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José Manuel Marroquín
Entregamos en la presente edición de Noticias
Culturales la última parte de los Apuntes autobiográficos escritos por D.
José Manuel Marroquín hacia el año de 1881, en cuyas páginas llenas
de sal ática, como tantas otras de su pluma vemos al escritor fino, castizo y
elegante. A través de este llamativo e importante documento autobiográfico en el
que su ilustre autor refiere con datos y detalles los recuerdos de su propia infancia y
juventud, sus tradiciones familiares y las experiencias, gratas o ingratas, adqui-ridas en
el discurrir de sus días hemos tenido la feliz opor-
tunidad de reencontrarnos intelectualmente con el patriarca
Castellano de Yerbabuena, la histórica hacienda cercana a Bogotá donde transcurrió gran
parte de su vida, y de conocer y apreciar una vez más a una de las figuras verdaderamente
sobresalientes con que cuentan las letras colombianas.
D. José Manuel Marroquín nació en
Bogotá el 6 de agosto de 1827 y murió en esta misma ciudad el 19 de septiembre de 1908.
Hizo sus primeras letras en la casa de educación de D. Mateo Esquiaqui; por espacio de
cinco años estudió literatura y filosofía en el Seminario, y posteriormente cursó
estudios de jurisprudencia en el Colegio de San Bartolomé. Fue fundador de la Academia
Colombiana en unión de D. Miguel Antonio Caro y D. José María Vergara y Vergara, y
rector de la Universidad Católica y del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario.
Como nota cul- minante de su escasa vida pública, en dos ocasiones ejerció la
presidencia de la República.
Pero, además, el señor Marroquín desde
temprana edad cultivó las letras en sus diversas formas con amor y esmero. Colaboró en
varias publicaciones periódicas; escribió obras didácticas, entre ellas un Tratado
completo de ortografía castellana (Bogotá, 1858), calificado como "trabajo
perfecto" por el académico español D. Juan Eugenio Hartzenbusch; escribió, así
mismo, artículos de costumbres, literarios y filológicos; estudios biográficos e
históricos y muchas poesías de carácter festivo. Entre todas éstas, aún se recuerda
con agrado la denominada La Perrilla. En el campo de la narrativa, Marroquín
alcanzó la cumbre de la fama con la novela El Moro, obra de auténtico valor
literario. En una palabra, D. José Manuel Marroquín fue todo un escritor en el estricto
sentido del vocablo.
De las múltiples páginas escritas en
torno a este "hijo espiritual de la literatura picaresca española", como
atinadamente fue llamado por el profesor Luis López de Mesa, creemos conveniente traer el
siguiente aparte de otro grande de nuestra literatura, D. Antonio Gómez Restrepo:
"Hidalgo campesino como [Eugenio]
Díaz, pero colocado en más alta esfera social, fue don José Manuel Marroquín, el
Castellano de Yerbabuena. De ilustre familia, dueño de cuantiosa y heredada fortuna,
mimado por la sociedad, pudo dedicarse tranquila y descansadamente al cultivo de las
letras durante toda su larga existencia.
Formado en buena escuela literaria,
conocedor de los clásicos castellanos, discípulo en gramática de Bello, fue Marroquín
escritor correcto y atildado, como pocos lo han sido en Colombia. Tenía, además, gracejo
de buena ley."
El fragmento autobiográfico que se
reproduce a continuación lo hemos tomado de la biografía Don José Manuel Marroquín
íntimo (Bogotá, 1915), escrita por su hijo el presbítero José Manuel Marroquín
Osorio, donde aparecen los citados Apuntes autobiográficos. Según sus mismas
palabras, dichos Apuntes fueron escritos por Marroquín "para su familia y
para sus amigos, sin preocuparse poco ni mucho de la forma", y le sirvieron de guía
para la elaboración de los once primeros capítulos de la interesante y bien documentada
biografía antes mencionada.
Apuntes autobiográficos
A fuerza de ser como todos, y aun de ser
majadero, he venido a ser un personaje enigmático. Quién me tiene sólo por hombre de
negocios, y aun de los más avisados, porque habiendo tenido noticia de alguno que he
hecho y que no ha salido mal, no ha tenido noticia de los cien mil que he dejado de hacer;
quién, viendo que no gasto lujo, a pesar de mis relaciones con muchos que lo gastan, me
califica de sabido; quién, al ver que suelo rozarme con gentes que hacen papel, imagina
que yo pudiera hacerlo, pero que por una especie de filosofía, me agacho y me mantengo procul
negotiis. Muchos, conociéndome como conservador viejo y no ignorando que he escrito
cosas que se han impreso, me atribuyen la mitad de lo que sobre política se escribe.
