La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Euclides Jaramillo Arango

 

Nació en Pereira, en 1910, y falleció en Armenia, en 1987. Escritor costumbrista y folclorista. Obras: Las memorias de Simoncito (Manizales, 1948); Los cuentos del pícaro tío Conejo (Bogotá, 1950); Un campesino sin regreso (novela); Talleres de la infancia (Medellín, 1968); Dos centavitos de poesía, y Un extraño diccionario (Medellín, 1980), entre otras. Esta última está precedida de unas páginas autobiográficas tituladas.

Euclides Jaramillo Arango por Euclides Jaramillo Arango.

Mi primer pleito

A la memoria del profesor Carlos Eduardo Acosta,
quien sabiamente me lo advirtió todo en la cátedra.

Para realizar una pequeña incursión en aquello que llaman "Autobiografía", y por la cual inmodestamente y con ansias de inmortalidad se han embarcado muchos autores, voy a tratar de relatar lo sucedido con mi primer pleito, con mi primera e inolvidable intervención judicial, algo así como si dijera mi auténtico bautizo profesional. Si después de enterarse el lector de cuanto yo diga aquí quiere buscarme para que lo represente en algún litigio, allá él, dueño de su soberana libertad de escoger. Aunque a la verdad, yo no le auguraría la más mínima posibilidad de un éxito en el pleito.

Me gradué en Derecho y Ciencias Políticas. Resulté doctor, "doctor en Leyes" que aquí se dice, lo que lo certifica un diploma de tamaño heroico adornado con sellos en estrellas de papel dorado brillante y cintas tricolores pegadas al cartón.

Y cuando en mi pueblo se tuvo conocimiento de ese grado, se habló con sinceridad de que yo constituía la más grande promesa de mi patria chica y quizás hasta de la grande, el único capaz de enrumbarlas por los más halagadores senderos de progreso y libertad. Los múltiples telegramas recibidos aquella noche del grado y que la vieja Irene, la dueña de la Pensión, me tenía amorosamente colocados sobre la mesa de noche para que yo los leyera al regreso de la parranda celebratoria del acontecimiento, así lo decían. Las primeras autoridades del lugar y las últimas me manifestaban en aquellos mensajes sus pensamientos respecto a mi futuro y mi gran valor intelectual. El señor Alcalde y el cuidandero del Coso Municipal hablaban como si de mí fueran a depender en el futuro sus cargos burocráticos. Y mis familiares más cercanos añadían a sus augurios sobre mi porvenir, oraciones hogareñas y no recuerdo qué más manifestaciones de íntima y sincera piedad.

Pasaré por alto, para no abusar de los lectores, fatigados de leer diariamente todo aquello de la Tesis y el concepto que le mereciera a ese elevado personaje, el señor presidente de ella, y también omitiré lo del periódico y su artículo titulado "Lucido grado" (a tanto el clisé y a tanto la pulgada columna), y me trasladaré a mi pueblo, siendo yo ya, no un simple estudiante comensal de la Pensión de la señora Irene, sino todo un "doctor de leyes" saturado de ciencia, pletórico de sabiduría, inundado de optimismo y capacidad para enfrentármele a la vida. Y abrazándome cordialmente cada vez que en la intimidad recordaba el hecho cierto de que ya nunca jamás tendría que contestar a lista en un salón de clases.

Terminada la comida de recibimiento en mi hogar —que no hay para qué decir que fue opípara— mi padre me dijo, en voz alta para que todos los familiares e invitados lo escucharan, con el más candoroso orgullo:

—He oído decir que te van a nombrar de Juez. Cuidadito con aceptar puestos públicos, porque te enseñas a ellos y te morís de hambre pegado a la teta. Yo ya te tengo trabajo. Mañana mismo me demandás a ese bribón de José que se está apoderando de la finca y se la va a robar toda. ¡Ahora con vos sí se fregó (lo dijo con j) ese bandido! Muy por la mañana se pone a la obra, mijo.

Y miró a los presentes con cara de satisfactoria y orgullosa autoridad, agregando:

—A mí no me gustaba el tal estudio de leyes porque sé que acabarás en ladrón. Mejor hubiera sido Medicina pa que te llenaras los bolsillos de plata recetando. Pero ya que no fue así, a trabajar honradamente, mijo, que en la vida lo único que vale es la honradez.

