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Rafael
Pombo
Rafael Pombo, sin discusión alguna y
para orgullo de las letras colombianas, es uno de los poetas más grandes, fecundos y
originales con que cuenta la lengua castellana. Como un caso excepcional, comenzó a
escribir versos desde su niñez y compuso los últimos, con pleno goce de las facultades
mentales, en vísperas de su muerte ocurrida en Bogotá el 5 de mayo de 1912.
Para dar una cabal idea de los dones que
atesoró este supremo artífice de la creación poética es oportuno hacerlo con la
siguiente apreciación, por demás sucinta y acertada, que consigna el P. José J. Ortega
Torres en su valiosa antología Poesía colombiana (Bogotá, 1942) cuando trata de
Pombo:
Rindió primero culto a la escuela
romántica, entonces en boga, pero después supo llegar en algunas de sus obras a la
serenidad clásica. Su popularidad fue inmensa. El 20 de agosto de 1905 fue coronado
solemnemente en el teatro de Colón, de Bogotá, como altísimo poeta. Tuvo en grado sumo
las cualidades que los preceptistas enumeran como características del vate perfecto:
inspiración elevada, hondo sentimiento, entusiasmo no apagado ni por el frío de los
años, imaginación viva y juicio estético bien formado. Es uno de los poetas más
fecundos de las letras universales. Cultivó todos los géneros, desde la alta oda hasta
el diminuto epigrama; rimó para los niños fábulas y cuentos que lo ponen en primera
línea entre los poetas festivos, y escribió sentidas elegías; entonó himnos a Dios y a
la patria, y quemó incienso ante la imagen de Eros, en cantos llenos de fuerza y
vibrantes de ideas. Escribió en todos los metros; ya envolvía su inspiración en los
amplios ropajes de la silva, o la encerraba en los renglones de una décima, y cinceló
cuartetos y sonetos admirables. Es verdad que a veces se encuentran en su producción, y
hasta en sus obras mayores, versos incorrectos, lamentables prosaísmos y extravagancias;
pero estas sombras hacen resaltar mejor las bellezas del conjunto. Es sorprendente su
originalidad; y cuando canta a la naturaleza, es casi insuperable y tiene pensamientos que
rayan en lo sublime. Cantó nuestras costumbres y fiestas populares, nuestras leyendas y
tradiciones, y creó figuras imperecederas. Fue un poeta creyente; en sus poesías palpita
siempre un fondo religioso, a pesar de su Hora de tinieblas, brote solitario de
desilusión y pesimismo. Amó el arte en todas sus manifestaciones, y en sus estrofas
palpita íntegra el alma de Colombia; es el poeta de la niñez y de la juventud, de la
ancianidad, de la religión, de la patria.
Mucho se ha escrito, aquí y en otras
partes, sobre Rafael Pombo, "uno de los poetas líricos de más originalidad y fuerza
que tenemos", como lo dijo en su época D. Miguel Antonio Caro. Sin embargo, entre la
multitud de escritos publicados en torno al eminente bardo bogotano, resulta
imprescindible mencionar las páginas medulares del maestro Antonio Gómez Restrepo que
bajo el título de Estudio preliminar aparecen en el primer volumen de la obra
Poesías de Rafael Pombo (Bogotá, Imprenta Nacional, 1916).
Rafael Pombo, además de su vasta
producción poética, periodística y epistolar, fue muy dado a escribir páginas
autobiográficas en forma de diario y apuntaciones esporádicas. En la primera
manifestación tenemos el denominado Diario de mil curiosidades para su propio dueño
que lo es verdaderamente el señor Licenciado en Bellas Letras J. Rafael de Pombo,
seminarista que fue en la ciudad de Bogotá año 1845; el extenso e intenso Diario,
escrito en Nueva York entre los años de 1855 y 1856, y el titulado Diario íntimo de
Rafael Pombo. Los dos primeros se conservan inéditos en el correspondiente archivo de
Pombo, hoy de propiedad de la Academia Colombiana; y el tercero, de manera fragmentaria,
se publicó en El Nuevo Tiempo Literario de Bogotá, en cuatro entregas (septiembre
28 y octubre 12, 19 y 26 de 1913, respectivamente).
El Diario, iniciado en Nueva York
el día viernes 3 de agosto de 1855 y escrito con letra casi microscópica, comienza de
este modo:
Quiero dejar, para mí solo, alguna
huella de mis pasos; ir soltando en pos de mí un hilo por el cual pueda más tarde volver
atrás y pasear sin perderme en el laberinto de los recuerdos. Una cosa así es esto de
llevar diario: tiene la ventaja de hacerle después creer a uno que ha vivido, cuando en
realidad no ha hecho más que dejarse ir, resbalar como una ola entre los abismos del mar
y de la noche. Durante los dos años de 51 y 52 llevé también diario, y luego su lectura
me produjo tanta tristeza que no pude menos de quemarlo y renunciar a seguirlo llevando;
eran 730 días, 730 proyectos, 730 deseos y 730 olvidos, imposibles y desengaños. Ahora
nada puedo desear, nada puedo proyectar: ya tengo una plena conciencia de mi inutilidad
para la vida práctica y ningún nuevo desengaño me ha de proporcionar esta fútil tarea.
La emprendo pues, a falta de otra cosa mejor.
Aparte de los diarios mencionados, los
originales de las páginas que ahora reproducimos bajo el título de Apuntaciones
autobiográficas, o sea la otra forma empleada por el autor, también se conservan en
el referido archivo de Rafael Pombo. Estos manuscritos que por primera vez se publican en
su integridad, constan de trece hojas sueltas; tres de ellas, que corresponden a un libro
de contabilidad de regular tamaño, están escritas con tinta negra, y las restantes, de
tamaño carta, aparecen escritas con tinta de color morado. De todas estas hojas, cinco
fueron escritas por un solo lado y las otras, por ambos lados. Como se puede apreciar en
la página facsimilar que aquí se reproduce, la letra de Pombo es sumamente intrincada, a
veces ininteligible, y además emplea frecuentes tachaduras o enmendaduras,
entrerrenglonaduras y abreviaturas, circunstancias que dificultan la lectura corriente de
sus producciones.
