La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Medardo Rivas y Joaquín Pablo Posada

 

Medardo Rivas, eminente repúblico y fecundo escritor, nació en Bogotá el 4 de junio de 1825. Fueron sus padres D. José María Rivas y Arce, notable santafereño, y doña María Josefa Mejía, hermana del prócer antioqueño Liborio Mejía. En julio de 1859 contrajo matrimonio con doña Rosa Groot, hija del historiador José Manuel Groot.

Fue colegial del Mayor del Rosario; abogado de los tribunales de la República; fiscal del Tribunal de Cundinamarca; secretario del Senado, cargo que renunció por haberse negado a notificar al Ilmo. Arzobispo Manuel José Mosquera su destierro del país; ayudante del general Joaquín París, con grado de teniente coronel en la guerra contra la dictadura del general José María Melo; gobernador del Distrito Federal; general de brigada de las milicias del Estado de Cundinamarca; representante al Congreso y senador de la República; Secretario (ministro) de Guerra y Marina en el gobierno del Dr. Manuel Murillo Toro; cónsul y agente diplomático de la Nueva Granada en Venezuela; cónsul de Colombia en Berlín, Hamburgo y El Havre; administrador de la Salina de Zipaquirá y, finalmente, en 1899, director del Partido Liberal. En esta posición "laboró decididamente, aun cuando sin resultado, para evitar la guerra civil que estalló en ese año".

De su actuación como militar en la campaña de 1854, concretamente, en las provincias de Tundama, Ocaña y García Rovira, nos da cuenta detallada el Dr. José Joaquín Vargas Valdés en su curioso e interesante libro A mi paso por la tierra (Bogotá, Tip. Colón, 1938), que contiene también pasajes de carácter autobiográfico. "Toda esta vida llena de ocupaciones importantes —dice D. Alberto Urdaneta— no impidieron que en su tiempo fuera Rivas un cachaco de buen tono y luego respetable padre de una lúcida familia".

D. Isidoro Laverde Amaya, con toda la autoridad que le asiste cuando describe las fisonomías literarias de ilustres colombianos, dice que el Dr. Medardo Rivas fue un hombre de mundo y de pluma; espíritu de temple, gozoso y ardiente, creado para la lucha, y dueño de un temperamento observador, nervioso y vehemente.

Como escritor, que lo fue en alto grado, el Dr. Rivas es autor de las siguientes obras que vieron la luz en Bogotá, en la imprenta de su propiedad:

Conferencias sobre la educación de la mujer (1871); La Pola, drama histórico en cinco actos (1871); Conversaciones sobre filosofía (1873); Obras de Medardo Rivas. Parte primera: Novelas, artículos de costumbres, variedades, poesías (1883); En memoria de Gabriel Reyes Patria (1884); Obras de Medardo Rivas. Segunda parte: Viajes por Colombia, Francia, Inglaterra y Alemania (1885); Errores de la justicia y víctimas humanas en Colombia (1894); Historia de una rosa (Madrid, España, s. f.); La cuestión social (1899), y Los trabajadores de tierra caliente (1899), obra que ha servido de consulta en varias universidades de Estados Unidos en la cátedra de sociología americana, y de la cual se han hecho varias ediciones. La más reciente fue publicada en Bogotá, en 1972, como volumen 25 de la serie Biblioteca Banco Popular. Sobresalió, especialmente, en el género costumbrista, campo en el cual, al decir de Gustavo Otero Muñoz, lució por "su gracia natural, un sentimiento palpitante de la naturaleza, concepción rápida e imaginación fecunda". Colaboró en muchos periódicos del país y del extranjero; fue fundador y redactor de El Liberal, El Siglo (este periódico en colaboración con los doctores Antonio María Pradilla y Salvador Camacho Roldán) y la Revista de Colombia, de carácter político, literario y noticioso, que escribió casi en su totalidad y sostuvo por espacio de cinco años. En esta revista publicó muchas de sus novelas y poesías. Para algunos de sus escritos utilizó los seudónimos El Peregrino, Emilio Souvestre, Emir Omer y Karl Sand.

