La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Augusto Ramírez Moreno

El 19 de febrero del presente año falleció en esta ciudad el ilustre tribuno Augusto Ramírez Moreno. Había nacido en Santo Domingo, departamento de Antioquia, el 23 de noviembre de 1900. Cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional de San Bartolomé y universitarios en la Universidad Nacional de Bogotá donde obtuvo el título de doctor en Derecho y Ciencias Políticas y Sociales el 3 de agosto de 1922. Desde muy temprana edad irrumpió en la actividad política y dio muestras de singular elocuencia.

Ramírez Moreno bautizó el grupo denominado Los Leopardos, del que hicieron parte sus compañeros universitarios José Camacho Carreño, Joaquín Fidalgo Hermida, Silvio Villegas y Eliseo Arango, este último, el único sobreviviente de aquella famosa agrupación que marcó huella en la vida política, parlamentaria y literaria de nuestro país.

Jamás resonó en Colombia —dice el propio Ramírez Moreno en escrito dialogado de evocación— un grupo como el que ustedes fundaron y yo bauticé. No habrá otro que pueda comparársele jamás porque la época moderna ha olvidado el milagro. Cruzamos las aulas en un grato ambiente de escándalo intelectual que conservatizó a la juventud, porque ésta tiene como dioses el fulgor y el ruido y porque de la paradoja hicimos un indestructible bloque de hormigón.

Orador de muy peculiares cualidades, Augusto Ramírez Moreno sobresalió por la fogosidad de su verbo y por la fuerza de sus convicciones. Fue político y parlamentario de larga y consagrada trayectoria. Fue, así mismo, miembro del Directorio Nacional Conservador, ministro de gobierno y diplomático.

Silvio Villegas, su compañero de generación y de luchas políticas, nos hace esta manifestación consignada en el interesante ensayo titulado Los leopardos, publicado en la revista Vínculo Shell, Bogotá, núm. 126 de 1965:

Ramírez Moreno ha querido ser constantemente sublime en la vida íntima. Ha trabajado siempre para sus biógrafos. Sus personajes predilectos han sido Alejandro de Macedonia, Lord Byron, el Vizconde de Chateaubriand y Disraeli. En el grupo era el único que tenía el sentido del protocolo. Su valor personal es inconmensurable. Conoce el peligro y lo ama. En la Cámara habló un día, en defensa de Laureano Gómez, ante las pistolas tendidas de sus enfurecidos adversarios. Desafía sombras y muchedumbres y ha jugado innumerables veces su vida y su prestigio. Su fuerza ha ido su conciencia arrebatada.

A su vez, el escritor Gonzalo Canal Ramírez resalta el supremo atributo de que hizo gala Ramírez Moreno en esta forma:

Pero Augusto, ante todo, era un "leopardo". Ninguno de los de su grupo le ganó en felinidad. Ni Silvio Villegas con la lírica y el oro puro de su prosa, ni Eliseo Arango con la cristalinidad de su raciocinio, ni siquiera ese emperador de la elocuencia que fue José Camacho Carreño. Augusto era felino y rampante por derecho propio hasta en sus gestos, sus pestañas, su nariz, el ademán de sus manos, el brillo de su mirada, su personalísimo estilo de tigre de Bengala en acecho y el altanero cascabeleo de su altanería y altivez que jamás podrá confundirse con lo que quienes no lo conocieron imputaban a vanidad.

Como intelectual y como escritor de redomado estilo, Augusto Ramírez Moreno enriqueció nuestro mundo bibliográfico con las siguientes obras: Episodios (Bogotá, 1930); El político (Bogotá, 1931); Las ideas socialistas y el problema presidencial (Bogotá, 1937); Una política triunfante (Bogotá, 1941); El libro de las arengas (Bogotá, 1941); La nueva generación (Bogotá, 1966) y Dialéctica anticomunista (Bogotá, 1973). Al final del libro La crisis del partido conservador en Colombia (Bogotá, 1937), Ramírez Moreno remata con esta confesión autobiográfica:

De mi obra no durará nada. Sólo dos años estuve en el parlamento, tiempo insuficiente para que la posteridad me llame por mi nombre. En enero de 1918 pronuncié mi primer discurso político. Fue mi adversario Luis Crespo. He completado, pues, veinte años de actividad, a los treinta y seis de mi vida.

