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Alfonso López
Pumarejo
Alfonso López Pumarejo, uno de los más
esclarecidos paladines de la democracia colombiana, nació en Honda, departamento del
Tolima, el 31 de enero de 1886. Fueron sus padres D. Pedro A. López y doña Rosario
Pumarejo de López. El Dr. Eduardo Zuleta Angel en la biografía titulada El Presidente
López (Medellín, Edit. Albon-Interprint S. A., 1968) hace esta recordación:
En Honda vivió Alfonso López los
primeros siete años de su vida, precoz, curioso, vivaz, inquieto, el muchacho no
solamente principió a entrever, desde el establecimiento de su padre, la vida de los
negocios, sino que recibió, al aprender a leer, las primeras lecciones de liberalismo.
"Me enseñaron a leer dijo él
alguna vez en una reunión social, entre serio y chanza en la Cartilla Liberal que
dejó en mi espíritu huellas indelebles. A lo mejor si los maestros se valen
de la Cartilla Conservadora, sería hoy el Jefe de ese Partido".
En 1893 la familia López Pumarejo se
radicó en Bogotá, y aquí el futuro estadista concurre al colegio San Luis Gonzaga y al
Liceo Mercantil. A principios de 1901 viajó a Inglaterra a continuar sus estudios en el
Brighton College. "A esa formación británica le debió, anota el mencionado
biógrafo Zuleta Angel, por lo menos en gran parte, ese buen gusto que lo caracterizó
toda su vida: buen gusto en el estilo, buen gusto en la indumentaria y en sus maneras
sociales...".
Posteriormente viajó a los Estados
Unidos donde adelantó estudios de comercio en Packard School. "Mi padre, escribe
Alfonso López en una de sus cartas, no ahorró jamás gasto ni esfuerzo de ninguna
naturaleza en educarme y en todo tiempo y lugar trató de elevarme a las mayores
alturas...". A los 18 de su edad retornó a Bogotá, y aquí se puso al frente de los
negocios de su padre por espacio de doce años.
Cumplida esta etapa de su vida, en 1915,
Alfonso López inicia su brillante carrera política, primero como diputado a la Asamblea
del Tolima y luego como representante a la Cámara. Allí el joven parlamentario conoció
y trenzó amistad con Laureano Gómez, otro de sus pares en el aguerrido campo de las
faenas políticas.
Esa amistad de Laureano Gómez y Alfonso
López, escribe Zuleta Angel, surgida por la admiración que a éste le producía la
elocuencia de aquél y a aquél el talento de éste, se prolongó hasta el año 1934, o
sea, durante casi veinte años. Entre ambos libraron durante ese lapso las más
formidables batallas parlamentarias de que haya memoria en Colombia. Frecuentemente López
era el que sugería, el que instigaba, el que planeaba, el que intuía que había llegado
el momento estelar para un ataque a fondo. Laureano era la catapulta que reducía a
escombros la fortaleza enemiga. Era aquél un binomio diabólico ante el cual no quedaba
títere con cabeza.
A partir de 1924, al lado del general
Benjamín Herrera y de Alfonso Villegas Restrepo, Alfonso López revela sus ingénitas
dotes de conductor y orientador de la opinión pública y comienza a librar grandes
contiendas en favor de su causa política. Pocos años más tarde, en 1929, fue elegido
director del partido liberal en asocio de los generales Antonio Samper Uribe y Leandro
Cuberos Niño. Desde entonces, político por vocación y temperamento, Alfonso López se
coloca en el puente de mando, y conduce, con garra y entereza, los destinos de su partido
hasta el final de sus años.
En afortunada síntesis, la pluma de Luis
Guillermo Echeverri nos describe así la imagen de López Pumarejo:
Pocas personalidades colombianas
acaudalaron tantos dones del espíritu como lo hiciera aquel caballero de la democracia,
arrogante y vivaz, penetrante, intuitivo y acertado.
En largo comedio de la vida colombiana
sus opiniones políticas fueron el itinerario de la Patria, y cuanto hubo de crear su
vigorosa inteligencia, perdura como norma legal, o como enseñanza y ejemplo.
