La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Enrique Pérez

Autobiografía de un trabajador científico

Esquela para el director

Recordará usted, doctor E. Mendoza Varela, que hace ya muchos meses invitó a varios escritores, entre los cuales me hizo el honor de contarme, para que en "Lecturas Dominicales" de El Tiempo presentáramos nuestra autobiografía en lo referente a nuestras actividades literarias; a nuestras inquietudes por llevar al público lo que a cada cual nos parece digno de preocupar a los colombianos; sobre nuestra propia preparación para estas tareas, gestada generalmente en el anonimato de los años mozos, y de cuyos detalles sólo nosotros fuimos los testigos y archiveros. Como nacida de usted esta iniciativa era muy periodística, ya que las gentes suelen gozar metiendo las narices en la vida de los demás y, sólo por eso, era de presagiarle una gran acogida, al menos entre los que molemos ideas para diarios y revistas. Pero debe de tener sus resistencias ínsitas, puesto que sólo la he visto secundada por el doctor Silvio Villegas, uno de los colombianos que más éxito han logrado con su atildada pluma. Por mi parte, dejé la cosa para después, no, ciertamente, en busca de fórmulas capciosas para que mis actividades literarias fueran más estimadas, sino porque quería hacer de ellas esmerada memoria, esperando que mi vida toda sirva de aliento a otros trabajadores de la ciencia en Colombia. Porque sólo conatos y trabajo han sido mi carrera, al punto de que, declinando ya sus vigores, no sé hacer otra cosa sino trabajar. De las veinticuatro horas del día, paso más de la mitad en mi escritorio; y entre mis libros, referentes a ciencias y a la geografía e historia de Colombia, me siento inmune contra todo hastío; escudado contra la malevolencia ajena y reparado, inclusive, de mis propios errores. El amor a Colombia ha sido para mí un daemon en el sentido sano usado por Goethe, de impulso interior irresistible, y mi deseo de servir al mayor bienestar ajeno ha sido la causal más efectiva de mis actos buenos o equivocados.

Niñez

—Según reza mi fe de bautismo, registrada en la parroquia Catedral de Medellín, nací en esa ciudad, hijo del general, ingeniero civil Jesús María Pérez Botero y de Carolina Arbeláez Urdaneta de Pérez, el día 1º de marzo de 1896. Me bautizaron en la iglesia de la Compañía, cercana a la casa en que vivían mis padres. Don Gabriel Arango Mejía, en sus Genealogías de Antioquia y Caldas, llega hasta el registro de las ascendencias de mis cuatro abuelos; del General Juan Clímaco Arbeláez Gómez, marinillo, y de Enriqueta Urdaneta de Arbeláez, bogotana; de Antonio Pérez Zea, de Medellín, y de Matea Botero, de Rionegro. Por estos entronques colijo, primero, que mi sangre es antioqueña en sus tres partes y bogotana por la cuarta; segundo, que estoy vinculado por parentesco con media Antioquia y no poco de Bogotá; tercero que, en su origen extracolombiano, mi raza es vasca de Irún, asturiana, genovesa, venezolana y argentina, y cuarto, que los más importantes actos públicos de mi familia fueron los militares. Como lo expresara graciosamente una persona amiga mía, nací, en una cartuchera. Pero de soldados que recibieron sus ascensos en campañas, luchando por sus ideales y por sus jefes, de donde regresaban a ganarse la vida con el sudor de la frente.

En cierta ocasión mi padre, al salir de la ducha, me dijo en tono de confidencia: "Mira Enrique, si tengo alguna parte del cuerpo que no lleve alguna cicatriz". En efecto, las tenía de bala, de escopeta, de machete y de puñal. El, solemnemente, añadió: "Todas estas heridas las recibí por el partido conservador. El no me ha indemnizado por ninguna de ellas. Sin embargo, hijo, sé, conservador".

Era mi padre, cuando yo daba los primeros pasos, dueño de unas minas de oro en las cálidas y malsanas orillas del río Mata, en Remedios, y los que por entonces le conocieron me han referido muchos detalles de su hombría, de su generosidad y del estoicismo con que sobrellevaba las adversidades. Mi madre, cuando se casó, tenía quince años de edad y me trajo al mundo cuando tenía veintidós. Había recibido lecciones, en el hogar de sus padres, en Chapinero, caserón de extraña arquitectura, que se derribó para construir las facultades eclesiásticas de la Javeriana, siendo sus preceptores, su tío el Arzobispo Vicente Arbeláez y el Obispo Canuto Restrepo. Ella me refería que, como estudiante, fue muy disipada; pero que de su niñez le venían la instrucción religiosa impartida por el tío Vicentico; la habilidad en las costuras; bolillo, crochet, aguja; la afición a la cocina y su linda caligrafía que era también un encaje. Mi padre le llevaba veinticuatro años de edad y desposó con ella en Medellín cuando mi abuelo Arbeláez se trasladó a Envigado, con su familia, para instalar un tranvía entre ambas poblaciones, empresa que quebró porque los paisas pedían rebaja del centavo que costaba el pasaje y preferían seguir a pie.

