La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
© Derechos Reservados de Autor

 

 
 
Eustaquio Palacios

Iniciamos este nuevo año con una curiosa y sentida autobiografía del escritor vallecaucano D. Eustaquio Palacios. Estas páginas, además de curiosas y sentidas, constituyen una verdadera rareza por cuanto su enternecedor contenido abarca únicamente la infancia y adolescencia del autor.

Raúl Silva Holguín, ilustre biógrafo de tan eminente letrado, advierte que desde muy temprana edad tuvo fama "por su rara inteligencia y su magnífica disposición para escribir cartas de amor, versos y ensaladillas a quienes pedían su concurso". El mismo biógrafo anota que Eustaquio Palacios, al decir de alguno de sus contemporáneos, era bien parecido, "moreno, muy alto de cuerpo, muy recto de compostura y de semblante apacible. No usó bigotes, sino pequeñas patillas, por largo tiempo. Pero en sus últimos años las enfermedades lo obligaron a usar toda la barba, un poco recortada, y ya casi del todo blanca".

Mario Carvajal, en su elocuente oración Estampa y apología de Eustaquio Palacios, completa los rasgos antes descritos con esta manifestación:

Aventajada la estatura; firme el paso y desenvuelto el ademán; lacio y abundante el cabello; moreno el manso rostro y apretado por anchas patillas cenicientas; oscuros y pequeños los ojos, gastados por la habitual lectura; arada la ancha frente por la meditación y por los años.

A mediados de 1844 el joven José Eustaquio, tal fue su nombre de pila, ingresó al convento de San Francisco de Cali en cuyos claustros recibió cátedras de gramática y latín, aritmética, geografía e historia. Refiérese que durante aquel tiempo sobresalió por su clara inteligencia y porque tuvo una especial predisposición para el aprendizaje de la lengua latina. En 1848 viajó a Bogotá en compañía de su tutor, el P. Fray Mariano Bernal, y aquí continuó su preparación en el Convento Máximo de San Francisco. Sin haber alcanzado la orden sacerdotal que tanto le habían inculcado sus maestros, regresó a Popayán donde terminó sus estudios y se graduó de abogado el 3 de julio de 1852. Posteriormente retornó a la capital del Valle del Cauca y allí sentó sus reales hasta el día de su muerte ocurrida el 6 de septiembre de 1898.

En 1860 D. Eustaquio fundó una pequeña imprenta en la que editó varias publicaciones. Entre otras, como fruto de su labor didáctica, cabe mencionar un texto de Gramática castellana y los folletos Oraciones latinas y Lecciones de literatura. De 1866 a 1876 desempeñó, con sobra de lucidez y merecimientos, la rectoría del Colegio de Santa Librada. El 14 de febrero de 1878 fundó El Ferrocarril, semanario de carácter literario y noticioso que sostuvo hasta el final de sus días y cuyas páginas contienen su variada y múltiple producción periodística. También colaboró en Nueva Era y en la Revista Nueva. En 1874, con ocasión de un certamen literario abierto por el cuerpo de redactores de La Estrella de Chile, obtuvo el premio con la composición titulada Esneda o amor de madre, hermosa leyenda poética que le mereció honrosos elogios y conceptos. En 1886 dio a la luz su famosa novela de evocación El Alférez Real, "producto el más bello e importante de la inspirada mente del doctor Palacios", según expresión del escritor Luciano Rivera y Garrido.

El texto de la tierna autobiografía que se reproduce a continuación, la firma de su autor y los datos biográficos que insertamos en esta nota los hemos tomado del ameno y bien documentado libro de Raúl Silva Holguín Eustaquio Palacios: de su vida y su obra (Cali, 1972).

Infancia y adolescencia

Mis padres me dijeron, alguna vez, que nací en Roldanillo el día miércoles 17 de febrero de 1830, siendo cura de este pueblo el presbítero Juan Antonio Aguirre.

