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Lisandro Restrepo
D. Lisandro Restrepo nació en Envigado,
departamento de Antioquia, el 16 de octubre de 1849. Fueron sus padres D. Nicanor Restrepo
y doña Venancia Arango. Hizo las primeras letras en la escuela de D. Justiniano Mesa; de
aquí acudió al Colegio del Estado, en Medellín. Cerrado este plantel educativo a causa
de la guerra, continuó sus estudios en la escuela privada de D. Manuel Antonio
Piedrahíta; en 1863 pasó al colegio de San Luis y luego ingresó nuevamente al Colegio
del Estado bajo la dirección del Dr. Román de Hoyos, donde cursó estudios de derecho,
entre 1866 y 1869.
En 1870 el Dr. Lisandro Restrepo inició
su profesión de abogado y desempeñó, por algunos días, el cargo de administrador
general de correos del Estado de Antioquia. Al año siguiente fue nombrado procurador del
Distrito de Medellín. Por esta misma época desempeñó, en dos oportunidades, la
jefatura municipal del Distrito antes nombrado. El 2 de enero de 1872 tomó posesión del
juzgado del circuito de Santodomingo (Antioquia) y en mayo del siguiente año fue jefe de
sección en la Administración General del Tesoro, en la capital de Antioquia. En octubre
del mismo año se encargó de la jefatura de sección de la Procuraduría del Estado,
puesto en que permaneció hasta el 18 de mayo de 1874; posteriormente ocupó, hasta
septiembre de 1876, el juzgado del circuito de Rionegro. En 1879 tomó parte en el
pronunciamiento de los conservadores contra el gobierno del general Tomás Rengifo y le
tocó actuar en el combate del Puente de Caldas.
En los años siguientes el Dr. Restrepo
se dedicó al ejercicio profesional. En 1886 fue nombrado juez superior del Distrito de
Medellín y luego magistrado del Tribunal Superior de Antioquia, cargo que desempeñó,
con especial consagración y lucimiento, hasta 1898. De aquí en adelante volvió a
ejercer la profesión con mucho éxito. En 1922 fue llamado a ocupar de nuevo una
magistratura en la sala civil del citado Tribunal Superior, período durante el cual fue
presidente de la Corporación en varias ocasiones. Este ilustre jurista fue también
secretario de la Escuela de Derecho y, por más de veinte años, profesor de la
Universidad de Antioquia. Cabe agregar que en los años de 1909, 1915 y 1916, el Dr.
Restrepo concurrió al Congreso de la República en calidad de representante.
El Dr. Lisandro Restrepo, además de
eminente jurisconsulto, se distinguió como escritor de muy atildados méritos. Así lo
demuestran varios opúsculos que escribió sobre moneda, legislación de minas y otros
temas; su labor periodística en El Cóndor, El Nacional y la Revista de
Antioquia, de la cual fue uno de sus fundadores; y, sobre todo, sus Ensayos
literarios (Medellín, Imp. del Departamento, 1899), que comprenden las páginas
autobiógraficas tituladas Memorias íntimas de Ramón Pérez y la novela que lleva
por título De paso, novela costumbrista que en nuestro concepto nada tiene que
envidiar a las del mismo género de su coterráneo, el maestro Tomás Carrasquilla. En
estos ensayos se perfila, a plenitud, el escritor de buena ley.
Es preciso consignar que la referida obra
Ensayos literarios constituye, sin la menor duda, una verdadera rareza y curiosidad
bibliográfica. Quizás no incurramos en exageración al decir que se trata de un tesoro
oculto, totalmente desconocido en los predios de la literatura colombiana; aún más,
ignorado u olvidado en el propio suelo de la fecunda comarca antioqueña. Para sacar
avante nuestro aserto, bástenos manifestar que el nombre del Dr. Lisandro Restrepo no
asoma en las páginas del libro Manuel Uribe Angel y los literatos de Antioquia (Bogotá,
1937) de Eduardo Zuleta; no aparece por lado alguno en la valiosa y bien lograda
compilación de D. Benigno A. Gutiérrez:Gente maicera, mosaico de Antioquia la Grande (Medellín,
1950);y que De paso no se da a conocer en La novela en Colombia (Bogotá,
1908) de Roberto Cortázar; no se estudia en la Evolución de la novela en Colombia (Bogotá,
Instituto Caro y Cuervo, 1957) de Antonio Curcio Altomar; tampoco la registra el Dr.
