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Eduardo Santos
El 27 de marzo de 1999 falleció en
Bogotá el Dr. Eduardo Santos. Había nacido en esta misma capital el 28 de agosto de
1888. Fueron sus padres el Dr. Francisco Santos Galvis y doña Leopoldina Montejo de
Santos. Hizo las primeras letras en la escuela de doña Pepita Arjona y luego pasó al
colegio de Colón dirigido por D. Víctor Mallarino; estudios de bachillerato en el
Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y de derecho en la Universidad Nacional,
donde optó al título de doctor el 9 de junio de 1908. El 25 de noviembre de 1917
contrajo matrimonio con Lorencita Villegas Restrepo, de quien escribió, a raíz de su
muerte, unas hermosas y bien sentidas páginas con el título de Apuntes para una
biografía. Veamos este aparte:
"Siempre elegante y refinada, mimada
por la suerte que le dio cuanto en lo material hubiera podido soñar, se sentía
demócrata de corazón, muy cerca de su pueblo, de las gentes sencillas, de los campesinos
(había nacido, el 5 de octubre de 1898, en una pequeña hacienda de su padre, "El
Paisaje", en el corregimiento de Dos Quebradas, del municipio de Santa Rosa de
Cabal), y decía graciosamente: "Al fin y al cabo yo no soy sino una
montañera...". Cuánto la habrán emocionado, en el más allá, donde todo se ve,
las innumerables manifestaciones de duelo y afecto de gentes que apenas si la vieron de
lejos, o sólo oyeron hablar de ella; de centenares de comités y directorios municipales
de pueblos por donde alguna vez pasó fugazmente, o que ni siquiera conoció. A todos
había querido en múltiples ocasiones envolver en una red de afecto solidario, de íntima
y cristiana comunión de sentimientos, sin odios para nadie, con amor para todos, con
ternura permanente por los débiles, por los que sufren, por los olvidados."
En 1909 fundó y dirigió en Bogotá La
Revista, en unión de D. Tomás Rueda Vargas. Desde entonces, con transitorias
interrupciones, se consagró por vocación y convicción a la tarea periodística, como lo
revela a cabalidad el reportaje autobiográfico que, como homenaje y en recordación de
tan ilustre hombre público, reproducimos en estas páginas. Este reportaje fue tomado por
el Dr. Jaime Posada y se publicó el 30 de enero de 1951, con ocasión del cuadragésimo
aniversario de la fundación de El
Tiempo.
Desde muy joven el Dr. Santos también se
dedicó a la actividad política en la que sobresalió y conquistó los más destacados
puestos de comando: miembro de la Convención Nacional Republicana, consejero municipal de
Bogotá, diputado a la Asamblea de Cundinamarca, representante a la Cámara y senador de
la República en varios períodos, miembro de la Dirección Nacional Liberal, ministro de
Relaciones Exteriores en el gobierno del presidente Enrique Olaya Herrera, gobernador del
departamento de Santander y presidente de la República durante el período constitucional
de 1938 a 1942. Acerca de esta administración el historiador Laureano García Ortiz dijo:
"No hay sitio del país donde no quede una muestra del afán y de la preocupación
del presidente Santos por su progreso, ornato y embellecimiento".
En diversas ocasiones el Dr. Santos
asistió como delegado de nuestro país a la Asamblea de la Sociedad de las Naciones,
concurrió a la Conferencia General de Desarme reunida en Ginebra en 1932, fue agente
especial con carácter de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Colombia
ante los gobiernos de Europa, y como presidente de la República firmó el tratado con
Venezuela, en el puente internacional, el 5 de abril de 1941. Además de escritor,
político, parlamentario y hombre de estado, el Dr. Eduardo Santos fue un distinguido
intelectual y, particularmente, un consagrado historiador. Fue miembro de número y
presidente honorario vitalicio de la Academia Colombiana de Historia y numerario de la
Academia Colombiana de la Lengua. Al comienzo del discurso de recepción, pronunciado el
20 de julio de 1938 en la Academia antes mencionada, hizo la siguiente manifestación
autobiográfica:
"Ilusión tan ingenua como ardiente
de mis primeros años fue la de consagrarme a las letras, hasta hacer de ellas el objeto
de todos mis esfuerzos y la meta de mis aspiraciones. Lector infatigable y omnívoro,
pasé mi infancia y juventud entre los libros, que fueron para mí, por mucho tiempo,
ocupación preferente y pasión dominante. Para satisfacerla, todo era favorable en el
ambiente provincial y tranquilo de la Bogotá anterior al Centenario. En esa ciudad
silenciosa y apacible, sin tráfico y sin diversiones, encerrada en el marco de sus
montañas y cuyo aislamiento se compensaba tan sólo por sus tradiciones de cultura, sólo
en la lectura podía encontrar un espíritu curioso e inquieto la satisfacción de su
anhelo. Aquellas lecturas desordenadas, cuya falta de método hoy me horroriza y cuya
cantidad me asombra, iban de vez en cuando acompañadas de ensayos bien poco afortunados,
de una tenaz participación en concursos literarios, sin que me desalentara el no menos
tenaz y más justificado insuceso.
