Fernando González
Fernando
González fue, sin duda alguna, un escritor que se distinguió en grado sumo por la
originalidad de sus escritos. Pero además de haber sido dueño de tan esquiva cualidad,
este autor sobresalió por la fecundidad de su pluma, por la profundidad del pensamiento y
por la peculiaridad de su estilo: analítico, sentencioso, humorístico y, en no pocas
ocasiones, beligerante, demoledor y descarnado. Fernando González, el "filósofo de
Suramérica" como se denominó a sí mismo, fue un escritor ciertamente excepcional
en el panorama de la literatura colombiana. Aún más, fue un hombre de genio que
ascendió y trascendió con óptimos merecimientos en el mundo de las letras.
María Helena Uribe de Estrada en su
interesante libro de ensayos Fernando González y el Padre Elías (Universidad
Pontificia Bolivariana, colección "Rojo y Negro", Vol. 57, Medellín, 1968) nos
dice con acierto:
"Para mí, la historia de Fernando
comienza al revés de todas las biografías. Fue un hombre que se formó a sí mismo con
los elementos desorganizados que recibió de la naturaleza. Sus obras y sus actividades
eran producto del volcán interno que lo consumía, lo atormentaba, lo dividía. Fue el
caos que se hizo orden."
A los 17 años Fernando González
escribió, paradójicamente, Pensamientos de un viejo, que dio a la luz en
Medellín, en 1916, con un juicioso prólogo de Fidel Cano. Tres años después, en 1919,
para optar el título de doctor en Derecho y Ciencias Políticas, en la Universidad de
Antioquia, presentó una tesis novedosa, bien propia de la originalidad de su talento, de
su convicción y de su estilo, El derecho a no obedecer, tesis que "causó
escándalo y estuvo a punto de provocar una seria crisis universitaria".
Frutos de su robusta mentalidad son las
siguientes obras: Estatuto de valorización (Medellín, Imprenta Municipal, s.f.); Viaje
a pie (París, 1929); Mi Simón Bolívar (Manizales, 1930), Don Mirócletes (París,
1932), El hermafrodita dormido (Barcelona, 1933), Mi compadre (Barcelona,
1934), El remordimiento (Manizales, 1935), Los negroides (1936), Santander
(Bogotá, 1940), El maestro de escuela (Bogotá, 1941), Libro de los viajes o de
las presencias (Medellín, 1959) y La tragicomedia del Padre Elías y Martina la
Valera (Medellín, 1962). Entre 1936 y 1938 puso en circulación 17 entregas de la
revista Antioquia: manera nueva de panfleto filosófico; allí aparecieron Don
Benjamín, jesuita predicador y Poncio Pilatos envigadeño, obras que, según
Alberto Saldarriaga V., "merecen colocarse al lado de las novelas de Tomás
Carrasquilla, con la diferencia que la preocupación por la penetración psicológica,
obligó a Fernando a sacrificar la trama del relato para enfocar, en cámara lenta, sus
personajes". El
hermafrodita dormido, al decir del mismo Saldarriaga,
"le causó a nuestro viajero su retiro del puesto diplomático que desempeñaba en
Italia [cónsul en Génova], durante la época de Mussolini, y el ser escoltado a la
frontera por dos guardias secretos".
De Fernando González y sus obras se han
ocupado, en el extranjero, distinguidas personalidades de la inteligencia. Entre otros
tantos, cabe mencionar los siguientes nombres: Miguel de Unamuno, Jacinto Benavente,
Ortega y Gasset, Gabriel Miró, Azorín, José Vasconcelos, Rufino Blanco Fombona,
Joaquín García Monge, Manuel Ugarte y Ricardo Palma. Mantuvo amistad con el escritor
francés Valery Larbaud (ver Valery Larbaud y Colombia de Paulette Patout, en Thesaurus,
t. XXVIII, núm. 3, septiembre-diciembre de 1973, págs. 549-559).
