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Felix Restrepo
Nos complace sobremanera reproducir en
esta entrega de Noticias
Culturales la autobiografía del sacerdote Félix
Restrepo, jesuita virtuoso y esclarecido, maestro consagrado de juventudes, artífice y
cultor de la lengua castellana, Rector Magnífico de la Universidad Javeriana, Director
ilustre de la Academia Colombiana y animador constante y entusiasta del Instituto Caro y
Cuervo.
El P. Félix Restrepo, dotado de singular
talento y extraordinario don de gentes, sobresalió a lo largo de su vida como humanista,
filólogo, helenista, expositor, letrado y escritor de muy fecunda pluma. Se distinguió
así mismo por su intensa actividad pedagógica, periodística y académica.
Muy poco, casi nada, habremos de agregar
a las prolijas páginas autobiográficas del P. Félix, precedidas por una breve
introducción del P. Carlos Ortiz Restrepo, que hemos tomado de la Revista Javeriana
(Bogotá, núm. 321, enero-febrero de 1966).
De su maravillosa creación intelectual
nos da cuenta suficiente la Bibliografía del R. P. Félix Restrepo S. I. elaborada
por el historiador lituano Dr. Antanas Kimsa y publicada en el Boletín del Instituto
Caro y Cuervo (tomo V, 1949, págs. 478-548). A continuación de dicho ensayo
bibliográfico y con el título Explicación necesaria, el P. Félix, como se le
llamaba con trato respetuoso y familiar, nos dio a conocer algunos rasgos de su propia
vida. En este escrito refiere lo siguiente:
"Cuando en 1940 el entonces ministro
de Educación Nacional, Dr. Jorge Eliécer Gaitán, fundó el Ateneo Nacional de Altos
Estudios, me encargó a mí la sección de Filología, que debía tomar a su cargo, entre
otras tareas, la continuación del Diccionario
de construcción y régimen
de don Rufino J. Cuervo."
Desde aquel año hasta julio de 1948 el
P. Félix estuvo vinculado, como Director, al Instituto Caro y Cuervo, donde llevó a cabo
una labor científica digna de todo encomio. Luego, mediante Decreto número 3507 (octubre
9 de 1948) el Gobierno Nacional lo designó Presidente Honorario de este mismo Instituto.
Fue director de la Academia Colombiana de la Lengua desde 1955 hasta el día de su
fallecimiento. Fue, además, miembro de número, correspondiente y honorario de muchas
academias e instituciones culturales de Colombia y del exterior. El 13 de octubre de 1965
la Universidad de Antioquia le confirió solemnemente el doctorado honoris
causa
en ciencias de la educación.
Con motivo de su muerte, ocurrida el 16
de diciembre de 1965, este Instituto dedicó el número 61 de estas Noticias Culturales
(febrero 1º de 1966) a honrar la memoria de tan eminente jesuita. Para dicho boletín el
investigador Rubén Páez Patiño escribió el ensayo biográfico Félix Restrepo:
humanista colombiano del siglo XX.
Confidencias autobiográficas
Introducción
Corría el año de 1911. Terminados mis
dos años de probación en el noviciado que entonces tenían los jesuitas en Chapinero,
comenzaba yo mis estudios de humanidades: literatura, mucho latín, griego y algo de
hebreo.
Por esa época llegó a Chapinero el P.
Félix, 24 años, acababa de terminar sus estudios de humanidades y de filosofía en Oña
(España), y en Falkenburg (Holanda) le había precedido la fama de hombre estudioso,
inteligente y erudito; acababa de escribir en asocio del P. Eusebio Hernández la Llave
del griego, colección de trozos clásicos, comentario semántico, etimología y
sintaxis, y El alma de las palabras.
Nosotros esperábamos el primero de estos
dos libros con verdadera ansia, como "la llave" que iba a abrirnos el encantado
palacio de la lengua griega, llena de los tesoros literarios de Airstóteles, Platón,
Demóstenes y Homero, y, en general, de la sabiduría de Grecia, maestra del mundo
occidental.
El P. Félix alcanzó a dictar algunas
clases llenas de erudición y de belleza, pero luego se enfermó y, por orden de los
médicos, fue trasladado al Colegio de San Pedro Claver de Bucaramanga.
Más adelante, el año de 1916, nos
reunimos de nuevo en Oña. El estudiaba teología y yo hacía mi curso de filosofía
escolástica.
Los profesores decían que el P. Félix,
en su curso, era "Longe Princeps" (el mejor con mucho). En las disputas
públicas, a las que entonces se daba una solemnidad y una importancia muy grandes, lo
vimos defender las tesis impugnadas con erudición e ingenio, mezclados de cierta gracia
familiar y afable, que fue siempre una de las características de su bello carácter.
En 1929 acompañé al P. Félix en un
viaje por Alemania y por Francia con el objeto de conseguir material pedagógico para
nuestros colegios de Colombia.
Desde que volví a la patria en 1930,
terminados mis estudios, tuve la fortuna de trabajar constantemente, hombro a hombro, con
el P. Félix. ¡Juntos trabajamos, juntos luchamos, juntos sufrimos y gozamos tanto!
¡Unas veces fue él mi superior, otras
fui yo el suyo, sin que estos cambios de jerarquía hubieran modificado en lo más mínimo
nuestras relaciones, más que de amigos, de hermanos íntimos!
A fines del año de 1964, viendo yo que
la salud del Padre Félix era cada vez más precaria, concebí la idea de que me narrara,
en conversación familiar, algo de sus memorias. El día 21 de septiembre, por la tarde,
me fui resueltamente para San Bartolomé (La Merced), donde se hospedaba el Padre,
llevando conmigo un aparato magnetofónico con su cinta y le supliqué que dedicara
algunos ratos a narrarme algo de su vida.
Por entonces tenía el Padre excesivo
trabajo con la dirección de la Academia, con la construcción del edificio de ésta y con
la tarea de allegar fondos para esa obra a la que dedicó todo su cariño y no se sentía
con ánimo de cargarse de nuevas ocupaciones, pero mi impertinencia y el gran cariño con
que me honraba vencieron su resistencia y comenzó a dictar.
Esta es, brevemente, la historia de estos
apuntes que hoy publica la Revista Javeriana, como un justo homenaje a su fundador,
que la dirigió durante ocho años, y a quien la miró hasta el último momento con
inmenso cariño.
El P. Félix nunca pensó que estos
apuntes se habrían de publicar. No fueron dictados con la ambición de ser una obra
literaria, son simples confidencias de hermano a hermano. Pero he creído que los muchos
discípulos, amigos y admiradores del P. Félix leerán con gusto estas amenas charlas
cargadas de recuerdos; por eso las entrego hoy a la publicidad.
Memorias
Bueno, mi querido Padre Ortiz: voy a
darle gusto y a dictarle a este indiscreto aparato los datos de que me acuerde de la vida
pasada. Son ideas de V. R., que yo respeto, y como no le puedo decir que no a nada...
S. R. me dijo que le dictara, primero un
brevísimo resumen y después una ampliación. Entonces... Yo nací en 1887 (Medellín,
marzo 23). Fueron mis hermanos Ana María, José Salvador, María Dolores, Bernardo,
María Rosa, Margarita, y los sutes fuimos yo y Merceditas; va el burro adelante para
respetar el orden cronológico.
