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Jorge Arturo
Delgado
El Dr. Jorge Arturo Delgado, valioso
exponente de las letras colombianas, se distinguió por la elocuencia de su verbo y la
galanura de su pluma. Buen amante de la literatura, cultivó el cuento, la narración, el
teatro y, en especial, la poesía mística. Fueron sus padres el general Didacio Delgado,
de quien heredó la afición por las armas, y doña María Antonia Berbeo, quien le
transmitió el carácter bondadoso y efusivo. Para mejor apreciar su altura intelectual,
nos permitimos transcribir lo que con tanta autoridad expresa el P. José J. Ortega Torres
en su Historia de la literatura colombiana. (Bogotá, 1935).
Este ilustrado presbítero bogotano,
doctor en filosofía y letras, título que obtuvo con la erudita tesis Fernán
Caballero y la novela española, se ha distinguido como orador y poeta. Como orador
sagrado, tiene gran fama por su fácil elocuencia y el estilo florido y brillante con que
reviste la doctrina. Además de muchísimos sermones y panegíricos, predicados en más de
veinticinco años de vida sacerdotal, ha pronunciado, siguiendo las huellas de los
maestros, las oraciones fúnebres de los próceres Caycedo y Cuero, y Ricaurte, de Pío X,
del padre Antonio Aime, salesiano, de Bolívar, de los próceres de la Independencia, y
otras, así como también muchas conferencias y discursos académicos. Ha colaborado en
diversas revistas y periódicos del país. Como poeta, el doctor Delgado se muestra
fecundo, inspirado y armonioso. Varias son las composiciones que ha publicado, y guarda
otras inéditas. Sus versos son fáciles y, por lo general, correctos, llenos de imágenes
y figuras, lo mismo en obras de aliento, como los poemas: La canción centenaria, Miles
Christi y el cuadro dramático Apoteosis de Colombia, como en poesías más
breves... Ha escrito también cuentos, narraciones, necrologías, relaciones de viajes, un
ensayo de zarzuela de costumbres bogotanas y artículos literarios.
Por nuestra parte, en la investigación
en torno al Dr. Delgado, hemos conseguido interesantes informaciones. Hizo sus estudios en
el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, donde obtuvo el título de Bachiller en
1899, la alta distinción de Colegial de Número y el diploma de Doctor en Filosofía y
Letras, el 6 de febrero de 1905, con una erudita tesis sobre los orígenes de la novela de
costumbres en España.
En este mismo Colegio desempeñó la
cátedra de latín y el puesto de primer Inspector, durante dos años, cargos de los
cuales presentó renuncia el mismo día del doctorado, por tener que ausentarse del
Claustro Rosarista para matricularse, como alumno interno, de Sagrada Teología, en el
Seminario Conciliar de Bogotá.
Durante el último año de estudios en el
Rosario, el Dr. Delgado participó en dos concursos con temas propuestos por el Rector: un
cuento con el mote ¿Cómo se graduó? y un romance sobre la fundación de Bogotá.
En el primer concurso el Dr. Delgado obtuvo el accesit con el cuento firmado con el
seudónimo Paladín de Palestina y en el segundo mereció el premio con el romance
firmado con el seudónimo Conquistador.
El 28 de octubre de 1908 recibió la
ordenación sacerdotal de manos del Ilmo. Sr. Bernardo Herrera Restrepo, arzobispo de
Bogotá, y luego fue designado cura párroco de Bosa, en las cercanías de esta capital.
Posteriormente, fue secretario del Ilmo. Sr. Leonidas Medina, obispo de Pasto, cargo que
ocupó hasta 1916; en esta diócesis tomó parte muy activa en los preparativos del Primer
Congreso Eucarístico Nacional de Colombia, celebrado en enero de 1914, en Bogotá. De
toda su actuación y contribución intelectual nos dan cuenta las páginas del número
extraordinario de la Revista Católica (Pasto, febrero de 1914), publicado con
motivo del mencionado Congreso Eucarístico. En dicha revista (págs. 275-314) aparecen
las siguientes colaboraciones del Dr. Delgado: Institución de la Sagrada Eucaristía,
Querellas Eucarísticas y Eucarísticas, en verso; y El desarrollo armónico del hombre y
la Sagrada Eucaristía, en prosa, escrito que dedicó a su "inolvidable maestro y
amigo el señor doctor don Rafael María Carrasquilla". Además de lo anterior, el
Dr. Delgado publicó su Oración laudatoria del capitán don Antonio Ricaurte y Lozano
(Pasto, Imp. del Departamento, 1914) pronunciada en la catedral de Pasto el 25 de marzo de
1914 con motivo del primer centenario del sacrificio de San Mateo.
