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Laura Montoya
Upegui (Madre Laura)
En este año que termina se ha
conmemorado en Colombia, particularmente en el departamento de Antioquia, el centenario
del nacimiento de Laura Montoya Upegui, conocida en la vida religiosa con el nombre de la
Madre Laura.
Mujer de extraordinarios méritos, la
Madre Laura ha dejado huella indeleble y ejemplar en la historia religiosa de nuestro
país. Dotada de singulares cualidades, ejerció una actividad apostólica digna del mayor
encomio y recordación. Hizo estudios en el Colegio del Espíritu Santo de Amalfi y en la
Normal de Medellín. No obstante, fue una verdadera autodidacta en su formación
intelectual. Desde temprana edad fue maestra de escuela en varios lugares de su comarca.
Fue también directora del Colegio de la Inmaculada, en la capital antioqueña, y
fundadora de la Congregación de Hermanas Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina
de Sena. Además del magisterio que desempeñó con especial esmero y consagración, la
Madre Laura se distinguió por sus ejecutorias misioneras, labor que realizó con
inteligencia, valentía y entusiasmo. Animada siempre por el ideal misionero, catequizó a
los indígenas de las selvas de Urabá y del Sarare.
Como escritora, que lo fue de pluma
fácil y abundante, la Madre Laura nos ha dejado las siguientes obras: Carta abierta,
Cartas misionales, Constituciones de las misioneras, Voces místicas de la naturaleza,
Lampos de luz, Fruterito, Brochazos, Nazca allá la luz, Manual de oraciones, Circulares,
Destellos del alma, La aventura misional de Dabeiba y su maravillosa Autobiografía.
De la Carta abierta (Medellín,
julio de 1906) dirigida al doctor Alfonso Castro, el primero de sus escritos y de sabor
polémico por añadidura, copiamos la siguiente manifestación:
Mi familia ha sido pobre y humilde; pero
limpia y cristiana. En mi hogar hallé ambiente de trabajo, de recogimiento y de piedad.
Desde niña he sido inclinada al misticismo y a la enseñanza. Soy huérfana de padre y,
desde que pude trabajar, he ayudado a mi madre y a mi hermana enfermas, y luego las he
sostenido del todo, como que soy la única en la familia que puede velar por ellas. Fuera
de las relaciones consiguientes al misticismo y a mis obligaciones pedagógicas, no he
tenido ninguna otra conexión con el mundo, ni en el sentido de noviazgos ni
pretendientes, ni en el de diversiones ni esparcimientos, ni siquiera en el de galas y
adornos. Mi vida y mis costumbres han sido sumamente simples, sencillas y modestas.
Por nombramiento oficial he desempeñado
las escuelas de Amalfi, Fredonia y Santodomingo; y, ya por el precepto, ya por el ejemplo,
he seguido en mi carrera de maestra la pedagogía que se me ha enseñado y que yo tengo
por verdadera, a saber: inculcar, antes que las ciencias, ideas y sentimientos cristianos;
formar el corazón antes que la cabeza. Por complacer a algunas amigas, y con permiso del
párroco respectivo, di en Santo-domingo, fuera de la escuela, algunas conferencias, o
cosa así, sobre rudimentos de vida espiritual, con la simplicidad, la buena fe y el
apostolado que cumplen a una cristiana cualquiera.
Sin duda alguna, la obra más importante
y significativa de esta virtuosa misionera es su Autobiografía de la Madre Laura de
Santa Catalina o "historia de las misericordias de Dios en un alma"
(Medellín, Edit. Bedout, 1971), en nuestro concepto la más extensa de la bibliografía
colombiana y quizás del panorama universal. Está dividida en dos partes y consta de
sesenta y cuatro capítulos en los que apreciamos las vivencias y experiencias de una
mujer ciertamente extraordinaria en su medio y en su época.
