La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Antonio José de Irisarri

 

Antonio José de Irisarri nació en Guatemala el 7 de febrero de 1786. Desde temprana edad se dedicó al estudio de las ciencias políticas y sociales. En 1806 viajó a México; después se dirigió al Perú donde permaneció hasta 1809, y luego pasó a Chile, su patria adoptiva, donde desempeñó el cargo de Ministro de Relaciones Interiores y Exteriores y el de Presidente de la República durante ocho días cuando apenas contaba veintiocho años de edad.

En el transcurso de su vida, larga y fecunda, Irisarri se distinguió como escritor, poeta, periodista, diplomático y polemista. Pero más que todo sobresalió por sus dotes de escritor infatigable y de polemista consumado. Actuó durante un tercio de siglo
—dice Ricardo Donoso en su obra Antonio José de Irisarri, escritor y diplomático (Santiago de Chile, 1934)— en Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela y Estados Unidos, ya en los primeros puestos de la vida pública, o arrimado a la sombra de los gobiernos, esgrimiendo la que en su larga existencia habría de ser su arma favorita, su pluma, afilada como una espada, aguda como un estilete, sarcástica, agresiva, mordaz.

Don Marcelino Menéndez y Pelayo, con su reconocida autoridad, emite el siguiente juicio acerca de tan eminente y controvertida figura de las letras hispanoamericanas, y más concretamente respecto de su producción en el campo de la poesía:

Si el conocimiento profundo de la lengua, la experiencia larga del mundo y de los hombres, la familiaridad con los mejores modelos, la valentía incontrastable para decir la verdad, y el nativo desenfado de un genio cáustico, pero puesto casi siempre al servicio de las mejores causas y al lado de la justicia, bastaran para enaltecer a un poeta satírico, nadie negaría alto puesto, entre los que tal género han cultivado, al célebre guatemalteco don Antonio José de Irisarri, uno de los hombres de más entendimiento, de más vasta cultura, de más energía política y de más fuego en la polémica que América ha producido. Pero como poeta le faltó el quid divinum, así en el concepto como en la expresión, y sus sátiras, sus epístolas, sus fábulas, letrillas y epigramas, son más bien excelente prosa, incisiva y mordaz, salpimentada de malicias y agudezas que levantan roncha, que verdadera poesía, aunque valgan más que muchos versos de poetas. Irisarri tenía talento clarísimo, y era además consumado hombre de mundo.

Por su parte, el escritor y hombre público de Guatemala D. Antonio Batres Jáuregui nos muestra esta semblanza de su ilustre coterráneo, hacia la época de su vejez:

Sentado frente al gran escritorio con incrustaciones de concha nácar, casi siempre se encontraba trabajando un venerable anciano, de alto ingenio y mucho saber; de correctas facciones árabes, canosa y cerrada barba, mediana estatura, enjuto de carnes, manos finas y velludas, vista perspicaz, algo ensombrecida por los párpados, nariz recta y bien perfilada, labios delgados, desdeñosos y de rictus enérgico; por traje de casa usaba una bata de cachemira con alamares de seda, gorro de terciopelo negro y chinelas oscuras y bordadas. El conjunto de esta señoril figura denotaba gentileza, hábitos de alta sociedad y maneras atrayentes... A los ochentitrés años conservaba Irisarri su elevado carácter, su clarísimo talento, su genial entereza. Hombre extraordinario, varón preclaro, de nobles hazañas en aquella época gloriosa de la emancipación de la América española...

La abundante y variada producción intelectual de Antonio José de Irisarri se halla dispersa en periódicos, libros y folletos impresos en Nueva York, México, Guatemala, Curazao, Bogotá, Quito, Guayaquil, Lima, Arequipa, La Paz, Chuquisaca y Santiago de Chile.