Entre cuanto hice o intenté, sólo me inspira devoción y admiración El político, por su radioactividad incontenible. En ese breve ensayo consta lo mejor de mi alma. En vano descolgarán sobre él los años su lámpara de sombras. Su influjo sobre la juventud no ha cesado ni puede languidecer, porque los campeadores del futuro hallarán escritas por mi pluma las palabras de su limpia ambición.

Los tres apartes que reproducimos a continuación fueron tomados de estas fuentes: el primero, que hemos titulado El "cachifo" montañero, es una reproducción del libro Los leopardos (Bogotá, 1935), reminiscencias autobiográficas en las que intervienen los siguientes personajes: Claudio, Antero, Sergio, Atalanta, Constanza Rosa y Alceste. Los tres primeros corresponden en la calidad a los nombres de Silvio Villegas, Eliseo Arango y Ramírez Moreno, autor de dichas páginas. El segundo aparte lo hemos tomado del ensayo titulado El político, y el tercero, El colibrí fantasma, del Magazín Dominical de El Espectador (Bogotá, marzo 3 de 1974), donde apareció precedido de la siguiente nota:

Pocos días antes de su muerte, el doctor Augusto Ramírez Moreno inició la escritura de una novela autobiográfica que tituló El colibrí fantasma. Presentamos en esta página algunos de los apartes del preámbulo de la novela, que se puede considerar como la obra póstuma inconclusa del gran político y escritor recientemente fallecido.

Deleitémonos, pues, con el siguiente tríptico autobiográfico.

I. El "cachifo" montañero

Varias cosas notables ocurrieron en Bogotá al desmirriado "cachifo" montañero. Mil novecientos once fue un año perdido, porque el paludismo lo imposibilitó completamente. En mil novecientos doce entra a primer año de bachillerato en el colegio de San Bartolomé, regentado por los padres jesuitas. Desde los comienzos de su vida escolar había demostrado la pasión por las amistades eternas, generosas, auxiliantes como ningún otro viático humano. Ahora hizo relaciones con Alvaro de Brigard Silva, sobrino del gran poeta José Asunción Silva, el mejor estudiante y el de predisposición más fina para los secretos de la urbanidad. En menor escala, pero íntimamente, se hizo amigo de Carlos Manuel Canal, único rival de Alvaro en aprovechamiento, y de Alfonso Uribe, que ahora desempeña la medicina con lucimiento.

La primera idea común de Brigard, Uribe y Sergio fue esta: Carlos Manuel comulga mucho y no nos sirve. Y esto se explica porque el deseo de cada miembro de ese triunvirato era imitar a Raffles, el ladrón de levita, el ratero beneficiente. La elegancia y la beneficencia los atraían, pero siempre que a ellas se mezclara alguna escoria, tan humana, que hiciera desprender mejor sus emanaciones extraterrestres. Los antifaces y las escalas de cuerda constituían el centro de sus conversaciones. Como Sergio jamás estudiaba ni atendía a los profesores, tenía disponible todo el tiempo para sus fantasías y era el propulsor de los diálogos interminables en que el Banco de Colombia y el Central quedaban desvalijados. Por esa misma época leían los tres socios las obras de Salgari y a veces abandonaban los robos con escalamiento para dedicarse a la guerra con la crueldad de Los piratas de la Malasia. Estas formas de heroísmo criminal no eran las únicas vocaciones de Sergio. Primero en El cenit y luego en El soldado, periódicos manuscritos, ensayaba actividades intelectuales con su pobre cabeza, todavía en estado de cartílago.