Los textos de dichas Apuntaciones
que hemos separado con números romanos corresponden a diversas épocas, con la anotación
de que el tercero fue elaborado, creemos, a solicitud de D. Isidoro Laverde Amaya para su
libro Apuntes sobre bibliografía colombiana (Bogotá, 1882). Así se desprende de
la lectura del respectivo boceto biográfico de Pombo (pp. 197-206).
El citado D. Isidoro Laverde Amaya, en su
libro Fisonomías literarias de colombianos (Curazao, 1890), nos da a conocer al
inspirado cantor de Noche de diciembre en esta afortunada síntesis:
Espíritu superior encerrado en cuerpo
débil; alma luminosa que acoge con increíble afán cuanto bueno y aprovechable elemento
encuentra en la informe organización social nuestra; genio excéntrico, inclinado a
buscar ideales extraños; tendencia espontáneamente artística que se acentúa hasta en
pormenores para otros inadvertidos; instinto secreto para determinar la verdadera forma
poética y en su estilo un sabor deleitable de dulce intimidad que da mayor holgura y
lucidez a sus arranques líricos, son condiciones o fases tan marcadas en él, que ninguno
pretendería negarlas.
Para mejor ilustración acerca del
polifacético personaje de quien nos ocupamos, cabe agregar que el Instituto Caro y Cuervo
ha publicado las siguientes obras: Biografía y bibliografía de Rafael Pombo
(Bogotá, 1965) por Héctor H. Orjuela; Poesía inédita y olvidada de Rafael Pombo
(Bogotá, 1970, 2 vols.), edición, introducción y notas por Héctor H. Orjuela; Epistolario
de Angel y Rufino José Cuervo con Rafael Pombo (Bogotá, 1974), edición,
introducción y notas de Mario Germán Romero, y La obra poética de Rafael Pombo
(Bogotá, 1975) por Héctor H. Orjuela.
Tanto Héctor H. Orjuela, en su
interesante y bien documentado ensayo biográfico, como Mario Germán Romero, en la
erudita Introducción del citado Epistolario, transcriben breves apartes de
algunas de las fuentes autobiográficas a que nos hemos referido, documentales de las que
emerge en toda su plenitud intelectual y humana la personalidad genial, apasionada y
apasionante de Rafael Pombo.
Réstanos consignar nuestro
reconocimiento al Dr. Manuel José Forero, ilustre académico y bibliotecario de la
Academia Colombiana, quien gentilmente nos facilitó los manuscritos de las inéditas y
curiosas Apuntaciones autobiográficas que, como una verdadera primicia, se
reproducen a continuación. Sus respectivos textos fueron, descifrados por la señora
Carmenza Quimbaya de Pérez Silva.
Apuntaciones autobiográficas
I. Introducción
Tiene el lector en sus manos uno de los
cuadernos en que he ido reuniendo mis composiciones; éste, que será el vigésimo que he
formado en mi vida con tal objeto, comprende algunas de 1849, siendo la mayor parte de
1850 y 1851, contemporáneas con él, copiadas en el acto de concluidas, y corregidas o
hechas aquí mismo en borrador. Ningún método se observa en esta colección que pudiera
ser mucho más abultada si en el número consistiese, como alguien muestra creer, la
poesía bien podía haber añadido unas 50 composiciones de 1849 y las de los años
anteriores desde 1843 que también son muy numerosas a pesar de ser muy poco lo que
conservo respecto de lo perdido o quemado, que debía ser la suerte de todas ellas; pero
aquello sería fatigar al lector con disparates o banalidades confundiéndole las últimas
que siquiera han sido hechas con más meditación y después de leer cuidadosamente los
principios y de formar una idea menos errada sobre el bueno y mal gusto y sobre la belleza
de la sencillez.
La mayor parte de las que aquí he
reunido son historias para mí, hechas bajo impresiones reales, no afectadas, y siquiera
están limpias, a lo que creo, de aquel bombástico y escandaloso romanticismo de
hojarasca que ha cundido tanto de 20 años a esta parte en los que dedican a hacer versos
algunos ratos de ociosidad.
También podrían estas hojas ser mucho
más numerosas si estuviese en mí concluir cosas empezadas en días anteriores, o seguir
una cuando ha cansado, perdido el atractivo de la inconstancia, la novedad; no estando en
ambos casos bajo la impresión que me puso la pluma en las manos, y fuera de la cual nada
es original, nada puede resultar sino una serie de versos sin sentimiento, zurcidos en
todos estilos, como por una máquina privada de sensibilidad.
Aprovecho esta ocasión para recordar
algo de mi carrera poética, ya que ella ha robado tanto tiempo a mis ocupaciones, ya que
ha sido la más inocente y dulce distracción que he encontrado en los diecisiete años
que cuento de existencia. Ella ha ido perteneciendo, se puede decir, a diferentes
escuelas, a diferentes géneros; ha ido variando con las épocas, con los meses y aún con
los días, con las poesías que llegaban a mis manos, con cada autor que me deleitase por
sus ideas, por su expresión, por sus novedades; antipatizando yo muchas veces a la
primera línea que leía con poetas aquí acreditados.
Soy, desde que nací, poco sensible bajo
un aspecto, excesivamente sensible e impresionable bajo otro y desde mis primeros años
manifesté ansia de leer y escribir, siendo regularmente mis diversiones diferentes de lo
que debían ser para mi edad y según lo que veía en los muchachos con quienes me reunía
diariamente. Acaso yo debía llorar por sus malos efectos esta precoz inclinación...
