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Juan Cristóbal
Martínez
Juan Cristóbal Martínez nació en San
Juan de Girón, departamento de Santander, en 1896, lugar donde transcurrió parte de su
infancia y aprendió las primeras letras en la Cartilla de Baquero y en la Citolegia
de Mariano Ospina Rodríguez. Cursó el bachillerato en el colegio de San Pedro Claver de
Bucaramanga y luego adelantó estudios de jurisprudencia en la Universidad Nacional, donde
se graduó de abogado en 1919.
Desempeñó varios cargos en la Rama
Jurisdiccional. Fue, además, diputado a la Asamblea de Santander, representante a la
Cámara y senador de la República. Sin embargo, su principal actividad intelectual la
dedicó al periodismo y a la literatura. Trabajó como redactor en El Diario Nacional
y en El Espectador de Bogotá, y por más de treinta años dirigió, en asocio de
Manuel Serrano Blanco, El Deber de Bucaramanga en cuyas páginas hizo famosa su
habitual columna Carnet de Juancé.
En la crónica cotidiana Juancé, como se
le conoció en el mundo de las letras, tuvo su mejor medio de expresión literaria,
caracterizada por la gracia y el donaire del estilo. Su ilustre coterráneo Emilio
Pradilla ha dicho con acierto: "Como se ha afirmado de Balzac, Juancé no tiene, ni
acaso ha pensado nunca en tener un estilo, y éste es precisamente el mayor e inimitable
encanto de nuestro escritor".
Juan Cristóbal Martínez publicó las
novelas El último pecado y Margarita Ramírez tuvo un hijo y los libros de
crónicas titulados: Risas y muecas, Rodó al vuelo, Quince minutos de intermedio y
Confesiones literarias. De este último hemos tomado los apartes autobiográficos que
se reproducen en el presente boletín.
Bajo el título de Carnet de Juancé
(Bucaramanga, 1969) Roberto Harker Valdivieso seleccionó y publicó las mejores páginas
del célebre cronista santandereano. En el Prefacio de este libro, aparecido con
motivo del décimo aniversario de la muerte de Juancé, Harker Valdivieso escribe lo
siguiente:
"Juan Cristóbal Martínez recibió
con hidalguía propia de su estirpe la carga de una vida agitada, plena de emociones y de
pesares políticos. Pero al final de su jornada tuvo la placidez reservada a los
espíritus selectos. Un príncipe del humorismo criollo tenía que cerrar suavemente sus
párpados. Así, impregnado en su tinta de imprenta y con una sonrisa burlona frente a la
tragedia, se despidió del mundo sin un gesto de dolor o de amargura. Vivió para servir a
su Patria y para deleitar a sus lectores con el timbre inconfundible de su ingenio. Esa
fue su misión. Y a ella se consagró de corazón".
Este buen escritor y consagrado
periodista falleció en Bucaramanga el 18 de julio de 1959.
Confesiones autobiográficas
Cuestión de familia
Yo he atribuido siempre mi afición a la
crónica, con algo de buen humor y algo de emoción, al marco familiar en que se
desarrolló mi niñez.
Si durante aquellos años felices hubiera
tenido yo un idilio intenso y dulce como el de Efraín, que hubiera saturado de
melancólica belleza toda la vida, podría haber escrito una novela apasionada y de gran
interés regional. Porque el material escénico de que disponía no era ni es inferior al
que inspiró a Jorge Isaacs para su poema inmortal.
El Río de Oro que abraza amorosamente a
San Juan de Girón, convirtiéndolo en una península de ensueños, no es menos rumoroso y
grato que el del Cauca.
Mi casa solariega, alzándose empinada
sobre la quebrada de Las Nieves, para asomarse de frente a la gran plaza que en los días
de mi infancia estaba circundada de ceibas umbrías, también tenía de patio un enorme
bosque de cayenos, naranjos, icacos, mameyes, granados y limoneros, a cuya sombra se
podía meditar en las cosas del amor y de la vida, como lo hiciera en su niñez
atormentada Juan Jacobo Rousseau en su jardín propicio de Ginebra.
