La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Julio H. Palacios

 

Julio H. Palacio nació en Barranquilla, departamento del Atlántico, el 6 de septiembre de 1875. Fueron sus padres don Francisco J. Palacio y doña Virginia Martínez Salcedo. Hizo estudios de literatura en París, de 1886 a 1889; de derecho y ciencias políticas en la Universidad Republicana de Bogotá y luego en la Universidad de Bolívar de Cartagena, donde obtuvo el título de doctor, a los diecinueve de su edad.

Palacio, poseedor de una vastísima cultura, fue escritor, político, parlamentario, diplomático, polemista y periodista de gran trayectoria. En esta actividad colaboró en El Porvenir de Cartagena, La Nación de Barranquilla —donde también dirigió El Día— y El Tiempo de Bogotá, en cuyas páginas hizo famosa su columna "Historia de mi vida". Se ha escrito que fue "un editorialista de pluma galana y de frase robusta".

Joaquín Ospina, en su obra Diccionario biográfico y bibliográfico de Colombia (Bogotá 1939, t. III), expresa lo siguiente:

La pluma de Julio H. Palacio tiene la propiedad maravillosa de crear y de demoler: consagra cuanto aplaude, anonada cuanto ataca. El doctor Núñez, aquel filósofo que poseía la propiedad de tener idea exacta de las capacidades de los hombres, lo trató siempre con marcadas y honrosas distinciones.

Por su parte, Guillermo Camacho Carrizosa, en el libro Santiago Pérez y otros estudios (Bogotá, 1935), hace esta apre-ciación:

Julio H. Palacio, diserto y atractivo, aun en los momentos en que su lógica se eclipsa, ensaya desde las brillantes columnas de su diario una defensa de la Regeneración... Ciñéndonos a lo político, Julio Palacio aunque flotante y tornadizo, como todos los hombres de talento que descubren los múltiples aspectos de las cosas, sólo ha sido fiel a una ilusión, sólo ha sentido en su vida un afecto perdurable: Núñez.

Con motivo del centenario natalicio de Julio H. Palacio, ocurrido el mes pasado, reproducimos dos escritos autobiográficos: el titulado Recuerdos de mi niñez, que hemos tomado del Suplemento Literario de El Tiempo (Bogotá, agosto 22 de 1948), y el segundo, Mi encuentro con Núñez (en forma fragmentaria), que hace parte de la obra Historia de mi vida (Bogotá, 1942). Finalmente, cabe recordar que este distinguido personaje fue secretario privado del Presidente Rafael Núñez, de quien se conmemoró, el pasado 28 de septiembre, el sesquicentenario de su nacimiento.

Julio H. Palacio, "prosador de regia estirpe", falleció en Bogotá el 13 de febrero de 1951.

Historia de mi vida

Recuerdos de mi niñez

Las personas, y no pocas, que han venido leyendo con don de simpatía y extrema benevolencia Historia de mi vida me preguntan o inquieren las razones por las cuales he suspendido la publicación de ella. Considero deber de reciprocidad darles una explicación de lo que me ocurre.

Había llegado en Historia de mi vida a un período en que era preciso y oportuno referirme a muchos hombres que aún viven, y, aun cuando es inagotable mi espíritu de tolerancia y mi discreción, tendré que señalar las equivocaciones que, a mi juicio, cometieron en sus actuaciones políticas y administrativas, y no deseo granjearme más enemigos de los que hoy tenga, enemigos gratuitos, a quienes seguramente no soy simpático o que no me consideran máximo escritor, portento de inteligencia, suma y compendio de talentos, de esos que se encuentran ahora a la vuelta de la esquina y que cuentan para elogiarlos camarilla de adoradores "cotorié" de bombos mutuos. Al propio tiempo he resuelto hacer confesión general de mis pecados, de mis culpas, y deseo, naturalmente, que el final de Historia de mi vida, que ya estoy escribiendo, sea publicado cuando esté reposando en el seno de la madre tierra. Y hasta tengo señalado el amigo que estará dispuesto a hacer tal publicación.