El historiador Arturo Quijano se expresa de este modo:

Como ciudadano fue Rivas un excelentísimo en el trabajo, que compartía entre la imprenta y la agricultura —entre la luz y la vida, entre el pensamiento y el brazo, entre la idea y el producto—. Dedicó, pues, sus energías a servir hábilmente los dos grandes resortes del mecanismo social.

Como periodista, fue uno de sus incansables zapadores de la idea, y ante todo y sobre todo lo que debía ser: un moralista, un propagandista de la verdad, un corrector de vicios. Rivas político, Rivas ciudadano, Rivas hombre de Estado, fue autor de la abolición de la esclavitud.

El Dr. Medardo Rivas falleció en Tena (Cundinamarca) el 11 de septiembre de 1901.

La mayor parte de los datos biográficos que aparecen en esta nota los hemos tomado del libro Documentos sobre la familia Rivas (Bogotá, Editorial Minerva, 1930) por José María Restrepo Sáenz y Raimundo Rivas. El retrato de don Medardo es una reproducción del que se encuentra en dicho libro.

* * *

Joaquín Pablo Posada, poeta epigramático y repentista de primera magnitud nació en Cartagena de Indias el 17 de agosto de 1825. Fueron sus progenitores el general Joaquín Posada Gutiérrez, prócer de la Independencia, estadista e historiador de gran renombre, y doña Concepción Bravo.

Hizo estudios en la universidad de su tierra natal, denominada por aquel entonces Universidad del Magdalena y el Istmo; luego los prosiguió en el Colegio de San Bartolomé, en Bogotá, donde se distinguió por sus "aptitudes para las matemáticas, lo mismo que para la poesía, y tanto para las lenguas y la gramática general como para las ciencias intelectuales y las políticas". Dotado de privilegiada inteligencia, fue admirado por sus maestros, amigos y condiscípulos.

D. José María Samper, su par en el talento y compañero de estudios, nos describe de este modo la estampa y cualidades de Posada:

Frente magnífica, ojos admirables, nariz aguileña llena de energía, boca sensual y burlona, y todo, en el rostro y en el resuelto y franco ademán, propio para inspirar simpatía o recelo, amor o miedo, según que él fuese amigo o enemigo, que en todo caso lo era con lealtad y a cara descubierta. Su facilidad de palabra y de respuesta y réplica; la increíble prontitud y soltura con que discurría en prosa o improvisaba en verso, y la acerada agudeza de sus dichos, anunciaban que en él bullían el fuego y la chispa de un notabilísimo ingenio.

Joaquín Pablo Posada se dedicó con especial empeño al periodismo, labor en que sobresalió por su carácter polémico, satírico y picaresco. Colaboró con inspiradas composiciones en El Tiempo, El Mosaico, y la Biblioteca de Señoritas, y fue redactor de El 7 de marzo, El Orden (fundado por el general Melo en 1852) y El 17 de abril periódicos políticos. En asocio de su coterráneo Germán Gutiérrez de Piñeres publicó El Alacrán (Bogotá, enero 28 - febrero 22 de 1849), semanario de contenido satírico y jocoso; de allí el apodo que se dio a sus redactores: los Alacranes. En San José de Costa Rica dirigió El Costarricense y en La Habana, donde vivió por espacio de diez años, lo hizo con uno de sus principales diarios; en dicha capital desplegó una intensa actividad intelectual y fue coronado por el capitán general de la Isla, D. José de la Concha, como el "Espronceda americano".

De la pluma del Alacrán Posada contamos con las siguientes publicaciones, que en la actualidad constituyen verdaderas rarezas y curiosidades bibliográficas: Un duelo (Bogotá, enero de 1850); Pobre Teresa: chanzoneta amistosa, crítico-burlona (Bogotá, Imp. de Echeverría Hermanos, 1857); Versos (Bogotá, 1857), con prólogo de Felipe Pérez; Tratado de ortografía (La Habana, 1860); Historias y lecciones explicativas sobre zoología, traducción (Bogotá, Imp. de Medardo Rivas, 1874), y los famosos Camafeos (Barranquilla, Imp. de los Andes, 1879), bosquejos en verso de notabilidades colombianas en política, artes, literatura, etc.