Las dos hojas fueron prohibidas por los Reverendos Padres: Eran un pasatiempo inadecuado para infantes. Funda entonces el club de foot-ball "Boyacá" con siete miembros, en vez del número de veintidós necesario para el juego. Entre todos los socios suscriben veinticuatro centavos que emplean en contratar las divisas con una costurera inescrupulosa que con botones que provenían de los sacos y de la ropa interior de los varones de su casa hace siete unidades diferentes, forradas unas de azul, otras de negro y otras de gris, todas de diferentes tamaños. El club de foot-ball tuvo anales con debates en que se discutían apasionadamente el nombre del mismo o los sobrenombres de los profesores; pero no tuvo un balón jamás. Simultáneamente trata de convencer a un muchacho que trabajaba en su casa para que se fugue y se haga marino, encandilándolo con la promesa de aventuras maravillosas en que los puertos eran dorados y ágiles como peces y en que los tiburones eran grandes como puertos. A todas éstas cultivaba una vocación religiosa cálida y cándida. Aspiraba a morir lentamente devorado por los caníbales del Opón y, en defecto del martirio, conquistar almas innumerables y oscuras a la verdad revelada. La noble estatura de ese elocuente y aguerrido misionero jesuita que se llamó el Padre Arango lo seducía inexorablemente; sus sarcasmos de hombre de combate y la voz poderosa exaltaban las fuerzas de su imaginación desbocada. El dulce y sabio Padre Paternal fue el confidente de aquella voluntad de sacerdocio; pero en quince días midió certeramente el calado infeliz del aspirante y le recomendó que esperara todavía antes de ingresar al noviciado. Soñó también con ser torero, infectado por la ardorosa lectura de Sol y Sombra, revista a que estaba suscrito su hermano Jorge: "Regaterín", "Bombita", "Machaquito", Vicente Pastor, eran los protagonistas de su fantasía. Se hizo congregante y en tal virtud pudo hacerse miembro de la Academia Literaria de San Luis Gonzaga, donde sus improvisaciones más estudiadas ocasionaban orgías de risa inacabable. Al tiempo que tantas vocaciones volaban tan alto entrechocándose, confundiéndolo todo, las calificaciones rodaban por el suelo. No sólo había una carencia absoluta de su voluntad, que rehusaba cualquier esfuerzo serio y continuo, sino que en los instantes de atención y estudio, no comprendía ni una palabra de ninguna materia, si se exceptúa la religión en que era conspicuo porque el texto tenía un admirable tenor polémico y se prestaba para la declamación, arte única en que siempre fue excelente.

La aritmética, el álgebra, la geometría, el latín, la contabilidad nunca jamás pudo comprenderlos. Y a esa impermeabilidad del alcornoque divagante que llevaba sobre los hombros agregaba las distracciones constantes sobre temas inauditos. Explicaba el Padre Salazar la multiplicación de un monomio por un binomio. Sergio, con los ojos bien abiertos sobre la boca del profesor, pensaba: ¿Qué pasaría si fueran destruidos todos los sapos que hay en el mundo? Si los sapos sirven para algo, ocurrirá una catástrofe; pero seguramente los sapos no sirven de nada... "A ver, Sergio, dice el Padre Salazar, ¿cómo se multiplica un monomio por un binomio?" "No sé, Padre", responde el interpelado. "Entonces no estaba atendiendo". "No, Padre. Estaba pensando en que se pueden matar todos los sapos". "Queda castigado".

Es inútil continuar. El mayor fracaso pedagógico del hemisferio ha sido Sergio. Todas las profesiones activas lo sedujeron, nunca tuvo reposo: fue un alumno sin seriedad, sin discriminación.