Como en Historia de mi vida no escribí nada sobre mi niñez, ocúrreseme ahora hacer una síntesis de los recuerdos que de ésta conservo y de las meditaciones que a tal propósito han asaltado siempre a una inteligencia tan parca como la mía.

Desearía, por ejemplo, que los sabios y entendidos en psicología me explicaran este fenómeno: ¿por qué el primer recuerdo que tengo de mi existencia es de una tempranísima edad —tres años— y por qué arranca desde entonces un vacío en la memoria hasta los seis años?

¿Por qué tengo prendidos en la memoria ciertos olores y en cambio pocos sonidos?

De 1878 a los tres años de mi edad, conservo una memoria imborrable. Estaba en la casa paterna al cuidado de mi hermana Virginia, que para entonces se encontraba en la flor de la vida, los dieciocho años, y quien tres después contrajo matrimonio con Diego A. de Castro, nuestro primo hermano, hijo de don Diego J. de Castro y de doña Beatriz Palacio, hermana de mi padre. Recuerdo, cual si ello hubiera pasado ayer no más, que Virginia me cambió el traje de casa por el de calle, el de los domingos. Y tal me parece que estuviera viendo las boticas negras y charoladas que mi hermana me abotonó con delicadeza y mimo. La casa paterna estaba casi desierta. Allí no se hallaban ni mi madre, ni mis hermanos y hermanas mayores. Después supe, andando el tiempo, por qué estaba ausente mi padre. Se encontraba en Bogotá, pues era miembro de la Cámara de Representantes. Ya endomingado tomóme de la mano Virginia y salimos de la casa hasta llegar al final de la calle donde estaba ubicada, muy cerca del canal o caño, así decíamos los barranquilleros, que comunica a la ciudad con el río Magdalena, y entramos a otra casa, y no conservo recuerdo de haber estado antes en ella, no obstante que debí ir allá frecuentemente. Era la de mis abuelos paternos: don Pedro Palacio García del Fierro y doña Petrona Rada de Palacio. La pequeña sala estaba colmada de señores. Seguidamente entramos a un cuarto o aposento en el que vi un féretro; a sus lados grandes candelabros con cirios encendidos y el olor de la cera prendióseme en el olfato y la memoria. Primer olor que no he olvidado nunca. En el aposento, muchas señoras sentadas. Mi madre se levantó del asiento que ocupaba y me tuvo largo rato reclinado sobre sus piernas. ¿Qué era aquello que tanto impresionó mi infantil imaginación? Lo supe y comprendí después. Había muerto la abuela paterna, doña Petrona Rada de Palacio.

Y se extiende una laguna en mi memoria hasta los seis años de mi edad. En 1881 iba todas las mañanas a la casa de mi abuela materna, doña Mariana Salcedo de Martínez, que enseñaba a todos sus nietos las primeras letras, el catecismo y a contar. La fisonomía de esta abuela la tengo grabada en la memoria y si yo fuera pintor podría hacer un magnífico retrato de ella: de alta estatura y, no obstante su ancianidad, esbelta y airosa. Debió ser muy bella. Era muy instruida y en sus cartas para mi madre, yo leí algunas, había estilo y rasgos de ingenio. Pero, más que todo, recuerdo el paso por la escuela de mi abuelita, por estas circunstancias: la primera, que todas las mañanas llegaba en punto de las once a la puerta de la casa de su suegra el señor mi padre montado en uno de sus briosos caballos y acomodándome en el galápago me llevaba hasta nuestro domicilio a pesar de que éste distaba de la escuelita apenas cuadra y media. La otra circunstancia o incidente: yo desde que tuve dientes gusté exageradamente del dulce, de todas las clases y formas. Cierta mañana la abuela Mariana dejó a sus alumnos solos en el corredor porque necesitó hacer algo en las piezas interiores. Y estaba abierta la puertecilla de una despensa en la que alcanzamos a ver una panela y queso. Ver esos atractivos y lanzarnos hacia ellos fue cosa de segundos. Yo introduje mi mano derecha en la despensa y apenas hícelo sentí algo horrible; un alacrán me había herido. Lancé un grito y comencé a llorar. Acudió la abuela y con la experiencia de sus años, me dijo dulcemente: "Te ha picado un alacrán por goloso". Sentí como paralizada mi lengua e inmediatamente la abuela me hizo tomar un poco de álcali volátil. A poco mi lengua adquirió movimiento y experimenté una sensación de bienestar. Desocupada la despensa o alacena se encontró al alacrán y diósele muerte. Abstúveme de referir en mi casa el percance por el temor a un justo regaño. Dos olores se quedaron grabados en la memoria y el olfato: el del caballo que en las tierras ardientes despide su cuerpo por el sudor, y el de los comestibles que permanecen encerrados en una despensa.

