La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Eduardo Santos

El 27 de marzo de 1999  falleció en Bogotá el Dr. Eduardo Santos. Había nacido en esta misma capital el 28 de agosto de 1888. Fueron sus padres el Dr. Francisco Santos Galvis y doña Leopoldina Montejo de Santos. Hizo las primeras letras en la escuela de doña Pepita Arjona y luego pasó al colegio de Colón dirigido por D. Víctor Mallarino; estudios de bachillerato en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y de derecho en la Universidad Nacional, donde optó al título de doctor el 9 de junio de 1908. El 25 de noviembre de 1917 contrajo matrimonio con Lorencita Villegas Restrepo, de quien escribió, a raíz de su muerte, unas hermosas y bien sentidas páginas con el título de Apuntes para una biografía. Veamos este aparte:

"Siempre elegante y refinada, mimada por la suerte que le dio cuanto en lo material hubiera podido soñar, se sentía demócrata de corazón, muy cerca de su pueblo, de las gentes sencillas, de los campesinos (había nacido, el 5 de octubre de 1898, en una pequeña hacienda de su padre, "El Paisaje", en el corregimiento de Dos Quebradas, del municipio de Santa Rosa de Cabal), y decía graciosamente: "Al fin y al cabo yo no soy sino una montañera...". Cuánto la habrán emocionado, en el más allá, donde todo se ve, las innumerables manifestaciones de duelo y afecto de gentes que apenas si la vieron de lejos, o sólo oyeron hablar de ella; de centenares de comités y directorios municipales de pueblos por donde alguna vez pasó fugazmente, o que ni siquiera conoció. A todos había querido en múltiples ocasiones envolver en una red de afecto solidario, de íntima y cristiana comunión de sentimientos, sin odios para nadie, con amor para todos, con ternura permanente por los débiles, por los que sufren, por los olvidados."

En 1909 fundó y dirigió en Bogotá La Revista, en unión de D. Tomás Rueda Vargas. Desde entonces, con transitorias interrupciones, se consagró por vocación y convicción a la tarea periodística, como lo revela a cabalidad el reportaje autobiográfico que, como homenaje y en recordación de tan ilustre hombre público, reproducimos en estas páginas. Este reportaje fue tomado por el Dr. Jaime Posada y se publicó el 30 de enero de 1951, con ocasión del cuadragésimo aniversario de la fundación de El Tiempo.

Desde muy joven el Dr. Santos también se dedicó a la actividad política en la que sobresalió y conquistó los más destacados puestos de comando: miembro de la Convención Nacional Republicana, consejero municipal de Bogotá, diputado a la Asamblea de Cundinamarca, representante a la Cámara y senador de la República en varios períodos, miembro de la Dirección Nacional Liberal, ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno del presidente Enrique Olaya Herrera, gobernador del departamento de Santander y presidente de la República durante el período constitucional de 1938 a 1942. Acerca de esta administración el historiador Laureano García Ortiz dijo: "No hay sitio del país donde no quede una muestra del afán y de la preocupación del presidente Santos por su progreso, ornato y embellecimiento".

En diversas ocasiones el Dr. Santos asistió como delegado de nuestro país a la Asamblea de la Sociedad de las Naciones, concurrió a la Conferencia General de Desarme reunida en Ginebra en 1932, fue agente especial con carácter de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Colombia ante los gobiernos de Europa, y como presidente de la República firmó el tratado con Venezuela, en el puente internacional, el 5 de abril de 1941. Además de escritor, político, parlamentario y hombre de estado, el Dr. Eduardo Santos fue un distinguido intelectual y, particularmente, un consagrado historiador. Fue miembro de número y presidente honorario vitalicio de la Academia Colombiana de Historia y numerario de la Academia Colombiana de la Lengua. Al comienzo del discurso de recepción, pronunciado el 20 de julio de 1938 en la Academia antes mencionada, hizo la siguiente manifestación autobiográfica:

"Ilusión tan ingenua como ardiente de mis primeros años fue la de consagrarme a las letras, hasta hacer de ellas el objeto de todos mis esfuerzos y la meta de mis aspiraciones. Lector infatigable y omnívoro, pasé mi infancia y juventud entre los libros, que fueron para mí, por mucho tiempo, ocupación preferente y pasión dominante. Para satisfacerla, todo era favorable en el ambiente provincial y tranquilo de la Bogotá anterior al Centenario. En esa ciudad silenciosa y apacible, sin tráfico y sin diversiones, encerrada en el marco de sus montañas y cuyo aislamiento se compensaba tan sólo por sus tradiciones de cultura, sólo en la lectura podía encontrar un espíritu curioso e inquieto la satisfacción de su anhelo. Aquellas lecturas desordenadas, cuya falta de método hoy me horroriza y cuya cantidad me asombra, iban de vez en cuando acompañadas de ensayos bien poco afortunados, de una tenaz participación en concursos literarios, sin que me desalentara el no menos tenaz y más justificado insuceso.