Yo tenía menos de un año cuando mi
padre, que vivía en Bogotá porque el presidente Miguel Antonio Caro lo había nombrado
Consejero de Estado, resolvió pasar su familia a esta capital; de manera que resulté
más bogotano que antioqueño.
Al año de estar nosotros en Bogotá,
nació Merceditas, que ésa sí es pura bogotana, y medio año después murió mi madre;
murió de lo que no se muere hoy nadie. Murió de un tifo, así como mi padre murió de
una pulmonía. Ella era muy joven, creo que no tenía sino 32 o 33 años; y de los 8 hijos
que quedamos, cuatro éramos menores de ocho años. De manera que era un verdadero
problema para mi padre. Pero la providencia fue para nosotros la comunidad de las Hermanas
de la Presentación. Ellas habían llegado a Colombia unos quince años antes y en la
comunidad había entrado una prima hermana de mi padre que se llamaba Margarita Restrepo y
en religión se llamó Hermana Genoveva, que era muy buena institutora. La conocí todo el
tiempo de mi infancia como maestra de las clases superiores del viejo Colegio del Centro
de las Hermanas de la Presentación.
Probablemente por insinuación de ella,
la Superiora de las Hermanas, que era una mujer de gran corazón, la Madre Gertrudis, nos
recibió a todos, se puede decir, allá en su Colegio. Solamente Bernardo estuvo en varios
colegios y no sé propiamente con quién vivía; pero nos dieron un apartamento del
Colegio del Centro y allí vivíamos los pequeños. Mi hermana, la mayor, entró muy
pronto a la comunidad de las Hermanas y se llamó Teresa de Jesús.
José Salvador también de él me
olvidaba decir que había quedado en el Colegio de San Bartolomé entró pronto en
el noviciado de los jesuitas.
Bernardo resultó un poco travieso, un
poco rebelde. Me acuerdo que estuvo en el Colegio de San Bartolomé un tiempo, otro en el
colegio de los Hermanos Cristianos, otro tiempo en el Seminario, pero en ninguna parte
cuajaba. Cuando estalló la guerra civil, él se metió con las tropas del Gobierno y fue
a morir tristemente en Villeta, ni siquiera en acción de guerra sino en una de tantas
epidemias de los ejércitos.
Mis hermanas María Rosa y Margarita
estudiaban internas con las Hermanas en el Colegio del Centro. Merceditas fue creciendo
allá también y yo ingresé a la escuela de la Hermana Himelda. Propiamente esos primeros
años de mi vida son para mí muy borrosos. Yo no me acuerdo cuándo aprendí a leer. Sé,
porque me lo han contado, que desde que yo tenía cinco años ayudaba a misa y me acuerdo
perfectamente cuando estaba aprendiendo las oraciones de contestar en la misa en un
catecismo de Astete.
Estuve, pues, varios años en la escuela
de la Hermana Himelda. Cuando cumplí 10, pasé al nuevo terreno que las Hermanas habían
comprado en San Façón. Habían comprado allí un terreno para hacer su noviciado y un
nuevo colegio. Allá había una pequeña comunidad de Hermanas que vigilaban esas obras y
yo fui el primer acólito de esa comunidad de las hermanas. Estuve cuatro años en San
Façón. Cuando yo tenía 14, se trasladó de Bucaramanga a Medellín un tío nuestro,
Ramón Mejía, el padre de la Madre Clara Amelia, abuelo del Padre Hernán Mejía, y, al
pasar por Bogotá, resolvió llevarnos a los pequeños para Medellín. Nuestro tutor era
Enrique Mejía, hermano de él, padre de los Padres Germán y José Mejía. Fuimos, pues,
a Medellín en 1901. Me internaron a mí en el Colegio de San Ignacio. Allí estuve dos
años. Es curioso que yo iba contento porque notaba ciertos deseos de que yo entrara al
Seminario; yo le tenía miedo al Seminario, entonces vi la puerta abierta para librarme.
¿Pero quién iba a decir? A los dos años y medio de estar en el Colegio de San Ignacio
de Medellín, me entró la vocación de jesuita y me volví de Medellín a Bogotá y
entré al noviciado en el año de 1903, el 16 de julio.
Estudié en el noviciado algo de
gramática, hice un año de latín, después me mandaron a España a estudiar la
retórica. Ese viaje lo hice con el Padre Jesús Fernández, que iba entonces a estudiar
teología, y con otros Padres.
Hice la retórica en Burgos: dos años;
dos años de filosofía en Oña; para el tercer año de filosofía me enviaron a
Valienburg, al colegio que allá tenían los Padres alemanes, y acabada la filosofía,
había acabado mi hermano Salvador la teología ya ordenado, y le habían autorizado o
encargado que recorriera unas ciudades de Alemania, de Europa en general, para enterarse
de los movimientos sociales, porque ya para ese entonces empezaba la inquietud social en
Colombia.
Como mi hermano no sabía alemán y yo lo
sabía muy bien, fui de intérprete de él; estuvimos varios meses en gira por los países
de Europa Central, volvimos a España y nos embarcamos de nuevo para Colombia. Me acuerdo
que las navidades de ese año las pasamos en el pueblo de Nare, en el río Magdalena.
Empecé el magisterio en la casa de
Chapinero, en donde después del noviciado seguían los estudios de humanidades y
retórica, como profesor de retórica. Fueron mis discípulos entonces el Padre Eduardo
Ospina, el Padre Forero Luis, el Padre Troconis y algunos otros, pero me enfermé algo de
los riñones, cosa a la que hoy no le darían importancia ninguna. En aquel tiempo la
medicina era tan primitiva, que el médico dijo que no había más remedio sino que me
mandaran a tierra caliente. Entonces me enviaron a Bucaramanga, sin poder montar a
caballo, de manera que tuve que ir bajando en ferrocarril hasta Girardot, después la
navegación por el Alto Magdalena, después a La Dorada, siguiendo otra vez en barco hasta
Bocas del Rosario y allí estuve ocho días esperando a un compañero que había de venir
de Barranquilla y por fin no llegó, un hermano coadjutor. Entonces me fui solo, en una
canoa, con tres negros, por el río Lebrija arriba hasta Puerto Santos y de allí en dos
días a caballo subí a Bucaramanga; en Bucaramanga mejoré completamente de salud,
trabajé cuatro años largos y en 1916 pude ir a teología. Me habían mandado el año
anterior, pero como no había suplente yo no me atreví a dejar a los Padres solos, los
pocos Padres que había en Bucaramanga. Entonces no había ni siquiera Prefecto en el
Colegio, yo era el único maestro que les estaba ayudando. Llegué, pues, a Oña de nuevo
en 1916, hice mis cuatro años de teología, me ordené y fui a hacer la tercera
probación a la casa de Exaeten en Holanda, también con los Padres alemanes. Acabada la
tercera probación, me había destinado el Padre General para colaborador de la revista Razón
y Fe con intención, sobre todo, de que escribiera sobre asuntos de educación.