Era una universidad completa y dinámica
cuando discurría docente sobre los problemas nacionales, y reconocía en los hombres, tan
solo con mirarlos, los pliegues de la falsedad y las virtudes de la amistad.
Su acendrado talento penetraba muy hondo
en las almas y en ellas leía como en libro abierto, y perdonaba a sus enemigos porque era
caudal inagotable de tolerancia.
Desde un campo ideológico opuesto al del
personaje que aquí nos ocupa, Daniel Valois Arce, en sus páginas Alfonso López,
semblanza de un político y análisis de un régimen (Medellín, 1939), hace esta
apreciación:
La fuerza sugestiva de tan definida y
firme personalidad, radica en la desnudez lúcida de su instinto político desprovisto del
lastre adquirido, de la erudición y del estudio. El señor López carece de personalidad
adquirida y la naturaleza obra en él, pura, simple, elemental, pero siempre sagaz. La
vocación política es eso: instinto elemental y simple; certera visión intuitiva;
agilidad y rapidez en la comprensión y análisis de las situaciones dadas, y astucia
sagaz para orientarse en ellas.
Pero para mejor apreciar la recia
personalidad de tan eminente hombre público, ninguna fuente más autorizada que la de su
propio hijo, el Dr. Alfonso López Michelsen. Así, del discurso que debió pronunciar el
5 de marzo de 1960 en el paraninfo de la Universidad de Medellín, al otorgarse el título
póstumo de doctor honoris causa a López Pumarejo, tomamos los siguientes
conceptos:
Era, por sobre todo, un hombre práctico.
Nadie más alejado de lo libresco, de lo ampuloso, de lo artificial que Alfonso López.
Verlo redactar sus documentos políticos era una experiencia inolvidable. Una y otra vez
los borradores se sucedían sobre la mesa de su escritorio, consultaba diccionarios en
donde se precisaba hasta el alcance más recóndito de cada vocablo, reformaba las frases
y reconstruía los períodos para culminar con una prosa tan sencilla y diáfana que
parece escrita de primera mano. Abominaba de la adjetivación, evitaba los superlativos,
buscaba el verbo, que es por excelencia acción, y el esfuerzo se enderezaba a expresar su
pensamiento con tan severa economía de palabras que en toda la oración no quedaba nada
superfluo, nada de aparato ni de oropel, sino estrictamente lo que respondiera a un
concepto y a una idea.
Y más adelante agrega:
Alfonso López fue ante todo un liberal
de espíritu, en el sentido de que siempre tuvo desprevenida y alerta la inteligencia para
escudriñar la realidad sin la impedimenta de prejuicios ancestrales, sin los clisés de
turno, pasando por sobre las verdades de recibo que él sometía, como toda la comedia
humana, al escalpelo implacable del análisis. Su lucha, si así puede llamarse el
esfuerzo de toda una vida, se encaminó precisamente a soltar amarras, a echar por la
borda el lastre del pasado, a aproximarse a los seres, a las ideas con una mentalidad
fresca.
Réstanos decir que el Dr. Alfonso López
durante los dos períodos en que le fue dado ejercer la presidencia de la República
(1934-1938 y 1942-1945) concibió y llevó a término cambios de gran importancia y
trascendencia en nuestra vida institucional: reformas constitucional, agraria, tributaria,
judicial, universitaria, laboral y de política internacional. En 1946, por designación
del Dr. Mariano Ospina Pérez, el Dr. López presidió la Delegación de Colombia en las
Naciones Unidas; en esta asamblea y en el seno del Consejo de Seguridad desempeñó una
labor constructiva y destacada.
Finalmente, es preciso recordar que al
Dr. Alfonso López le cupo en suerte sancionar la Ley 5ª de 1942 (agosto 25), por medio
de la cual Colombia se asoció a la celebración del centenario de Miguel Antonio Caro y
Rufino José Cuervo, y creó, con esta ocasión, el Instituto Caro y Cuervo.
