como las estrellas! No voy a hablar de mis producciones porque ellas están aquí, detrás de estas palabras, que trazan el ámbito en donde vinieron a la vida. De este mundo surgió este grito de liberación, esta rebeldía que me caracteriza porque yo no sé parecerme sino a mí mismo.

Un poco de mí mismo, en Toda la voz,
Bogotá, 1958, pp. 5-8.



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