Si mis sueños infantiles se hubieran
realizado, y fuera yo lo que entonces deseaba ser, quizá mi presencia entre vosotros y
vuestra elección, que tanto me honra, tendrían el fundamento de que hoy carecen. Pero la
vida me llevó por caminos distintos del de las puras disciplinas literarias. Si hizo de
este vuestro nuevo colega un escritor y un orador, no fue en los campos del humanismo
auténtico, en donde se destacaron airosamente mis predecesores en esta silla, no fue en
el culto reverente y cuidadoso de las bellas letras, sino en el afanoso bregar del
periodismo y de la tribuna parlamentaria y política. Por más de veinticinco años fue la
pluma mi exclusiva ocupación, pero tuve en ella un instrumento de labor, de constante
trabajo diario, inevitablemente rudo y descuidado, con miras siempre a la acción, eficaz
sin duda y resonante, pero que, en mi caso, no podría presentarse como título suficiente
para la Academia. Y tampoco como orador podría aspirar a sentarme entre vosotros, porque
también en esa materia la obra que debía realizar de caracteres muchas veces urgentes,
me ha impedido pensar demasiado en la forma, me ha privado del tiempo necesario para pulir
el estilo, obligándome a concentrar todas mis fuerzas en la acción que por medio de la
palabra me era preciso realizar."
De la gestión presidencial del Dr.
Eduardo Santos queda el libro titulado Estampas de la vida colombiana: discursos y
mensajes, 1938-1942 (Vol. XIII de la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana); de su
actividad periodística tenemos la obra que lleva por nombre Periodismo (Vol. 69 de
la Selección Samper Ortega de Literatura Colombiana, Bogotá, 1937), compilación de
escritos de Eduardo, Enrique y Gustavo Santos; así mismo, de su fecunda labor cultural,
política y parlamentaria, contamos con múltiples artículos, ensayos, discursos y
conferencias que vieron la luz en diferentes publicaciones periódicas, especialmente en
el diario de su propiedad, con el que está consubstanciada casi toda la vida de tan
eminente colombiano. Es oportuno recordar que el presidente Santos, con la firma del Dr.
Jorge Eliécer Gaitán como ministro de Educación Nacional, mediante Decreto número 465
de 1940 (marzo 5), fundó el Ateneo Nacional de Altos Estudios, del cual hizo parte el
Instituto Rufino J. Cuervo, que posteriormente, por la Ley 5ª de 1942 (agosto 25), se
denominó Instituto Caro y Cuervo.
El Dr. Eduardo Santos fue presidente
honorario de la tesis De la
libertad de prensa en Colombia, con la cual el
autor de esta nota obtuvo el título de doctor en Derecho y Ciencias Políticas, en la
Universidad del Cauca, de Popayán, en 1957.
Reportaje autobiográfico
Recuerdo del fundador
En El Tiempo no se podrá olvidar
jamás lo que representó Alfonso Villegas Restrepo, su fundador. Bajo su dirección se
publicaron seiscientas setenta y siete ediciones, del 30 de enero de 1911 al 30 de junio
de 1913. Apenas se retiró de la dirección durante un mes, en mayo de 1912, con motivo de
la muerte de su santa madre, y en ese mes lo reemplazó Tomás Rueda Vargas. Villegas
Restrepo creó este periódico con su espíritu, con abnegación y austeridad infinitas,
con un sacrificio de todas las horas. Disponía de escasísimos medios materiales, que
reemplazaba con energía indomable y entusiasmo sin límites. Pasó momentos
amarguísimos, que logró superar a fuerza de valor; procedió a todas horas con un
idealismo espléndido, con el más arrogante desinterés, y libró campañas magníficas
que no se olvidarán. Cuando se retiró, físicamente agotado por la más tremenda de las
luchas, dejaba este periódico anclado en el vasto prestigio que para él había logrado y
saturado para siempre de su enseñanza y de su ejemplo.
