La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Octavio Amortegui

 

Mis primeros 70 años

Carta abierta a Eduardo Mendoza Varela.

"Y así, dado a la más alta esperanza,
diseñé la alabanza y la censura
pues siempre me sentí a mayor altura
que la censura o la alabanza".

Eduardo Castillo

Mi querido Eduardo:

Muy finamente —boyacense tenías que ser— me pides que sea yo quien, con el pretexto de mis primeros setenta años, escriba, es decir hable, sobre mí mismo, que es lo que todos hacemos al menor descuido o tan pronto como encontramos una hendija de silencio en el muro de la memoria.

¿Que tengo setenta años? En realidad, como dice el Eclesiastés, no los tengo, puesto que ya se me fueron. ¿Qué hice para remontar su corriente? Algo muy sencillo: no haberme olvidado ni por un momento, del prodigio de la vida, desde el 19 de febrero de 1901 en que aparecí, mediada la tarde de un día que por más cierto era martes. Sí señor, a las tres y media, como que "negocio que no da para despabilarse a las doce del día, no es negocio", según sentencia del gitano universal, don Joaquín Rodríguez, Cagancho.

¿Qué pudiera contarte? Somos multánimes y el hablar de nosotros mismos, a ciertas alturas cronológicas, es tanto como referirse a una legión de seres que se nos fueron quedando a la zaga en el tiempo y en el espacio, aunque en el fondo permanezcamos idénticos. ¿Pero es que podemos en verdad conocernos? Desde luego. Basta con ver en nuestras modestas virtudes de hoy el anverso desvaído de nuestras encantadoras debilidades de ayer. El hombre sólo se encuentra en la soledad, la patria del fuerte. Allí advertimos que es preciso encontrarnos con el que siempre fuimos, con algunos tenues retoques superficiales debidos, más que todo, a la hipocresía circundante.

Me vio la luz —antes fue ella— en mi primera salida al patio, llameante de geranios, de mi casa, marcada con el número 1 K de la calle de Bellavista, en el castizo barrio de Las Aguas, al pie de Aguanueva —¡qué bello nombre!— cuando quedé como un granito de arena, arena de tiempo, entre Acuario y Piscis en la rueda del zodiaco. ¡Cuánta agua por todos lados! Antes he podido salir a flote. ¿No te parece?

El dar la dirección de mi casa nativa no es una velada insinuación a nuestro descaecido erario municipal para que se quede con el inmueble que ya de puro derruido está para convertirse en semoviente. ¿Después de todo en qué casa de Colombia no habrá nacido un poeta?

Como tú a la Candelaria, quiero yo mi barrio de Las Aguas. Sólo que este amor en mí, no es otra cosa que el eco dolorido del verso de Luis G. Urbina: "¡Para vieja ciudad, corazón viejo!".

Entrando en detalles, te contaré que a mí no me trajo el garabato de la cigüeña. El ave picuda, a pesar de sus migraciones, era absolutamente desconocida en la ornitología familiar. En esos dichosos tiempos los niños venían directamente del cielo a casa de unas piadosas mujeres las que antes de repartirlos en los hogares se recluían en una especie de anaqueles de librería. Eso al menos decía mi madre. De lo anterior se deduce que yo vine a ser algo así como el ejemplar bien editado de un disparatorio zumbón y sentimental.

Algunos pueblos, en especial los caspios y los derbices, condenaban a muerte a sus conciudadanos cuando tenían la osadía de llegar a los setenta años, bien por empalamiento, o bien por inanición. ¡Para que te convenzas hasta la saciedad de que ni en todo esto somos originales!

¿Que al sol y a la muerte no se les puede mirar de frente? Sí se puede. Se puede y se debe. Como en tauromaquia, al toro, que es la muerte, ni se le huye ni se le pierde la cara si es que no se quiere hacer el ridículo que es la manera más lamentable de ser humano.