Si mis sueños infantiles se hubieran realizado, y fuera yo lo que entonces deseaba ser, quizá mi presencia entre vosotros y vuestra elección, que tanto me honra, tendrían el fundamento de que hoy carecen. Pero la vida me llevó por caminos distintos del de las puras disciplinas literarias. Si hizo de este vuestro nuevo colega un escritor y un orador, no fue en los campos del humanismo auténtico, en donde se destacaron airosamente mis predecesores en esta silla, no fue en el culto reverente y cuidadoso de las bellas letras, sino en el afanoso bregar del periodismo y de la tribuna parlamentaria y política. Por más de veinticinco años fue la pluma mi exclusiva ocupación, pero tuve en ella un instrumento de labor, de constante trabajo diario, inevitablemente rudo y descuidado, con miras siempre a la acción, eficaz sin duda y resonante, pero que, en mi caso, no podría presentarse como título suficiente para la Academia. Y tampoco como orador podría aspirar a sentarme entre vosotros, porque también en esa materia la obra que debía realizar de caracteres muchas veces urgentes, me ha impedido pensar demasiado en la forma, me ha privado del tiempo necesario para pulir el estilo, obligándome a concentrar todas mis fuerzas en la acción que por medio de la palabra me era preciso realizar."

De la gestión presidencial del Dr. Eduardo Santos queda el libro titulado Estampas de la vida colombiana: discursos y mensajes, 1938-1942 (Vol. XIII de la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana); de su actividad periodística tenemos la obra que lleva por nombre Periodismo (Vol. 69 de la Selección Samper Ortega de Literatura Colombiana, Bogotá, 1937), compilación de escritos de Eduardo, Enrique y Gustavo Santos; así mismo, de su fecunda labor cultural, política y parlamentaria, contamos con múltiples artículos, ensayos, discursos y conferencias que vieron la luz en diferentes publicaciones periódicas, especialmente en el diario de su propiedad, con el que está consubstanciada casi toda la vida de tan eminente colombiano. Es oportuno recordar que el presidente Santos, con la firma del Dr. Jorge Eliécer Gaitán como ministro de Educación Nacional, mediante Decreto número 465 de 1940 (marzo 5), fundó el Ateneo Nacional de Altos Estudios, del cual hizo parte el Instituto Rufino J. Cuervo, que posteriormente, por la Ley 5ª de 1942 (agosto 25), se denominó Instituto Caro y Cuervo.

El Dr. Eduardo Santos fue presidente honorario de la tesis De la libertad de prensa en Colombia, con la cual el autor de esta nota obtuvo el título de doctor en Derecho y Ciencias Políticas, en la Universidad del Cauca, de Popayán, en 1957.

 


Reportaje autobiográfico

Recuerdo del fundador

En El Tiempo no se podrá olvidar jamás lo que representó Alfonso Villegas Restrepo, su fundador. Bajo su dirección se publicaron seiscientas setenta y siete ediciones, del 30 de enero de 1911 al 30 de junio de 1913. Apenas se retiró de la dirección durante un mes, en mayo de 1912, con motivo de la muerte de su santa madre, y en ese mes lo reemplazó Tomás Rueda Vargas. Villegas Restrepo creó este periódico con su espíritu, con abnegación y austeridad infinitas, con un sacrificio de todas las horas. Disponía de escasísimos medios materiales, que reemplazaba con energía indomable y entusiasmo sin límites. Pasó momentos amarguísimos, que logró superar a fuerza de valor; procedió a todas horas con un idealismo espléndido, con el más arrogante desinterés, y libró campañas magníficas que no se olvidarán. Cuando se retiró, físicamente agotado por la más tremenda de las luchas, dejaba este periódico anclado en el vasto prestigio que para él había logrado y saturado para siempre de su enseñanza y de su ejemplo.