Aprendí a leer en las obras de Iriarte e
Isla y desde entonces comenzaron a deleitarme los versos oyendo con sumo placer repetir
esta clase de composiciones. A los ocho años sabía leer y escribir, edad desde la cual
intenté hacer versos, empleando algún tiempo todos los días en leer las obras de
poesía que encontraba a la mano: en 1843 ya hice composiciones que tuviesen alguna forma
(conservo algunas de ese año), y todas ellas, hasta 1845, fueron de un gusto enteramente
frío y clásico tomado de Lope de Vega y Jáuregui. Lo que sí arreglé desde que
aprendí a leer fue el oído prosódico y tal vez nunca me quedó un verso largo o corto
con demasía y sin disculpa. En 1845, aplicado a la lectura de Zorrilla, Hartzenbusch,
Maitín y otros, hice ya versos que fuesen tolerables, iba tomando un gusto más
sentimental, como lo muestran, entre otros, tres que conservo: Tempestad en
quintillas de octómetros y dos romances, El coronel Montoya y D. Pablo Morillo,
que agradaron a quienes los leí.
En 1847, estudiando yo primer año de
filosofía en el Colegio del Rosario, se estableció entre los estudiantes una polémica
de periódicos: yo y un amigo mío redactamos uno, El Tomista,en donde conservo
bastantes composiciones mías. Una de ellas, El tulipán, fácil en verdad, y otra
en catorzómetros, Tempestad, fueron destinadas a La Guirnalda, publicación
de aficionados; en 1848, desistida esta empresa, quedaron ambas composiciones destinadas
por el Sr. José Joaquín Ortiz al Parnaso Granadino, cuyo 2º tomo no apareció;
era una bonita idea, no consistía en novenas, debía pues fracasar aquí.
Un cuaderno que a duras penas conservo
contiene toda mi poesía de 1848 y 1849; rara cosa buena hay allí, sobran imitaciones y
simplezas, pero todo lleva ya un sello enteramente libre; deleitado con su estilo, tomé
por modelo sucesivamente a José Eusebio Caro, Julio Arboleda, Lamartine, Byron, Saavedra,
Mora, Espronceda, Hartzenbusch y otros poetas de merecido renombre, rechazando siempre a
Salvador Bermúdez de Castro (ídolo aquí, pero ya con socavados altares) por su estilo
pedante y su lujosa ostentación de palabras, sin novedad ni filosofía en las ideas ni
sencillez en la expresión; pero como, según el bachiller Carrasco de Cervantes, "no
hay libro tan malo que no tenga algo bueno", admiro a Bermúdez cuando pinta la
beneficencia de Dios, cuando hace una sublime exposición de las palabras del Redentor
muriendo, cuando su ojo sigue la carrera del árabe, rey del desierto... en fin, cuando
exclama dirigiéndose al impío:
-
No niegas al Dios que mata,
-
Y al Dios que fecunda, sí.
Así como Espronceda, el Byron español,
está sustituyendo en la opinión, preferencia del público, a Bermúdez de Castro, así
Bermúdez de Castro sustituyó a Zorrilla, y hoy se acostumbra decir: "en Zorrilla no
hay una idea; ese charlatán no vale una trasnochada", cuando él es el más fácil y
el más nacional poeta español, acertado y fecundo en las descripciones, rico y
atrevidamente original en la expresión, simpático en sus cuadros. El público, al fin pueblo,
siempre jugó según sus caprichos o sus maeses Pedros con sus ídolos de ayer, acaso para
volver mañana a exponerlos en triunfo a algunos de los jóvenes poetas de hoy que se
llaman románticos, declamadores de imitación, creo parecer clásico,
frío, impopular: bien se ve que ellos necesitan juez y no pueden aún aspirar a jueces.
Yo podría decir como Horacio:
... cum mea nemo
scripta legat vulgo recitare timentis ob
hanc rem, quod sunt quos genus hoc minime juvat, utpote plures culpari dignos...1
Me vanaglorio de que mis composiciones no
se parezcan a las de ellos; siquiera por esto tendrán alguna novedad. ¿Quién dejará de
reír al estúpido desprecio con que uno de tales bardos arroje al tomarle en sus manos al
Orlando Furioso o a nuestro Martínez de la Rosa? ¿Esto no los caracteriza? Pues bien,
sean ellos mis Aristarcos y me serían alabanzas sus risas, triunfos sus burlas y
vituperios; si es que son tan sobrenaturales que no se atreven a reflexionar que así como
yo lo puedo, pueden ellos estar equivocados. Esto sería principio de avenirnos al campo
del razonamiento. Yo no creo merecer el nombre de poeta, y me juzgo así habiendo
hecho estudios serios de poesía: tengo algo de buen gusto, facilidad para lo que se llama
el sublime, para la sencillez en general y para la imitación de la expresión,
descuidando pocas veces su concordancia con la idea: he aquí las únicas cualidades que
me reconozco, dando al escribirlas un cuchillo para que me corten por ser muy difícil la
versificación me es dificultosa y aunque sé que su facilidad no es cualidad de poeta
y fuese ímprobo trabajo, o gracia, al Ariosto avanzar una estrofa en su poema. Yo
necesito muchas veces buscar las ideas, otras las dejo vagas, comprensibles sólo para mí
o las lleno con ripios y en ocasiones tengo de acudir a expresiones y pensamientos
trillados. Si pido a mi cabeza una comparación, vendrá, pero ellas no acostumbran
visitarme por su voluntad; siquiera no corro riesgo de apilonar, como Bermúdez de Castro
en "Su canto a Laura"
(sic), símiles de uno o dos por verso, la mayor parte ridículos, viejos o
amanerados.
