La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Rufino José Cuervo

En el estudio preliminar que publiqué hace algunos años sobre Cuervo, intenté dejar claramente establecidos, y respaldados en una documentación fehaciente, algunos hechos relativos a la vida del filólogo colombiano. Esos hechos, de suyo escasos (allí había indicado que Cuervo era extremadamente celoso de su intimidad), podrían calificarse de "biográficos", es decir, aludían a la vida del hombre, caían dentro del contorno de su persona histórica, hasta podrían tildarse de "anecdóticos", si no fuera porque constituyen, en suma, sustancia, contenido esencial de aquel quehacer diario y angustiado del individuo. Pero cualquiera verá con razón que tales hechos no narran por sí solos la vida del hombre; son como un resonador para la voz y no la voz misma. De allí que legítimamente alguien pueda preguntarse: pero, en definitiva, ¿cómo era Cuervo, cómo pensaba, cómo sentía? He aquí la línea divisoria entre biografía y autobiografía, que se vuelve de pronto una divisoria tajante y problemática.

Pues en efecto, si tal divisoria existe, y existe además en virtud de una diferencia en el modus enarrandi de la vida de un cierto hombre, surge otro problema: la autobiografía rezuma, en el fondo, artificio. Un individuo se propone, es decir, toma el partido ("parti pris") de hablar de sí mismo, de contar sus cosas, las cosas de su vida; se pone en la tarea de trasladar al papel, destinándolos a un público, los ingredientes de su existencia, sus peripecias y hasta sus necesidades. Tal actitud falsea ya de hecho la intimidad, a menos que se sea un cínico, caso en el cual la autobiografía pasa a ser crónica escandalosa. Ahora bien, todo esto lo que hace es relievar la problematicidad de la vida humana y la de su transmisión en el marco de la historia y de la cultura. Porque cuando se trata de un hombre que ha aportado materiales constructivos a la cultura de un pueblo y ha contribuldo en cierto modo a plasmarla o a transformarla, se siente entonces con mayor fuerza la necesidad de que la transmisión —el reflejo exacto, y no sólo el reflejo, la trama misma— de su vida no sea solamente historia, no sea únicamente anécdota, detalle muerto en el campo amorfo del pasado. Por eso la pregunta vuelve con insistencia: ¿cómo era Cuervo, cómo pensaba, cómo sentía?

En Alemania, donde suele saberse bien lo que significa el conocimiento de la vida personal de un escritor para la cabal comprensión de su obra, se ha adoptado el sistema (allá casi todo se convierte en sistema) de hacer que el hombre narre espontáneamente su intimidad, aun contra lo que él mismo hubiera deseado y aun en el caso de que esa intimidad aparezca sutilmente engarzada en explosiones de puro lirismo, como en Holderlin, o en bloques macizos de grandiosidad casi épica, como en Goethe. Pudiera decirse que se han dado la maña, con finura exquisita, de rastrear los pasos, los momentos, los mínimos instantes en que, al hablar, el héroe deslizó un fugaz relámpago de intimidad entre la vasta cantera de una producción cuajada de complejidad. Este procedimiento tiene sin duda un valor extraordinario. Mientras el biógrafo se ve constantemente expuesto a interpretar, con más o menos fidelidad, los hechos que le ofrece la llamada realidad histórica, y el lector, en el caso de las autobiografías, ha de mantenerse siempre en guardia y prevenido contra las asechanzas del secreto pudor de quien las compuso; acá, en estos fragmentos, líneas y a veces sólo palabras caídas y halladas al azar, no hay que hacer nada, fuera de dejar que hablen por sí y que el espíritu del contemplador vaya juntando las piezas dispersas hasta dar con la imagen ideal, que él habrá formado, sí, pero en la que no se hallarán deformaciones ni añadidos postizos y arbitrarios.

Alguna persona que reseñó mi trabajo sobre Cuervo se extrañaba un poco de que en él hubiera tantas notas sobre multitud de contemporáneos y cuestiones referentes a Cuervo, y notaba con muy buen sentido que la figura del filólogo mismo quedaba en la sombra y los sucesos de su vida presentados de una manera extremadamente esquemática. De aquí tomaba pie para plantear una especie de dilema y decir con tanto acierto como gracia que o la información referente a Cuervo es excesivamente escasa
—caso más bien extraño tratándose de una figura desaparecida apenas hace media centuria— o los árboles no han dejado al señor Martínez ver el bosque. Yo confieso ingenuamente que lo que me propuse y quise fue ver el árbol, el árbol descollante y casi solitario que en nuestro bosque histórico es Cuervo; pero quizá no lo logré. ¿Por qué? Este interrogante es el que no se planteó el reseñista, pues basta habérselo formulado en conciencia para responderse a sí mismo, siquiera en forma reflexiva y teórica, que era bien posible que o aquella información fuera realmente escasa —caso en el cual no habría lugar al dilema— o que no hubiera sido concretamente transmitida a la posteridad o que, en fin, existiendo de hecho y estando transmitida no hubiera sido asequible por alguna razón al estudioso de Cuervo. Pero dejemos aquí esta alusión y recojamos su lección. No hay duda de que el reseñista se extrañaba de lo mismo que yo ya me extrañaba. ¿Cómo es posible que una personalidad tan eminente en el mundo científico y desaparecida apenas hace media centuria presente una biografía tan seca y pobre y no se preste a la reconstrucción histórica detallada y minuciosa? ¿Qué pudo suceder para que en tan corto tiempo dibujar su fisonomía física y espiritual sea cosa poco menos que imposible? ¿Qué ocurrió para que los contemporáneos no hubieran sentido siquiera la curiosidad de dejarnos unos apuntes suficientes para trazar el boceto de un hombre que fue incomparable en la vida privada y excepcional en la vida científica? No trataré de absolver preguntas, y vuelvo a confesar ingenuamente que cuando me ocupaba de escribir aquellas páginas (en la creencia de haber examinado honradamente toda la bibliografía de Cuervo así como documentos de la época) sentía una especie de rebeldía cerebral al ver que o lo que se sabía de Cuervo estaba equivocado, erróneamente escrito, o que, sobre conjeturas y supuestos más o menos evidentes, se tejía una monótona cantilena acerca de su vida, trabajos y obras científicos. Hube, pues, de conformarme con unos pocos hechos ciertos y comprobados, y dejar que el lector se hiciera cargo de llenar las lagunas materiales con un poco de esfuerzo interior y amorosa contemplación espiritual.