El P. Carlos Eduardo Mesa, conocedor como
ninguno de la vida y las obras de la Madre Laura, en la Presentación de la Autobiografía
nos dice con sobra de acierto:
En este libro y es lo primero que
se siente palpita la vida y una gran vida. Es un documento lleno de humanidad,
caliente de alma. Todo en sus páginas está vivido y está dicho con emoción y con
pasión hasta subyugar el ánimo y dejarlo muy cerca de Dios. La peripecia humana y la
trayectoria mística de la autora discurren por todo el libro tan trenzadas, tan
unificadas, que ya se le mire como relato histórico, ya como radiografía síquica, ni
tiene desperdicio, ni podrá ser olvidado en adelante por los cultivadores de la historia
de la espiritualidad.
La Madre Laura, actualmente en proceso de
beatificación, falleció en Medellín el 21 de octubre de 1949. Al morir la Madre Laura
anota el P. Mesa en su bello libro La mujer que buscaba a los indios...
(Madrid, 1962) su Congregación tenía 467 religiosas, 93 novicias, 71 casas en
Colombia, 17 en el Ecuador, 2 en Venezuela, todo ello logrado en treinta y dos años de
batallar continuo.
Jericó, la tierra natal de tan
esclarecida religiosa, conmemoró con la debida solemnidad el centenario de su nacimiento
y el Centro de Historia de dicho lugar le tributó un justísimo homenaje de exaltación y
recordación. Así consta en el número 2 de la revista Jericó, órgano del
mencionado Centro de Historia. Cabe señalar que gran parte de las publicaciones
periódicas de nuestro país registraron oportunamente la celebración de este suceso.
De la Autobiografía en referencia
reproducimos a continuación una parte del capítulo I. Los fragmentos titulados Primera
gracia extraordinaria y En el Colegio del Espíritu Santo hacen parte de los
capítulos III y VI, respectivamente. También pertenece a este último capítulo el
fragmento titulado Idiota o cretina.
Autobiografía
Lugar de nacimiento
Mis padres
Comenzó lo que impropiamente llamo mi
vida natural en Jericó de Antioquia, el 26 de mayo de 1874.
Fueron mis padres Juan de la Cruz Montoya
y Dolores Upegui. Ambos cristianos sinceros. No conocí a mi padre. De él sólo sé que
fue comerciante y médico; que sus costumbres fueron intachables y que su sangre hervía
cuando se trataba de la defensa de la verdad y la justicia. Que murió sin sacramentos, en
defensa de la religión, el 2 de diciembre de 1876.
Mi madre (hija de Lucio Upegui y Mariana
Echavarría, nació en Aná, el 10 de febrero de 1846, contrajo matrimonio a la edad de 29
años) fue piadosa, caritativa y a tal punto eran notorias la seriedad de su carácter y
su piedad, que sorprendió a todos el que eligiera a un esposo, después de haber
desdeñado la mano de un alto magistrado y de otros connotados caballeros.
Su carácter siempre igual y gracioso,
sin pretender serlo, le conquistaba la amistad y el cariño de los de su esfera y el
respeto de sus inferiores. Constante y magnánima en el sufrimiento, enseñó a sus hijos
fuimos tres a despreciar lo transitorio y suspirar por lo eterno. Tan seria en
sus afectos que jamás recuerdo que nos hubiera besado. Lloró la muerte de mi padre ante
el sagrario y en la oscuridad de la noche, durante veinte años. Jamás se le oyó una
queja y soportó los rigores de una viudez pobre con fortaleza edificante. Tan generosa en
el perdón de las injurias, que sobre sus rodillas nos enseñó a amar, orando por el que
labró su dolor haciéndola viuda.
Cuando ya grandecita, le pregunté en
dónde vivía N. N., ese señor que amábamos y que yo creía un miembro de familia por
quien rezábamos cada día, me contesto: "Ese fue el que mató a su padre; debemos
amarlo porque es preciso amar a los enemigos porque ellos nos acercan a Dios, haciéndonos
sufrir". ¡Con tales lecciones, era imposible que corriendo el tiempo no amara yo a
los que me han hecho mal!
Creció siempre en virtud y fortaleza y
terminó su vida a los 77 años de edad, siendo religiosa Misionera, con el nombre de
Hermana María del Sagrado Corazón ¡Coincidencia rara! Nació el 10 de febrero de 1846 y
murió el 10 de febrero de 1923.