Nadie podría decir cuál es mi estilo,
porque no lo tengo, o de tenerlo, no es el estilo que se estila; soy en esto
como en otras cosas. Tan dócil es mi escribir que a cada cosa que con deleite leo, lo que
hago después, será imitando su estilo: he aquí pues una comprobación de que no soy genio,
de que no soy poeta,de que no soy clásico ni romántico, si es que alguno de mis
calificadores tiene la bondad de deslindarme esas dos especies, en dos palabras tornasoladas
y elásticas, como dice Ancízar (Manuel) con tanta donosura.
Me parece que yo no lo hago muy mal en el
estilo natural, esto es, en el de Mora; pero tocando a veces en extremos o le
arrastro con familiaridades demasiado bajas, o, lo que es peor, le subo la cuerda más de
lo necesario. Difuso muchas veces, como en mi leyenda El mejor amigo,no concluida,
pero peco por lacónico. Mis ideas sobre poesía y mi gusto en cuanto a poetas pueden
verse consignados en el No. (mayo de 1850) de La República, periódico de
Cartagena, en juicio del Sr. José Eusebio Caro, en los números (782) y (?)2 de El
Día y de El Filotémico, artículos Periodismo y El Filotémico,
y últimamente en mis propios versos: me encantan el hastío de Espronceda, la metafísica
de Lamartine, la filosofía de Hartzenbusch, la manígfica bronquedad de Caro que se
retrata en sus versos, la finura, en fin, la delicada melancolía de nuestro Arboleda; y
ciertamente, para no gustar de todo esto es necesario tener el gusto muy estragado.
En la Nueva Granada se podría cultivar
una linda poesía exclusivamente nacional; pero la superficial juventud arrastrada por el
maldito torrente de las ideas francesas deja expirar en los bosques los últimos
desesperados suspiros del último vástago chibcha y se pierden en nuestras ardientes
sabanas las delicadísimas, siempre expresivas seguidillas del calentano, como se pierde
en los huracanes el rasgado son de la bandola que los acompaña. El, paseando en su
trabajo, siempre risueño y tranquilo, desde los hielos del Puracé hasta los ardores del
río Bogotá, veía más experiencia que el político que ríe de sus simplezas desde su
bufete; y nadie repite, nadie admira la sabiduría de sus proverbios y cantatas.
-
Anduve muy engañado
-
en rogarte, ingrata mía;
-
adiós te desprecio, ahora
-
sí me seguirás la pista.
-
Porque así son las mujeres;
-
y andando vamos
-
mientras lloran sus desdenes.
Harto he contemplado el degradado resto
de los chibchas, hosco y desesperado, luchando con la civilización que aplastó sus
hogares y adoratorios: horribles gritos le he escuchado dar y lo he encontrado sublime;
pero yo, como todos, no me he atrevido a cultivar esa semilla que pronto se ahogará.
Miserable siempre la raza humana, siendo
todo una prueba de ello, jamás he quedado satisfecho de trabajo alguno mío; siempre he
dicho: "vendrá otro soplo: su efecto no nos quedará bueno en su especie". He
intentado ¡insaciable atrevimiento! poema épico, carga gigante aun para gigantes
hombres; poema amoroso; inmensos romances; leyendas eruditas; laboriosas traducciones,
etc. Y hasta ahora nada he concluido importante, y todavía, ciego para tan claro espejo,
me atrevo a creer daré a todo cumplido remate sin ver que sobre mi inmensa ambición se
desploman los años a toda prisa y acaso sean mis 17 más de la mitad de mi vida...
Encuentro en la poesía el mayor de mis deleites y no soy poeta y descuidando las
reposiciones que en ella, acaso erradamente me reconozco, no les doy vuelo aun viendo los
experimentos que me confirman mi aserción, desbaratándome otras creencias y así, débil
e inconstante, pero siempre humilde y escandalosamente tolerante en mi osadía, hasta
deseara que la crítica se descargase sobre mi cabeza, no diría por eso como el
alemancito de Maury:
-
Que a mejor partido
-
tuviera ser llorado que reído.
Bogotá, septiembre 2 de
1851.
II
El Dr. Samper (José María) en su
brillante boceto de los dos hermanos Pombo (Manuel y Rafael) ha resumido profundamente la
entidad intelectual de Rafael y lo ha caracterizado al decir que es principalmente fuerte por
la intuición,y al llamarlo un pensador y vedor de lo ideal. Todo, en efecto,
es un Rafael Pombo intuitivo, no sólo en bellas letras y artes, en cualesquiera ramas a
que dirija su pensamiento. Los estudios que su padre le hizo cursar fueron los de
matemáticas, los que parecerían más contrarios a sus inclinaciones naturales; en 1851
se graduó con lucimiento de ingeniero civil, y aún enseñó por algún tiempo, en 1853 o
54, dichas ramas en el Colegio de San Buenaventura de Bogotá, pero desde entonces no ha
vuelto a ocuparse en esta profesión, que sin duda lo privó de dar vuelo a su
inteligencia en cualquier otro horizonte más propicio para sus alas. Tal vez a
consecuencia de esto le hemos oído lamentarse no sólo de no haber estudiado nada y no
saber nada, sino de carecer de la facultad de estudiar y de aprender, de suerte que los
libros, según dice él, no le sirven sino a posteriori; para sostener polémicas
apoyando con ellos sus juicios; queja que, quitándole la exageración que contenga, la
explicamos por la impaciencia de una imaginación que excluye la atención y que va
siempre más lejos que el texto. Esto es probablemente lo que el Dr. Samper llama intuición,
un poderoso instinto de la verdad, o la razón y filosofía de lo creado, que no puede
someterse a la lenta y laboriosa escala de los graduales elementos del saber. Muchos
ejemplos de esto encontramos en el Sr. Pombo, ya por nuestra frecuente observación de su
vida, ya por el testimonio de sus amigos y de sus propias obras.
Dice que no ha podido aprender la
gramática, que es para él la más difícil de las ciencias; y en efecto, se excusa de
dar lecciones o de examinar educandos en este ramo y nunca en sus censuras literarias
hallamos rastros del tecnicismo gramatical; y, sin embargo, escribe como un gramático y
tiene reputación inmerecida, en su concepto, de escritor académico.