La finca de mi padre, dos mil cuadras de potreros, había sido cortada por la carretera en un lejano rincón dejando aislada no más de una cuadra de barrancos estériles sobre uno de los cuales José, un viejo trabajador de esos lados, había construido un humilde caidizo bajo cuyo techo se había albergado con su María y sus nueve Josecitos descoloridos, desnutridos y carisucios. Desde entonces el pobre hombre no fue más José sino que se le siguió llamando El Colono de la Hacienda, algo así como si se tratara de un verdadero y peligroso bandido, y contra su humilde existencia se dirigieron sistemáticamente todas las iras adulatorias de los mayordomos, administradores, vaqueros, contravaqueros y mantecos del predio.

Papá siempre fue de armas tomar y cuanto ordenaba era para que se cumpliera. Así que, muy a las siete de la mañana del día siguiente al de mi llegada, empezó a tocar en la puerta de mi pieza recordándome:

—A trabajar, jovencito, que ya va a ser hora de que abran los juzgados. Levántese y póngase a hacer la demanda para que ese maldito colono sea echado a los infiernos con sus corotos. Upa, mijo, a ver qué fue lo que aprendió en Bogotá.

No hubo otro camino que el de obedecer. Me levanté, me bañé, desayuné y salí presto para... el juzgado? No, precisamente. No fue para tal sitio hacia el cual me dirigí, ni menos para el lugar donde podría confeccionar la demanda. Fue para la librería de mi pueblo a adquirir, rojo de la vergüenza, algo que me indicara el modo de obrar pues, a la verdad, yo acababa de abandonar la Universidad después de un lucido grado y con tesis laureada, pero sin saber absolutamente nada de todo aquello que mi flamante diploma, adornado con estrellas de papel dorado y cintas tricolores, estaba afirmando que yo sabía. Ese cartón, de casi un metro cuadrado que mi madre había colgado con amor en la pared de mi cuarto en el lugar más visible para los visitantes, y que había traído con dificultad y estorbosamente en un tarro de lata, me hacía, en la memoria al salir yo de casa aquella mañana, unas terribles muecas como si se tratara de una patente de corso.

No recuerdo qué fue lo que le compré al librero, pero sí creo que era algo sí como el Abogado en Casa, o el Manual del Perfecto Abogado, u otro libraco por el estilo. Y ya con mi insustituible, verdadero y auténtico asesor jurídico bajo el brazo, me puse a la obra de elaborar la demanda contra el Colono José.

Pletórico de orgullo, rebosante de sabiduría y omnipotencia, dejé el libelo de mi petición sobre la mesa de la Secretaría del Juzgado de mi pueblo, sin que me dignara esperar palabra alguna de los "empleadillos" de aquella oficina. Convencido de que se trataba de una verdadera pieza jurídica, no hubiera siquiera concebido para ella réplica alguna. Porque en forma inteligente y sapientísima había llenado los NN del modelo y cambiado de éste algunas frases, teniendo sí buen cuidado de que no se fuera a perder el sentido de la solicitud. Además, poseía la secreta esperanza de que nadie más que el autor y yo conocíamos el libro que me había servido de mentor.

—Pusiste la demanda, hijo? Fue el saludo que me dio mi padre cuando llegué a casa aquel día a almorzar, después de mi brillantísima jornada.

—Sí, papá, le respondí. Y agregué para infundirle confianza en su sabio retoño: —Ya verás cómo triunfará la justicia.

Antes de regresar al Juzgado a conocer el curso que hubiera seguido mi solicitud, y que yo no dudaba sería el de satisfacer plenamente los deseos de mi padre, quise ir a practicar una personalísima inspección ocular en el lugar materia del litigio. Le comuniqué la idea a mi padre y, habiéndola hallado lógica, la aprobó dándome con qué pagar el valor del carro para llegar hasta la hacienda. Y ya en los barrancos ocupados por el Colono, que yo recordaba perfectamente pues por allí me había criado, me acerqué a la choza de José, como quien dice nada menos que el cuerpo del delito, a la boca del lobo, a ese lugar terrible que había formado la imaginación aduladora de mayordomos y mocheros. Y lo hice a pesar de las advertencias siniestras que se me hicieron y las solicitudes de que pusiera mucho cuidado con el colono pues mi vida corría el mayor de los peligros.

María salió a recibirme más abotagada que nunca, amarillos los cachetes, hundidos sus ojos ictéricos, inflado su vientre con el anuncio de un próximo nuevo Josecito, un mugriento pañuelo atado alrededor de su cabeza y un hilachento delantal tratando de cubrir su miserable traje.

—¿Está José?— fue casi mi saludo para la pobre mujer que mostraba sin recato la franca y sincera alegría de ver al hijo del patrón después de muchos años de ausencia.