Mis padres, repito, son Juan José Palacios y María Rosa Quintero Príncipe. Mi madre vive, mi padre no. Se les consideró nobles y todo el mundo los respetaba. A mi padre le decían Don, prueba de su nobleza.

Mis abuelos fueron don Agustín Palacios, médico, y doña Mercedes Alvarez López. La madre de esta señora, mi bisabuela, vivió ciento y quince años, y se llamaba doña María López. Mis abuelos maternos fueron don Manuel José Quintero Príncipe y doña Baltasara Sánchez. Mi padre tuvo los siguientes hermanos, que conocí: Manuel Antonio, José Leonardo, Salomé y Joaquín, María Josefa y Ramona. Mi madre sólo tuvo dos hermanos, Martín Antonio, que aún vive, y Gertrudis, que no conocí.

Fui bautizado el 17 de septiembre, por el cura Aguirre, y fueron mis padrinos Santiago Aguirre, sobrino del cura, y Ramona Palacios, mi tía. La casa en que nací era de mi madre y distaba de la plaza cuatro cuadras; sólo había un vecino en toda esa manzana, y éste era un negro herrero llamado Ramón, casado con una india, y tenían muchas hijas.

Mis padres eran pobres y tuvieron muchos hijos, en este orden: Serafín, Juana Francisca, Patricia, yo, José María (este se llamó primero Abelardo, y en la confirmación, le cambió el nombre el obispo Cuero), Josefa, Sebastián y Hermógenes. Tuvo además mi madre un aborto de mellizos, varón y mujer, y una hija que murió en la cuna, Tomasita, que no conocí.

Pasé mis primeros años (1833 a 1835), como todos los niños, jugando, aunque nunca he sido alegre, pues el temperamento melancólico domina en mí. Aunque mis padres fueron pobres —mi madre lo sigue siendo—, nada me faltó en aquellos primeros años de mi vida, porque vivía mi padre; más tarde no fue así.

Era mi padre un hombre bien formado, alto, robusto y muy blanco, pelo negro, que nunca dejaba crecer; siempre vivía afeitado, y era escaso de barba. Muy grave en su porte y en su conducta, jamás se reía con sus hijos, si no era con los pequeñitos; nos mandaba casi con el gesto, y nosotros volábamos, tal era el respeto que le teníamos. No he conocido un hombre más rígido en la educación de su familia. Todo el día debíamos estar todos sus hijos en la casa, y ninguno salía sin diligencia, y esto sin demorarse en la calle.

Castigaba severamente la menor falta. Con mi madre era muy amable y comunicativo; siempre la trataba bien; con mis hermanas era muy bueno y con los varones muy rígido.

Mi madre es un ángel en bondad. Es difícil hallar una mujer de un carácter más suave, más dulce, paciente y humilde. Es muy laboriosa, sumamente caritativa. Trata a sus hijos con santo esmero y amor, que la amamos entrañablemente, y hubiéramos dado nuestra vida por la suya. Si Dios me hubiera permitido elegir a la que debía ser mi madre, yo habría elegido a la que me tocó en suerte. El hermano que me tocó por compañero en mi infancia, fue José María, por la aproximación de edad.

Todas las noches, después de cenar, lo que sucedía siempre al anochecer, nos sentaba a su lado, y esto, si había luna, era en la puerta de la calle, como se acostumbra en los pueblos pequeños, y allí nos enseñaba la doctrina cristiana, por partes, y una infinidad de oraciones, y entre éstas una al ángel de la guarda. Los domingos, después de almorzar, nos ponía ropa limpia, y nos enviaba a la misa del cura, a las 9 del día, que por lo regular era la única que había. Los sábados por la tarde nos enviaba a la Salve.

Aquel tiempo fue para mí el más bello de mi vida, porque era inocente; y espero que no tendré que ser llamado a juicio delante de Dios por mis actos de entonces.