Pero la investigación positiva es exigente y tiránica. No acepta de buen grado sino lo que llena ciertas condiciones de objetividad y rigor. Pudiera decirse que la riqueza sólo le es grata cuando oye el tintineo de las monedas. Y bien, en el caso de Cuervo, ¿qué ventajas tendría para la comprensión de su fisonomía espiritual amontonar detalles biográficos, recomponer orgánicamente su vida, juntar minuciosamente los fragmentos dispersos y eslabonarlos en una unidad histórica? Las ventajas serían tan relativas como problemático el resultado. Es cierto que la historiografía habría obtenido uno de esos triunfos corruptores que hacen nacer la convicción de ya no explorar más un determinado sector porque súbitamente se halló agotado; pero, ¿dejaríamos por eso de sentir la íntima necesidad de saber cómo se desenvolvía el hilo de una existencia concreta y viva, aquella especie de nostalgia interior, esencialmente espiritual, que se lamenta de los ojos que ya no ven, la voz que no se oye, el ondular del pensamiento que de pronto se rompe como la curva de un arco y ya no puede ser vuelto a su tensión originaria? Seguramente no. Y la razón estriba en el hecho de que el carácter de la vida íntima se mantiene, por naturaleza y por ley de lo que ella es, dentro de la persona; queda, por tanto, fuera de lo que llamamos figura histórica y no es, pues, mensurable ni captable con los instrumentos con que captamos y medimos los sucesos del mundo exterior. Sólo la figura histórica puede reconstruirse, y esta reconstrucción es susceptible de llevarse a cabo con más o menos rigor objetivo, con más o menos plenitud de sentido, de tal manera que en un momento determinado se produzca o se logre la imagen de ese tejido espontáneo y complicado que fue elaborando en su curso vital un cierto individuo. Más aún, sobre dicha imagen podrá erigirse una interpretación adecuada de la unidad de sentido del complejo expresivo (sabemos, evidentemente, que "habla el alma" según palabras de Goethe) que conformó la vida de un hombre concreto, y así será factible que nos sumerjamos en la corriente de los sucesos, en el fluir continuo de los actos de la persona viva. Pero ni siquiera en este caso —caso límite por lo demás— habremos llegado al núcleo de la verdadera intimidad, a su sentido activo y esencial expresión, en una palabra, a su constante en el decurso de la conciencia.

Volviendo a Cuervo, quiero decir que si del sabio hay una imagen correcta, más o menos fiel, no la hay todavía del Cuervo íntimo. Yo podría ahora enumerar, en seriación cronológica, todos aquellos puntos o incidentes de índole biográfica con que al historiador le sería relativamente fácil estatuir un tipo humano coincidente con el de Cuervo; pero, como ya queda suficientemente apuntado, escaparía a tal consideración el problema esencial. De hecho, esto es lo que ha sucedido. No hay, evidentemente, biógrafos de Cuervo. La misma cronología de su vida no ha sido fijada y establecida rigurosamente. Hasta existen lagunas, vacíos temporales, que necesariamente habrán de preocupar al biógrafo de mañana. Por otra parte, hay una especie de Cuervo semilegendario, incubado en las anécdotas y ocurrencias de sus panegiristas, más bien que en los hechos escuetos y documentables de su existencia. La imaginación popular, cierto orgullo de casta y un sano sentimiento nacionalista han acogido con gusto, yo diría hasta con fervor patriótico, esa imagen un poco legendaria y anecdótica, que tiene a mi modo de ver el inconveniente de ocultar la personalidad real e histórica porque constituye algo así como un velo brillante y fascinador, muy apto para distraer la mirada del objetivo capital, que es el hombre. Si, pues, ni el Cuervo de la historia ha sido todavía estudiado y fijado, ni el Cuervo personal ha logrado cristalizar hasta ahora en una biografia, ¿qué diremos del Cuervo íntimo? ¿No será inmaturo plantearse el problema de la intimidad de ese tipo humano que todavía hoy solicita nuestra admiración?