Todos, todos, todos están engañados, y lo están tanto como los que me tienen por gran
literato, los que se quedarían lelos si supieran la estúpida bostezadera con que escucho
las doctas disertaciones de mis amigos doctos sobre Virgilio, sobre Bryant o sobre
Müller.
De mis amigos y conocidos, unos me oyen
como a un oráculo, teniéndome por hombre de consejo, cuerdo y prudente como un
Fernández Madrid, otros que no pienso sino en volverlo todo mecha y en observar
ridiculeces para escribir cosas divertidas. No es extraño: yo soy inclinado a la
frivolidad y me alampo por un buen chiste o por unos versos chuscos; no leo obra seria
sino apremiado por una necesidad, y he leído siempre novelas y toda suerte de libros
entretenidos.
Pero al mismo tiempo he tenido el hábito
de mirar con seriedad todo lo serio, y por amor propio he procurado ganar y conservar
reputación de sesudo y circunspecto siempre que en ocasiones serias ha habido quien
quiera oír mi dictamen. Así mismo, por amor propio, he sido cumplido y exacto hasta la
extravagancia.
Nada tuve como mío en mi juventud; y aun
después de casado hubo época en que no contaba más que con veinte pesos mensuales que
ganaba haciendo clases. Pero jamás dejé de contar seguramente con que cuando la
necesidad fuera seria y apurada, mi familia vendría en mi ayuda. He conocido, pues, la
pobreza, casi la indigencia; y sin embargo me he asemejado a los ricos herederos que
siempre han mirado a lo porvenir con serenidad y confianza.
Los principios cristianos se arraigaron
en mí tan hondamente, merced a las enseñanzas, al ejemplo y a la atmósfera moral que,
en lo doméstico, me rodeaba, que las peores amistades en que caí en una parte de mi
juventud, no me hicieron vacilar jamás por un instante en materia de creencias.
Nunca he tocado, cantado, bailado,
remedado, ni he tenido ninguna gracia, pero no he hecho mal papel en las reuniones,
y aun ha habido temporada en que he sido mirado como el alma de algunas. De joven
sobresalía en algunos ejercicios corporales y era excelente jinete. Y al mismo tiempo no
podía bajarme sin que me ayudaran de una ventana adonde me hubiera subido, ni entrar en
agua que me diera arriba de la rodilla.
Creo que forma parte de mi carácter
cierto candor o candidez que muy pocos o ninguno habrán sospechado en mí. He tenido más
propensión a creer en la buena fe de los demás de la que en estos tiempos conviene
tener. He dado mucha importancia a las cosas pequeñas. Me he creído obligado a seguirles
seriamente la conversación que me entablen, sea la que fuere, a cuantos prójimos me han
escogido por oyente, hasta a los borrachos y a los jubilados, a quienes todo el mundo
vuelve la espalda, a quienes nadie habla sino en son de mofa. Me he dejado dominar de
temores y aprensiones que no suelen mortificar sino a la gente más vulgar. A los
artesanos y a los ganapanes a quienes he ocupado, aunque no haya sido sino por un solo
día, los he mirado como a los antiguos arrendatarios de la hacienda de la familia; he
supuesto en ellos cierta fidelidad a mi persona, lo que en verdad me ha ocasionado buenos
chascos.
De mi tío Juan Antonio Marroquín
aprendí muchas cosas que no habría aprendido de ningún otro hombre con quien me hubiera
educado; como aquello de seguirle conversación a todo el mundo, y a tratar a todo género
de personas, en cualesquiera circunstancias, del modo más propio para que no vayan a
quedar descontentas ni a sentirse humilladas. A entrambos nos ha costado caro algunas
veces el dejarnos llevar demasiado de esa inclinación, que en ambos ha rayado en
pusilanimidad.
Otro, en las situaciones en que me he
encontrado, gastando cierta dosis de lo que llaman filosofía y un poco de egoísmo,
hubiera podido sacar gran partido de las ventajas con que la suerte me ha brindado y
habría sido comparativamente, un hombre feliz. Pero, en parte por timidez, en parte por
lo bueno que hubo en mi educación, en parte por haberme habituado a no pensar con mi
cabeza acerca de mis propias cosas, y en parte por pereza, no he sabido sacar tal partido.