En el mismo pueblo vivía mi tío Martín Quintero con su familia y con mi abuela Baltasara. Mi madre acostumbraba ir por las noches a esa casa; yo iba por mis pies: en llegando, me acomodaba en una silla; y como no me importaba el asunto de sus conversaciones, me quedaba dormido, y tenían que llevarme cargado a la casa.

Yo tenía ya unos cinco años, y me agradaba ir a la casa de mi tío, porque mi abuela me quería mucho y me regalaba algunas cositas. En frente a esta casa estaba la escuela pública de la cual era preceptor el señor Vicente Alvarez. Una vez encontré en la casa de mi tío a un señor Manuel Patiño, compadre de mi madre, el cual sabiendo de quién era yo hijo, me agasajó y me regaló un real. Al instante compré una cartilla, con consentimiento (y aún creo que fue un consejo) de mi abuela, y sin ir a mi casa, me entré en la escuela, a la misma hora, que eran como las 10 del día.

Como estaba muy tierno, es decir, de cinco años, fui muy bien recibido y acariciado en la escuela. Salí a las 12, sabiendo bien mi lección, y me aparecí a la casa radiante de alegría. Mi padre aplaudió mucho mi acción, y continué asistiendo a la escuela todos los días.

En aquel tiempo apenas empezaba a propagarse la enseñanza, así es que en esa escuela había jóvenes barbados, y cuando cometían alguna falta, eran castigados con azotes en las nalgas limpias, y cargados sobre la espalda de otros.

Las materias de enseñanza eran lectura, escritura, aritmética práctica, doctrina cristiana, Historia sagrada por Henry, y un cuadernillo intitulado Derechos del hombre y del ciudadano, y otro de Máximas republicanas. Muy pronto aprendí todo esto, gracias a mi memoria prodigiosa, pero continué asistiendo hasta el año 39. Durante este tiempo conocí dos preceptores, en el orden siguiente: Vicente Alvarez y José Agustín Guerrero. En los días de certámenes, me vestía mi madre pobremente, pero con mucho aseo. Mucho susto me causaban estos actos. Jamás ayudé a misa en este pueblo, pues el maestro de escuela, que siempre enviaba un discípulo a ayudar, no me mandaba a mí, tal vez por pequeño, y yo vivía temiendo que llegara ese día, pues mi timidez me ha hecho temblar por cualquier simpleza.

Entre los años 39 y 40 ocurrió algo muy triste para mí. Dispusieron mis padres vender la casa a una mujer de Quintero (sitio en las orillas del Cauca). Se llamaba Petrona Castaño. Muy poco les produjo esa venta, pues la dieron en 80 pesos, aunque la casa era buena; pero en este pueblo todo es barato. Tuvimos que pasarnos a vivir a una casa de mi abuela paterna, en la orilla del río. Mi padre permanecía muy poco en Roldanillo, pues la mayor parte del tiempo lo pasaba en la hacienda de la Negra, de mi tío Santiago Soto, la cual quedaba a día y medio de Roldanillo, en la banda Occidental del Cauca, en el camino de Roldanillo a Cali.

Estando, pues, mi padre en la dicha hacienda, llegó un día a la nueva casa en que vivíamos, un negro de la hacienda, a quien llamaban "tío Rafael", el cual iba bien montado, y llevaba de cabestro un caballo ensillado, con orden de mi padre para conducirme a la Negra. Cuando mi madre recibió la orden, se puso muy triste, pues era la primera vez que me separaba de su lado. Pasó la noche preparándome avío y otras cosas para el viaje. En lo que más atención puso fue en el fiambre, para que no pasara hambres en el camino.