Yo también saturé de encantos eternos
mi niñez caminando a lo largo de los verdes potreros de grama donde corría el agua
plácida, donde el ganado pastaba mansamente y donde el boyero me enseñó a cantar.
Las pescas mañaneras en el río, los
paseos animados a Cara de Perro, las excursiones a los montes vecinos para traer las
Palmas del Domingo de Ramos y la romería al Alto de Monguí para poner allí la cruz de
mayo, hubieran suministrado al relato escenas encantadoras.
Mi abuelo, que llevaba una vida
patriarcal, sencilla y monótona, consagrada enteramente a su estancia de cacao, tenía
una charla amena, y como había vivido a lo largo del siglo, solía hablar de cuantos
sucesos históricos le interesaran a uno. Cuando oía sus pláticas yo pensaba que si se
hubiera dedicado a las letras habría llegado a ser el gran escritor de la familia. Nos
sentábamos hacia el ángelus a la puerta del zaguán y el más fútil detalle daba tema
propicio a la tertulia.
De pronto pasaba una vieja que regresaba
de comprar el pan de la cena y mi abuelo observaba: Esa es hija de la mulata Rufina.
De ahí pasaba a contarnos quién era la mulata Rufina, que había sido esclava de sus
tías maternas, y de allí, como un expositor docto y fácil, comenzaba a hablarme de las
costumbres de la época, de cómo vivían sus tías, de cuánto valía un esclavo y de
cuáles eran sus servicios, hasta hablarnos de las arepitas de sagú, aquellas arepitas de
sagú que tuvieron fama en la comarca cuando nadie quería tomarse un chocolate sin
ponerle arepitas de donde las Ordóñez.
Todo el siglo parecía renovarse
vivazmente ante nuestra imaginación con aquellos relatos cordiales, hasta que al dar las
nueve remataba la charla reconstruyendo la escena patética del 48, cuando el general
José Hilario López ordenó, decía él, la libertad de los esclavos y acabó con las
alcabalas del tabaco.
Entonces se levantaba, arrastraba hacia
la sala el asiento de vaqueta y decía con cierta ingenuidad graciosa:
Ala, si volvieran a lanzar a López
para la presidencia, yo votaba por López...
¿Qué López? preguntaba yo
arrastrando también mi asiento.
Pues José Hilario López me
aclaraba enfáticamente. ¡Que López podía ser...!
Y cerrando la ventana para acostarse,
cantaba con cierto fervor y como para que yo lo oyera:
Anoche un borracho andaba
cayéndose y dando topes.
Mas, tan borracho no estaba,
cuando al pararse gritaba:
¡Viva José Hilario López!
Los primeros versos
Mi inclinación a los versos se la debo
indiscutiblemente a mi padre. Jamás hizo una estrofa, pero era un buen recitador, que
tenía en la memoria una gran antología hispanoamericana.
Los poetas románticos, sobre todo, eran
de su mayor agrado y los recitaba con placer y con emoción indecibles cuando estaba de
buen humor. Mi padre tenía la costumbre de levantarse muy temprano, especialmente cuando
estaba en el campo. A veces desde las tres de la mañana saltaba de la cama, abría la
puerta, miraba al cielo estrellado con cierta elación mística y seguía hasta la cocina
para pedir su taza de café. Luego volvía al aposento y se acostaba en la hamaca a fumar
y a tararear la música de alguna zarzuela, que generalmente era la del "Coro de los
doctores" o la de los segadores del "Rey que rabió".
De pronto pasaba a recitar con cierta
entonación peculiar:
Ya del oriente en el confín profundo
la luna aparta el nebuloso velo
y leve sienta en el dormido mundo
su casto pie con virginal recelo.
Un lucero no más lleva por guía,
por himno funeral silencio santo,
por sólo rumbo la región vacía
y la insondable soledad por manto.