Las imágenes, los vivos retratos de mi madre y de mi padre no me han abandonado nunca, ni en los días felices, ni en los días tristes. Y a la par de sus imágenes el recuerdo de sus caracteres, de sus costumbres. Mi madre, que fue una mujer bellísima, y no incurro en hipérbole, porque de su belleza hacían memoria los viejos barranquilleros que la conocieron en su juventud y en su edad madura, era suma y compendio de todas las bondades, de todas las ternuras. Adquirió una instrucción muy superior a la que se daba a las mujeres hace un siglo. Sus progenitores la habían educado en Cartagena, en donde la confiaron al cuidado de un tío de ella, don Juan Antonio de la Espriella. Sus cartas son modelo de corrección en el lenguaje y espejo fiel de su alma pura. No se encuentra en ellas ni un solo error ortográfico. Gustaba de la buena lectura y a ésta se dedicaba todos los días en sus horas de vagar y descanso. Por azar, pues su padre el comandante Juan Antonio Martínez, del arma de artillería, estaba de comisión en Ciénaga o San Juan del Córdoba en 1843, mi madre vio allí la luz del mundo. De paso diré que el comandante Martínez fue santanderista, liberal, y no obstante, cuando los bolivianos, después conservadores, tomaron el poder al expirar el período presidencial del hombre de las leyes, lo mantuvieron en el ejército considerándolo hombre incapaz por sus antecedentes morales de participar en conspiraciones o golpes militares. También fue santanderista mi abuelo paterno don Pedro Palacio García y del Fierro, desde cuando tuvo uso de razón o supo por referencias de su madre doña Manuela García del Fierro, el grave altercado que ella tuvo con Bolívar en Cartagena, altercado en el cual estaba ésta asistida de razón hasta la coronilla. El comandante Martínez fue el secretario en el juicio militar a que se sometió en Cartagena al irlandés que ultimó al general Córdoba, el héroe de Ayacucho, cuando estaba él ya rendido.

Volviendo al recuerdo de mi madre diré que ella fue amantísima, de ternura inagotable para todos sus hijos, nietos y bisnietos, pues alcanzó a tenerlos. Esposa ejemplar que ayudó a mi padre a levantar patrimonio con su inteligencia y su actividad. De todos los negocios y empresas de mi padre quedaba encargada con poder general y amplio cuando él se ausentaba de Barranquilla para venir a Bogotá como representante o senador, a Cartagena como diputado a las asambleas legislativas, cuando ejercía funciones públicas que requerían todo su tiempo y consagración, o cuando tomaba servicio militar en nuestras contiendas civiles del siglo pasado. Muy raras veces la vi enojada o de mal humor, y cuando ello ocurría decíale mi padre sonriente: "No puedes negar que naciste en Ciénaga, cuyos habitantes son belicosos según reza la geografía de Royo".