Al día siguiente almorcé muy de mañana; y de rodillas recibí la bendición de mi madre, y partí, dejando mi familia, mi casa y mi pueblo, con mucha tristeza. El negro viejo, que me llevaba, era un hombre magnífico, de toda la confianza de mi tío Santiago, de quien era esclavo, y muy taciturno, por lo cual no me atravesaba una palabra. De cuando en cuando detenía su caballo, sacaba de una mochila un eslabón y prendía un magué y en éste encendía su pipa de barro tacada de tabaco. Yo iba detrás de él, divertido viendo el camino, que es muy variado, muy quebrado, con pocos pueblos y con muy bonitos paisajes. A veces me ponía a silbar todas las tonaditas que había oído en la iglesia de mi parroquia, y esto se me grabó de tal manera que todavía hoy me acuerdo de una contradanza, y si la silbo, me parece que voy por ese camino, y siento lo que sentía entonces.

De Roldanillo fuimos a Riofrío. De Riofrío fuimos a la Negra, a donde llegamos como a las dos o tres de la tarde.

Al momento en que llegué, estaban mi padre y mi tío Santiago en el corredor de la casa; mi padre estaba tajando una pluma. Tío Rafael llegó y alabó a Dios, como se hacía entonces...

Yo guardé silencio, pues no sabía ni saludar. Mi padre levantó la cabeza y me hizo un cariño con los ojos, diciéndome: "amigo", y nada más. Me apearon del caballo y entré a la sala, temblando de miedo de unos perros enormes.

A un rato me dieron de comer, y quedé instalado en la hacienda. En el corredor que daba al patio principal había dos cuartos, uno habitaba mi tío Santiago, y otro mi padre. Yo me acomodé con mi padre. Mi tío Santiago es un hombre de unos sesenta años, de cejas muy pobladas y muy blancas, nariz aguileña, y grave gesto. Creo que no ha sido un hombre de colegio, pero tiene muchas luces y muchos libros; es muy generoso y caritativo con todos, y más con los de su familia. Está bastante rico, pues la hacienda es buena, y tiene una magnífica casa en Cali. La hacienda consta de mucho ganado, el cual está dividido en dos grandes partidas, y en dos puntos distintos, el uno es de leche y el otro no, aunque es casi todo hembra. Se hacía el rodeo en dos corredores distintos, el uno de los cuales, que era para el ganado de leche, estaba en la casa, y el otro en un punto al extremo de la hacienda, al pie de la loma, llamado "tres quebradas"; allí había una casa inhabitada. Había un buen yegüerizo, buenos potros y muletos, un trapiche, un cacaotal, una labranza a orillas del río Cauca con platanar y marranos y en toda la hacienda como veinte esclavos. Estos se pasan una vida agradable y lo tienen todo, menos la libertad; trabajan poco y tienen permiso para hacer sus labranzas, crían marranos. Yo viví como un año en esta hacienda, y jamás vi tratar mal a un esclavo.

Nada de particular me sucedió en esta hacienda; mi ocupación era leer y escribir, bajo la dirección de mi tío Santiago; pasear, hacer casitas y potreritos, jugar con Teodomiro, hijo de mi tío Santiago, que es casi de mi misma edad, y conversar con los negros. Me vi atacado de los fríos (terciarias) y me curaron con flores de venturosa.

Hacía un año que estaba en la Negra, cuando mi padre resolvió enviarme a Roldanillo por las insistencias de mi madre. Partí contentísimo, y al día siguiente llegué, en compañía del conductor, al pueblo. Cuando alcancé a ver mi casa, que queda a la entrada del lugar, puse mi caballo al trote largo y me solté en una risa que no pude contener; mi madre salió a recibirme, y yo no podía hablar por la risa estrepitosa que me había acometido, sin duda por el exceso del placer.

Después de mi regreso de la Negra a Roldanillo, me puso mi madre nuevamente en la escuela: era preceptor el señor Agustín Guerrero. Mi padre pasaba algunas temporadas en la Negra, y otras en Roldanillo. Yo sufría mucho cuando mi padre estaba presente porque le temía de una manera increíble: no me atrevía a mirarle a la cara. Una vez hubo fiesta de Santa Lucía en Cajamarca, la cual era siempre muy concurrida, y fue mi padre con Patricia y conmigo; posamos en una hacienda llamada el Dovio, y nos volvimos a los tres días. Otra vez hubo fiestas en el Hato de Lemos, y mi padre me llevó. En estos paseos, más era lo que sufría que lo que gozaba, y de buena gana me hubiera quedado en casa. Desde aquel tiempo padecía esa tristeza habitual que me ha acompañado siempre, debido a mi temperamento.