En ejercicio de su ministerio sacerdotal
el Dr. Delgado fue párroco de Mesitas del Colegio, Tena y Pasca, en el departamento de
Cundinamarca; vicario cooperador de la parroquia de Las Aguas, de Bogotá y de Fusagasugá
(Cundinamarca), y por varios años capellán del panóptico o penitenciaría central en
esta ciudad. De la parroquia de Pasca tomó posesión el 15 de marzo de 1936 y estuvo en
ella hasta el 27 de enero de 1941.
Algunos de los datos consignados
anteriormente los hemos obtenido por gentil atención del P. José J. Ortega Torres,
mediante comunicación enviada desde Cartagena el 2 de abril del presente año. Allí
también nos recuerda que el Dr. Delgado fue un orador de forma y acción brillantísimas;
que gozó siempre del aprecio de la sociedad bogotana, y que monseñor Rafael María
Carrasquilla, rector del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, lo estimó en sumo
grado. "Su conversación anota finalmente el P. Ortega Torres estaba
llena de anécdotas y relatos chispeantes. Recuerdo varios diálogos suyos con Luis María
Mora y Jorge Bayona Posada, dignos de haber sido conservados en grabadoras, y que habrían
prohijado gustosos Maquiavelo y Bocaccio".
Réstanos decir que el Dr. Jorge Arturo
Delgado fue fundador de la Sociedad Arboleda, en asocio de Arturo Arboleda, Jorge Bayona
Posada, Rafael Escobar Roa, Fídolo González Camargo, Luis Carlos Páez, José Manuel
Pinzón, Darío Rozo, Ignacio M. Sánchez y Emilio Suárez Murillo. Este célebre
cenáculo literario se fundó el 28 de septiembre de 1902 y duró hasta fines de 1917.
Colaboró en la Revista del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario; en la
revista Letras, órgano de la mencionada Socieded Arboleda, y, especialmente, en
revistas de carácter eclesiástico. Algunas de sus poesías, además de las que
aparecieron en la Revista Católica de Pasto, arriba citada, se hallan publicadas
en la Historia de la literatura colombiana del P. Ortega, en
el volumen 86 de la Selección Samper Ortega de Literatura Colombiana, en la obra
del P. Félix A. Ruiz, Jesucristo en la literatura colombiana (Medellín, Tip.
Bedout, 1935), y en varios números de la revista Letras.Merecen recordarse las
siguientes composiciones: Postal, El monje, Plegaria (a la Bordadita), Oración
del romero (dedicada a la Virgen de Las Lajas), Año nuevo, año viejo, Sor Piedad,
Los niños, Sor Sacrificio, A Santa Teresa, Vanidad de vanidades, El primer viático en
aeroplano y el hermoso soneto Villancico.
Según dato que nos ha suministrado
géntilmente el Dr. Jaime Hincapié Santa María, actual Párroco de Pasca, en el Teatro
de Colón de Bogotá se representó un drama del Dr. Delgado sobre El Dorado o Lázaro
Fonte.
El Dr. Jorge Arturo Delgado era capellán
de la clínica de Doima y encargado de la capilla de San Javier (Cundinamarca), cuando
falleció, muy decaído y solo, en el lugar antes nombrado, el 8 de diciembre de 1949, a
los sesenta y nueve años de edad.
El documento autobiográfico que hoy
damos a conocer por primera vez, hace parte del archivo de la referida Sociedad Arboleda,
que se conserva en el Instituto Caro y Cuervo y que fue obsequiado por la señora Helena
Largacha de Jiménez (véanse Noticias Culturales, núm. 64, 1º de mayo de 1966).
El texto manuscrito de la autobiografía que se reproduce a continuación fue descifrado
por la señora Carmenza Quimbaya de Pérez Silva.
