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Francisco Soto
Francisco Soto nació en San José de
Cúcuta, departamento del Norte de Santander, hacia el año de 1789. Fueron sus padres D.
Buenaventura Soto y doña Manuela Montesdeoca. Comenzó estudios de abogacía en Mérida
(Venezuela), bajo la dirección del Dr. Raimundo Rodríguez, sacerdote granadino, y los
terminó en Bogotá.
El Dr. Soto sobresalió por las dotes de
su inteligencia, la vastedad de sus conocimientos, la firmeza de su carácter, la
arraigada convicción de sus ideas y la decidida adhesión a la causa de la libertad y de
la independencia de la patria. Desempeñó importantes cargos y acudió, en diversas
épocas, a congresos legislativos en los que se distinguió por su elocuencia
parlamentaria.
En la noticia histórica y biográfica
que precede al interesante opúsculo titulado Mis padecimientos i mi conducta pública
desde 1810 hasta hoi [12 de febrero de 1841], D. José María Plata, sobrino del Dr.
Soto, nos describe de este modo la recia personalidad y los rasgos fisonómicos de tan
eminente colombiano:
Si la conducta pública del Dr. Soto era
guiada por el más puro y acendrado patriotismo, sujeta, por tanto, solamente a los
errores inherentes a la especie humana, su conducta privada sí puede sostener el más
riguroso examen y servir de modelo digno de proponerse a la imitación de las gentes
laboriosas y honradas. Religioso sin fanatismo, íntegro, laborioso, diligente, frugal,
sobrio, infatigable para el trabajo, sencillo, natural y aun cándido, era al mismo tiempo
el más tierno esposo y el padre más amante de sus hijos. Consecuente y fiel a sus
amigos, moderado y tolerante con sus enemigos (también los tuvieron Aristides y Foción),
indulgente con todo el mundo, sólo era severo consigo mismo. Jamás se dispensó el
cumplimiento de ningún deber, jamás transigió con su conciencia, nunca se manchó con
el delito, pero ni aun con la debilidad, o el disimulo del delito...
El Dr. Soto tenía una estatura regular,
más bien grande que pequeño, ojos vivos y expresivos, frente elevada, boca pequeña,
color moreno, postura humilde y modesta, pero desembarazada y libre. Su traje, sencillo y
severo como sus principios, no era desaliñado como el de un cínico, sino simple como el
de un filósofo. Aunque ordinariamente paciente y moderado, era susceptible de un calor y
entusiasmo extraordinarios cuando se interesaba su honor individual o los intereses de la
patria.
Francisco Soto murió el 1º de febrero
de 1846, en la hacienda Tilatá, cercana a Chocontá (Cundinamarca), cuando se dirigía
con su familia a Bogotá. La provincia de Pamplona lo había elegido, una vez más, como
su representante al Congreso de Colombia.
El fragmento autobiográfico que aquí se
reproduce, con actualización ortográfica, pertenece al mencionado opúsculo Mis
padecimientos i conducta pública desde 1810 hasta hoi (Bogotá 1841), título que
condensa a cabalidad el contenido de las 38 páginas de esta verdadera rareza y curiosidad
bibliográfica. Con anterioridad, en octubre de 1827, el Dr. Soto había escrito sus Memorias
para la historia de la legislatura de Colombia en 1827, folleto que constituye el
volumen 51 de la Biblioteca Popular (Bogotá, Librería Nueva, 1894), dirigida por D.
Jorge Roa.