Entonces fui a hacer una carrera de
Ciencias de la Educación en las Universidades de Munich y de Colonia. Allí me dieron
muchas facilidades porque me reconocieron todos los estudios que había hecho en la
Compañía; de tal manera que, a los dos años, ya pude sacar el grado y volver a España,
donde estuve hasta el año de 1926 trabajando en la revista Razón y Fe. Ese año,
en las vacaciones, aquí en Bogotá habían presentado un proyecto de ley para reorganizar
toda la enseñanza, y para eso habían traído una misión pedagógica alemana. Como yo
acababa de hacer esa carrera en Alemania, les pareció que podía ayudar algo y me
enviaron por petición del Padre Provincial de Colombia, que era el Padre Jesús
Fernández, a pasar las vacaciones aquí, enteramente provisional; yo me vine con un
equipo de vacaciones. En esos días el Señor Nuncio, que era el Señor Giobbe, organizó
un congreso de juventud católica y me lo encargaron a mí. Salió bien el congreso y el
Nuncio le dijo al Padre Provincial que eso no se podía dejar así, como un acto aislado,
que había que seguirlo en la organización de la juventud católica. El Padre Provincial
le dijo que él no tenía una persona para dedicar a ese oficio. El Nuncio le contestó:
"ahí está el Padre Félix". Dijo el Padre Provincial: "él no pertenece a
esta Provincia; él está aquí de paso; pertenece a una Provincia de España, destinado
allá por nuestro Padre General". Entonces el Nuncio dijo: "De eso me encargo
yo". Escribió el Nuncio al Padre General y no a vuelta de correo sino por cable
llegó la respuesta del Padre General: "Quédese, Padre Félix". De manera que
la venida provisional se convirtió en definitiva. El Padre Provincial me hizo socio en
esos años.
En el año 29 me envió de nuevo a
Europa; primero porque el Padre General había ordenado que de cada Provincia fuera algún
Padre a la beatificación del Padre La Colombiére, y segundo, por varios asuntos urgentes
que el Padre Provincial tenía que despachar allá en Europa. Entre otras cosas me
encargó que consiguiera, en las principales casas productoras de material de enseñanza,
elementos para todos los colegios de Colombia. V. R. estaba estudiando entonces en la
Universidad de Friburgo (Suiza) y me acuerdo que S. R. tuvo la bondad de acompañarme y
que juntos hicimos esa gira consiguiendo muy buenos elementos de su clase para la
enseñanza en los colegios nuestros.
Volví a Colombia: al poco tiempo me
hicieron Superior de la Casa de los Filósofos, que en ese entonces funcionaba en La
Merced. Pero un año antes, siendo yo Socio del Provincial, él resolvió que se abrieran
de nuevo las clases de derecho, a las cuales el Colegio de San Bartolomé podía aspirar
porque una ley autorizaba al Colegio para abrirlas. A mí me tocó toda la propaganda y la
matrícula de los primeros estudiantes de derecho y cuando ya se abrió el curso, al Padre
Jesús Fernández lo hicieron Rector y a mí me hicieron superior del filosofado; no sé
si el Padre Jesús Fernández no fue entonces rector del colegio, sino solamente decano de
la Facultad de Derecho en esos dos primeros años: 31 y 32.
En las vacaciones del año 31 también
recordará V. R. cómo pasamos el filosofado de aquí de la casa de La Merced a la casa de
Santa Rosa que estaba sin terminar; estaba casi en los planos, como dicen, con una gran
incomodidad y todo el año anterior habíamos estado S. R. y yo yendo mensualmente a
visitar la obra para activarla y el viajecito a Santa Rosa nos costaba el día entero
porque había que ir en el Ferrocarril del Nordeste, que según decían tenía tres
velocidades: una despacio, otra más despacio y la tercera para atrás. En fin, nos
pasamos a Santa Rosa.
Tanto en las vacaciones de 1930 como en
las de 1931 estuvimos en San Claver con los filósofos; entre ellos había gente muy
importante como el Padre Emilio Arango, el Padre Quintana, etc., y cuando estaba acabando
mi segundo año, que era el primero que pasaba en Santa Rosa, o sea, en el mes de octubre,
recibí una carta del Padre Provincial en la que me llamaba con urgencia para que me
quedara yo de Decano de la Facultad de Derecho, porque al Padre Jesús Fernández lo
hacían Rector del Colegio de San Bartolomé. Volví, pues, a Bogotá y me encargué de
esa Facultad desde entonces. Estaban los alumnos fundadores en segundo año y estaba la
cosa revuelta porque había unos dos o tres elementos muy revoltosos que estaban pensando
en sabotear la universidad de tal manera que al año siguiente no se pudiera abrir. Logré
enderezarla despachando a algunos de esos elementos más revoltosos y pasé en la
Universidad Javeriana 18 años; se puede decir, los mejores de mi vida. Los nueve primeros
como Decano de la Facultad.
El Rector era al principio el Padre
Jesús Fernández, después el Padre Alberto Moreno, me parece que después fue V. R., y
después otros nueve años ya como Rector, cuando se terminó de hacer este nuevo edificio
del nuevo San Bartolomé, que se debe íntegro a V. R. Entonces conseguimos que el
Gobierno, que nos había quitado el edificio del viejo San Bartolomé, por medio de una
ley que destinaba ese edificio a otra cosa, nos dejara el patio principal y allí
funcionó la Universidad, lo poco que había entonces de Universidad; entonces, ya
separada la comunidad de la Universidad, del Colegio de San Bartolomé porque el Colegio
se vino para acá, el Colegio antiguo quedó desocupado. No se sabía qué iba a hacer el
Gobierno con él. Después se supo que por mediación de don Tomás Rueda Vargas, el
Gobierno persistía en que ése debía seguir siendo Colegio de San Bartolomé y con ese
fin lo mejoraron mucho, pero ya no tenía nada que ver con nosotros. En todo caso, el
Presidente nos dejó que pasáramos un año, o un tiempo, no nos puso límites, mientras
conseguíamos a dónde pasar la Universidad. Eso tenemos que reconocérselo a Eduardo
Santos, que en ese momento hubiera podido matar la Universidad, porque S. R. recordará
cómo estuvimos S. R. y yo recorriendo toda la ciudad de arriba a abajo buscando una casa
donde cupieran los alumnos que entonces teníamos, y en ninguna parte cabían. Ya había
crecido mucho esa Universidad, aunque no tenía más que la Facultad de Derecho y una
Facultad de Filosofía y Letras. Para entonces, sin embargo, la Santa Sede le había
otorgado el título de Pontificia y le había añadido las Facultades Eclesiásticas que
funcionan en Chapinero. Nos quedamos, pues, allí, hasta que, más tarde, se pudo hacer
parte del edificio nuevo de la calle 40. Pero ya no me tocó a mí.
Después de cumplir nueve años como
Rector, el Padre Aristizábal, que era Provincial, me dijo que podía yo ir a descansar o
que qué me provocaba hacer en esos días. Yo le dije: Padre, le agradecería mucho que me
diera tiempo para aprender de nuevo a leer y a escribir, porque en todo el trajín y lucha
de la fundación de la Universidad Javeriana yo no había vuelto a escribir una palabra.
El se rió, me envió a Medellín y me estuve un año. Volví el año siguiente a Bogotá,
que fue el año 50; 51 ya. En el año 50, a fines del año, el presidente Ospina Pérez
resolvió enviar, con motivo del año santo, una embajada a Roma para saludar y felicitar
al Santo Padre y en esa embajada tuvo la bondad de incluirme a mí; de modo que hice un
nuevo viajecito a Roma en el cual me atendió el Padre Juan María el Viejo que estaba
entonces allá.