Nos limitamos a mencionar, entre otras, las siguientes obras: Apuntamientos para la historia (Lima, 1842); Breve noticia de la vida del ilustrísimo señor Arzobispo de Bogotá Dr. D. Manuel José de Mosquera Figueroa y Arboleda (Bogotá, 1854); Cuestiones filológicas (Nueva York, 1861); Historia del perínclito Epaminondas del Cauca por el bachiller Hilario de Altagumea (Nueva York, 1863); Poesías satíricas y burlescas (Nueva York, 1867); Escritos polémicos (Santiago de Chile, 1934), e Historia crítica del asesinato cometido en la persona del Gran Mariscal de Ayacucho (Bogotá, 1846; Caracas, 1846; Lima, 1847), considerada "no sólo como su trabajo de mayor aliento, sino como el mejor esfuerzo de su obra de polemista y el más firme sostén de su nombre como hombre de letras". Entre las publicaciones periódicas realizadas por Irisarri en nuestro país cabe señalar los doce números de Nosotros: orden y libertad (Bogotá, mayo-agosto de 1846) y los cincuenta números de El Cristiano Errante (Bogotá, agosto de 1846 a julio de 1847).

Antonio José de Irisarri, llamado "El Libertador Errante de la América Española", desempeñó en esta capital una admirable actividad intelectual. A este propósito anota el mencionado escritor D. Ricardo Donoso:

Entregado por completo a sus tareas periodísticas, es en el culto de las letras y en sus lecturas favoritas donde Irisarri encuentra su mayor agrado. Dedicado desde su primera juventud al estudio de los clásicos del idioma y a las disciplinas filológicas, ésta su predilección no hizo sino acrecentarse con el transcurso de los años, y fue en Bogotá donde halló el ambiente más propicio para su desarrollo.

Pues bien, la anterior afirmación del historiador chileno se demuestra plenamente con la novela autobiográfica titulada El Cristiano Errante, de la cual, como muestra, y para solaz y esparcimiento de nuestros lectores, reproducimos en estas páginas el capítulo I. Esta novela, escrita por Irisarri en Bogotá, consta de dieciséis capítulos que se dieron a conocer en la citada publicación periódica El Cristiano Errante (núms. 1-31, agosto 8 de 1846 a marzo 6 de 1847) y que luego fueron editados por José Ayarza en un pequeño tomo de 252 págs. (Bogotá, Imprenta de Espinosa, 1847) y en muy escaso número de ejemplares. Afortunadamente, de esta verdadera curiosidad bibliográfica se conserva un ejemplar en el valioso Fondo Pineda de la Biblioteca Nacional de Bogotá.

No obstante la nacionalidad del autor, hemos creído conveniente y oportuno incluir su escrito autobiográfico en esta sección, pues Irisarri vivió durante varios años en nuestro país dedicado activamente a labores intelectuales y publicitarias, y aquí concibió y dio a luz la novela que ahora nos ocupa. En esta forma, reivindicamos para nuestra literatura y rescatamos del olvido una obra de indiscutible valor literario por su carácter eminentemente descriptivo, por la corrección de su estilo y por los rasgos picarescos que salpican las páginas de esta interesante novela. Antonio Curcio Altamar en la Evolución de la novela en Colombia (Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1957) registra la mencionada novela de Irisarri y resalta su aspecto autobiográfico.

Por último, cabe anotar que, aunque en la carátula se lee
tomo I y al final del capítulo XVI de El Cristiano Errante, Romualdo —personaje que encarna al autor— anuncia la aparición de un segundo tomo, sin embargo, hasta donde van nuestros conocimientos, este proyecto no tuvo cumplida realidad.

Antonio José de Irisarri, genio batallador y trashumante y precursor de la independencia de Chile, falleció en Brooklyn, Estados Unidos, el 10 de junio de 1868.

Novela autobiográfica

CAPITULO I

Que trata sobre quién fue el Cristiano Errante; de su nacimiento; del lugar en que nació; del día, mes y año en que vino al mundo; de sus padres, de sus maestros, y de lo que aprendió hacia la edad de diez y nueve años.

Si yo, el historiador del Cristiano Errante, puedo decir en un capítulo, que no ha de ser muy largo para que no canse al lector, todo lo que conviene saber de los diez y nueve primeros años del historiado, espero que no se me tachará de difuso; aunque en verdad, vivimos en un tiempo de tantos negocios, que hasta los que no se ocupan en nada, no pueden sufrir la lectura de un cuarto de hora, y quieren que se les diga mucho en pocas palabras, como si pudiese ir metida en un par de sílabas una gruesa de ideas. Vamos, pues, con la ayuda del divino Harpócrates, a salir de este grandísimo aprieto.

