La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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María Martínez de Nisser

En el número 133 de estas Noticias Culturales, correspondiente a enero de 1972, iniciamos esta selección con un fragmento de la obra autobiográfica de la Madre Francisca Josefa del Castillo, escrita en el siglo XVIII y publicada por primera vez en 1817. Hoy, al cabo de veintinueve publicaciones autobiográficas, nos es singularmente grato incluir en esta selección el nombre de otra mujer que, al contrario de la vida monástica y contemplativa de la Madre Castillo, en un momento crucial de nuestra historia, trocando el remanso de la paz hogareña, decidió vestir uniforme militar, empuñar una lanza y acudir al propio campo de batalla en defensa de sus más caros ideales. Más aún, con la misma entereza, digna de toda admiración, tomó la pluma y, en forma de diario, fue relatando, entre otros acontecimientos de la época, su decisiva participación en los sucesos de la revolución conocida con el nombre de la "revolución de los supremos".

Se trata de doña María Martínez de Nisser, nacida en Sonsón, departamento de Antioquia, el 6 de diciembre de 1812. Fueron sus padres D. Pedro Martínez, maestro de escuela, y doña Paula Arango. En Ana María, al decir del P. Roberto María Tisnés, su ilustre coterráneo y consagrado historiador, "se conjugaron una serie de ancestros que hicieron de ella figura excepcional en Sonsón, en Antioquia y en la Nueva Granada de 1841. Ancestros familiares y ciudadanos, de valor y religiosidad, de cultura y tradición verdaderamente excepcionales en su medio y en su época"1. El 29 de agosto de 1831 contrajo matrimonio con D. Pedro Nisser, explorador de oro, inventor y comisario de ferias industriales, que había venido a Colombia en 1824. D. Pedro, socio de D. Carlos von Greiff en empresas de minería, escribió de su esposa en carta dirigida a sus familiares en Suecia: "era el encanto que ella poseía lo que había buscado en Colombia y no el oro".

Para formarnos una idea cabal de tan esclarecida dama antioqueña, honor de su tierra y gloria de su estirpe, que combatió en los campos de Salamina, en defensa del gobierno constituido y en rescate de su esposo cautivo, hemos de acudir al testimonio ático de D. Manuel Pombo consignado en el ameno relato de viaje titulado De Medellín a Bogotá, escrito en 1852 y publicado, después de su muerte, por su hijo D. Lino de Pombo, en 1914:

"Tuve también la honra de tratar a la heroína de 1841, señora María Martínez, casada con el señor Pedro Nisser, natural de Suecia.

Me pareció una mujer de treinta y seis años, agraciada e interesante, de rasgos fisonómicos que revelan inteligencia, imaginación y vehemencia de sentimientos: buen cuerpo, tez perlina, cabellos, cejas y ojos negros y brillantes, modales desembarazados y conversación viva y afluente. Fuera del idioma patrio, que maneja con cultura, traduce con facilidad el inglés y el francés, lee mucho y en bien escogidos libros; y escribiría sobre algunos asuntos que tiene meditados si la modesta desconfianza en sus fuerzas y el temor de extralimitar la esfera en que nuestra sociedad quiere encerrar a las mujeres no la retrajese de intentarlo."

En 1841 (sic) se imprimió su Diario de los sucesos de la revolución de Antioquia, el que tuvo la condescendencia de leerme ella misma, añadiéndole incidentes y comentarios en cuya recitación parecía inspirada por su antiguo entusiasmo y revestida aún del prestigio del heroísmo; y cuando yo, no por contradecirla sino por estimularla y hacer remontar el vuelo a su imaginación, le argüía sobre algunos acontecimientos o tal cual de sus apreciaciones, poco a poco se energizaba y tenía momentos de entonación épica, que me hacía comprender que esa mujer en otra época y en otro teatro pudiera haberse hecho famosa. Al terminar algunas de estas discusiones le dije con arranque de sinceridad:

–Ha sido usted vaciada en el molde de Judith, Juana de Arco o Carlota Corday.

Ella me dejó sin respuesta, replicándome:

–Aceptando la galantería de usted, más me gustara haberlo sido en el de Policarpa Salavarrieta.

Por su parte, el historiador Gustavo Otero Muñoz, en la conferencia titulada Huellas femeninas en las letras colombianas2, se expresa de este modo:

"Nueva Juana de Arco, esta mujer, que no vacilo en calificar de admirable, fue el alma del ejército, dando ejemplo a los hombres de resistencia y de valor ante las penalidades."

