La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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José Hilario López

 

José Hilario López, una de las grandes figuras de la historia colombiana, se distinguió por las dotes de su inteligencia, por sus manifestaciones de valentía y por su decidido amor a la libertad. Desde muy temprana edad abrazó la causa de la independencia, tomó parte activa en los acontecimientos políticos que siguieron a la emancipación y contribuyó en forma preponderante a la consolidación de las nacientes instituciones republicanas.

Como militar de acendrados merecimientos intervino en los combates de Calibío al lado del general Antonio Nariño, Juanambú, Cebollas, Tasines, el Ejido de Pasto y la Cuchilla de El Tambo, donde cayó prisionero y fue condenado a muerte, pena que le fue conmutada a cambio de servir como soldado raso en el ejército español. También participó en las contiendas bélicas de Cúcuta y Apure. En 1823 fue designado jefe del estado mayor y comandante general del Cauca e hizo la campaña del Sur, en compañía del general José María Obando, contra el realista Agustín Agualongo. Con anterioridad había ejercido la jefatura civil y militar de Valencia y la comandancia general de Aragua. En 1830 obtuvo el grado de general.

El general José Hilario López ocupó la Secretaría de Guerra y Marina en las administraciones del general Santander y en la del Dr. José Ignacio de Márquez. Fue consejero de estado; representante y senador en varios congresos nacionales; diputado a las Convenciones de Ocaña y Rionegro; Presidente del Estado Soberano del Tolima y encargado de negocios en Roma. Del 1º de abril de 1849 al 31 de marzo de 1853 desempeñó la presidencia de la República. Durante su gobierno se llevaron a cabo importantes reformas de carácter político y social, entre otras la relacionada con la libertad de los esclavos, la abolición de la pena de muerte por delitos políticos, la libertad de imprenta y la institución del juicio por jurado. Fue, así mismo, el creador de la Comisión Corográfica.

D. Salvador Camacho Roldán nos describe de este modo la figura del prócer payanés:

Sencillo en sus costumbres y en sus maneras, afectuoso en sus relaciones domésticas, desinteresado y probo siempre, era una figura digna de representar la idea republicana. Sus talentos no eran a la verdad de primer orden ni su instrucción tan esmerada como fuera de desear en un hombre de estado, pero sí lo suficiente para el cumplimiento de sus deberes con el auxilio de sus secretarios y el consejo de sus amigos.

El general José Hilario López falleció en Campoalegre, departamento del Huila, el 27 de noviembre de 1869.

Las páginas autobiográficas que se reproducen a continuación corresponden al capítulo I de las Memorias del general José Hilario López, que empezó a escribir, en Roma, en 1839; concluyó el primer tomo a principios de julio de 1840 y las publicó en París, en el año de 1857.

Memorias autobiográficas

Nací en la ciudad de Popayán, capital de la provincia de este nombre, el 18 de febrero de 1798. Mis ascendientes pertenecían a las primeras familias de la antigua nobleza: mi padre era oficial real de la Santa Cruzada. Desde mi nacimiento me tomó a su cargo mi abuela paterna doña Manuela Hurtado, en la consideración de ser yo el primogénito de su primogénito; y logré ser su predilecto y mimado en extremo. Mi familia no era rica, pero poseía una fortuna suficiente para vivir con decencia y desahogo. Mis padres y abuelos eran muy caritativos y generosos y amaban mucho a sus parientes.

Mi educación primaria fue la misma que en aquellos tiempos se daba a los niños: ella consistía en aprender la doctrina cristiana, a leer y escribir, los principios de aritmética y algunos rudimentos de historia. El gobernador español don Diego A. Nieto, íntimo amigo de mi familia, me halagaba con regalos para estimular mi aprendizaje. Los directores de establecimientos de educación eran crueles e injustos en aquel tiempo, y no se reputaban buenos cuando no eran extraordinariamente severos en sus castigos. Baste decir, que por la más pequeña falta de algún alumno, se imponía una pena general a toda la clase; y esas penas no consistían en estímulos nobles y decentes que exaltaran los sentimientos de sus discípulos sino en golpes furibundos de férula y látigo, en largas penitencias, hincados de rodillas, y en otros tormentos de la laya.

Recuerdo, con este motivo, que estando yo aprendiendo a leer y escribir donde un señor Joaquín Basto, que era el preceptor, en unión de otros muchos niños, entre los cuales se encontraban Tomás, Manuel María y Manuel José Mosquera que hoy son el primero general de la República, el segundo ministro plenipotenciario de la Nueva Granada y el tercero arzobispo de Santafé de Bogotá, se impuso al último un castigo de los acostumbrados, y porque éste se quejaba del dolor que había experimentado, se le obligó a tomar una taza de orines, dizque para aplacarle la soberbia, en cuya escena figuraban no sólo el maestro Basto sino su mujer e hijos, que estaban igualmente autorizados para infligir penas a los alumnos.