Los reveses y las tribulaciones que a mí
me han afligido no han sido mayores ni más numerosos que los que caen sobre casi todos
los que se hallan en circunstancias semejantes a las mías; pero mi temperamento nervioso,
mi gran propensión a la melancolía y sobre todo el haber sido criado como niño mimado,
me han hecho sentirme en la mitad de mi vida como un hombre desgraciadísimo. Hoy miro
como cosa casual y como la menos natural el que salga bien cualquier cosa que me interese,
y aún me inclino a admirarme de que dejen de venir sobre mí los reveses que he llegado a
mirar como posibles.
Apenas habrá habido quien sienta más
dificultad que yo para echar nones, sea a lo que fuere. Todo proyectista entusiasta que me
ha escogido para colaborador en sus empresas ha hallado en mí por lo menos un oyente que
ha hecho lo posible por manifestar que participa de las ideas y del entusiasmo ajenos. No
pocas veces me he dejado arrastrar, contra toda mi inclinación, a tomar parte activa en
la ejecución de proyectos notoriamente descabellados, y muchísimas he prometido cooperar
a la realización de otros sabiendo muy bien que no había de tener después ni ánimo ni
resolución para cumplir lo ofrecido. Esto me ha sucedido principalmente en empresas
literarias y filantrópicas; pero no ha dejado de acaecerme tratándose de negocios y de
intereses. A menudo he sido dupa de pillastres de mayor o de menor cuantía, y lo
he sido y lo sigo siendo a ojos abiertos, merced a ésa mi dificultad para decir que no.
Debo esta recomendable prenda en parte a mi debilidad de carácter y en parte al amor
propio, que acierta a pintarme siempre como más halagüeña la situación en que he de
quedar condescendiendo que la en que quedaría echando nones.
Nada puedo emprender sin vencer primero
gran repugnancia y desaliento y una especie de sueño que no es del que sirve para dormir.
Aquella misma necesidad de movimiento me
ha inducido siempre a ocuparme en asuntos ajenos que me han valido para con muchos la fama
de muy servicial y caritativo, y que me ha ocasionado numerosas inquietudes y muchos de
aquellos pequeños sinsabores que, sin alcanzar a hacer desgraciada la vida, sí la
enturbian y la hacen pesada.
A esa disposición a prestar servicios, a
mi dificultad para echar nones de cualquier linaje y a otras circunstancias habría yo
podido deber el tener muchos y muy adictos amigos; pero la pereza y cierto encogimiento
que debo a las dificultades en que me pone la excesiva miopía, han hecho de mí el hombre
menos cumplido y puntual en materia de visitas, cartas y demás atenciones sociales que
alimentan los diversos afectos y relaciones que son conocidos con el nombre de amistad.
En cuanto a la amistad propiamente dicha,
me juzgaría yo bastante desfavorablemente, pues no he dejado de ser olvidadizo; pero
nunca me he abstenido de defender con calor, hasta a aquellos de quienes apenas sospecho
que me tienen por amigo, en toda ocasión en que delante de mí se ha hablado contra
ellos.
Buena tarea he tenido defendiendo siempre
en conversaciones sobre política a Herrera, a Vergara, a Samper y hasta a Santiago
Pérez.
Si me he calificado de poco puntual en
cuanto a atenciones de mero cumplimiento, debo declarar que siempre que se atraviesa cosa
formal, como cita o promesa de desempeñar encargos, soy, aunque creo que por pura
vanidad, nimiamente exacto y escrupuloso. Me precio, particularmente en casa, de que a mí
nada se me olvida; y a fin de no quedar mal, me valgo de arbitrios para que, aunque la
memoria me sea infiel, no falte algo que en los días o a las horas que sea menester me
recuerde lo que debo hacer o lo que he prometido.
Lo bueno que yo haya hecho, habrá sido
resultado de una intuición, de un primer movimiento. Si tengo que pensar, o que
reflexionar o que comparar las ventajas de una cosa con sus inconvenientes, necesito
escribir o conversar.
Con este defecto se armoniza el de mi
suma irresolución. Cuando yo tomo un partido, lo tomo, o porque ya llega la última hora
en que tengo que resolverme, o porque hay influencia extraña que me determine.
Como ya lo dije, he pasado mucha parte de
mi vida ocupado en cosas ajenas y en cosas menudas, menudísimas. Vivo siempre lleno de
afán, pensando que lo que estoy haciendo hubiera debido dejar lugar a otra cosa más
urgente. Llevo a todas horas conmigo un largo memorándum. Lo que está apuntado en él,
tiene, por el hecho de estarlo, la misma importancia que tendría para mí el salvar la
vida a todos mis hijos. Cada día me apuro a despachar el memorándum desde temprano, y
empiezo a dar los pasos necesarios, aunque sepa a ciencia cierta que todavía no he de
encontrar a las personas con quienes haya de tocar, o que aún no están abiertas las
tiendas, oficinas, etc., donde tengo que hacer algo.