Para entonces ya estaba un poco delicado
de salud, porque en los últimos años de mi rectorado se me había subido un poco la
tension arterial; como el trabajo era intenso, a veces me molestaba mucho esa tensión
alta.
En el año 51 organizó el presidente de
México, Miguel Alemán, un congreso de academias. Ya entonces era el subdirector de la
Academia Colombiana y me eligieron a mí con otros para ir a tomar parte en ese congreso.
Mejor dicho, en ese primer congreso Miguel Alemán no puso límite alguno. Que fueran
todos los que quisieran ir; pero coincidió la reunión de ese congreso con que el Padre
General le escribió a nuestro Padre Provincial que me enviara a mí a México para que
les ayudara a los Padres Mexicanos en la fundación de una Universidad Católica en que
estaban empeñados. Ellos tenían un centro que llamaban Centro Cultural y eran estudios
de letras, estudios de arte que no era ninguna carrera especial sino estudios de
ampliación para muchachos y muchachas que no querían por cualquier motivo entrar en la
Universidad o no podían. Yo fui y estuve un año ayudando en esta tarea y sin embargo fue
casi inútil mi trabajo porque yo pensaba que era lo mejor que esa Universidad nuestra se
organizara independiente de la Universidad, dijéramos aquí oficial, allá la llaman
Universidad Autónoma. Pero es lo que nosotros entendemos por Universidad oficial. Pero
los Padres no estaban conformes, los Padres tenían miedo, no habían salido todavía del
complejo que les había dejado la persecución mexicana e insistían en que debíamos ser
nada más que un apéndice de la Universidad oficial, es decir, de la Universidad
Autónoma. Bueno, también enfermé bastante en México y me di cuenta de que para la
fundación de la Universidad no había elementos. El Centro Cultural había estado
funcionando en una casa de una señora que la había dejado prestada sin cobrar ningún
arriendo, por cierto en un barrio muy malo de México, y ese año la señora dijo que
necesitaba la casa porque la iba a vender y había que entregársela.
La Provincia no tenía ningún fondo
especial para la Universidad ni nosotros sabíamos cómo valernos. Por fin conseguí que
un buen amigo de la Compañía le prestara al Centro Cultural una parte de un gran colegio
que él tenía y en esa parte estuvo funcionando los meses que estuve yo al frente del
Centro Cultural.
Había, eso sí, una sección que era la
de química, bien organizada, que funcionaba en una casa aparte. Pero el Padre que estaba
al frente de esa sección no quería pertenecer a lo que había de ser la Universidad
futura y era actualmente el Centro Cultural. De manera que no podía hacer nada. En vista
de eso, el Padre General me autorizó para volver a Colombia. Pero yo me había enfermado
bastante, en esos meses de México, de la tensión arterial. Cuando compré el pasaje para
volver a Bogotá, resolví hacerme ver de un médico por si había algún peligro en el
vuelo. Efectivamente, un especialista del Instituto Nacional de Cardiología, que como se
sabe es uno de los mejores del mundo, un Dr. Galant, me vio y me dijo: Padre, esta misma
tarde tiene que ir a internarse en el Instituto. Allá le tengo preparada su pieza. Y me
hizo ir, en vez del aeropuerto, al hospital; y allá me tuvieron interno cuatro meses. Dos
meses en que no me dejaron mover de la cama. Al mes siguiente ya me dejaban bajar de la
cama a una silla, y al último mes me dejaban dar vueltas por el Hospital. Lo que entonces
tuve fue lo que los médicos llaman isquemía, o mala circulación en el corazón.
Afortunadamente yo pertenecí también,
todo ese tiempo, a una comisión que había nombrado el presidente, mejor dicho el
Congreso de Academias de la Lengua Española, para ejecutar lo acordado por el Congreso.
Esa comisión la formábamos nueve académicos aunque nunca se reunieron más de seis y
todos teníamos un sueldo bastante bueno que pagaba el gobierno mexicano, de modo que,
gracias a eso, yo no fui gravoso a nadie en México. Y pude inclusive pagar los gastos del
hospital en pieza económica, la pensión más económica del mismo hospital o Instituto
de Cardiología.
Cuando ya me repuse y me dieron de alta
en el hospital, el Padre Juan Alvarez, que estaba entonces allí dirigiendo la revista Latinoamérica,
me acompañó a descansar unos días en Cuernavaca, que es una bella población de muy
buen clima. Allí pasamos unos días muy agradables y, después de ellos, ya me autorizó
el médico para emprender el viaje. Volví pues, pasé por Medellín, en donde estuve un
mes, y volví a Bogotá. Estaba hospedado en la nueva Universidad Javeriana, al principio
como inválido.
Yo al volver a Colombia no tenía más
pensamiento que morirme en mi tierra, pero me fui reponiendo poco a poco y cuando me
sentí con fuerzas de trabajar, le dije al Padre Provincial que podía ayudarle en algo y
él me dijo que le ayudara como síndico del hospital, pues el hospital hacía mucho
tiempo que no tenía un síndico especial. Así lo hice, aunque noté que no le cayó bien
esta disposición al nuevo Rector Padre Emilio Arango. Pero poco después, ya en la Semana
Santa del año 54 me volví a sentir mal y el Padre Provincial resolvió que me quedara
por el resto de ese año en Medellín.
Me repuse en Medellín después de un
tratamiento del doctor Antonio Escobar, hermano de nuestro Padre Escobar, que me atendió
muy bondadosamente todo ese tiempo y me repuse de tal manera, que pude aceptar dos
compromisos bastante considerables.
El uno en Medellín y el otro en
Manizales con motivo del centenario del nacimiento de Marco Fidel Suárez. En Manizales me
invitó la Universidad a decir el discurso principal en esa ocasión. Asistieron no
solamente la Universidad sino también el Gobierno, de modo que fue como el homenaje
oficial de Manizales, y en Medellín el Gobernador, Pío V Rengifo, fue a visitarme él
personalmente al Colegio de San Ignacio para pedirme que llevara la palabra en la
inauguración del monumento que iban a consagrar el día del centenario de Suárez, a su
memoria, en Bello. Trabajé esos dos discursos y cuando pasaron esas fiestas volví a
Bogotá.
Entonces ya me hospedé en el Colegio de
San Bartolomé de la Merced, o sea, en mayo del 55, y aquí estoy desde entonces, es
decir, hace ya casi 10 años. De manera que, como se ve, la "mala yerba nunca
muere".
Aquí en el Colegio de San Bartolomé no
he podido ayudar a nada en el Colegio, sobre todo porque en el mes de agosto de ese año
55 en la Academia Colombiana había elecciones para renovar la mesa directiva, y me
eligieron a mí Director de la Academia. Llevo más de nueve años en ese cargo, aunque de
suyo se renueva cada tres años, y me han ido reeligiendo, desgraciadamente.