El mencionado escritor Alberto
Saldarriaga V. al comienzo del exhaustivo estudio de las obras de González titulado De
la parroquia al cosmos: los viajes de Fernando González (Universidad de
Antioquia, Medellín, núm. 158, julio-septiembre de 1964, págs. 373-569) nos hace esta
afirmación:
"Fernando González fue un viajero
locuaz. Los viajes de Fernando, dentro y fuera de sí mismo, constituyen una aventura
mental apasionante. Se trata de un caso insólito. Invitamos al eventual lector para que
se una a nosotros a seguirlo en estas singulares aventuras."
En estos apuntes no pretendemos hacer
estudios críticos o de clasificación. No lo podemos comparar, porque es caso único. No
se deja clasificar, porque no perteneció a ninguna escuela y no se adaptó a ninguna
norma: fue personal e individual. Fue un solitario.
Es insólito porque dedicó su vida
íntegra a meditar y escribir. Escribió quince volúmenes.
Es insólito porque no tuvo universidad.
Sin embargo suplió esa deficiencia."
Y un poco más adelante puntualiza:
"Al considerar la totalidad de la
obra de este poeta-místico- filósofo podemos afirmar que tiene dos características
funda- mentales: es autobiográfica y es auténtica.
Es autobiográfica porque, introspectista
consumado, podía sacar suculento provecho para sus lucubraciones psicológicas,
objetivándose y analizándose; y, en esto, nuestro viajero Fernando se puede colocar a la
altura de los introspectistas más sobresalientes: no tiene que envidiar a Marcel Proust.
Como su vida fue relativamente accidentada, y en efecto hizo viajes, los aprovechó, y sus
goces y desilusiones los convirtió en materia para meditaciones y estudios
psicológicos."
Sobre este particular, es decir, acerca
del aspecto autobiográfico que caracteriza muchas páginas de González, el crítico
Jaime Mejía Duque en el ensayo Fernando González y su obra (Literatura y realidad),
(Medellín, 1969) consigna esta apreciación:
"En la base de su estilo, al revés
de su impulso de rebeldía, hallaremos su incontrolable actitud autobiográfica. Para él
fue imposible escribir algo en donde su Yo no constituyese el personaje central... Sus
libros son capítulos de una autobiografía, y ésta una dramatización de la revuelta...
En ellos prevalece la forma "diario", que es la más acorde con su carácter
autobiográfico y con su hostilidad al plan."
Con esta tendencia, Fernando González
nos revela su mundo interior así:
"Me definiré: creo ser detective de
la filosofía, de la teología y de la virtud. Mi madre me parió cabezón, pero infiel;
Dios me atrae, pero las muchachas no me dejan. Me explicaré: unas diez veces he creído
acercarme a la verdad, y las muchachas me han hecho caer. Ocho por ciento tengo, pues, de
filósofo. El resto está entregado al mundo y al demonio, pero nunca he dicho una
mentira. Resumiendo diré que soy un hombre, espíritu que desde la carne y por medio de
los sentidos atisba con fruiciones a la verdad desnuda."
Pues bien. De las múltiples
manifestaciones autobiográficas de tan sobresaliente escritor hemos seleccionado los
apartes que se reproducen a continuación, tomados de tres de sus obras.
Fernando González, viajero infatigable
del pensamiento y de la vida, falleció en Envigado, departamento de Antioquia, el 16 de
febrero de 1964.
Páginas autobiográficas de
"Don Mirócletes":
Líneas autobiográficas
Nací en Bello, población de Antioquia,
departamento de Colombia, en 1895; nací con tres dientes y mordí a mi madre, que murió
por un cáncer que se le formó allí. Nací con dientes porque mi padre era alcohólico y
eso hace madurar pronto. En todo me he adelantado, pero soy niño en dejar de fumar y
beber: llevo la cuenta y he comenzado trescientas siete veces a dejar los vicios. Una vez
los dejé durante un año. Así, yo soy un técnico en métodos para curar de la nicotina
y del alcohol. Ahora veremos. Soy un eterno estudiante.
Primer método
Dejarlos poco a poco y tomar purgantes
durante el régimen para lavar el hígado y las otras vísceras.