Y usted, ¿cuándo entró a El Tiempo, doctor Santos?

El Tiempo se confunde con mi vida entera. Me unía con Alfonso Villegas una amistad fraternal desde los claustros universitarios y desde cuando él fundó el periódico quiso que yo lo acompañara. Estaba yo entonces en Europa, y en el segundo número apareció como editorial una extensa carta política que yo le dirigí desde Madrid. Cuando regresé al país, en julio de 1911, él se empeñó en que yo entrase a El Tiempo como su compañero en la dirección y en la redacción, y, con tal objeto, redactamos e imprimimos una circular, en la que se daba cuenta de esa nueva organización del periódico, pero ella quedó sin efecto, y apenas sí conservo un ejemplar como recuerdo de esos días iniciales, tan difíciles. Las ganancias de El Tiempo entonces eran poco menos que nulas y mi familia y yo atravesábamos circunstancias muy precarias, que me obligaron a trabajar en algo que nos asegurase la subsistencia. Por esa misma razón no pude aceptar la dirección de Gaceta Republicana que me ofreció Olaya Herrera, mi amigo de toda la vida, porque tampoco allí podía entonces ganarse nada. Entonces el doctor Olaya, que era ministro de Relaciones Exteriores, me nombró oficial mayor del ministerio, primero, y, luego, jefe del archivo diplomático y consular. Cerca de dos años serví ese empleo y adquirí entonces la afición a las cuestiones internacionales que siempre me han obsesionado.

Pero durante esos dos años, al lado de Alfonso Villegas, trabajé constantemente todas las noches en El Tiempo. Solía entonces Alfonso decir que tenía El Tiempo una comisión asesora compuesta por Tomás Rueda Vargas, por Jorge de la Cruz y por mis permanentes compañeros de esa época.

¿Y cómo adquirió usted El Tiempo?

Lo compré en cinco mil pesos. Creo que apenas sí le alcanzaron a Alfonso Villegas para pagar sus deudas y para marchar a Nueva York, en donde había de ganarse la vida trabajando heroicamente. Yo no tenía esos cinco mil pesos. La herencia de mi padre, único patrimonio mío, consistía en una pequeña casita, situada en la calle séptima, abajo de la carrera décima, que valía unos tres mil pesos. Pensé en conseguir un socio, e inmediatamente propuse esa combinación a Tomás Rueda, quien de la manera más enfática me convenció de que era un error funesto el entrar así a la vida del periodismo que, como ninguna otra, requiere plena independencia. Un socio, cualquier socio —me decía Tomás—, así sea el mejor de todos, implica, a la corta o a la larga, grandes complicaciones. Resolví entonces, de acuerdo con él, lanzarme solo a la aventura. Los bienes que poseíamos mi mamá, mi hermano Gustavo y yo, valían, en total, unos nueve mil pesos, en fincas raíces, y aunque entonces los bancos exigían que la garantía hipotecaria excediera en el doble a la suma solicitada, don Carlos Camacho, gerente del Banco de Bogotá, accedió a prestarnos esos cinco mil pesos sobre esas hipotecas. Así se hizo, en octubre de 1913. Ni siquiera para pagar El Tiempo tuve necesidad de solicitar la firma o la fianza de nadie.

Por cierto que en 1918, al terminar la primera guerra universal, hubo una considerable alza de precios en Bogotá, y entonces pude vender mi casita de la calle séptima, exactamente por cinco mil pesos y con ellos pagué la deuda que había contraído para comprar El Tiempo. Por eso puedo decir que lo compré con la herencia de mi padre, que, por lo demás, es la única herencia que he recibido en mi vida.

El doctor Santos guardó silencio unos instantes, y exclamó:

Quiero declararle, de una manera muy enfática y categórica, que la verdadera característica de El Tiempo, lo que constituye su ejecutoria de nobleza, lo que ya en los principios de la vejez me llena de satisfacción y orgullo, es que jamás he tenido un socio capitalista en El Tiempo. No hay ningún colombiano, mejor aún, no hay ningún ser humano que pueda decir que ha aportado un centavo para el sostenimiento o ensanche del periódico. No he celebrado nunca contratos con ningún gobierno. No hay nadie que tenga el derecho de decir, en forma ninguna, que ha contribuido con sus dineros al desarrollo o crecimiento de mi empresa. Los consejos que me diera Tomás Rueda los he seguido al pie de la letra siempre. El Tiempo ha ido creciendo con sus propias fuerzas, con el capital que él mismo ha creado, sin valedores ni accionistas.