Un día entré a una casa, a tiempo en que un señor Ramón Rivera, medio médico, estaba recetando a un enfermo; no había quien escribiera la receta, y se valieron de mí. Desde ese momento se pagó de mí el tal señor Rivera, y se informó de que yo sabía leer, escribir y contar, y de que mis padres eran pobres. Este señor era de Cartago, y tenía una hacienda en el Arenal, cerca al Naranjo [hoy Obando] en donde residía con tres hijos llamados Francisco, José Antonio y Emigdio; en Cartago tenía otros hijos: Rosalía, Felisa, Natalia y Cleofe.

Era viudo. Este hombre quiso llevarme consigo, para que enseñara a sus hijos en la hacienda. Me hizo la propuesta y convine; sólo faltaba que mi padre quisiera. El habló con mi padre; le ofreció mil cosas, entre otras, que me daría vacas, potrancas, ovejas, para que criara en la hacienda por mi cuenta. Mi padre convino contra el gusto de mi madre. Ese mismo día me sacó ropa, de que estaba escaso, y mi madre y mis hermanas pasaron la noche cosiendo. Al otro día partimos para el Arenal, don Ramón, Francisco su hijo y yo. De Roldanillo fuimos al Hato de Lemos —hoy la Unión—. Esa noche la pasó don Ramón jugando en la plaza: era tiempo de fiestas. Al día siguiente fuimos a Toro, y al otro día salimos para el Arenal. Toda esa vuelta había sido voluntaria, pues de Roldanillo al Arenal sólo había seis horas.

Estuve en el Arenal como seis meses, y los pasé enseñando a los tres niños y andando con don Ramón por los caseríos inmediatos, sin destino. El bebía mucho, y sólo con ese objeto eran las correrías. Volvíamos por la noche, y él se acostaba en una hamaca, ebrio, y me ponía a leer en un libro de medicina, que era su manía, hasta más de media noche. Otras veces se ponía a hacer pésimos versos, y yo a escribir.

Estos versos eran precisamente contra los hermanos, que querían quitarle la hacienda. Pasé una vida tristísima, llorando por mi tierra. Para mayor tormento desde la casa se veía la torre de la iglesia de Roldanillo.

Salí de Cartago como quien sale de un infierno, pues allí había sufrido toda clase de males, principalmente hambre y desnudez. Hice el viaje a pie, aunque no podía caminar sobre la grama, porque, por mi desgracia, la víspera de mi salida me habían sacado las niguas. El que fue por mí llegó de noche, y al día siguiente, muy de mañana, partimos. El primer día fuimos a un caserío llamado Potrerillo, y al día siguiente pasamos el Cauca y llegamos a Roldanillo.

Mi permanencia en el Arenal y en Cartago es uno de los períodos más tristes de mi vida; aún el recuerdo me fastidia. Volví a ver a mi madre, a quien amo más que a mi vida, pensando no volver a separarme de ella.

Para que no perdiera el tiempo, me pusieron otra vez en la escuela. Era preceptor un señor forastero, algo viejo, llamado José María Reyes. Nada nuevo aprendí, pues yo sabía leer, escribir, las cuatro primeras operaciones de la aritmética, toda la doctrina cristiana, la Historia sagrada por Henry, y había recibido también algunas lecciones de gramática española, sin comprenderlas.