No había cumplido yo los cuatro años cuando entre mis padres debieron surgir serias dificultades, que los determinaron, a él a trasladarse a México y a mi madre a regresar donde sus padres, llevándome consigo. Ella nunca me habló de esos asuntos, que tan decisivos habían de ser en mi destino y yo tampoco le pedí explicaciones; de suerte que todavía estoy a oscuras de lo que sucedió. Sé que papá Jesús vino a traerme hasta Honda, y que sus lágrimas de varón, que nadie había visto, mojaron la silleta, especie de litera con ventanillas, en que, a hombros de un buen carguero, hice mi primer viaje por tierras colombianas: Barbosa-Berrío, y de Honda a la hacienda de Botello, cerca de Facatativá, donde, comenzando el siglo, vivía papá Clímaco. De allí: una colina, donde crecían los matojos de ningüitas; un riachuelo cristalino poblado de guapuchas; sabanas con parches de arrayanes y uchuvos, son mis primeros recuerdos. El más antiguo de ellos es este: el general Eliseo Arbeláez Gómez pasa por Botello, camino de Villeta y salen a acompañarlo mi abuelo y tres de mis tíos. A poco rato vemos que los de casa regresan disgustados. Se habían negado a acompañar a mi tío Eliseo en la amarrada del presidente M. M. Sanclemente (julio, 1900).

Quisiera hacer memoria de todos los hombres, vivos en aquel entonces, que, sin ser de nuestra familia, fueron en ella más apreciados y a los cuales yo miré como prohombres. Recuerdo principalmente al doctor J. M. Marroquín, al general Pedro Nel Ospina, al general R. Uribe Uribe, al general J. M. González Valencia, al general Marceliano Vélez; al doctor José V. Concha, al doctor M. Abadía Méndez. En cambio, mi abuelo no se avenía con la política del presidente Reyes, por dictatorial. En carta política, que le escribió, le había trasladado unos pareados italianos que dicen:

"Qui timeo danaos’ non si ricorda al pie del trono trova la chorda".

Esto supo mal a Reyes, quien varias veces nos hizo aguardar, en casa, el: "Apure, apere, a Pore" y, por otro hizo que mis tíos cubrieran la fuga del general Pedro León Acosta y se hicieron poco menos que conspiradores.

Diferenciación botánica

—Hacia mis siete años, mi abuelo, que había estudiado agronomía en Inglaterra con ocasión de acompañar a su hermano, Obispo de Santa Marta y Arzobispo de Bogotá, en sus varios destierros, trabajaba dos haciendas: la de Santa Helena, en Sasaima, de su propiedad; café y frutales; y otra, alquilada, en Simijaca; triguera, de ganados y bestias. Cuando yo salía de la escuela, mi abuelo me llevaba a sus fincas, lo que condujo a mis primeros contactos con la naturaleza. Me hizo, además, un regalo imponderable que consistió en una barreta de cavar la tierra, fabricada en el cañón de un viejo rifle. Con ella aprendí a sembrar cuanto llamaba mi atención: aquí unos caracuchos, allá un "cafetal" (sic) de pomarrosos. Mi abuelo era muy complaciente conmigo, pero severo. En cierta ocasión, en los Manzanos, camino de Botello, me embelesé mirando unas cabras. "Siga, Enrique", me dijo el general. Y yo respondí con rebeldía: "No se va y no se va". El nada dijo. Se desmontó, le quitó freno y riendas a su caballo, me bajó del mío y sin proferir palabra me ajustó uno o dos azotes, con lo que, de pura rabia, eché adelante sin decir un ay. La que lloró fue Carola, como siempre llamé a mi mamá.

Era agnostozoica

—Hijo único, mimado por mis abuelos, no es difícil adivinar el ambiente en que crecí, ni las lagunas caracteriales que la niñez dejó en mí. Mi misma madre me enseñó a leer, lo que logré después de pocas lecciones en la Citolegia de Baquero, y también a su lado me aficioné al dibujo de florecillas y ramilletes que ella usaba para sus bordados. Mi afición a la literatura y a los versos la adquirí en cuatro grandes tomos de la revista "La Moda Elegante Ilustrada", cuyos cuentos y jeroglíficos leí tantas veces que todavía me quedan algunos en la memoria. Además, leía libros; cuentos de Salvat; todos los de Calleja, con sus "monos" y chascarrillos y una edición del Quijote, expurgada para niños. Desde los siete años de edad asistí a la escuela de las señoritas Briceño, que caía en el Camellón de los Carneros (hoy calle 14, entre carreras 12 y 13), quienes, en mis recuerdos, viven rodeadas de la mayor gratitud. Nuestros amigos en ese vecindario eran los Velasco Alvarez, los Castro Montejo, los Garcés Molina, los Piedrahíta. Todos los días me tocaba pasar por la casa y almacén del general Aristides Fernández o bien por la casa de don José Manuel Goenaga, con quienes los de la mía guardan buenas relaciones, así como con los dentistas Alejandro Salcedo y Santiago Uribe, dueño éste de una preciosa barba de príncipe persa. De la escuela de las Briceño me pasaron, cuando tenía 9 años de edad, al colegio de San Bernardo, situado, primero, donde ahora está el DAS; después, junto a la iglesia de La Enseñanza, y regentado por los Hermanos de las E. E. Cristianas. Mis evocaciones de aquel entonces traen a mi gratitud las figuras venerables del H. Hermenfroy, del H. Henry Blanchard, alsacianos, y del H. Salustio, antioqueño de San Bernardo, a los 12 años, me pasaron para que continuara mi bachillerato, al externado de San Bartolomé, y nuevas estampas de hombres inmejorables entran a mi recuerdo: el padre E. Guerrero, el P. Marco A. Restrepo, el P. V. Leza, el P. E. Rivas, y el P. Jesús M. Fernández, el más insigne educador que he conocido.

