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Joaquín Antonio
Uribe
Para complementar el boceto
autobiográfico del eminente naturalista D. Joaquín Antonio Uribe que se reproduce en
estas páginas hemos de acudir, de modo imprescindible, al estudio del ilustre escritor
Emilio Robledo acerca del personaje que ahora nos ocupa y que precede a la hermosa obra Cuadros
de la naturaleza (Selección Samper Ortega de Literatura Colombiana, vol. 44, Bogotá,
1937).
Emilio Robledo considera justamente a D.
Joaquín Antonio como un "verdadero poeta de la naturaleza" y anota: "Desde
su más tierna infancia tuvo afición a la naturaleza y deseaba arrancarle sus secretos.
Siendo muy niño, permanecía horas enteras observando la marcha ordenada de las hormigas
y deseaba continuamente saber el nombre de las plantas y animales". En cuanto a los
rasgos fisonómicos del célebre educador antioqueño, el mismo Robledo nos dice lo
siguiente:
Don Joaquín Antonio Uribe es hombre de
estatura regular y de complexión robusta. Los semblantes del rostro indican en él un
individuo franco y sin doblez. Su conversación es agradable, y aunque se expresa con
timidez, suele salpimentar sus conceptos con cierta dosis de ironía que se transparenta
muy a menudo en sus escritos.
Como escritor, D. Joaquín Antonio Uribe
colaboró asiduamente en el Repertorio Municipal de Sonsón y fundó y sostuvo a su
costa la hoja periódica llamada Capiro,"que gozó de merecida fama por la
corrección del lenguaje con que se escribía, y por los temas de interés que en ella se
publicaban". De su meritorio patrimonio intelectual contamos las siguientes obras:
Curso compendiado de historia natural (1912), Monografías (1917), Curso
compendiado de geografía universal, Flora sonsonesa, El niño naturalista y Cuadros
de la naturaleza (en tres series: la primera apareció en 1912, la segunda en 1916 y
la tercera en 1920; en 1930 se publicó la edición completa y definitiva). Sin duda
alguna, esta última obra es la más valiosa y que debe considerarse como clásica en la
literatura colombiana. A nuestro juicio escribe Emilio Robledo nada se ha
publicado en el país que supere a Cuadros de la naturaleza.
D. Joaquín Antonio Uribe, poeta en prosa
de la naturaleza, falleció en Medellín el 3 de noviembre de 1935.
El texto autobiográfico que se publica a
continuación lo hemos tomado del Repertorio Histórico, órgano de la Academia
Antioqueña de Historia (Medellín, núm. 138, marzo de 1937) y el es VII de un conjunto
de bocetos biográficos escritos por el mismo D. Joaquín Antonio Uribe sobre sus amigos
Dionisio Hernández, Federico Escobar Isaza, Jesús María Giraldo Duque, Luis Antonio
Vélez, Rubén Puerta y Bonifacio, Vélez.
Boceto autobiográfico
Escribo yo mismo este último rasgo
biográfico, porque estoy seguro de conocerme mejor que lo que pudiera el historiógrafo
más sagaz. Narraré mi vida y milagros con verdad y sencillez como si se tratara de un
prójimo cualquiera, observando los preceptos de la severa Clío. Hablé de milagros
porque en verdad, he hecho algunos, de los cuales el que me ha acreditado de taumaturgo
incomparable es el de no haberme muerto de hambre en 59 años de magisterio en esta
queridísima Colombia donde maestro es sinónimo de paria.
Nací el 28 de septiembre de 1858 en el
lugar que su fundador llamó San José de Espeleta de Sonsón, hijo de Lorenzo Uribe
Botero y Ana Joaquina Villegas. Mi padre fue hijo de Ramón Uribe González, que lo fue de
José Vicente Uribe Echeverri, que lo fue de Francisco Uribe Martínez, que lo fue de
Martín Uribe Lopez de Restrepo, que lo fue de Martín de Uribe Echavarría, español, que
lo fue de Juan de Uribe Echavarría, que lo fue de Francisco de Uribe, vecino del Valle
Real de Lenis, en Guipúzcoa. Conste que esta genealogía no tiene más razón de ser que
aumentar la longitud y latitud de este autoboceto, ya que carece en absoluto de
profundidad. No me ufano de mi origen vizcaíno; si mi primer antepasado conocido, en vez
de ser un labrador vascongado, hubiera sido un cazador maitamá de las orillas del Arma,
no hablara yo con menos respeto de su memoria.
