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Camilo Antonio
Echeverri
Camilo Antonio Echeverri sobresalió
entre sus contemporáneos por la singularidad de su talento, por la abundancia de sus
conocimientos y por la reciedumbre de su carácter. Hizo estudios en Medellín y Bogotá.
En esta capital fue presidente de la sociedad literaria "Amantes de las letras"
y miembro de la sociedad política denominada "Escuela Republicana" formada por
los jóvenes más notables de la escuela de derecho de la Universidad Nacional y del
Colegio de San Bartolomé. En 1852 viajó a Inglaterra, donde se dedicó a estudiar, con
especial esmero, química, matemáticas e inglés, "lengua que llegó a poseer
perfectamente".
Fue ingeniero, periodista, abogado y
polemista. Como periodista publicó, en Medellín, El Pueblo, El Indice y La Balanza,
y colaboró en El Neogranadino, El Oasis, El Liberal, El Tiempo, La Tarde, El Correo de
Colombia, La Igualdad, etc. En esta actividad agitó temas políticos, filosóficos,
jurídicos, históricos, críticos y descriptivos. Como abogado, práctico y recursivo,
fueron célebres sus actuaciones en defensa del doctor Luis Umaña Jimeno, Manuel Salvador
López y Manuel Echeverri B.
Pero, más que todo, Camilo Antonio
Echeverri, conocido comúnmente con el remoquete de El Tuerto, descolló como escritor
original y de peculiar estilo. Se ha dicho que "como escritor, fue algo paradójico
en sus ideas, pero expresivo, original, nervioso y a veces deslumbrante, con grandes
recursos para la dialéctica". Sobre este aspecto, el general Rafael Uribe Uribe, en
su interesante Noticia biográfica y literaria de Camilo Antonio Echeverri, expresa
lo siguiente:
Pocas veces se verá un escritor más
prodigiosamente fecundo y más poderosamente original, pues fuera de la innumerable
muchedumbre de artículos suyos que andan impresos, deja gran copia de manuscritos
inéditos... La paradoja constituye el fon- do de muchos de sus opúsculos; no esa
paradoja artificial y rebuscada, sino la consistente en el atrevimiento de las ideas y en
la audacia de las teorías; es esa paradoja prudhoniana, a quien el vulgo de los
pensadores sólo moteja con ese calificativo porque contraría los sistemas y principios
recibidos, pero que Dios sabe si no llegará a ser en lo futuro la verdad única, la
verdadera verdad, entrevista por esos grandes espíritus. Camilo Antonio Echeverri se
produce en todas sus obras con sorprendente brillo de imaginación, con lógica rigurosa,
en estilo conciso y sentencioso, emitiendo su pensamiento en períodos cortos y
entrecortados, fórmula de pasiones en efervescencia.
Por su parte, don Isidoro Laverde Amaya,
en la obra Apuntes sobre bibliografía colombiana (Bogotá, 1882), nos hace esta
apreciación:
Expresivo y acertado anduvo Joaquín P.
Posada cuando, al analizar en sus Camafeos el estilo de Echeverri, lo califica de
"más que cortado, cortante"; porque, en efecto, la condición
característica de su lenguaje es la prontitud, la viva ironía conque hiere a su
contrincante en la discusión de teorías políticas o de problemas sociales, y la certeza
conque expone sus juicios, revestidos de una fraseología brillante y animadísima...
Nótase que tiene formado un estilo peculiar suyo en que juega el primer papel la poderosa
imaginación con que nació, y en el que por las pausas y cortes en la redacción,
resaltan las formas y reminiscencias de sus lecturas favoritas de autores franceses.
Cuanto al interés con que el público lee siempre los productos de su pluma, inútil es
estampar aquí lo que todos proclaman; debemos sólo observar que se da la preferencia a
aquellas de sus producciones en que sobresale el espíritu de controversia y de réplica,
porque es tan vigoroso y fecundo en la dialéctica, e inflexible en sus argumentos, como
original, peregrino y ocurrente en sus ideas.