El Dr. Alfonso López Pumarejo falleció
en Londres el 20 de noviembre de 1959. Poco antes de viajar a dicha ciudad como embajador
de Colombia ante S. M. la Reina Isabel de Inglaterra, pronunció el discurso que se
reproduce a continuación, durante el homenaje que le ofreció la Universidad Nacional al
otorgarle el título de doctor honoris causa. El texto de esta pieza
autobiográfica lo hemos tomado de la edición extraordinaria de El Tiempo de
Bogotá aparecida en la tarde misma de la fecha en que se tuvo noticia del fallecimiento
de nuestro eminente compatriota.
Conviene agregar que en 1961, el escritor
Hugo Latorre Cabal publicó la obra titulada Mi novela: apuntes autobiográficos de
Alfonso López.
Discurso
autobiográfico
No deja de ser una singular paradoja, en
el ocaso de mi carrera pública, que el más alto instituto de cultura nacional me
confiera un honor como el que acabáis de otorgarme a nombre de la Universidad, a la que
si bien es cierto consagré mis desvelos de gobernante, no tuve la fortuna de concurrir en
mis años mozos.
Los azares y tentaciones de la vida
comercial, en la que me vi comprometido prematuramente, no me permitieron adquirir una
formación intelectual completa, ni adornar mi escasa cultura con aquellos atributos con
que las bellas letras y las disciplinas humanísticas enriquecen a las mentalidades
jóvenes.
A través del velo de los años evoco en
este día, cuando la Universidad me honra con el título de doctor honoris causa y
me distingue con una presea tan significativa como es la Medalla del Mérito
Universitario, las sombras amadas de quienes me iniciaron en el mundo de los
conocimientos, me ayudaron a escoger los derroteros de mi existencia o me dieron la mano
en el camino. Fueron ellos quienes me abrieron los ojos a la vida y guiaron mis primeros
pasos en la conquista del saber.
Mi recuerdo rescata ante vosotros, en
primer lugar, la memoria de mi padre, Pedro A. López. Fue él quien primero tuvo entre
nosotros la idea de organizar la Ciudad Universitaria, en las postrimerías del siglo
pasado. Comerciante de origen modesto, recto y sencillo, emprendedor y tenaz, a él le
debo lo que bien pudiera llamarse mi doctorado en colombianismo. A su lado me inicié en
las experiencias de la vida colombiana de la época y el ejemplo de sus hazañas de
empresario afortunado habría de servirme por el resto de mis días. Era un colombiano
como los demás, intuitivo y ambicioso, surgido de esa entraña de la clase media que
tantos hombres le ha dado a la república en todos los órdenes de la actividad pública y
privada. Su hogar también era un hogar como tantos otros de la provincia colombiana, una
casa sencilla, sin lujos ni estrecheces en donde mi madre había puesto las huellas de las
virtudes cristianas de amor al prójimo, tolerancia y caridad.
En Honda, un emporio comercial con una
tradición secular, y en donde hasta entonces se había dado cita la modesta actividad
económica de la república en su tráfico de exportación y de importación, se abrieron
nuestros ojos asombrados a la inmensa realidad de nuestra patria mulata, mestiza y
tropical, contemplada desde aquel observatorio, en la confluencia del Magdalena y el
Gualí, a donde venían a surtirse de toda clase de artículos los comerciantes de los
cuatro confines del país. A la orilla del Gran Río veíamos llegar las mulas cargadas de
café y regresar trayendo sobre su lomo dócil los más heterogéneos productos
manufacturados que desde Londres, Hamburgo, Amsterdam o New York despachaban, dirigidos a
la aduana de Sabanillas, los corresponsales de los grandes distribuidores, como los
Samper, los Vargas, Schutte, Gieseken & Cía., la Casa Inglesa, etc. Desde las burdas
telas de algodón hasta los perfumes franceses y los enormes pianos de cola para los
salones de la aristocracia santafereña, todo aquel comercio abigarrado pasaba por Honda,
recorriendo los mismos caminos de herradura que habían sido trazados desde la época de
la Colonia.