—Sí, dotor Oclides. El probe está acostado hace más de ocho días con la calentura. Y nian hemos tenido con qué traele una medecina. Peru eso qué: Yo lidiando ese redrojo de muchachitos tampoco puedo moveme. Prosígase pa dentro, dotor, que el pobre se va a poner muy contento de velo. ¿Siacuerda cuando usté estaba chiqui quiban con José a pescar lángaras a la quebrada del Playón? El nuace más que pensalo y acordase de cómo lo quería usté.

—Muchas gracias, señora. Yo sólo vengo hasta aquí a notificarles... empecé a decir. Y luego, observando el interior de la casucha, mirando el apagado fogón sin ollas, los niños hacinados unos sobre otros jugando con tierra en el alero como buscando algo que comer entre la basura, y sintiendo que el dolor que me producía el cuadro que tenía ante mí me convertía en un fracaso como abogado, terminé diciéndole a la buena mujer:

—Yo venía a ver cómo arreglamos esto del terreno que ustedes tienen cogido, es decir, cómo hacemos para escriturárselo a José porque mi papá desea que ustedes se queden con él y siembren sus maticas.

Realmente la pobre mujer no entendió mi discurso. Papá jamás había notificado nada a José y, a la verdad, tampoco se había mortificado por la presencia del colono allí. Pero los encargados de la hacienda habían creado tal conflicto con su chismografía, que la cosa había tomado proporciones tremendas ante vecinos y trabajadores. ¿Que una res aparecía en la carretera? José, de perverso, había abierto el portillo. ¿Que faltaban unas estaciones en el alambrado? María se los había robado para leña. Que la puerta de un potrero había sido hallada de par en par? Los muchachitos de José con su maldita sacadera de agua por la quebrada de Paloblanco. Que a papá lo matarían si iba a la finca! Que papá echaría al colono!, etc.

María, entonces, ante mis palabras abrió mucho sus ojos hundidos por el hambre y me respondió como idiotizada:

—Pero si nosotros no nos vamos a robar esto. Esas son mentiras que le han llevao a su papá. Lo que pasa es que antes naide nos había dicho nada y ahora no tenemos pa onde inos. Pero entualito se alivie el pobrecito es seguro que manque sea pa debajo de un puente nos iremos.

—No se trata de que se vayan, María. Es que les vamos a regalar el pitico de tierra. Se lo vamos a escriturar. Vea, yo pago los derechos del notario, y tenga les dejo estos pesos para que compren algún mercadito y remedios para José —terminé diciéndole y entregándole lo que papá me había dado para pagar la carrera del automóvil.

Sin esperar las gracias de la mujer, subí nuevamente al vehículo para el regreso, ante el asombro del chofer que parecía no poder creer que el diablo de cuando en vez también hace hostias.

Comuniqué a mi padre lo resuelto por mí, y el noble viejo, generoso como lo fue siempre, me dijo algo que después he comprobado como si me lo hubiera escrito un oráculo infalible:

—Hijo, me alegro mucho del resultado de tu primer pleito, pero... hijue los diablos si vas a perder hartos en esta vida, porque por aquí los demandados son casi siempre Josés, y resultaste de muy buen corazón para litigar.

Por la noche me paseaba por las callejuelas del parque de mi pueblo escuchando la retreta que ejecutaba la banda oficial y pizpireteándole a las muchachas que yo imaginaba todas pendientes de mi sabiduría, de mi aureola de doctor, cuando se me acercó un modesto servidor del juzgado y, tratando de no ir a ofenderme porque presentía en mí, de acuerdo con lo que dijo el periódico a mi llegada, a uno de los futuros regidores de los destinos de mi patria chica, me dijo zalamero mientras me hacía entrega de la famosa demanda:

—Vea, doctor, lo que se le quedó esta mañana en el juzgado cuando entró. Porque demanda presentada no puede ser, ya que Ud. no está inscrito todavía, ni al libelo acompañó el poder de su papá, ni las pruebas del caso legalmente preconstituidas, ni otorgó la fian...

—Pues claro, hombre —le interrumpí. Por cierto que he perdido el día buscando estos malditos papeles para agregárselos a la documentación y presentar la demanda en regla. Muchas gracias, amigo. ¿Desea que tomemos tinto? —Terminé, tratando de ganarme la voluntad y la sapiencia jurídica de quien con el tiempo vendría a ser el verdadero profesor de mi carrera de Derecho.

Mi primer pleito, en El destino anda en contravía,
Manizales, 1970, pp. 25-29.



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