De su piedad da testimonio el hecho de
que jamás quiso que un hijo pasara ni una sola noche sin bautizar y rehusaba cogerlo, ni
lo estrechaba contra su seno mientras no hubiera recibido el agua santa.
Mi nombre: Laura
El nombre que me dieron no fue elegido
por los míos, merced a la diversidad de deseos de mis padres. El quería que me llamaran
Dolores y mi madre quería que me pusieran Leonor. En este caso terció el Sacerdote que
me bautizó y, abriendo el Martirologio, eligió el primer nombre que se le presentó. Me
nombraron Laura.
Cuando conocí que tal nombre se deriva
de laurel que significa inmortalidad, lo he amado porque traduce aquella palabra:
¡"Con caridad perpetua te amé"! Si es perpetua, ha de ser inmortal, e inmortal
ha de ser mi amor ¡y mi nombre fue el sello de esa inmortalidad de amores entre Dios y su
criatura! Inmortal ha de ser la fe con el nombre que recibí.
Bien cuidaba Dios del nombre de su amada
porque cuando al cambiármelo, según la costumbre en la congregación a que tengo la
dicha de pertenecer, el Ilmo. Sr. D. Maximiliano Crespo, nuestro fundador, se opuso a que
lo cambiara diciendo: "Laura ha de ser su nombre". ¡Todo es predilección de
parte de Dios! Por la mía, no he hecho otra cosa que sembrar muerte en el jirón de vida
eterna que Dios infundió en mi alma con el santo bautismo. Hasta el nombre ha salido mal
librado en mis manos. En la inmortalidad salpicada de muerte, es en lo que he venido a
quedar.
Singularidades de la infancia
Como me propongo, R. Padre, referir todo
aquello con que Dios especializó, por decirlo así, mi existencia, preparando el destino
a que me llamaba, en la obra de su Providencia, per- mítame que consigne aquí algo que,
aunque no siempre muestra el fin para el cual lo encaminó Dios de un modo claro, por lo
menos merece tenerse presente, por cuanto se aparta de lo ordinario, circunstancia que me
mueve a creer que quizá entra en el plan de Dios al crearme.
Se me ocurre, R. P., que es como cuando
uno regala un objeto precioso, que se complace en ponerle florecitas, cintas o un perfume
raro, etc. Claro que aquello es tan accesorio que de ninguna manera forma parte del
regalo; mas sí muestra el gusto, el amor, el respeto, la delicadeza del autor de la
dádiva. ¿No es verdad? Pues al darme Dios la vida natural, ese gran don, quiso
adornarlo, perfumarlo, atarlo, o como quiera decirse, con algunas sartas raras que, aunque
no necesarias a mi formación especial, obligan mi agradecimiento; son las siguientes:
1. No lloré al nacer, ni lo hice hasta
seis meses después. Habituados mis padres al casi continuo llanto de mi hermana mayor,
creyeron que alguna enfermedad motivaría esta rareza.
Consultaron un médico, quien después de
examinarme halló que la chica tenía una salud completa. A veces pienso que como Dios no
hace nada al acaso, esta circunstancia entrañaría algo de mi futuro destino. ¡Me
necesitabas, Dios mío (perdóname esta palabra), me necesitabas guapa, tan sin nervios,
tan aguantadora!
Además, ¡cómo había de llorar al
entrar en la vida, aquella que tanto iba a agradecerte ese préstamo! ¡Aquella a quien
ibas a hacer tan venturosa, a las pocas horas: de vida! ¡Oh, Dios mío! ¡Quizás me
excluiste de la ley general del llanto, en aquel asomar de la vida, porque más tarde
tendría que llorar mis propios pecados y los ajenos! ¡Sería porque mis lágrimas no se
vaciaran sino por un motivo justo! Pienso tantas cosas que me llenan de agradecimiento.
¡Y mi amor tan poco proporcionado a tus dádivas!