A consecuencia de este suceso, el doctor José M. Mosquera, padre de los tres niños mencionados, los retiró de este establecimento. ¡Felices los que hoy se educan en nuestro país, en donde, en vez de ir temblando a las escuelas como sucedía en el tiempo a que me refiero, asisten llenos de gozo y rebosando en esperanzas de aplausos y recompensas que les estimulan agradablemente en la escabrosa carrera de su educación, sin temor a los tormentos materiales que apocaban antes el talento y contristaban el espíritu, sin permitir tomar vuelo al juicio y a la capacidad! Cuando comenzó la revolución de la independencia en la Nueva Granada me encontraba yo en el colegio de Popayán empezando a recibir los demás conocimientos que entonces se podían adquirir, los cuales consistían en la gramática latina, filosofía y teología dogmática y moral; pero yo apenas había hecho el curso de latinidad con bastante provecho, no obstante que la violenta inclinación a la caza y la perniciosa contemplación de mi abuela me distraían demasiado de mis ocupaciones literarias. Por fortuna, yo tenía bastante memoria, y esto suplía a la falta de concentración. Mi abuela pretendía que siguiese la carrera eclesiástica. Yo no amaba sino los placeres del campo, ni deseaba saber más que física y matemáticas. Poco tiempo después se despertó en mí el deseo de la gloria militar, como lo diré luego.

A fines de 1810 se instaló en Popayán la primera junta revolucionaria, aprovechando la oportunidad del cautiverio de Fernando VII. Mi tío don Mariano Lemos, que vivía en mi propia casa, fue de los primeros corifeos, y su habitación era el club de todos los principales sujetos de la ciudad adictos a la independencia de la metrópoli. Yo allí veía algunos diarios de Madrid, y por primera vez oí el nombre de Bonaparte que, aunque citado como un monstruo del género humano, el criterio de los tertulios le daba siempre un favorable colorido, o al menos se le reputaba un héroe. Este nombre, tan ilustre por sus hazañas militares, se fijó en mi imaginación de tal manera, que en mis composiciones latinas era el principal personaje de mis discursos; y recuerdo que no encontrándolo en el diccionario, lo suplía con el calificativo bonus, a, um, y el sustantivo pars, tis, y así formaba yo mi Bonapars. Mi catedrático don Bernardo Valdés existe y puede hacer un recuerdo de esta circunstancia. En la conversación, que yo escuchaba atentamente, se trataba de la lucha en que debían empeñarse los independientes hasta arrojar a los españoles; se hacía cuenta de los hombres que podían ser calculados para ponerse a la cabeza del partido armado, y aun se trazaban planes de guerra. Yo recogía las palabras, observaba los gestos de los socios, advertía en sus semblantes la halagüeña esperanza de un mejor porvenir para el Nuevo Reino de Granada y para todos los habitantes de la América española. Mis parientes pertenecían casi todos al partido de los independientes: la justicia de la revolución me parecía incuestionable y, por lo que oía decir, el triunfo de la causa de la independencia era seguro. Todo esto combinado hizo nacer en mí el deseo de ser uno de los que debían luchar contra los españoles; y desde entonces se exaltó mi imaginación con la perspectiva de la gloria. Yo era un patriota loco, e imprudente a veces.

El 28 de marzo de 1811 se dio en Palacé Bajo la primera batalla de los independientes mandados por el general Antonio Baraya contra las tropas reales, a cuya cabeza se hallaba el gobernador de Popayán, don Miguel Tacón, y el heroico triunfo de los primeros hizo subir de punto mi entusiasmo. Yo estaba entonces en la hacienda de Antomoreno, perteneciente a mi abuela, en donde se encontraban también mis padres y muchos de mis principales parientes.

La noticia del triunfo obró de tal suerte en mi espíritu, que sin licencia de mis padres (porque nunca me la habrían concedido) monté a caballo, acompañado de un criado, y a todo escape me dirigí hacia el teatro del combate, que distaba más de tres leguas: todo el camino estaba cubierto de gentes que huían llenas de terror y de soldados dispersos que seguían las huellas de su general. Uno de estos había puesto su fusil en medio de la ruta, mientras componía una carga conducida por una mula; yo pasé por sobre el fusil que, enredado en los pies de mi caballo en la fuerza del galope, poco faltó para caer en tierra; y el soldado enfurecido, renegando contra los insurgentes (así se denominaba a los patriotas), tomó su fusil y lo descargó sobre mí; erró el tiro porque yo había ganado algún terreno afortunadamente. Yo seguí mi dirección poseído ya del orgullo de haber empezado a arrostrar peligros por la patria. Entré en la casa de Cauca, que hoy se llama Campamento, porque allí había sido el cuartel general de Tacón: tomé un fusil de los que estaban abandonados en medio de otra multitud de efectos; hice tomar otro al criado, y con una centena de cartuchos y algunas piedras de chispa, continuamos nuestra marcha y llegamos al punto deseado. Mi interés era el de conocer al general Baraya y a los demás vencedores; pero como no había en el campo una sola persona que me conociese, me contenté con examinar el terreno, ver algunos muertos que aún no habían sido sepultados y oír algunas anécdotas de las hazañas que allí se habían verificado bajo las órdenes del nunca bien ponderado joven Atanasio Girardot, capitán de infantería, a quien tocaron los honores del reñido combate y de la victoria. Antes de la noche, ya había yo llegado a Antomoreno, en donde encontré a mis padres y parientes alarmados con mi inesperada ausencia.