Me he detenido en esos primeros años de mi vida porque les reconozco una honda influencia en toda ella; porque a ellos debí mi obsesión de patriotismo y el afán de ocupar los primeros puestos, que me ha traído muchos descalabros, errores y amarguras, y porque en ellos adquirí cierta facilidad para el dibujo, la cual se convertiría más tarde en mi argolla de enganche a la botánica y a las ciencias biológicas.

Carrera literaria

—De los 14 a los 19 años se sucedieron en mi vida hechos fundamentales y decisivos pero ajenos al presente relato y en que muy pocos habrían de interesarse: mi entrada a la Compañía de Jesús; el noviciado, los estudios de latín, griego, humanidades y los recuerdos gratos e imborrables de mis compañeros: Carlos Ortiz Restrepo, Juan M. Restrepo, Eduardo Ospina, Justiniano Vieira; Rafael Velásquez que murió misionero en China, y otros, no menos importantes del grupo formado en la escuela del Padre Pablo Ladrón de Guevara, mirandés, y del citado P.J. M. Fernández, de Concordia (Antioquia). Con mi entrada a los jesuitas, mi madre quedaba sin más apoyo que su padre decrépito, y sus agujas de crochet. El principio de mi inclinación hacia la biología se emprende en el Colegio Máximo de Oña (Burgos, España), a donde fui enviado para cursar la Filosofía Escolástica y Ciencias Naturales. Era nuestro profesor de biología el P. José A. Laburu, quien al elaborar su texto de Citología e Histología, no halló otro que le hiciera los dibujos y me pidió que colaborara con él. Vinieron largas horas de trabajos microscópicos en el macizo torreón del viejo convento de benedictinos; las prácticas de anatomía en ratas, caballos y gatos; las de fijación, cortes microtámicos, tinciones, impregnaciones, montaje, microfotografía y paciente dibujo. Al verlos publicados y al leer las alabanzas que de ellos hicieron don Santiago Ramón y Cajal, De los Ríos y Achúcarro, me imaginé, así como mis condiscípulos, que había dado un paso en mi diferenciación funcional.

Primera obra bibliográfica

—En un cursillo posterior que hice en Barcelona con el P. Jaime Pujüela y mediando una particular circulación de entusiasmos con mi condiscípulo mexicano Jesús Amozurrutia, planeamos, escribimos e ilustramos nuestro Tratado Completo de Biología Moderna, en cuatro volúmenes, con la colaboración del célebre P.J. Barnola, quien fungía como biólogo en el Municipal de la Ciudad Condal y traducía por entonces la botánica de Strassburger y con la del mismo P. Jaime Pujüela, biólogo y embriólogo. Estos dos no hicieron mucho por la obra, pero nos eran indispensables como parapeto. Así pude dedicar a la biología cuanto tiempo podía hurtar a la filosofía, a los paseos por las riberas del Oca, a los días de campo en los pinares arriba de Pino y por los pedregales de la Bureba Castellana. Para nuestra biología hallamos un editor rumboso en F. Isart, barcelonés, barbudo y resuelto a gastar en grabados y policromías lo que hiciera falta. Los autores recibíamos, por nuestros originales, unos cuantos ejemplares, pero esto era lo de menos con tal de echar para adelante. Durante esa mi instancia en España murió en Medellín mi padre casi abandonado.

No había visto la luz el primero de los tomos en Casa Isart, cuando terminados los tres años de filosofía, es decir, Lógica, Cosmología, Psicología, Etica, Física y Química, seguí a Colombia y a San Bartolomé para hacer la prueba y práctica del magisterio. Conservo buen recuerdo de algunos de mis discípulos de aquel período, muchos ya desaparecidos como Luis Borrero M. y Jorge Uribe Truque, y de otros, felizmente vivos, como Jorge Díaz Guerrero. También me enviaron por corto tiempo a San Pedro Claver, de Bucaramanga, pero su clima me resultó impropicio.