El nombre del personaje, cuya vida y viajes comenzó a escribir, sin saber cómo ni cuándo he de acabar, debió ser el de Romualdo, porque nació un día 7 de febrero; pero le pusieron otro nombre para que no se cumpliese en él la sentencia de Nebrija: conveniunt rebus nomina saepe suis. Sus padres fueron ambos españoles: él navarro y ella de la muy literata y muy sabia ciudad de Salamanca; y basta de hablar de los padres, porque no es la historia de ellos la que se escribe. Mas, sin embargo, diré que el apellido de la familia paterna de Romualdo es el nombre de una ciudad de Francia, que en buen francés sería Pierreville, así como en buen español diríamos Villapedrosa. Así, pues, cuando por no andar repitiendo el Romualdo, diga yo el señor de Villapedrosa, o monsieur de Pierreville, ya sabrá el lector de quién se trata; siendo lo que se ha dicho suficiente para quedar enterados de que el Cristiano Errante debió llamarse Romualdo, y que fue hijo de cristianos viejos, haciendo que nadie le equivoque con otra persona, y menos con algún judío.

Ahora se querrá que digamos en qué año, nació para saber a punto fijo qué edad tendría hoy si viviese. Justa curiosidad, que es necesario satisfacer a aquel que paga su dinero para saber las cosas; pero no lo diremos así tan vulgarmente, como pudiera hacerlo cualquier ignorante en la cronología, que es una de las cosas que deben saber las personas de alguna instrucción. Nació el año segundo de la Olimpiada 641; esto es, en el caso de haber seguido este modo de calcular los años; que es el mismo que el 2533 de la era Babilónica, o el 2098 de la de los seléucidas, o el 2539 de la fundación de Roma, o el de 1164 de la ejira. Si esto no es bastante para que un cronologista sepa en qué año nació Romualdo, ocurra a la astronomía y averigue en qué noche descubrió Herschel el planeta Urano: entonces tenía el señor de Villapedrosa un año y veintisiete días de nacido. Pero si hubiese alguna dificultad para hacer esta averiguación, sépase que cuando Piazzi descubrió a Ceres, tenía Romualdo catorce años y trescientos dos días, y que cuando Olbers descubrió a Vesta, hacía un mes y trece días que monsieur de Pierreville estaba en la necesidad de ayunar en todas las témporas y vigilias. Tan cierto es esto, que en la misma noche en que el astrónomo estaba haciendo en Bremen el conocimiento de Vesta, Romualdo se hallaba en otra parte ocupado en otro descubrimiento que no necesitaba de telescopio, sino de microscopio, para hacerse bien hecho. De todo esto se hablará a su tiempo.

Con lo dicho parece que cualquiera que tenga un verdadero interés en saber la edad de Romualdo, se hallará con sobrados datos para contarle los días con la misma facilidad con que cuenta una vieja los granos que se contienen en una mazorca de maíz. Pero ahora se querrá saber en dónde nació Villapedrosa, y esta es otra curiosidad del lector que debe ser satisfecha. Nació en la Nueva Babilonia, país muy conocido de los geógrafos modernos; pero debemos advertir que cuando nació nuestro historiado, no era todavía aquella ciudad la capital de la Nueva Babilonia: era entonces una pobre hermita, de la que en muy pocos años se hizo una de las mayores y más lindas ciudades del nuevo mundo. Suponemos que no se querrá ahora que digamos en qué grados de latitud Norte o Sur, ni a qué distancia de París o de Greenwich está la Nueva Babilonia, ni en qué año, ni por quién fue descubierta, ni quién la pobló, ni quién la despobló, ni qué otros nombres tuvo; porque esto sería meternos en grandes dificultades, que aunque pertenece a la historia el allanarlas, no es a la historia de Romualdo; y si se exigiese esto de mí, se querría también que me pusiese a dar lecciones de geografía, y de todas las demás cosas, que yo quiero conceder a mis lectores, a quienes supongo muy instruidos. Fuera de esto, en una historia de un particular, no puede hallarse todo lo que se contiene en una enciclopedia. Al buen entendedor pocas palabras; y si el entendedor no lo entiende, no dé a entender esta falta suya, porque entonces se manifestará poco inteligente.