Declaro sin reticencias que es este problema el que más vivamente ha despertado mi atención. Y no, como pudiera pensarse, por malsana curiosidad o por afán de indagar la conciencia ajena, sino porque, al fin y a la postre, es del centro de la intimidad de donde brotan nuestras ideas y nuestras preocupaciones. Siempre me ha parecido un vicio o una falla del racionalismo histórico eso de interpretar y analizar la obra del hombre y el hombre mismo desde dentro de la razón, como si toda actividad de éste se redujera a un simple funcionamiento orgánico, a una minuciosa y compleja labor de operaciones cada vez más sutiles, pero cada vez más analizables, cuando la verdad es que el espíritu habita en la intimidad, la llena de su aliento y le da toda su riqueza. Diríase que la intimidad es, para usar una acepción castiza y corriente en la lengua clásica, el sagrario del alma, recinto y abrigo a un mismo tiempo accesible e impenetrable, cuya forma por nadie ha sido preestablecida o determinada y por eso toma para sí las calidades, prendas y distintivos del espíritu que la habita. A veces hasta me es grato imaginar que el espíritu asciende desde la intimidad y sube invisible hasta la razón, moviéndola a grandes ideas y a nobles pensamientos y acciones y creando, por así decir, una especie de corriente o comunicación constante entre las potencias del cuerpo y su propio, inasible poderío. Entonces ya no veo las grandes obras como mero producto de una suma de ideas, originadas del simple ejercicio de las facultades racionales, sino como expresión del espíritu, que aflora desde la intimidad, y lo mismo se traduce en un gesto que en una canción, en una vida noble y pura que en una desafiante e imponente construcción ideológica. En una palabra, toda interpretación que no parta de esta manera de concebir al hombre y sus actividades fallará necesariamente en un aspecto esencial, pues invierte, para dar sentido al análisis, el orden de las cosas y la propia valoración de éstas, colocando en el primer plano el producto y después la energía creadora, antes la obra y luego el creador, adelante el movimiento y atrás el impulso.

Fernando Antonio Martínez (continuará)

Textos autobiográficos de R. J. Cuervo.

El anterior artículo se publicó por primera vez en Las Letras, suplemento literario del Diario Oficial, de Bogotá, el 23 de agosto de 1956. Su autor, el Dr. Fernando Antonio Martínez, Jefe del Departamento de Lexicografía de este Instituto, falleció el 29 de mayo de 1972 (ver Noticias Culturales, núm. 138, julio 1º de 1972).

En relación con dicho artículo es preciso llamar la atención sobre el hecho de que al final apareció en el periódico, entre paréntesis, la palabra "continuará". Sin embargo, revisadas con detenimiento las posteriores entregas del mencionado suplemento literario, no hemos encontrado la anunciada continuación de Rufino J. Cuervo autobiográfico. Descartada esta posibilidad, ignoramos a ciencia cierta si el Dr. Martínez escribió algún artículo complementario de las páginas que ahora nos ocupan.

Sea lo que fuere, el referido anuncio que aparece, como queda dicho, al final del artículo que se reproduce anteriormente, nos ha hecho pensar que el autor hubiese perfilado o proyectado, para una siguiente o subsiguientes entregas del citado suplemento literario, la revelación de algunos aspectos autobiográicos de D. Rufino José Cuervo. Lástima grande que el Dr. Fernando Antonio Martínez, continuador del Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana y conocedor como pocos de la vida y la obra del sabio Cuervo, no hubiese llevado a cabo su propósito en aquel entonces ni en época posterior. A falta, pues, de lo que suponemos iba a constituir el complemento del artículo que ahora se publica, queremos mostrar en esta ocasión algunos textos autobiográficos del ilustre filólogo bogotano D. Rufino José Cuervo.

Si bien es cierto que este eminente colombiano fue "extremadamente celoso de su intimidad" y que fue ajeno, por naturaleza, a toda vana ostentación, no por ello escasean, a lo largo de su obra intelectual y a lo ancho de su abundante correspondencia, las manifestaciones de carácter netamente autobiográfico.

Advertimos que al plasmar esta inquietud, en manera alguna nos hemos propuesto llevar a término una selección autobiográfica de manera completa. Solamente tratamos de allegar unos cuantos apartes en los cuales Cuervo, con toda naturalidad y sencillez, nos habla de sí mismo; unos cuantos pasajes en que la pluma de nuestro eminente filólogo nos cuenta fugazmente el acontecer de su propia existencia; en fin, unos cuantos párrafos en donde las mismas palabras de este grande hombre nos permiten entrever el arcano de su intimidad.

Para cumplir con nuestro cometido, además de las obras de D. Rufino José Cuervo, hemos consultado, especialmente, los epistolarios publicados hasta ahora por este Instituto, a saber: Epistolario de Rufino José Cuervo y Emilio Teza, Epistolario de Rufino José Cuervo y Hugo Schuchardt, Epistolario de Rufino José Cuervo con Luis María Lleras y otros amigos y familiares, Epistolario de Rufino José Cuervo y Belisario Peña, Epistolario de Rufino José Cuervo con los miembros de la Academia Colombiana y Epistolario de Rufino José Cuervo y Miguel Antonio Caro con Antonio Gómez Restrepo.

Conocemos a D. Rufino José Cuervo como a un altísimo exponente del estudio, la ciencia y la virtud; conviene, así mismo, apreciarlo y valorarlo mediante otras manifestaciones del quehacer y acontecer humanos. Conocer al hombre en toda la plenitud de su más honda significación.

Antes de que D. Rufino José Cuervo nos hable de sí mismo y para mejor compenetrarnos con su imagen patriarcal, veamos los rasgos fisonómicos que nos traza Fernando Antonio Martínez: "Hacia 1891, Cuervo —con cuarenta y siete años apenas— mostraba ya inocultables rasgos de vejez prematura. Su tez pálida resaltaba sobre la negra barba en la que aparecían tenues hilillos blancos que subrayaban la plácida serenidad del rostro; los ojos expresivos, aunque velados por la nube invisible de vigilias sin fin, se abrían tímidamente bajo la amplia frente que prolongaba aún más la calvicie de su cabeza, inclinada involuntariamente del lado de la meditación. De apariencia más bien endeble, cargado de espaldas, de ademanes medidos y pausada conversación, una amabilidad exquisita que casi abrumaba a sus visitantes o interlocutores ahuyentaba aquella impresión de vejez para dejar tan sólo la luz cegadora de su inagotable bondad, reflejo de un espíritu sin mancha. La intensidad del esfuerzo para dar cima a su grande obra había dejado en su salud huellas profundas".