Humberto Bronx en La novela y el cuento en Antioquia (Colección "Academia
Antioqueña de Historia", s. f.); ni la menciona Uriel Ospina en sus Sesenta
minutos de novela colombiana que habrá de circular próximamente dentro de la
colección Breviarios colombianos del Banco de la República.
Las páginas autobiográficas que D.
Lisandro Restrepo esconde bajo el nombre de Memorias íntimas de Ramón Pérez
contienen los siguientes capítulos: Preliminares, Boceto autobiográfico, Mi tierra,
Mis negocios, Mis malas, Las bodas de mi sobrino, Un tope, Un duelo de familia, Las ruinas
de Palmira y Colás. Estas Memorias íntimas se caracterizan por la
corrección y elegancia del estilo; por la amenidad y soltura de sus relatos, y por el
mágico poder descriptivo con que el autor entrelaza su personalidad y sus vivencias. Sin
embargo, lo que más cautiva es la forma picaresca con que salpica el discurrir de todas
sus venturas y desventuras; es el fino gracejo antioqueño con que se vierten sucesos,
pilatunas y ocurrencias; es, en fin, la sal y la pimienta con que se describen, con pelos
y señales, personajes que se rozan con la vida y milagros del ingenioso protagonista.
Antes de deleitarnos con el Boceto autobiográfico que aquí se reproduce, veamos
cómo empieza el capítulo V:
Nací enfermizo, endeble, feo, y por
añadidura pobre, y si mi salud y mis fuerzas han mejorado un tanto, no así mi fortuna ni
mi figura: me hallo constantemente sin blanca, y cuando me veo en un espejo, lo que hago
rara vez, me encuentro siempre feo... Ya se comprenderá cuantos son los esfuerzos que
habré tenido que hacer, en la lucha por la vida, para llegar a los cincuenta sin morirme,
para conseguir mujer y para ser padre legítimo de una numerosa prole.
En últimas, estas memorias
autobiográficas representan, a nuestro modo de ver, todo un agradable conjunto que no
solamente embelesa el ánimo, sino que también encierra en el fondo edificantes
enseñanzas.
El Dr. Lisandro Restrepo, escritor
realmente desconocido, ameno y original, falleció en Medellín el 4 de febrero de 1927,
cuando a la sazón desempeñaba una magistratura en el Tribunal Superior de Antioquia.
Los datos biográficos del Dr. Restrepo
los hemos tomado del Diccionario biográfico y bibliográfico de Colombia (Bogotá,
t. III, 1939) de Joaquín Ospina.
Boceto autobiográfico
La naturaleza especial de esta obrita,
cuya índole y tendencias se conocerán bien pronto, hace necesaria la existencia del
presente capítulo, en el cual, como se colige por su mismo título, intento dar a mis
lectores una idea general de mi individuo, reservándome para los subsiguientes el entrar
en particularidades que completarán el conocimiento perfecto y completo de este miembro
de la desgraciada familia de Adán que lleva por nombre el de Ramón Pérez, a secas y sin
arandelas.
Para que la pintura sea lo que debe ser,
es decir, exacta y con detalles característicos que presenten el sujeto de relieve, no me
limitaré únicamente a hacer una exhibición de mi exterior físico, sino que también
daré algunas pinceladas que pongan de manifiesto mi ser moral e intelectual.
A veces he pensado que pudiera evitarme
esta triple, difícil y penosa labor colocando mi estampa al frente de estas páginas, y
sometiéndome a la vez al estudio frenológico de un discípulo del muy renombrado Dr.
Gall; pero al meditar un poco sobre el asunto he llegado a persuadirme de que en manera
alguna me conviene el procedimiento y que mejor me está el atenerme a la descripción
escrita, sin perjuicio, por supuesto, de dar a luz mi estampa, si esto fuere
prácticamente posible. Varias son las razones que me asisten para optar por este último
camino, y entre ellas registraré las siguientes como más culminantes y decisivas.
1ª Porque para mí eso de que "la
cara es el espejo del alma" no es una verdad científicamente demostrada; y porque si
lo estuviera me sería doloroso que mis lectores fueran a formarse una idea tan
desfavorable de mi personalidad moral e intelectual, como la que necesariamente tendrán
que formarse de mi personalidad física;
2ª Porque aunque yo creo con toda buena
fe que el cuerpo humano ejerce una grande e inmediata influencia sobre el alma, tengo para
mí que es puro empirismo el sistema que sustenta la teoría de que ciertas protuberancias
craneanas coinciden con cualidades o predisposiciones del espíritu; y tan seguro estoy de
que tal sistema carece de fundamento sólido, como que sé de cierto que tengo en mi
interior una pasioncilla que no se revela en mi cabeza por ninguna protuberancia especial;
y si no, que se haga la prueba para que se vea que digo la verdad.