Mi principal propósito al aceptar la
Dirección de la Academia fue ver si podía recuperar la casa que ella tenía, o creía yo
que tenía, en propiedad en la carrera 7ª, allá donde funcionó mucho tiempo la Sociedad
Colombiana de Ingenieros y donde estaba la estatua de Miguel Antonio Caro. Empecé a hacer
gestiones en ese sentido y vi que la cosa era mucho más difícil de lo que parecía,
porque la Academia no tenía la propiedad de ese edificio. Tenía, según la ley, el
usufructo perpetuo, pero en realidad el usufructo lo tenían los ingenieros; ellos se
habían formado la idea de que eso era una cosa definitivamente prescrita a su favor, pues
muchos de los mismos académicos de la lengua creían que eso había prescrito a favor de
los ingenieros y que era inútil hacer cualquier gestión; pero yo le hice ver al Ministro
de Obras, que era el Vicealmirante Rubén Piedrahíta, que el Gobierno estaba obligado a
darles casa a los ingenieros y que si no tenía casa para darles o dinero para conseguirla
que por lo menos debía pagar el arriendo de la casa que ocupaban. El Vicealmirante
Piedrahíta lo vio razonable, y empezaron a pagarnos desde entonces $2.000 mensuales de
arriendo, lo cual siempre le sirvió bastante a la Academia.
Cuando me hice cargo de la Academia, ella
no tenía ni un escritorio, ni una máquina de escribir; creo que había un sueldito de un
pequeño auxilio que daba el Gobierno y se lo daban a una señorita que copiaba las actas,
las cuales hacía magistralmente Antonio Gómez Restrepo, que era el Secretario Perpetuo.
Las sesiones, que eran una vez al mes,
eran tertulias muy agradables que se tenían en la casa de Antonio y después en la misma
casa de la viuda, la señora Lola Casas, que siempre ha sido atentísima con la Academia.
Cuando yo vi esa situación, pensé que lo primero era tener siquiera una oficina. Le
hablé al Ministro de Educación, que era en ese entonces Gabriel Betancur Mejía, y él
dispuso que en la Biblioteca Nacional nos dieran dos oficinas bastante grandes y una
pequeña en donde estuvo funcionando la Academia cinco años. Mientras tanto seguí
haciendo gestiones para ver si lograba algo más de la casa de la Academia y conseguí en
primer lugar que el gobierno del General Rojas Pinilla diera un decreto-ley por medio del
cual se le reconoció no solamente el usufructo sino toda la propiedad íntegra de la casa
antigua de don Miguel Antonio Caro. Ya con eso, siendo nosotros dueños y propietarios,
teníamos una base sólida para actuar; pero la escritura no quería darla el señor
Ministro de Obras Públicas, hasta tanto que los ingenieros tuvieran su casa a dónde
pasarse y eso era lo difícil porque el Gobierno no tenía con qué pagar esa edificación
y los ingenieros, menos.
Nuestra Providencia en ese momento fue
Luis Angel Arango. Lo convidé yo a él a una junta; él era académico correspondiente.
Lo convidé a una junta de la mesa directiva y en esa junta estuvimos viendo cómo
podríamos resolver el problema. El entonces dijo: "pues creo que yo puedo
resolverlo, yo voy a ampliar por ahora el edificio donde está funcionando la Corte
Suprema de Justicia, el antiguo Palacio Arzobispal, y al ampliarlo puedo hacer una
sección especial para los ingenieros". Nos pareció a todos maravilloso. Lo aceptó
el Ministro de Obras Públicas. Gracias a la intervención de Lucio Pabón Núñez, lo
aceptó también el Presidente Rojas Pinilla, y así el doctor Luis Angel Arango, por
cuenta del Banco de la República, construyó la casa en donde están ahora los
ingenieros, de la cual ellos tienen el usufructo, pero están muy contentos porque están
mucho más cómodos que en la casa anterior. Cuando ya nos hicieron entrega de la casa
pude venderla al entonces alcalde Fernando Mazuera Villegas, que la necesitaba para la
ampliación de la Avenida 19. Nos la pagó bien, nos dio $800.000 por ella y, por otra
parte, el Concejo y el Alcalde nos dieron un lote magnífico, donde está el edificio de
la Academia, de más de 3.000 varas cuadradas, para que allí pudiéramos empezar a
construir el edificio de la Academia. Invertimos en la obra negra lo que nos dio el
Distrito por la casa antigua. Como se iba a celebrar en Bogotá en 1960 el III Congreso de
Academias de la Lengua Española, conseguí con el señor presidente Alberto Lleras que
incluyera la obra del edificio de la Academia entre las que habían de inaugurarse con
motivo del sesquicentenario de nuestra independencia, que se celebraba en ese mismo año.
Terminamos efectivamente el piso principal del edificio y su salón de actos y allí se
celebró el Congreso.
Después nos han dado sumas apreciables,
pero últimamente el Gobierno ha estado en dificultades y no se ha podido terminar.
Esta es, pues, Padre Carlitos, la
cáscara, como si dijéramos, de mi vida; no he dicho nada de mis estudios ni de lo que he
escrito, pero hay una bibliografía que V. R. conoce, donde todo está, me parece, más
que suficiente.
Ahora que V. R. quiere que le diga
algunos detalles, voy a contarle algunas cosas:
[Vuelvo a recordar la benévola
influencia de] las hermanas de la Presentación, una vez más, porque ellas fueron para
nosotros verdaderas madres. Está, por ejemplo, la Madre Gertrudis, que era la Provincial
en aquel tiempo y que nos trató con un cariño extraordinario. La Madre Anatolia era la
superiora del Hospital Militar, que funcionaba donde está ahora el asilo de locas. De vez
en cuando nos llevaba allá a pasear y nos cuidaba extraordinariamente. Sobre todo me
acuerdo mucho de la Madre Ana Joaquina; ella era de una familia Sanabria de Bogotá.
Monseñor Carrasquilla tiene una semblanza de ella que está publicada en sus obras
completas editadas por la Academia Colombiana. Pero, además de ser una buena escritora,
era cariñosísima con nosotros, especialmente conmigo. Yo tengo de ella el más grato
recuerdo. No digo nada de la Hermana Genoveva, tía nuestra; por una parte, brava, pero,
por otra, muy amable y solícita.
Corren muchos cuentos, como sabe V. R.,
sobre todo de Anageny (Ana Gertrudis) y de mí cuando éramos pequeños, allá en la
Presentación. Para mí, la mayor parte de ellos son invención de la imaginación de
algunas Hermanas, o exageraciones. Puede ser también que a mí se me hayan olvidado
muchas cosas y que Anageny tenga mejor memoria que yo. Ella se acordará de cosas que
cuentan y de que yo sí me acuerdo que las contaban, pero no me acuerdo que hayan
sucedido. Pero voy a decirle unas pocas cosas curiosas de aquellos primeros años.
Cuando yo tenía unos cuatro o cinco
años vinieron a visitarnos aquí a Bogotá Enrique Mejía y mi abuelito Fortis Mejía; es
curioso el nombre Fortis y no sé por qué se lo pusieron a este buen señor Mejía, pero
era conocido en todo Antioquia como don Fortis Mejía, y don Fortis era un personaje
popular. El era tío de Epifanio Mejía, el gran poeta. Epifanio perdió a su padre cuando
era muy joven y se fue a vivir a la casa de mi abuelo, a la casa de don Fortis. Allá
estaba él cuando empezaron a nacer los hijos de don Fortis; por cierto que la primera
poesía que se conserva de Epifanio es una escrita con motivo del nacimiento de mi madre,
que fue la primogénita de mis abuelos. Vino, pues, don Fortis a Bogotá, y él tenía
cierto parecido con don Víctor Mallarino. Ambos eran rubios, sanos, sonrosados. El hecho
es que cuando don Fortis se volvió para Medellín, pasaron unas semanas; y cuando vi yo
de pronto en el Colegio de las Hermanas a don Víctor Mallarino, creí que era don Fortis
o, como le decíamos nosotros, Papá Fortis, y así, sin más ni más, lo fui abrazando y
saludando como Papá Fortis. Esto le hizo muchísima gracia a don Víctor y desde entonces
cada vez que nos encontrábamos me regalaba $1.00, que en aquel tiempo era mucho dinero
para un pobre niño como era yo.