Autobiografía
Prefacio
No es mi intento escribir una detallada
biografía, ya que tal trabajo requiere, como condición necesaria, vida y apenas
ha corrido un tercio de la mía, a juzgar por la generalidad de las vidas; ora porque tal
empresa requiere dotes y tiempo, mas aquellas no me bastan y éste me falta. Tan sólo en
cumplimiento de un deber, presento este mal pergeñado boceto esperando indulgencia tanto
por mi reconocida incapacidad como por ser nuevo para mi tan delicado género.
Mas como debe ser completo, hasta donde
sea posible he trazado, aunque a grandes rasgos mi personalidad humana, con sus
cualidades y defectos. Mas como aquéllas sean poquísimas y éstos muy abundantes, alzo
apenas el velo, pues hombre soy y me es difícil desprenderme de la naturaleza,
flaca por demás.
Delicada y penosa es la tarea de
historiador y crítico, ¿cuánto más siendo uno mismo materia y autor? Con todo,
trataré de cumplir honradamente con esta labor.
Recibid, pues, jóvenes colegas, este
modesto ensayo, como muestra del cariño sincero que os profeso, y del interés vivísimo
que me anima en favor de tan querida y útil sociedad.
Dicho lo que precede entro en materia.
CAPITULO I
Vine al mundo en virtud de una ley
inmutable de la cual no está excluido ningún mortal, nacido de mujer; y abrí los ojos a
la luz del día, a los veintiuno del mes de abril del año de gracia de 1880, en una casa
alta del barrio de Santa Bárbara, en esta coronada Villa del Aguila negra, hoy Bogotá.
Fueron mis legítimos padres el Sr.
general Didacio R. Delgado, natural de Cali, y la señora doña María A. B. de Delgado,
oriunda del valle de Neiva. Por la línea paterna desciendo del capitán Juan Mª Delgado,
de las milicias del Rey de España; y por parte de madre, del capitán Gral. de los
Comuneros D. Juan Francisco Berbeo. De modo que corre por mis venas, al par de la sangre
blanda y apacible de los hijos del "Valle de María", la fogosa de los ardientes
moradores del Tolima. Y unida con la azul de los hispanos, la limpia de los hijos de la
tierra.
Mi retrato físico, al presente, es como
sigue: pequeño, casi microscópico a decir verdad, a pesar de mis veintitrés abriles.
Cargado de espaldas, blanco, frente ancha y despejada, facciones marcadas, cabello
onduloso, ojos carmelitos y maliciosos, al decir de algunos, boca pequeña sombreada por
incipientes bigotes, de buen porte, y por el favor de Dios, de agradable talante, con
salvedad de la modestia. Mi persona moral me preocupa más que la física, pues anda allí
tan mezclado lo bueno y lo malo, que es tarea ardua atinar dónde se halla lo uno y
dónde lo otro. Con todo, no habiendo ser es absolutamente malos, ni totalmente buenos,
he aquí cuanto alcanzo a barruntar.
Fondo bueno; costumbres sanas aunque en
la parte truhanesca que compete a mis años y pasiones, que en verdad sea dicho, son
fuertes. Sólida educación moral y religiosa. Carácter bondadoso, aunque por lo mismo
débil y ligero. Temperamento linfático nervioso que excita en mí naturalmente tendencias
melancólicas y pesimistas. Apasionado por lo bello, en cualquier forma que lo encuentre;
y un tanto susceptible y orgulloso. Por la gracia de Dios no soy negado, aunque
ingenuamente confieso que no soy un genio, ni muchísimo menos. Tampoco un Pico de la
Mirándola, pero no del todo me falta la memoria. Poco o nada erudito aunque instintivamente
inclinado al estudio. En fin un joven de esperanzas y pata.
Mi infancia, como la de la mayor parte de
los colombianos, fue tranquila pero oscura, pues la casa solariega, modesta desde
las más remotas generaciones, se trasmitió casi lo mismo de padres a hijos, salvo cortos
períodos de aumento, y otros más numerosos de mengua en los haberes, ya por malos
manejos de la hacienda, ya a causa de nuestros saqueos políticos. Así, pues, según lo
que dejó apuntado, no fueron mis primeros años días de vida regalada; máxime cuando a
lo dicho vino a unirse la temprana muerte de mi padre; que por ser conocida de casi todos
por una parte, y traer dolores muy profundos a mi memoria por otra, no relato.