Mis padecimientos
Jamás ha parecido lícito ni aun bajo
los gobiernos despóticos, cualesquiera que hayan sido los que los hubiesen administrado,
condenar a uno, sea quien fuese, sin que antes se le haya oído, y las más veces juzgado
con arreglo a las leyes. Esta garantía de la audiencia y juzgamiento es tanto más
necesaria, cuanto que los magistrados, autores o ejecutores de la medida de condenación,
tengan menos facultades para acordarla, y la víctima que se quiera sacrificar, sea no
sólo un individuo inocente, sino un ciuda-
dano que haya prestado sus servicios a la Patria constante y desinteresadamente en un
largo espacio de tiempo, y sufrido por ella horribles padecimientos. Entonces el
perseguido, como lo observa M. A. Julio de París, tiene el derecho incuestionable de que
sus compatriotas le concedan su atención antes de consumar el sacrificio. Fundado, pues,
en estos principios que son de eterna verdad, y que sobreviven a todas las pasiones
maléficas, yo espero que se habrán de leer, de meditar estos renglones, que apenas puede
trazar el desgraciado a quien oprime la más desatada persecución.
Ardoroso republicano desde antes del 20
de julio de 1810, como que había recibido las lecciones, y merecido la más íntima
confianza de los próceres de la independencia C. Torres, F. J. Gutiérrez y N. M. de
Omaña, tuve no pequeña parte en la revolución de Pamplona, del 4 de julio de dicho
año, y después la sostuve constantemente contra los enemigos que la combatían. Mi
consagración a esta noble empresa no tenía por objeto adelantos personales, contaba
sólo 21 años, era propietario de diez mil pesos, que en una hacienda de cacao y añil
había recibido por herencia paterna, y era ya abogado de la audiencia de Santafé, y para
lograrlo había obtenido que ella me dispensase cuatro años que me faltaban para cumplir
la edad requerida entonces; de modo que si de una parte la fortuna se me presentaba
lisonjera sosteniendo yo la causa española, de otra la de la independencia no me ofrecía
sino riesgos y padecimientos en mi persona, la pérdida de mis bienes y la desgracia de mi
familia. Previendo, empero, todos estos inconvenientes me arrojé en los brazos de la
Patria para sucumbir o salvarme con ella.
Así fue como el 13 de junio de 1812, ya
sufrí en los campos de San Antonio de Táchira, en calidad de simple soldado, la primera
derrota que en el norte de la Nueva Granada experimentaron las armas de los
independientes. Desde allí emprendí mi emigración perdiendo de consiguiente los bienes
heredados, el país de mi nacimiento, la provincia donde desempeñaba uno de los primeros
destinos, y separándome de mi anciana madre, que debía padecer, como realmente padeció
bajo el poder del vencedor, porque había abrazado las opiniones de sus hijos.
El 28 de febrero del siguiente año de
1813 llegué de regreso del Socorro, en cuya provincia había merecido un destino
político, para reunirme en San José de Cúcuta con el coronel Bolívar, que acababa de
triunfar del coronel Correa y del ejército español destinado a reconquistar las
provincias del norte de la Nueva Granada. El coronel Bolívar, después Libertador de
Colombia, me agregó a su Estado Mayor en calidad de su Secretario, y si no emprendí la
marcha para Caracas, fue porque de su orden tuve que hacer viaje a Tunja para solicitar
del Congreso el permiso de seguir el ejército a Venezuela.
El mismo año de 13 los enemigos
volvieron a ocupar a Cúcuta y Pamplona, y yo tuve que emprender nueva emigración al
interior, acompañado ya de mis más próximos parientes. La provincia del Socorro me
recibió nuevamente con generosidad, y me volvió a conferir el mismo destino que había
renunciado por acompañar al general Bolívar. Al cabo de algunos meses regresé, en 1814,
a la de Pamplona, porque me aseguraban que allí podría ser más útil a la causa de la
Independencia.
En diferentes comisiones del servicio
público me ocupé el resto del año de 14, hasta que el 23 de diciembre fue indispensable
evacuar a Pamplona por una nueva invasión del ejército español. En el de 15 recuperamos
el territorio, pero no las casas, las poblaciones ni las haciendas, porque todo había ya
desaparecido casi enteramente, o no existían más que ruinas.
El mes de octubre de dicho año de 15
salí en compañía de mi joven, tierna y delicada esposa, a virtud de la desgraciada
batalla de Bálaga, en que triunfó el general español Calzada. Ya preveíamos entonces
que, con la llegada del ejército expedicionario del general Morillo, nuestra emigración
carecía de un término conocido, y nos despedimos para siempre, o por muchos años, de
los lugares de nuestro nacimiento.