Y más adelante agrega:

"Su obra única nos transmite a doña Marucha como mujer de instrucción, capacidades y discernimiento. Menudean en ella citas de autores extranjeros, principiando con una de las Noches de Young y terminando con otra de un pensador francés, acerca de la naturaleza perversa de las facciones que aplica a la que fomentara Salvador Córdoba, a quien fustiga con fuertes invectivas e implacables razonamientos. Empero, no se crea que la índole de este libro sea tal que el transcurso de los años lo haya ido relegando al terreno de la mera erudición. En su día expresó ideas innovadoras y hasta atrevidas, y tiene, sobre todo, algo que no ha envejecido sino que, por el contrario, adquiere con el tiempo mayor realce, y aun, si se quiere, mayor sabor. Me refiero al estilo: un estilo fluido, nítido, que hace de su autora uno de los cronistas más dignos de no ser olvidados, por la equivalencia perfecta entre las palabras, los hechos y el sentimiento."

Réstanos decir que el Congreso Nacional, en mayo de 1841, expidió la Ley 17, que en el artículo 4º dispuso:

"A la señora María Martínez, como vencedora en Salamina, se le dará la medalla que corresponde a los jefes (de oro y de 14 líneas de diámetro); y el Poder Ejecutivo al remitírsela, le manifestará cuánto se ha hecho acreedora a la admiración pública por su heroico y singular comportamiento".

Doña María Martínez de Nisser murió en Medellín el 18 de septiembre de 1872. Con motivo del centenario de su fallecimiento, sus restos fueron trasladados a Sonsón, su tierra nativa.

Los fragmentos de sabor netamente autobiográfico que reproducimos en este boletín los hemos tomado del Diario de los sucesos de la revolución en la Provincia de Antioquia en los años de 1840 i 41 (Bogotá, 1843), que reposa en el fondo Cuervo de la Biblioteca Nacional de Bogotá. De estas páginas, por demás curiosas e interesantes, emerge la figura admirable de una mujer que por su acrisolado amor a la patria, por su grado de instrucción intelectual, por el temple de su carácter y por las manifestaciones de su valentía bien merece el título de heroína colombiana. Y merece, así mismo, un lugar destacado en los anales de nuestras letras, particularmente en el campo de la narración histórica, por ser la primera escritora de nuestro país en el siglo pasado.

Finalmente, cabe anotar que en la transcripción de estos fragmentos autobiográficos hemos cambiado el uso de la i por la y, y de la j por la g, en los casos en que la ortografía actual así lo requiere. También hemos suprimido la tilde de la preposición a y enmendado la grafía del apellido Enao, anteponiéndole la letra H.


Diario autobiográfico

Día 20 [abril de 1841]. —Con el mayor asombro hemos visto entrar como a las ocho del día a Braulio con los voluntarios de Abejorral en número como de 25 a 30 hombres, y al capitán Jaramillo con 30 que dicen ser veteranos: seguramente lo serán pero su figura es la más miserable: son unos infelices cubiertos de andrajos, y si así son todos los demás, en verdad que no es muy temible la columna de Mariquita. Una persona hoy me dijo en secreto que a Salamina no habían entrado sino 110 reclutas, todos de Mariquita, y sólo venían 9 o 10 veteranos, a lo que contesté: "No hable Ud. con nadie acerca de esto, pues sería muy perjudicial: muchos, si supieran semejante cosa, no se comprometerían por nada, y Ud. debe estar persuadido de que aquí no se necesitan sino armas, y de que en habiéndolas, aunque no haya veteranos, el triunfo es seguro. Yo había pensado acompañar a Uds.; ahora lo hago con más gusto, tanto porque puedo ser útil, como porque un ejemplo como éste arrebatará los ánimos vacilantes; porque, ¿qué hombre que tenga vergüenza se quedará, viéndome marchar en las filas de Uds.?".

Mi viaje estaba ya resuelto y, queriendo consultar este paso con alguna persona sensata antes de consultar el consentimiento de mi familia, me dirigí a un sujeto de juicio, quien me dijo: "me parece una acción demasiado heroica, pero peligrosa". "Yo sólo quiero saber si perjudicará mi honor, le interrumpí, porque esto sólo será capaz de contenerme"; a lo que contestó: "deshonroso no es, sino al contrario, una acción virtuosa; pero Ud. debe hacer lo que su padre diga". Fui a la casa de mi padre y dirigiéndome primero a mi madre le dije que esperaba de ella se interesase con mi padre, a fin de que me diera su consentimiento. Vi con placer que a ella no le desagradaba mi viaje, solamente se limitó a hacerme presente el delicado estado de mi salud. Volví un momento después a saber cuál había sido el parecer de mi padre, y con el mayor sentimiento supe que se había opuesto abiertamente, diciendo que mi juicio en el estado de debilidad en que se encontraba a consecuencia de mis largos padecimientos y enfermedad, no podría resistir las fatigas de una campaña, y menos en un tiempo tan lluvioso. Entonces me valí de uno de sus amigos, patriota exaltado, y éste logró desvanecer sus temores. Ahora, que serán las doce de la noche, he concluido mi blusa y me la he medido, y una de mis hermanas, que creía hasta ahora que todo era chanza, ha llorado mucho al verme cortar el pelo y ponerme en traje de hombre. Resta decir que esta tarde ha llegado por la vía de Aguadas el capitán Díaz con ochenta hombres: no lo he visto porque ya era de noche; me aseguran que son iguales a los primeros, a saber: todos reclutas; pero no importa, han traído algunos fusiles y esto es lo que se necesita.