Mi padre enfermó gravemente de hidropesía, y estuvo en cama como cuatro meses. Mi madre lo asistía con el mayor esmero y le hacía los remedios que pueden hacerse en un pueblo. Mi abuelo Agustín Palacios era médico y él lo recetaba. Sin embargo, a pesar de los medicamentos, el 27 de junio [1842], como a las cinco de la tarde, se privó, y el 29, a las doce del día, entregó su alma al Creador. ¡Dios lo tenga en el cielo! Murió como un cristiano, habiendo recibido los Sacramentos. Lloró mucho antes de privarse, viendo la pobreza en que nos dejaba. Fue buen padre, buen hijo, buen amigo y buen ciudadano. Todos cuantos lo conocieron confesaban esto. No nos dejó más herencia que su intachable reputación. Toda su fortuna, al morir, consistía en la ropa de uso, y una montura; pero a nadie debía nada. Quedó mi madre cargada de familia y en la mayor miseria. Mantiene a sus hijos con el trabajo de sus manos: bien sabe hacer toda clase de costuras. Mis hermanas le ayudan en algo, y los varones consumimos sin producir nada.

Mi madre me puso a aprender la platería; pero pronto me aburrí. El maestro era un tal José María Caicedo. Después me puso en una sastrería, con don José Arciniegas; también me aburrí. Ultimamente, me puso en una herrería, con un inglés (?) don Juan Flores, y poco duré en ese oficio. Como nada ganaba, mi madre no insistió.

Aburrido con tanta miseria, me fui al Hobo, donde un señor Cristóbal Palomino, grande amigo de mi madre, a enseñarles a leer a dos hijos que tenía, Jerónimo y Agustín. Pasaba la semana en el Hobo, que dista de Roldanillo como una hora, y el sábado me iba para mi casa a pie, cargado de muchas cosas, para el abasto de la familia, tales como plátanos, chocolate, huevos y cuanto me daban. Yo era una verdadera bendición para mi madre. El domingo por la tarde me volvía al Hobo, con los mismos que había ido al pueblo a misa.

Pasé una vida muy agradable en ese lugar y permanecí algunos meses. Después volví a entrar a la escuela, siendo maestro Elías Guerrero, hoy presbítero. Por ese tiempo vino de Cali a Roldanillo un señor Juan José Moreno, alias Sargento, y me agasajó mucho. El iba a llevar cacao para Cali, y ya tenía la carga preparada, y sólo esperaba las bestias que debían venir de Cali. Me propuso que me fuera con él, y yo acepté, con el pretexto de ver a mi mamita Baltasara Sánchez, abuela materna. Empecé a rogar a mi madre, la cual no quería, pero al fin cedió, confiada en que en Cali estaba mi mamita y Serafín mi hermano, y mi tío Martín Quintero. La víspera de venirme, por la noche, representaron los muchachos de la escuela una comedia, con entremés, y en éste hice un papel.

Un señor Torres, cuyo padre vivía en uno de los pasos del Cauca, me debía conducir a Cali. El primer día dormimos en el paso del Cauca junto al Hobo, en casa de mi compañero. Salimos al día siguiente y fuimos a dormir en una casita de teja en el callejón antes de llegar a Buga, a la derecha del camino. Al día siguiente llegamos a Palmira, y fuimos pasando y dormimos en casa de un señor Figueroa. (Creo que era Francisco). Allí pasamos una magnífica noche. La casa era buena, y estaba rodeada de mangas cubiertas de buen prado; había muchas palmas de corozos chilenos, y me pareció toda muy bonita. Al día siguiente atravesamos el llano de Malagana y nos dirigimos al paso del Cauca, llamado el Cucharo. El palmar que hay de Palmira al paso del Cauca es aburrido, pues tiene como cuatro leguas. En ese paso almorzamos, pues habíamos salido de la dormida casi sin luz todavía. Recuerdo que comimos un pandebono que tenía lama por dentro aunque por fuera parecía bueno, como las manzanas de Sodoma. Pasamos el Cauca y entramos a Cali, como a las doce del día, por el Pueblo, y calle de Santa Librada.