Como no era justo dejar de prestar a la
santa causa que habíamos proclamado los débiles servicios que yo pudiera rendirle, a mi
tránsito por el Socorro acepté el empleo de Teniente-Gobernador que se me confirió y
con el cual debía desempeñar también el de la gobernación.
Desde el 1º de enero de 1816 hasta
principio de marzo me desviví en solicitar y proporcionar al ejército que fue aniquilado
en Cachirí todos los auxilios de hombres, caudales, armas, municiones, caballos y demás
útiles que podía suministrar la provincia, sin emplear para ello otros medios que los de
la persuasión y el convencimiento. ¡Esfuerzos infructuosos! La Providencia había
dispuesto sepultar la libertad de la Nueva Granada en los campos de Cachirí. Yo salí del
Socorro en compañía de mi esposa, salvando los caudales que había en su tesorería, los
cuales conduje a Tunja, y los entregué a disposición de su Gobernador el Sr. Vázquez.
No puedo dejar de recordar en este lugar
los riesgos a que me expuse por salvar la tesorería, en mi tránsito del Socorro a Tunja.
En Oiba, Chitaraque, Moniquirá y Leiva se levantaron para apoderarse de ella, y
entregarme a mí a Calzada, los mismos que pocos días antes hacían alarde de
patriotismo: ellos juzgaban se redimirían de los males que para sí temían, con
presentarme amarrado al general español. El Dios de la justicia me preservó de sus
manos, y yo continué mi viaje por Sogamoso para La-branzagrande en Casanare.
De Labranzagrande salimos pocas horas
antes de que una partida de realistas americanos sorprendiese la población y aprehendiese
a otros emigrados. ¡Cómo se había exaltado el furor de las pasiones en los mismos
granadinos! ¡Los jefes españoles tenían que contener la sed de sangre y de rapiña que
a éstos devoraba!
En Támara permanecimos mi mujer y yo
hasta la mitad de junio, en que ya fue preciso descender a la llanura para escaparnos de
las armas españolas. ¡Con qué pena continuamos de Pore nuestra emigración hacia el
nordeste el 24 de junio, mi esposa aguardando parto, y yo sin auxilio de criado, marchando
en formación militar a la vista de la infantería enemiga que nos observaba desde las
colinas! Jornadas, alguna vez, de 10 a 12 leguas, atravesando ríos caudalosos, y en lo
más apurado del invierno: sin más víveres que la carne fresca, ni más objetos de
expectación que la muerte arrebatando a varios de nuestros compañeros, de nuestros
parientes y de nuestros amigos; tal era nuestra situación cuando llegamos el 1º de
agosto a las orillas del famoso estero del Cachicamo, que en la estación de las lluvias
es un lago extenso que forma horizontes hacia todas partes. Pues allí, en ese sitio de
horror, sobre un terreno pantanoso, bajo de espesos árboles, amenazados de las fieras, de
los indios infieles, y aun de los españoles que molestaban nuestra retaguardia; allí, a
campo raso, sin más auxilio que el de la Providencia, dio mi esposa a luz una hija y al
día siguiente tuvimos que continuar a caballo nuestra emigración, y pasar el 5 de agosto
el ponderado estero del Ca-chicamo.
A fin del mes llegamos a la ciudad de
Guadalito, capital de Alto Apure, y yo era ya entonces un soldado del escuadrón
Maldonado. Desgraciadamente el clima no debía respetar mi salud. En septiembre me vi
atacado de enfermedades, y desde octubre la disentería, la ictericia y la fiebre me
redujeron al borde del sepulcro; de manera que el 24 de diciembre del mismo año de 1816,
en que ya estaba moribundo, y los patriotas debían evacuar el territorio para escaparse
del general Latorre, que pasaba el Arauca, me dejaron abandonado, como que no podía
moverme en pies míos ni los ajenos, ni tenía alientos para estirar siquiera los brazos.