Quiero recordar una anécdota de la
Hermana Ana Joaquina, quien me había prometido que la primera vez que yo pasara el misal
pues aunque yo ayudaba a misa no tenía sino cinco años, no era capaz de
pasarlo me daría un peso. Un día me animé, cogí el misal, lo levanté y se me
fue el libro por encima de la cabeza y salió rodando por detrás del presbiterio.
Naturalmente yo salí corriendo también y llorando para la sacristía.
También es cierta la anécdota de que
con frecuencia salíamos a pasear con mi padre los pequeños, que éramos cuatro, y
solíamos entrar a alguna iglesia a hacer el viacrucis; pero Merceditas y yo nos
aburríamos en el viacrucis tan largo y nos adelantábamos diciendo que íbamos a hacer
nuestro propio viacrucis y sí recuerdo que recitábamos versos. No me acuerdo cuáles,
pero sí recitábamos versos allí en cada estación y salíamos a la puerta a esperar que
los demás acabaran.
Cuando yo estaba en la Presentación,
tendría pues unos diez años, empecé a escribir un viaje como si yo hubiera hecho más
viajes que del Colegio del Centro a La Presentación, o sea, a Sans Façón, pero muy en
serio conseguí unas tiras de papel de imprenta, de esas en que se sacan pruebas y me puse
a escribir el viaje. Un día les leí a la Hermana Genoveva y a otras hermanas una parte
de ese libro que estaba escribiendo y recuerdo que en un momento dado soltaron todas la
carcajada. Yo me quedé frío, pensando ¿qué había pasado?, ¿qué es eso? Entonces me
explicaron ellas que acababa yo de escribir que habíamos naufragado en uno de esos viajes
por el mar océano y que sólo habíamos podido salvarnos agarrándonos a unas ramas de la
orilla. Tenían, pues, razón de sobra para reírse las hermanitas; de eso sí me acuerdo
perfectamente.
Cuando hicimos el viaje con mi tío
Ramón, de Bogotá a Medellín, se nos añadió una muchacha de Medellín que había
estado unos días en Bogotá en un convento y tal vez por su salud o cualquier otro motivo
no pudo seguir y se volvía a su tierra. Ibamos, pues, nosotros y también un general de
aquel tiempo que se llamaba Toto Ramírez. El General Toto Ramírez, poeta, además de
general. Las jornadas de ese viaje fueron: la primera noche, en tren, a dormir a
Facatativá. Al día siguiente madrugamos y llegamos hasta Villeta. Después, no quiero
detallar las distintas jornadas, pero tardamos 12 días en llegar hasta Medellín.
Aprovechamos una pequeña parte del ferrocarril de Puerto Berrío.
Pero lo que quiero recordar es que yendo
por Aguaslargas, como se llamaba en aquel tiempo lo que hoy es Albán, el caballito de la
ex monja echó a galopar y ella no se pudo tener, se le volvió la montura, y se cayó;
esto le valió al General Toto Ramírez para gastarle bromas durante todo el viaje. Hasta
le compuso una novena, con sus gozos, que él recitaba muy serio. De esos gozos de la
novena recuerdo una estrofa:
-
"Considera alma perdida
-
que por salir del convento
-
se le volvió la montura
-
y besó contrita el suelo."
Quiero también hacer una mención
especial de la generosidad de Enrique Mejía. El era joven, se había casado hacía pocos
años; como era muy cariñoso con nosotros y con mi madre, mi padre lo dejó de tutor
nuestro. Pero mi padre, que era muy desinteresado, no dejó nada prácticamente; él
vivía de su sueldo del Consejo de Estado; daba clases, pero no solía cobrar por las
clases que daba. El decía que la instrucción, la enseñanza, debía darse gratuitamente.
Llegamos, pues, nosotros a Medellín, a la casa de Enrique Mejía. Para entonces ya tenía
él tres hijos: Germán, Enrique y María o, mejor dicho, cuatro, porque a las pocas
semanas nació José. Fíjese, V. R., lo que supone cuatro hijos en un matrimonio que no
es millonario, porque Enrique había comprado un almacén que se llamaba "Almacén
París", en la plaza de Berrío de Medellín, pero me imagino que lo estaría pagando
a plazos, y vivía solamente de lo que le producía ese almacén. Fíjese, pues, V. R., lo
que supone encima de su familia echarse otros tres, o, mejor dicho, cuatro hijos, porque
al poco tiempo llegó Merceditas y también a Medellín. Siempre nos trató con cariño de
padre y los hijos de Enrique nos han tenido siempre como hermanos. Dios Nuestro Señor ya
le ha pagado a Enrique porque le ha dado una familia verdaderamente ejemplar, pero
indudablemente que le tiene preparado un premio mucho mayor.
Llegamos a Medellín a fines de enero de
1901; en febrero ya estaba yo interno en el Colegio de San Ignacio. Fueron allí mis
rectores el Padre Luis Javier Muñoz y el Padre Gamero; mi prefecto, el Padre Izu, estaba
en todo su vigor.
Quiero contar una cosa curiosa. Los dos
años y medio que estuve en el Colegio fue mi inspector, primero en la Tercera División y
después en la Segunda, el Padre José Segura; como en aquel tiempo eran frecuentes los
paseos de los alumnos, yo utilizaba siempre esos paseos para conversar con él. El tenía
una conversación muy espiritual y también muy erudita, pues era hombre muy estudioso y a
mí me edificaba y me instruía mucho. Un día que fui al Colegio, en día de salida, al
mediodía, lo encontré allá reparando unos juegos para los muchachos de la división, y
me edifiqué mucho al ver que ni en los días de descanso los Padres se despreocupaban por
nosotros. Al Padre Segura lo encontraba en el estudio, también en la clase de urbanidad y
también en otras ocasiones, y puedo asegurar que fue uno de los que más influyeron en mi
vocación. Lo que son las cosas de Dios; por eso sentí yo tanto el desvío mental que el
pobre tuvo después. Con él me pasó también otra cosa curiosa: él era profesor de
álgebra y en unas vacaciones nos puso tres problemas ofreciendo un premio a quien los
resolviera. Yo resolví dos fáciles, pero el tercero era muy difícil. Una noche me
acosté pensando en él, y de repente me quedé dormido y seguí pensando en el problema;
y vi claramente la solución; y pensé dentro de mis sueños: ésta es la solución del
problema, pero lo malo es que estoy dormido y cuando despierte se me va a olvidar; yo
tengo que hacer un esfuerzo para despertarme ahora y apuntar la solución. Efectivamente,
hice un esfuerzo, me desperté, apunté y me gané el premio.