Mi madre, quizás inconscientemente,
presentía el secreto de Dios, pues cuando más tarde lloraba yo las pequeñas
contrariedades comunes a todos los niños, me decía: no llores por esto, ¡guarda tus
lágrimas para que más tarde las derrames por algo digno de ellas! Tanta intuición
tenía de mi destino, que jamás mimó mis lágrimas; ¡quería hacerme fuerte en todo! Y
no que así fuese su carácter, porque a mi hermano menor le enjugaba las lágrimas y le
toleraba los mimos hasta con cierta debilidad.
¡Dios mío! Hoy quisiera tener mares de
lágrimas para llorar el desconocimiento que de Ti hay en el mundo. ¡Aun no me basta la
provisión que al nacer me reservaste!
2. Otra cosa, rara como quien dice, otro
indicio de la fuerza que más tarde habrías de desarrollar en mí contra todas las leyes
naturales, fue el que catorce días después de nacida, sin motivo ninguno, estando sola,
tirada sobre una cama, volví con un solo movimiento todo el cuerpo; me puse boca abajo y
levanté la cabeza, como para buscar algo. Esta operación no volví a hacerla sino a la
edad en que todos los niños la hacen. Es increíble que después me haya distinguido por
la pesantez de los movimientos, por la poca agilidad física, por lo inhábil, en general,
para todo esfuerzo físico. Más tarde, cuando salía en compañía de niños iguales,
siempre iba atrasada y si se ocurría saltar o trepar o hacer cualquier maniobra física,
había de hacerme a un lado de los demás; era incapaz.
Además, cuando ya haciendo estudios
profesionales estudié gimnasia, el profesor se exasperaba conmigo y mi calificación era
la más baja.
¡Dios mío, mi oficio de Misionera
reclamaba hoy que aquel primer acto de agilidad y de fuerza hubiera sido el asomar de una
cabra! ¡Pero tus pasos son tan diferentes de los de los hombres! ¡Hoy necesito ser cabra
y soy tortuga! ¡Y qué bien trepa tu tortuga por las breñas santificando a otros en
ejercicio de paciencia y caridad!
Muchas veces, cuando al despertar te
busco, Dios mío, recuerdo aquel levantar de la cabeza primero, aquel buscar algo y me
digo: ¡ay! ¡Si desde entonces te hubiera buscado alrededor de mi lecho! ¡Muchos años
habrían de pasar, sin embargo, sin que mi alma te conociera, ni tuviera afán de
buscarte!
3. Otra circunstancia rara es la que
refería mi madre con ternura sin igual: no hacía lo que todos los niños hacen en sus
envolturas. Con un ligero gemido indicaba las necesidades físicas y no cesaba de darlo
hasta que me veía libre de las ropas. Satisfecha la necesidad, quedaba tranquila, entre
mis ligaduras infantiles.
¿Qué significaría esta especialidad?
No lo sé. ¿Sería puro adorno colocado con gracia en la joya de mi vida natural?
¿Despuntarían entonces mis tendencias a no mortificar a nadie? ¿Sería que desde
aquella época quería vivirme sola la vida, como más tarde me la he vivido? De cualquier
modo, estoy muy agradecida de mi Dios, hasta por esta circunstancia.
Tenía seis meses cuando me atacó la tos
ferina, con tanta fuerza que creyeron que moriría o que mis pulmones quedarían
inutilizables. En los mismos días fue atacada también por la misma enfermedad la mujer
de la cocina; ambas nos vimos a la muerte; al mismo tiempo nos empezó un acceso de tos
violento; pero como los designios de Dios eran distintos con las dos, en él se ahogó
ella y a mí lograron volverme dándome aire artificialmente.
Esta mujer se llamaba Isabel y llamo la
atención sobre ella y las circunstancias de su muerte, porque más adelante necesito
hacer alusión a ella.
Aún no caminaba cuando comenzó a
mostrarse mi carácter irascible y burlón. A gatas me puse en una ocasión en la puerta
de la calle y comencé a hacer ademán de burla y a reírme de un campesino mal vestido
que pasaba. Con señas, pues aún no hablaba, invitaba a la niñera para que observara al
campesino. ¡Qué pronto, Dios mío, ensayé el ofenderte! No me libré de la corrección
materna; pero mi enmienda tardó mucho, porque recuerdo que hasta ya levantadita tenía
que luchar con esta tendencia.