Y usted, ¿cuándo entró a El
Tiempo, doctor Santos?
El Tiempo se confunde con mi vida
entera. Me unía con Alfonso Villegas una amistad fraternal desde los claustros
universitarios y desde cuando él fundó el periódico quiso que yo lo acompañara. Estaba
yo entonces en Europa, y en el segundo número apareció como editorial una extensa carta
política que yo le dirigí desde Madrid. Cuando regresé al país, en julio de 1911, él
se empeñó en que yo entrase a El Tiempo como su compañero en la dirección y en
la redacción, y, con tal objeto, redactamos e imprimimos una circular, en la que se daba
cuenta de esa nueva organización del periódico, pero ella quedó sin efecto, y apenas
sí conservo un ejemplar como recuerdo de esos días iniciales, tan difíciles. Las
ganancias de El Tiempo entonces eran poco menos que nulas y mi familia y yo
atravesábamos circunstancias muy precarias, que me obligaron a trabajar en algo que nos
asegurase la subsistencia. Por esa misma razón no pude aceptar la dirección de Gaceta
Republicana que me ofreció Olaya Herrera, mi amigo de toda la vida, porque tampoco
allí podía entonces ganarse nada. Entonces el doctor Olaya, que era ministro de
Relaciones Exteriores, me nombró oficial mayor del ministerio, primero, y, luego, jefe
del archivo diplomático y consular. Cerca de dos años serví ese empleo y adquirí
entonces la afición a las cuestiones internacionales que siempre me han obsesionado.
Pero durante esos dos años, al lado de
Alfonso Villegas, trabajé constantemente todas las noches en El Tiempo. Solía
entonces Alfonso decir que tenía El Tiempo una comisión asesora compuesta por
Tomás Rueda Vargas, por Jorge de la Cruz y por mis permanentes compañeros de esa época.
¿Y cómo adquirió usted El
Tiempo?
Lo compré en cinco mil pesos. Creo que
apenas sí le alcanzaron a Alfonso Villegas para pagar sus deudas y para marchar a Nueva
York, en donde había de ganarse la vida trabajando heroicamente. Yo no tenía esos cinco
mil pesos. La herencia de mi padre, único patrimonio mío, consistía en una pequeña
casita, situada en la calle séptima, abajo de la carrera décima, que valía unos tres
mil pesos. Pensé en conseguir un socio, e inmediatamente propuse esa combinación a
Tomás Rueda, quien de la manera más enfática me convenció de que era un error funesto
el entrar así a la vida del periodismo que, como ninguna otra, requiere plena
independencia. Un socio, cualquier socio me decía Tomás, así sea el mejor
de todos, implica, a la corta o a la larga, grandes complicaciones. Resolví entonces, de
acuerdo con él, lanzarme solo a la aventura. Los bienes que poseíamos mi mamá, mi
hermano Gustavo y yo, valían, en total, unos nueve mil pesos, en fincas raíces, y aunque
entonces los bancos exigían que la garantía hipotecaria excediera en el doble a la suma
solicitada, don Carlos Camacho, gerente del Banco de Bogotá, accedió a prestarnos esos
cinco mil pesos sobre esas hipotecas. Así se hizo, en octubre de 1913. Ni siquiera para
pagar El Tiempo tuve necesidad de solicitar la firma o la fianza de nadie.
Por cierto que en 1918, al terminar la
primera guerra universal, hubo una considerable alza de precios en Bogotá, y entonces
pude vender mi casita de la calle séptima, exactamente por cinco mil pesos y con ellos
pagué la deuda que había contraído para comprar El
Tiempo. Por eso puedo
decir que lo compré con la herencia de mi padre, que, por lo demás, es la única
herencia que he recibido en mi vida.
El doctor Santos guardó silencio unos
instantes, y exclamó:
Quiero declararle, de una manera muy
enfática y categórica, que la verdadera característica de El Tiempo, lo que
constituye su ejecutoria de nobleza, lo que ya en los principios de la vejez me llena de
satisfacción y orgullo, es que jamás he tenido un socio capitalista en El
Tiempo.
No hay ningún colombiano, mejor aún, no hay ningún ser humano que pueda decir que ha
aportado un centavo para el sostenimiento o ensanche del periódico. No he celebrado nunca
contratos con ningún gobierno. No hay nadie que tenga el derecho de decir, en forma
ninguna, que ha contribuido con sus dineros al desarrollo o crecimiento de mi empresa. Los
consejos que me diera Tomás Rueda los he seguido al pie de la letra siempre. El
Tiempo
ha ido creciendo con sus propias fuerzas, con el capital que él mismo ha creado, sin
valedores ni accionistas.