Para tener un conocimiento más amplio de
los atributos de que fue dueño Camilo Antonio Echeverri, en manera alguna podemos omitir
lo que escribió en El Espectador la diestra pluma de don Fidel Cano:
La admiración a la inteligencia y a las
obras del doctor Echeverri, no tenía por límites las montañas antioqueñas ni siquiera
las fronteras de Colombia, sino que se extendía por mu- chos de los pueblos americanos
que hablan español. Para conquistarla contó el ilustre escritor con claro y poderoso
talento, cultivado tan esmeradamente, que en algunos ramos del humano saber alcanzó la
profundidad de la verdadera ciencia, y en casi todos los otros vasta y amena erudición; y
tuvo, además, a su servicio una de las imaginaciones más vivas, fecundas, flexibles y
originales: facultad preciosísima que si solía extraviar al pensador, cubría casi
siempre de luces y de flores la obra del escritor, mejor dicho del poeta; porque el doctor
Echeverri no sólo cuando versificaba, sino también cuando escribía o hablaba en prosa,
se alzaba a las cimas de la poesía, en las cuales su alma respiraba y movía las alas
como en su natural elemento.
Camilo Antonio Echeverri, además del
inglés, tuvo dominio de las lenguas italiana y francesa; de esta última tradujo, en
verso, el drama Lucrecia Borgia de Víctor Hugo (Bogotá, 1866). Es autor, así
mismo, de una introducción en verso a la Memoria científica sobre el cultivo del
maíz, de su célebre coterráneo Gregorio Gutiérrez González. De su producción en
prosa registramos los siguientes títulos: Antioquia; Otra vez Antioquia
(Medellín, 1860); Un discurso pronunciado en la Convención Nacional (Bogotá,
1863); El clero católico romano y los gobiernos políticos (Medellín, 1863); Conferencias
(Medellín, 1872); Distrito federal; Noches en el hospital (Bogotá, Biblioteca
Popular, t. IV, s. f.), y Artículos políticos y literarios, recopilados por doña
Marina viuda de Echeverri (Medellín, 1932).
El Tuerto Echeverri también participó
activamente en las luchas políticas; en este campo, se afirma que fue un polemista
verdaderamente formidable. Fue elegido diputado a la Convención de Rionegro, en cuyos
debates se distinguió por la elocuencia y la energía con que defendió sus ideas
liberales. En 1860 participó en las filas de la revolución; posteriormente, intervino,
entre otros, en los combates de Cascajo y Garrapata. De este último escribió en forma
patética La batalla de Garrapata, páginas de un diario.
Camilo Antonio Echeverri, espíritu
inquieto, febricitante y turbulento, falleció en Medellín el 7 de abril de 1887. A raíz
de su muerte, Juan de Dios Uribe, el famoso Indio Uribe, en una bella página de
evocación, plasmó en estos términos las facciones de su gran amigo:
Camilo A. Echeverri tenía 60 años: lo
había envejecido pero no doblegado la edad. Su cabeza no tenía pelo, y ya dijimos que su
frente estaba pálida; en su rostro, enjuto y rasurado, sólo rastreaba un pobre bigote
duro y unas cuantas hebras en el extremo de la barba; dominábalo una nariz correcta, y se
destacaban allí, en el rostro, el ojo derecho brillante y el izquierdo blanco y dormido
en profunda noche. Su voz, naturalmente áspera, tenía entonces inflexiones más duras,
que dado el aspecto de Camilo en sus momentos de cólera, se diría que su acento salía
de una caverna.
El autor de quien nos hemos ocupado,
además de los artículos titulados Mis memorias y El médico, que aparecen
en el mencionado folleto Noches en el hospital, publicó los siguientes documentos
de carácter autobiográfico: uno, con el nombre de Autobiografía, y otro, de
mayor extensión, con el título de Mi autofotografía moral. El primero, se
reproduce en su totalidad; y el Segundo, en forma fragmentaria. Estas páginas
autobiográficas las hemos tomado de las Obras completas de Camilo Antonio Echeverri
(Medellín, 1961), compilación hecha por Rafael Montoya y Montoya, con prólogo del
escritor Gonzalo Cadavid Uribe.