Ahora, pues, ya sabemos dónde nació Romualdo, quiénes fueron sus padres, qué día vino al mundo, y todo lo demás que es lo de menos en toda historia; porque en verdad, importa muy poco el nacer en tierra caliente, templada o fría; que los padres se llamasen Pedro y Josefa, o Juan y María; que viese la luz por la primera vez el historiado en lunes o en viernes, o cien años antes, o cien años después. Así, comenzaremos ya a tratar de lo que debemos, para llegar a conocer a Romualdillo, al señor de Villapedrosa, a aquel que sería hoy monsieur de Pierreville, si sus abuelos paternos se hubieran quedado en Francia.

No diremos que lo primero que se le enseñó en la escuela fue a leer y después a escribir, aunque bien podía, como lo hacen otros, haber aprendido a escribir antes de saber leer; ni diremos que estudió la prosodia antes del arte métrica, aunque vemos que otros hacen versos sin saber lo que es prosodia; ni diremos, en fin, que aprendió el español antes que el latín, aunque hoy se cree que se sabe la lengua de Cicerón, cuando no se ha podido aprender la que se oye hablar a la madre desde que viene uno al mundo. Entonces se seguía el viejo sistema griego de empezar por el principio, y no se ha introducido la moda de hacerlo todo al revés, para manifestar que el siglo de las luces, este siglo 19 tan famoso, es el siglo de las maravillas. Entonces era una lástima ver muchos hombres que sabían leer y escribir perfectamente sin ser doctores, cuando hoy por la rara felicidad de nuestros tiempos, para ser doctor nadie necesita de saber escribir, ni de saber leer, pero ni siquiera de conocer el valor de las letras del alfabeto. Ya se ve, no se había hecho aún la gloriosa revolución de ideas con la cual habíamos de empezar por el fin y acabar por el principio: cosa que sólo a los necios se les había concedido el privilegio exclusivo de hacer en aquellos calamitosos tiempos, y por eso se decía: "hace el necio al fin lo que el discreto al principio".

Romualdillo, después de saber leer y escribir según las reglas de la gramática y de la ortografía de aquel tiempo, que no eran como las de hoy, distintas en cada barrio de una misma ciudad, estudió las matemáticas, bajo la dirección de un fraile franciscano, que pasaba por un Arquímedes en aquella tierra, y que podía pasar por un buen geómetra, y regular astrónomo en cualquier parte. Otro fraile Francisco, castellano viejo, le enseñó el latín y le perfeccionó en el español. Un caballero de Alcalá de Henares, consumado humanista, le dio lecciones de inglés, de francés y de italiano; las suficientes para entender lo escrito en estas lenguas. Tuvo por maestro de lo que se llamaba filosofía en aquella época, a un pobre tonto, que ni sabía aprender ni sabía enseñar. Así es que Romualdo aprendió de memoria los disparates que el dómine le dictó, conociendo muy bien que aquellos no podían dejar de ser grandes disparates.

Aprendió también el dibujo, la música, el baile, la equitación y la esgrima, empleando en esto su tiempo mejor que en la filosofía, que no podía servirle de nada en este mundo ni en el otro, sino para conocer que las verdades de un tiempo son las mentiras de otro, y que los axiomas de una escuela son los absurdos de las demás, con quienes está en contradicción.

Diré ya, para no hacerme muy pesado, que a los diez y nueve años de edad, Romualdo tenía un mediano conocimiento de las literaturas latina, española, francesa, inglesa e italiana; que sabía la historia antigua y moderna; la cosmografía y la geografía, tan bien como se podían aprender en los libros de aquel tiempo, que eran tan malos como los catecismos del señor Ackerman en que se aprende a conocer el mundo del señor Ackerman, y no el mundo en que vivimos. En fin, diré que Villapedrosa en aquella edad se había metido en la cabeza cuanto Rengifo, Luzán, Masdeu y Sánchez escribieron sobre versificación española, y había también compuesto algunos sonetos, madrigales, odas eróticas, octavas, canciones, letrillas satíricas, y cosillas así, que le servían para pasar el tiempo, para incomodar a algunos prójimos y para otra cosa que suele conseguirse con los versos aunque no sean muy buenos; debiendo decir en obsequio de la musa de Romualdo, que la mayor parte de sus composiciones no valían nada en el concepto de los que se daban por inteligentes. Sobre esto era muy curioso el modo de juzgar de aquel versificador.