Primera gracia extraordinaria
Ya desde esta edad, es decir desde los
seis años, era observadora de la naturaleza y lo he sido tanto que, cuando más tarde
estudié historia natural, casi no tuve que aprender sino clasificaciones y nombres, lo
cual hacía creer al profesor y a las condiscípulas que ya había hecho ese estudio y
miraban mal que lo negara, según decían. Ahora me parece rara esa tendencia a observar,
en tan temprana edad; pero, Padre mío, menos extraño debe verse si se considera que la
naturaleza fue mi única amiga; me rodeaba por dondequiera y nada contribuía a distraerme
de ella, ¡toda vez que mi carácter y mi habitual tristeza me excluía de todo lo demás!
Jugaba poco; vivía en el campo y tan sola por dentro y por fuera; ¿qué otra cosa podía
hacer?
Creo, R. P., que esta tendencia a
observar la naturaleza fue el medio de que Dios se pegó para darme la primera noción
seria de su Ser y de su amor. ¡Una fuerte conmoción de agradecimiento me hace llorar al
escribir esto! ¡Dios mío, ahora me doy cuenta de una bella delicadeza de vuestro amor!
Pero, ¿cómo expresarlo, Padre mío? ¡Para estas cosas faltan siempre las palabras!
No puedo asegurar que esto haya sido a
los siete años, pero tendría poco más, si no fue en esa edad precisa.
Me entretenía, como siempre, en seguir
unas hormigas que cargaban sus provisiones de hojas. Era una mañana, ¡la que llamo la
más bella de mi vida! Estaba a una cuadra más o menos delante de la casa, en sitio
perfectamente visible. Iba con las hormigas hasta el árbol que deshojaban y volvía con
ellas al hormiguero. Observaba los saludos que se daban (así llamaba yo lo que hacen
ellas entre sí algunas veces, cuando se encuentran); las veía dejar su carga, darla a
otra, entrar por la boca del hormiguero. Les quitaba la carga y me complacía en ayudarlas
llevándoles hojitas hasta la entrada de la mansión de tierra, en donde me las recibían
las que salían de aquel misterioso hoyo. Así me entretenía, engañándolas a veces, y a
veces acariciándolas con gran cariño, cuando... ¿cómo le diré? ¡ay! Dios sabe,
Padre, que estas cosas son tan íntimas y tan duro decirlas. ¡Sólo la obediencia las
saca fuera! ¡Fui como herida por un rayo! ¡No sé decir más! ¡Aquel rayo fue un
conocimiento de Dios y de sus grandezas, tan hondo, tan magnífico, tan amoroso, que hoy,
después de tanto estudiar y aprender, no sé más de Dios que lo que supe entonces!
¿Cómo fue esto? ¡Imposible decirlo! Supe que había Dios, como lo sé ahora y más
intensamente; no sé decir más. Lo sentí por largo rato, sin saber cómo sentía, ni lo
que sentía, ni poder hablar. Por fin terminé llorando y gritando recio, recio, ¡como si
para respirar necesitara de ello! Por fortuna estaba a distancia de ser oída de la casa.
Lloré mucho rato de alegría, de opresión amorosa, ¡y grité! Miraba de nuevo al
hormiguero y en él sentía a Dios, ¡con una ternura desconocida! Volvía los ojos
al cielo y gritaba, llamándolo como una loca. Lloraba porque no lo veía y gritaba más.
Siempre el amor se convierte en dolor. Este casi me mata. Desde entonces, Padre, me lancé
a El. ¡Era precisamente lo que buscaba, lo que mi alma echaba de menos! ¡Mis lágrimas
por no verlo eran amargas!... pero lo tenía. ¡Hoy todavía siento deseos de gritar, al
recuerdo de esto, y me estremezco!
Entonces no sabía calcular el tiempo;
pero hoy juzgo que duró dos horas; si hubiera durado más...