Nacimiento y generalidades

En la cláusula primera del testamento definitivo otorgado en París en 1905 expresa:

Me llamo Rufino José Cuervo, nací en Bogotá, capital de la República de Colombia, en la América Meridional, el diecinueve de septiembre de mil ochocientos cuarenta y cuatro, y soy hijo legítimo del doctor Rufino Cuervo y de la señora María Francisca Urisarri, uno y otro difuntos. Resido actualmente en París, en la casa número dieciocho de la calle de Siam, y fue mi último domicilio en Colombia la ciudad de Bogotá, y en ésta la casa sita en la cuadra séptima de la calle diez, marcada en su portón principal con el número ciento setenta y siete. Fui criado en la religión católica, apostólica romana y es mi voluntad permanecer en ella los días que me restaren de mi vida y morir en su seno.

Infancia y educación

Son muy escasos los datos que tenemos sobre la infancia y las primeras letras de Cuervo. Sabemos, sin embargo, que el Dr. Rufino Cuervo le enseñó elementos de geografía y gramática. De aquellos días D. Rufino José nos refiere en la Noticia biográfica de D. Angel Cuervo, escrita para la edición del libro Cómo se evapora un ejército (París, 1900) de su hermano Angel:

Apenas muerto nuestro padre (21 de noviembre de 1853) e interrumpida la educación amorosa que de él recibíamos, sobrevino la dictadura de Melo, accidente de aquellos que entre nosotros imponen ocio a toda ocupación loable, y abriendo la puerta a las pasiones ruines y aviesas, dejan los hombres honrados a la merced de la escoria de la sociedad. Nuestros hermanos mayores tomaron las armas en defensa de la Constitución, y los chicos nos quedamos encerrados en la casa leyendo los libros que nos venían a las manos; sin otra variación, cuando los constitucionales se acercaron a la capital, que escurrirnos a su campo a llevar noticias o municiones, cosa no peligrosa en aquella edad de oro, cuando no se había adelantado tanto en el arte de hacer revoluciones y de reprimirlas.

A la edad de siete años, en el Instituto de Cristo, Cuervo "aprende a hacer los números". Así se deduce de la carta dirigida, desde París, a D. Antonio Gómez Restrepo el 24 de febrero de 1909:

Sabía que el Sr. Dr. Carrasquilla (Rafael María) había escrito también sobre las Apuntaciones, pero no había logrado ver su artículo, que me ha gustado mucho, prescindiendo de lo que toca a mi persona. En varios escritos de este antiguo amigo, y puedo decir que condiscípulo, pues en la escuela de D. Ricardo y de D. Mariano Ortega aprendí a hacer los números, habrá más de 58 años, en varios de sus escritos, digo, he ido admirando la belleza sobria, sacerdotal, de su estilo, en que aparecen el filósofo y el teólogo junto con el consumado literato.

En carta de fecha 6 de julio de 1894 dirigida, desde París, a Emilio Teza, Cuervo hace esta reminiscencia de su infancia:

Me llama mucho la atención ver la multitud de nombres populares que tienen las estrellas en unos pueblos, y los pocos que yo he oído, a pesar de que, cuando niño, pasaba largas temporadas en el campo, tratando con los labriegos.

Abnegación en el trabajo

De la época en que funcionó la fábrica de cerveza de Cuervo, nos trae esta cruda manifestación en la mencionada Noticia biográfica de D. Angel Cuervo:

La escasez de recursos no permitía tener empleados ni obreros suficientes, y Angel mismo lavaba botellas y barriles y ejecutaba todas las demás faenas sin descanso días tras de días. Cuando empezó a prosperar la empresa, dejé yo otros quehaceres y fui a ayudarle. No necesitábamos menos fortaleza corporal para esta ruda labor, que filosofía para desdeñar a los que decían: Vean en lo que han parado los hijos del doctor Cuervo, y para ocuparnos nosotros mismos en el cobro de las cuentas, yendo por las fondas y tabernas, aguardando, y volviendo una y más veces.

Retiro de París

Desde París, donde vivió gran parte de su vida consagrado por entero al estudio y la investigación incesante, D. Rufino José extraña a sus viejos amigos de Bogotá y se lamenta con frecuencia del frío que le toca soportar la mayor parte del año en Europa y que tanto afecta su salud e interfiere el desarrollo de sus labores. Así, en cartas que escribe a D. Luis Lleras, su gran amigo y compadre, le dice:

Mi vida aquí es tan retirada como la de Bogotá, y por lo mismo la falta de los sabrosos ratos de charla que con Ud. nos pasábamos es irreemplazable. Estoy alerta para ver qué libros de nuestra profesión descubro, y cuente con que Ud. tendrá su parte en cualquier hallazgo.

5 de noviembre de 1882.