Cuando le decían que tal oda, o tal soneto, o tal letrilla era desaprobada, él no trataba de defender su obra, sino que preguntaba: ¿quién es el que la desaprueba? Sabiendo el nombre del crítico, decía unas veces: razón tiene fulano para no hallar buenos esos versos en que se hallan pintados los defectos que él tiene; otras veces contestaba: zutano no tiene motivo para hacer esa crítica porque no es a él, sino a mengano a quien yo he querido atacar; díganle esto, y verán cómo muda de opinión. En efecto, sin más que esto el desdichado soneto, o la desgraciada letrilla, tenían por admiradores a los que antes hallaban que eran detestables, y por desaprobadores, a los que habían aplaudido. Por esto decía, muchas veces, que ningún poeta desde Juan de Mena hasta Moratín había recibido de Apolo el don que él, pues todos sus contemporáneos le aplaudían, unos hoy y otros mañana, y esto, sin tomarse el trabajo de mudar una letra, ni de añadir ni quitar una coma.

Una vez, acabando de escribir una letrilla, que podía aplicarse a un chino lo mismo que a un italiano, o a un ruso, entró a verle un tal Mariano, a quien la dio a leer, y éste creyó que en ella se satirizaba a cierto Miguel, a quien tenía él grande antipatía. Fuese éste y entró Miguel; leyó la misma letrilla y pensó que se había escrito contra Mariano; de modo que los dos lectores quedaron muy satisfechos y poniendo a Villapedrosa sobre el pico más alto del monte Parnaso. Encontráronse aquel mismo día en el paseo los tres individuos, y Romualdo les dijo: vaya, hablando con franqueza ¿qué os parece aquella mi letrilla de esta mañana? Asombrados los dos al oír la pregunta, dijeron al mismo tiempo. Pues qué, ¿la ha leído Miguel? Pues qué, ¿la ha leído Mariano? Sí, sí, respondió el impávido Romualdo. ¿Y por qué no la habían de leer todos? ¿Creéis que yo escribo sólo para cursar la letra y no para que se lean mis escritos? Tú, Mariano, creíste que yo había escrito aquello contra Miguel, y tú, Miguel, te persuadiste de que había tratado de satirizar a Mariano, y esto sólo prueba que vosotros dos os queréis bien mal; porque esos vicios de que yo trato en la letrilla, no sólo vuestros y míos son, sino de todo el género humano. Ahora, pues, que ya sabéis que no pensé en ninguno de vosotros cuando hice mi letrilla, espero que no la halléis menos digna de Iglesias, como me dijiste, Miguel, que te parecía cuando pensaste que era contra Mariano, ni menos superior a las de Quevedo, como la hallaste, Mariano, mientras supusiste que era contra Miguel.

Se ve por esto que Romualdillo no había perdido enteramente su tiempo, y que, aunque el dómine Lucas, que le enseñó filosofía, no le hizo aprender cosa de provecho, el mañoso estudiante supo conocer desde temprano a los hombres, estudiando lo que son desde muchachos. Cuando fue ya hombre hecho y derecho, decía que toda la diferencia que había encontrado entre los jóvenes y los viejos, era que los jóvenes iban y los viejos venían, pero todos por el mismo camino; que el hombre era como el naranjo o el ciruelo, o el alcornoque, que nunca dejaba de ser naranjo, ciruelo o alcornoque, aunque estuviese sobre la tierra tantos años como aquellos eternos cipreses de Santa María del Tule y de Atrisco, que tanto pondera el varón de Humboldt.

En fin, para que mis lectores conozcan bien a Romualdo, les copiaré aquí un trozo de la introducción que él mismo escribió ahora años para ponerla a la cabeza de la historia de su vida y de sus viajes alrededor del mundo, que comenzó a escribir cuando creyó que los tales viajes se habían concluido. En este trozo se nos manifiesta él mismo como era, y nos pinta su genio y su carácter. Después veremos si en el curso de su vida fue consecuente a sus principios.