En su niñez, por los años de 1841 o 42,
su padre le envió de Caracas el Nuevo Robinson, y al leer allí el incidente del
negro Domingo cuando prendió fuego restregando dos leños muy secos, esto le hizo la más
profunda impresión; dedujo de allí que el fuego y el movimiento eran una misma cosa, que
el fuego, como él decía, era sólo movimiento en pasta; y cuando, más tarde,
oyó hablar de la electricidad se persuadió de que esto era otro nombre para el fuego y
el movimiento. Había adivinado, dados los siete u ocho años, nada menos que la
correlación y unidad de las fuerzas, principio que en los últimos treinta años ha hecho
la celebridad de algunos sabios; y del cual hace él aplicaciones ácidas en fisiología y
otras ramas, no registradas todavía por la ciencia.
Discurrió en sus primeros años que Dios
debió poner al más sencillo alcance del hombre, dada su creación, algunos medios para
curarse o aliviar sus dolencias, y que, como lo más inmediato, estos podían consistir en
simples ejercicios del cuerpo y aplicaciones de sus miembros a golpes, fricciones, etc., y
al uso del agua fría. Cuando, en 1855, se trasladó a Nueva York, encontró con gran
placer que su invención era sueca, y que con todos los recursos de la maquinaria
norteamericana, y el complemento del agua fría, ya se practicaba en aquella ciudad en el
establecimiento de Movement Cure del Dr. Taylor.
Oyendo un día hablar de la sensibilidad
de los animales, disertó sosteniendo que esa sensibilidad era sólo ostensible, sin
conciencia del dolor, porque Dios en su bondad no podía habernos entregado indefensos
tantos millares de seres para que los hiciéramos penar; que los animales son fábulas
morales en acción, o sea un curso variado y perpetuo de ejercicio para nuestra
sensbilidad y de moral para nuestra enseñanza, dispuesto en maquinarias vivas que
representan maravillosamente las mismas impresiones y afecciones físicas y aún morales
del hombre. Un amigo de Pombo, versado en filosofía, le dijo al punto: "y ha dicho
Ud. una página de Descartes", quien efectivamente discurre de esa manera en algunas
de sus obras. Pombo, de contado, no había leído jamás una página del filósofo
francés.
Someted a la meditación de este poeta
cualquier dogma católico, o punto arduo de filosofía o de política, o muestra delicada
de arte. Encerradlo en un cuarto con papel, pluma y tinta, sin libro ni documento alguno y
podéis estar seguros de que en poco tiempo después os presentará una disertación
profunda y certera que, enriquecida luego con versículos de la Escritura o citas de
sabios y filósofos, pasará por tratado sapientísimo sobre el argumento que le disteis.
No es de suponerse que Pombo hubiese
estudiado tratados de arte militar antes de la revolución de 1876. Sin embargo, escribió
entonces un resumen de reglas de campaña y de organización y administración para las
circunstancias de sus copartidarios conservadores en aquella guerra: resumen brevísimo,
en el cual, un tratadista de guerra compatriota nuestro asegura que ha encontrado mucho de
las mejores obras del arte, y no poco, para nuestro caso, que falta en todas ellas. No
sabemos si el Vademecum militar de Pombo se alcanzó a aplicar en 1876 o 77; pero
sí dice él que no hubo modo de imprimirlo para la distribución. También trabajó
entonces un Plan de rentas para los revolucionarios, en el cual detalló
especialmente la explotación de las varias salinas, con sus diversos procedimientos y
épocas de labor, plan que fue aprobado por el Directorio y mandado ejecutar, no sabemos
con qué resultado; e hizo entonces otros ingeniosos trabajos, fuera del Boletín
Popular, hoja noticiosa de los revolucionarios, que también estaba a su cargo, pero
con cuyo nombre aparecieron muchas otras de muy inferior carácter y redacción, que
evidentemente no eran de su pluma, como sí sabemos lo fue el conciso Parte de la
batalla de Garrapata, discurrido para suplir la falta de un parte del campo
conservador. Allí, entre errores inevitables, resultaron algunos de los pormenores reales
comprobados posteriormente.
Aunque no es pintor ni ha ido a Europa,
en donde se desarrolla y educa el gusto artístico, ha dado en Colombia eficaz impulso a
la pintura proponiendo una ley, que se expidió, de creación de un instituto general de
bellas artes llamado la "Academia Vásquez"; trayendo al país a un profesor de
la afamada escuela española de Roma, el mejicano D. Felipe S. Gutiérrez, cuyos
discípulos ya honran a Bogotá; y estimulando con acertados juicios críticos a artistas
y aficionados; y Pombo vive rodeado de una galería de cuadros de rebusca y elección
suya, en la cual se sorprendió el Sr. Gutiérrez de encontrar algunos antiguos originales
de valor, españoles e italianos no advertidos por anteriores cazadores europeos.
Enriquecen su colección la Cazadora de los Andes, considerado el mejor lienzo del
mismo Gutiérrez, la Aguadora mejicana y otras joyas de su vigoroso pincel.
Aunque no es músico, él distinguió y
estimuló el genio del compositor nacional Sr. Jose María Ponce de León, luchando con
las violentas emulaciones que siempre reinan en el gremio de la armonía, hasta verlo
triunfar repetidas veces en las óperas Ester y Florinda sobre libretos
trabajados por el mismo Pombo (excepto la primera mitad del de la Ester); hizo,
ayudado únicamente de su oído, un libreto español cantable del Fausto de Gounod;
inventó unos útiles libretos con guía crítica de la música, que forman El
Cartucho, periódico de teatro, calculado para crear un público crítico en este ramo
de cultura; y, en fin, ha hecho el mismo Pombo composiciones originales de música y
canto, valiéndose de manos ajenas para su notación, obras que desde luego no son
admiradas por los profesores que rechazan los entrometimientos de los profanos y que no
admiran del país, sino sus propias obras.