Me llamo como queda dicho y anotado y
nací de mi madre y fui engendrado por mi padre en esta Villa de la Candelaria, en donde
he vivido hasta el presente con raras intermitencias, y en donde deseo continuar viviendo
y morir, si Dios no dispone otra cosa mejor. Tengo cincuenta años y voy que me las pelo
para los cincuenta y uno. Soy alto, delgaducho y de piernas tan flojas, que más parecen
de trapo que de carne y hueso. Mi cabeza es grande y no mal conformada, bien que en los
tiempos que corren es un erial en el cual no crecen sino unas pocas hebras de pelo
blanquecino, que no logran, por más combas que les hago dar, cubrir la tercera parte de
la superficie de mi cráneo. Mi cara ha sido fea desde que asomó por estos valles
los del mundo y sus imperfecciones aumentan cada día, debido a la acción
destructora del tiempo que nada respeta. Tan amarga verdad se pone de manifiesto con sólo
considerar que entre dientes y muelas apenas cuento trece piezas, cinco de los primeros y
ocho de las segundas; que mi nariz se ha afilado tanto que ya parece cuchillo de zapatero;
que a medida que mi cuello va hundiéndose, como falto de sólido sostén, mis hombros se
levantan a guisa de promontorios; y por último, que mis ojos, grandes y lánguidos como
de buey, han perdido su brillo natural, y su mirada es triste, vaga y fría, con lo que
están diciendo a gritos que están cansados de ver lo que pasa en este valle que llaman
de lágrimas con tanta razón.
Hasta los treinta vestime a la moda de mi
tiempo y gasté trapos de vivos colores, y usé levitones de azul turquí chalecos de
terciopelo, y pantalones a cuadros, anchos y vistosos; pero de entonces para acá
acostumbro, sin interrupción, presentarme en la calle de riguroso luto, desde la cabeza a
los pies, y con ese propósito llevo cerrado el cuello de mi levita para no dejar ver lo
blanco de mi camisa. De ropa de paño sólo tengo un ejemplar que renuevo cuando me urge
la necesidad; y en cuanto a la blanca, debo confesarlo, es más que escasa; no obstante,
diré en mi abono que vivo limpio y aseado, debido a la acuciosa solicitud de una de mis
hijas, quien no da descanso al cepillo ni a la aguja de remendar.
Heme aquí, caro lector, físicamente
pintado, tal como soy, sin exageración y sin falta. ¿Te gusto? Hazme el favor de no
contestarme.
Dícenme todos, y yo lo creo, que peco
por curioso; y verdaderamente lo soy, porque a mí no me satisfacen con medias palabras ni
con cuentos sin final; y porque mantengo una comezón desesperante de saberlo y
averiguarlo todo, impórteme o no me importe, sea el asunto serio o muy trivial. Si un
personaje cualquiera me interesa por algún motivo, o por puro capricho, he de saber,
cuésteme lo que me costare, quién es, de dónde viene y para dónde va. Si alguien ha
muerto, he de averiguar si falleció de enfermedad natural o por obra de alguna violencia.
En el primer caso, no se me queda títere con cabeza a quien no interrogue sobre la causa
de la enfermedad, sobre el curso y desarrollo patológico de ésta, sobre si el paciente
murió en su juicio, o no, sobre si hizo o no testamento, sobre si dejó mandas para
los pobres y para obras pías, y en fin, sobre si al morir hizo o no gestos. Si acaece lo
segundo, no me tranquilizo hasta meterme en la cabeza el proceso hasta conocer de pe a
pa la historia del homicida y la de toda su parentela. Es mi manía; no la puedo
negar.
Este deseo constante y dominador de
averiguarlo todo y de saber el por qué de esto y de aquello me ha costado muchos dolores
de cabeza y no pocos desagrados, sin contar con la mala fama adquirida como inoportuno.
Pero en cambio, ¡qué de ratos de fruición no he experimentado! Esto, aparte de que esa
manera especial de ser me ha creado un cúmulo de conocimientos prácticos muy variados y
me ha puesto en situación de apreciar en lo que valen los hombres y sus proezas, o mejor,
en la de conocer un tanto la humanidad con todas sus virtudes, sus flaquezas, engaños y
debilidades. ¿Os parece poco?