He gastado mucha parte de mi tiempo en
corregir pruebas de imprenta, por complacer a cualquier quídam o porque salgan sin
errores cosas que no me importan un bledo; en redactar avisos, convites, solicitudes y
majaderías ajenas, de toda especie; y, lo que ha sido peor, en corregir ensayos en prosa
y en verso de malos aspirantes a la literatura, ya porque no he tenido cara para
rehusarles el servicio, ya porque he creído cándidamente que podía serles de verdadera
utilidad. Tanto en tales correcciones como en la censura de escritos de mis amigos o de
otras personas hábiles, he procedido siempre con conciencia, rigor y sinceridad; y jamás
me han llevado a mal mi franqueza.
He tenido invencible afición a maniobras
y me he preciado de diestro en muchas, siéndome más sensible que me censuren el modo
como he puesto cerradura a una puerta, que el que lo hagan con una producción literaria.
¿Soy realmente cobarde como me lo he
figurado siempre?
He evitado las ocasiones de
experimentarlo, con tanto esmero y tanta previsión que no puedo asegurar que lo sea, ni
tampoco lo contrario.
Tres veces, sin embargo, he podido probar
que en caso serio e importante no me acobardo ni vuelvo la espalda al peligro.
En cuanto al valor para resistir la
desgracia, puedo decir que lo poseo para lo grande y que me falta para lo pequeño. Creo
que esto es lo que sucede a casi todo el mundo.
Aquel mi candor de que he hablado es
rasgo tan característico de mi fisonomía moral, que no puedo omitir otros pormenores
relativos a eso. Si hago que un comerciante me muestre un artículo, ya me creo obligado a
comprárselo; y si pregunto a un menestral cuánto me llevaría por hacerme una obra y le
hago perder tiempo en explicaciones, ya no me atrevo, sin hacerme mucha violencia, a dejar
de hacer el trato con él.
Me siento obligado a conocer por sus
nombres a todos los hijos e hijas de mis parientes y amigos, y me veo en penosísimo
embarazo cuando me tengo que rozar con ellos y no los conozco. Tengo acá para mí la
pretensión de pasar por el patriarca de la tribu, y esto no por orgullo ni presunción.
Esta manía me pone en apuros que conozco son ridiculísimos, y me hace dejar de tratar a
muchas familias con quienes debería cultivar relaciones.
Y no obstante ese candor, creo que no
habrá nadie que esté más libre que yo de ilusiones de otro linaje. En todas las cosas
veo la parte real y positiva; sobre todo la parte que pueda tener la flaqueza humana. La
parte ridícula de las acciones humanas se me presenta tan pronto que, si yo fuera
escritor o poeta satírico, o si tuviera lengua maldiciente, sería un azote de la
sociedad. Por fortuna no sólo carezco de dotes que hagan temibles mi ingenio y mi lengua,
sino que a esa fácil percepción de lo ridículo se une en mí un sentimiento mezclado de
lástima y de vergüenza por los demás, que me hace mirar como una indignidad aun
formular para mí solo la sátira o la zumba. Lo que pueda calificarse de satírico entre
lo que yo he escrito, va siempre dirigido contra clases numerosas y jamás contra personas
determinadas.
De tal modo me domina el respeto y el
amor a mis mayores, que creo sentir que ellos son los que viven en mí o que yo soy un ser
en quien ellos se han transfundido. No me hallo en mi centro sino viviendo donde ellos
vivieron y usando de las cosas de que ellos usaron. Quisiera que en mi casa todo fuera
reproducción o copia fiel de lo que era la casa de mis abuelos. Nada es para mí más
disonante que los usos nuevos que por inevitable necesidad de la época se introducen en
casa.
Cuando en algún rato me siento bien
desocupado, bien dueño de mi tiempo y de mi persona, lo que me pide el cuerpo y lo que
realmente me pongo a hacer muchas veces, es repasar papeles antiguos de la familia, sobre
todo las cartas que se han conservado. Con ese entretenimiento me harto de la melancolía
a que soy tan inclinado y satisfago ese deseo de sentirme como si viviera con mis
antepasados.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 135,
Bogotá, 1º de abril de 1972, pp. 4-7.
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