"Todo cuanto ha ocurrido desde que hubo gentes en la tierra, ha dado materia para reír a unos y para llorar a otros; pero los que han llorado han hecho muy mala figura, y los que han reído se han presentado con aquella cara de pascua, que es signo de la bienaventuranza. De Heráclitos y Demócritos se ha compuesto siempre el género humano; es decir, de llorones y risueños. Yo me alisté desde muy temprano bajo las banderas de Momo, porque así lo dispuso mi buena estrella. Era yo chico todavía, cuando salí mal parado de la primera campaña que tuve contra otro arrapiezo de mi edad, más fuerte y más diestro que yo: me dejó mi antagonista más sobado que un guante. El dolor y la rabia me hicieron llorar como una Magdalena, y, por fortuna mía, yo lloraba enfrente de un espejo. Vime, pues, con los ojos colorados como dos tomates, con la boca fruncida, inflamados los carrillos y las narices; en una palabra, mi pobre cara daría lástima verla; pero a mí no me dio lástima, sino vergüenza. En el momento sequé mis ojos, hice un gesto como para reírme, y hallé que este gesto era el que mejor me sentaba. Desde entonces hice voto de no llorar jamás, y de reírme aunque me sacaran las tripas. Mucho hubiera tenido que llorar si no hubiera tomado este partido; porque tales diabluras me han hecho los prójimos; por tales pellejerías he pasado, que creo que, aunque mis ojos hubieran sido las fuentes del Nilo o las del Ganges, o las del Orinoco, o las del río de la Plata, o las del Marañón, en fin, no me habrían provisto de bastantes lágrimas para llorar mis cuitas, si yo hubiese dado en llorón.

Pero di en risueño, como llevo dicho, y he sacado de esta triste vida todo el placer que de ella se puede sacar. He sabido convertir este valle de lágrimas para todos en valle de risas para mí; y, digan lo que quieran mis enemigos, he hecho lo que ninguno de ellos era capaz de imaginar siquiera".

"Si he llegado a una edad bastante buena sin arrugas en la cara, lo debo a no haber llorado como todos los que se arrugan pronto. Si he pasado sobre las guerras civiles y sobre las pestes, y sobre todas las calamidades, sin sucumbir a ninguna de ellas, a pesar de algunas pruebas que en mí han hecho los médicos, lo debo a haberme reído de todo. Si mis enemigos, que han sido bien tontos, y tan malos como son los peores enemigos, no se han reído de mí, ha sido porque yo me he reído de ellos; y he podido reírme de ellos, mejor que ellos de mí, porque aprendiendo desde chico el oficio, llegué a ser consumado en el arte, cuando apenas tenía veinte años de ejercicio. Desde el día en que el espejo me mostró la fea figura que hace un hombre cuando llora, he recibido sin cesar, pruebas sobre pruebas, de lo útil que es el reírse de cuanto puede ocurrir en la vida, aunque sea la mayor desgracia. Desde aquel día yo me hice un muchacho de talento, y me aventajé a todos mis condiscípulos. Ellos lloraban cuando el maestro los castigaba porque no habían aprendido la lección, y yo me reía del castigo, de la lección y del maestro al mismo tiempo. Así es que, ellos llorando aprendieron todos los disparates que les enseñaban, y yo aprendí a reírme de los desatinos de la escuela: todo me parecía cosa digna de risa, y en efecto lo era, como después me lo ha demostrado la experiencia. Siempre dijeron los maestros de mí que era el más atrasado de la escuela y del colegio; que reía de todo como un tonto, y que jamás haría cosa de provecho; pero yo hacía tanto caso de los pronósticos de los maestros, como del adelantamiento de mis condiscípulos, que me parecían unos aprovechados mentecatos. Ninguno de ellos ha sabido vivir en este mundo, y ahora se hallan todos en el otro menos divertidos que en éste, pues el que mejor ha salido, está en el purgatorio haciendo los mismos pucheros que hacía por acá. Al infierno no habrá ido ninguno de ellos, porque todos aprendieron que al fin son bienaventurados los pobres de espíritu. Yo me comparo con los tres más talentosos de mis concolegas, Leval, Milona y Glevas, hombres históricos, grandes políticos en su tierra y conocidos por sus obras o sus hechos en gran parte de este mundo. Leval se tuvo, y lo tuvieron por un sabio; no un sabio como quiera, sino un sabio que mereció que Bentham le respetase como un gran jurisconsulto; y fue hombre de tal crédito que pudo persuadir a sus compatriotas que no había mejor forma de gobierno que la federal, como si la federación en abstracto fuese cosa que tuviese cierta forma particular. El hecho fue que triunfó el talento de Leval; que se dio a mi pobre país aquella forma que no tuvo figura de nada; y que los elegantes discursos de mi ilustre compatriota produjeron una guerra civil, que dura hasta ahora, desde que con aquella dichosa forma se transformó la nación en una madeja sin cuenta. Leval pensó que con la tal federación, obra de sus discursos, él iba a ser el hombre de más influencia en la República, y no fue sino una de las víctimas de su tontería. Milona fue una especie de Franklin, una especie de físico, una especie de político, una especie de diplomático, que sabía de todo, menos lo que era el mundo y el hombre; pero él fue el apóstol de la democracia convertida en anarquía, el que dio a los vagos y mal entretenidos los mismos derechos que a los industriosos y a los hombres útiles a la sociedad; pero nuestro Franklin no quitó el rayo a los cielos ni el cetro a los tiranos, como lo hizo el impresor de Filadelfia, sino que hizo llover los rayos sobre su patria, y estableció la tiranía del populacho sobre las vidas, honras y haciendas de los verdaderos ciudadanos, de aquellos que son el alma y la vida de las ciudades y de los campos. Milona, cuyo nombre parece que fuera el de la hembra de Milón, aquel discípulo de Pitágoras que se hizo más célebre por su fuerza, que por su talento, no fue el atleta que sostuvo el templo que amenazaba ruina, ni el que salvó a sus condiscípulos de quedar sepultados entre los escombros, sino el que derribó el templo y cubrió de ruinas la superficie de aquella tierra. Nuevo Sansón americano, sacudió con su vigoroso brazo las columnas del edificio social, y quedó él mismo despachurrado entre los escombros del templo. Glevas era un filósofo, que por necesidad había adoptado aquella sabia máxima, de que el hombre no debe tenerse sino por el hijo de sus obras; jamás se glorió de proceder de sus padres, ni se supo quiénes fueron éstos; ni era menester saber otra cosa sino que Glevas era un fanático político de los furiosos que hubo en el mundo, enemigo de todo lo existente, promovedor de novedades estupendas, que quiso comenzar la reforma por la religión, siguiendo luego por la política, después por la administración de justicia, y acabar al fin por las ideas generales del pueblo. Así hizo él la transformación que quiso llamar religiosa y moral; pero aunque él era hombre de unas miras muy extensas, de grandísima capacidad, de vastos conocimientos y de filantrópicas intenciones, no pudo hacer que sus rudos compatriotas se quisiesen gobernar por el código admirable de Livingston, y cayó en tal desgracia, que si no huye a todo escape, tiene el fin trágico de Massanielo, aquel pescador de popularidad, que pescó en Nápoles todo lo que un tonto puede pescar a río revuelto: unos momentos de triunfo muy baratos y una muerte arrastrada".