El sentimiento y las dimensiones de la
patria nos los proporcionaba la remota tradición de la familia a través de los relatos
domésticos. Mi madre había nacido más allá de la desembocadura del río que para los
colombianos había constituido la única comunicación con el mar, en las extensas sabanas
de la provincia de Valledupar y Padilla, que, Guajira de por medio, nos separaba de
Venezuela. La mayor parte de sus familiares se habían quedado en aquel litoral
atlántico, pedazo de Colombia al cual sus hijos, sin conocerlo, no podíamos sentirnos
extraños. Mi padre, bogotano de cepa, había tentado fortuna en el oriente de la
república estableciéndose en Cúcuta, y recordaba todavía en aquellos años de mi
infancia el terremoto desolador que en la ciudad fronteriza partió en dos la historia del
Estado Soberano de Santander. Al servicio de la casa de Miguel Samper e hijos había
venido a establecerse en Honda, como su apoderado, y allí crecimos y nos desarrollamos,
sentimentalmente engranados a los más disímiles mecanismos. El cultivo, beneficio y
exportación del café, no tenían secretos para quienes nos habíamos criado entre
bodegas, trilladoras y depósitos. El complicado negocio de importación de manufacturas,
que llegaban por el Magdalena tras una dilatada correspondencia comercial escrita
personalmente por los propios importadores en la esbelta y elaborada caligrafía de
entonces, empezamos a conocerlo en la oficina de mi padre, escuela superior a cualquier
otra por el orden y método que él aplicaba a todas sus empresas. La geografía de
Colombia, aprendida a través de comerciantes con nombres propios que mantenían
correspondencia con mi padre, adquiría caracteres más reales y contornos más precisos
que los mapas que nos obligaban a estudiar en la escuela. Y ¿por qué no decirlo?, la
causa política a la cual más tarde debía consagrar mis mejores años, la vivíamos en
los discursos y programas de Uribe Uribe, en los panfletos del Indio Uribe, en los versos
de Antonio José Restrepo, en los escritos de Murillo Toro y Santiago Pérez, que los
hijos de los liberales aprendíamos de memoria, en la veneración que profesaba mi padre
por don Miguel Samper, el Gran Ciudadano, y en el recuerdo de mi abuelo Gólgota, que tan
señalado papel había desempeñado en la fundación de las Sociedades Democráticas.
Los conocimientos que nunca tuve ocasión
de adquirir en el orden de la cultura, hube de suplirlos, merced a mis aficiones
políticas, familiarizándome con las cosas de Colombia, como su comercio, su geografía,
en sus ríos y en sus caminos; pero, me atrevo a pensarlo retrospectivamente, más que
todo, con la idio- sincrasia nacional encarnada integralmente en quien, después de haber
alcanzado insospechadas cimas de prosperidad económica y conocido, luego, la más adversa
fortuna, cuando ya se había hecho acreedor a un merecido descanso, jamás desmintió de
sus rasgos de colombiano cabal.
El afán por las cuestiones del espíritu
lo impulsaba a buscar para sus hijos la educación que él mismo no había podido darse, y
en el camino de ponernos en manos de los mejores maestros de la época, tuve el privilegio
de recibir las lecciones privadas del propio don Miguel Antonio Caro, del Dr. Antonio
José Cadavid, de José Camacho Carrizosa, del Dr. Rudas, de don Lorenzo Lleras, de don
José Miguel Rosales, del Cabezón César Julio Rodríguez, y de muchos otros
colombianos eminentes cuyo recuerdo es conservado perennemente en los anales de nuestra
cultura.
En el colegio de Rueda aprendí los
rudimentos del bachillerato y, tal como lo debían repetir después con sorna mis
ocasionales contradictores en la brega política, no llegué a alcanzar el título de
bachiller. Lo recapitulo ahora con la nostalgia de quien siempre experimenta la ausencia
de aquellas disciplinas que preparan a los hombres para entender mejor a su tiempo y a su
medio.