Según el testimonio de D. Isidoro Laverde Amaya, Joaquín Pablo Posada fue "filósofo por temperamento y tendencias, desdichado por destino, y acaso tal vez por falta de apego a la verdadera felicidad material que consiste en no necesitar de la protección de los demás sino bastarse a sí mismo; confiado sólo en la necesidad de vivir, e indeciso en su suerte y medios de acción, aunque seguro de su genio y con talento y aptitudes para todo".

Joaquín Pablo Posada, más conocido en la historia de nuestras letras con el remoquete de El Alacrán Posada, murió en Barranquilla el 4 de abril de 1880. Con ocasión del sesquicentenario natalicio de Medardo Rivas y de Joaquín Pablo Posada (ambos vieron la luz en 1825) y para evocar su memoria, transcribimos a continuación las curiosas cartas cruzadas entre ellos, de sabor autobiográfico, y en las que podemos gustar el fino ingenio de que hicieron gala tan ilustres corresponsales. Estas cartas se hallan en la parte primera de las Obras de Medardo Rivas (Bogotá, 1883).

Cartas autobiográficas

Señor Don Medardo Rivas.

Mi viejo y mi buen amigo: La facilidad de menos echo, en este instante mismo, de D. Angel de Saavedra, el duque de tu apellido, para escribirte un romance, lo más suelto y lo más lindo, que fuera digno de ti y que de mí fuese digno. Pero como no la tengo, — como arriba te lo indico, tendremos que conformarnos, — conformarnos ... (está escrito —y no borro la palabra—, aunque digas que duplico) los dos, con lo que mi numen, ya cascado, seco y rígido — dar de sí pueda a estas horas —. (Acaban de dar las cinco).

Nuestra amistad, en Villeta, — el año cuarenta y pico —, (pues poner dos impidióme el asonante maldito) —comenzó— ¿No lo recuerdas? — ¿Lo habrás echado al olvido? — Yo bien sé que no, Medardo: la última vez que nos vimos, hablamos de aquellos tiempos de nuestra amistad principio, — quando ego erat pueribus, — como D. Hilario dijo, en plena logia, una noche, — para echarlas de latino –. En aquel pueblo bailando, enamoramos, comimos, —sin tomar, no diré brandy,— ni una copita de vino; — montamos buenos caballos, — cuando los daba Pulido, — malos cuando los fletaba Don Juan Vargas el muy pícaro! ... No es que insulto su memoria: es por chanza que lo digo, ¡pobre Don Juan!, que fue siempre francote y bueno conmigo ... (No hay remedio, un consonante me ha brincado, lo cual prueba, entre paréntesis, que este romance improviso). Montábamos, pues, decía, cuando el baño era en el río, o a pie al pozo del azufre, que es en la quebrada, íbamos; ya hombres solos, que hombres éramos, aunque entrambos barbilimpios, adolescentes precoces y traviesos, casi niños. A mí me gustaba, creo, misiá Maraquita Miro, y a ti, si no me equivoco, Mariquita Vallarino: por supuesto sin malicia, sin arriére pensée, caprichos, — por hacer lo que los otros, — pura imitación de micos...

Vamos a voltear la hoja, y al hacerlo me horripilo, — al ver que en toda una página de éstas, de papel ministro, — absolutamente nada que tenga sustancia he dicho.

Esta digresión ha roto de mis recuerdos el hilo, y otros también halagüeños evoco con tu permiso.

El año mil ochocientos cuarenta y tres estuvimos en San Bartolomé juntos, siendo entrambos buenos chicos, — regulares estudiantes, y excelentes condiscípulos. Entonces tú visitabas, — por lo menos los domingos, la casa de mi familia, — situada en San Victorino. — ¿Recuerdas, dime, Medardo, cómo te amaron los míos, — desde mamá hasta Teresa — y desde mí hasta Narciso? ... Excúseme que haya puesto esos puntos suspensivos; pero el reloj da las siete, y yo estoy comprometido solemnemente con unos — ¿lo serán? ... unos ... amigos; pero mañana temprano volveré a ocupar mi sitio.

14 de diciembre.