Mi conductor me llevó directamente a la casa de Juan José Moreno, que es la que sigue de la del padre Marcos Rodríguez hacia la torre de San Francisco. La mujer de Juan José Moreno era una señora Juana Montesdeoca; muy miserable, muy brava y muy necia.

Cali me pareció inmenso, y cuando vi que se volvió mi compañero, intenté volverme con él; pero debía esperar unos cuatro días, hasta que unos peones cogieron unas mulas y se vinieron con ellas para Roldanillo, para llevar en ellas cacao. En esos pocos días me aburrí mucho; sin amigos, y en una ciudad que me parecía tan grande, que no había de poder salir de ella. Suspiraba por mi pueblo, cuyas casas todas conocía, y cuyos habitantes todos me conocían a mí y me llamaban por mi nombre. "Dichoso, dice Dumas, el que nace en un pueblo pequeño", y es verdad.

Se fueron los peones a coger las mulas y yo fui con ellos, a pie. Las mulas estaban en un punto llamado Yanaconas, de don Cornelio Lourido, junto a Las Nieves. Ese mismo día las bajamos a un punto llamado El Tablón, enfrente del Lazareto.

Al día siguiente salimos para Roldanillo, por la banda Occidental del Cauca. Y llegamos a la hacienda de la Negra. Allí me quedé, diciendo a los peones que no podía seguir porque estaba enfermo; pero la verdadera causa era porque me gustaba mucho esa hacienda, y los negros me halagaban y me trataban muy bien. En esos días no había ninguno de los amos en la casa. Me quedé pues, muy contento; y a pocos días se apareció Juan José Moreno que ya iba para Cali con las cargas de cacao. Me figuré que debía querer traerme consigo, y al momento que lo vi antes que él me viera, me fui a una labranza que había en la orilla del Cauca, perteneciente a la hacienda, cuidada por un negro. A poco rato de entrar allí llegó un criado a llamarme, de orden de Moreno, el cual decía que tenía recomendación de mi madre para traerme a Cali. Al instante seguí con el criado, pues jamás he podido hacer resistencia a nadie. Al día siguiente salimos de la hacienda para Cali.

Moreno me halagó con buenas palabras, pero me hizo seguir a pie, cabestreando un caballo que los arrieros llaman madrino al cual sigue la recua de mulas. El primer día llegamos a Jocipa, hacienda de don José Cobo, a las cinco de la tarde. Allí dormimos en el corredor que tenía barandas, y enfrente un corral con más de cien terneros que toda la noche bramaron. Al día siguiente seguimos, y yo siempre a pie. Al bajar el portachuelo de Vijes, cayendo ya a Mulaló, había unos guásimos a la izquierda del camino. Allí me senté a llorar, pues ya me era imposible seguir a pie, porque tenía los pies hinchados, y no podía dar paso. Moreno, que era para mí un verdadero amo, y a quien tenía yo mucho miedo, me consoló con palabras, y me dijo que ya estaba cerca la dormida, que era Bermejal. Continué casi muerto, y al llegar a Bermejal me acosté en un corredor como a morir, según estaba de estropeado. Si ese día hubiera llegado a mi casa, me habrían hecho remedios, y no me habría levantado en quince días; pero yo venía como un esclavo, y no me atrevía a quejarme. No hay cosa más triste que la vida de un muchacho tímido, lejos de sus padres. Al día siguiente tuve que marchar, siempre a pie, y entramos a Cali, como a las tres de la tarde, por el puente, que aún no estaba concluido.

Aquí empeoró mi martirio. Al volver los peones para Roldanillo, se me partió el corazón de dolor, y lloré a solas, sin consuelo. Conocía mi situación, pues Moreno me trataba como a un pobre huérfano, a quien se hace un bien en recogerlo, y mi condición era la de un paje

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 156,
Bogotá, 1º de enero de 1974, pp. 4-9.

volver al índice