Mi vida aquí es la misma de siempre. La salud, de Angel y la mía no van mal, aunque los amagos del invierno anuncian catarros interminables. Esto de las estaciones tendrá toda la poesía ideal que se quiera; pero en la realidad sólo pueden aguantarlo los que no conocen nuestro clima. Creo que a lo más unos dos meses puede uno vivir en el año sin pensar en el tiempo: fuera de eso, o el calor lo echa a uno a la calle o al campo, o el frío apenas da lugar para pensar en envolverse y atizar el fuego. Por eso aquí la gente se preocupa tanto con el tiempo. Se acabó el papel: se acabó la charla.

5 de octubre de 1883.

Vivo más lejos del mundo que allá, y se comprende, porque allá tenía mis amigos viejos, con quienes mis ratos de charla, y aquí, aunque tengo algunos amigos paisanos, no los veo con la frecuencia que deseara.

5 de enero de 1884.

El 8 de enero de 1896 escribe a su tío, el Dr. Benigno Barreto, en esta forma:

Nuestra vida aquí es también tranquila, pues nos hemos habituado a estar en Babilonia como en el desierto: casi podríamos llamarnos ermitaños. Hacemos todo lo posible por limitar nuestros deseos y aspiraciones arreglándolos a los medios que tenemos para realizarlos; trabajamos para cumplir la forzosa necesidad moral e higiénica de no vivir ociosos, sin aspirar ni a opulencia, ni honores y distinciones. Si de llenar este deber nos resulta algún bien o resulta para nuestros semejantes, es nuevo beneficio que debemos a la Providencia. Sólo falta que seamos buenos, buenos cristianos.

Amor a los libros y veraneos

Desde muy temprana edad hasta el final de sus días, Cuervo mantuvo un apasionado amor por los libros, inseparables amigos que contra su voluntad debe dejar durante las continuas temporadas que sale de París en busca de mejor clima para su salud. Muy frecuentes fueron sus veraneos en Saint-Malo, Vichy, Bad Ems, Brunnen, Mónaco, etc. Oigamos las siguientes confesiones que hace D. Rufino José al filólogo italiano Emilio Teza en cartas dirigidas desde París:

"Apenas me creerá Ud. que no tengo el Lope, y a este propósito haré a Ud. una confesión: me causa miedo, casi digo horror, adquirir libros nuevos, pues vivo tan atareado, que comprar uno es como comprar una desilusión: lo recibo con gran gusto, y después de buscarle puesto en la apretura de estos cuartitos parisienses, se queda ahí como el cadáver en su nicho, porque no puedo volver a tocarlo. ¿No es ésta una calamidad?"

3 de diciembre de 1893.

Tres meses me estuve a la orilla del mar, pero más a la orilla de campos amenos, umbríos, sin hacer nada, llevado a la ociosidad tanto por el designio de imponerme el descanso como por la imposibilidad de hacer cosa alguna. A la vuelta, con la aproximación del fresco, algo me he mejorado, y he vuelto a la santa manía de los libros; pero todo el entusiasmo no me alcanza para trabajar dos horas por día, contando como trabajo las cartas y las visitas, porque todo esfuerzo de atención me deja exánime. Ya supondrá Ud. que mi vida no es muy fructuosa.

30 de diciembre de 1901.

Contaré a Ud. algo de (mi) vida, que será también disculpa de mi silencio. En la primavera, como de ordinario, me sentí muy cansado, y tan luego como abonanzó el tiempo, me fui a Suiza. Estuve en Engelberg, pero no me fue bien, tuve enfadosos achaques, y en busca de alivio tomé el tren para los lagos italianos, que me hicieron recordar mucho al querido amigo de Padua: tampoco sentí mejoría, y a los diez días estaba de viaje para casa, donde está uno más tranquilo y dueño de sí. Llegado, me encontré una multitud de libros y cartas; me propuse contestar, me agravé mucho, y renuncié a toda cortesía...

A todas estas me dicen los editores que se ha agotado el librito aquel sobre bogotanismos, que fue feliz causa ocasional de nuestra buena amistad, y he tenido que ponerme a revisarlo. He puesto mejor orden en algunas cosas, corregido unas cuantas; pero el pecado original no puede quitarse, que consiste en casar lo familiar con lo científico.

Cosa de dos años ha que conté a un amigo que había estado releyendo a Horacio: "señal de vejez", me dijo él, y casi se lo he creído. Ahora en los ratos que puedo, acudo a los trágicos griegos: no sé si el amigo me diría que eso es señal de decrepitud. Los achaques son una cosa, y otra perder el gusto por lo bello inmortal: éste, Dios mediante, no lo perderé.

3 de diciembre de 1909.

Yo no estoy nada bueno. Temeroso de emprender largos viajes con el mal tiempo que hizo en el verano, renuncié al acostumbrado viaje a las montañas, e hice el disparate de irme a orillas del mar. Me sentó bien mal; se me agravaron mis achaques, y poco puedo trabajar. Sin embargo, no decae el amor de los libros, ni se desvanece la ilusión de poder sacarles algún jugo. Así se pasa la vida.

Estoy haciendo otra edición del libro sobre lenguaje bogotano, en que corrijo y enderezo unas cuantas cosas de la anterior, y añado algo. Sobre todo he hecho nuevo prólogo en reemplazo del antiguo, que está anticuado, y dejaba ver los remiendos que en cada impresión le iba poniendo. No se admire Ud. de que la obra se haya acabado: es libro casero, y en mi patria lo emplean para los colegios.

30 de diciembre de 1910.