La verdad es que yo nunca he perdido en El Tiempo. El primer mes, julio de 1913, me produjo dieciséis pesos de utilidad; desde el segundo mes me dio lo necesario para vivir. Cuando ya empezó a ser un negocio próspero, con el sobrante que quedaba entre los gastos de mi vida modesta y las entradas cada vez mayores, empezamos a comprar primero un linotipo, después otro, después la primera duplex plana, y así hasta llegar a los espléndidos talleres de hoy. Todo esto ha sido la labor de cuarenta años de trabajo diario, diario, en el sentido literal de la palabra, nunca interrumpido. Todo esto se debe a una continuidad en el esfuerzo de que, modestia aparte, hay pocos ejemplos en Colombia.

Y quiero decir algo más, porque es la verdad y una verdad de que estoy muy orgulloso. No sólo me ha animado en la vida periodística esa convicción de que una empresa como El Tiempo tiene que estar desligada de entidades capitalistas que pudieran ejercer presión sobre ella en cualquier sentido, sino que he creído también que era mi deber abstenerme por completo, y con escrupulosidad perfecta, de participar en ninguna clase de negocios distintos de los lícitos y correctos que implica la vida misma de un diario.

Ni acciones ni negocios

Nunca he tenido negocios ningunos distintos de El Tiempo, ni he sido socio de ninguna empresa industrial, ni he tenido jamás una acción en ninguna compañía nacional o extranjera. Nada, absolutamente nada, distinto de El Tiempo. Una acción tuve en la Scadta, comprada en el banquete con que celebramos la llegada a Girardot del primer avión piloteado por Von Krohn. En ese banquete se resolvió que, como muestra de simpatía por la naciente aviación colombiana, los asistentes a esa fiesta compráramos una acción de cien pesos de la Scadta, y así lo hice. La conservé por algunos años, como recuerdo de ese día, hasta que al fin resolví venderla por la misma suma que por ella había pagado para poder afirmar como afirmo, sin miedo a que nadie me desmienta, que no soy accionista de nada. Que no hay una sola compañía, ni en el país ni fuera de él, que me cuente ni me haya contado nunca en el número de sus participantes. No he sido nunca miembro de ninguna junta directiva; no he tenido nunca, en ningún momento, negocios con nadie. Y usted comprenderá que oportunidades no han debido faltarme.

No tengo tampoco —como algunos, en su afán de presentarme como un capitalista desaforado, han solido inventar— grandes propiedades en Bogotá. No tengo ni las casas de departamentos que me achacan, ni he sido jamás propietario de teatros ningunos, ni tengo propiedades rurales distintas de mi finca de recreo de Bizerta, que no alcanza a tener veinte hectáreas. Fuera de mi casa de habitación tengo unas casas en barrios apacibles de Chapinero, que me producen unos dos mil pesos mensuales por arriendos. Eso y El Tiempo constituyen la totalidad de lo que mi mujer y yo tenemos. Y ello se explica, porque casi todo lo que El Tiempo ha producido lo ha invertido en su propio desarrollo y en su constante crecimiento.

Hice, sí, una vez, por la buena fortuna que me ha acompañado en mi vida, un espléndido negocio, al cual debo tal vez toda mi tranquilidad económica. En 1919 editaba yo El Tiempo y vivía en una casa arrendada de la carrera séptima, frente al Hospicio. Su dueño quiso ocuparla y me vi obligado a buscar dónde pasarme. Encontré en condiciones perfectas para lo que yo necesitaba la casa donde actualmente se edita El Tiempo, entre la calle 14 y el río San Francisco, y la compré en 1919 por cuarenta mil pesos. Lo pude hacer porque sobre esa casa pesaban hipotecas por veinticinco mil pesos, con largos plazos, y conseguí un préstamo bancario por el resto. Poco a poco pude ir amortizando esa deuda, y la extraordinaria valorización de esa finca representa hoy lo más sólido de mi fortuna. Pero no la compré con fines de especulación, sino porque necesitaba vivir en ella y editar allí el periódico. Allí viví hasta 1934 y allí se edita todavía El Tiempo. Ese sí fue un extraordinario golpe de suerte, de trascendencia para mí incalculable.