¿Qué más? He viajado algo, "pero, las más grandes distancias las recorrí en mí mismo". Me levanto un metro con setenta y dos centímetros sobre la corteza terrestre y mi peso es peso pluma, como el de la dona inestable. Conservo, bajo "el penitente negror de la ceniza", mi cabellera y todos los dientes. Naturales algunos, y los más, de la tercera dentición, pero todos de mi absoluta propiedad; amén de alguna ropa interior, otra con vista a la calle y algunos libros, muy pocos. A la mayoría los fui arrojando por la borda. El pensamiento universal era un lastre demasiado pesado, para los calles y los pañoles de mi combatido velero, ya en carena, con averías en las cuadernas y las velas al pairo.

De todo lo escrito he recopilado y dado a la estampa diez y seis libros y tengo cuatro más entre mi fardel viajero. Pero ninguno de ellos tan amado por mí como el grimorio de mi silencio. ¡Lástima que sea impublicable! También he tenido algunas pequeñas satisfacciones de esas que los colombianos para insuflarnos coraje, calificamos pomposamente de "triunfos". Y poseo además algunos diplomas: el de la Escuela de Altos Estudios Sociales de París; el de Historia del Arte de la Sorbona, fruto de un curso intensivo y especial en las propias salas del Louvre; el de la Academia Colombiana de la Lengua; el que me confiere el título de arquitecto del templo de Salomón, de los Valles de Buenos Aires; el que me otorgó la comunidad Latino Americana de Escritores; y uno de la Universidad Nacional Autónoma de México por mi divulgación radiofónica de los valores colombianos. "Muy poquita cosa, eso es la verdad". Apenas sí como para decorar el cofre, con ese infantilismo ancilar de las abnegadas siervas de antaño. Sin olvidar, desde luego, el Certificado de Buena Conducta. Certificado en que abundan nuestros hampones de tronío, y que nuestra Policía Nacional me exige cada vez que viajo porque, de seguro, no acaba de convencerse...

La ancianidad hay que merecerla. Así al menos pensaba yo, y estimaba con una gracia especial el haber logrado coleccionar tantos almanaques, algunos de ellos ilustrados con imágenes de bellísimas mujeres imposibles o lejanas, a pesar de vicisitudes y de hecatombes sin cuento. A pesar de "los prejuicios necesarios"; de la guerra de nervios, de la cual soy veterano; de la guerra de España, ese tremendo crimen contra el pueblo más noble de la tierra. Y pueblo lo somos todos. No únicamente los capigorristas, como creen algunos cavernícolas imprevisivos. Y a pesar de mis ansias de vivir, que resultan en veces mortales; del íntimo cuervo de Poe, que bien vale el buitre de Prometeo; y de otra clase de pájaros, como uno gris y negro, que me hizo dos disparos a quemarropa en la puerta de El Tiempo, el sábado 17 de febrero de 1951 a las cinco en sombra de la tarde.

Los proyectiles nos los repartimos fraternalmente con García-Peña. Nos los repartimos como preseas de libertad aunque ya la vida de tiempo atrás me había condecorado con la Cruz de Boyacá, puesto que Alicia, como a ti te consta, "la que prendió botones a mi ropa y solidaridades a mi vida", es de Guateque, Rey de los Vientos, en lengua chibcha. ¡Qué estupendo lugar como para un concurso mundial de veletas!

Entre mis timbres de orgullo —¡vaya instalación!— tengo el de pertenecer a la generación de Los Nuevos, que al decir de Rendón, éramos los mismos... entre otras cosas porque no había más. Y el de conformar con León de Greiff y Rafael Maya —¡éstos sí dos grandes poetas donde se les ponga!— el trípode sobre el cual flamea a todos los vientos, el pabellón actual de la poesía colombiana ¿Presunción? No. Información. ¡Hay todavía tanto compatricio insuficientemente informado! Como D’Annuzio, "yo he tomado para mí el orgullo y le he dejado la vanidad a los demás". ¡Si eso les sirve de algo... allá ellos!