Callaba un momento y levantando la cabeza
para cerciorarse de que yo le estaba oyendo, me decía: ¡Qué gran poeta es Diego
Fallón! Ya no se hacen versos como los de Diego Fallón. Y seguía recitando las dulces y
amorosas estrofas hasta que volvía a interrumpir la recitación para observarme con
cierta ingenuidad:
¿Usted no sabe que yo conocí a
Diego Fallón?
Y luego comenzaba a darme detalles
íntimos y encantadores sobre Diego Fallón y su círculo literario, y con amenidad
maravillosa me llevaba de la mano por aquella Santa Fe de Bogotá durante aquellos años
luminosos del 75 al 95, que fueron los veinte años felices en los que la capital
colombiana se puso a la cabeza de los demás centros intelectuales de América.
Convivían entonces y laboraban para la
prensa y para el libro, ingenios tan exquisitos como José Joaquín Ortiz, Jorge Isaacs,
Eugenio Díaz, José María Vergara y Vergara, José Manuel Marroquín, Venancio Ortiz,
Roberto Mac Douall, Ricardo Carrasquilla, José Asunción Silva, Carlos Martínez Silva,
Salvador Camacho Roldán, Miguel Antonio Caro, Medardo Rivas, José Antonio Soffia, Rafael
Pombo, Rafael Núñez, es decir, una plana mayor como la tuviera apenas París por aquel
mismo tiempo con los cenáculos que presidían Víctor Hugo, Edmundo Goncourt, Alfonso de
Lamartine, el Vizconde Chateaubriand, Alfonso Daudet, Paul Verlaine, Charles Baudelaire,
Alejandro Dumas y Emilio Zola.
Otro día, estando de buen humor también
y al regresar de recorrer sus cafetales con la confianza agraria en el alma, pedía su
irremediable tacita de café y entre sorbo y sorbo comenzaba a recitar en voz muy baja:
Buscando en donde comenzar la roza,
de un bosque primitivo en la espesura,
veinte peones y un patrón por jefe
van recorriendo en silenciosa turba.
Vestidos todos de calzón de manta
y de camisa de coleta cruda,
aquél a la rodilla, ésta a los codos,
muestran sus formas de titán desnudas.
Otro día, por ejemplo, íbamos de a
caballo a recorrer sus labrantíos fértiles, tiraba de pronto la colilla del cigarro y
dejando a la mula coger el paso más lento iba recitando:
No hay sombras para ti, como el cocuyo,
el genio tuyo ostenta su fanal
y huyendo de la luz, la luz llevando,
sigue alumbrando
las mismas sombras que buscando va.
Y luego, volviéndose a mirarme, decía
con cierta entonación fervorosa:
Esos sí eran versos.
Y como yo callara me preguntaba como
afanado:
¿Cómo, usted no conoce esa
composición? Es el Por qué no canto, de Gregorio Gutiérrez González. Y
cariñosamente, como quien enseña al que no sabe, me iba informando de su origen: Domingo
Díaz Granados, inspirado vate antioqueño, le había preguntado en verso a su amigo
Gregorio Gutiérrez González, por qué no había vuelto a hacer versos y éste le había
respondido en su composición titulada Por qué no canto, y al mismo tiempo que le
explicaba los motivos íntimos de orden sentimental que lo hacían callar, le ponía de
presente que el que debía seguir escribiendo versos era él y por eso le decía en fácil
estrofa:
Tú sí debes cantar. Tú con tu acento
al sentimiento más nobleza das.
Tus versos pueden, fáciles y tiernos,
hacer eternos
tu nombre y tu laúd. Debes cantar.
Todas estas recitaciones solía
amenizarlas mi padre con un anecdotario encantador, con el que reconstruía sus épocas de
estudiante en la Bogotá hospitalaria que congregaba todos esos ingenios. Hace poco leí
unas crónicas inimitables sobre la capital colombiana del último tercio del siglo
pasado, escritas por Miguel Cané, y me quedé sorprendido al encontrarme allí con
muchísimos detalles que ya conocía por las remembranzas de mi padre.