Confesiones, confidencias y
memorias
Autobiografía
Nací [en Medellín] el 14 de julio de
1828 y fui bautizado el 15. Fui llamado en mis primeros años Buenaventura Camilo.
Después fui Camilo Antonio, por el motivo que dentro de poco te diré.
Pero el hecho es que Dios, por su
soberana voluntad, o por intrigas de San Buenaventura (según creo), dispone o permite que
San Camilo sea dado de baja en tres almanaques, entre cada cinco de los varios que, año
por año, son dados al consumo.
Por eso es sin duda por lo que, en mi
día de días, es decir, en el día de mi santo, encuentro tan rara vez una mano que se
tienda amiga, una mirada de congratulación, una sonrisa de esas que el corazón manda a
los labios.
Fue mi ama (carguera) Ña Paula, manca
del brazo derecho, que le habían cortado. Por eso me cargaba al cuadril izquierdo y por
eso salí y crecí, y soy y seré zurdo.
En una escuela perdí un nombre, como
poco antes había perdido, en otra, un ojo.
Por eso fui siempre desgraciado en mis
aventuras galantes.
Una de esas aventuras me costó, siendo
colegial, a los 16 años, dar el pelo en cambio de un medicamento mercurial.
Por eso, desde esa época, si decía un
"te adoro" a alguna mujer, me contestaba:
Si vieres un tuerto bueno
Escríbelo por milagro.
Por eso la amiga, si alguna me
acompañaba, concluía:
Echale la cruz a un cojo
Y Dios te libre de un calvo.
Pero comencemos por el principio, es
decir, por la escuela primaria, que tiempo vendrá de que lleguemos al colegio.
En aquel tiempo (1833), había en
Medellín tres escuelas. La pública (llamada de Láncaster), la de doña Rosalía Gómez
y la de doña Pacha, mujer del maestro Caballero.
Fui puesto en esta última.
Una escuela de las de ese tiempo no era
ni prójima de una escuela de las de hoy.
En esa edad y siglos de hierro se daba a
las niñas veinticinco azotes ad pedem literae, y cuerera de vaqueta a los
muchachos, y todo parecía muy natural, muy bien hecho, muy necesario. El sistema de
enseñanza estaba fundado en este aforismo, de verdad reconocida como un dogma: la letra
con sangre entra.
Pero seré justo: en la escuela de la
maestra Caballero, no había castigos crueles, relativamente. Había dos cuartos para
encerrarnos: el uno nada tenía de particular; el otro era simplemente un gran cajón
Leviatán, vuelto boca abajo, con una tabla de quita y pon, que hacía de puerta.
En aquel cuarto o dentro de ese cajón,
según la gravedad del caso, nos metían a los reos, hombres y mujeres, sin distinción.
¡Pícaros momentos!
Había también pena de azotes.
Estos se aplicaban con una pretina
(disciplina), llamada el rejo. Tenía el rejo 4 ramales ensebados, dóciles, retorcidos,
zalameros, pérfidos.
El rejo se mantenía colgado de un clavo,
frente a la maestra, al lado opuesto del salón. El clavo estaba a una altura bastante
para que no pudiese nadie alcanzarlo sino trepando a una mesa que bajo él ponían.
El reo tenía siempre obligación de ir a
traer el rejo. La pena de vergüenza pública precedía a la vapulación.
La pena de azotes tenía tres grados:
1º Rejo simple: el sentenciado (de uno y
otro sexo) volvía la espalda y recibía sobre la ropa seis azotes.
2º Rejo a cu...ero pelao: el sentenciado
echaba al aire las posaderas y recibía 12 azotes.
3º Rejo con madrino: el sentenciado era
colocado a la espalda de uno de los más patanes y allí a cu...ero limpio, que quiere
decir descubierto, recibía veinticinco.
En Antioquia no se usaba entonces otro
calzado que zapatos, generalmente amarillos; y eso, los hombres hechos. Los jóvenes y
mozos andaban descalzos: cuando más, se ponían alpargatas los domingos y en Semana
Santa.
Las muchachas andaban descalzas, y
vestían camisola o camisa y enaguas (fundas).