Vuelto a España para estudiar la Teología, pude vigilar, en sucesivos períodos vacacionales, durante los veranos caniculares de Barcelona, la impresión de los cuatro volúmenes de la Biología General en septiembre de 1925; de la Embriología General, Anatomía, Bisiología e Higiene Humanas en 1926; de la Botánica en 1928; de la Zoología en 1929.

Atribuyo esa obra, mía en un 80 o más por 100, el que, ordenado ya de sacerdote y terminada la Teología, se me destinara, en 1926, a los estudios biológicos en Munich. Sobre mi examen ad gradum en Oña corre por ahí una fábula que, por inverosímil, merece referirse.

En Munich

—Ya en la ciudad del Isar, 1927, y mascullando ya la lengua alemana, tuve la suerte de interesar en mi favor a ese gran botánico, teridólogo y morfólogo, creador del Jardín e Instituto Botánico de Nymphenburg, el hombre más respetado en el profesorado de la Universidad del Rey Luis Maximiliano de Baviera, el Herr Geheimrat profesor Doctor Karl Ritter von Goebel, que todos esos eran sus títulos. Los que dejó para mi cariño fueron tantos que fácilmente explico a mis visitantes por qué, en mi alcoba, junto a los de mis padres, conservo el retrato de Von Goebel. No tengo para qué referir aquí lo que en otros escritos he dicho en detalle, sobre las circunstancias que rodearon mi tesis doctoral: su problemática, la filogénesis discutida de un grupo de helechos originarios del mesozoico y endémicos de la Región Indomalásica; cuyas progresiones debí estudiar embriológicamente en cuantas especies se hallaron vivas en los Jardines Botánicos de Europa y exicadas en los herbarios de su areal, y extendido hasta las Canarias. En mi tesis trabajé con tesón difícilmente superable. Se me suministraron llaves del Instituto y del laboratorio de doctorandos, de suerte que, aún en días de vacación, inclusive durante los carnavales, cuando profesores y alumnos se entregaban a los bailes de disfraz en las cervecerías y en la Teresien Wiese, yo entraba en gran soledad y calma, a continuar mis investigaciones. Concluida la Botánica con Goebel, morfólogo; Sierp, fisiólogo; Essenback y W. Zollo, todos eminentes, mientras el primero publicaba mi tesis, debí hacer dos semestres de Zoología con C. Frish, el célebre investigador de los instintos de las abejas, y con Goetch; de Antropología, con T. Mollison y Gieseles. Cierta ventaja sobre mis condiscípulos la debí al dominio de la técnica microscópica y del dibujo histológico, así vegetal como animal adquirido en España. Vino después mi Examen Rigorosum con Hauplfwch Botanik, mi diploma Summa cum laude, y mi regreso a Colombia.

La obra de Mutis

—Antes de ello, en el verano, agosto de 1927, pude viajar a Madrid y estudiar, entre recelos de sus costudios, originados en el intento de cierto diplomático extranjero por robarlos, los Icones, religiosamente guardados en el Jardín Botánico de El Prado, de Mutis y de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. Cometí, perdónenme España y Colombia, en gracia de lo que después sucedió, el atentado de copiar en dos noches y su día intercalar, encerrado en mi hospedaje, sin comer ni dormir, el índice completo de las láminas, con miras a que llegara a Colombia ese documento que podría ser el primer estímulo para la publicación, ordenación y aprovechamiento de aquellas celebradas obras de arte y de ciencia que bien merecían hallar continuidad. Entonces me prometí hacer cuanto pudiera por que la Flora de la Real Expedición Botánica viera la luz pública, en la forma como, con la colaboración de muy ilustres científicos y de muchos patriotas, que merecen igual loa, se está adelantando. Quienes ahora vivimos, ciertamente, no veremos publicados los 51 tomos planeados para esta obra monumental, pero me consuela la frase de Virgilio: "En lo grande, atreverse es bastante". Creo que publicado el volumen LI, no faltará quien escriba el LII, con la historia accidentada de esta realización, obra digna de Colombia, de su ciencia y del momento estelar de su cultura. Para ese quien pienso dejar escritos los episodios iniciales e inverosímiles que rodearon la empresa en su nacimiento. Mi profesor Von Goebel fue el primero que vio el índice de los Icones de Mutis y las fotografías que tomé de algunos; apreció mis planes, midió mi angustia por la soledad en que estaba mi madre y resolvió no hablarme más de un viaje que me tenía proyectado a Buitenzorg, en Java, que daba, entonces, a través del contacto con la naturaleza tropical, el espaldarazo a los profesores de Botánica en las universidades alemanas.