Profesor mío de inglés en aquella
ocasión fue mi hermano Salvador. El había estudiado parte de la teología con los
franciscanos en una casa que tenían en Jersey una isla inglesa y sabía muy
bien el francés y bastante inglés.
El Padre Espiritual mío fue el Padre
Roldán; en aquel tiempo no estaba la institución de Padres Espirituales en los colegios
tan bien organizada como ahora. No recuerdo si la división tuviera un Padre Espiritual
especial, pero había una cosa muy laudable, y es que los sábados los jóvenes que se
querían confesar ponían una papeleta diciendo con qué Padres se confesaban; se llamaban
esos Padres, quienes venían a la capilla y nos confesaban, pero nunca los Padres
Espirituales nos llamaban a los cuartos; pues bien, el Padre Roldán conmigo tuvo
deferencia especial, me llamaba a su cuarto y me cultivó la vocación, de modo que se la
debo a él principalmente.
A fines de 1902 fue a hacer una visita al
colegio el Padre Gamero, que era superior de la misión. Yo le hablé de mi vocación, y
me dijo que esperara un poco. Al año siguiente hicieron Rector del Colegio al mismo Padre
Gamero, y en el mes de julio hubo ocasión de venir a Bogotá. En ese entonces era el
viaje muy difícil, sobre todo en aquellos momentos en que acababa de pasar la guerra
civil. Estaba en Medellín un padre salesiano ilustre, el Padre Rabagliati, superior de
los salesianos en Colombia. Era orador, muy buen cantor y estaba hospedado con los Padres
en el Colegio de San Ignacio. Cuando ya resolvió él volverse a Bogotá, me dijo el Padre
Gamero que sería la mejor ocasión para que viniera yo con él. Así lo hice, de manera
que en el mes de julio, a principios de julio de ese año, salimos de Medellín, viajando
por tierra; me acuerdo que por los caminos todavía se veían las huellas de la guerra
civil: casas incendiadas, todo era un desierto. Vinimos por La Ceja, Sonsón, Pensilvania,
La Victoria, que era una estación en el ferrocarril de La Dorada.
Llegamos a Honda; después de pasar un
día en Honda, emprendimos la consabida subida de tres días en mula de Honda a Bogotá;
me quedé una noche en Mosquera, donde entonces tenían los salesianos una casa.
Llegué a Bogotá. Estaba de superior de
la misión el Padre Egaña y de maestro de novicios, el Padre Galdós. Entré en el
noviciado el 16 de julio, día de la Virgen del Carmen. No había más que un novicio, el
Hermano Cárdenas, que había entrado ya avanzada la teología [...].
Como a los tres meses de estar yo en el
Noviciado, solo, llegaron de México los Hermanos Déat, Francoz y Charetier. Estos tres
habían entrado de una Escuela Apostólica de Francia, de aquellas Escuelas Apostólicas
ejemplares que fueron magníficas en vocaciones para todas las misiones y comunidades.
Con motivo de un viaje que hizo por
Francia el Padre Quirós, pasó por esa Escuela Apostólica, dio una conferencia, les
habló de estas tierras de Colombia, y el resultado de esa conferencia fue la vocación de
estos tres.
El Padre Déat ya había hecho los votos;
por la guerra no pudieron venir directamente a Bogotá; habían hecho el noviciado en
México; los Padres Francoz y Charetier todavía no habían terminado el noviciado; les
faltaba como un mes o mes y medio; ellos hicieron los ejercicios para hacer los votos; yo
los acompañé, a pesar de que los había hecho al entrar. Entre paréntesis: me tocó
hacer los ejercicios de mes, y tres veces ejercicios de año. Cuando hicieron los votos
los Padres Francoz y Charetier, volví a quedarme solo en el Noviciado.
Unos meses estuvo conmigo un
condiscípulo mío de Medellín, Alejandro Londoño, pero eso sería tal vez dos meses; no
duró e inmediatamente tuvo que volver a Medellín. Terminado el noviciado, estudié la
gramática y humanidades y fueron mis profesores, en el segundo año de mi noviciado, el
Hermano Urrutia, que entonces era hermano filósofo, y después el santo Padre Alberto
Rodríguez y el Padre Llona; y para estudiar me enviaron a Burgos a donde fui con una
expedición numerosa, en la que iba el Padre Jesús Fernández. En esa expedición iba
también un Padre español de apellido Mate y es curioso lo que le pasó. El había venido
unos cuatro años antes muy enfermo a Colombia, prácticamente desahuciado por los
médicos, pero los médicos le dieron alguna esperanza de que en Colombia podría, tal
vez, curarse, pero que si se quedaba en España, con toda seguridad se moriría. Entonces
él dijo: pues si he de morirme con toda seguridad donde no tengo ninguna esperanza, me
voy para Colombia.
Se vino y efectivamente, primero en
Chapinero, se curó bastante bien; después hizo el magisterio en San Bartolomé. Allá lo
conocí yo lleno de salud, fuerte, jugando partidos de pelota; era un hombre bastante
fornido, iba con nosotros en ese viaje y cuando perdimos de vista la Sabana me dijo:
"recemos un Tedeum porque en esta tierra Dios me devolvió la salud".
Cuando nos embarcamos en Barranquilla y
perdimos de vista ya las costas colombianas me dijo lo mismo: "recemos un Tedeum
porque en Colombia me devolvió Dios la salud". Yo lo acompañaba.
¿Quién nos iba a decir? Esa misma
primera noche, después de habernos embarcado en Barranquilla, se sintió mal, al día
siguiente muy mal, pero el médico dijo que no era sino mareo, que tenía que estar en
cubierta y allí estuvo un día, y al día siguiente le dijo al Padre que iba de superior
de esa expedición: "Padre, yo no resisto más, yo me muero". Ya al fin vieron
que se había agravado y resolvieron llevarlo al camarote. También bajó el Padre Jesús
Fernández. Por la noche nos dieron la noticia en los camarotes que se acababa de morir.
Al día siguiente amanecimos en La Guaira. Seguramente fue un ataque de fiebre amarilla.
El Padre Jesús Fernández muy
edificantemente lo había atendido todo el día y toda la noche.
No nos dejaron desembarcar en La Guaira;
nos obligaron a tener el cadáver a bordo todo el día y toda la noche, mientras el barco
cargaba en La Guaira para seguir su rumbo.
Por la noche cuando seguimos, ya en alta
mar, pararon las máquinas y echamos el cadáver con lingotes de hierro al mar.
Así es que cuando salió de España para
venir a Colombia, venía muerto y llegó vivo; y cuando salió de Colombia para ir a
España, salió lleno de vida y se murió de un momento a otro. Eso es la vida.
Fue Ministro y profesor nuestro de
retórica en Burgos el Padre Gómez Bravo, autor de varias colecciones literarias.
De los profesores de filosofía, recuerdo
también con especial estimación al Padre Gutiérrez del Olmo, que era nuestro profesor
de física. Yo me había metido ya en la tarea filológica, y aun cuando el Padre
Gutiérrez del Olmo me aconsejaba estudiar más física, yo le decía: "Padre, yo
cumplo, pero como no voy a ser especialista en todo, tal vez no puedo más". Y es
curioso, cuando yo volví a Colombia a hacer el magisterio, la filología que yo había
estudiado no me sirvió para nada. En cambio me pusieron de profesor de física. Le
escribí a él, y él se reiría, y me contestó: "Ya ve, por donde menos se piensa
salta la liebre".