Al amanecer se tira uno de la cama y se
va desnudo para un espejo de cuerpo entero; se pone los dedos índices en las sienes y se
dice:
"Fernández, ahora ya se hace la paz
en tu cerebro; ya va circulando la sangre acompasadamente. Por lo mismo, estás
concentrado. Cuando hay muchos esbozos de ideas, la sangre corre; pero cuando la mente
está lista para un gran propósito, para un esfuerzo solo, grande y duradero, la
sangre... ¡Ya estás! ¡Cuán fuertes tus ojos! Oye: aquí tienes este paquete de
cigarrillos y esta botellita. Es lo que puedes fumar y beber hoy. Por consiguiente, demora
el comenzar...".
A los dos días se disminuye la dosis.
Así se continúa.
Segundo método
Ante el espejo: "Fernández, ¡cuán
asquerosos este cigarrillo y este aguardiente, uf!". (Se hacen esfuerzos para
vomitar. Este método se llama autosugestión mimética).
Tercer método
Dejarlos de una vez, y siempre que venga
el deseo ir hacia el espejo y tener un monólogo: "Tic, tic... Oye, Fernández,
¿cómo va el reloj?; acuérdate que el placer pasado es doloroso, y que todo es pasado, o
va a pasar ya, ya. Todo pasa, todo pasa...". Y, si aprieta el deseo, ir haciendo el
vacío mental poco a poco hasta dormirse. Durante estos sueños, la subconsciencia
trabaja. Lo malo está en que hay que pasar el día en el espejo, pero ¡acordarse de que
todo triunfo facilita el siguiente, en la guerra con los hombres y consigo mismo!
Fisiología del deseo de fumar y
de beber
Yo quiero fumar. Yo quiero beber. ¿Qué
significado tienen estas frases? Que el conjunto de células que forman el organismo se ha
habituado a vivir en medio formado por alcohol y por nicotina. Cada célula necesita de
esos ingredientes, y el conjunto de sus necesidades se sintetiza en la palabra yo.
La necesidad de beber se manifiesta a la conciencia en forma de sequedad de la garganta, y
la de nicotina, en forma de fiebre en las venas, irritabilidad nerviosa y ruidos
arteriales en la cabeza.
De lo anterior se deduce que el mejor
método es el gradual: reglamentar el vicio en escala descendente y tratarse mentalmente
por medio del espejo.
Hay muchos otros métodos, pero no puedo
ocuparme ahora de ellos.
¿Resultado? Ningún resultado he
obtenido. Cada vez, en cada derrota, queda más débil mi poder afirmativo, mi voluntad.
Pero es que a mí me ataca la tentación de un modo sui generis: cuando la garganta
se pone seca o la sangre hormiguea, y estoy en lo más recio de la lucha, se me aparece la
imagen de mi madre y me dice: "¿Qué podrá ser el hombre que mordió a su madre, el
niño alcohólico que nació con dientes?".
El cine
Mi pasión es el cinematógrafo. Allí
está mi iglesia. Cuando veo a un actor, a una bailarina, a un artista del gesto, salgo
transformado. Mis amigos creen entonces en mí. Salgo con la chispa en los ojos, con los
músculos tonificados. ¿Qué pasó? Que nació la decisión, y nada es más bello que el
cuerpo de un hombre decidido. Mi espíritu, hundido en mi cuerpo alcohólico, salió a
bañarme, así como el sol. Al decir actor, bailarina, artista, les doy su magno
significado. No hay regulares, pues no lo son.
Por ejemplo, veo una cara llena y
resuelta que hace el papel de hombre bueno, y me sube una decisión firme:
"Seré un hombre grande, artista, actor, escritor, alguna cosa, pero
perfecta...". Y así comienzo mis regímenes, hasta que mi voluntad de hijo del
alcohólico Mirócletes se cansa...
La grandeza humana
Por eso nadie ama la grandeza humana como
yo. Cuando veo un hombre grande, mis ojos se dilatan: generalmente los tengo alargados y
parecen dos grandes cortadas. Mis amigos dicen que en ciertos días, al salir del cine,
mis ojos tienen una belleza prometedora.
Cuando oigo que hay un gran hombre, o
cuando leo algo sobre ellos, dejo de fumar y beber durante ocho días.
Ahora me voy en busca de Simón Bolívar.
Un régimen venezolano de dos meses, ¿me dará resultados?