Pero se preguntará usted, mi querido amigo, por qué le cuento todas estas cosas. Porque quiero afirmar, de manera perentoria y definitiva, lo que es para mí la base ética indiscutible de la profesión de periodista. Yo no fui nunca —ya puedo hablar en pretérito— hombre de negocios. Yo consideré, y considero, incompatible la profesión de periodista con las actividades propias del hombre de negocios. Me parecía, y me parece, que no puede uno aspirar a orientar o a reflejar la opinión pública si no tiene una total independencia respecto de los grandes negocios si participa en ellos, en alguna forma. Yo he querido que El Tiempo pueda referirse a todas las cosas sin que el interés que tenga en determinado negocio pueda influir directa o indirectamente en sus opiniones.

Y me he abstenido también escrupulosamente de cuanto pudiera significar tentativas de monopolio en ningún sentido. Hace poco una real comisión del parlamento británico estudió a fondo los problemas del periodismo en Inglaterra, y reconociendo la probidad, que es el rasgo nobilísimo de la prensa inglesa, como un hecho indiscutible, advirtió también como un grave peligro para la democracia británica la existencia de cadenas de periódicos que ligados por un mismo interés, así sea el más sano, pueden dominar demasiado la opinión del país. A mí se me presentaron, en mi ya larga vida periodística, muchas oportunidades de establecer, bajo mi control político y económico, cadenas de periódicos en Colombia, como existen en tantos países, y las rechacé todas. No he querido nunca tener participación en ninguna empresa periodística regional, ni nadie ha visto con más simpatía que yo el progreso de las empresas periodísticas de Colombia, que son cada día más fuertes. Creo que de ello he dado pruebas que nadie puede desconocer.

Por la misma razón me he abstenido de tomar parte en empresas de radiodifusión, ni he querido, como tantas veces se me propuso y en condiciones halagüeñas, extraordinariamente halagüeñas, montar una empresa radiodifusora que fuera de propiedad de El Tiempo. No he querido nunca salir del radio exclusivo de mi periódico, de mi empresa sin accionistas ni acreedores, de la plena independencia de El Tiempo, en todo sentido. Por eso mismo no ha sido nunca El Tiempo casa editorial ni lo será.

Actividad limpia y honesta

¿Y a qué se debe el extraordinario progreso económico de El Tiempo?

Se debe al ejercicio limpio, implacablemente honrado, de la industria periodística, concebida dentro de las más sanas normas. Los periódicos independientes que quieran serlo tienen que vivir de la publicidad noblemente entendida. No, jamás, de la publicidad de artículos encaminados a favorecer o a amparar determinados negocios. El Tiempo no lo ha hecho nunca, y nadie será osado a pretenderlo. Los avisos son cosa muy distinta. A ellos apelan quienes quieren favorecer sus intereses, haciendo conocer sus productos y pagando el servicio correspondiente. No creo que haya nadie suficientemente cándido para imaginarse que al pagar un aviso en un periódico como El Tiempo está haciendo otra cosa que dar a conocer su negocio, después de pensar y resolver si ello le conviene o no le conviene. Entre los avisos de El Tiempo y las orientaciones de la dirección y redacción ha habido y habrá siempre una valla infranqueable. Son cosas totalmente independientes, y es ése el más honrado y claro de los negocios. Yo, personalmente, no he sabido, casi nunca, quiénes son los anunciadores de El Tiempo. Y estoy seguro de que, en infinidad de casos, muchos de ellos han estado en desacuerdo con la política que El Tiempo adelanta. Pero ni ellos tienen que ver con esa política, ni El Tiempo tiene intervención e injerencia ninguna en lo que sus avisadores hagan. Claro está que tampoco El Tiempo, ni ningún periódico de la tierra que se respete, publica todos los avisos que se le lleven. En esto las fronteras entre lo lícito y lo ilícito están tan claramente trazadas, que no hay quien se equivoque.

Fíjese usted, pues, y fíjense los lectores de El Tiempo, cuál ha sido la trayectoria de este periódico, y cuáles las características de que él puede enorgullecerse en estas materias. Es un orgullo para la República, repito, y lo digo sin ambages, el que la más fuerte tribuna de opinión que el país haya conocido, haya vivido y se haya desarrollado al amparo de esta plena independencia, totalmente desligada de las potencias económicas.