Cuando nací yo en 1875, mi hermana Virginia tenía los quince años de su edad, y, como ocurre en hogares patriarcales y cristianos, ella fue encargada especialmente de cuidarme y asistirme en mi infancia en colaboración con un aya que se llamaba Nicolasa y a quien todos, abreviando su nombre, apodábamos Nico. De esta Nicolasa, que evoco siempre con emoción y afecto, tengo que referir algo muy significativo y que demuestra cómo en las gentes sencillas influyen poderosamente el sentimiento y las creencias religiosas.

Mi encuentro con Núñez

En el muelle esperábame mi hermano Ernesto, que tenía entonces apenas veintitrés años. En vía para su casa, después de las naturales efusiones fraternales, le pregunté qué se iba a hacer conmigo. Al rápido paso del tílburi, Cartagena tenía su tipo especial de coches, y recorriendo las angostas calles de la ciudad, alcanzó a decirme que nuestro padre, en acuerdo con el doctor Núñez, había resuelto que entrara inmediatamente a la Universidad de Bolívar a terminar estudios, añadiéndome que esa misma noche a las siete iríamos a visitar a nuestro ilustre y poderoso pariente, el presidente titular de la república. Mi hermano Ernesto vivía en una pequeña y modesta casa frontera al parque Fernández Madrid. El era entonces feliz; el cruel destino le reservaba un amargo porvenir y muerte prematura.