La verdad es que yo nunca he perdido en El
Tiempo. El primer mes, julio de 1913, me produjo dieciséis pesos de utilidad;
desde el segundo mes me dio lo necesario para vivir. Cuando ya empezó a ser un negocio
próspero, con el sobrante que quedaba entre los gastos de mi vida modesta y las entradas
cada vez mayores, empezamos a comprar primero un linotipo, después otro, después la
primera duplex plana, y así hasta llegar a los espléndidos talleres de hoy. Todo esto ha
sido la labor de cuarenta años de trabajo diario, diario, en el sentido literal de la
palabra, nunca interrumpido. Todo esto se debe a una continuidad en el esfuerzo de que,
modestia aparte, hay pocos ejemplos en Colombia.
Y quiero decir algo más, porque es la
verdad y una verdad de que estoy muy orgulloso. No sólo me ha animado en la vida
periodística esa convicción de que una empresa como El Tiempo tiene que estar
desligada de entidades capitalistas que pudieran ejercer presión sobre ella en cualquier
sentido, sino que he creído también que era mi deber abstenerme por completo, y con
escrupulosidad perfecta, de participar en ninguna clase de negocios distintos de los
lícitos y correctos que implica la vida misma de un diario.
Ni acciones ni negocios
Nunca he tenido negocios ningunos
distintos de El Tiempo, ni he sido socio de ninguna empresa industrial, ni he
tenido jamás una acción en ninguna compañía nacional o extranjera. Nada, absolutamente
nada, distinto de El Tiempo. Una acción tuve en la Scadta, comprada en el banquete
con que celebramos la llegada a Girardot del primer avión piloteado por Von Krohn. En ese
banquete se resolvió que, como muestra de simpatía por la naciente aviación colombiana,
los asistentes a esa fiesta compráramos una acción de cien pesos de la Scadta, y así lo
hice. La conservé por algunos años, como recuerdo de ese día, hasta que al fin resolví
venderla por la misma suma que por ella había pagado para poder afirmar como afirmo, sin
miedo a que nadie me desmienta, que no soy accionista de nada. Que no hay una sola
compañía, ni en el país ni fuera de él, que me cuente ni me haya contado nunca en el
número de sus participantes. No he sido nunca miembro de ninguna junta directiva; no he
tenido nunca, en ningún momento, negocios con nadie. Y usted comprenderá que
oportunidades no han debido faltarme.
No tengo tampoco como algunos, en
su afán de presentarme como un capitalista desaforado, han solido inventar grandes
propiedades en Bogotá. No tengo ni las casas de departamentos que me achacan, ni he sido
jamás propietario de teatros ningunos, ni tengo propiedades rurales distintas de mi finca
de recreo de Bizerta, que no alcanza a tener veinte hectáreas. Fuera de mi casa de
habitación tengo unas casas en barrios apacibles de Chapinero, que me producen unos dos
mil pesos mensuales por arriendos. Eso y El Tiempo constituyen la totalidad de lo
que mi mujer y yo tenemos. Y ello se explica, porque casi todo lo que El Tiempo ha
producido lo ha invertido en su propio desarrollo y en su constante crecimiento.
Hice, sí, una vez, por la buena fortuna
que me ha acompañado en mi vida, un espléndido negocio, al cual debo tal vez toda mi
tranquilidad económica. En 1919 editaba yo El Tiempo y vivía en una casa
arrendada de la carrera séptima, frente al Hospicio. Su dueño quiso ocuparla y me vi
obligado a buscar dónde pasarme. Encontré en condiciones perfectas para lo que yo
necesitaba la casa donde actualmente se edita El Tiempo, entre la calle 14 y el
río San Francisco, y la compré en 1919 por cuarenta mil pesos. Lo pude hacer porque
sobre esa casa pesaban hipotecas por veinticinco mil pesos, con largos plazos, y conseguí
un préstamo bancario por el resto. Poco a poco pude ir amortizando esa deuda, y la
extraordinaria valorización de esa finca representa hoy lo más sólido de mi fortuna.
Pero no la compré con fines de especulación, sino porque necesitaba vivir en ella y
editar allí el periódico. Allí viví hasta 1934 y allí se edita todavía El Tiempo.
Ese sí fue un extraordinario golpe de suerte, de trascendencia para mí incalculable.