Día 21 [abril]. En Abejorral. —Me levanté a las cinco y me vestí de militar con la agradable idea de que cuando me volviese a poner camisón estaríamos libres, o si no habría muerto con este traje. Cuando Braulio supo mi determinación, se opuso y dijo a mi padre que no consentiría en que yo me expusiese a tantos peligros; pero cuando vio que era imposible hacerme desistir se conformó. Como a las siete monté a caballo en compañía de mi padre y de mis dos hermanos, me presenté en la plaza en donde estaban ya formados para marchar cincuenta y tantos voluntarios, y dirigiéndome al señor Henao hablé en estos términos: "¡mayor Henao!, el amor a mi patria y mi esposo me han puesto en este traje: desde que los traidores comenzaron a oprimir a esta amada provincia estoy resuelta a ofrecer mi débil cooperación al bien de mi patria, y con ansia aguardaba este momento, tanto más, cuando he visto los oprobios y vejaciones que han sufrido algunos de mis paisanos, y los que actualmente sufre mi adorado esposo, sólo por ser amante de las leyes y de la Constitución. Dadme una lanza para acompañaros y seguir en medio de estos valientes de que os veo rodeado. Poderosas razones me hacen ofrecer esta débil prueba de mi afecto hacia los objetos que más amo en el mundo, la patria y mi esposo; y, ¿quién no haría otro tanto en mi lugar? ¡Compañeros valientes!, resuelta estoy a acompañaros en vuestra noble lucha, cuyo norte es el exterminio de nuestros enemigos y el restablecimiento del orden. Sé que vosotros como admiradores del inmortal Neira, de ese héroe privilegiado de la Nueva Granada, aspiráis a imitar su ejemplo: su sombra será nuestro ángel tutelar. Vuelvo a deciros que estoy pronta a participar de vuestras fatigas y peligros, así como espero ser testigo de vuestro triunfo. El entusiasmo que inflama nuestros pechos, esta llama sagrada, estoy segura que sólo se apagará con el último suspiro que ofrecemos todos por el bien de la patria, porque el amor a ella es la primera virtud. ¡Viva el gobierno y la Constitución! ¡Viva el comandante Henao!". Este contestó con lágrimas en los ojos, y elogiándome demasiado dijo que un paso tan heroico y lleno de patriotismo sólo en las páginas de los siglos pasados se había conocido. Me mostró a los que lo rodeaban como un ejemplo digno de imitarse. "Mirad a esta señora, dijo, en un traje ajeno de su sexo, que pide una lanza y está resuelta a acompañarnos en nuestras fatigas. El triunfo es nuestro. ¡Viva nuestra justa causa! ¡Vivan las leyes! ¡Viva la heroína que nos acompaña!". Todos respondieron mil vivas al gobierno legítimo, y el mayor Henao me dio una lanza que yo recibí con el mayor placer. Luego me dirigí a la casa de una amiga a decirle adiós, y ella asombrada me dijo: "¡María! Este es un paso muy decidido, y si por desgracia la facción triunfara...?". "Seré sacrificada con mi patria", la interrumpí. "¡Y tu memoria, me dijo, de cuántos insultos y oprobios será cubierta!". "No temas eso, le contesté con viveza, porque los pocos hombres de bien, amigos del orden, que me sobrevivan la sabrán respetar, y eso me basta". Le volví la espalda entonces y me incorporé en las filas, y al lado de mis hermanos marchamos hacia este pueblo patriota y entusiasta por la causa legal, y en medio de alegres vivas entramos a la plaza como a las tres de la tarde. Como a las cuatro llegó un posta mandado por Vezga, y a las ocho de la noche estuvieron a visitarme el comandante Henao y el capitán Jaramillo, los cuales han tenido la bondad de manifestarme la carta que el supremo Vezga dirigió al primero, aconsejándole que abandone su temeraria empresa, y que haga retirar a sus casas a todos aquellos que tiene alucinados; que de no, será responsable de la sangre que se va a derramar, añadiendo otras ridiculeces semejantes. ¡Miserable! Pronto va a conocer el valor del que trata de intimidar. En mi presencia han convenido en que la única respuesta que debe darse es que se recibió y nada más. Este acto de desprecio tanto de los consejos, como de las amenazas del supremo, me ha gustado mucho [...].