Ya dije que estudié tercer año de
filosofía con los Padres alemanes. Me refiero ahora a la caridad de los jóvenes
compañeros míos: me ayudaron en todo sentido; me acuerdo con mucho cariño de varios de
ellos, por ejemplo el Padre Ninck, el Padre Grisar y tantos otros.
Cuando empecé el magisterio, le dije que
primero en Chapinero, para continuarlo en Bucaramanga en 1912.
Como cosa curiosa se me hace ahora,
entonces me pareció como natural, me encargaron allí, siendo un
"maestrillo" de primer año, del discurso de distribución de premios. Recuerdo
que más tarde Gabriel Turbay, que fue mi discípulo en el segundo curso del colegio, me
decía que habiendo oído ese discurso mío había caído en la cuenta de su propia
vocación de orador.
Al fin de ese año, hicimos juntamente
con el Padre Joaquín Emilio Gómez el primer anuario que se publicó del colegio y
siguió publicándose después durante varios años.
En ese primer anuario hay, con buenos
grabados, una breve historia de cómo implantamos los jesuitas el juego de fútbol en
Bucaramanga. Yo tracé el primer campo de fútbol.
Mucho me ayudó en ese entonces un Padre
italiano, el Padre Casini, que era un gran compañero. Y los juegos primeros que se
tuvieron en Bucaramanga fueron entre los mejores alumnos nuestros y los reclutas del
cuartel.
Salió la banda del cuartel tocando por
las calles de Bucaramanga para recoger gente; la entrada era, naturalmente, gratuita.
Teníamos nosotros, entre los jugadores,
un muchacho Santiago Díaz; era muy fornido y el juego entonces no era demasiado blando.
Este Santiago se le acercaba a un recluta, lo marcaba, como se decía en aquel tiempo, y
el recluta salía rodando.
En una de esas ocasiones un borrachito se
fue detrás de la banda a ver el juego y estaba encantado viendo como caía gente por
aquí y por allá y dijo el borrachito en voz alta: "Está muy bueno el toreo, pero
yo no veo el toro".
Al año siguiente, 1913, fundamos con el
Padre Joaquín Emilio Gómez la revista Horizontes, que estuvo varios años
también dirigida por ambos hasta cuando en el año 16 salí para teología y que dejó
bastantes recuerdos entre los literatos de aquel tiempo; en ella colaboraron los
principales escritores católicos de Colombia.
Es curioso, quiero recordarle, que en el
año 16 me llegó el nombramiento de Académico Correspondiente de la Lengua. Ya voy a
cumplir cincuenta años de Académico.
Yo no tenía la menor noticia ni tenía
correspondencia especial con ningún Académico, pero hay que tener en cuenta que desde el
año 12 estaba publicada la Llave del griego, y que yo había enviado a Marco Fidel
Suárez el manuscrito de Semántica, sobre la cual, tanto él como Antonio Gómez
Restrepo escribieron hermosas cartas que están publicadas al principio de cada una de las
ediciones. Me comunicaron, pues, el nombramiento y yo naturalmente lo agradecí. Contesté
con aprobación del Padre Jesús Fernández, que ya en aquel tiempo era Rector.
Pero a los pocos días o semanas recibí
una reprimenda del Superior de la Misión, que era el Padre Guevara, en la cual me decía
que cómo era posible que yo hubiera aceptado ese nombramiento siendo así que en las
Constituciones está prohibido recibir sin permiso especial del Provincial grados
académicos.
Bueno, el Padre Jesús Fernández no le
dio importancia a la cosa; yo le expliqué al Padre Guevara lo que había pasado y todo
quedó de ese tamaño.
En el viaje a España, para estudiar la
teología, llevé como compañeros a los hermanos Germán Fernández y Salomón
Rodríguez, que iban a estudiar la filosofía.
En lo que queda de mi vida sólo quiero
recordar, como episodio pintoresco, que estudiando yo en Munich, me tocó, creo que el
año 23, el Putsch de Hitler.
Hitler estaba allá todo el tiempo que yo
estudié en la Universidad. Todos nos admirábamos de ver cómo salían las milicias suyas
a los campos vecinos de la ciudad para sus maniobras militares; pero un día amanecimos en
revolución. Hizo Hitler un gran mitin en una cervecería que está al otro lado del Inn,
el río que atraviesa a Munich; y cuando estaban en lo mejor del mitin (había invitado al
jefe del gobierno, Von Kar, quien estaba presente) saltó Hitler sobre la mesa, disparó
una pistola al aire y dijo: "Señores: en este momento se cambia el gobierno de
Baviera y dentro de poco tendremos cambiado el gobierno de todo el reino. El que se mueva
de este salón quedará inmediatamente tendido porque las entradas y salidas están
guardadas con ametralladoras y al presidente Von Kar le vamos a dar cinco minutos para que
reflexione si se une a nosotros o si se opone; porque si se opone está preso". A los
cinco minutos Von Kar dijo que él se sumaba al movimiento. Entonces lo aclamaron y
salieron la mayor parte de los asistentes. Inclusive Von Kar. Pero éste salió, cogió el
teléfono y avisó al Ministerio de Guerra y puso toda la tropa en guardia contra los que
estaban allí encerrados en la cervecería presididos por Hitler y el general Ludendorf
que, fuera de Hindemburg, era el general de más prestigio en Alemania.
Al día siguiente amaneció, pues, la
ciudad cambiada. Por la mañana no había periódicos, lo único que me dieron fue una
hoja impresa que tenía el primer Decreto del nuevo gobierno de Hitler en el cual ordenaba
a todos los judíos presentarse ante el Tribunal, en el cual no habría clemencia ninguna,
y a mediodía Ludendorf le dijo a Hitler: "vamos a tomarnos el Ministerio de Guerra,
pero vamos desarmados".
Salió, pues, toda la columna de los
nacionalsocialistas presidida por Hitler y por Ludendorf; llegaron a la Königsplatz, que
es la entrada de la gran avenida Ludwig Strasse, donde están el Ministerio de Guerra y la
Universidad. Yo había pasado hacía poco por ahí, porque después de dar una vuelta y
ver la situación en que la ciudad estaba, me volví a almorzar a nuestra residencia, que
estaba detrás del Ministerio de Guerra. Al llegar a Königsplatz, unos soldaditos que
allí estaban dijeron: "tenemos orden de no dejar pasar".
Ludendorf dijo: "pero yo soy
Ludendorf".
La orden es no dejar pasar a nadie.
Quisieron pasar, dispararon los soldados y quedaron tendidos 4 o 5 allí, que son los
héroes que tanto han celebrado los nazis después.
Hitler quedó herido, pero lograron
sacarlo en un camión y se escondió en una montaña. Más tarde allá lo cogieron y lo
metieron en una prisión donde escribió Mein
Kampf, así que me tocó el
famoso Putsch en Munich.
Después, también vi cómo se
restableció el orden y así pude terminar tranquilamente ese año y volver, ya terminados
mis estudios, a España.
Conque hasta aquí, Padre Carlitos, y
buenas tardes.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 161,
Bogotá, 1º de junio de 1974, pp. 4-15.
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