En punto de las siete emprendimos de a pie la marcha hacia el Cabrero. El recorrido era muy corto, si se tomaba la vía del lienzo de muralla para salir al barrio residencial por una galería subterránea conocida con el nombre de La Mina, angosta de día y de noche negra y oscura como boca de lobo. Al salir de la galería, la altura de la muralla está casi al ras de tierra y de ella se descendía por una escalera de madera. Iluminado por los focos de la luz eléctrica aparecía ante el caminante el barrio residencial del Cabrero, la blanca casa del presidente titular, medio escondida entre los cocoteros, la graciosa ermita de las Mercedes. Cuando llegué a la puerta de la casa me embargaba una intensa emoción, emoción de temor, de incomodidad espiritual, algo semejante a la que debe experimenter el arribista que penetra la primera vez en un salón de la alta sociedad. Iba a representar el enojoso papel de intruso político y la vanidad juvenil me hacía creer que el doctor Núñez había leído mis discursos en el centenario del natalicio de Santander y ante el cadáver de Herrera Olarte. Me sentí haciendo el viaje a Canosa. Tanta vanidad y tan pueril orgullo se iban a esfumar rápidamente. Subimos la escalera y al dar unos pocos pasos sobre la antesala —hall, como ahora se dice—, la puerta que comunicaba ésta con el salón principal me dejó ver al doctor Núñez y a doña Soledad sentados frente a frente al borde de una mesita ensimismados en un juego de cartas. Al ruido de nuestros pasos dejaron su entretenimiento y se levantaron para recibirnos. No había lugar a presentación. Sobraba y hubiera sido ridícula. Tanto el doctor Núñez como doña Soledad me abrazaron paternalmente y él me preguntó: "¿Qué dice el joven radical?" Para el doctor Núñez no existía el liberalismo colombiano, radicales y no liberales eran sus adversarios políticos y para mí tengo que él se consideraba como el último sobreviviente de la generosa agrupación política que había dado libertad a los esclavos, al pensamiento y a la conciencia. De sus labios, ni de su pluma no salió jamás palabra de agravio para el verdadero liberalismo, al que había acaso levantado un templo en el fondo de su alma y de su memoria dentro del cual oficiaba sólo él. Probablemente doña Soledad no se sentía con la confianza del viejo pariente para hacer alusión directa, ni indirecta, a mi filiación política. La conversación fue haciéndose animada y espontánea. Núñez me preguntó sobre los estudios que hice en la Universidad Republicana, sobre mis profesores, especialmente por Salvador Camacho Roldán y Juan Manuel Rudas. Cuando le hablé de José Herrera Olarte me dijo que lo había conocido y tratado en El Havre, lamentó sinceramente su trágico fin, comentando que era una de las inteligencias más poderosas que él había catado. Se me antojó singular esta pregunta suya: "¿Qué dice la Calle Real?" El mismo se encargó de proporcionarme la clave interpretadora de tal pregunta. La Calle Real era para Núñez el comercio de Bogotá en su conjunto, sin excepciones, así el comerciante radical como el conservador; una institución cuyos miembros además de su oficio tenían el de criticar todos los actos del gobierno, fuere el que fuese ese gobierno, gente egoísta y no poco envidiosa. Advertí que estaba ávido de conocer detalles sobre el escándalo del Petit Panamá y no pude darle otros que los chismes de la calle, no sólo de la Real sino de todas las calles de Bogotá, y contarle que había visto a Pérez Triana en Honda. Doña Soledad intervino poco en la conversación y tenía mientras tanto clavados sus ojos en mí, o mejor dicho sus lentes. Cuando nos disponíamos a despedirnos, pues iban a sonar ya las nueve, sus tertulios habituales sabían que pasada tal hora las visitas se convertían para Núñez en algo insoportable, el doctor Núñez me dio su primera orden: "Debes venir aquí mañana a las ocho; voy a darte una carta para el doctor Luis Patrón, rector de la Universidad, para que te matricule en los cursos de Derecho Civil, Derecho Comercial y algún otro que tú mismo debes escoger". Doña Soledad adicionó la orden; debía quedarme a almorzar con ella. No hubo otras visitas aquella noche. La pareja presidencial había salido de un ataque de gripa y el oficial de órdenes tenía instrucciones de no recibir sino a Enrique Román, José María Pasos, y a mi hermano Ernesto. Se entretenían jugando al tute y seguían a la par el juego y la conversación. Eran muchas "las cuarenta" que le acusaba Sola a Rafael. El jugaba maquinalmente, su pensamiento estaba muy lejos de las cartas. El médico le había ordenado absoluto reposo intelectual y no escribía desde dos semanas atrás los editoriales de El Porvenir. Me pareció la primera vez que lo vi de cerca más viejo, más flaco de lo que en realidad era, pues apenas pasaron los funestos efectos de la gripa, funestos aun para los organismos jóvenes, se me presentó fuerte, ágil, animoso. Preferiré relatar en estas memorias, y deliberadamente, la intimidad de la vida del Cabrero, incidentes graciosos, que revelan la sencillez, la modestia de los hábitos y costumbres del matrimonio Núñez-Román. Hablaré poco y brevemente del conductor de hombres, del político, del gobernante en vacaciones, porque consideraré acto de deslealtad y de traición a la amistad y a la confianza que él me dispensó refiriendo a la posteridad lo que él pensaba sobre hombres y sucesos, y especialmente sobre hombres a quienes tenía cariño, estimación, pero en los que reconocía graves defectos personales y el haber cometido errores, equivocaciones o faltas en el manejo de los negocios públicos y de la política. Si Núñez con aquella "noblesse du coeur" que fue una de sus más atrayentes y subyugadoras cualidades, destruyó toda la correspondencia privada que recibía, para que después de muerto él no apareciera comprometiendo a persona alguna, ¿qué derecho tendría yo, para divulgar hoy lo que le oí en el seno de la intimidad de los políticos que le acompañaron en su fundamental evolución y de los que entraron después a servir bajo sus órdenes? Atraer sobre un muerto resentimientos, acaso odios, es algo más vitando y vituperable que atraerlos sobre los vivos. Como todo político de raza y de instinto, Núñez era un gran simulador. Sabía hacer al mal tiempo buena cara, estrechar, como vulgarmente se dice, muchas manos que si no deseaba ver cortadas, por lo menos le daban repugnancia; fingir conformidad con ciertos actos, cuando comprendía que oponerse a ellos eran esfuerzos y trabajos inútiles, o que de hacerlo le sobrevinieran dificultades y peligros insalvables. Tenía como lo dijo tan acertadamente el señor Suárez, la astucia de la serpiente junto con la mansedumbre de la paloma. O como lo dijo después en admirable paradoja Guillermo Camacho, era prudente e imprudente. No se dio entero, todo él, sino a pocos hombres, a quienes amó devotamente con sus defectos, con sus debilidades, porque con Renán pensaba y practicaba que comprenderlo todo es perdonarlo todo.