Día 5. Miércoles [mayo]. —Al amanecer me parecía que debía sentir la falta de descanso, porque mi sueño fue interrum-pido. Las visiones que durante el sueño se me presentaron aumentan los presentimientos que tengo favorables. Vi al valiente e inmortal Neira que se presentó al frente de los voluntarios, y que los entusiastas antioqueños, al ver a este imponente guerrero, presentaron las armas, esperando que se acercase; que el comandante Henao lo saludó con una viva expresión, ofreciéndole el mando de la flor de estos pueblos, y que entonces Neira, con un ademán de contento, le entregó su lanza y desapareció... A un momento vi al través del resplandor pálido de la Luna y sobre un tronco inmediato el llano donde se habían reunido los voluntarios, a una persona mediana, vestida de militar y de aspecto serio y pensativo; me acerqué para imponerme de una inscripción que noté al pie del tronco, y luego pude ver estas palabras: "el 5 de mayo de 1821". Al levantar la vista, había desaparecido la aparición; y en este momento vino a mi memoria, que hoy se completaban dos decenas de años desde que desapareció de entre nosotros el genio de las victorias, el mártir de Santa Elena. De repente me hallé en una playa, a la orilla del mar, y allá vi al primer patriota que estas tierras produjeron, al héroe de la independencia, al gran Bolívar, sentado sobre un cañón con un rollo de papel en la mano, que, medio abierto por una suave brisa, me dejó distinguir estas palabras: "Buenavista, Tescua, Salamina...". Iba a ofrecer mis respetos a la persona cuyo nombre, desde mi más tierna niñez, me llenó de ideas patrióticas, y a descubrirle el deseo que tuve de manifestárselas algún día, cuando de repente veo que se eleva este interesante objeto sobre una nube, que seguí con la vista mientras pude distinguirla. Me encontraba sola en una playa, sobre la que batían las olas enfurecidas: una sensación extraña se apoderó de mí, y entonces desperté. En este momento repasé los objetos de mi interrumpido sueño y, animada, me levanté precipitadamente para consignar en mi diario los nombres de las ilustres sombras de que me he visto rodeada, persuadida de que esto me indicaba un buen presagio, y de que la mano de la Providencia nos conduciría a un suceso, que sería feliz para mi patria.

A las seis me vino a avisar el comandante Henao que con el anteojo se descubría al enemigo en la media cuesta de la bajada, y luego me fui a la entrada del lugar, y lo alcancé a ver que iba bajando a paso lento, pues había llovido toda la noche. Me dirigí después a la Plaza, en donde el comandante arregló la gente de este modo: por cada nueve cuartas de compañía nombró un capitán, y cinco de éstas, o cincuenta voluntarios, fueron entregadas a mi cuñado Antonio María Londoño, con orden de apostarse de primera emboscada en un punto donde principia la cuesta llamada La Frisolera, y debiendo colocar los soldados en los puestos que ocuparon ayer, y con orden de dar fuego luego que el enemigo se hallase inmediato haciéndolo con tino y mucho cuidado, y teniendo presente que cada uno de ellos no llevaba más que dos paquetes. Añadió el comandante con mucha serenidad: Si mil hombres se presentan, a mil hombres deben atacar y vencer. Antonio María se dirigió a sus compañeros diciéndoles: marchemos, muchachos, ya oyen la orden, nosotros solos tenemos que vencer. A esto le contestaron: ¡Viva el gobierno y la Constitución! ¡Viva el comandante Henao! ¡Viva nuestro capitán Londoño!, y cantando marcharon a su destino. Algunos de ellos, y particularmente mi hermano Bonifacio, al pasar cerca de mí se despidieron alegres y con vivas. Yo les contesté: "vosotros daréis en este momento un ejemplo de valor y firmeza, confirmando así que sois dignos de la confianza del jefe de esta heroica empresa, quien os ha escogido para ocupar el puesto más interesante. Sed serenos e impávidos, y mirad a nuestros enemigos con aquel noble orgullo que siempre acompaña a los defensores de la ley, pues aquellos que se os presentan serán, como todo criminal, muy pronto aterrados por vuestra impavidez. Aprovechad la localidad y los pocos recursos, y pereced antes que rendir o humillar vuestro patriotismo a esos cobardes opresores; pues el triunfo será nuestro, porque la firmeza e intrepidez que manifestéis desde el primer encuentro llenará de espanto a nuestros enemigos. Tenedme presente, que pronto nos reuniremos coronando esta cima, y nuestra gloriosa empresa con una victoria completa".