En lo político, jamás un directorio ha tenido que dar un centavo para campañas de El Tiempo ni para sostenerlo en ningún sentido. Nunca existieron suscripciones para ayudar a sostener El Tiempo. En todas las campañas electorales El Tiempo ha figurado como contribuyente. Porque lo que pasa, mi querido amigo, es que nunca me ha dominado el ansia de hacer un gran capital. He querido fundar una grande empresa periodística, independiente, sana, libre, y lo he logrado. La fortuna me ha permitido vivir bien y he procurado hacerlo.

Ideal de una vida

Pero basta ya de estas reminiscencias personales. Me creo obligado a decir todo lo que he dicho porque considero que la misión del periodista es esencial y sustancialmente pública, y porque considero que un periodista como yo debe vivir en casa de cristal. La inmensa fortuna que mis adversarios me inventan, si existiera, no tendría explicaciones satisfactorias. Yo no quiero con mi silencio autorizar la existencia de leyendas que me son profundamente desagradables. Yo he podido equivocarme en muchas cosas. Sin duda, hay actos de mi vida de que tenga que arrepentirme. Pero, como dijo Martí, uno de los derechos fundamentales del periodista es el de equivocarse de buena fe. Sin duda, me he equivocado muchas veces, pero jamás el vil interés ha tenido parte en ello. Si la fortuna ha sido pródiga conmigo, puedo terminar mi existencia mostrando mis manos limpias de toda mancha de dinero, presentando a mi país la imagen sin sombra de un periodista y de un gobernante que no tiene un centavo que no haya sido adquirido con la más escrupulosa probidad. Que no ha especulado nunca ni con su profesión, ni con sus puestos; que no tiene miedo de que haya nadie sobre la faz de la tierra que pueda decir que no es cierto cuanto yo estoy diciendo aquí.

Con voz ligeramente velada por la emoción me dice el doctor Santos:

"La vida ha sido muy generosa conmigo y me ha permitido realizar algunas de mis más grandes ilusiones, como la paz entre Colombia y el Perú, como la eliminación de todas las diferencias existentes con Venezuela y la consolidación de íntimas relaciones fraternales entre los dos países. Quise también fundar un gran periódico independiente, libre de todo compromiso económico, fuerte por su propia vitalidad y que con un pasado y unos orígenes intachables tenga bases económicas vigorosas que le permitan luchar por su país y por sus ideas, sin estar sujeto a imposiciones ningunas, sin depender de nadie, lo he logrado plenamente. De ello puede enorgullecerse Colombia. Nuestra prensa ha sido siempre honrada y pura y se destacó por ello luminosamente. Yo he seguido las huellas enaltecedoras de Murillo Toro y Santiago Pérez, de Tomás Cuenca y Caro, de Martínez Silva y Carlos Arturo Torres, de Fidel Cano y Carlos E. Restrepo, con mucha más fortuna personal que ellos, sin duda, con menos talento, pero no con menos dignidad ni con intenciones y procederes menos limpios."

Después de un largo silencio, que no me atreví a romper, agrega:

Diga usted también cuán emocionado recuerdo tengo de cuantos me han acompañado en las tareas de El Tiempo: de Calibán, para quien todo elogio sería poco y sobre el cual no puedo extenderme, porque me lo veda un pudor de hermano agradecido que en él ha tenido a su colaborador máximo; de don Fabio Restrepo, de quien ya hablé; de los centenares de amigos que han trabajado a mis órdenes. En cuarenta años no he tenido jamás un conflicto de trabajo, como no lo tuvo tampoco Alfonso Villegas. He querido ser amigo y compañero de quienes han trabajado conmigo. En las épocas iniciales conviví con ellos todos los días y todas las noches en la más íntima fraternidad, y los recuerdo a todos, los desaparecidos y los presentes, con intenso afecto y agradecimiento constante. No quiero citar nombres, por el temor de que usted olvide alguno, pero todos viven en mi corazón, de manera honda y perenne.

Se abre una nueva etapa para El Tiempo, y a quienes ahora lo dirigen y redactan, y a cuantos en él trabajan, han de acompañarlos siempre mi afecto y mi gratitud [...].

El Dr. Santos se levanta y, extendiéndome la mano, dice:

Y me parece que como reportaje esto basta y sobra. Si usted ha querido oírme, creo que le he quitado las ganas por mucho tiempo. Pero quizás había cosas que era necesario decir.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 160,
Bogotá, 1º de mayo de 1974, pp. 14-19.

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