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Julio Arboleda
Julio Arboleda, llamado el poeta-soldado,
nació en Timbiquí, hoy departamento del Cauca, el 9 de junio de 1817. "Yo nací
dice en un desierto, en medio de las selvas incultas que orlan el mar
Pacífico". Fueron sus padres D. Rafael Arboleda y doña Matilde Pombo y
ODonell. En Popayán aprendió las primeras letras de labios de su abuela materna,
Beatriz ODonell, y de su preceptor Manuel María Luna. De muy temprana edad viajó a
Europa. En la Universidad de Londres obtuvo el título de Bachiller en Artes. A su regreso
al país, en 1838, estudió derecho civil y ciencias políticas en la Universidad del
Cauca. Habló correctamente el latín, el francés, el inglés y el italiano, y tuvo
conocimientos de griego.
Hombre de lucha por excelencia y
talentoso como pocos, D. Julio Arboleda sobresalió en la actividad bélica, política,
parlamentaria, periodística y literaria. La vida de Arboleda, expresa con acierto D.
Miguel Antonio Caro, fue toda movimiento y agitación: brillante existencia devorada por
nuestras turbulencias democráticas. Como militar, en defensa de sus ideales políticos,
D. Julio participó decididamente en diversos combates y campañas; como parlamentario,
brilló siempre por su agilidad y por el inmenso poder de su elocuencia; como poeta,
alcanzó fama con el poema épico Gonzalo de Oyón y con las poesías políticas Escenas
democráticas, Estoy en la cárcel y Al congreso granadino; y como periodista,
fundó y redactó El Patriota, El Independiente, El Payanés y El Misóforo,
en Popayán; El Siglo, en Bogotá, y El Intérprete del Pueblo, en Lima.
Además, colaboró asiduamente en otros periódicos de Bogotá y Lima.
La pluma de D. José María Samper nos
describe de este modo al personaje que enmarcamos en estas columnas:
Julio Arboleda tenía figura, fisonomía
y maneras inolvidables ... Era de mediana talla, delgado, endeble, y a causa de un
terrible accidente que había sufrido en su adolescencia, tenía la nuca y el dorso
ligeramente encorbados, o mejor dicho, había adquirido el hábito de andar agachado y
como hundiendo algo la cabeza entre los hombros. Caminaba con lentitud, frecuentemente
frotándose las manos, tenía en las maneras un no sé qué de reservado y aristocrático,
y su acento era agudo, incisivo y notable por un tono como de malicia burlona, de ironía
casi mefistofélica y sarcasmo... Tenía el cabello negro y liso y la cabeza muy
correctamente conformada; la frente no muy amplia, pero muy despejada, tersa y delineada
con tal vigor, que al primer golpe de vista revelaba la perspicacia, la actividad
constante de pensamiento y de carácter, la audacia de propósitos, la generalidad de
percepciones, el instinto de la dominación y la disposición a la lucha. Los ojos, muy
negros, pequeños, brillantes y de la más penetrante mirada, parecían agudos y
metálicos: tan fina así era su mirada, casi punzante y de un brillo como el del acero
bruñido. Tenía el óvalo del rostro vigorosamente cortado, angosto y agudo hacia la
barba; la nariz aguileña, palpitante, en cuya curva se ponían de manifiesto la fuerza de
voluntad y la energía; la boca ampliamente delineada, pero recogida por una frecuente
contracción de los labios, que eran delgados, nerviosos, casi siempre animados por una
sonrisa irónica y burlona; y por toda barba unos bigotes poco abundantes pero libre y
correctamente pronunciados.
Al final del boceto biográfico de
Arboleda concluye Samper:
Arboleda fue, sin disputa, un hombre
extraordinario: tuvo casi todas las condiciones para ser un grande hombre: jamás fue
vulgar; fue siempre brillante; tuvo defectos como cualidades, cometió faltas, y dejó
profundamente marcada la huella de su paso.
D. Julio Arboleda murió trágicamente en
la montaña de Berruecos, departamento de Nariño, el 13 de noviembre de 1862.