Según la orden del comandante Henao, se organizaron los voluntarios en cuartas de nueve plazas y marcharon a ocupar la subida aprovechándose de los puntos más ventajosos, conforme al ensayo de ayer: una de las compañías se colocó sobre el filo a la derecha como a dos cuadras del camino, y desde cuyo punto se debería oponer y rechazar la entrada del enemigo por aquel lado, sin embargo de que la profundidad de la cañada, y el monte que está de por medio, hacían inaccesible o arriesgado este paso. Un ejemplo de patriotismo y de valor, que no puede menos que animar al más irresoluto de los jóvenes, dieron los señores Escolástico y Juan María Marulanda, Rafael Mejía, Francisco Hoyos, Alberto Botero, Juan Zuloaga y Enrique Flórez, todos de avanzada edad, confundiéndose con la exaltada juventud, y marchando con serenidad al combate. No menos ejemplar es la conducta de los dignos sacerdotes Joaquín Restrepo Uribe, Marín y Montoya, que con ánimo y resolución acompañaron a los defensores de la Constitución. El señor Mariano Callejas, adicto a nuestra causa, es el único vecino de Medellín que se ha presentado entre nosotros: el comandante lo nombró capitán; pero como en la distribución de las compañías, no le alcanzó ninguna, al marchar dijo: "yo solo haré las veces de mi compañía". Los últimos voluntarios que marcharon a ocupar sus puestos fueron acompañados de los valientes oficiales Montoya, Márquez, Oliveros, Escallón, Zorrilla, Aguirre, y del buen patriota Elías González, e igualmente, de los diez veteranos que se incorporaron en las filas armados con fusiles. Los llaneros de Mariquita con su jefe quedaron en la primera explanada cerca a la entrada del lugar; y el capitán Treewilco, con un corto número, fue nombrado para observar la trocha por donde había motivo de sospechar que parte del enemigo pudiese entrarse al pueblo; solamente el señor Pablo Londoño es el único de los voluntarios que ha quedado enfermo en el cuartel: los prisioneros que se trajeron de Sonsón y Abejorral, P. J. Montoya, Teodoro Echeverri (ambos de Rionegro), agentes activos del supremo, y otros dos de igual mérito, quedaron encargados al cuidado de una docena de hombres de los mariquiteños. A las ocho de la mañana todo estaba arreglado para recibir al enemigo, el Dr. Henao preparándose para auxiliar a los heridos, y con encargo de no dejarme ir al campo, se había apoderado de mi lanza, que tenía escondida. Yo hice poco caso, persuadida de que ninguno se me podría oponer. La señora Raimunda se retiró con sus hijos a una hacienda poco distante del lugar; algunas señoras me propusieron mudar de traje. "¡Ah, mis señoras!", les contesté: "en el momento crítico y decisivo, cuando el resultado de nuestra empresa debe ser coronado con el éxito que todos esperamos, ¿manifestar yo cobardía o irresolución? Soy mujer, pero tengo firmeza, y el plan que formé en el acto de ofrecer mi ejemplo para animar a los indecisos, y las ideas que alimentaron mi patriotismo entonces, no han variado, y si mi presencia y mi ejemplo pueden alcanzar algún fruto, es hoy, y en estos precisos momentos cuando espero alcanzarlo".

Día 6. —¡Gracias al Todopoderoso! ¡Honor al intrépido Henao y a los valientes patriotas que lo acompañaron! La facción de Antioquia dobló su cabeza delante de este corto número de defensores de la ley que derramaron su sangre por hacerla respetar y obedecer. ¡Ojalá que este triunfo en lucha tan desigual haga volver en sí a los enemigos de la tranquilidad y del bienestar de esta pobre patria!