El afortunado ingenio de Roberto Suárez
ya lo admiraba en sus intimidades y ya me había acercado a la confianza de Gregorio
Gutiérrez González y Vicente Gutiérrez de Piñeres hasta oírles el chispeante
diálogo, cuando éste encontró al autor del canto al cultivo del maíz que se había
tomado algunos tragos y le habían hecho más daño que de costumbre:
¿Qué haces por aquí, Gregorio,
en forma tan imprudente?
Déjame, por Dios, Vicente,
que estoy pasando actualmente
las penas del purgatorio.
En una página maravillosa pero injusta
que leí hace algunos años, hacía Armando Solano una crítica severa contra los poetas
románticos de España y América y se extrañaba de que hubieran tenido tanta fama
versificadores como Gaspar Núñez de Arce.
José Ortega y Gasset había dicho ya que
le resultaba increíble que hubiera un tiempo en que las gentes llamaran poesía a esto:
Era a principios del ardiente julio
Harto de Marco Tulio...
Ovidio, Anquises, Plauto y Menea,
rompiendo su enojosa disciplina
la turba estudiantina
regresaba con júbilo a su aldea.
Yo no he compartido jamás esos conceptos
porque cogí cariño a la poesía romántica, oyéndola en horas de paz hogareña caer
sabrosa y plácida de labios de mi padre. Y tanta impresión gratísima dejaron en mi
mente estos ratos de euforia literaria, que muchas veces, ya muerto mi padre, me he vuelto
a recostar en aquel mismo sitio a meditar sombríamente y a recordar sus afectuosas
charlas, y cuando más ensimismado estoy en aquel goce doloroso, me parece que oigo como
en sus tiempos la misma voz fuerte y amable que como ayer vuelve a recitar:
Ya del oriente en el confín profundo
la luna aparta el nebuloso velo
y leve sienta en el dormido mundo
su casto pie con virginal recelo...
Tiempos de escuela
Yo no he creído jamás en la sinceridad
de quienes hablan de sus tiempos de escuela y de colegio como de los más bellos de su
vida, y dando un bostezo espiritual declaran que con placer volvieran a ellos.
Yo no tengo de mis días escolares sino
malos recuerdos. Todavía me parece estar soportando las impertinencias de los dos
compañeros que tuve en la primera escuela privada a que concurrí y que regentaba una
vieja de mal carácter, regañona e ignorante, que sostenía muy campechanamente que la
letra con sangre entra o dentra, como me parece que decía ella.
Los días y las mañanas los pasaba
sentado en una banca dura en el rincón de una salita oscura, oyendo a la anciana
enseñarme a deletrear estúpidamente con un cancaneo ininteligible: peleleplán,
peleleplín, peleleplón... Yo no he llegado a comprender todavía qué significaba
aquello. Después entré a una escuela pública de niñas en la que la maestra se había
comprometido a darme lecciones aparte y así, mientras las niñas matriculadas
oficialmente gritaban, reían y jugaban en patios y salones, yo tenía que permanecer como
escondido en un aposento a donde la maestra entraba de vez en cuando a darme alguna breve
lección como por piedad.
Los días en que había visita del
Párroco o del Inspector escolar eran las grandes tragedias para esconderme. La maestra y
su hermana y una tía de ellas y alguna vecina que había avisado con tiempo el terrible
suceso, me llevaban precipitadamente al solar y allí me metían entre un horno de asar
pan hasta que pasaba la visita.
Una vez me picó un alacrán y cuando el
personal estaba formado en el patio soportando la visita del Inspector llegado de
Bucaramanga, pues esto era en Girón, yo salí llorando y gritando e irrumpí en pleno
patio dando alaridos.
Entonces se le notificó a mis
institutoras que tenían que suspender esa enseñanza clandestina y entré a la escuela
pública.
La patanería de aquellos muchachotes
labriegos no tenía límites y la rapiña era sistema regular de vida. Como mi padre
tenía fama de rico, era mirado como una hazaña digna de premio y admiración robarme el
libro, el saco, el sombrero, el pañuelo y la merienda.