Los años peores

—Mi regreso a Colombia con diploma Dr. Phil, y los de miembro de las Sociedades Botánica y Zoológica de Alemania, marca el principio de los años más dolorosos de mi vida. No era solamente el acceso de contranostalgia, a saber, ese desengaño que inspira la patria en los que, por muchos años de ausencia, no han cesado de adorarla, y, al regresar a ella, la encuentran áspera y mezquina de horizontes, sino, además el cansancio (surmenage) tremendo de unos años furiosamente aprovechados y, por sobre todo, la angustia inmensa de ver a mi madre arrimada donde un hermano suyo, en Fontibón. Ni las burlas me faltaron de quien menos las esperaba. Aún recuerdo, como si la viera, su boca, que le iba de oreja a oreja, preguntándome si sabía cómo apodaban a Fontibón.

—Pues el barrio de Limpias. Y reía sarcásticamente.

La confusión se acumulaba sobre mi cabeza. Creí que la perdería y entonces resolví regresar a Alemania para ponerme en manos de un gran especialista. Para mi fortuna llegué a Cleve, población cercana a Holanda, y, en ese rincón de placidez, me dispensó sus cuidados el profesor Bergmaim, gran clínico, gran psicólogo, católico. Aún conservo, escritos de su pluma, su diagnóstico, su pronóstico condicionado, su consejo. Me desgarraba de lo que yo más amaba en mi vida religiosa, pero salvaba al hombre y su cerebro.

Ya vencida mi profunda depresión, torné a Colombia resuelto a asumir mis responsabilidades elementales, con un criterio que no podía ser sino el mío. Había, sin embargo, que atravesar un puente, no poco vacilante, a saber: dónde radicarme como sacerdote; dónde como trabajador científico: biólogo, botánico. Larga sería la enumeración de los nombres que guardo en el alma, de personas, que entonces hicieron algo o mucho por mí. Era difícil conciliar esos dos aspectos de mi personalidad y tengo indicios de que no faltaban quienes dieran por definitivamente clausurada mi carrera científica.

De aquí en adelante, esta autobiografía científico-literaria debe adquirir el carácter de una enumeración cronológica, casi como un curriculum vitae, con el objeto de poder llegar a su término. Tropecé, sin duda, con dificultades, algunas más serias y tantas, que tengo la impresión de haber nacido bajo un sino de contradicción. Todo cuanto emprendo tropieza con lo inesperado y solamente logro salir adelante a fuerza de tesón y de más trabajo.

El Herbario Nacional

—Para los años que estamos recordando, la tradición botánica colombiana, tan brillante en su pasado, se había ido opacando y adelgazando y no quedaban de ella sino dos exponentes meritorios: el doctor Emilio Robledo C., en Medellín, y las obras de Santiago Cortés; un libro de divulgación y algunos herbarios que más parecían hechos por niños y niñas de la escuela.

En 1930 fui nombrado botánico del Departamento de Agricultura, que debió ser el único puesto para un botánico en todo el tren burocrático del doctor M. Abadía Méndez. Ganaba mensualmente unos 200 pesos, que era mucho, cuando el sueldo del presidente de la república era de 400. Mi flamante grado como teridólogo, Embriólogo Vegetal, Morfólogo de nada me servía; porque iniciándose entonces apenas la carrera de Agrónomo, las consultas, que, ésas sí, llovían a mi escritorio, eran de una sencillez bautismal y campesina. Pero en el ministerio no había un libro de consulta sobre esas materias y decidí entonces, que la primera necesidad para hacer Botánica en Colombia era, a más de fortalecer mi biblioteca privada, fundar el Herbario Nacional Colombiano. Realizarlo había de ser mi calvario. Mis ideas se aclararon más con la venida al país de José Cuatrecasas con motivo del centenario de J.C. Mutis que, participando España y por iniciativas en que me cupo mucha parte, apoyadas por el doctor Francisco J. Chaux, mi jefe entonces y ministro de industrias, se celebró en abril de 1932. Al apoyo del doctor Chaux debo el mérito de haber fundado el Herbario. Pero luego surgió la dificultad de que el herbario requiere un local propio —es casi un taller— para el que no había espacio en el Capitolio Nacional donde, por entonces, funcionaba el Ministerio. Vino, sin embargo, en socorro de mi proyecto, un amigo mío y de la ciencia, que por sus estudios en los EE.UU., en Egipto y en Venezuela, sabía por dónde va el agua al molino: el doctor César Uribe Piedrahíta. En un cuarto de san alejo, del todavía no bautizado laboratorio CUP, nació el Herbario Nacional. Para sus primeras recolecciones, César y yo hicimos viajes a Florencia del Caquetá, a Villavicencio, a Badillo y Simití. Fueron inolvidables batidas contra la incógnita cuyos frutos se registraron en más o menos buenos ejemplares. El desarrollo del Herbario condujo a un relativo interés por él, en el Ministerio, y así se le fabricaron los primeros dos armarios de madera y se le instaló en un cuarto en el piso bajo del Capitolio. Dos años más tarde, aumentados los ejemplares y sus armarios, el Herbario fue trasladado al piso bajo del laboratorio de petróleos, del mismo Ministerio de Industrias, y de allí salieron mis primeras publicaciones botánicas colombianas.