Aunque totalmente ignorado como
arquitecto, ha luchado con ardor en defensa del diseño del maestro dinamarqués Thomas
Reed para El Capitolio de Bogotá, y este es el título de un extenso trabajo suyo
publicado en la Memoria del Secretario Nacional de Fomento de 1882, producción que
juzgarán los entendidos, pero en la cual encontramos innumerables citas de autoridades
con apoyo de observaciones que Pombo había hecho antes, probablemente sin previo estudio
de los tratados de la materia.
III
El Sr. Rafael Pombo es, de nuestros
hombres distinguidos, uno de los pocos de quienes no se ha hecho biografía, debido en
gran parte a que él vive haciendo las de sus amigos e incesantemente ocupado en procurar
la elevación y gloria ajenas, y no sólo olvidado de sí mismo sino oponiendo invencible
resistencia a todo lo que tienda a su interés y gloria personal. Rara vez habla de sí, y
siempre ha rehusado colaborar en las empresas autobiográficas que en Suiza y otras partes
se han emprendido por medio de circulares dirigidas a todo el mundo. En nuestra
predilección por él, nos proponemos empezar a llenar este vacío, extendiendo un tanto
respecto de su nombre el plan de las presentes apuntaciones biográficas y
bibliográficas; y a este fin hemos registrado algunos libros y documentos suyos, y
respuestas de su boca y de las de sus antiguos amigos, dadas a cuantas preguntas nos
ocurrieron sobre sus escritos y antecedentes. Estamos ciertos de que los lectores nos
agradecerán nuestra diligencia.
Rafael Pombo dice que es caucano y
bogotano porque vino de Popayán, ya existente, a nacer en Bogotá el 7 de noviembre de
1833, de suerte que el Dr. Samper no se equivoca al atribuirle la seriedad y el entusiasmo
romántico ardoroso del carácter payanés, en contraste con la chistosa afluencia, la vis
cómica y la discreción y mesura clásica y positivista de Manuel su hermano. De las
primeras letras de su casa pasó a la escuela del maestro Damián Cuenca, próxima al
puente de Lesmes; de aquí al Seminario Conciliar por dos años, de cachifa y
cuarto, del Seminario al Colegio del Rosario por otros dos años de humanidades, y del
Rosario al Colegio Militar, de 1848 a 51, año en que se graduó de ingeniero civil; y
después enseñó matemáticas por algún tiempo en el Colegio de San Buenaventura; pero
él advierte que aunque siempre presentó exámenes lucidos, jamás fue buen estudiante,
porque jamás tuvo las facultades de estudiar y de aprender, por falta de memoria, por
exceso de distracción, y por un incorregible hábito de discurrir por su propia cuenta, y
no por libro, en todas las materias; y añade que los libros generalmente no le sirven
sino para sostener polémicas. Su profesión de ingeniero civil es casi la única cosa en
que no se ha ocupado jamás desde que cerró su enseñanza en San Buenaventura.
Una de sus distracciones eran las musas.
Desde el año 1845 recuerda haber dejado en manos de su condiscípulo y tomador Santiago
Pérez un cuaderno de "odas y sonetos fríos y abominables, a imitación de Lope de
Vega, Mena y Luis de León"; en el Rosario fundó un periódico manuscrito, El
Tomista,que redactaban él y Antonio B. Cuervo; de 1849 a 51 salieron algunas
travesuras suyas de muy encendido color político conservador en El Día y El
Filotémico; en 1852 fundó con José María Vergara el semanal literario La Siesta
del cual sólo aparecieron trece números, preciosos por la Memoria histórica de
Caldas con que, a exitación suya, lo favoreció su ilustre padre, y por notables
traducciones e inserciones, como la de la introducción del Gonzalo de Julio
Arboleda. Muy admirador de éste, que era primo hermano suyo, y de su insigne émulo José
Eusebio Caro, su padre mismo, poco gustoso de sorprenderlo haciendo versos, le recomendaba
las poesías de uno y de otro, y esa recomendación fue tan eficaz como consta del
siguiente párrafo del prólogo que los editores de El Tradicionista pusieron a su
edición de obras escogidas del segundo ingenio:
Caro no supo lo que era la música del
aplauso. Excepción hereditaria acaso entre sus paisanos el señor D. Rafael de Pombo, muy
joven entonces, publicó acerca de Caro, en mayo de 1850, suscrito con la letra incial de
su apellido, un artículo que al efecto envió de Bogotá a La República de
Cartagena, temeroso tal vez de que no fuera acogido en los periódicos de esta capital; y
dicho artículo crítico, que Caro agradecido, ignorando el nombre de su admirador,
conservaba entre sus papeles, principia así: "Dijimos alguna vez de tener parte en
la indiferencia e ingratitud de los hombres. Tributemos a los genios que viven el homenaje
que les habíamos de tributar cuando el cuerpo que los encerraba descance en la
tumba".
Desde entonces pues, se ocupaba Pombo,
como hasta la fecha, en esconder su talento y enseñar a su patria a admirar el no
debidamente reconocido de los demás; y con tal acierto, que todas las citas que él hizo
de Caro en aquella crítica de niño pueden escogerse hoy de sus composiciones conocidas
entonces.
Pombo también, en unión del señor
Ricardo Becerra, anunció a Bogotá la temprana muerte de Caro, por una hoja suelta
enlutada que arrancaba exclamando: "¡estamos condenados a perder en flor cuánto
tenemos! ¡desde Caldas, el genio de la ciencia, hasta Caro, el poeta del sentimiento y de
la filosofía!" Desde entonces no daba golpes falsos ni su juicio ni su corazón.