Y ahora hablemos algo de mi pedigree. De niño oí hablar mucho, como de parientes connotados, en mi viejo caserón del Carmen, de algunos señores cuya consanguinidad nunca me entretuve en esclarecer suficientemente, tal vez por aquello que dice Séneca: "el enorgullecerse de los antepasados ilustres es presumir totalmente de algo en lo cual no intervinimos en lo más mínimo". Dos de ellos se nombraban José María y eran oriundos de el Tolima Grande. (¿Es que por ventura hay alguno que no lo sea?).

Por parte de mi padre que venía de don Cristóbal Amórtegui el que junto con su hermano Pedro Santiago engrosaban la fila de los grandes latifundistas como que ya desde el siglo XVII figuran como propietarios de la hacienda de Santa Cruz y de toda la tierra que se extiende entre Cota (lugar donde se marca la altura sobre el nivel del océano) hasta Subachoque, se nombraba —con cierto desgano, es verdad— a José María Melo —apellido luso— de quien algunos historiadores hablan peyorativamente, más por sus "rasgos indígenas" (como si parecerse a Bochica, el primero que pasó el puente del Arco-Iris, debiese tener a mengua) que por haber fracasado como dictador, cosa que no fue culpa suya sino de este corrosivo sentido del humor que en Colombia todo lo añasca y volatiliza.

Pero se olvidan de que Melo fue nombrado General por el propio congreso de la República quien le reconoció el que ya desde 1819 y con el título de Capitán, hubiese peleado como bravo (no sabía hacerlo de otra manera) en Junín y en Ayacucho. Que estudió milicia en Alemania, hablaba un alemán ghetiano, era pulquérrimo en su persona y erguido en su menguada estatura de hombre grande, lucía con sin igual desenfado el uniforme de húsar y arrastraba un sable damasquinado digno de un Emir miliaunanochesco.

¿Mas, qué sucedió? Que Melo le dio de baja (y contra su voluntad) de un pistoletazo, al cabo Quirós que se le quiso trepar a las barbas, y toda su tramoya se vino abajo. Sin embargo ¡bien muerto el cabo Quirós! Ese espacio que separa los galones en el dormán, no está hecho de tela sino de tiempo. El escalafón es tiempo y ese tiempo se respeta o la disciplina, base de la institución castrense, se viene abajo.

Melo, derrotado, que no vencido, partió a Mesoamérica y luego a México, al que ofreció sus servicios. Hecho prisionero en combate fue condenado a muerte y fusilado en Tuxtla Gutiérrez, capital del estado de Chiapas. Se le vio avanzar solo, a campo traviesa, en un amanecer invernal, apartando las neblinas con el garbo de su talante. Alta la cabeza de rubios y ondulados cabellos, antaño cortados a la prusiana; el desterrado acero azul del cielo, en los ojos; prominente la tajante y corva nariz; abierta la escalorada camisa de seda sobre el amplio y generoso pecho velludo. Muy marcial en su ajustado pantalón gris que le caía sobre la charolada zapatilla de alto tacón.

Al llegar a la trinchera de las sombras sonrió finamente, sin desplantes ni bravuconadas, a la boca tenebrosa de los fusiles.

Así, sentando cátedra de elegancia y valentía, como todo un soldado de Colombia, se abatió para siempre el chaparraluno.

Como Herodes, amó por sobre todas las cosas a sus caballos. Su falta fue acaso lo único que le dolió en el exilio. Al partir les palmeó con los ojos las relucientes, nerviosas grupas, mientras se alejaba en silencio. Peleó por la libertad, y les ofreció su espada a todos los pueblos hermanos. Venezuela también le expulsó. Era un plato fuerte. No es por alzar fallidos Nazarenos, pero así como a cierto personaje "le cargaba" el Dante, a mí me agrada el General Melo.

Doscientos caballos tuvo ¡y todos de pura raza!