Merced a los esfuerzos de mi madre, en
cuyo regazo aprendí a orar y a leer, fui colocado en la escuela, donde con palmeta en
mano aprendí los rudimentos de los diversos departamentos científicos, que años más
tarde debía explorar de nuevo. Crecido que hube, y capaz ya de hacer el curso preparatorio,
tomé matrícula como externo en el Colegio de "Colón", a órdenes de D.
Víctor Mallarino. Seguí allí el curso escolar durante los años de 1893 y 94 con las
alternativas propias del estudiante. Allí, bajo la férula de estólidos pasantes, pasé
dos años larguísimos, sin ganar más que las buenas lecciones de urbanidad y
práctica cristiana, dadas por el citado rector.
Por una feliz inspiración me hice
matricular en el Rosario como externo, el año de 1895, después de nuestro trastorno
político de aquella fecha, en la cual, por favor del cielo, no tomé parte.
Tan pronto como mis plantas pisaron los
claustros de aquel Colegio dos veces secular, un nuevo espíritu informó mi vida. Las
sabias lecciones de su ilustre Rector, su genial bondad, su corazón de padre, dieron
rumbo a mis ideas, desarrollando en mí el amor a las letras clásicas, alma máter de
tan venerando plantel. Poco después fui admitido como Oficial; y según lo
previenen las sabias constituciones del fundador, serví la sacristía en cambio de la
merced concedida, puesto que desempeñé por dos años escolares.
En el año de 1897, más entrado en años
y con mayor acopio de juicio, vestí "la beca de Colegial de Número" de tan
ilustre instituto. Ya entregado a serios estudios, cambiado de niño en joven, y sobre
todo apoyado por mi ilustre bienhechor, vislumbré un nuevo panorama, descubrí más
amplios horizontes. Y ya, fuera de mi madre y de mis mecenas, aparecen en el cielo de mi
vida dos astros más: la amistad y la poesía. Allí, al calor del hogar estudiantil,
nacieron aquellas deidades. Mas, para buscar el origen es necesario retroceder unos años.
En el año de 1896 entró al Colegio el que más tarde debía compartir conmigo penas y
placeres, triunfos y decepciones. Andando los días vino a ser mi compañero, mi amigo, en
fin, mi fidus achates, Rafael Escobar Roa; tal su nombre. A su contacto, como brota
frutos la tierra al beso primaveral, surgieron en mi alma los primeros gérmenes de la
poesía; los primeros brotes de un nuevo astro, es decir, el amor. Rafael me inició en la
ciencia delicada de la poesía; espíritu inteligente, despertó en mi alma un mundo
adormecido, que palpitaba vigorosamente debajo de aquella entonces delicada envoltura. En
aquellos inolvidables claustros dejamos volar el alma por nuevos y desconocidos espacios.
Menor que yo, pero mejor dotado y con mayor visión intelectiva, vislumbró el Parnaso; y
a la manera de Mentor emprendió hacia allá su marcha, conduciéndome de la mano. Pero
yo, fácil es comprenderlo, quedeme en mitad del camino, en tanto que él, caballero en el
Pegaso, llegó a las puertas de la augusta mansión de las musas, recogiendo el merecido
ramo apolíneo.
La poesía, sin embargo, tiene por
antecedente el amor, y mi lira tenía cuerdas aptas para ello. Canté entonces con
inspiración naciente, pero con el fuego y el candor de un joven de 15 años. Las poesías
de aquella época, eróticas o descriptivas, son malas, casi pésimas. Pero
sinceras, originales, sentidas. Al decir de una célebre escritora, "el amor, que es
una historia en la vida de la mujer, es un episodio en la del hombre". Con todo, no
creo en la existencia de muchos amores. El amor es uno, como es una su fuente,
aunque sí se nos manifiesta bajo múltiples formas. En mi vida de amante hay páginas muy
bellas, y entre éstas, dos, que por su alta estima dejo en blanco. Ellas duermen en el
corazón.