Caro pasaba, para el vulgo, por loco; Pombo, el primero, lo llamó por su nombre: Genio.
En 1853 fue a visitar su primera cuna,
el Cauca. En septiembre de aquel año (tenemos a la vista el manuscrito) escribió, en
Popayán las volcánicas y originalísimas estrofas de Edda, que leyó en esos
días a varios amigos; y, no aplaudidas ni siquiera escuchadas por ellos, las escondió
hasta que en 1855 las puso en manos del Sr. José Joaquín Ortiz, entre otros materiales
de conocidos suyos para La Guirnalda que aquél proyectaba. Pombo sabía que
sus versos no eran de lo que se lee todos los días; pero quiso con aquel fraude femenino
reírse de su indiferente auditorio del almacén del Sr. Simón Arboleda en Popayán.
Nunca reveló que Edda era él mismo, pero nos cuenta que, cinco o seis años más
tarde, encontrándose con él en Nueva York, los señores Zoilo Cárdenas y Luis Bernal,
éstos, por un fenómeno de la memoria, vinieron a recordar distintamente que él se los
haía leído en la susodicha tertulia popayaneja. El les rogó que guardaran el secreto;
mas ellos no le dieron gusto. Pombo tiene una colección de poesías amorosas dirigidas a Edda,
de las cuales ha pensado alguna vez formar un tomo, con su fotografía a la cabeza, y
remitirlo a sus adoradores.
Pocos meses después de Edda,
escrió Pombo en Popayán para vengar a una preciosa señorita de un desaire sufrido en un
baile, la poesía que años más tarde públicó Vergara en El Mosaico con el
título de Una copa de vino, por una copia incompleta que el Sr. Eustaquio Urrutia
le hizo escribir en su casa dándole una copa y prometiéndole que jamás saldría de sus
manos. De allí aquel título sin relación ninguna con los versos ni con su asunto: el
verdadero y completo original duerme inédito, como la gran mayoría de los escritos de
Pombo, hace ya veintinueve años. Pombo escribe únicamente como por sangrarse para no
morir de plétora de belleza; y entierra su sangre como si le diera vergüenza derramarla.
Mientras no se trata de servir u honrar a algún amigo, o de sostener una polémica en pro
de su dama la belleza ideal, no hay estímulo ni tentación, interés, ni potencia que le
hagan publicar un renglón, y menos, aún un tomo, cuando tiene materiales para quince o
veinte, en que cada verso, bien oído, se prende como un dardo, en el espíritu o en el
corazón.
Sus emociones de Popayán y la
electricidad de aquel clima tempestuoso despertaron en el Sr. Pombo toda su fuerza. Pero
él lo explica de otro modo: "A Popayán no llevé mis libros, y una vez ausente de
Lord Byron y del Tesoro de Quintana, los olvidé y pude por fin hacer versos míos,
aunque incorrectos y violentos por cierto. La lectura es fatal para la poesía: estimula y
enseña, pero impide escuchar el propio corazón y leer en la naturaleza. Lo que mi
generoso crítico Samper llama fuerza, vigor, verdad, etc., en mis versos no es sino la
disciplina que las matemáticas dejan en la razón. Para un ingeniero civil, aún tan
rebelde como yo a su oficio, hacer unos versos es resolver un problema de expresión:
sobre ciertos datos de sentimiento encontrar la única incógnita de metro y de palabras,
la precisa forma escrita de dicho sentimiento. Mi padre (q.e.p.d.) no pasa por poeta, y,
sin embargo, su Himno del 20 de julio es poesía, por la nobleza y verdad de sus
ideas y sentimientos, y por la exactitud matemática que da energía a la expresión: él
era profundo matemático, y, gracias a eso, allí no sobra ni falta una palabra. La verdad
y la sobriedad aseguran fuerza y armonía. ¡Cuánto del mérito poético de D. Andrés
Bello no procede de este principio de análisis y de exactitud, al cual creo que yo
también obedezco, pero a enorme distancia del pulso, recursos y limpieza del gran
maestro!".
A pocos días de vuelto a Bogotá el Sr.
Pombo, ocurrió el pronunciamiento dictatorial del 17 de abril de 1854. Pombo se fue al
Magdalena, como tantos otros buenos ciudadanos, jóvenes y viejos, hizo toda la campaña
del ejército del Sur como ayudante de campo del General París y concurrió a las
batallas de Bosa y Tres Esquinas y a la toma de Bogotá. En la primera tuvo un encuentro
de trascendencia. Cuando el Dictador concentró las fuerzas de casi todo un ejército
sobre el puente de Bosa, extremo derecho de la línea de los constitucionales, y habían
caído ahí muertos el capitán Rovira y tres claves del batallón "Salamina", y
heridos los dos jefes de éste, Henao y Londoño (atacando heroicamente la casita
inmediata), y su teniente Gómez y dos claves más, y pasado bajo el hombro el Sr. José
Manuel París y otros individuos de otros cuerpos, acudió allí el General Herrán,
General en jefe, acabado de llegar de los Estados Unidos, y encontró en el centro del
puente a Pombo que con los señores Pedro María París y José Antonio Ariza, a caballo y
a pecho descubierto, daban el ejemplo de la serenidad y la confianza en aquella brillante
defensa. Allí, pues, conoció a Pombo el General Herrán, y de esa gloriosa presentación
resultó su nombramiento de Secretario de la Legación de los Estados Unidos, para donde
partió cuatro o cinco meses después con el Ministro, el expresado General Herrán.