Si ahora la Universidad Nacional me
otorga tan generosamente la Medalla del Mérito Universitario, ello se debe, y no en
pequeño grado, a la preocupación que caracterizó mi actividad ciudadana, de dar a las
nuevas generaciones la educación y la preparación que a mí me hicieron falta. La
fundación de la Ciudad Universitaria no viene a ser así, y en último término, sino el
deseo de un colombiano que no tuvo universidad, de que todos los colombianos que se
sientan inclinados al estudio encuentren siempre un Estado que les brinde oportunidad de
hacer una carrera. Y, si algo pude hacer en el servicio público dentro de la escasa
medida de mis conocimientos, no vacilo en creer que ello obedeció principalmente al
interés por Colombia que inspiró siempre mis empresas, y a la familiaridad que, a
través de la vida práctica, adquirí con lo que suele llamarse en el idioma político
"el país nacional".
Cuando recapitulo tantos hechos como
jalonan una actividad política de 50 años, muchos de los cuales se reputaban imposibles
en su tiempo, y que tuvieron que vencer más de una vez el escepticismo de mis
contemporáneos, me asombra por contraste el apoyo y la acogida que encontraron siempre
entre la juventud y entre los humildes. Tan difícil como ocasionalmente me fuera a
convencer a los poderosos para que me secundaran en empresas atrevidas de redención
nacional, me fue fácil, sencillo y grato despertar el entusiasmo de las gentes anónimas,
porque, ya fuera tratándose de substituir, después de 45 años, el edificio de la
hegemonía conservadora o proporcionando la transformación de la vida económica, fiscal
y social del país, o poniendo término con una entrevista personal con el presidente del
Perú, a una guerra internacional, o reconciliando, por actos unilaterales de concordia y
desprendimiento a los que invité a mi partido, a nuestras dos parcialidades enfrentadas
desde hacía 10 años, siempre encontré una respuesta calurosa en el pueblo colombiano y
una extensa nómina de colaboradores y auxiliares dispuestos a prestarme el concurso de su
inteligencia y de su voluntad.
Es lo que me permito afirmar, en el
alegre atardecer de mi vida pública, que nada de lo que se hizo bajo mi nombre o bajo mi
dirección puede atribuirse con justicia exclusivamente a mis méritos o capacidades, ni
siquiera en parte primordial. Como las reformas que se promovieron, no estaban destinadas
a ser creaciones eternas, obras imperecederas, instituciones que sirvieran con el correr
de los años de ejemplo al resto de América, que hubieran podido calificarse de
originalísimas audacias, sino que constituían ambiciones aplazadas del pueblo
colombiano, anhelos expresados por muchos años, objetivos concretos que estaba en las
manos de cualquier conductor político alcanzar, no fue por encima de mis colaboradores ni
a pesar del Congreso, como se consiguió, por ejemplo, dotar a la Universidad de un nuevo
estatuto y albergarla en estos edificios. Tampoco en la promoción de la reforma agraria,
de la reforma tributaria, de las leyes sociales, o de la política internacional
encaminada a crear una asociación de Estados americanos intervino el presidente como un
agente providencial que podía dispensarse de colaboradores y salir avante, merced a su
destreza política, sino que, por tratarse de lo que eran auténticos propósitos
nacionales, aun los más humildes e impreparados podían prestar una valiosa
contribución.
Timbre de orgullo será siempre para mí
el que durante el tiempo en que fui jefe del Estado, se supiera que, desde el articulado
de los proyectos de ley, ninguna tarea era la obra del presidente o del jefe político,
sino el fruto de trabajo de un sinnúmero de auxiliares, inquietos y fecundos, que
empezaron entonces a prestarle, como lo hacen ahora, sus servicios ines- timables a la
república. Si en todas aquellas empresas algún mérito puedo reclamar para mí es el de
no haber abrigado el temor de verme censurado por equivocarme probando gentes nuevas y
gentes experimentadas; gentes jóvenes y gentes de mi generación, y funcionarios de las
más diversas condiciones sociales. Privado casi siempre, por los azares de la lucha
política, de la valiosa colaboración de medio país, que se me negó sistemáticamente,
desde el día mismo en que asumí por primera vez la presidencia de la república,
nombrando tres ministros conservadores, sin responsabilidad política ninguna, para que
así ese partido quedara en libertad de llenar sus funciones de oposición, fue
sorpren-dentemente amplia la lista de quienes, en todos los órdenes de la actividad
pública, sirvieron, con probada eficacia, a la Nación. Contados en los dedos de la mano
eran los ingenieros, los arquitectos o los expertos en recursos naturales de que se
disponía en Colombia. No se conocía a un solo economista profesional, y el número de
los profesionales que habían estudiado en el extranjero reflejaba los insignificantes
recursos económicos de que habían dispuesto las familias colombianas en la primera
década del siglo XX. Pero, dentro de las limitaciones fiscales de la época y la
inexperiencia general, ¡qué transformación no sufrió el país con la intervención de
gentes arrancadas de las redacciones de los periódicos, como Alberto Lleras y Jorge
Zalamea; del ejercicio de la profesión en provincia, como Darío Echandía, Adán Arriaga
Andrade, Antonio Rocha o Gerardo Molina; de la actividad privada, como Jorge Soto del
Corral, Carlos Sanz de Santamaría, César García Alvarez, o un Alvaro Díaz! Tan larga
es la nómina, que apenas me atrevo a mencionar unos pocos nombres, por vía de ejemplo,
ante el temor de excluir a los más.