"No os aflijáis, vosotros lectores míos, por no conocer mejor a estos tres héroes de nuestra historia presente; porque es preciso que os conforméis con la suerte general de los lectores de todos los libros que se han escrito desde que el mundo es mundo: unos entienden una cosa y otros otra; no siendo todo lo que se escribe para que todos lo entiendan perfectamente. Basta que haya un par de millones de personas en algún rincón de la tierra, que sepan quiénes fueron Leval, Milona y Glevas, mis ilustres condiscípulos, de cuya ilustración hice yo siempre la burla que se merecía, aun en aquella época en que, sin comerlo ni beberlo, pagaba yo mi escote de la parte de desgracia que me cabía como a todo hijo de vecino. A mí me traían de Ceca en Meca, y de zoco en colodro, metiéndome ya en un berenjenal, ya en un callejón sin salida, ya en un atolladero en que no podía dar pie ni patada: por aquí una derrota, por allá una escapatoria, por todas partes un contraste, y todo por defender lo que no era conforme a mi opinión, sino a la opinión de ellos; pero cayendo siempre y siempre levantando, yo me reía de mis derrotas y de mis derrotadores; me reía de sus triunfos, y me reía más que de todo, de contemplar el resultado que debían traer aquellos laureles a los triunfadores que se coronaban con ellos. El caso es que yo me río todavía, y espero reírme algunos años más, cuando mis héroes hace tiempo que dejaron de dar motivo para nuevas risas".