Mis maestros, a quienes, ya hoy anciano,
recuerdo y amo sinceramente, fueron: En Sonsón: Dn. Nicolás Henao Jaramillo, quien me
enseñó a leer, y trazar letras y las cifras numéricas; Dn. Epifanio Botero, con quien
aprendí lo que manda el pensum de las escuelas primarias; Dn. Januario Henao, doctor
José joaquín Jaramillo y Dn. José María Restrepo Maya, con quienes hice todos los
cursos de segunda enseñanza.
En Medellín: Entré en la Escuela Normal
en los primeros días de 1874 y me abonaron varias asignaturas que cursé en Sonsón.
Tuve allí los siguientes profesores: Dn.
Christian Siegert, de Geometría, Francés, Pedagogía, Historia natural e Historia
profana.
Don Gustavo Bothe, de Pedagogía,
Geografía y Aritmética superior.
Dr. Ramón Martínez Benítez, de
Religión.
Dr. Fernando Vélez, de Español.
Dn. Demetrio Viana, de Contabilidad.
Dn. Julio Viteri, de Música.
Dn. Martín Gómez, coronel del
ejército, de ejercicios militares.
Como estudiante fui siempre mediocre,
nunca desaplicado. Mis mermas en cuanto a entendimiento y memoria, las suplía mi
voluntad. Con el esfuerzo constante y la emulación, logré que mis compañeros no me
dejaran a la zaga en la Normal, pues casi todos eran más inteligentes que yo, valga la
verdad.
Desde que obtuve mi diploma [20 de
noviembre de 1875], me di a la enseñanza porque tenía vocación para ella. Creo que
Federico Escobar Isaza, Jesús María Giraldo Duque y yo éramos, de los
"siete", los que teníamos más inclinación al magisterio.
He enseñado cincuenta y nueve años,
así:
Escuela Primaria: Medellín
(1875); Retiro (1876); Salamina (1894 y 95).
Escuela Superior: Rionegro (1891);
Salamina (1893).
Colegios: Sonsón (1879, 1881 a
1890, 1892, 1902 y 1903); Caldas (1917 y 18); Granja de Fontidueño (1920 y 21).
Liceo Antioqueño:
(1907 a
1917).
Lecciones Particulares: los
intermedios en los años anotados hasta hoy.
Dije que me formé con vocación para
institutor. Expondré algunas de mis ideas propias. No es cualquiera maestro, aunque sea
un sabio, como tampoco será poeta un orador, pintor o músico; se necesita para ello un
don especial, emanado de Dios, que no se adquiere leyendo libros de pedagogía o arte de
enseñar. Por estos andurriales hay gentes que ejercen la profesión, siendo incapaces,
atenidos a que han oído mencionar y saben, de memoria nombres como Pestalozzi, Rousseau,
Locke, Campe, etc. No es músico el que oye tocar una sonata de Beethoven; ni poeta el que
sabe recitar una décima de Calderón, ni pintor el que tiene en su casa la reproducción
de un cuadro de Rubens.
Lo que se necesita es amar a los niños y
saber dirigirlos, educarlos, instruirlos. La mujer es siempre mejor institutora que el
hombre, porque Dios le ha confiado la misión de criar a sus hijos.
Y se acabó mi autobiografía. Para
empresa semejante no se necesita sino narrar en lenguaje sencillo todo lo que es verdadero
y de importancia relativa. Así quedará satisfecha la severa Clío, musa de la Historia.
Noticias Culturales, Instituto
Caro y Cuervo, Nº 175,
Bogotá, 1º de agosto de 1975, pp. 25-26.
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