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José Manuel Groot
D. José Manuel Groot, considerado como
el primer polemista religioso de nuestro país, nació en Bogotá el 25 de diciembre de
1800 y falleció en esta misma capital el 3 de mayo de 1878. Fueron sus padres D. Primo
Groot y doña Francisca de Urquinaona. Bajo la inmediata dirección de su padre aprendió
los rudimentos de latín en la gramática de Nebrija; luego, en Zipaquirá, continuó sus
estudios con el insigne pedagogo D. José María Triana. Pero más que todo, según lo
anota Gabriel Giraldo Jaramillo, "Groot fue, como la casi totalidad de los hombres de
su época, un autodidacto, hechura de su propio esfuerzo, producto de las condiciones
sociales y espirituales de su medio y de su hora".
La pluma de José María Samper nos
presenta de este modo la egregia figura de su maestro y amigo de muchos años, D. José
Manuel Groot:
Era hombre de bella y apacible
fisonomía, cuerpo mediano, o poco menos, con cierta inclinación en la cabeza, como a
encorvarla prematuramente; sano y vigoroso y de intachables costumbres, bien que en sus
mocedades había sido travieso y descreído; paciente y afectuoso con sus discípulos; de
muy severa conciencia y honrado en sus procederes adicto a la enseñanza por amor a las
letras; piadoso en alto grado, así en sus ideas como en sus prácticas, y austero en todo
lo relativo a la religión y moralidad; complaciente y amable, y sin la menor petulancia
pedagógica; chistoso en el decir y amigo de contar viejas historietas y anécdotas
nacionales; y tan dado al estudio y a revolver libros y papeles viejos, que parecía
destinado a ser uno de los más consumados eruditos de este país.
De 1824 a 1827, D. José Manuel Groot
ocupó el cargo de escribiente en la Secretaría de Guerra y Marina a órdenes del general
Carlos Soublette; a fines de 1827 dio comienzo a su carrera de educador y fundó la
"Tercera Casa de Educación" que fue uno de los establecimientos de enseñanza
más prestigiosos de nuestra vieja Santafé de Bogotá; en 1828 contrajo matrimonio con
doña Petronila Cabrera, de cuyo matrimonio hubo varios hijos; en 1836 fue elegido
representante a la Cámara de provincia; en 1844 fue nombrado Tesorero de la Provincia; en
1848 fue designado miembro suplente del Concejo Municipal del Cantón; en 1856 asistió al
Congreso como representante por Bogotá y tomó parte, al lado de Mariano Ospina
Rodríguez, Pedro Fernández Madrid, Carlos Holguín, Ignacio Gutiérrez y José Joaquín
Ortiz, en los candentes debates sobre la abolición de la pena de muerte; en 1857 también
asiste al Congreso y renuncia a su candidatura como representante en la Asamblea
Constituyente del Estado de Cundinamarca; al año siguiente, como última actitud
política, hace parte de la Junta Central eleccionaria nombrada por el partido
conservador. Posteriormente, este eminente colombiano entrega todos sus talentos, sus
inquietudes de investigador, su vasta ilustración y su buen gusto por las bellas letras a
las tareas de educador, escritor, periodista, historiador y polemista. En esta parte cabe
anotar que el Sr. Groot, sin haber sido un artista profesional, tuvo especial disposición
para el dibujo y la pintura.