¿No te parece un buen comienzo para un romance de gesta?

Y ahora que hablamos de dictadores, una pequeña disgresión. Un Rojas, al que no conozco personalmente, me abrió las puertas de la Cancillería. Que mi Dios se lo pague ya que durante diez años adquirí un acervo extraordinario, como para escribir algún día: Nuestra diplomacia por dentro. Y otro Rojas, al que creía conocer, me cerró las puertas de Colcultura. Que mi Dios se lo perdone, ya que su oficio no es otro que el muy ingrato y despectivo de perdonar. Sí, que se lo perdone puesto que por culpa suya no podré concluir mis días al igual que los comencé, esto es, viendo adormecerse las cometas, morosamente, sobre los hombros del viento, allá, desde El llano de los jubilados.

¡Qué se le va a hacer! "Otra vez será", como dicen infructuosamente nuestros inditos desde hace ya cuatro siglos.

Por línea paterna tengo también una bisabuela que de soltera se llamó Manuelita Sáenz. Ante la suspicacia ambiente, reaccionaba mi padre energúmeno afirmando que esta buena señora nada tenía que ver, por parte alguna, con la publirrelacionista del Libertador. Y es que con algunas ancianas ocurre lo que ocurre con la política: que lo que hizo encoraginar al abuelo hace sonreír al nieto.

Por parte de madre oí también hablar mucho de un tal Rojas Garrido, igualmente de nombre José María, nacido en Agrado, Huila.

El apellido Rojas es judío, judío sefardita, o sea intelectual: aunque no faltan los asquenacitas, o sean los usureros. Es originario de Antequera, así el autor de La Celestina, igualmente Fernando, como uno de los primeros vecinos de Santa Fe fuese de Toledo. Rojas Garrido también rimaba. ¡Cuántos judíos conversos! Sólo que de él ya nadie recuerda más que aquella especie de aleluya con que se justifican todavía nuestros borrachitos el Viernes Santo:

"¡Cuando muere Jesús de Galilea

toda la humanidad se tambalea!"

Porque don José María gustaba de la copa y cuando se bajaba del Sinaí, desde el cual exaltaba la libertad de expresión y condenaba la pena de muerte, saltaba del Olimpo de los dioses al radical de los rebeldes. Emulo de Castelar, ha sido uno de los más grandes oradores que se hayan olvidado nunca. Su estampa acusaba al israelí, pues era rabínica y su oratoria —no podía ser menos— ¡talmúdica, arrebatada, super contundente y exórbite!

Se "sentó" en el solio de Santander en 1866. Y digo Santander porque con todos mis respetos la deuda de gratitud con el patrón Bolívar me tiene, sobre todo en estos últimos tiempos, y no sé por qué, cincuenta codos más allá de la coronilla. (No la que él quiso ceñirse, según afirman las malas lenguas).

Claro que Bolívar es algo incomparable para la exportación. Pero para el consumo interior, que es lo que nos concierne, nadie como Santander. Los colombianos, comenzando por sus detractores, somos hechura suya. Pensamos, sentimos y obramos, a la manera suya. Afortunadamente para nosotros y para los demás, desde luego. No tiene mucho pegue con las señoras. Pero Hombre de las Leyes, por que le echó lija a la exuberancia. ¡Bendito sea el Hombre de las Leyes por quien en estos momentos puedo ejercer el inalienable derecho de disentir!

Otros Rojas ilustres bogan todavía por el caudal de mi sangre. Entre ellos Vicente Rojas Lizcano, un tío de Silos, universalmente temido como Biófilo Panclasta. Conoció 5.000 pueblos y ciudades y estuvo en más de 500 prisiones. ¿Por qué? Sencillamente porque le dio por expresar sus opiniones en materia social a las plenas claras del día. ¡A quién se le ocurre!