Galantería española

La siguiente manifestación, con matiz autobiográfico de por medio, nos permite entrever un aspecto romántico de su recia personalidad al mostrar su admiración por la belleza de una joven a quien conoció en uno de sus viajes. Este pasaje está contenido en una carta dirigida, desde Constantinopla, a D. Francisco Mariño Calderón, el 14 de noviembre de 1878:

De Bucarest por Ruschuc y Varna hemos venido a la antigua Bizancio. En pocas ocasiones hemos hecho tantos conocidos raros como ahora: los correspondientes ingleses del Standart y las Illustrated London News, Sulliman Bajá, un comisario ruso de muchas campanillas y la familia del cónsul inglés en Ruschuc. Esto fue muy curioso: en la parte del camino de Bucarest a Ruschuc en que no hay ferrocarril, es menester ir en pésimas diligencias; a la en que íbamos entró una señora muy respetable con una joven bastante bonita; después de un rato en que se habían cruzado algunas palabras, llegó el caso de presentar pasaportes en la frontera de Romanía, pero estas señoras no traían tal cosa, y sin él no había modo de seguir adelante ni podían ellas dar paso alguno por no hablar el comisario sino alemán y válaco; aquí fue ello: retoñó en mí, no sé de dónde, la galantería española, y me ofrecí a hablar con aquél; al cabo de un rato de bregar se logró pasar, pero ya las diligencias habían partido; yo las acompañé a pie hasta la estación, pero mientras les registraban su equipaje se pasó el tiempo y no pudieron comer nada; les llevé a su vagón algo, y tiene Ud. que a la noche, cuando llegamos a Bucarest fueron casualmente a parar al mismo hotel en que estábamos, adonde las llevó su esposo y padre; nos dio éste las gracias en los términos más expresivos y quedamos muy amigos, hasta Ruschuc, donde no hubo ni medio de despedirnos. De ahí hasta el valle de Josafat.

Elaboración de sus obras

El Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana y las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano fueron las obras de mayor aliento intelectual de nuestro sabio filólogo. De las Apuntaciones aparecieron cinco ediciones en vida del autor. En los fragmentos epistolares que transcribimos a continuación, D. Rufino José nos da a conocer cómo realizó tan ardua labor y demás incidencias que tuvo en una obra de tal naturaleza y magnitud. A la postre, luego de tantas especulaciones y trabajos, no pudo menos que reconocer su escepticismo en materias de su dominio y predilección:

Mis trabajos van despacio; quizá pronto empiece a imprimir un tomo. Cualquier cosa formal que resuelva se la comunicaré. Tengo más de cuatro miedos: v. gr. miedo de que no sea bueno; —miedo de que, no siendo malo, cueste mucho la impresión;
—miedo de que, no siendo malo, no sea obra de consumo, y por lo mismo no se venda, etc., etc. Por eso decía a Ud. que ensayaré con un tomo: si tiene aceptación, se sigue; si no, la pérdida no es mucha.

Carta a D. Luis Lleras, París, agosto 5 de 1883.

Mi impresión va tan lentamente, que da grima; es posible que en el mes entrante o en el otro le mande 160 páginas. La corrección es penosísima; yo corrijo cada pliego 3 o 4 veces, Angel dos o tres y un joven que me ayuda, otra. El principio sobre todo ha sido muy difícil, porque era imposible en el manuscrito formarse idea exacta de la manera en que quedaría después la impresión, y ha habido vacilaciones, tientos, mientras se decide lo mejor, y acaso las primeras páginas conserven algún rastro de esto; pero creo se necesita ser del oficio para echarlo de ver.

Carta a D. Luis Lleras, París, junio 5 de 1884.

El trabajo del Diccionario va muy lentamente. Como la parte material tiene tantos detalles menudos, la corrección de las pruebas es muy delicada y fastidiosa. De la imprenta me envían la primera prueba acompañada del original, después de cotejada allá, para que no se haya omitido nada. Por supuesto, que yo no quedo contento con tal cotejo y lo hago yo mismo otra vez, lo cual es asunto de unas ocho horas en cada pliego de 16 páginas. Hecho esto lo devuelvo; dan segunda prueba que corregimos Angel, un joven bastante inteligente e instruido que me trabaja tres horas por día, y yo, cada uno por separado, y reunidas todas las correcciones vuelve a la imprenta; Angel y yo corregimos otra vez por separado la 3ª y a veces la 4ª prueba hasta dar el visto bueno. Cada lectura de éstas exige 4 o 5 horas y por tanto no se puede hacer de un tirón.

Carta al Dr. Benigno Barreto, París, agosto 5 de 1884.

Hace días que tengo la cabeza muy cansada; creo que con un poco de reposo me mejoraré; desgraciadamente he estado tan lleno de atenciones presurosas, que no he podido lograrlo. A causa de esto diré a Ud. en contestación a su afectuosa pregunta, que mis trabajos adelantan poco. El Diccionario por ahora duerme, y temo sea in aeternum. Las Apuntaciones están agotadas hace años; quiero hacer una edición más extensa y conforme (hasta donde alcance) al estado actual de la ciencia filológica; pero como no puedo trabajar con el mismo empeño que antes, y las atenciones se multiplican, no sé si llegaré jamás a acabarla. Esta confesión probará a Ud. que no puedo estar muy orgulloso de mi vida literaria: se hará lo que se pueda, y si sale bueno: diré lo que puse en el principio del primer cuaderno de apuntes para el Diccionario: Non nobis sed nomini tuo da gloriam. Si no se acaba, si sale malo, quedo como era, y no hay de qué quejarse.

Carta al Dr. Benigno Barreto, París, abril 25 de 1898.