—¿De dónde vienes, niño, y cómo andas así en medio de tantos soldados?, fue la primera pregunta que se me hizo. –Fui a conocer el lugar de la batalla, les respondí. —¿Y esos fusiles?— Los he tomado en el campamento de los realistas. —¿Y para qué?—. El uno de ellos me servirá, después de recortado, para cazar: traigo mucha pólvora y plomo. Admirados mis parientes, me hicieron multitud de preguntas, como es de inferirse, y con mis respuestas quedaron satisfechos y desarmados. Una cariñosa amonestación fue todo el castigo de mi conducta. Los fusiles se me quitaron para entregarlos al vencedor, pero se me dejaron los cartuchos y las piedras para mis divertimientos. Yo les protesté que sería obediente en lo sucesivo, pero que sentía que la guerra se hubiera acabado (tal era la idea que entonces tenía del estado de las cosas), porque de otro modo yo habría tomado parte en ella. —Pues para quitarte esas ideas de la cabeza, me dijo mi abuela, mañana mismo entrarás al colegio a continuar tus estudios dentro del claustro.

A pocos meses murió mi abuela sin haber cumplido su propósito: esta buena señora me amaba tanto que no podía consentir en la idea de que yo me separase de su lado. En consecuencia de este suceso, yo pasé a la casa de mis padres e inmediatamente se me colocó en el colegio.

La fortuna empezó a abandonar nuestras tropas que habían marchado hacia Pasto felizmente; y reanimados los realistas, se atrevieron a invadir a Popayán en hordas inmensas, pues pasaban de 3.000 hombres, aunque la mayor parte mal armados, que capitaneaba el alférez real don Antonio Tenorio; pero aunque superiores en número a los patriotas, que no contaban sino con cosa de 400 hombres, entre soldados regulares, milicianos y estudiantes, no tenían aquéllos ni buenos oficiales, ni disciplina: eso era un enjambre de ilusos, cuya insignia estaba simbolizada en la bandera de la religión que creían hollada, siendo su principal estímulo el botín con que se les brindaba, poniendo a su disposición las fortunas de todos los independientes.

La ciudad era defendida por el coronel José María Cabal, patriota tan ilustrado como soldado valeroso. Los superiores de mi colegio y la mayor parte de los alumnos éramos patriotas, y armados con algunas pistolas, escopetas y lanzas, y esforzados por el ejemplo del virtuoso y respetable republicano doctor Félix Restrepo, catedrático de filosofía, nos resolvimos a defendernos a todo trance. Mi arma era una pistola que me había mandado mi padre con las correspondientes municiones. Los realistas embisten la ciudad por diferentes direcciones. Las pocas tropas concentradas en la plaza principal hacen una resistencia obstinada. Los colegiales llenamos nuestro deber haciendo fuego desde las ventanas, y los realistas fueron al fin rechazados, pero permanecieron sitiando la plaza, para lo cual hicieron una línea de circunvalación.

En estas circunstancias se presentó el intrépido joven Alejandro Macaulay, nativo de los Estados Unidos, que iba recomendado por el gobierno general de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, y ofreciendo batir a los realistas si se le permitía ponerse a la cabeza de algunos veteranos y de los demás patriotas que quisiesen seguirlo, nuestros mandatarios, que eran tan desinteresados, no encontraron inconveniente para entregarle el mando en jefe; y en efecto, al día siguiente batió las hordas realistas en los tres combates de La Ladera, Puente de Cauca y Chuni. La historia debiera hacer el debido encomio de la conducta que tuvieron en estas circunstancias tantos hombres respetables que no pertenecían al ejército, como el doctor A. Arboleda, que tuvo una parte activa en estas funciones, mandando una compañía formada de los jóvenes más distinguidos de Popayán, con lo cual contribuyó de una manera eficaz a repeler a los sitiadores, ya defendiéndose en el convento de Santo Domingo, ya haciendo parte de la columna de ataque. El señor Rafael Mosquera era uno de los soldados de esa compañía.