II. "El político"

Combina el político en alto grado las cualidades que señalan su grandeza: el temperamento reflexivo y la imaginación deslumbrante, la energía práctica, la voluntad compulsiva, la iniciativa temeraria. Su ambición temprana es como la alondra que canta en la alborada de su inteligencia. Niño todavía, se consume en el deseo de ser algo relampagueante, glorioso y grande. Hay momentos en que la vida se le presenta insoportable si no llega a ser el más poderoso de los hombres, y en otros, porque es un guerrero, sueña con blandir la espada a la cabeza de un ejército o cree alzarse como un estandarte, desgarrado pero invencible, bajo la elocuente metralla de los oradores enemigos. Palidece en el heroico ensueño su mejilla de adolescente y ensaya entonces, sobre la noche sola, el más espléndido de los instrumentos musicales: su voz ilimitada de tribuno.

Ardiente como un conquistador y vibrante como una mujer, su juventud es una marcha delirante, su madurez dilátase en constante lucha y la avanzada edad es un remordimiento. La vida del político es el más torturado de los símbolos humanos, compendia la vigilia exaltada del poeta, la acción épica del guerrero, la pausada tragedia del sabio; resume el egoísmo y la filantropía, el amor de lo divino y la aficción por las cosas fugitivas. Apenas reposa el cáliz rutilante que la dicha colma, cuando el dolor lo hiere con su lanza. Pero no importa.Su brega continúa y pasa del martirio a la apoteosis, de ésta al olvido y del olvido al honor, para caer de nuevo, sin que su vocación mude, sin que trueque jamás por el reposo su lancinante drama, porque siempre busca el tenebroso deleite de vivir cerca del abismo. Napoleón no cambiaría a Santa Helena por los años oscuros del cadete.

III. "El colibrí fantasma"

Me sorprendió en mi juventud lejana encontrar contemporáneos que no habían leído. La montaña mágica de Thomas Mann porque su texto les parecía demasiado extenso. Sólo les atraían obras cortas o las que creaban —largas y en varios volúmenes— ciertos monstruos de la prosa como Galsworthy con su saga de la familia Forysthe o inolvidables protagonistas de la historia. No siendo yo lo uno ni lo otro, prefiero el liviano opúsculo, en párrafos de esqueleto ligero que se presentan en volúmenes rápidos como los que edita Tercer Mundo. Así, por ejemplo, mi ensayo sobre La nueva generación, se agotó a la carrera.

Pretendía escribir unas memorias a comienzos de 1964 y me apliqué a ello, con el triste resultado de que valientemente suprimí años enteros por la insipidez intolerable de mis recuerdos. Y como gusto tanto de expresarme en aspirinas verbales, prefiero mostrarme como lo que fui: un diminuto protagonista de mi patria en mi tiempo.

¡Loado sea el Señor! Acabo de sentir el soplo de la ancianidad y soy un viajero que se aleja de la vida.

Esa revelación admirable se presentó a mí con una delicadeza, con una mansedumbre que evitan la aflicción y el terror y nutren el espíritu de elementos que jamás había experimentado, porque en ellos palpitan, con latido gemelo, la esperanza y la melancolía.

Desde lo más noble del corazón he dado gracias a la Divina Providencia por haber llegado a la vejez, país que los hombres temen porque lo desconocen.

Las otras edades son muy exigentes: ningún festín las sacia. La infancia y la adolescencia avanzan sobre la vida; la juventud y la madurez la atraviesan; la ancianidad leva anclas y se aleja tranquilamente de la orilla.

La vejez piensa en Dios con un estremecimiento de calidad indescriptible, en el cual se disciernen solamente el temor de una formidable vecindad misteriosa, la humildad, y una fe en que se mezclan el arrepentimiento y la esperanza.

* * *

Desde algún brumoso sitio me llega el soplo de un desasosiego extraño. Es mi fortuna que no encuentra en el futuro la fuente de ese malestar del alma. Pero exploro el pasado y pienso que de allí brota ese aliento inquietante. Es casi cierto que hice un empleo a medias, desordenado y santuario de las facultades que generosamente me fueron concedidas; no creo que cambie rumbos y comprendo que he disfrutado del dolor y del gozo que la dignidad conlleva; pero la fuerza de la imaginación fue desperdiciada y la permeabilidad al conocimiento fue en mi vida un elemento inerte por pereza inconfesable.