Como dije a Ud., las Apuntaciones me tienen loco: no hago más que remendar. Ud. supondrá que habiendo mudado en muchas cosas de punto de vista, hay capítulos en que no aprovecho sino los ejemplos. Temo que resultará lo de echar vino nuevo en odres viejos: quitaré acaso algunas de las ignorancias de la juventud para meter algunas chocheras de la vejez: así es la vida.

Carta a D. Antonio Gómez Restrepo, París, junio 25 de 1905.

Mi salud no es muy buena, pero no me quejo, porque pudiera ser peor. Aunque no puedo trabajar en forma, la manía subsiste. He tenido que arreglar otra edición de las Apuntaciones, que está ya en la imprenta, con algunos aumentos y unos tantos cambios en la forma, exigidos así por la conciencia como por la necesidad de defender mi derecho.

Carta a D. Antonio Gómez Restrepo, París, febrero 22 de 1910.

La causa de mi largo silencio ha sido el haberme metido indiscretamente en un berenjenal de que no saldré bien. Di el sí para reimprimir las viejas Apuntaciones, corrigiendo lo indispensable; enviado el principio a la imprenta, resulta que lo indispensable es la mayor parte, y me tiene Ud. acosado por las pruebas y por la redacción. Va impresa más de la mitad, y de lo que falta tendré hecha una tercera parte. Trabajo más de lo que me dan las fuerzas, y naturalmente no puede salir cosa buena hecha de ese modo. Quitaré algunos disparates, y pondré otros nuevos.

Estuve más de dos meses en el campo, tres semanas en Lourdes: no vi milagros de los que hieren los ojos, sino el más maravilloso de la fe con que infinita gente de todas partes y de todas categorías acude allí en busca de remedio, y el de la caridad con que todos claman por el bien ajeno, con más fervor que por el suyo propio. Hay momentos en que la emoción es insuperable.

Carta a D. Belisario Peña, París, 25 de octubre de 1905.

Cada día me estoy volviendo más escéptico en materia de disparates de lenguaje. Cada día me convenzo de que toda corrección puede ser provisional, y que es menester buscar criterios absolutos, o por lo menos no tan contingentes como la aprobación de los gramáticos y lexicógrafos. Estos cada día van aceptando cosas abominadas la víspera, y lo van dejando a uno burlado. La mayor parte de los que usted señala son pecados contra el sentido común, y hay que darles en la cabeza. ¿Qué importa que el Diccionario apruebe mañana barbarismos sólo porque están generalizados? El buen escritor no debe emplearlos, tengan o no tengan el pase de la autoridad competente. Por otra parte, ¿quién le dice a uno que lo que falta en el Diccionario es por condenado o por olvidado?

Carta a D. José Manuel Marroquín, París, noviembre 9 de 1887.

Modestia y preocupación por los pobres

Sabemos que D. Rufino José Cuervo fue un hombre del todo ajeno a los honores y a cuanto significara ostentación. Modesto, sencillo y austero por naturaleza y convicción, desechó siempre las distinciones que se le dispensaron. Así lo demuestra plenamente con las siguientes manifestaciones epistolares:

En cuanto al honor que se me ha hecho eligiéndome miembro de la Academia Hispano-Colombiana, sólo puedo atribuirlo al cariño de algunos amigos y ya sabe Ud. que "amor quita conocimiento" y lo considero meramente como un estímulo para el trabajo, como un cartel que me fija los deberes que tengo que llenar; jamás como un premio de méritos que no poseo ni acaso poseeré jamás.

Carta al Dr. Benigno Barreto, Bogotá, julio 28 de 1871.

Esta mañana recibí del Sr. Gral. (Rafael) Reyes el telegrama por el cual le dice Ud. me comunique que Ud. me ha nombrado delegado por Colombia para el Congreso Panamericano de Méjico. No sé cómo agradecer a Ud. este cariñoso recuerdo, prenda de la tradicional amistad de nuestras casas y que yo me complazco en guardar con veneración.

Pero sabrá Ud. que yo estoy hecho un carcamal, aunque como, bebo, y a veces duermo, y aunque todos me dicen que tengo muy buena cara.

El hecho es que me aquejan achaques neurasténicos que me tienen reducido a la impotencia: con toda esa buena cara que dicen que tengo, una hora de conversación, una misa con sermón, una carta regular, una caminata de media legua me dejan postrado, hasta por veinticuatro horas. Un viaje de tres horas y media, como el de casa aquí, me obliga a acostarme. En estas circunstancias me es imposible emprender la ida a Méjico; con el ítem de que, sin creerme tocado de la cabeza, me distraigo sobremanera, no se me ocurre ninguna contestación sino tres días después, y una susceptibilidad que me inhabilita para tratar cualquier negocio grave o medianamente serio. Para desempeñar el cargo necesitaría trabajar algo, y como sería sobre materias con las cuales no estoy familiarizado, debería hacer estudios que ya no puedo hacer; añada Ud. a esto las visitas, conferencias y todo lo demás que por fuerza habrá de ocurrir, y juzgue si podré representar debidamente a mi Patria.

Carta a D. José Manuel Marroquín, Trouville, septiembre 23 de1901.