El Instituto Botánico

—Entre tanto se hallaba en gestación el plan de la Ciudad Universitaria. Estaba ya listo el precioso lote adquirido, con gran visión, por el presidente López. Pero los rectores de las facultades, acomodados a su autonomía y a sus aulas en el centro de la ciudad, se manifestaban lentos para presentar los anteproyectos de sus nuevos edificios. Era Jefe de Edificios Nacionales mi amigo el doctor Juan D. Higuita, y por su valimiento logré que se iniciara y completara un edificio, el primero que se concluyó en la Ciudad Universitaria, para el Instituto Botánico "José C. Mutis". Tras las pesadas rejas de su puerta se veía, en puesto central, el busto del insigne gaditano, regalado a Bogotá por su ciudad natal. El edificio era plácido, moderno con dejo clásico, demasiado bello para que no me lo codiciaran quienes no se asomaban a las perspectivas de su destino. La inauguración solemne se hizo el 7 de agosto de 1938, centenario de la fundación de Bogotá.

Hechos varios

—Varios hechos, sucedidos en los años cuando se construía el Instituto, nos hemos dejado al margen.

En 1935 fui nombrado auxiliar de cátedra del curso de Botánica, preparatorio de la Facultad de Medicina. Los alumnos declararon la huelga incitados por ciertos profesores cuyos nombres omito, porque, según su queja ante el señor presidente López, yo les enseñaba latinajos y sabía demasiado. El Presidente les respondió, entre dos platos, que no fueran tan torpes.

Sucedieron después varias designaciones académicas en las Facultades de Medicina, de Veterinaria y en la Normal Superior. El doctor Calixto Torres Umaña quería implantar un examen para dar el título de profesor y él, graduado en Alemania, pensó que podríamos abrir la marcha el doctor Jorge Ancízar Sordo y yo. Pero confió demasiado y me señaló como examinador a uno de los profesores de la huelga de marras. Decididamente hay gentes alérgicas al paño negro y los jueces me pidieron que, con tres horas de plazo, disertara sobre "Vitaminas en las especies selváticas". Ese tema es hoy mismo difícil, mucho más en aquel entonces. Carente de bibliografía, les dio a mis opositores la fruición de cerrarme el paso a la cátedra. Era la primera vez en mi vida, última de centenares de exámenes, que sufría yo un rechazo. Pero pronto se verá que de la Universidad Nacional, era muy poco lo que yo debía esperar.

Fue de estos años la invitación que me hizo el doctor Mariano Ospina Pérez, presidente de la Federación de Cafeteros, para dirigir la redacción y las ilustraciones del Manual que se destinaba a tecnificar el cultivo del cafeto, la elaboración del grano y la normalización de los despachos y marcas. Así que, en La Esperanza, y trabajando en equipo con los técnicos de la Federación, pudimos preparar y dar a la luz, en la Litografía Colombia y en 1932, el Manual del Cafetero Colombiano, cuya presentación sirvió, no poco, para conseguir la fundación del Centro para Investigaciones del Café en Chinchiná.

De años que precedieron a la inauguración del Instituto fueron mis temporadas en casa de don Guillermo Valencia, en Popayán, en una de las cuales el venerado Maestro, con extremada generosidad, me regaló los dos volúmenes, aparecidos en Rio de Janeiro, del Diccionario das plantas Uteis do Brasil por Pio Correa. Esa obra y ese hecho encabezan todo mi interés y mis publicaciones sobre la flora económica de Colombia.

Periodista

—En 1937 comencé a escribir en El Tiempo sobre temas de recursos naturales de Colombia y fomento de la ciencia, divulgaciones que han sido mi labor más agradecida en contacto con mis conciudadanos, con los hombres del montón campesino. No sé cuántos artículos he escrito hasta hoy, sino es que, para mi satisfacción, he contado con la generosa acogida de los doctores E. Santos, R. García-Peña y E. Mendoza Varela. Pero las contrariedades habían de menudear.

En Venezuela

—Fue de 1935 mi primer contacto con el doctor Alberto Adriani, Ministro de Agricultura y Cría de Venezuela, quien me ofrecía muy buen sueldo —por más señas— para pagármelo en monedas de oro, si me trasladaba a su país y desarrollaba allá los programas que le esbocé para Colombia. Le respondí que en mi patria tenía proyectos en marcha, pero que con gusto le estudiaría, sobre el terreno, algún problema concreto, por ejemplo, el del cacao venezolano, cuyos cultivos estaban en crisis por la decadencia del bucare que los sombreaba. De ahí salieron mis dos viajes a Caracas y a las regiones cacaoteras del Delta Amacuro y Lago de Maracaibo, la preparación y publicación de mi Manual del Cacaotero Venezolano, escrito sobre las pautas del dedicado al café en la estación de La Esperanza.