Ayer un poco antes de mediodía, me hallaba en la casa de don Manuel A. Mejía con algunas señoras que allí se habían reunido, cuando vinieron a pedir el galápago del capitán Díaz que estaba en la casa del Sr. R. Masías; y como yo tenía la llave, me fui a entregarlo acompañada de las señoras Masías, y entonces nos aprovechamos de esta oportunidad para irnos al campo, donde ya estaba todo preparado para resistir al enemigo. Llegamos al primer asiento en donde encontramos al Sr. Marcelino Palacios, el único que apoyó que yo no debía estar fuera del campo de batalla, por lo cual mandó él mismo inmediatamente al lugar por mi lanza, con pretexto de que la necesitaba; y dentro de poco, vi en mi mano este símbolo de los sentimientos que me animaban. El Sr. Palacios nos dijo que nada le gustaba estar tan distante de las primeras emboscadas, pues añadió: "ellos, sin duda, triunfan allí, y yo no participo de esta gloria". Entonces se dirigió a uno de los voluntarios que estaba a su lado y le dijo: "tome Ud. el mando de esta compañía, mientras que me impongo de cómo está la cosa más adelante; luego volveré", y diciendo esto partió a reunirse a las primeras filas. Con mis compañeras, cuyo número se había aumentado, deseosas todas de ver al enemigo, nos colocamos en una línea recta a lo largo del filo de la loma; y como casi todas tenían pañuelones colorados, les dije: "pueda ser que alguno de los enemigos nos vea y nos tenga por una fuerte reserva". A la una y media de la tarde oí el estruendo de una carga cerrada que al llegar a la quebrada de La Frisolera dieron los quinientos fusileros que traía el supremo; sonido extraño para mí, y no menos sorprendente; pues el eco de las cordilleras lejanas repetía esta voz aterradora que al momento fue contestada por la primera emboscada con un sonido más débil. Entonces se me escapó un profundo suspiro, y sólo me ocupaba de que en la guardia de prevención precisamente traían entre los prisioneros a mi caro esposo, quien vendría a ser víctima de los primeros esfuerzos de las emboscadas. Supliqué conmovida al Ser Omnipotente favoreciese a mi caro objeto; en esto oí otros tiros, y ocupado mi pensamiento en el valor y firmeza de los voluntarios, ni aun respiraba; cuando el silbido de las balas enemigas, que pasaban por encima de nuestras cabezas, me sacó de mi distracción; este plomo exterminador iba muy alto, y por lo mismo no nos infundió temor, y el fuego continuó con pocos intervalos. El comandante Henao mandó al capitán Clemente Jaramillo con orden de que tanto las jóvenes que me acompañaban, como yo, nos retirásemos de aquel puesto, que a cada momento se hacía más y más peligroso. Se le contestó negativamente a este señor y continuó su marcha para el lugar a donde iban a inspeccionar la trocha que estaba al cuidado de Treewilco. A poco rato me vino otro enviado del comandante y como vimos que daban fuego y se retiraban, nos pasamos al otro lado (porque no nos encontrasen allí), en donde, como he dicho, había una compañía formada: encontré al patriota P. Restrepo a caballo, que con paso apresurado bajaba llevando algún refresco a los de las primeras emboscadas, que ya se hallaban del mismo modo que el enemigo, en la mitad de la subida. En un asiento antes de llegar a la media falda, hicieron alto los enemigos dejando sus armas tendidas en el suelo; entonces se presentó el patriota Elías González saludándolos de un modo enérgico, y diciéndoles: "si Uds. creen que aquí repetirán los escándalos y saqueos de Envigado, se equivocan, porque tienen que pasar por sobre los cadáveres de todos estos valientes defensores de la Constitución". Todos los más inmediatos gritaron: "¡que mueran los facciosos! ¡Que viva el gobierno legítimo!". El valiente Hilario Jaramillo no permitió que los que estaban a sus órdenes hiciesen fuego hasta que los facciosos no estuvieran en pie y con las armas en la mano. Esta generosidad podría haber salido menos favorable; pero mi cuñado Raimundo Gutiérrez con su compañía rompió el fuego, que continuó con ligeras interrupciones, dando los voluntarios pruebas de valor e