El único recuerdo agradable que tengo de
entonces fue el de la siembra del árbol en el amplio solar de la escuela.
Se nos ordenó a cada muchacho sembrar un
árbol y yo sembré un mango. Todos los días antes de entrar a clase iba a verlo, lo
regaba, lo miraba complacidamente y sentía un fervor agrario por aquel árbol que era
como la primera hechura de mi voluntad y de mi esfuerzo.
Quizá a ese simplísimo detalle debo la
atracción profunda que siento por la vida campesina y las costumbres campesinas.
Varios años después, yendo un día a
Girón, quise entrar al antiguo solar de la escuela a ver qué había sido de mi mango y
con fruición hondísima lo vi alto, verde, pródigo en frutos y amiga sombra. Entonces
comprendí por qué se había afirmado que para ser hombre completo era necesario sembrar
un árbol, escribir un libro y tener un hijo.
Cómo conocí a Olaya Herrera
Una mañana, como a las once, llegó el
doctor Nemesio Camacho a la amplia sala de la redacción de El Diario Nacional.
Yo escribía algo sobre una exposición
de pintura, si no recuerdo mal, y el doctor Enrique Olaya Herrera, como de costumbre,
escribía su editorial al amparo de su alto escritorio americano y encorvado sobre la
tablita volante que soportaba las cuartillas.
Después de los saludos y las frases
banales, el ilustre visitante preguntó:
¿Ustedes no han leído los Glosarios
Sencillos de Armando Solano?
Hoy, precisamente repuso el
doctor Olaya Herrera, leí uno sobre las lluvias en Bogotá. Muy bonito.
Al doctor Nemesio Camacho no le satisfizo
la ponderación y poniéndose en pie se acercó más hacia el escritorio del futuro
presidente de Colombia y le dijo, levantando los brazos:
Es algo extraordinario... Eso es
bello. Yo los leo dos y tres veces.
Yo me puse en pie y me acerqué diciendo:
Es cierto: gustan mucho.
Al poco rato el doctor Olaya Herrera me
autorizaba para que fuera a buscar al doctor Armando Solano, que era el autor de tales
glosarios, y le preguntara si quería darlos en venta para el periódico. Armando Solano
dirigía La Patria, uno de los diarios mejor escritos de cuantos han aparecido en
la capital y se editaba en su imprenta propia, una imprenta anticuada metida en una casona
incómoda que estaba ubicada en un rinconcito de la carrera sexta, por donde entonces se
pasaba para salir al parque Santander.
Subí unas escaleras maltrechas y me vi
de pronto en el cuarto de la dirección. Ese hombre menudo, de rostro achatado pero
sonriente y simpático, que escribía con un lápiz insignificante que agarraba
febrilmente con los dedos cortos y gruesos, era nada menos que el doctor Armando Solano.
Firmaba sus crónicas con el seudónimo
de Maitre Renard, y era el que menos importancia atribuía a su media columna que
cotidianamente resaltaba en tipo gótico sobre la primera página de su diario. Me invitó
a conocerle la imprenta y la casa. En el corredor por donde se transitaba de la
administración a la dirección y de la dirección al salón de cajas, nos recostamos
contra la baranda y desde allí veíamos correr abajo el caduco río San Francisco.
Eran los tiempos sencillos de la última
Bogotá santafereña y todavía la arquitectura no había borrado del paisaje aquella
cañada sugestiva y típica, por donde el riachuelo corría tranquilamente, sin importarle
un higo la ciudad, y que aún no se debatía en graves problemas sociales y económicos y
por cuyas orillas pacíficas aún se asomaban los cubiletes verdes del general Isaías
Luján o Ladrón de Guevara, el paraguas raído de Dávila Flórez, el bastón iracundo de
Felipe Santiago Escobar y, en las mañanas grises, como una estatua de bronce disimulaba
sus somnolencias, el jovial espíritu de Clímaco Soto Borda.