Aquí me tienes de nuevo, — aunque estropeado y mohíno, porque he pasado una noche de calenturiento frío, — insomne, despabilado, — con el cerebro hecho un cisco, — leyendo las tristes cartas de mi Inés y de mis hijos, — cuya suerte informada me quita el sueño y el brío, — y pasar me hace las noches crueles en febril delirio — convirtiendo mi cabeza en kaleidoscopio vivo, — en que al menor movimiento las ideas, que son los vidrios,— se revuelven y confunden, — y presentan al espíritu nuevas y extrañas imágenes, — a cada insensible giro, – pero todos reflejando — este infortunio infinito — que hace de mi triste vida — un inmenso laberinto, — enredado, inextricable — como aquel que en Creta, Minos mandó fabricar a Dédalo, el padre del loco Icaro, para encerrar dignamente — al Minotauro maldito, que nació de Pesiphae, — del adulterio arquetipo, pues un toro fue su amane, — según lo refiere Ovidio, — y Demoustiere lo repite en salpimentado estilo ...

Ya lo ves cuando te hablaba de mis afanes prolijos, — una cita mitológica — me apartó de mi camino.

Suspendí anoche a las siete éste mi romance inicuo, en un ¡hace 20 años! — Renuncio, pues, a seguirlo. Además, ya tú la síntesis, de nuestro vario destino con tu ingénita sindéresis, — formulaste como amigo, — en aquella alegoría, — en aquel precioso artículo, — publicado en tu Revista de Colombia cuyo título ... Pero vuelvo a divagar – y de nuevo me extravío.

Tú formulaste, decía, nuestros hados respectivos: —"a ti te guió tu estrella, a mí me arrestró mi sino".

Tras mañana 17 — pienso mandar un auxilio — a mi infelice familia, — de quien separado vivo, hace un año y siete meses, — para aliviar su martirio, un tanto: no será mucho, — pues los tiempos están críticos. Por supuesto y desde luego, — decirte no necesito, — que para la tal remesa, — cuento, Medardo, contigo,— con el óbolo amistoso, que aunque pudiera ser íntimo, grande lo contemplaría, — porque "todo es relativo", y muy bien suceder puede que tú estés mal de bolsillo.

En verdad, se me olvidaba: cuatro ejemplares te envío, de mis "Preces cuotidianas" — ¿Qué tal pulso el plectro místico?

Pero se pasan las horas, y por tanto termino esta prolongada epístola, repitiéndome tu amigo,

Joaquín P. Posada

15 de diciembre de 1871.

Señor JOAQUIN P. POSADA.

Tu casa, 16 de diciembre de 1871. Querido amigo del alma: Mil gracias por tu misiva. Era mi primo cercano el noble Duque de Rivas, a quien en tus lindos versos, Joaquín, envidiando, citas; mas, como tú sabes bien, en asuntos de familia los unos se llevan todo, y quedan otros per istam, mi noble primo llevóse (fue verdadera injusticia) genio y gracia, para, ser un famoso romancista, y a mí dejóme tan sólo la afición a la política. Así, contestarte en verso, sería una empresa inaudita; pero te ofrezco, Joaquín, consagrarte una "Revista"; pues conquistarás con esto una posición magnífica: que al ver tu nombre allí puesto, han de lloverte a porfía más ataques y censuras que a Renán llovieron críticas: de toda lista en que estés te borrarán los sapistas; te han de excomulgar las beatas, y ... dejemos la política.

¿Para qué mueves, Joaquín, esa apagada ceniza, esas memorias pasadas que en el alma están dormidas? ¿No tienen los corazones bastante y amargo acíbar, que quieres echarles más, recordando viejas dichas? Y a propósito, te engañas, no era la mía Mariquita: era ... (si ya no me acuerdo de su nombre), era una bizca, recatada y melindrosa, de un Canónigo sobrina. Lo que recuerdo es que el cura tenía despensa provista de chocolate, de quesos y conservas exquisitas; y por gozar de mi amada las simpáticas sonrisas y tomarle el chocolate, sacrifiqué muchos días los baños en el azufre y el amor de Mariquita; pero el cura una ocasión, por celos o economía, hizo que sus dos sobrinos me dieran una paliza.