Aunque no pertenece a mi currículo de naturalista, quiero recordar aquí, por su significado literario, cómo, bajo el elevado patrocinio del Excelentísimo señor Arzobispo Ismael Perdomo, fundé en enero 17 de 1938, el Secretariado Interdiocesano de Colegios Privados Católicos, cargo que dejé el 23 de noviembre del mismo año, y cómo lancé al público la revista Hogar y Religión, de la cual algunos quizás se acuerden.

Inaugurado el Instituto se me nombró Jefe del Departamento Botánico de la Universidad Nacional y se aceptó mi renuncia de botánico ayudante del Ministerio de Economía Nacional. Les vino de perlas, porque ya un secretario del Ministerio me había amenazado si seguía escribiendo sobre la necesidad de defender más el suelo colombiano.

Todavía en 1938, octubre, fui delegado por el gobierno del señor presidente E. Santos para representar a Colombia en la Primera Reunión Suramericana de Botánica, donde, por primera vez, expuse un plan para publicar la Flora de Mutis, así como mi colega el profesor F.K. Hochene, planeaba la Flora Brasílica, continuación de la de Von Martucs y que tantos éxitos obtuvo, adelante, en Sao Paulo con el apoyo del gobierno brasileño.

Con la Unesco

—En enero de 1939, el doctor Santos me otorgó la Cruz de Boyacá. El mismo año y en el cuarenta, nuevos nombramientos en el Ministerio de Economía y en la Universidad. En febrero 7 del 41, socio corresponsal de la Sociedad Mexicana de Historia Natural. El mismo año (marzo 5) el Gobierno me comisionó para el estudio de las Escuelas Vocacionales de Puerto Rico, de donde derivaron algunas actividades mías con el Ministerio de Educación, de las cuales fue principal, un nombramiento para representarlo en la Comisión Científica Internacional de la Hoya Amazónica que se reunió en Belem del Pará, en agosto de 1947. A mi regreso se solicitó mi intervención ante el H. Congreso de la República para que diera su aprobación definitiva a la adhesión de Colombia a la Constitución de Unesco. Salvando trámites y después de una sesión agitada del H. Senado, se aprobó la entrada de Colombia a la Organización de las Naciones Unidas para Educación, Ciencia y Cultura. La condescendencia del Congreso con mis razones hizo que el señor presidente Mariano Ospina Pérez me nombrara Consejero Científico de la delegación colombiana a la II Reunión de la Asamblea General de Unesco, la cual se cumplió en octubre y noviembre de ese 1947 en México. Por encima de mis méritos, el director general, Julián Huxley, me dispensó su confianza, en México primero, y después, en 1948 (abril) cuando, nombrándome Consultor Científico de Unesco, me contrató para que escribiera la Bibliografía Amazónica, lo que me llevó a estudiarla en Nueva York, Washington y Chicago.

Vino luego un episodio de mi vida, cuyas implicaciones sería largo describir, cuando en pleno trágico bogotazo (abril 1948) fui nombrado delegado de Colombia a las reuniones promovidas por Unesco en Iquitos y Manaos para la fundación del Instituto Internacional de la Hibea Amazónica.

En 1949 fui contratado por la empresa del Ferrocarril de Antioquia para estudiarle el problema botánico de sus polineos o durmientes, de donde salieron mis primeras publicaciones, no periodísticas, sobre recursos naturales de Colombia.

Fue de esos años mi separación, forzada por la Universidad Nacional, del Instituto Botánico fundado por mí, el mayor golpe que se me ha dado con el fin de truncar mi carrera científica. Desengañado y misántropo, me dediqué a resolver, por cuenta propia, primero en Girardot, después en el departamento del Magdalena, un problema de la botánica económica, que me pareció de singular importancia: la decorticación de la hoja de pita. Fue una aventura llena de penalidades, de paludismo, inclusive de riesgos de la vida, pero también de intimación con trabajadores y con la Selva de Colombia. Para colmo de males, mi madre cayó enferma de una grave dolencia que, minando toda su resistencia, había de llevarla a la tumba el 23 de junio de 1946. Así machacado, debía seguir el camino.

Mi obra Hibea Magdalenesa apareció en el año 1949.

Con la Contraloría

—En 1950 fui nombrado director del Censo de los Recursos Naturales de Colombia en la Contraloría Nacional. Al año siguiente fui contratado por las Empresas Municipales de Manizales para estudiar la hoya de captación de su acueducto y para aconsejar las medidas de su defensa. Esta comisión tuvo pleno éxito, pero no faltó quien se sustrajera mi informe y lo hiciera pasar como suyo.

En el geográfico

—Desde 1952 ingresé al servicio del Instituto Geográfico "Agustín Codazzi" al tiempo que con el Padre Lorenzo Uribe Uribe S.J., dábamos los primeros pasos para la publicación de la Flora de Mutis. No tienen número ni admiten ponderación las dificultades que se opusieron a esta obra en sus comienzos ni las humillaciones que me ha costado. Pero al fin, su primer tomo apareció en 1953, el segundo en 1955, el tercero en 1957 y el cuarto está viendo la luz en estos días de 1964.