Por parte de madre oí también hablar de una bisabuela "drolática y erética". Una tal Catalina Ladrón de Guevara. Otro apellido vasco. (¡Pero cuán rijosos han sido estos arriscados, indomeñables donastierras!) A mamá Catana se le corrieron los vidrios de la claraboya —todo se explica— y, como a aquella Carmen de García Lorca, le dio por danzar por las tortuosas y herbosas calles de Santa Fe.

"La Carmen está bailando
por las calles de Sevilla,
tiene blancos los cabellos
y brillantes las pupilas.
¡Niñas,
cerrad las cortinas!"

No todo ha de ser personajes ilustres. ¿Quién no tiene parientes para cambiar?

¿Algo más? Entre mis tesoros, como la matrona romana, tengo a mis hijos. Los herederos directos de mi angustia. Y a mis nietos, que algún día han de ser los alegres y despreocupados demoledores de mi recuerdo.

Ya sin ánimos para dedicarme al pedalismo —única actividad que cuenta en Colombia— me he consagrado a "consultar oráculos más altos que mi duelo". ¡Fue el único recurso que me dejaron!

Sin embargo, después de todo, hay que reconocer que, como al vino, a mí me están bien los años. Y en previsión de mi fin quisiera —tal vez esto sí me lo concedan— que mis cenizas se depositaran a los pies de la Virgen del Campo —¡Siempre tan sola!— en la capilla de San Diego. Allí donde me fue dado conocer ¡oh Ripley, Ripley! un santo. A un auténtico santo: A San Rafael Almanza.

¡Qué bueno platicar allí, de espíritu a espíritu con el Virrey Solís sobre Santa Fe, cuando aún era señera, melancólica y señorial; antes que a los refugiados de todas las pelambres les hubiese dado por venirse a "alegrarla" y a proponer que se destruya el Cementerio Central que ha guardado las cenizas de Jiménez de Quesada, de El Hombre de las Leyes y de venerandas sombras tutelares sin cuento, para reemplazarlo por un estacionamiento de automotores. Cosa, después de todo, muy natural en esta época de los barrios de nuevos ricos y de las necrópolis de nuevos cadáveres. Cadávares porque lo que es muertos, lo que se dice muertos, nuestros muertos, aquellos por los cuales avanzábamos seguros al porvenir, ya no se estilan.

Tantos (—y tanto—) que nos respaldan... ¡y pensar que hemos tenido que "disfrazar nuestra soberbia de humildad, demoníacamente", y luchar porque nos juzguen esa humildad valedera para no herir las susceptibilidades anejas a los complejos de toda índole, los de superioridad y los de inferioridad, que en el fondo —al decir de grandes psicoanalistas— son uno mismo.

Mi querido Eduardo:

Te escribo estas líneas desde mi retiro de México a donde acudí de nuevo por aquello de que la evasión es también una manera de rebelarse. Aquí ocultaré ese espectáculo deprimente de la vejez. ¿Pero es que en verdad soy viejo? Si lo estoy no lo siento. Envejecer es resignarse y yo soy de los que mueren con las botas puestas, "en el desahucio de la barricada" como tan bellamente lo dijo Ada Negri, eximia poetisa, y no "Dama Poeta" gracejo éste que fue el único que hiciera sonreír a alguien tan atildado, severo y sobrio como el señor Suárez.

Resumiendo: Se dijo de Hamlet:

"¡Qué buen rey hubiese sido si reinado hubiera!". Pero como no reinó... Desde este punto de vista creo que es preferible para la cultura un poeta sin ínfulas que hace lo que puede (¡y lo que debe!) a un "malogrado joven" de esos que todo lo tuvieron para realizarla, y no hicieron nada.

Y aquí pongo fin a esto que más parece una cuenta regresiva. Perdóname si me fui de la lengua. Los ancianos hablamos mucho porque bien pronto vamos a callar para siempre.

Te abraza con la víscera cordial a flor de pecho.

Mis primeros 70 años, en Lecturas Dominicales de El Tiempo,
Bogotá, 21 de febrero de 1971.



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