Montábamos, dices: nunca gocé de tamaña dicha, pues jamás tuve un caballo ni nadie me lo ofrecía; y ad pedem litere al pozo me iba con un tal Garnica; mientras que con Pepe Nieto y la elegante Cristina tú pasabas en bucéfalos que me llenaban de envidia: que siempre la buena suerte mostróse conmigo esquiva. ¡Ay! del colegio las horas fueron para ti de dicha; para mí fueron amargas desde que estudié cachifa! Siempre mal trazado y pobre, llevé una vida maldita; era antipático y feo, y todos me aborrecían. ¿Recuerdas? Tuve peleas como tuvo el año días. Con Matallana Nereo (pues siempre se anteponía el apelativo al nombre, cuando se pasaba lista), con Matallana unos puños tuve donde fue capilla; después con Pepe Samper tuve formal sarracina; y contra Neira el patán tuve que formar gavilla.

Cuando ya era mocetón, estudiante todavía, me enamoré como loco de la gentil Margarita; y el capote colorado, el ancho sombrero jipa, la chaqueta de mahon y chinelas amarillas, cambié por un cubilete, por botas y por levita; y todas las tardes juntos, nos íbamos a su esquina, que era, ¿la recuerdas bien?, enfrente de "la Capilla". Saludabas tú arrogante, yo hacía zurdas cortesías; y ella contigo era amable y conmigo sonreía.

Es cierto, mucho me amaron los miembros de tu familia; y yo conservo en mi pecho, como preciosa reliquia, el recuerdo de los tuyos, y aún amo a Pita y la niña; pero te voy a contar la más triste de mis cuitas, que a tu casa, a mis amores y a mi suerte viene unida. Hicieron al Chivo Amaya, clérigo de campanillas, Deán del coro catedral; y por eso dio ese día un refresco, ¡qué refresco!, toda pintura es mezquina. Vivía con él Juan Azuero, con quien tuve amistad íntima: convidóme a los despojos y jugamos mesa limpia. ¡Ay!, no quisiera contarlo; pero me puse una chispa, y vi al mundo chiquitico y vino a mi fantasía la imagen dulce y risueña de la gentil Margarita. Fuime a tu casa a la tarde, que era por la Capuchina. Entré sereno; Chochón me recibió con risita, de esa que quiere decir, lo que tienes se adivina. Entré a la sala. ¡Qué veo! ¿Es realidad o es la chispa? Sentada en un canapé, conversando con la niña, con traje de pana azul, que así se usaba en mis días, y un pañuelito rosado cubriendo sus formas lindas, estaba, y me dio la mano, la graciosa Margarita. Y yo, que siempre temblaba al verla, cual golondrina en quien el ave de presa sus ojos hirientes fija, esa noche fui arrogante, animado por la chispa, para decir necedades y grandes majaderías.

—Dieciséis años apenas, frenético le decía, cuento, señora, y no tengo consuelo en mi triste vida: sufro infeliz, y luchando del destino con las iras. Sueño con usted de noche y es mi ilusión en el día. Miro doquiera desiertos sin su imagen peregrina: que es mi amor, amor de aquellos que nacen en sólo un día; mas que forman una historia y llenan toda una vida. Quiero su amor o la muerte, ¡quiero su amor, Margarita!

—No se vende solimán, caballero, en la botica, sin que al pie de la receta ponga un médico la firma,— con furiosas carcajadas me contestó la maligna.

La "fortuna desde entonces" me fue siempre tan propicia, en negocios y en amores, que en mitad ya de mi vida de impresor tomé el oficio para emplearla como tinta.

Dichoso tú que, ligero, todo un romance improvisas, mientras que yo de esta carta, sudando la gota viva, he escrito más borradores que tú apurado copitas. Y pues mañana es paquete y el óbolo necesitas, renuncio en obsequio tuyo a continuar la misiva: diciéndote sólo — amigo, ¡Dios ampare a tu familia! Para ella te envío un cóndor. Quisiera darte una mina, para probarte con esto, cuánto tu cariño estima.

Tu Viejo amigo Mechuso (alias Don Medardo Rivas).

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 179,
Bogotá, 1º de diciembre de 1975, pp. 16-21.



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