Unos y otros íbamos a la escuela
llevando terciado, del hombro derecho a la cadera izquierda, el bulto. Era el bulto un
saco rectangular de coleta, en el cual cargábamos la doctrina, la cartilla o el Catón,
según el caso; el lápiz, el jis, la pluma. Todos llevábamos además al pecho y
pendientes de un cáñamo que daba la vuelta por la nuca, la pizarra y el tintero.
Para escribir y para estudiar nos
sentábamos en bancos a lo largo de unas mesas estrechísimas.
Ya puedes imaginarte, lector, qué ruido
y algarabía infernal alzarían 80 o más niñas y muchachos, repitiendo en la nota más
alta de sendos diapasones, unos, la serie de los números 1, 2, 3, etc.; otros, las letras
del alfabeto desde el Cristus hasta la Z; acá un ejemplo del Catón; allá el ayudar a
misa; por un lado "las virtudes teologales", por el otro "los enemigos del
alma". Llegada la hora, la maestra comenzaba a tomar las lecciones, a cada alumno en
particular, sin permitir que la gritería se interrumpiera, sino en un caso.
Efectivamente: si uno callaba, callaban
todos instantáneamente. iba a haber rejo.
¿Cómo lo supo el primero que calló?
Porque vio al candidato tomar el camino
que conduce a la mesa, y de la mesa al clavo, y del clavo al rejo.
¿Cómo lo supieron los demás? No
preguntes eso; los muchachos tienen, para su uso, un telégrafo infalible y especial.
Para formarse una idea clara del aspecto
que la escuela presentaba en esos actos, basta ver, o recordar, lo que sucede en una plaza
de mercado al dar el avemaría. Poniendo en lugar de los tratantes, a los niños; en lugar
de la plaza, el salón; en lugar del sacristán, a la maestra; en lugar de los rejos de
las campanas, el rejo aquél; en lugar del Avemaría, la ejecución de la sentencia; se
tendrá una idea rigurosamente exacta. La misma vuelta instantánea del silencio al ruido.
En esa escuela aprendí a leer, a
escribir, las 4 reglas de Aritmética y la Doctrina cristiana.
Allí perdí un oído a consecuencia de
una caída que sufrí persiguiendo una ardilla en un nogal muy elevado.
En 1835 (?) pasé a la escuela del doctor
Ospina. Allí aprendí o estudié Aritmética elemental, Gramática, Ortografía, Dibujo,
Francés y Caligrafía.
Allí perdí el ojo derecho y un año de
vida, pues me estuve nueve meses encerrado en plena oscuridad y más de tres sufriendo
aún.
En 1838 pasé a la escuela del señor M.
Mejía Cano. Estudié en ese establecimiento lo mismo que en el anterior y, además,
Francés, Geografía e Historia.
Allí perdí el cuero, y mi Buenaventura.
Venga usted acá, desventurado,
señor de la buena ventura, me dijo el maestro al ir a desollarme un día.
Desde el día siguiente me llamé Camilo
A.
De la escuela del señor Mejía pasé, en
1839, a la del señor Pedro P. Restrepo.
Este fue mi último viaje, para llegar a
ese puesto de mi ambición desde el cual dice el muchacho: "Miradme, niños de
escuela; miradme, ignorantes; miradme, pigmeos; ya soy estudiante. Oídlo bien, escolares,
ya soy estudiante".
El señor Restrepo me hizo mucho bien.
Allí aprendí Francés, Italiano, Latín, Inglés, me perfeccioné en algunos de los
ramos que había estudiado, y adelanté en otros.
Allí descubrí que tenía talento, me
llené de vanidad y perdí la cándida humildad de la niñez.
A fines del año (1839) anduve un día
cazando pajaritos con mi cerbatana (bodoquera), y al pasar, a la vuelta, frente a la
puerta del llamado entonces Colegio Académico de Medellín, sentí antojo de
entrar a ver los exámenes de los cachifos que se presentaban como aspirantes a ser
matriculados en la clase de Filosofía.