Pero se preguntará usted, mi querido
amigo, por qué le cuento todas estas cosas. Porque quiero afirmar, de manera perentoria y
definitiva, lo que es para mí la base ética indiscutible de la profesión de periodista.
Yo no fui nunca ya puedo hablar en pretérito hombre de negocios. Yo
consideré, y considero, incompatible la profesión de periodista con las actividades
propias del hombre de negocios. Me parecía, y me parece, que no puede uno aspirar a
orientar o a reflejar la opinión pública si no tiene una total independencia respecto de
los grandes negocios si participa en ellos, en alguna forma. Yo he querido que El
Tiempo pueda referirse a todas las cosas sin que el interés que tenga en determinado
negocio pueda influir directa o indirectamente en sus opiniones.
Y me he abstenido también
escrupulosamente de cuanto pudiera significar tentativas de monopolio en ningún sentido.
Hace poco una real comisión del parlamento británico estudió a fondo los problemas del
periodismo en Inglaterra, y reconociendo la probidad, que es el rasgo nobilísimo de la
prensa inglesa, como un hecho indiscutible, advirtió también como un grave peligro para
la democracia británica la existencia de cadenas de periódicos que ligados por un mismo
interés, así sea el más sano, pueden dominar demasiado la opinión del país. A mí se
me presentaron, en mi ya larga vida periodística, muchas oportunidades de establecer,
bajo mi control político y económico, cadenas de periódicos en Colombia, como existen
en tantos países, y las rechacé todas. No he querido nunca tener participación en
ninguna empresa periodística regional, ni nadie ha visto con más simpatía que yo el
progreso de las empresas periodísticas de Colombia, que son cada día más fuertes. Creo
que de ello he dado pruebas que nadie puede desconocer.
Por la misma razón me he abstenido de
tomar parte en empresas de radiodifusión, ni he querido, como tantas veces se me propuso
y en condiciones halagüeñas, extraordinariamente halagüeñas, montar una empresa
radiodifusora que fuera de propiedad de El
Tiempo. No he querido nunca salir
del radio exclusivo de mi periódico, de mi empresa sin accionistas ni acreedores, de la
plena independencia de El Tiempo, en todo sentido. Por eso mismo no ha sido nunca El
Tiempo casa editorial ni lo será.
Actividad limpia y honesta
¿Y a qué se debe el extraordinario
progreso económico de El Tiempo?
Se debe al ejercicio limpio,
implacablemente honrado, de la industria periodística, concebida dentro de las más sanas
normas. Los periódicos independientes que quieran serlo tienen que vivir de la publicidad
noblemente entendida. No, jamás, de la publicidad de artículos encaminados a favorecer o
a amparar determinados negocios. El Tiempo no lo ha hecho nunca, y nadie será
osado a pretenderlo. Los avisos son cosa muy distinta. A ellos apelan quienes quieren
favorecer sus intereses, haciendo conocer sus productos y pagando el servicio
correspondiente. No creo que haya nadie suficientemente cándido para imaginarse que al
pagar un aviso en un periódico como El Tiempo está haciendo otra cosa que dar a
conocer su negocio, después de pensar y resolver si ello le conviene o no le conviene.
Entre los avisos de El Tiempo y las orientaciones de la dirección y redacción ha
habido y habrá siempre una valla infranqueable. Son cosas totalmente independientes, y es
ése el más honrado y claro de los negocios. Yo, personalmente, no he sabido, casi nunca,
quiénes son los anunciadores de El Tiempo. Y estoy seguro de que, en infinidad de
casos, muchos de ellos han estado en desacuerdo con la política que El Tiempo
adelanta. Pero ni ellos tienen que ver con esa política, ni El Tiempo tiene
intervención e injerencia ninguna en lo que sus avisadores hagan. Claro está que tampoco
El Tiempo, ni ningún periódico de la tierra que se respete, publica todos los
avisos que se le lleven. En esto las fronteras entre lo lícito y lo ilícito están tan
claramente trazadas, que no hay quien se equivoque.
Fíjese usted, pues, y fíjense los
lectores de El Tiempo, cuál ha sido la trayectoria de este periódico, y cuáles
las características de que él puede enorgullecerse en estas materias. Es un orgullo para
la República, repito, y lo digo sin ambages, el que la más fuerte tribuna de opinión
que el país haya conocido, haya vivido y se haya desarrollado al amparo de esta plena
independencia, totalmente desligada de las potencias económicas.