La carta que ahora publicamos por primera
vez hace parte del juicio criminal seguido en su contra por el gobernador del Cauca, Dr.
José Manuel Castrillón, en razón de haber tildado, en El Misóforo, al
presidente José Hilario López de tirano o sectario de la tiranía. Este
documento autobiográfico que se conserva en el Archivo Central del Cauca y que ahora
reproducimos fielmente en su forma y contenido, nos fue suministrado por nuestro gentil
amigo y catedrático de la facultad de Ciencias de la Educación de la Univesidad del
Cauca, D. Gerardo Andrade González.
Carta autobiográfica
Mi señora Sofía Mosquera de Arboleda.
Popayán, Tulcán a [?] de abril de 1851. Mi muy querida Sofía: De Patía te
escribí cuatro letras, tan de prisa como era natural que lo hiciera cuando se me
anunciaba que estaba al entrar una partida democrática que me perseguía, y me apuraban
todos para que montase y siguiese mi camino. Como es muy natural que deseéis saber y
deseen saber mi madre y mis hijos los pormenores de mi peregrinación voy a referírtelos
que aunque a nadie más interesen para nadie más escribo. La noche aquella en que dejé
mi casa y familia después de subir del Molino por dentro del agua salí y atravesé esos
llanos: el callejón, el llano del Carmel etc. etc. hasta que me senté (nada se veía) en
un terreno por Chuni que según vi después queda enfrente del cementerio. Habiéndonos
sido imposible romper un rastrojo espeso allí pasamos la noche. Con las cinco de la
mañana emprendimos nuestra marcha al siguiente día por entre el Monte; llegamos a la
Marta y nos estuvimos ocultos secando la ropa hasta las tres de la tarde: a esa hora
seguimos el curso de varias cañadas evitando siempre cuidadosamente todas las veredas
hasta dar con las siete de la noche en las Cruces, bastante más acá del pueblo de
Timbío. En este punto montamos a caballo. La noche estuvo tan oscura que era imposible
divisarse uno mismo la palma de su propia mano: llovía que daba miedo, el camino estaba
horroroso, y para más padecer encontramos caído el puente de Quilcacé. Este
contratiempo nos hizo devolver y buscar asilo contra la lluvia en una casa de los
Cuevitas. De allí bajamos ya con la aurora a buscar vado para pasar el río, cuando vi en
la cuesta a Juan Luna que se había fugado en la misma noche de Popayán, que se me
reunió y a quien tengo conmigo sin saber de su padre. Como no pude sacar mis caballos de
Popayán, y tuve que proveer a Juan de caballerías este hecho demoró considerablemente
mi viaje y causó el atraso de Valerio y Salvador e hizo que llegase a Patía catorce
horas después de lo que tenía calculado. Aquí apenas llegué, hallé quien me condujese
a Mercaderes pero ya no íbamos sino Juan y yo: todos los demás quedaban muy atrasados.