Se practicaba la oposición entonces con
caracteres de barbarie y de ferocidad que ojalá hayan desaparecido para siempre de
nuestros anales. Quienes hoy miran con malos ojos la existencia de cualquier brote de
inconformidad pregonaban la consigna de hacer invivible la república. Las vías de hecho,
el atentado personal, la acción intrépida, en una palabra, la violencia, que más tarde
habría de dejar huella tan funesta en nuestras costumbres políticas hasta alcanzar las
más bajas capas de la sociedad, se abría camino en los círculos más altos y
responsables. Con razón se ha dicho que la violencia no tuvo su origen en el pueblo, sino
que, como filosofía y como práctica, vino desde lo alto, y, no obstante la virulencia de
la oposición, que no escatimaba recurso alguno ni se detenía en la selección de sus
armas, se abrieron paso sin tropiezos para la paz, distintos de los que transitoriamente
ocasionaban las conspiraciones y asonadas, viejos programas de adelanto nacional
incrustados desde tiempo inmemorial en las plataformas de ambos partidos. Y ¿quién fue
el autor de esa empresa, quién le brindó su apoyo, quién le sirvió de estímulo,
quién arrasó con todos los obstáculos que se interpusieron en su camino, sino ese
pueblo colombiano tan generoso en brindarles estímulo a quienes le sirven de buena fe? Si
la obra quedó trunca, el edificio inconcluso y frustradas muchas esperanzas, la culpa fue
de quienes no seguimos avanzando, y no de las masas, que, instintivamente, nos reclamaban
nuevas reformas y en ninguna circunstancia ni bajo ningún pretexto retiraron su adhesión
a la obra que habíamos iniciado 16 años antes.
Mi grande error de gobernante y de hombre
público, tengo que reconocerlo, cuando ya siento que pronto nuestra obra será entregada
al fallo de la historia, fue haber creído que con mi renuncia a la presidencia de la
república y la reforma constitucional, pactada por los dos partidos en 1946, se cerraba
nuestra tarea y que sustraído el obstáculo de mi nombre, con las resistencias que había
despertado en tantos años de lucha política, se consolidarían las conquistas alcanzadas
y se abriría una nueva era de restauración republicana, de paz social, de organización
económica, como se nos estaba ofreciendo por hombres públicos de las más
contradictorias tendencias, que por no traer el lastre de odio y rencor que es el precio
obligado de una intensa actividad pública, se perfilaban como los heraldos de tiempos
menos tormentosos. Personas más avisadas que yo, creían que, con la elección de un
presidente surgido de acuerdo entre ambos partidos y que iba a poder contar con la valiosa
colaboración que los adversarios de mi política se habían negado a prestarme, no sólo
se nacionalizarían las reformas de todo orden que para el pueblo había traído el
régimen liberal, sino que la inminente lucha política por el poder que se iniciaba con
la elección presidencial, se ventilaría en una nueva atmósfera, descargada de los
elementos explosivos del inmediato pasado. El alud de sangre vertida por razones
políticas en los 10 años posteriores, la destrucción sistemática del gobierno popular,
hasta desembocar en la dictadura; la disolución moral de la administración, vinieron a
desengañarnos y a obligarnos a rehacer la tarea de entendimiento, bajo los auspicios de
nuestros más eminentes conductores políticos y con la cooperación inteligente y activa
de la ciudadanía, cuando lo que vislumbrábamos como un sueño, se tornó en pesadilla de
lágrimas y sangre. Pero ¿cómo adivinar el desenlace si la lucha partidaria no se
adelantaba ya contra la obra administrativa y política que durante 15 años había
desarrollado el régimen, sino contra sus autores más conspicuos, a quienes se sindicaba
por igual e indiscriminadamente de comunistas oligarcas, de sectarios y de entreguistas,
de demasiado tímidos y de faltos de audacia, y la obra cumplida por ellos había sido
aceptada por la conciencia pública como benéfica, y cuantos aspiraban a reclamar los
votos del electorado tenían que declararse solidarios de las reformas y prometían
conservar los bienes de la paz, del orden, de la estabilidad económica y social que se
habían alcanzado?