intrepidez. A las dos de la tarde me encontré con Manuel Botero, herido, en las primeras emboscadas, de un balazo en la pierna izquierda, pero sin hueso alguno fracturado. Los lanceros de Mariquita, que estaban sentados en el primer puesto, llamaron por un momento mi atención; yo dije entre mí: "los bravos voluntarios no cuentan para nada con este apoyo; ¡pobre gente, que está llena de sobresalto! No les dio la naturaleza y las circunstancias aquella robustez, aquel arrojo, que hacen olvidar el peligro a estos jóvenes. Espero en nuestra buena suerte el triunfo de estos campeones, porque pocos tigres aterran al más numeroso rebaño". Por un momento subí al lugar, todas las señoras se hallaban en la iglesia dirigiendo sus fervorosos votos al cielo; un triste silencio y una soledad imponente reinaban en el pueblo; silencio que de cuando en cuando interrumpía el P. Restrepo, que se dirigía hacia la trocha temiendo un asalto imprevisto y no confiando en la vigilancia de los que custodiaban aquel punto. Pasé sin demora al lado opuesto inmediato al último asiento: actualmente se habían reunido todos los voluntarios formando siete u ocho grupos, atendiendo los que se hallaban a la derecha a oponerse al enemigo, que en este momento intentaba hallar entrada por una pequeña elevación que por este lado venía a dar a la meseta. A este paso se opusieron todos los voluntarios con el mayor valor, que se aumentaba a medida que iba llegando el grueso del enemigo. El comandante atendía, a la vez, a uno y a otro lado; mi corazón palpitaba; los momentos eran sin duda los más preciosos de mi vida; cada instante me parecía un período considerable; observaba que el fuego sobre la derecha correspondía con prontitud al interesante efecto que se esperaba; ningún enemigo pudo acercarse por allí. De repente oí las cajas enemigas cuyos redobles retumbaban con mucha violencia; no comprendí qué significaba esto; pero vi que nuestros contrarios estaban ya como a treinta o cuarenta varas de distancia de los voluntarios, y al silbido de las últimas balas del enemigo resonó en mis oídos la voz del valiente Henao: "a la bayoneta, muchachos, ¡victoria, victoria! ¡Se corrieron los cobardes!" El son de los tambores murió; el comandante, con toda la rapidez de su caballo, se lanzó sobre los enemigos seguido de sus intrépidos compañeros, que, con una velocidad mágica, volaban sobre ellos, que llenos de terror corrían sin término. Era mi intento confundirme con los valientes para tener esta gloria, pues me hallaba muy cerca de ellos; pero en este momento vi correr para el lugar a mi hermano Isaac gritando: "¡victoria, victoria! Huyeron los cobardes"; y al hallarme inmediata a él observé que estaba herido de un machetazo que había recibido en una mano. Trabajo me costó hacerlo acercar a la casa más inmediata para aplicarle una venda, la que apenas sintió amarrada, cuando en el momento montó a caballo, y partiendo a la carrera me dijo: "voy tras de los enemigos". Por fortuna había allí otro caballo ensillado en el que monté y corrí a su alcance, y comencé a persuadirlo a que se volviese, pues era considerable la sangre que salía de la herida. Se volvió, en efecto, y yo continué para saber qué suerte había corrido mi otro hermano; a los primeros prisioneros que encontré les pregunté por mi esposo y ellos me respondieron que había quedado preso en Rionegro. Vi el campo lleno de muertos y heridos; y al oír los clamores, ayes y lamentos, me horroricé y llené de pena contemplando esta dolorosa escen, y tanto más me sentía conmovida cuando reflexionaba que todo esto se debía a unos pocos ambiciosos. También veía una multitud de prisioneros pálidos y espantados, y el campo cubierto de fusiles, cartucheras y ropa, costándome mucho trabajo hacer bajar mi caballo; y sólo el deseo de saber de mi hermano, me llevaba sin detención. A la mitad de la bajada encontré razón, que continuaba en la persecución del enemigo; por lo que me volví para el lugar, teniendo que pasar otra vez por los mismos puntos, llenos de vestigios de desolación y de las consecuencias de la victoria.