He tenido la gran virtud de la humildad y
nunca he sido vano. He conocido mi puesto, y no me han dado antojos de escalar el que no
me corresponde.
En achaques de amor, soy fuerte, así
como aquel diputado de marras de quien alguien dijo que era fuerte en harinas (de tabacso
se entiende), sólo que mi saber en esta grave materia no lo he adquirido por experiencia
propia, sino por la ajena. He estudiado, con efecto, en muy buenos e interesantes tipos,
el nacimiento, desarrollo, curso y término de la enfermedad que lleva el acotado nombre;
y conozco, por lo tanto, sus síntomas, las vueltas que da, las faces engañosas que
presenta, y para decirlo todo, conozco algunos antídotos y preservativos.
Para el que se enamora perdidamente de
una rica heredera en cierne, no hay remedio igual a una quiebra del papá; la
curación es completa y rápida. El enamorado loco de una pobre, pero hermosa, puede
curarse con suero antiséptico de suegra, o con el anuncio de tener que cargar de por vida
con toda la parentela de la futura. Si el amor es una de esas pasiones sublimes y
poéticas de que nos hablan los novelistas, las cuales producen en la mayor parte de los
casos resultados tan fatales, como suicidios, etc., etc., no se le conoce otro remedio que
el raparle a la pretendida la cabeza con navaja de barbero, o el inyectarle virus de
viruela castellana para que le quede el hermoso rostro picoso como tusa de maíz. A
la vista de tales escabrosidades desaparece el amor más ideal; se han visto casos.
He dicho, y lo sostengo, que en esto de
la enfermedad amor, sólo soy fuerte en cabeza ajena; y dígolo de esta manera, porque ha
de saberse que desde que soy hombre hecho y derecho, yo he tomado el amor por donde no
quema; más claro: que en lugar de darle cabida en mi corazón como una pasión dominante
y avasalladora de esas que quitan el sueño y el apetito y que enervan todas las
facultades, he considerado el amor como una necesidad de carácter puramente social,
criada por Dios e inculcada en nuestra naturaleza como un medio coercitivo tendiente a la
conservación y propagación de la especie humana y nada más. Los amores ideales,
espirituales, sin carne de por medio, no son de este mundo. Su mansión es el cielo y de
ellos no gozaremos, sino cuando estemos libres de la vestidura carnal, y cuando nos
hallemos al lado de Aquél que todo es amor, pero verdadero amor.
En términos más perentorios y claros,
el amor ha sido para mí un medio y no un fin; y de aquí que haya tenido siempre como una
insensatez, o un pecado de marca mayor, esas adoraciones fanáticas entre hombre y mujer
que paran regularmente, según se ha visto, en sacrificios estériles, si no en verdaderos
crímenes. Y esto por la razón muy sencilla de que un enamorado de esa clase olvida este
divino precepto:
"Amar á Dios sobre todas las
cosas".
Me gustan las riquezas; y cómo no me han
de gustar, si el oro representa no solamente la felicidad de satisfacer nuestras
necesidades de toda clase, sino que también su posesión hace que los demás hombres nos
consideren y acaten, y tanto que hoy se tiene como una verdad de Pero Grullo aquello de
"¿Cuánto vales? Cuanto tienes". Por lo demás, ¿quién puede negar que
"la lucha por la vida" es nuestro verdadero tirano y que quien tiene el riñón
cubierto lleva mucho ganado en ese universal combate en que chicos y grandes, feos y
bonitos, jóvenes y viejos debemos tomar parte, queramos que no queramos?
No obstante lo dicho, como estoy más que
escaso del codiciado metal y como no veo por dónde me pueda venir, si no me llueve del
cielo, conforme estoy con mi suerte que no es blanda por cierto, y vivo el día como si
fuera el último. No envidio a nadie, ni odio a los ricos, por ser ricos, ni quiero a los
pobres, por ser pobres. Estimo y considero a los buenos, sea cual fuere su condición y su
fortuna; y detesto a los malos, ya sean ricos y poderosos, o pobres y desvalidos.
En lo general soy un hombre simpático
por activa, lo que significa hablando en fina plata que la mayor parte de las gentes me
agradan; y digo que la "mayor parte", porque el exigirme más sería tanto como
considerar que he alcanzado un grado de perfección a que no han llegado ni los mismos
santos; y debe saberse, desde ahora, que de santo no tengo ni asomo de serlo. En cuanto a
si soy simpático por pasiva, al lector toca el decidir el punto, pues por lo que hace a
mi humilde y parcial opinión, ésta no es otra que la que el respetable público se haya
formado. Se me permitirá, sin embargo, que entre los llamados a fallar tache a unos
cuantos que no me tragan ni frito y envuelto en huevo. ¡Como hay tanta diversidad de
gustos!