No he podido conseguir las listas de esa egregia legión, pero sigo tomando informaciones a este respecto, y, ya que historiadores de renombre han omitido en sus relatos tantos hechos memorables que blasonaron al ejército del Sur, yo procuraré con mi débil pluma bosquejar sus gloriosas acciones y hacer conocer sus nombres de cuantas maneras me sea posible, para que si algún día hubiese un poeta que se encargase de su epopeya, pueda encontrar en mis apuntamientos y en otros lugares en que me sea dable escribir algunos rasgos, el hilo que lo conduzca al descubrimiento de tantas hazañas, de tantas abnegaciones, de tantas virtudes como las que distinguieron al heroico ejército del Sur. Yo era un mero espectador de estos combates; pero habiendo sido aplaudida la conducta de los que defendimos el colegio, me tocó una parte distinguida de los elogios que se nos hicieron, y por consiguiente mi amor propio fue lisonjeado; mas no era bastante esto para satisfacerme: deseaba enrolarme en las filas de los defensores de la patria, porque veía que la lucha continuaba y que el campo de la gloria apenas empezaba a despejarse. Sin embargo, no podía cumplir mi intento, porque mis padres no me lo permitían, y en tales angustias me desesperaba, me ahogaba en mis deseos sin una próxima esperanza de realizarlos.

Nuevos acontecimientos funestos a las armas independientes con la traición que se hizo en Pasto al presidente Caicedo y al valeroso Macaulay consternaron a los habitantes de Popayán y obligaron a su guarnición a retirarse al otro lado del río Ovejas, llevando en su séquito a los sujetos más comprometidos y que tenían que temer de los realistas. Mi padre no pudo emigrar por hallarse enfermo; pero yo seguí la suerte de algunos patriotas que se dirigieron a Puracé, con la esperanza de salvarse hacia la provincia de Neiva por el camino del Isno. Entre ellos iba el señor Felipe Largacha, oficial de las antiguas milicias, que aún sobrevive. Excusado es decir que tomé esta resolución sin el consentimiento de mis padres, quienes no me lo habrían dado en ningún caso. Armados de algunas escopetas y pistolas para defendernos en caso de agresión, nos encontramos en Puracé, muy confiados, sin tomar precauciones sobre los caminos que conducen de Popayán, cuando una madrugada nos hallamos sitiados repentinamente e intimados de rendirnos a discreción al famoso guerrillero Simón Muñoz. Prudencia era que una docena de personas en una pequeña casa de paja, rodeada por 60 bandoleros, se sometiese a su voluntad. Yo fui despojado de una pistola y conducido prisionero a Popayán; pero en consideración a mi tierna edad fui entregado a mi padre por el mismo Muñoz. La bondad de mi padre era tal, que sólo recibí una cariñosa reprensión y algunos consejos saludables. Sin embargo, me prohibió la salida a la calle.

A pocos días murió mi citado padre: mi madre perdió desde el momento el juicio, que nunca volvió a recobrar: el tutor y curador que se nombró a mi madre y a sus seis hijos menores no administraba los bienes testamentales sino en su propio provecho, haciéndonos carecer aun de lo más necesario. Yo quise hacer llegar mis clamores hasta los oídos del juez de la causa mortuoria, dirigiendo una representación redactada y firmada por mí cuando apenas contaba 13 años de edad, representación que corre en los autos de la mortuoria de mi abuela paterna, y que es el primer documento público en que figura mi firma; pero mi tutor antagonista, que era uno de mis parientes, tenía más influjo y valimiento que yo y, por consiguiente, poco pude obtener del juzgado. Mi posición era violenta, y ella acabó de formar mi resolución de abrazar la carrera de las armas en las filas de las tropas independientes, hasta entonces acampadas en la ribera derecha del río Ovejas. Mas no teniendo recursos de ningún género, ni conocimiento del camino que conducía a ese campo, debí resignarme a esperar mejor ocasión, y, entre tanto, resolví tomar alguna ocupación, pues el colegio estaba cerrado. Entré de aprendiz de herrero bajo la dirección del maestro Joaquín Ramos, ganándole de uno a uno y medio reales diarios en el ejercicio de trabajos duros y superiores a mis fuerzas. Mi hermano Laureano siguió mi ejemplo, y con nuestros medianos jornales podíamos ayudar a la subsistencia de nuestros tiernos hermanos y de nuestra desvalida madre, durante algunos meses. Pundonoroso como el que más, yo preferí el ímprobo trabajo de aprendiz de herrero a la necesidad de mendigar un pan para no morir de hambre ni dejar morir a mi madre y hermanos.

En El Tiempo, Bogotá, 9 de diciembre de 1974, pp. 7-11.


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