Puntual a la cita me presenté en la quinta del Cabrero a las ocho de la mañana del día siguiente al de mi llegada. Me sorprendió no encontrar como en la noche anterior, guardia militar en la planta baja. Sólo en una pieza adyacente al zaguán, el oficial de órdenes del presidente titular a quien ya me había presentado Ernesto: el mayor Secundino Londoño. Le pedí que me anunciara y él me dijo que había recibido instrucciones de dejarme pasar cuando yo quisiera, pues era, como Ernesto, persona de la casa. Después advertí que la guardia militar se montaba a las cinco de la tarde y se despedía a las seis de la mañana. El doctor Núñez no tenía el temor ni la superstición de los atentados personales. El oficial de órdenes estaba allí de día para impedir que subieran al piso alto personas que no habían sido citadas previamente, o inoportunas. Subí la escalera y apenas oyó mis pasos en el salón el doctor Núñez se asomó a la puerta de su cuarto escritorio, contiguo a aquél y me hizo entrar. Frente a él y a la luz de un claro día pude observarlo atentamente. Era su estatura exactamente igual a la mía; ni un milímetro más, ni uno menos. Blanco, tan blanco que se transparentaban sus venas azuladas, de ese azul de las razas finas. Sus cabellos abundantes, de color castaño, que contrastaban con el de escasas canas. Barba y bigotes espesos. Los ojos azules, con un brillo metálico de acero, se clavaban en su interlocutor como escudriñando su pensamiento y sus intenciones. Era inútil mentirle, lo descubría en las miradas del que pretendía engañarlo. Frente amplísima y tersa, no surcada aún por las arrugas. Grandes orejas, grande la boca. Viéndolo de cerca y a la luz solar lo encontré menos magro, menos pálido que al resplandor de la luz artificial. La flacura suya habíase concentrado en las manos, unas manos largas y huesosas, mas no tan feas como las encontraba el camafeo del alacrán Posada. Nariz también larga y aguileña. La voz ligeramente nasal. Vestía habitualmente de blanco y usaba zapatos muy bajos con un lazo sobre el empeine. Cuando se paseaba dentro de la casa mantenía las dos manos en los bolsillos de la americana. Antes de escribirme la carta para el rector de la Universidad de Bolívar me permití observarle respetuosamente y con cierta timidez que si bien encontraba fácil estudiar en ese instituto el Derecho Civil y el Comercial y todos los códigos, encontraba muy difícil, en cambio, que pudiera obtener allí el grado de doctor en ciencias políticas y jurisprudencia, porque los textos de Economía Política, Derecho Constitucional y en general la orientación filosófica y política, tomando la política en su acepción elevada, no eran los mismos en la Universidad de Bolívar que en la Republicana. Al escucharme con atención sonrióse irónicamente y cortó mis reflexiones, más o menos, con estas palabras: "No te preocupe eso; yo arreglaré todo y te graduarán en la Universidad de Bolívar". Declaro sin ambages ni rodeos que yo soy un "doctor" fabricado por Rafael Núñez. Lástima grande que su poder, su noble generosidad, no alcanzaran a hacer de mí un docto...

Apenas alcancé a ver en el escritorio de Núñez tres libros y tuve la indiscreción de ojearlos :Imitación de Cristo, de Kempis; La vida de Jesús, de Renán; Azul, de Rubén Darío, con una dedicatoria del autor.