No quisiera terminar estas
manifestaciones de agradecimiento al señor rector de la Universidad, a su consejo
directivo y a las personas encargadas de dar brillo a este agasajo con su palabra
elocuente, sin expresar la íntima satisfacción que me embarga al ver presidido este acto
por el señor doctor Alberto Lleras Camargo, en su calidad de presidente de la república.
Nadie mejor que él, a quien me ligan tantos vínculos de gratitud y de afecto, hubiera
podido darle realce a esta ceremonia que interpreta la gratitud de la Universidad y de la
República en general, por servicios que juntos les prestamos en el pasado. El participa
necesariamente de la misma emoción que embarga mi espíritu al recapitular los orígenes
de la reforma universitaria y la fundación de la Ciudad Blanca y sabe lo que para mí
significa que de estos claustros que en otro tiempo sirvieron de pretexto para una
campaña política enderezada a manchar mi nombre y mi obra de gobernante, me corresponda
retirarme abrumado por tantas muestras de generosidad y gallardía como de las que he sido
objeto esta tarde. Qué gran recompensa para mi labor de hombre de Estado y de hombre de
acción, es ver que quienes se formaron a mi lado como un Alberto Lleras, un Carlos Lozano
y Lozano, un Darío Echandía, apenas salidos de la juventud alcanzaron la primera
magistratura, y que tantos otros entre quienes fueron mis colaboradores en las faenas
administrativas, desempeñan papel de primera importancia en la actividad pública y
privada del país. Es el postrer reconocimiento del pueblo colombiano por lo que ellos
hicieron, por lo que representan y por lo que pueden prometer en el futuro.
Bendigo la Providencia que me deparó por
campo de acción este suelo fecundo y por conciudadanos a mis compatriotas. Su
preocupación por los asuntos públicos, su fácil comprensión de las cuestiones
políticas, en el gobierno de opinión, fueron factores decisivos en el éxito de mi
carrera. Con la nostalgia de mis días de brega partidista, añoro el diálogo que por
tantos años mantuve con el pueblo y del que tantas enseñanzas recíprocas derivamos
constantemente. El campo político fue siempre, por excelencia, la gran universidad de
Colombia en donde se dieron cita en siglo y medio de historia todos aquellos que ya
habían sido ungidos con el reconocimiento público en la esfera del saber o de la
acción, los humanistas, los políticos, los periodistas, los soldados, los científicos,
fueron reclamados a su hora por esa gran escuela de servidores públicos que fueron
nuestros partidos políticos. Permitidme que al recibir la señalada distinción que hoy
concedéis al menos ilustrado entre esa pléyade de hombres públicos que han servido a la
república, rinda este último tributo al celo por las cosas del espíritu que ha
caracterizado a nuestra raza, a su sentido de la justicia, a su amor por el derecho y su
repugnancia por la arbitrariedad, que es quizá lo que estáis enalteciendo con este acto
en un hombre de Estado cuyo único mérito consistió en haber tratado de plasmar en las
instituciones jurídicas las reivindicaciones seculares de una nación generosa,
democrática e igualitaria.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 157,
Bogotá, 1º de febrero de 1974, pp. 6-11.
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