Al doctor José Vicente Concha lo conocí
trabajando en un ambiente muy parecido a ese en que conocí a Armando Solano. Dirigía El
País, y yo llevaba una carta de presentación, firmada por el general Alejandro Peña
Solano.
Iba a iniciar mis estudios, y la
candidatura del ilustre republicano me entusiasmaba. Un policía a quien le pregunté
dónde quedaba El País, se volvió rápidamente, dando media vuelta, y
señalándome un agujero estrecho por donde se baja a un sótano oscuro, me dijo:
Ahí queda El País.
Era en pleno atrio de San Francisco, en
lo que hoy son bajos del Hotel Granada.
Bajé la escalinata angosta, me encontré
en una especie de corredor oscuro y un muchacho que salía de una pieza con unas tiras en
la mano me indicó que ahí quedaba la oficina del doctor Concha.
Toqué tímidamente y una voz fuerte y
bien timbrada me respondió rápidamente.
Entre, entre.
La escena fue desconcertante. Una mesa
larga con unas sillas en derredor y unos bultos de papel. Un estante con libros y unos
cajones, como con libros también, y, mirando todo esto, la figura humana y bella de un
hombre de rostro sonrosado, cabeza escultórica cubierta por una larga y bien peinada
melena, bajo la cual figuraban unos ojos ensoñadores. Era el doctor José Vicente Concha.
No se quitaba el saco para trabajar. No
se ponía gorrito ni apelaba a ninguno de esos recursos inventados por el hombre para
descansar en la intimidad.
Siempre estaba en disposición de
inaugurar un senado o de presidir una asamblea constituyente.
La imprenta donde se hacía El País
era una imprenta vieja, con una máquina antigua que producía un ruido infernal al
funcionar.
Cuando leyó mi carta de presentación,
el doctor Concha, muy galantemente, se puso en pie, se me acercó y me preguntó cómo
estaba su amigo el general Alejandro Peña Solano.
Luego me llevó a pasear la oscura casona
donde editaba su diario y que estaba alumbrada con luz eléctrica.
Cuando me despedí, llegaba un hombre de
cuerpo encorvado, con un paraguas colgándole del brazo derecho y una cara gordiflona
dominada por una nariz hongosa: el doctor Abadía Méndez.
La Unidad también se editaba en
un caserón antiquísimo, situado en las orillas del mismo río San Francisco, cien pasos
más abajo de El País, en seguida de lo que se llamó en un tiempo el edificio de
los telégrafos.
Las piezas de la dirección y redacción,
el salón de cajas y el corredor donde funcionaba la máquina quedaban hacia el primer
patio, pero luego venía el saloncito donde estaba el billar que ya se comunicaba por una
puerta amplísima con un corredor largo y tambaleante, situado precisamente sobre la
orilla del río. Recuerdo que abajo, guareciéndose del sol y de la lluvia por el techo de
este corredor, había instalado un hombrecito su zapatería. Era un muchacho paupérrimo
que ponía medias suelas y cosía rotos insignificantes.
Allí fui a presentármele al doctor
Laureano Gómez, al día siguiente de mi llegada a Bogotá.
Joven y arrogante, bien plantado, con una
juventud radiante y feliz, el jefe conservador daba una impresión grata pero no infundía
confianza y, por el contrario, a mí me pareció que había hecho todo lo posible por que
no volviera a verle.
Era un defecto de sus primeros días y
una consecuencia de sus arduas luchas apasionantes que aún le robaba todo el ánimo.
Después intimé con Laureano Gómez y he
sido uno de los que más han saboreado su agradable compañía de hombre asombrosamente
múltiple, con quien pueden alternar y hablarle de sus inclinaciones, con la misma
seguridad de ser entendidos y correspondidos, un teólogo, un agricultor, un abogado, un
médico, un ingeniero, un literato, un músico, un pintor... No hay ramo de la
inteligencia humana por donde el genio inquieto de Laureano Gómez no haya pasado ansioso
y fácil.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 166,
Bogotá, 1º de noviembre de 1974, pp. 6-11.
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