Esto es, amigo, lo que puedo decirte
acerca de mí, para que te expliques mis conferencias, que taquigrafiaste, y mis teorías
psíquicas y políticas que tanto te gustan.
De "Mi Simón
Bolívar": Lucas, juez
Encontróse nuestro protagonista en la
miseria, y considerando que nuestro pueblo es de los congresos y asambleas; que su
fundador fue un señor Francisco Santander, envidioso y a quien llaman el hombre de las
leyes, resolvió graduarse de abogado. En dos años realizó el proyecto y fue
nombrado juez, a pesar de sus maldades, y debido al recuerdo de la estatua de catorce
libras.
En su Juzgado, entre un montón de
expedientes por sodomías y robos, conocí a Lucas, me hice su amigo y examiné sus
libretas.
Retrato de Lucas Ochoa
Estatura mediana (1 metro con 73). Frente
alta y larga, echada para atrás. Los ojos hundidos entre dos cavidades que protegen las
cejas pobladas y cerdosas, en cada una de las cuales tres o cuatro pelos largos y canosos.
Lo demás no tiene importancia.
He observado sus actitudes peculiares
cuando sale de sus habitaciones: se detiene en la puerta; mira levantando las cejas, a una
estampa del Corazón de Jesús que tiene allí entronizada su mujer; luego observa hacia
los patios interiores y después mira a derecha e izquierda... Esto me hace creer que
percibe la existencia de seres extrahumanos.
Desde el principio de nuestras relaciones
lo noté preocupado con el Libertador y un día me dijo que tenía la intención de
escribir la historia del hombre suramericano. Entonces me prometí a mí mismo apoderarme
de sus anotaciones para ir siguiendo la evolución de esa idea en el alma de mi amigo
Lucas.
Lo ataqué con la alabanza (únicamente
el sueño es mejor que la alabanza). Y así obtuve que me entregara su primer cuaderno,
quedando en mi poder Lucas Ochoa, el hombre de las libretas, el hombre de las
contradicciones. Las transcribo con fidelidad.
Por qué y cómo se casó Lucas
"Mañana te contaré la historia de
mi matrimonio". Amanecieron llenos de luz el valle y las montañas.
(En ninguna parte de la tierra hay tanta
luz como en el Valle del Aburrá).
Y Lucas me narró la historia, sentado
sobre un mamelón que domina todo el curso del río:
Hacía dos años que había vuelto
de los Estados Unidos. Una mañana de luz, como ésta, conocí a Berenguela. Me dominó la
energía del espacio entre sus ojos risueños. En ese lugar reside el aura de la
inteligencia.
Leyó por casualidad algunas de mis
libretas y me dijo que me admiraba.
Yo deseo casarme con una mujer que
me admire.
Nada me contestó, pero me pidió más
libretas. Cuando insistí, me dijo que me compadecía. Le llevé otros cuadernos, los más
íntimos, diciéndole que quería casarme con una mujer que me compadeciera.
Tampoco respondió, sino que al mes,
después de leerme, me dijo que me despreciaba. Contestéle que yo quería precisamente
casarme con una mujer que me despreciara.
Por eso nos casamos.
En realidad, ¿qué otra cosa es el
hombre, el hijo de Dios, sino un ser admirable, digno de compasión y despreciable?
Yo me admiro, me compadezco y me
desprecio.
Hemos sido muy felices, ¿por qué?:
porque nos casamos conociéndonos.
De "El hermafrodita
dormido": Miguelángel
Mayo 9 [1932]
¡Qué día! ¡Qué cielo lejano,
profundo, diluido! Fui a pasear durante dos horas y me parecía resentir el estado
espiritual con el cual contemplaba la naturaleza en mis buenos días del Noral, cuando
escribía Mi Simón Bolívar. Iba repitiendo mis cantinelas: ¿Para qué
apresurarte a gozar, si todo renace? ¡Cuán bello es todo lo creado, día, noche, luz!