La bondad de Ud. para conmigo es inagotable: José Pablo [Uribe Buenaventura] me ha mostrado el telegrama de Ud. en el que le dice me pregunte si aceptaría la Legación del Vaticano. Tal prenda de estimación y afecto no podía yo esperarla sino de Ud., el buen y tradicional amigo de nuestra casa. En las circunstancias actuales en que nuestra pobre tierra necesita más que nunca del apoyo de todos, quisiera yo servir de algo; pero mis fuerzas disminuyen cada día más y más, y me siento incapaz de cualquier acción enérgica. Un viaje a Roma me desarmaría, y la idea sola de las visitas y atenciones del cargo me llena de horror, pues que, estando quieto en casa, una hora de conversación o de trabajo intelectual me deja exánime. Considero además que yo no tengo versación alguna en asuntos y formalidades de esta especie, y veo que con suma facilidad comprometería el decoro de la posición. Por todo esto dije a José Pablo que me era imposible aceptar, y no tengo para qué decir a Ud. lo doloroso que me es renunciar a ver de cerca al Santo Padre. Sentir que mi patriotismo es estéril y que no correspondo como debo al amistoso deseo de Ud.

Carta a D. José Manuel Marroquín, París, diciembre 6 de 1902.

Muy querido amigo:

Como a tal quiero hablar a Ud. de un asunto que ha días me trae inquieto, confiando en que Ud. me prestará consejo, o ayuda.

El caso es así. Ud. sabe las leyes francesas relativas a los bienes muebles de los extranjeros que mueren aquí; en mi testamento, otorgado en nuestro consulado y protocolizado en Bogotá, designo como heredero universal, después de diferentes legados, al Hospital de S. Juan de Dios; yo tengo aquí, fuera de unos pocos francos, mis libros y muebles, contando entre aquéllos las ediciones actuales o futuras de mis obras. Al morir yo, el fisco francés causará sin duda mil molestias a los que intervengan en mi testamentaría, y lo que cobre de derechos (que no puedo calcular, pues no sé cómo avaluará mis cosas) defraudará a los pobres de Bogotá de parte de lo que les corresponde.

Por el momento me ocurre como solución el solicitar un empleo ad honorem en nuestra legación que me confiera inmunidad; pero ha de ser empleo que no exija trabajo, ciencia especial ni experiencia. Yo nunca he solicitado empleo alguno, y cuando me lo han ofrecido, he rehusado aceptarlo por la falta de tiempo, ciencia y experiencia; ahora me atrevería a salir de este camino, para invocar, más bien que una posición visible, una protección en favor de mis herederos, más dignos de simpatía que el tesoro de un país que nos ha sido poco favorable.

Carta a D. Antonio Gómez Restrepo, París, mayo 4 de 1911.

Afecto fraternal

Durante la permanencia en París, su hermano Angel fue el compañero de todas las horas y de todos los trabajos. A raíz de su muerte, ocurrida el 24 de abril de 1896, D. Rufino José participa el dolor que lo embarga al filólogo Emilio Teza en carta fechada en París el 20 de mayo de dicho año:

No puedo pintar a Ud. la soledad y el vacío que me ha dejado la separación de mi incomparable hermano. Su abnegación y generosidad, sus costumbres ingenuas y sencillas, y todas las virtudes cristianas y sociales, eran mi encanto y mi admiración. Vivimos siempre unidos en la desgracia y en la prosperidad, y siento que ha muerto la mejor parte de mí. Dios le habrá acogido en el seno de su misericordia, y espero nos veamos en la resurrección.

Al final de la Noticia biográfica de D. Angel Cuervo, D. Rufino escribe lleno de afecto, sinceridad y reconocimiento fraternales:

Eran de padre los ejemplos y consejos de discreción y prudencia; de madre, la solicitud con que posponía siempre su comodidad a la mía y velaba por mi salud y tranquilidad; de hermano, la generosidad y desinterés absoluto; de amigo, la franqueza y comunidad de sentimientos e ideas, la colaboración y ayuda en todas mis tareas, y de todo esto junto, el interés más vivo por cuanto pudiese acrecentar mi reputación y buen nombre.

Añoranza del cielo bogotano

Es cierto que D. Rufino José fue un hombre que anidó los más tiernos sentimientos y experimentó las más ricas y delicadas emociones. No obstante la aridez de sus estudios científicos, tuvo especial afecto por la poesía y no pocas veces sintió una infinita nostalgia por el cielo de su patria, como lo revela en la carta que con fecha 8 de enero de 1907 dirigió a D. José María Rivas Groot:

Agradezco infinito el cariñoso recuerdo que Ud. ha hecho de mí enviándome las Constelaciones. Mi vida prosaica hasta lo sumo aviva la sed de buena poesía, y cuando alguna me cae en las manos, la devoro con indecible fruición. Así lo he hecho con la incomparable composición de Ud., que, por la profundidad del sentimiento y la tersura y precisión de la forma, ha resucitado en mí la memoria del cielo único de nuestra amada Bogotá. No me admira que haya éste inspirado a Ud. tanta poesía. Recuerdo haber oído que en una de esas noches en que está de fiesta solemne aquel "templo de claridad y hermosura", la infeliz de Dª Elena Miralla, alzando los ojos, exclamó: ¡quién fuera feliz! Y no dudo que a todos tocará en su cuerda, aunque no a todos en la lira de oro
de Ud.

Cuando, hace años, volví a mi Patria y divisé por primera vez en el mar la Cruz del Sur, me sentí ya en familia y como hablando amorosamente con lo que yo más quería. Algo así me ha producido la poesía de Ud., y por eso le agradezco tanto más su fino obsequio.

Quede en esta forma perfilada —hasta donde hemos podido satisfacer nuestra inquietud— la imagen de Cuervo auto-
biográfico: la vera efigies de un Rufino José Cuervo más íntimo, más sentimental y más humano.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 163,
Bogotá, 1º de agosto de 1974, pp. 15-25.

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