A la entrada del lugar encontré a todas las señoras cargando fusiles y cartucheras para los cuarteles, y a pesar de que continuaba lloviendo, no cesaron en esta penosa ocupación, hasta que tuvieron todas las armas del enemigo dentro del lugar. A los tres sacerdotes, que se habían manejado con tanto valor y patriotismo, los hallé también, ejerciendo ya su sagrado ministerio, asistiendo a los heridos, y exhortando a muchos en su última hora. Al volverme al lugar, me ocupé hasta la tarde en ayudar al Dr. Henao a aliviar a los heridos. La Providencia nos había favorecido en todo, y concedídonos un triunfo espléndido contra fuerzas triplicadas y sólo sintiendo la pérdida de dos muertos y ocho heridos; mas no sé qué emoción se apoderó de mí ni qué pena embarazó los movimientos de mi corazón, cuando entre estos últimos encontré gravemente herido al distinguido patriota que con tanto valor defendió la causa del orden, al Sr. Escolástico Marulanda. Con lágrimas de compasión y con un sentimiento de profunda tristeza, me acerqué al lecho de su martirio; pero al verme, olvidando sus padecimientos exclamó: "¡gracias a Dios la victoria es nuestra; y aunque yo muera estoy conforme, sabiendo que el orden legal se ha restablecido!". Me dijo que ni yo, ni nadie debía verter lágrimas porque "¿no es justo y natural, decía, que alguno de nosotros contribuya con su vida, para alcanzar una victoria tan completa?". Luego me contó que uno de los oficiales de la facción lo había encontrado herido, y que le preguntó por el estado de las fuerzas del Gobierno, a lo que le respondió con mucha calma: "hasta ahora no se han presentado sino unos pocos patriotas, para oponerse a la entrada del enemigo, todos resueltos, como yo, a morir; pero, si fuere necesario, existen en el lugar cuatrocientos veteranos que cumplirán su obligación con el mismo denuedo". ¡Pocos patriotas habrá más entusiastas, y más valientes que este señor, que muere contento por haber contribuido al restablecimiento del orden público! En seguida me dirigí a la casa del alcalde en donde estaban reunidos en número de quince o dieciséis los oficiales prisioneros; y en este momento llegó mi cuñado Gutiérrez, que me entregó un bando firmado por el jefe supremo y su secretario general (también prisionero), y la orden del día 4 último, dada por el mismo supremo. En voz alta leí uno y otro documento, y me impuse de las atrocidades que se intentaba cometer contra estos pueblos pronunciados para sostener la dignidad del Gobierno: seis horas de saqueo prometía a sus satélites el bárbaro supremo, y entregar a discreción a sus habitantes y bienes, si en alguno de estos puntos sus contrarios disparasen un solo tiro de fusil. Entonces me sentí conmovida de una fuerte indignación contra el autor de tan infernales órdenes, y contra sus cooperadores. Al ver en mis manos los documentos en que estaban consignados sus negros designios, su rabia y su furor, dije a los prisioneros: "¿Y con tan horrendos designios pensaban Uds. conseguir la victoria? Y Ud., señor secretario del caudillo de la facción, ¿cómo tuvo corazón para autorizar con su firma tantas inhumanidades y tan negros intentos? Sepan Uds. que la Providencia ya no podía consentir que se repitiesen las escenas de Envigado y de otros puntos donde sus iniquidades y escándalos se hicieron notorios, apresurando de este modo el término a su feroz dominio". Uno de los oficiales, mostrando una pajuela, añadió: "la mayor parte de los oficiales recibimos del jefe supremo una de éstas con orden de incendiar este lugar en el momento en que llegásemos". Sólo contesté a éste y a sus miserables colegas con una mirada de indignación y me retiré. Como a las diez de la noche vino a mi posada el Dr. Henao a decirme que su hermano Braulio acababa de llegar y que estaba en la plaza, el cual había marchado después de la victoria en persecución del supremo, hasta la mitad de la salida del otro lado del río Pozo, que no lo pudo alcanzar, porque habiendo encontrado un caballo de refresco, montó en pelo y apresuró su fuga; pero los señores Elías González y Francisco Londoño continuaron la persecución. En el momento en que supe de la llegada de Braulio, salí a darle los parabienes y como no podía arrimar por hallarse rodeado de todos los voluntarios, mi hermano Bonifacio me alzó y me acercó; y luego que Braulio me vio, se le arrasaron los ojos en lágrimas, y en elogio mío prorrumpió diciendo: "Aunque Ud., mi señora, no quiso obedecer mis órdenes, exponiendo su vida, tanto como cada uno de estos valerosos jóvenes, estos exaltados patriotas, ¡cuánto me alegro volver a ver a Ud. después de una lucha tan desigual! La vi en momentos tan críticos, que me horroricé al pensar que nosotros triunfábamos pero que Ud. perecía. Debo asegurarla de mis justos sentimientos, y en obsequio de la justicia decir que a Ud. se debe este triunfo tan completo. ¡Gracias al Ser Supremo, que protegía su vida y nuestra victoria!". A esto respondí: "este elogio, que yo no merezco, me causa una sensación tan viva, que quizá es superior a mis fuerzas; y si yo alcancé a entusiasmar a esos intrépidos patriotas, la mano del Todopoderoso fue la que formó mis más ardientes deseos". Continué después con vivas en honor del valiente Henao, dándole las más expresivas gracias por sus tan bien meditadas disposiciones, y repetí mi reconocimiento a los heroicos patriotas que con tanto valor habían imitado la intrepidez de Braulio Henao, del Neira Antioqueño.

Inmediatamente después de esto, nos dirigimos a la casa del Sr. cura Marín, donde existía la oficina del Estado Mayor; aquí conseguí un asiento y recado de escribir y despaché varios postas, para mi caro esposo y para mis padres y hermanos, dándoles parte del triunfo. Luego hice lo mismo en nombre de todos los voluntarios de Sonsón, de muchos de Abejorral, Aguadas, Pácora y La Ceja, pues algunos se hallaban ocupados, otros todavía ausentes, y varios fatigados. A las dos de la mañana acabé mi comisión y me dirigí a mi posada a ver a mi hermano, cuya herida le había causado una fuerte calentura, y quien en mi ausencia había sido atendido por la buena Raimunda, que temprano había vuelto al lugar. Fue tan viva y placentera la sensación que me causó el triunfo, que no me ha permitido entregarme al sueño, al mismo tiempo que el delirio continuo de mi hermano me tenía con cuidado; pero actualmente está sosegado y me voy a ver a los heridos.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 162,
Bogotá, 1º de julio de 1974, pp. 10-19.

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