Después supe por boca del mismo Núñez que él se había desprendido de todos sus libros, obsequiando unos a Enrique L. Román, y los más a Darío A. Enríquez, sujeto muy cultivado que tenía la bondad de traducir del francés, del inglés y del italiano para El Porvenir. Núñez podía darse el capricho de no almacenar libros, pues el que leía, anotaba, se le quedaba grabado, con fidelidad prodigiosa, en su memoria. Yo le oí muchas veces llamar por teléfono a Darío Enríquez: "En el libro tal de tal autor y en tal página hay un párrafo marcado con lápiz azul, cópielo, que yo mandaré por la cita". Generalmente iba yo a pedirle a Darío la copia y quedaba maravillado de aquella exhibición de memoria sin pose, ni pretensiones. En cierta ocasión Darío Enríquez me dijo: "Esto es prodigioso, la obra de la que me pide una cita el doctor Núñez tiene tres tomos y véalo usted con sus propios ojos; me ordenó buscar el tomo segundo, página tal, y aquí la tiene".

El que no hubiere en el Cabrero ni colección de Diarios Oficiales, ni tomos de leyes, ni códigos, ni siquiera un ejemplar de la Constitución me demostraba que no era una farsa, un truco que el presidente titular de la república no interviniera en ninguna forma en los negocios públicos, que estaba separado totalmente del gobierno, que no era cierto que nada se hiciera en Bogotá sin su conocimiento. Que tanto el doctor Holguín, como el señor Caro habían gobernado con su cabeza, con iniciativas propias, aun cuando, naturalmente en casos graves el primero, Holguín, solicitara espontáneamente la opinión del presidente titular. Como el hombre de la calle, venía a tener noticia de los nombramientos de ministros y altos funcionarios públicos cuando se le comunicaban telegráficamente por deferente atención. Tan sólo se le pedían candidatos para llenar las vacantes que iban produciéndose en los más importantes empleos civiles y militares de la costa atlántica. Así lo hizo invariablemente el presidente Holguín.

El almuerzo del día siguiente al de mi llegada a Cartagena a que me invitó doña Sola fue servido un poco después de las once. Y precisamente en este momento puedo fijar con exactitud la fecha de mi llegada a la ciudad heroica. Revisando una colección del Diario Oficial encuentro el siguiente telegrama:

Honda, 23 de septiembre de 1893. Señor ministro de Gobierno. Hoy a las diez y media salió de Yeguas el vapor "México", conduciendo 70 toneladas y pasajeros: Guillermo A. Barney, Clodomiro Lara, Montes Cuan, V. Isaza, Augusto Hernández, Estanislao Jiménez, José A. Egea, Castro Rada, R. A. Niebles, Julio Palacio. El Inspector, Gregorio Rodríguez B.

(Diario Oficial del lunes 2 de octubre de 1893).

Yo llegué a Cartagena el 28 de septiembre de 1893...

Pasaban los días, las mañanas y las tardes, vivía ya bajo el mismo techo con Núñez, dejó de llamarme el joven radical y admirábame de su delicadeza, de su tolerancia, de su decoro espiritual. Ni la más ligera alusión a mis ideas políticas, ni la más indirecta invitación a que las abandonara o modificara, ni asomo de tentación. Hablábamos de todo, de literatura, de filosofía, de sus viajes, de su larga residencia en Europa, hasta de sus aventuras amorosas. Me exponía sus conceptos sobre hombres y sucesos, pero más sobre hombres y sucesos de la política europea que de la colombiana. Y puedo declarar, la mano sobre el corazón e invocando a Dios como testigo, que nunca le oí palabra, frase o expresión que no estuviera ajustada a los preceptos que rigen las relaciones entre hombres civilizados y cristianos. No hablaba como los santos, ni había llevado vida de santo, pero estaba curado, radicalmente curado de las vanidades del mundo. Aborrecía a los dogmáticos y detestaba de los dogmatismos. De ello que prefiriera al emitir sus opiniones decir: "Esto es probablemente así, esto es acaso así", nunca usar de formas categóricas e impositivas.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 177,
Bogotá, 1º de octubre de 1975, pp. 16-21.



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