Cuando vi (y fue al momento) que yo
sabía más que el mejor de todos los examinados y mucho más que algunos de los
examinadores, sentí un deseo irresistible de ocupar el puesto, y lo ocupé.
Causó sorpresa, risa, ¿qué sé yo
qué?, el verme allí tan fresco, tan confiado, tan altivo. Llevaba el pantalón de manta
enlodado, desgarrada por las zarzas la camisa, desnudos los pies, y la boca como diámetro
de un círculo de greda que la bodoquera me había impreso. Tenía mi bodoquera en la
mano, y, sin duda, había algo fantástico, pintoresco, en mi apostura.
¿Cree usted que somos
pajaritos? me preguntó el Rector, doctor Estanislao Gómez, sonriéndose con
dulzura.
No, señor doctor; yo soy el
pajarito.
¿Conque usted quiere tirarles a
las escopetas?
Si el señor doctor lo permite,
sí, señor.
Puse un examen lucido en el cual me
complací mezclando, con vanidad, una multitud de asuntos exóticos, extraños al acto y
entrando en digresiones de motu proprio.
¿Sabe usted traducir Francés?
Sé traducir, leer y hablar
Francés.
Me levanté, y, previo permiso, tomé una
comedia (de Moliére, creo). Traduje y leí una escena en que figura un tal Champagne.
Llegué a unos versos italianos que empiezan (me parece que fue ayer):
Or che piú belle
Splendon le stelle
Il suono svandite amanti.
Cun suoni, cun canti
La cruda svegliate...
Los leí, los traduje.
Recité de memoria y traduje un trozo de
la Eneida. Analicé lo que me presentaron en Latín.
Dije que sabía Inglés; pero no hubo
quién me examinara en ello.
Sonó la campanilla; me levanté y, allí
mismo, sin votación, se me dio un certificado, por el cual se me declaraba apto para
entrar a estudiar Filosofía.
Orgulloso, medio loco, soñando como una
niña que baila por primera vez y es aplaudida en un salón, me fui corriendo a casa, a
contar mi triunfo a mis buenos padres.
En enero (1840) entré al Colegio; pero
la revolución del Coronel Córdoba (8 de octubre) hizo, como era natural, que los
estudios padecieran mucho.
Con todo, en 1844, ya sabía yo lo que
podía aprenderse en Medellín (y aún más) sobre Aritmética, Algebra, Geometría,
Trigonometría, Agrimensura, Teneduría de libros, Lógica, Psicología, Etica,
Geografía, Castellano, Italiano, Inglés, Francés y Latín.
En esto, la suerte, la mala suerte se
acordó de mí, y me hizo hacer una muchachada, cuyo efecto fue mi viaje a Bogotá, el
cual obró una revolución radical en mi porvenir. Ved lo que hubo.
Gobernaba la provincia el doctor Ospina
(mi antiguo maestro).
La educación había sido confiada a los
Padres Jesuitas. Yo estudiaba, pues, con ellos, bajo su dirección.
Un día vino, empero, el Diablo, el cual
desde mi infancia me trataba sans façon, y, sin que yo lo sospechase, me infundió
una idea al parecer sublime, pero, en el fondo, idea de loco.
Vino el Diablo, pues, y me mostró unos
triquitraques que estaban de venta en una tienda.
Verlos yo y formar un plan todo fue uno.
Formar un plan y comprarlos, uno mismo.
Me fui aprisa, aprisa, para el Colegio.
El Padre Freire estaba a la sazón, dando
clase a puerta cerrada.
Acerquéme a la puerta, callada y
gentilmente; metí por el resquicio un paquete (¡Dios sabe cuántas docenas!); prendí la
mecha al último y me retiré.
¡pum, pum, pum! ¡Purrumpum, pum,
purrumpún!
Y yo muriendo de risa y apretándome los
ijares.
Puede calcularse el efecto que aquel
escándalo produjo.
Quejóse el Padre, siguiéronme el
juicio; me condenaron a sufrir 8 días de cepo; los cumplí a mi modo y salí del Colegio,
que se cerró para que no volvieran a entrar en él los jesuitas.
No sé cómo me libré de algún castigo
infamante o cruel.