En el mismo año del 52 asistí como observador, nombrado por el doctor R. Urdaneta Arbeláez, encargado de la presidencia, a la III Asamblea General de la Unión Internacional para Protección de la Naturaleza en Caracas.

En 1953 regenté la cátedra de Recursos Naturales en la Universidad de los Andes.

El Jardín Botánico

—En 1955 fui el primero a quien se otorgó el Premio de Ciencias de la Fundación "Alejandro Angel Escobar". El mismo año en agosto 6, inicié, gracias al primer Alcalde Mayor del Distrito Especial de Bogotá, doctor R. Salazar Gómez, la construcción y siembras del Jardín Botánico "José C. Mutis", obra para cuya entrega al público pedí un plazo de diez años y que entre esperanzas, favores y negaciones de apoyo ha ido acercándose a su finalidad apetecida. Para ella he contado con opositores acerbos, pero también con colaboradores excepcionales como doña Teresa Arango, el doctor Luis C. Pérez y muchos otros.

Reuniones internacionales

—En 1956 diciembre asistí como representante de Colombia, invitado por el comité organizador y por Unesco, al Simposio sobre Farmacobotánica que tuvo lugar en La Habana. También por invitación de entidades extranjeras tomé parte en el Simposio sobre curares que, en agosto 1957, se celebró en Rio de Janeiro. De ahí se originaron mis actividades para que el centro de Unesco en Montevideo celebrara en Quibdó su Simposio Internacional de zonas húmedas para América Latina.

Por invitación de la OEA representé también a Colombia en su Comisión de 17 miembros para estudiar en Washington y en mayo de 1958, el Desarrollo de las Ciencias en América Latina acabando de asistir, por mi cuenta, para prevenir ciertas querellas contra nuestro país y gobiernos y contra mí mismo, al III Congreso Suramericano de Botánica, en Lima. Ese Congreso debió celebrarse en Colombia y yo lo estaba preparando. Pero se opuso el Presidente.

1959 marca algunas actividades mías de participación con el Departamento de la Planeación y Servicios Técnicos, para el estudio de los recursos naturales del Chocó.

En ese mismo año (abril 23) se me otorgó la Medalla que, con ocasión de conmemorarse el centenario de la muerte de A. de Humboldt, concedió a nuestro país la Deutsche Ibero Amerika Stiftung.

El 26 de abril de 1960 actué como delegado de Colombia, y por designación del Departamento de Planeación de la Presidencia de la República, en París, a la reunión sobre Zonas Aridas, convocada en su casa matriz, para Unesco.

En 1961, 17 de marzo, fui designado miembro colombiano del Comité de Recursos Naturales Básicos del Instituto Panamericano de Geografía, residente en México, D.F. Ayer mismo (5 de mayo de 1964) recibí del secretario de esa entidad, la invitación a una reunión en agosto para discutir, sobre el terreno, las implicaciones del proyecto sustentado por el señor presidente del Perú, Belaúnde Terry, sobre carretera marginal de la selva amazónica.

En 1961, agosto 18, participé como miembro, que había sido nombrado desde 1958, del Comité para Botánica del Pacífico, en el X Congreso de Ciencias de esa inmensa región oceánica. Se celebró en Honolulú (Hawai) y a él fui como representante de nuestro Instituto Geográfico.

Mis últimas intervenciones en reuniones internacionales tuvieron lugar en los dos extremos de la América Latina: una en el Seminario Interamericano de Periodismo Científico, reunido en Santiago, en octubre de 1962, y al cual asistí por invitación de la OEA, y en México, la última, invitado por nuestra Sociedad Mexicana de Ciencias Naturales, para el Primer Coloquio Mexicano de Historia de la Ciencia. Tuvo lugar en septiembre de 1963.

Conclusión

—Así llegó al fin de esta analecta autobiográfica y del relato de mi heterogéneas actividades científicas.

Mi ocupación fundamental en los últimos años ha sido la preparación y edición de mi obra Recursos Naturales de Colombia, no tanto para presentar su catálogo, cuanto para hacer ver las causalidades que los ligan entre sí y con las actividades humanas. He creído cumplir una misión vital si llevo a todos mis conciudadanos la convicción de que su mejor obra cultural es usar correctamente de los dones de la naturaleza; de que el patriotismo nos obliga, no solamente para con los hombres nacidos en determinada área del planeta, sino también para con esos tesoros dados por Dios a través de una evolución multisecular, para nuestro sustento en la peregrinación mental, para pábulo de nuestra creación estética; para motivo elevado de nuestro pensamiento; para afirmación, en fin, de que somos unos con los que, en cualquier tiempo, poseemos un espíritu llamado a los mismos destinos eternos.

Autobiografía de un trabajador científico,
en Lecturas Dominicales de El Tiempo, 12 y 19 de 1964



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