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Eduardo Castillo
Bogotá, 1889-1938.
Escritor, poeta y traductor. En 1965, Roberto Liévano y Carlos López Narváez, en dos
volúmenes, Obra poética y Tinta perdida, recogieron parte de su fecunda
producción. La Obra poética comprende: Antifonario Lírico, sus primeros
versos; El árbol que canta, (1928);
Los siete carrizos, que agrupa la creación poética de sus últimos años,
y las Versiones poéticas de Wilde, DAnnunzio, Olavo Bilac, J.M.
de Heredia, Verlaine y Baudelaire, entre otros.
Evocaciones y recuerdos de mi
vida literaria
He hablado tan pocas veces de mí en
estas evocaciones y recuerdos, que creo se me habrá de perdonar el que narre algunos
hechos relativos a mi iniciación en la carrera literaria.
Cierta vez, un periódico que hacía una
encuesta, me dirigió, al mismo tiempo que a otra gente de pluma la siguiente pregunta:
¿Cómo y cuándo escribió usted
y publicó su primera producción literaria?
Mi primera producción una versión
del soneto A una ville morte, de Heredia la hizo publicar Guillermo Valencia,
como ya referí en alguna de estas páginas. La segunda versión también de otro soneto
del maestro de los Trofeos el segundo del tríptico Marco Antonio y
Cleopatra se la envié tímidamente entre una cubierta a Carlos Arturo Torres
para que éste la hiciese publicar en el suplemento de El Nuevo Tiempo. Ocurría
tal cosa en instantes en que la empresa de este diario pasaba a poder del poeta de Betsy,
don Ismael Enrique Arciniegas, quien examinó mi soneto, haciendo notar acertadamente que
yo había incurrido en un craso error al traducir Emperador por Imperator.
Yo me incliné, como siempre me he inclinado ante todo lo justo y tinoso y fui a la
dirección de El Nuevo Tiempo a darle las gracias al poeta por su indicación. Poco
después, el señor Arciniegas me entregó la redacción de El Nuevo Tiempo Literario,
en donde di a la publicidad todas mis rimas primojuveniles. Puedo, pues, decir que a él y
a su gentileza debo en gran parte lo que soy y podré ser en lo sucesivo.
Mi condición de redactor de la mejor
hoja literaria que se publicaba por entonces, me puso en relaciones con la plana mayor de
los literatos y periodistas capitalinos. Entre estos últimos descollaba, por su cultura
extensísima y por su temible mordacidad, Esteban Rodríguez Triana, El Negro, como
le llamaban sus caudatarios. Rodríguez Triana es uno de los publicistas más completos
que he conocido en mi vida. Tenía, como escritor, ese don del repentismo que tan
necesario es en la trepidante existencia periodística de nuestros días. Sin estudio ni
meditación previa, ¿qué digo?, sin levantar la pluma podía escribir en media hora un
editorial o un artículo sobre cualquier asunto o materia que se le indicase. Y los
escribía magistralmente, sin que en los originales que enviaba a las cajas entonces
no existían los linotipos hubiese más de dos o tres tachaduras. Sólo a otro
escritor nuestro lo he visto realizar milagros semejantes: a Armando Solano.
Rodríguez Triana llevaba una vida
desastradamente bohemia. Por las noches se le encontraba de bar en bar en compañía de
Alfonso Cano, Alvarez Henao y otros amables trasnochadores, empinando el codo de lo lindo.
Cuando las libaciones habían menudeado más de la cuenta, su sonrisa se tornaba
despre-ciativamente sarcástica, casi demoniaca, y la diestra con que empuñaba la copa
adquiría temblor. Pero su ingenio no se extinguía, ahogado por el alcohol, como suele
ocurrir con la mayoría de los borrachos. Por el contrario, brillaba con más vivo y
deslumbrante fulgor. Y su boca empezaba a brotar los comentarios mordaces y las frases
flagelantes que tan temible lo hacían como causeur y como escritor.
Otro escritor a quien conocí por esos
días fue Manuel Cervera, el poeta barranquillero. Había venido de paseo a Bogotá y
Seravile me llevó consigo a hacerle una visita, en la pieza del hotel donde se alojaba.
La impresión que me produjo Cervera no se me olvidará nunca. Tocado con un gorro
escarlata, y feo, con la fealdad repelente de un boga del Magdalena, su acogida
bruscamente familiar me desconcertó y me asustó bruscamente. Pero cuando, a petición de
Seravile se puso a recitarnos sus últimos versos, el hombre se transfiguró súbitamente,
y su cabezota se iluminó con luz prodigiosa. He oído en mi vida a muchos admirables
recitadores de versos, entre ellos a Julio Flórez y a Federico Martínez Rivas. Pero
ninguno más subyugador y armonioso que Cervera. Es de aquellos declamadores que hacen
parecer admirable el verso más insignificante y ripioso. La primera composición suya que
le escuché recitar se llamaba Escalas, y se me quedó en la memoria por su
cantante musicalidad:
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Por el calvo Sileno coronado de yedra,
-
por la Venus de Milo y los dioses de
piedra,
-
por la roja vendimia y la flauta de Pan,
-
vuelve a mí tus arrobos, vuelve a mí tus
delirios,
-
dulce ondina que abrevas coronada de
lirios
-
en las copas sin fondo que las horas te
dan.