El doctor Ospina, que en cualesquiera
otras circunstancias se había mostrado rígido, resolvió en ésta, hacer un ejemplar
ruidoso para favorecer con él la influencia de los Jesuitas. (Adviértase que entonces
era yo enemigo de ellos por capricho; hoy, si no soy defensor de ellos, los respeto por
convicción).
Mi padre, que no puede sufrir la vista de
una persona que no esté empleada en algo, tuvo la ocurrencia de ponerme a disposición
del señor Uribe M., Secretario de la Gobernación, para que me pusiera a escribir en el
Despacho.
Fui al Despacho.
Puse en limpio un oficio, y a poco lo
recibí devuelto por el doctor Ospina, con esta nota: "No admitan escritos de esta
letra. Es ilegible". Como no me quedó qué hacer, saqué candela, encendí mi
cigarrillo y comencé a silbar.
(Orden de arrojar el cigarro y de dejar
la música).
Obedecí.
A poco salió el doctor Ospina de la
pieza de su Despacho, leyendo cuidadosamente un libro, e iba a decir algo a alguien,
cuando llegó a la puerta (de la Secretaría) una señora.
El Gobernador la saludó, la introdujo a
su Despacho, y dejó sobre mi mesa el libro que había puesto allí, al dar la mano a la
señora.
Diome curiosidad de ver qué leía, y me
encontré con un artículo de la ley de vagancia que comenzaba: "Son vagos... los que
habiendo emprendido la carrera de los estudios viven sin sujeción a sus superiores,
etc.".
Más adelante vi que los tales vagos
podían ser condenados, entre otras cosas, a servir en el ejército.
Vi, pues, de qué se trataba y me admiro
aún de no haber sido perseguido y condenado a algo muy grave.
El hecho es que el 15 de diciembre (de
1844) partí para Bogotá, en compañía de mi hermano Manuel y del amigo Francisco
Gaviria, que debían separarse de mí en Mariquita, y dar, de ahí la vuelta por el Valle
del Cauca.
Hace más de veinte años que, más
felices que yo, murieron ambos.
¿Por qué vivo yo?
¿Por qué no he muerto yo?
¡Cúmplase tu voluntad, Dios mío!
Mi autofotografía moral
Soy hombre eminentemente eléctrico,
nervioso e impresionable. Eso hace que las ideas que llego a adoptar y las impresiones que
llego a recibir me dominen despóticamente por lo general; y ha sido causa de varias
contradicciones que han aparecido tanto en mis teorías religiosas, sociales y de partido,
como en mis actos relativos al culto y en mi conducta política y social...
Me parezco un poco al cándido optimista
del amigo Voltaire. No porque yo crea que éste es el mejor de los mundos posibles y
probables, sino porque, sin meditar ni pensar en ello, veo sin trabajo el lado ridículo
de todo, y encuentro algo ridículo aun en lo más serio. Así también me sucede que
generalmente encuentro algo bueno, o justo, o bello, o grande, o misterioso, o respetable
en todos los hechos por repugnantes, o indignos, o censurables que sean o parezcan.
Todo lo bueno me atrae, y de todas las
cosas buenas me dejo cautivar sin reparar muchas veces en las circunstancias vituperables
que puedan hacerles compañía. De aquí han provenido varias inconsecuencias y
contradicciones efímeras de algunas ideas y de algunos hechos míos.
Mi desprendimiento raya en prodigalidad;
y al propio tiempo mi severidad, es decir, mi indignación contra los que me roban o me
hacen perder por ineptitud o pereza o maldad un grano de maíz que sea, es también medio
frenética, todo depende de que siendo como soy amigo de las soluciones matemáticas y
breves, y de los argumentos en forma dogmática de axiomas, tengo una lógica rígida y
abusos de confianza, o de derechos, y de influencia, o de fuerza, o de autoridad.
Nunca, ni por un segundo, he intrigado ni
trabajado secretamente en favor mío ni en contra de otro con miras pecuniarias ni
en asuntos políticos o de partido. Y, a la verdad, aun cuando he vivido politiqueando
y en medio de los partidos, he permanecido (cosa rara) extraño a todas las maniobras y a
todas las intrigas.