"Todo esto, lector mío, por grave y serio que seas, te hará conocer que mi sistema de ver las cosas de este mundo, es el mejor de los sistemas conocidos; es el que hace mejor sangre, como suele decirse; el que contribuye más a nuestra salud, manteniendo en nuestro cuerpo el buen humor moral, origen y causa de los buenos humores físicos, y el que puede conducirnos a una feliz longevidad. Yo no necesito que la fortuna me sea favorable, ni que la desgracia huya de mí, para pasar mi vida divertidamente. Desgraciado de ti, si para divertirte es preciso que las cosas sucedan como tú quieres, y mil veces desgraciado si te incomodas porque los hombres hacen tonterías y porque los que escriben libros, diarios, u hojas sueltas, no dicen lo que tú piensas que es lo mejor. ¿Qué sacarás con incomodarte? ¿Borrarás, por ventura, con tu mal humor la tinta del escrito? ¿Harás que lo que a otros les parece bien deje de parecerles así? Ciertamente que no. Pues entonces, no hay más que buen ánimo, buen humor, reírse de todo como yo, y si te ríes de lo que yo escribo, está logrado mi objeto, que es el de divertirte y no el de darte ninguna pesadumbre".

Para acabar de dar una idea del genio y del carácter de Romualdo, copiaremos por conclusión de este capítulo una letrilla que compuso cuando tenía diecinueve años, y que pareció muy bien a los editores del Diario Literario de Méjico. Es la siguiente; y con ella nuestro lector, o lectora, tendrá ya las muestras del genio, de la prosa y del verso de nuestro Romualdo.

 

LETRILLA SATIRICA

Mientras nos duran los días,
Tenemos en todo evento,
Que echar a la risa el cuento,
O hacernos los Jeremías;
Y debiendo yo tomar
El partido de mi humor,
Mal haría yo en llorar,
Siendo la risa mejor.
Por ejemplo, cuando Rita
A Sinforoso prefiere,
Y por el tonto se muere,
Pensando que a mí me quita
La gana de celebrar
Su mal gusto y necio amor,
Mal haría yo en llorar,
Siendo la risa mejor.
Cuando veo yo a Melisa
Por todo el año en el templo,
Queriéndonos dar ejemplo
De su asistencia a la misa,
Y siempre en el mismo altar,
Al lado de aquel señor,
Mal haría yo en llorar,
Siendo la risa mejor.
Cuando veo yo a Susana
Con los viejos rigurosa,
Y tan tierna y afectuosa
Con la juventud lozana,
Queriendo hacerme tragar
No sé qué historias de honor,
Mal haría yo en llorar,
Siendo la risa mejor.
Cuando se nos viene Tito
Haciendo de literato
Sobrándole al mentecato
La e del nombre erudito
Y sin poderse llamar
Más que rudito en rigor,
Mal haría yo en llorar,
Siendo la risa mejor.
Cuando me dice Espinosa
Que yo peco por difuso,
Porque el trabajo no excuso
Para aclarar bien la cosa,
Hasta que el rudo escolar
Quede libre del error,
Mal haría yo en llorar,
Siendo la risa mejor.
Cuando Lucio, que no entiende
Lo que llamamos prosodia,
Quiere hacer una parodia
De mis versos, y pretende
Poder en ello acertar,
Ganando fama de autor,
Mal haría yo en llorar,
Siendo la risa mejor.
Cuando me acusa Bacaro
De ser confuso, y Prenesto
Quiere hacerme el cargo opuesto
De que peco de muy claro;
Que todo lo que he de explicar
Como lo hace un preceptor,
Mal haría yo en llorar,
Siendo la risa mejor.
Cuando veo yo el exceso
Del reverendo Calvillo,
Que porque leo un librillo
Me quiere hacer un proceso,
Tratando así de probar
De su piedad el fervor,
Mal haría yo en llorar,
Siendo la risa mejor.
Mientras veo yo que todos
Dicen y hacen disparates,
Necedades y dislates
De muchos y varios modos,
Sin hacer más que variar
Las formas de un mismo error,
Mal haría yo en llorar,
Siendo la risa mejor.
Cuando veo, en fin, que nadie
De ser crítico se excusa,
Creyendo en la ciencia infusa
Que su opacidad irradie,
Sin querer aun estudiar
Lo que estudió el escritor,
Mal haría yo en llorar,
Siendo la risa mejor.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 171,
Bogotá, 1º de abril de 1975, pp. 16-23.



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