Pero la delicadeza que advierto ahora en
esta misericordia de Dios, R. P., es la siguiente: el medio ordinario para conocer a Dios
es la enseñanza. Eso no me faltó; ¿cuántas veces, Dios mío, me habían dicho que
existías? ¿Cuántas había oído hablar de tus misericordias en una familia cual era la
mía que vivía toda endiosada? ¡Sin embargo no me daba cuenta de ello! ¡Por la
enseñanza no entraste en mi corazón, ni siquiera a mi entendimiento! Quizás había
rastreado tu grandeza en el medio natural en que vivía, pero con un conocimiento tan
vago, algo así como remiso, como dudoso, del cual no me daba cuenta, era como una
oscuridad con algún reflejo de luz. Y porque hice infructuoso el medio ordinario,
apelaste al medio extraordinario. ¿Se ha visto mayor misericordia?
¡Como que de todos modos te habías de
hacer conocer de criatura tan rebelde, de chica tan hostil! ¿Por qué, Dios mío, tanto
afán? ¿Qué interés tenías en hacerte conocer de quien ni los mismos seres que pusiste
a su cuidado podían tolerar la apatía?
¿Por qué, vuelvo a preguntar, esa
misericordia tan grande conmigo, más miserable que todos, mientras que, sin dejar de ser
misericordioso, has negado tu conocimiento por tantos siglos a los pobres infieles?
¡Me complazco en no entender esto para
poderte adorar en la dulce oscuridad de la fe, que me muestra tus designios tan arriba de
mi mísera comprensión!
En el Colegio del Espíritu Santo
Resolvió mi madre volver a Amalfi a la
casa de sus padres y dejarme a mí en el Colegio, porque Carmelita no consentía en
separarse de ella.
María Jesús Upegui, hermana de mi
madre, se había consagrado desde los quince años a las obras de beneficencia. En el
tiempo a que me refiero dirigía una casa de huérfanos, fundada por el Ilmo. Sr. Montoya.
Aunque para mejor entregarse al servicio de los pobres se había separado completamente de
la familia, era muy buena con ella. Consintió esta buena tía en tenerme a su lado para
que asistiera como externa al Colegio. Fue elegido entre varios que había en la ciudad el
Colegio del Espíritu Santo, dirigido por una señora Rosalía Restrepo, un poco
emparentada con mi familia. Era el mejor establecimiento de los de su género y por lo
mismo el frecuentado por las niñas de la clase alta; por todo el refinamiento
medellinense, por todo lo que yo no conocía. ¡Dios mío, qué elección!
Yo, que no conocía lo de posiciones
sociales, iba de sopetón, como se dice, a vérmelas con lo más extravagante de ellas.
Para mí todo se reducía a negros y blancos, buenos y malos. Eso de clase alta, clase
media y clase baja no se me había mostrado y como sabía que todos somos bajos delante de
Quien nos hizo, tuve la más dura sorpresa. ¡Pobre vanidad humana! Hasta me habían
enseñado que los negros eran iguales a nosotras, pero que como no se educan no podían
ser amigos de las niñas porque las enseñaban a mal educadas. Esa era toda la trama
social que conocía; toda la preparación para entrar en un colegio de zapatico de
raso. ¿Qué sabía yo de ficciones y cumplo y mientos sociales? Era una
campesina, no por lo vulgar, pues eso jamás lo vi en la casa, sino por lo sencilla.
Se me abría, pues, la vida de estudio en
las peores condiciones. No sólo las tenía malas en el colegio; en la casa eran pésimas.
Mi tía era, si se me permite la expresión, fanática en sostener todo lo de su tiempo y
condenar todo lo moderno, sin dejar de ser una heroína de la caridad. Más bien, dijera
yo, de la beneficencia. Era seria y hasta amarga; le tenía yo tal miedo que a cualquier
sacrificio me hubiera sometido por no estar con ella. Y a su lado debía vivir.
Me recibió muy bien; pero después me
confió al cuidado de las huérfanas mayores, lo que equivalía a dejarme sola. No tenía
roce sino con las huérfanas que eran de la ínfima clase. Contraste bien marcado con mi
atmósfera de colegio. Un tío se encargó de atender a los gastos del colegio y del
vestido; daba cumplidamente los dineros necesarios, pero mi tía, creyendo hacer muy bien,
se los guardaba y me vestía con las telas que de limosna mandaban al orfelinato, que
naturalmente eran las que ya en los almacenes no podían venderse. Telas mareadas, de
colores no usados y en general malas.