Soy un tanto filósofo a mi modo, y la
vida la vivo como ella es; quiere decir que la considero como un bien prestado que pronto
nos reclamarán, y muchas veces sin el desahucio legal; y como a este sistema me
acomodo en lo posible jamás me desespero ni me anonado por lo que sucede o no sucede,
pues sé hasta de corrido que cataclismos morales y sociales, pestes y calamidades, todo
ha de terminar... con la muerte. Quienquiera que haya leído la historia de las naciones,
y la vida de los grandes hombres y contemple aquellas luchas gigantescas y tantas pasiones
encontradas, y tantas ambiciones desordenadas, y vea luego que de todo aquel revuelto
mundo no quedan sino vestigios y ruinas, tendrá necesariamente que persuadirse de que
todo en esta pícara tierra es "vanidad de vanidades y sólo vanidad".
No se crea por lo dicho que yo soy un
tipo especial, distinto de los demás hombres. No, señores míos. Como hijo de mi padre
Adán y de mi madre Eva, en mí se agitan las malas pasiones; y como cobijado por el
anatema divino que puso de patitas en las puertas del Paraíso terrenal a los primeros
pecadores, he tenido mis desvíos y, más que éstos, he cometido mis pecadillos. ¿Dije
pecadillos? Pecadotes y grandes.
Pero allí no para la cosa, pues aunque
mis ideas filosóficas sean tan concretas y prácticamente tan convenientes, no siempre
las sigo, y más de una vez en el curso de mi existencia terrenal he procedido como los
demás hombres y he obrado contra mi modo de pensar, con lo cual he seguido la corriente
de mi siglo y el medio ambiente en que he vivido. De todo esto pudiera poner ejemplos,
pero no lo hago por no desprestigiarme en absoluto, lo que indudablemente sucedería si me
diera a la tarea de hacer una confesión a la manera de San Agustín o de Rousseau.
Ya estoy oyendo que alguno me hace el
fundado cargo de que no es gracia ninguna el pensar de una manera y el obrar de otra, y
así es la verdad. ¿Pero yo qué hago? De ese vicio adolezco, y no puedo pintarme
distinto de lo que en realidad soy.
Intelectualmente no me considero como un
prodigio, pues ha de saberse que ni he inventado la pólvora, ni la brújula, ni los rayos
X, ni he escrito la Divina comedia ni cosa que se le parezca. Con todo, siento
aquí, entre parietal y parietal, algo que no es común a todos los mortales y que algunos
lo llaman talento; yo no llego a tanto, pero si me atrevo a pensar que esa facultad, o
como se quiera llamar, con la cual me ha dotado la Providencia, me ha puesto en situación
de apreciar con recto criterio los hombres y las cosas.
Soy lento en el obrar y tardo en
decidirme, pero cuando esto último hago, voy derecho a mi objeto y no desisto de mis
propósitos por más dificultades que encuentre. ¿Será esto una cualidad o un defecto?
No lo sé. Tengo la creencia de que todo ser creado tiene en este mundo alguna misión que
llenar, y que no hay, por lo mismo, existencias absolutamente estériles, ni aun aquellas
que más lo parecen; y por lo tanto, he tratado de cumplir con la mía, tal como la
entiendo. ¿Lo habré conseguido? Sería una temeridad el contestar afirmativamente; pero
sí puedo asegurar que hasta el presente me encuentro satisfecho a este respecto y que
vivo en la persuasión de no haberlo hecho tan mal. Excúseme el lector el que le guarde
el secreto sobre la naturaleza de mi dicha misión y el que lo deje meditando sobre este
problema, pues abrigo la esperanza de que si ahonda un poco en éstas mis memorias
encontrará la clave del enigma y entonces sabrá de sobra para qué nació y ha vivido
éste su humilde servidor.
Este, lector querido, que veis aquí
pintado por dentro y por fuera y que se os presenta mondo y lirondo, sin arrugas ni
dobleces, es Ramón Pérez, vuestro guía en la peregrinación que con él vais a
emprender por un mundo que que nada tiene de fantástico ni de sentimental, pero en el
cual sí encontrareís, os lo prometo, mucho de real y verdadero, y algo de divertido.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 174,
Bogotá, 1º de julio de 1975, pp. 14-19.
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