Mis compañeros me dispensaron entonces el único servicio que estaba en su capacidad: me
dieron a beber láudano: y yo no pude sentir la hora de su partida, ni despertar hasta el
25 en que oí los clarines y trompas españolas.
Parecía, pues, llegado el término de
mis padecimientos: o los vencedores debían matarme, o las enfermedades conducirme al
sepulcro; mas Dios había decretado otra cosa: el general Latorre, hospedado en la misma
casa donde yacía yo moribundo, fue el instrumento de mi conservación. Llamado por mí a
la pieza que yo ocupaba, separada de la suya sólo por un tabique, le dije con voz
sepulcral: "Señor general, soy Francisco Soto, he sido sumamente patriota, disponga
Ud. de mi vida". Latorre, siempre humano, entonces fue caritativo: "tranquilice
Ud. su espíritu, me respondió, y no piense en las cosas de este mundo, sino en la
eternidad"; y llamó al médico del ejército, y le previno que me asistiese, y
suministrase las medicinas y alimentos, tomando un interés tan generoso por mi
existencia, que cuando el doctor le informó que yo debía morir si no se me daban algunas
gotas de vino, dividió con el enfermo la única botella que todavía conservaba. Por
medio de este licor mezclado con leche de pechos de mi esposa estuve sosteniéndome por
espacio de más de veinte días, durante los cuales continuaron su marcha el benéfico
Latorre y el general Morillo con sus correspondientes divisiones. ¡Que no me haya sido
concedido hasta ahora expresar mi gratitud al general Latorre, ni corresponder dignamente
a las señoras, en cuya casa pasamos mi mujer, mi hija y yo los últimos meses de 1816 y
algunos del siguiente año de 1817!
Salvo de las garras de la muerte en esa
época, nada faltó para que fuese su víctima en el mes de febrero de dicho año. El
comandante español del territorio, por una imprudencia de mi parte, llegó a descubrir mi
existencia y mis compromisos en la causa de la libertad, y dio orden para que se me pasara
por las armas. Dos soldados se presentan en mi albergue, y no dispararon los tiros sobre
mí, ya porque no pudiendo ni siquiera moverme por mi estado de debilidad, les era
necesario conducirme en hamaca a la plaza para ejecutar la operación, y ya porque
mientras hacían la traslación mi benefactora la Sra. Josefa A. Ramírez (que hoy vive en
la provincia de Mérida de Venezuela) calmó el furor del comandante, y le convenció de
que cuidando ella de mi vida, por órdenes de Latorre, no podía dárseme la muerte sin
que el general la hubiese comunicado al efecto. Ampueda, este era el nombre del
comandante, nos prometió entonces que durante su mando yo podía continuar tranquilo
cuidando del restablecimiento de mi salud.
Pocos días duró esta serenidad, porque
habiendo los españoles evacuado el territorio, quedó la ciudad de Guadalito abandonada
de los unos y de los otros beligerantes, y sometida a las incursiones de los salteadores,
que allá se denominaban matroces. Realizáronse por desgracia los temores que
teníamos, pues que una partida de más de treinta hombres que habían jurado guerra a
muerte a los realistas y a los independientes, se apoderó de la ciudad a principio de
marzo. Nada era respetado por tales in-dividuos: desde los ornamentos y alhajas de la
iglesia, hasta los muebles de cocina en las casas particulares, desde los hombres a
quienes mataban, hasta las mujeres que encontraban y se las arrebataban para su
campamento, todo era presa de su furor, de su rapacidad y de su impudicia. Yo, después de
haber sido desnudado en el lecho donde apenas podía mantenerme, por un milagro salvé la
vida de los tiros que ya iban a disparar dos carabinas que me habían puesto sobre el
pecho, sólo porque el jefe dispuso no malgastasen la pólvora en un enfermo que presto
había de morir. Mi esposa y las señoras que nos protegían, ocultas entre un montón de
basura, debieron a ésta y otras casualidades no ser descubiertas ni arrebatadas por
semejantes brutos. Al tercer día evacuaron la ciudad, donde ya sólo se comentaban otros
dos hombres que también se hallaban enfermos. Nosotros salimos de ella inmediatamente
dirigiéndonos a una sabana desierta entre el Uribante y el Zarare, como que no teníamos
noticia alguna de la existencia de las tropas independientes, ni recursos para otra
empresa.