Entre los huérfanos tenían aprendices
de zapatería y a ellos se les encargaba mi calzado, el cual resultaba de modas
extravagantes, más grandes que el pie, deformados y maltratadores. A la tía se le
ocurría que el corte de los vestidos había de ser el que usó en su tiempo. De modo que
resultaba mi pobre humanidad casi un payaso. Yo no sabía rehusar nada, lo uno porque no
sabía ni conocía el estilo de la época creo que entonces no había modas
indecentes y lo otro porque estaba acostumbrada a aceptarlo todo, amén del miedo
que le tenía a mi buena tía. Además, jamás me pasó por la mente el que hubiera de
vestirme bien.
De aquí que me presentara al colegio del
modo más compasivo para quienes fueran capaces de compasión y más risible para mis
condiscípulas que no la conocían. Estas desde mi primera entrada me miraron como el hazmerreír
más ridículo.
A todo esto agréguese que debía ser la
compañera obligada de una prima tan mimada, rica y caprichosa, que había sido colocada
en el colegio bajo la condición de no contrariarla en nada. No madrugaba, y de allí que,
como había de esperarla, me presentaba a las clases cuando ya terminaban; jamás, cuando
el profesor me interrogaba, sabía ni de qué se trataba; no contestaba o decía cualquier
disparate que provocaba hilaridad en todo el colegio. Frecuentemente, cuando estaba
cogiendo el hilo de una enseñanza, se levantaba Doloritas la prima y decía: "yo
quiero ver a Cielo"; así llamaba a su madre. Mas como no podía andar sola, yo
recibía orden de salir con ella para ir nada menos que a diez cuadras a ver a Cielo, que
no lo era para mí.
Mi demasiada sencillez era otra fuente de
risa. Todas ocultaban el algo que llevaban para el medio día, cuando no era bocado
rico. A mí jamás se me ocurrió tal maniobra; con la mayor ingenuidad sacaba el
vulgarísimo que me daban. Todas hacían corro para vérmelo comer. Esto era, para mí,
tormento bien extraño, pues no entendía el motivo. Me llamaban, con hiriente burla, la
Canaria, porque desde el principio me presenté con un vestido del color de los
canarios, de un linón usado sólo para colgaduras.
La directora permanecía impasible a mi
pena. Jamás me amparó contra tales burlas. No estudiaba porque no tenía libros y no me
daban porque con los de Doloritas había bastante, me decían, y ella no estudiaba conmigo
porque sus lecciones eran otras. De modo que estaba condenada a quedar siempre mal. Le
tenía fuerte antipatía a la Directora por su modo de proceder conmigo y porque
invariablemente me reñía cuando me encontraba, por mi desaplicación, decía ella. Yo no
sabía excusarme. En la casa, el miedo me privaba de todo. Completamente incomprendida en
dondequiera, tropezaba con obstáculos y no tenía defensa. El profesor más connotado del
colegio, era hermano de mi madre; pero tampoco en él encontraba amparo porque lo
informaban de mi desaplicación y raro modo de ser.
Idiota o cretina
Pasé el año más amargo. Adquirí fama
no de poco inteligente, sino de idiota o cretina. No tenía una sola amiga;
nadie se me acercaba con cariño y cuando me hablaban era para provocar respuestas que
dieran qué reír. Como me alimentaba con lo mismo de los huérfanos, que era poco y malo,
vivía con hambre y, a causa de ella, con un humor negro que no exteriorizaba sin embargo,
porque temía el pecado; pero me hacía sufrir indeciblemente. Total que ni las noches me
eran de descanso porque tenía remordimientos. Hasta el Santísimo Sacramento, colocado en
la casa, me parecía extraño; no hallaba el calorcito que antes me alentaba ante El. Tal
era mi situación, que me hubiera enloquecido si ya no hubiera tenido la costumbre de
sufrir en silencio...
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 167,
Bogotá, 1º de diciembre de 1974, pp. 6-11.
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