En lo político, jamás un directorio ha
tenido que dar un centavo para campañas de El Tiempo ni para sostenerlo en ningún
sentido. Nunca existieron suscripciones para ayudar a sostener El
Tiempo. En
todas las campañas electorales El Tiempo ha figurado como contribuyente. Porque lo
que pasa, mi querido amigo, es que nunca me ha dominado el ansia de hacer un gran capital.
He querido fundar una grande empresa periodística, independiente, sana, libre, y lo he
logrado. La fortuna me ha permitido vivir bien y he procurado hacerlo.
Ideal de una vida
Pero basta ya de estas reminiscencias
personales. Me creo obligado a decir todo lo que he dicho porque considero que la misión
del periodista es esencial y sustancialmente pública, y porque considero que un
periodista como yo debe vivir en casa de cristal. La inmensa fortuna que mis adversarios
me inventan, si existiera, no tendría explicaciones satisfactorias. Yo no quiero con mi
silencio autorizar la existencia de leyendas que me son profundamente desagradables. Yo he
podido equivocarme en muchas cosas. Sin duda, hay actos de mi vida de que tenga que
arrepentirme. Pero, como dijo Martí, uno de los derechos fundamentales del periodista es
el de equivocarse de buena fe. Sin duda, me he equivocado muchas veces, pero jamás el vil
interés ha tenido parte en ello. Si la fortuna ha sido pródiga conmigo, puedo terminar
mi existencia mostrando mis manos limpias de toda mancha de dinero, presentando a mi país
la imagen sin sombra de un periodista y de un gobernante que no tiene un centavo que no
haya sido adquirido con la más escrupulosa probidad. Que no ha especulado nunca ni con su
profesión, ni con sus puestos; que no tiene miedo de que haya nadie sobre la faz de la
tierra que pueda decir que no es cierto cuanto yo estoy diciendo aquí.
Con voz ligeramente velada por la
emoción me dice el doctor Santos:
"La vida ha sido muy generosa
conmigo y me ha permitido realizar algunas de mis más grandes ilusiones, como la paz
entre Colombia y el Perú, como la eliminación de todas las diferencias existentes con
Venezuela y la consolidación de íntimas relaciones fraternales entre los dos países.
Quise también fundar un gran periódico independiente, libre de todo compromiso
económico, fuerte por su propia vitalidad y que con un pasado y unos orígenes
intachables tenga bases económicas vigorosas que le permitan luchar por su país y por
sus ideas, sin estar sujeto a imposiciones ningunas, sin depender de nadie, lo he logrado
plenamente. De ello puede enorgullecerse Colombia. Nuestra prensa ha sido siempre honrada
y pura y se destacó por ello luminosamente. Yo he seguido las huellas enaltecedoras de
Murillo Toro y Santiago Pérez, de Tomás Cuenca y Caro, de Martínez Silva y Carlos
Arturo Torres, de Fidel Cano y Carlos E. Restrepo, con mucha más fortuna personal que
ellos, sin duda, con menos talento, pero no con menos dignidad ni con intenciones y
procederes menos limpios."
Después de un largo silencio, que no
me atreví a romper, agrega:
Diga usted también cuán emocionado
recuerdo tengo de cuantos me han acompañado en las tareas de El Tiempo: de
Calibán, para quien todo elogio sería poco y sobre el cual no puedo extenderme, porque
me lo veda un pudor de hermano agradecido que en él ha tenido a su colaborador máximo;
de don Fabio Restrepo, de quien ya hablé; de los centenares de amigos que han trabajado a
mis órdenes. En cuarenta años no he tenido jamás un conflicto de trabajo, como no lo
tuvo tampoco Alfonso Villegas. He querido ser amigo y compañero de quienes han trabajado
conmigo. En las épocas iniciales conviví con ellos todos los días y todas las noches en
la más íntima fraternidad, y los recuerdo a todos, los desaparecidos y los presentes,
con intenso afecto y agradecimiento constante. No quiero citar nombres, por el temor de
que usted olvide alguno, pero todos viven en mi corazón, de manera honda y perenne.
Se abre una nueva etapa para El Tiempo,
y a quienes ahora lo dirigen y redactan, y a cuantos en él trabajan, han de acompañarlos
siempre mi afecto y mi gratitud [...].
El Dr. Santos se levanta y,
extendiéndome la mano, dice:
Y me parece que como reportaje esto basta
y sobra. Si usted ha querido oírme, creo que le he quitado las ganas por mucho tiempo.
Pero quizás había cosas que era necesario decir.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 160,
Bogotá, 1º de mayo de 1974, pp. 14-19.
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