En aquel desierto, donde hubo días que
nuestro alimento sólo era guanábana tierna, tuvimos que apurar el cáliz de la amargura.
Hasta entonces mi esposa y nuestra recién nacida hija habían gozado de salud, y aquélla
era la que me asistía durante los accesos de frío y calentura que me atacaban
diariamente. Mas la fiebre tampoco respetó a mis dos queridas compañeras, y acometió a
la última reagravada con las viruelas. Dios con todo eso no nos abandonó, y nos
concedió la gracia de que sucesivamente nos sobreviniese la calentura, de tal manera que
uno de los dos esposos podía asistir al otro cuando el febricitante se hallaba privado de
sentido. Así es que la Providencia cuida por medios inesperados aun de los seres más
humildes.
Apenas los patriotas recuperaron a
Guadalito, y por sus correrías tuvieron noticia de mi existencia, cuando destinaron una
embarcación a conducirme con mi familia a la ciudad, a donde llegamos todavía enfermos,
abrumados de calenturas y miseria.
Aún no había recuperado mi salud,
cuando el coronel Juan Galea, libertador de Casanare y comandante general del Alto Apure,
me agregó a su Estado Mayor con el carácter de Secre-tario: continué después en el
mismo destino, bajo las órdenes de sus inmediatos sucesores, el coronel Juan Antonio
Romero (alias Romerito) y el coronel Ramón N. Pérez, y allí permanecí desempeñando
mis funciones hasta el 1º de enero de 1819 en que los militares granadinos obtuvimos
licencia para regresar a Casanare a prestar nuestros servicios bajo la dirección del
general Santander, nombrado por el jefe supremo de Venezuela, Comandante en jefe de la
vanguardia del ejército libertador de la Nueva Granada.
Puedo gloriarme de que mis servicios en
el Alto Apure no dejaron de ser de alguna utilidad. Contando siempre con la aprobación
del general Páez, primera o única autoridad del país, logré inspirar en mis inmediatos
jefes ciertos sentimientos de orden, que desarrollados empezaron a producir algún bien.
Nombráronse funcionarios civiles, aseguróse a los labradores que podían dedicarse al
cultivo de los campos sin riesgo de arrancarlos de ellos para el servicio militar, y sólo
con obligación de mantener el culto religioso, y logróse que por más de un año en
ningún prisionero se llevase a efecto la guerra a muerte, y que los delitos militares
fuesen juzgados en consejos de guerra. Recuerdo con placer todo esto, y más aún que la
provincia de Barinas, a la cual pertenecía entonces el Apure, no desconoció mis
servicios, pues que tuvo la generosidad de nombrarme en una época posterior diputado para
el Congreso Constituyente de Cúcuta.
Llegado a Casanare fui nombrado auditor
de guerra del ejército, y en este destino tuve la satisfacción de salvar con mi dictamen
la vida a ese mismo coronel Nonato Pérez, que tanto me había distinguido en Apure cuando
yo era su Secretario. Nada es más agradable para un corazón bien formado, que la
gratitud cuando está aliada con la justicia.
Los españoles fueron derrotados en 1819
en los campos de Boyacá, regados entonces con la sangre de uno de los más esclarecidos
vencedores, el general Santander; y en seguida yo fui nombrado por el Libertador para la
gobernación de Pamplona. En esta ciudad tuve la satisfacción de presentarle, entre otros
muchos, tres hermanos, vecinos principales de ella, que desgraciadamente habían sido
exaltados realistas, y emigrado bajo la protección del ejército del general español
Latorre: todavía viven, y por eso no debo nombrarlos. Mas ellos recordarán que yo me
constituí garante de su conducta, y que de primer magistrado de la provincia les
dispensé hasta mi amistad, sólo por atraerlos a la causa de la justicia.