Sus tareas en la Legación, al lado de su
ilustre jefe, y después en su ausencia, fueron arduas y variadas, y cuentan páginas muy
honrosas. Ya daba a conocer la legislación y ventajas de su país para los extranjeros, y
defendía sus intereses en cuestiones pendientes con los Estados Unidos, y esto
generalmente en lenguaje y argumentación de norteamericano; ya divulgaba su geografía y
las glorias colombianas, en español y en inglés; ya contrariaba empresas de usurpación,
como las de filibusterismo y, en El Centinela, la llamada Compañía de mejoras
de Chiriquí; ya defendía los trabajos de su jefe, como el Tratado de límites y
estrecha amistad con Costa Rica (cuyo Gobierno los nombró después Ministro y Secretario
de Legación suyos en Washington); ya iniciaba privadamente en 1857 y 58 con su amigo el
señor don Gabriel García Tassara, ministro allí de España, el reconocimiento de la
Nueva Granada por la madre patria sin gravamen alguno y como paso a un previsor tratado
para el mutuo desarrollo de la navegación, el comercio y demás intereses pacíficos de
la familia ibérica sin afectar la soberanía y la política peculiar de cada sección:
ideas que el Gabinete de Madrid parece no acogió entonces con el espíritu liberal y
hermanable de que hoy nos da tantas muestras; ya, iniciada la revolución de 1860,
consumía sus recursos personales y contraía cuantiosas responsabilidades y se
multiplicaba en actividad por ayudar en servicio de su Gobierno y de sus principios
enviándole elementos de guerra, ya, en fin, colaboraba con el Sr. Hurtado en la Comisión
de reclamaciones, para la cual aseguró tiempo antes los servicios del eminente abogado
Carlisle como vocero de la República; y más tarde, con la Nueva Comisión que se
organizó de esa clase, colaboró patrióticamente a los trabajos del Ministro General
Salgar.
Pero en tan multiplicados servicios, que
o la Nación o su partido deben reconocerle, señalaremos algunos de especial mérito y
trascendencia. Colombia es deudora exclusivamente a Rafael Pombo de la supresión del
artículo 7º del Convenio Herrán-Cass de 1857, artículo por el cual se concedió a los
Estados Unidos terreno en la bahía de Panamá para el establecimiento de un depósito de
carbón, lo que pedido luego por otras naciones, habría significado la entrega de
nuestras costas y del dominio del Pacífico. Pombo excitó al Senado por medio de una
carta a suprimirlo. Por su sola cuenta dirigió al Sr. Lázaro Pérez, con fecha 31 de
febrero de 1858, una carta para aconsejar al Senado Granadino dicha supresión, contando
con que el tiempo calmaría la exaltación de ánimos de los norteamericanos que había
impuesto por la fuerza tan gravosa garantía contra motines como el del 15 de abril de
1856 en Panamá. El Senado la negó en consecuencia, como que Pombo fue severamente
censurado por el Gobierno por su atrevido consejo, y Pombo replicó haciendo renuncia de
su empleo, que no le fue admitida. Al llegar a Washington la peligrosa noticia, Pombo hizo
en El Heraldo y en otros periódicos, en su eficacísima forma de correspondencia
editorial from very reliable jources, una tan ingeniosa como enérgica defensa de
ese cambio y de cuantos más introdujo nuestro Senado en el Convenio. El Senado de
Washington asintió a todos ellos.
Otro hecho altamente patriótico y noble
de Rafael Pombo fue su elocuente y aun airada condenación del grito de independencia del
Istmo dado en 1864 en Veraguas y Chiriquí por respetables copartidarios suyos a impulsos
del terror que les inspiraba el triunfo de la revolucion. Sus dos cortantes artículos
publicados entonces en Las Crónicas de Nueva York y en La Nueva Era de
Panamá, el 11 de mayo y el 2 de junio respectivamente, artículos que ahora hemos venido
a leer, son de aquellas piezas que bastan para exhibir y consagrar un elevado carácter.
Ambas, como era su costumbre, aparecieron en forma de cartas de corresponsales; pero su
estilo denunciaba al autor.
A su vuelta a Bogotá a fines de 1872 los
señores Murillo y Pérez emplearon a Pombo por tres años y medio en la oficina de la
Dirección de Instrucción Pública, cuyo órgano periódico, La Escuela Normal, recibió
no poco auge de importancia y amenidad con su variada colaboración. Llegada la guerra de
1876 sirvió con decisión a la causa de sus principios con trabajos de muy diversos
géneros, y en 1880 fue delegado y secretario de la Convención conservadora. Ha
colaborado ocasionalmente en muchos periódicos políticos y literarios, pero su labor
favorita en las épocas de paz ha sido el fomento de todas las bellas artes, desde
redactar la ley de este ramo de 1873 hasta traer y aún alojar en su casa a los artistas,
estimularlos y apoyarlos con tesón, sean extranjeros o nacionales, honrar por la prensa
sus trabajos con críticas originales e instructivas, redactar nuevos libretos de óperas
para el compositor nacional señor Ponce de León, e himnos y letras en general para
cuantos las solicitan de él, propagar metódicamente los principios del gusto artístico,
promover la construcción de un teatro, de templos y de otros edificios, abogar por la
conservación y cuidado de los monumentos o reliquias existentes para estas sociedades de
estas ramas, etc., y aunque no práctico en el feminismo de arte alguna, no ha dejado de
travesear con originalidad en las más de ellas. Por la mejora de su ciudad natal se ha
interesado mucho, y hay notables proyectos hechos con colaboración suya para este
deseable y necesario objeto, que nuestras municipalidades no acreditan extraordinario
celo. También promovió años atrás una empresa extranjera de estudio para la
navegación del Cauca, y trabajó, aunque sin éxito, en dirigir al Atrato la obra del
canal interoceánico, por considerarla así de naturaleza más sólida y de mucho mayor
provecho y seguridad para Colombia. Muchas activas tareas del Sr. Pombo han pasado en
correspondencia particular. Poco amigo de hacer sonar su nombre, y desconfiado de su
trabajo, generalmente no suscribe en la prensa sino réplicas que se rozan con intereses
personales. En la polémica es temido adversario, de inagotables recursos.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 169,
Bogotá, 1º de febrero de 1975, pp. 6-10.
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