Yo tomé mi partido desde que tenía doce
años (8 de octubre de 1840, revolución del Coronel Córdoba en esta ciudad), y a su lado
he andado hasta ahora. Jamás ando en conciliábulos, ni pidiendo inspiración o consejo;
y así, sin aceptar la intervención de quien quiera que sea en mi línea de conducta,
escribo en mi estudio, corrijo las pruebas en mi estudio, y leo privadamente lo que
escribí, pues fuera de lo que es obra mía, rara vez, en la vida hipocondriaca que he
vivido, me llaman la atención las obras fugaces y, más rara vez, sustanciosas de la
prensa política.
Ignoro absolutamente, tanto en globo como
en sus detalles, la historia de todas las intrigas y de todas las revoluciones dirigidas
por los Presidentes de la Unión contra los Estados soberanos, para el efecto de hacer
mayorías en favor del candidato oficial o de los intereses del ciudadano Presidente;
hoy, según creo adivinar, esas intrigas se llaman evoluciones; la palabra suena
con más dulzura por la feliz supresión de la r; prueba evidente de progreso y de
buen gusto.
Dicen que soy valiente; pero fuera de los
casos (1851, 1854, 1860, 1864, 1867, 1876) en que las circunstancias, las pasiones
enemigas, la necesidad o el honor me han obligado a alistarme en algún ejército, jamás
he sido miembro de la política militante, a no ser con mi pluma, en la tribuna y por mi
propia cuenta. Esa sociedad industrial anónima que cada cual llama mi partido, me es
completamente desconocida.
He sido, soy y, Deo volente, seré
liberal por convicción. Adolescente fui liberal (cordobista) porque el malhadado
Coronel era cazador. Joven, hombre y viejo, soy liberal, porque los libros y la
meditación me enseñaron y me repiten día por día que el imperio del mundo pertenece a
los hombres; que el derecho público no se funda en el derecho divino, sino en la
soberanía popular; que la Moral de Balmes es tan infeliz como su psicología; que no hay
más economía política que la de Smith, Say y Bastiet, y que la libertad es al hombre y
al espíritu como las alas a las aves, una parte integrante y necesaria de su ser.
He diferido (1875 a 1876), he diferido a
veces de lo que opinaban varios prohombres del partido liberal; pero estas diferencias y
aparentes divisiones se refieren siempre a puntos accesorios, jamás a la doctrina.
Fui nuñista porque (ya he explicado por
qué) yo creía, como muchos, que ese hombre era liberal: cuando me vi en peligro de
quedar cogido en la infame ratonera que armó con los ultracatólicos, con los
correligionarios y con los conservadores, excusi pulverem de pedibus meis, porque facta
fuit fames valida in regione illa et egomet coepi egere. Et surrexi & ivi ad Patrem
Meum et dixi ei: Pater, pecavi coram te.
¿Sabéis traducir latín, lector amigo?
Perdóname este injerto, que el pudor no me permite clamar en Castellano: pequé, Señor.
Y no extrañe nadie el que yo mencione
ahora muy a la ligera a los partidos políticos: no se tema que yo vaya a meter mi hoz en
la ingrata mies de las rencillas y de los enojos.
Es que tratándose de hacer mi retrato
moral, y habiendo vivido más de treinta y tres años entregado a la polémica, yo tenía
necesidad de citar el hecho de mi oposición al doctor Parra y de explicar el virar
aparente de mi bordo.
Gracias a Dios, volví al puerto nativo y
miro con placer que el viento va refrescando.
Además, como dejo dicho, soy amigo fiel
de la verdad, sincero y sin mancilla; y por eso era forzoso que dijera cómo profesando y
creyendo sostener la verdad única, he llegado a ser tenido por tránsfuga entre los
mismos liberales a quienes yo calificaba de tales.
Quise trazar y acentuar una de mis
facciones morales, pero no, en manera alguna, suscitar disputas ni evocar recuerdos
envenenados.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 178,
Bogotá, 1º de noviembre de 1975, pp. 22-27.
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