La necesidad de buscar caballerías para
Luna era en todas partes una demora, porque no es lo mismo buscar una que dos,
y tanto más cuanto que a mí cualquiera me daba su caballo aunque fuese montado en él,
lo que no sucedía con mi compañero. Así fue pues que de Timbío a la vista hice 2
jornadas, la 1ª al Bordo y la 2ª a la Venta, cuando yo debía haber llegado a Pasto al
2º día. En este pueblo de la Venta vive José Pérez. Habiendo empezado a pasar la
montaña de Berruecos Toribio Silva, mi baquiano fue horrorosamente maltratado por
el macho en que iba que se cayó con él y se le pasó y le saltó sobre el pecho. Me
devolví pues, le hice sangrar, poner ventosas, dar pósimas etc. y perdí todo el día en
la Venta. Mientras tanto y mientras José Pérez me brindaba su casa y me instaba porque
comiese con él etc. etc. un posta que él había despachado corría la montaña, con la
noche pasaba el Juanambú e iba a Pasto a hacer que se me detuviese. Yo supe al otro día
como a las 10, en Ortega, y determiné quedarme allí. Luna se fue a Pasto con su
conductor, y le dije que me encontraría aquí en Tulcán adonde en efecto llegó un día
después de mí. Yo dormí en Ortega habiéndome retirado a un Guaico de la cañada que
separa a Ortega de Buesaco: De allí salí al otro día sin más que mi pantalón, en
mangas de camisa y con una ruanita, una pistola y un palo por todo equipaje; tomé a pie
sobre la derecha siempre tratando de ponerme de este lado de Pasto, atravesando la
cordillera. Sin botines, sin alpargatas, sin nada, caminé de risco en risco y al cabo de
cinco días de marcha di en el puente de Rumichaque (que es un puente sobre el Carchi,
formado por el mismo río que se zabulle en la tierra y deja aquel paso). Para conseguir
unas papas y (algunas veces) un matecito de leche, pues no tomé otra cosa en los cinco
días, tuve que recurrir a la superchería de decir que era Jesuita que iba disfrazado en
pos de mis hermanos a Quito; si no me habría muerto de hambre. Desde el 1er. día me
lastimé un talón, y con las espinas, con el aguacero que no escampó un instante se me
hizo una úlcera que me está molestando todavía. Ya en la última jornada tomé dos
veces el camino real por el espacio de 10 o 12 cuadras. La 1ª vez me encontré con 4
oficiales, y como no había un arbusto donde ocultarme salté a un potrero y me puse muy
serio a recoger el ganado. Ellos pasaron. La 2ª vez me encontré con un piquete de 25
hombres que traían unos oficiales; me escurrí a una chamba y ellos pasaron por encima de
mí diciendo no sé qué cosa en que mi nombre figuraba pero no sé de qué manera. Ya
estoy descansando en casa de un señor Luis Antonio Brisón que fue a traerme de Tulcán;
que dice conocer a mi madre, padre, abuelo, suegro etc. etc. y que se manifiesta muy
cariñoso y me atiende y cuida con un esmero especial. Todos me tratan admirablemente bien
y se apresuran por manifestarme aprecio, y consideraciones. Ya está la historia de mi
peregrinación. El Dr. [José Simón] Chaux debe haber vendido varias cosas y le escribo
con el objeto de que te suministre plata blanca para tu viaje, pues si lo poco que te
dejé en oro puede llegar aquí, nos hará gran provecho. En la bolsa hay un potro pintado
que es tuyo, que compré solo para ti, y desearía que lo hicieses traer calzado. Polo
conoce bien las bestias de Calibío y Salvador también todas las que puedan servirte
será bien traerlas (calzadas las de silla) porque esa será economía y provecho. Aquí
puedo venderlas en caso de que no se necesiten más. Desespero por saber si sacaste los
papeles y se los entregaste a Chaux. Si ves a lbáñez dile que se venga que esto está
bueno y puede corresponder a nuestras esperanzas. No hay peligro para él saliendo de
Timbío. A Luna id. id. para aunque él ya considero que estará cerca y que lo habrás
hecho auxiliar para venirse. Mis afectos a mis hijos, a mi mamá, y a mis amigos. A Sergio
le escribí antes de ayer a Quito. Sé que pasó bueno. Aunque los caminos están
horribles, opino que debes venirte pronto. Mientras tiene uno su mujer, su madre y sus
hijos expuestos nada puede hacer y a nada puede resolverse. Adiós. Tu amigo, siempre tu
amigo. Julio. P.D. Si, puedes dejar a Esteves con su madre harás muy bien porque
en estas circunstancias, nada puede sino pasar trabajos. P. Data. Se me olvidaba
decirte que me traigas todos mis manuscritos: unos están en el baúl que quedó en el
corredor, otros en mi estudio verde, otros en los cajones de mi mesa. Quizá aquí haré
algo de ellos pues gozaré de tranquilidad. Los libros azules que me regaló Tejada y
cualesquiera otros que quieras traerme; pero las obras de Tácito te las recomiendo mucho.
No me las dejarás. Vale.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 176,
Bogotá, 1º de septiembre de 1975, pp. 3-5.
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