Esa falla gravísima de la voluntad —que es la falta de disciplina interior— produjo el desgano y los esfuerzos truncos. Soy un ejemplo de vergonzosa negligencia y un limpio tratado de candor político. No seré mirado como un hombre ilustre, pero yo mismo me ofrecí al olvido.

Para llegar a la frontera que separa la vida física de la metafísica, es decir, para llegar a la pura y real abstracción filosófica y religiosa, hay dos vías seguras: la vejez y el dolor, porque ambos, desde todos los tiempos, han mirado hacia ultratumba y los dos llegaron de brazo a la puerta de las religiones, principalmente a las catedrales elevadas en honor de Cristo. El cuerpo repleto es hostil al espíritu religioso, la natura es pagana.

En cuanto al estudio constante y metódico, afirmo que tiene alas y crea certidumbres y ofrece voluptuosidades: cuanto alborozo de la mente sentí cuando logré la intelección del materialismo dialéctico de Hegel y del materialismo histórico de Marx. Pero mi corazón permaneció impávido, mi alma no sentía nada. Fue un movimiento sísmico de las meníngeas y nada más.

* * *

Es increíblemente bueno el gobierno de Valencia. Se le acusó de todos los defectos personales y va saliendo adelante como un estadista de gran clase. Es un maestro de la seducción que sienta bien a su perfil de caballero-águila.

* * *

Un hogar tranquilo es mejor que un hogar amado. Una familia amada y tranquila constituye la felicidad, porque son valores que permanecen. Toda dicha se fuga, todo placer transita. La que no permanece inquieta, porque no es segura y la inquietud niega esencialmente la dicha.

La paz es la única forma de alegría accesible al hombre. Pensar en que algo dura es una falacia pueril y sin permanencia. ¡La felicidad verdadera es imposible, porque el primero de sus elementos es la eternidad, la permanencia: de suerte que cuando hablo de felicidad debe entenderse a contraluz del foco en que la apoyo!

Morir es establecerse; vivir es esperar. De ahí los suicidios, porque la ansiedad —mezclada de remordimiento, de incertidumbre y de angustia— es un clima imposible, aun para las almas fuertes.

La conciencia es la más celosa de las criaturas; nos vigila día y noche; cuando incurrimos en falta, nos castiga.

El amor es tigre o es cordero: todo depende del alma.

Estoy de regreso de mil vanidades: amé el esplendor sartorial, camisas como lápidas, guantes como manoplas de seda, corbatas ricas como las vestiduras rituales. Las modas masculinas se han transformado muchas veces en mi tiempo. Pero la única elegancia es la comodidad pintada de azules tranquilos o de grises ligeramente exasperados. Y el negro y el blanco.

* * *

Me ha nacido el decimocuarto nieto: Enrique Ocampo Ramírez. Por llamarse como mi director espiritual y como mi padre, me conmueve y me entusiasma. El tiene tres días y yo tengo sesenta y tres años. Nunca sabrá cómo fui; pero tierra o pavesa o barro, cuánto desearía aplicarme a su reposo o a su gloria.

* * *

Quien desee vivir en paz, que se oculte, porque quien ama la gloria sentirá siempre la mordedura del dolor.

* * *

No sólo se fatiga de vivir quien es devorado por los remordimientos o quien carece de fuerza interior. El tedio de vivir también es obra de los años. Y ninguna fatiga es comparable al tedio. Con todas las potencias del alma, yo quiero morir.

* * *

¿Quién no cometió crímenes con la imaginación? ¿Quién con la virtuosa conducta no fue santo? La voluntad es la reina de las facultades del espíritu.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 164,
Bogotá, 1º de septiembre de 1974, pp. 6-10.

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