Aparte de estas dos momentáneas
aproximaciones del ideal, y del sagrado amor materno, he sentido amor, mejor diré,
me ha parecido hallarlo, ya en una morena guapa, de negros ojos y andar de diosa, ya en
"una rubia soñadora", de ojos dulces y alma de cielo. Pero ellas no
fueron sino símbolos de ese ideal que busco y se me esconde. Hoy por hoy, y con el
mismo amor que sentí por la morena y la rubia, amo los libros y en ellos bebo lo que
ellas ya no escancian para mí. En ellos descubro nuevos rumbos, y tras el velo negro de
la ignorancia, descubro un nuevo cielo, donde, en región de luz, flota esa virgen de mis
sueños, Ella.
Estos cinco años pasados en los
claustros del Rosario, forman la página más bella de mi existencia asaz voluble y de mi
suerte un tanto ingrata.
CAPITULO II
Estalló la nefanda guerra del año 1899,
y con 19 años a cuestas, tomé servicio en las fuerzas legitimistas a órdenes del Gral.
Henrique de Narváez como Sgto. 1º del Escuadrón 1º de Bogotá. Hecho más tarde
alférez del citado cuerpo, asistí a una expedición bélica sobre Une. Más tarde estuve
en Villeta con el fin de custodiar el cuantioso parque, que en esos días debía ser
conducido a la capital. En marzo de 1900 fui enrolado con otros camaradas en el batallón
2º de Granaderos, y después de servir en la capital por más de un mes las guardias de
plaza, en calidad de Teniente Ayudante, salí por fin a hacer una campaña verdadera. No
entraré en detalles, pues, sobre inútiles, son enojosos.
A órdenes del Gral. Salgar hice las
campañas del Tolima, Cundinamarca y parte de la del Cauca. Estuve en varios hechos de
armas sufriendo las penalidades que éstos traen consigo, y corriendo los peligros que son
propios de tales empresas.
Durante los meses de campaña fui
ascendido primero a Capitán y luego a Sgto. Mayor, grado en que me fosilicé, por
la gracia de Dios.
Enfermo y fatigado dejé el servicio, y
con mis letras de cuartel torné al suelo patrio, después de un año, o poco menos, de
ausencia.
En este año (1901) formé parte de la
"Sociedad Bécquer", en la cual ocupé el delicado cargo de tesorero. En ella
emprendí una nueva campaña, no menos dura, pero sí más hermosa que la de nuestras
vandálicas guerras fratricidas. La campaña del periodismo: agosto de 1901. El Fénix fue
mi lisa, y si no salí bien librado, al menos me hice conocer. En 1902 marché a Chocontá
como secretario del Prefecto, puesto que desempeñé hasta mediados del año. En junio
regresé a Bogotá, y al par de subjefe de una oficina del ramo de correos, seguí como
externo el curso escolar, en el restaurado claustro rosarista. En agosto del mismo año
colaboré en La Idea, último esfuerzo periodístico de la inolvidable
"Sociedad G.A. Bécquer". En octubre del año citado fui inscrito en el rol de
los miembros de la [Sociedad] "Arboleda", honor que tengo en alta estima, siendo
al presente miembro activo de dicha corporación. En noviembre del año en cuestión,
recité públicamente en desempeño de comisión que se me confió por la Sociedad,
en el Salón de Grados.
Pasé los asuetos de tal año en una
finca de la Sabana, sin que me ocurriese nada digno de mención. En febrero del presente
año (1903), como representante de la ilustre Sociedad, mentada atrás, recité por
segunda vez en el parque de Santander, con motivo de un meeting organizado en favor
"de la santa infancia". El 15 de febrero torné de nuevo a los inolvidables
claustros del Rosario, a fin de oír leer las lecciones de último año del doctorado de
filosofía y letras.
Y al presente, en verdad sea dicho,
debido a mi consagración al estudio, no solamente tengo el alto honor de contarme entre
los hijos del Rosario, sino que desempeño los honrosos cargos de primer inspector de
internos y profesor de primer año de latinidad.
Hasta aquí lo que ha corrido de mi
existencia; lo que está por venir sábelo Dios. Quiera El depararme algo bueno, aunque de
ante mano acato su sacra voluntad. Allá, muy lejos, bajo un velo oscuro, vislumbro el
resplandor desvanecido de otra aurora. ¿Abrirá un nuevo día para mí? ¡Quién
sabe! Empero, sigo sin trepidar mi viaje. ¡Excelsior!
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