En mi gobernación me conduje de tal
manera que ningún realista pudo formular la menor queja: yo respeté e hice respetar sus
personas, y en cuanto a las cantidades determinadas que por órdenes superiores debía
exigirles, siempre obtuve que se disminuyeran, y que las pagasen a plazos, y gran parte en
efectos de consumo. Por este medio, y porque en las requisiciones de caballerías, de
vestuarios y en los alojamientos, yo era el primero que me pechaba junto con mis parientes
y amigos patriotas, logré calmar la enardecencia del partido vencedor, y atraer o a lo
menos neutralizar el vencido. Tres veces renuncié el destino de Gobernador, dos ante el
Libertador de Colombia, y la tercera en manos del Vicepresidente de Cundinamarca; pero
lejos de obtener mi admisión, ambos jefes, el uno desde el cuartel general de Turbaco y
el otro desde Bogotá, me confirieron además la comandancia general de la provincia.
Para reunirse el Congreso constituyente
de Cúcuta, yo me presenté allí revestido también con las diputaciones de Pamplona y
del Socorro; nombramientos que excitaron mi más viva gratitud y que en mi concepto eran
comprobante de que la habían producido en el Socorro los servicios que allí había
consagrado a la Patria en la primera época de la revolución, y en Pamplona los que con
varias interrupciones había prestado desde 1810 hasta 1821.
El Congreso me eligió por su Secretario,
como aparece del primer tomo de Leyes de Colombia; mas allí no consta, y sí en el libro
de actas, que hasta por tercera vez se denegó a aceptar la renuncia que hice de este
destino y del de Senador, que también me confirió por el departamento de Boyacá. Yo
deseaba dedicarme a solicitar una subsistencia independiente de los empleos, y fue
necesario sin embargo someterme al mandato de la Patria, que se expresaba por la voz de
los Representantes de Colombia.
El Poder Ejecutivo me destinó igualmente
para Teniente asesor del departamento de Boyacá, y tuve que aceptar por consideración a
sujetos a quienes debía complacer. La invasión del general español Morales llamó al
ejército al intendente propietario, y yo desempeñé las funciones de este destino así
como las peculiaridades del mío (puedo asegurarlo en público) a contentamiento de las
provincias, y especialmente de la de Tunja. Tuve la satisfacción de cooperar en todo
sentido al establecimiento del Colegio de Boyacá y de presidir su acto de instalación, y
el contento de que se auxiliase al ejército con reclutas, víveres y dinero, ofrecidos
por los pueblos, sin que se hubiese cometido la menor arbitrariedad, aumentándose mi gozo
al experimentar que los pocos realistas que había en Tunja, eran los primeros que, a
virtud de mis comisiones, sostenían mis esfuerzos y colectaban los recursos. La ciudad de
Tunja se complació de mi conducta, y lo representó así al Ejecutivo en el mes de
diciembre de 1822, después de que yo había dejado de ser empleado del departamento.
Trasladado a Bogotá, fui miembro de los
Congresos de 1823, 24, 25 y 26, y el tomo de leyes de 1824 también depone que en alguna
época obtuve el honor de presidir el Senado de Colombia. Durante el receso de la
legislatura desempeñaba una fiscalía en el Tribunal de Cundinamarca, comprensivo de
todas las provincias que hoy forman la Nueva Granada; pero abrumado del trabajo la
renuncié en 1825; y entonces se me confirió igual magistratura en la Alta Corte de
Justicia. Tuve por último la complacencia de haber sido el primer catedrático de
Economía Política, y en este concepto haber presidido los estudios que hicieron de esta
interesantísima ciencia varios jóvenes designados para influir posteriormente en los
destinos de la Patria, como los Ordóñez de Girón, Martínez del Cauca, Landínez de
Tunja y otros que no es preciso nombrar.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 169,
Bogotá, 1º de febrero de 1975, pp. 12-17.
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