-
Por la escala de seda, por el doble
mandoble,
-
por la trova más dulce y el escudo más
noble,
-
por la ruda cimera y el gallardo frontal,
-
vuelve a mí tus suspiros, vuelve a mí tu
quebranto,
-
castellana orgullosa que desgranas tu
llanto
-
prisionero en las rejas del castillo
feudal.
-
Por tu gata de Angora, por tu sprit y tus
guantes,
-
tu abanico, tus dijes y tus regios
diamantes,
-
tus perfumes, tus martas y tu raro boudoir,
-
vuelve a mis tus sonrisas, vuelve a mí tu
mirada,
-
parisina que busca una flor encarnada
-
para tu albo corpiño en el gran bulevar.
Sobresalía Manuel Cervera ahora
hace ya mucho que no escribe versos en las composiciones breves, semejantes a
pequeños juguetes métricos. Y a veces, cuando yo iba a visitarlo, me tenía horas
enteras embelesado con su recitación. De esas composiciones, recuerdo muchas estrofas
sueltas:
-
Las naranjas de la paisanita
-
que va de mercado por la carretera
-
me recuerdan la gracia exquisita
-
de tu boca agridulce, boquita
-
fresca y dulce cual la primavera.
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Los geranios, hortensias y rosas
-
del huerto que arrancas para ungir tus
sienes
-
me recuerdan tus manos hermosas,
-
siempre frescas y siempre olorosas
-
como las de Pepita Jiménez.
-
También recuerdo esta:
-
Qué inmensa dualidad hila tu rueca:
-
tienes manos de santa, pecadora,
-
las pupilas así como quien ora
-
y los labios así como quien peca.
-
Y esta otra:
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Unos ojos que vieron lo que vieron los
míos
-
en el fondo de la noche callada,
-
me denuncian un astro del fulgentes
desvíos;
-
yo no puedo mirarlos: se me fue la
mirada...
-
Sólo escucho las voces de la fuente y los
ríos
-
en el fondo del fondo de la noche callada,
-
pero guarda el recuerdo mi memoria
enlutada
-
de unos ojos que vieron lo que vieron los
míos.
Un día, la hija de la patrona del hotel
en que vivía Cervera muchacha fina, inteligente y hábil artista en pintura,
trazó en el fondo de un plato un delicioso panorama marino: sobre el agua azogada y azul,
se destacaba una barca pescadora, con sus velas albas como un ala de gaviota. La muchacha,
tímidamente, le mostró su obra a Cervera, quien entusiasmado con los primores de la
línea y la delicadeza del dibujo, hizo lo que Gautier llamaba una transposición de
arte pintando con palabras lo que la joven artista había pintado con colores. No me
perdono el haber olvidado aquella poesía en alejandrinos, una de las más bellas del
poeta costeño. Cervera tenía mucho de gnomo por su fealdad y por su conocimiento de las
vetas líricas en que se crían las más raras piedras preciosas.
Algunas de sus producciones están
recogidas en un tomito que publicó con el título de Varios a varios, si no estoy
equivocado, en compañía de dos poetas costeños: Luis Carlos López y Carlos Penha. Pero
en ese volumen faltan muchas de sus mejores rimas, en que la nota emotiva va a veces
entreverada con humorismos funambulescos y piruetas de clown. Un clown de la poesía: así
podría definirse a Cervera. Pero un clown que, como el del poema de Banville, sabía, de
un salto, pasar al través del aro de papel e ir a parar a las estrellas.
Cuando el tuerto López publicó
su primer libro de versos, eligió a Cervera para que le escribiese el prólogo. Y Cervera
pergeñó una página deliciosa y de una rara sagacidad crítica sobre el autor de De
mi villorrio. Estudiaba allí los elementos constitutivos del particularísimo
humorismo de López, y acababa citando, para apoyar sus decires, la maliciosa frase de
Grosclaude:
¡Quién sabe si el mundo, no es cosa tan
seria como algunos imaginan!
Frase que también podría servirle a la
obra total de Cervera, toda ella impregnada de lo que podría llamarse humorismo
lírico.
Evocaciones y recuerdos
de la vida literaria, en el libro
En aquella bella época, Populibro, 56 Bogotá, 1973, pp. 27-33.
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