Imagina que ayer leí un poema de
Buonarroti, cuyo título es: Que la noche es más bella que el día, porque el hombre,
el mejor fruto de la tierra, es hecho durante ella. ¿No te parece que ésta, más que
el Moisés, sea la obra maestra de Miguelángel? ¿Dónde has visto un razonamiento
más sencillo, más inocente, y que tenga una nostalgia de amor tan grande como terreno de
nacimiento?
Ayer volví a la Feria del Libro. Libros
empastados, a doce centavos. Me vine con Rimas y cartas de Miguelángel, La
Etica de Spinoza y Decamerón de Boccaccio. Venía con tal paquete,
intranquilo, como si me quemara las manos, pues no me gusta leer, ya que no me he leído.
¿Qué diablos de ética, si no soy capaz
de ordenar una hora de mi vida? Boccaccio ¿con toda la inmundicia que hay en mi alma
encarnada, antiguo escarabajo quizá?
Pero Buonarroti me salvó. Tiene unos
versos nostálgicos, que hablan siempre de belleza, de eternidad y de la tristeza
deleitosa de la vida efímera. ¡Cuán feliz, oh hermano mío, cuán feliz me siento
porque sé que moriré y que seguirán las cosas bellas apareciendo! Es felicidad de
lágrimas. Debido a eso, no me entrego a la prostitución, no leo y camino como un buen
loco que no quiere correr. Todo es pintura, todo es efímero. ¿Dónde te hallas, belleza
sustancial? "Mirando nel volto della sua donna, vede in Dio la bel anima
di lei, che ogni mortal bellezza e imagine delleterna" (Buonarroti).
Nada como la vida de Buonarroti,
percibiendo a Dios por fugaces momentos; ¡pobre gran alma encarnada! Pero los otros
libros nada me dicen hoy. Te seguiré escribiendo todo lo que sienta y piense.
Génova
Julio 3 [1932]
Ayer tarde fui a la calle para despejar
la mente. Recorrí el andén que sigue la orilla del mar, Corso Italia, en donde están
los balnearios. En general, me pareció pobre y triste esta Génova con sus habitantes. Es
que Roma es la urbe armoniosa y sus gentes son fornidas, de estatura regular. Aún existe
el tipo heroico. Sus mujeres siempre discretas y como frutos maduros. En Génova, las
gatas y las mujeres están fláccidas; a las mujeres les arañan las nalgas en la calle
Veinte de Septiembre. El genovés es vulgar como su dialecto. Muy venales las mujeres. En
fin, se trata de Cristóbal Colón.
No sabía que uno se enamorara de una
ciudad. Por Roma siento timideces, impulsos, ensoñaciones. Pasaba las horas en las Termas
de Diocleciano, esperando a que el custodio del cuarto de la Venus de Cirene estuviera
descuidado, para acariciar el mármol. La tengo aquí, mi Venus, en las manos.
Roma
Pero estamos en Roma. En cochecillo, en
la típica victoria de los turistas, llegamos a la Embajada de Colombia ante la Santa
Sede. Villa agradable, en el ángulo de las calles Gaeta y Goito. Tres pisos. Bella
terraza lateral en el segundo. Por allí nos pasearemos mientras las golondrinas juegan
sobre nuestras cabezas. Jardín apacible con encinas seculares. Aquí bebió aguardiente
el señor José Vicente Concha y allí lamenta a la Patria lejana el Presidente Restrepo,
alma firme, compañía bienhechora.
Aquí cerca, a doscientos metros, están
las Termas de Diocleciano, la plaza Independencia, la estación Termini y la plaza Exedra.
Este será el centro de nuestros pasos; de este lote de tierra sagrada irán nuestras
emociones hacia toda la ciudad.
Pasan tranvías para la derecha y
para la izquierda del Tíber; autobuses hasta de tres pisos, para plazas San Pedro
y Cavour. Ahí sube una muchacha atrayente, y luego otra y otras, con la guía bajo el
brazo. Pero venzamos las tentaciones, la propincuidad del sexo.
El cielo es amplio y no se le ve la
profundidad y la anchura. Estamos perdidos en el cielo. La luz, abundantísima; hay que
ponerse los anteojos verdes. El aire.., no sé... fuerte, excitante, artístico.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 165,
Bogotá, 1º de octubre de 1974, pp. 24-28.
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