En su carácter de educador, D. José
Manuel Groot es considerado como uno de los fundadores de la instrucción pública en
Colombia. En esta labor, a la que consagró la mayor parte de su existencia, formó
"varias generaciones de granadinos que más tarde se distinguieron en las letras, la
política o las armas". Como escritor de larga y fecunda trayectoria fue uno de los
más finos costumbristas. Entre las más celebradas páginas de este género, que publicó
en el semanario literario El Album con el seudónimo de Pacho, cabe mencionar las
siguientes: La tienda de don Antuco, Nos fuimos a Ubaque, Costumbres de antaño, La
junta vecinal, La Barbería. Escribió, como nota excepcional, cuadros de costumbres
en verso. En el periodismo desplegó una actividad tan intensa como combativa. Fue un
asiduo colaborador de El Imperio de los principios, El Investigador Católico, El Día,
El Duende, La Civilización, La Patria, El Mosaico y muchas otras publicaciones
periódicas. Groot, al decir del nombrado José María Samper, "era un escritor
modesto pero picante, lleno de chispa y de ingenio, uno de los más agudos colaboradores
del popularísimo Duende, que fue, tan chirriquitín como era en su forma, la
primera potencia literaria y crítica de 1846 a 1849". Su mayor tarea periodística
la llevó a cabo en El Catolicismo, La Caridad y El Tradicionista, este último,
dirigido por D. Miguel Antonio Caro.
D. Pepe Groot, trato familiar que le
dieron los bogotanos de su tiempo, sobresalió como el más brillante, vigoroso y
contundente polemista católico."Fue este el rasgo mis característico de su
personalidad escribe Giraldo Jaramillo y el que mejor revela no sólo la
sinceridad de sus convicciones religiosas sino la atmósfera de su época". La
Refutación analítica del libro de Mr. Ernesto Renán, titulado Vida de Jesús, es
una de sus obras más representativas y vehementes sobre temas de controversia religiosa.
Pero además, es preciso recordar que el
Sr. Groot se destacó como un historiador de los más aquilatados méritos. La Historia
eclesiástica y civil de Nueva Granada escrita sobre documentos auténticos (Bogotá,
1869-70) fruto de trece años de constante investigación en los archivos coloniales y
republicanos, constituye, sin lugar a dudas, su obra de mayor calado intelectual. Sobre el
particular, el mencionado escritor Giraldo Jaramillo, biógrafo afortunado del personaje
de quien nos ocupamos, hace esta atinada apreciación:
La Historia eclesiástica y civil es
una síntesis de la personalidad de su autor: en ella aparece el investigador paciente y
erudito, el polemista agresivo e intransigente, el hombre de cultura, hondamente
preocupado por todas las manifestaciones de la inteligencia, el periodista dispuesto
siempre a entrar en la lucha, el escritor ágil, ameno, que sabe comunicar su pensamiento
con gracia y eficacia. Y, por sobre todo, el católico convencido, de fe entera, lleno de
esperanza en su propio destino y en sus creencias, y el colombiano aferrado a su tierra,
enamorado de sus glorias y angustiado con sus dolores.
Réstanos decir, como dato que entraña
verdadera curiosidad, que en su temprana juventud el gran D. José Manuel Groot hizo parte
de la logia masónica que nacía por aquel entonces en nuestro medio capitalino. Sobre
este singular acontecimiento, nada mejor que escuchar su propia y espontánea confesión:
En los años de 19 a 20 se fundó una
logia en Bogotá bajo el nombre de Fraternidad Bogotana, nombre que parece ignoran
los masones que me citan en su lista, puesto que dicen que los en ella comprendidos son
hijos de la Estrella del Tequendama. El objeto de aquella logia unos dicen que fue
el sostener la independencia; otros que fue obra de las ambiciones de cierto personaje que
quería fundar más bien su partido que una logia. Sea de esto lo que fuere, mi tío
(Francisco Urquinaona) me llevó a la casa de la logia para que les pintase la perspectiva
de la cámara de reflexión, pero guardándose bien de decirme para qué era aquello. Yo
estaba bastante joven, apenas tenía veinte años, mas no dejaba de inferir para qué era
aquel aparato fúnebre en una casa particular, porque yo ya tenía algunas noticias sobre
la masonería y sus pruebas. Había leído algo sobre los misterios de los iniciados del
Egipto; y como la juventud es amiga de lo maravilloso, tuve deseos de entrar en la
masonería; deseos que no habría tenido si ya en aquel tiempo no se hubieran apoderado de
mí las ideas filosóficas por medio de la lectura de las Ruinas de Palmira de
Volney y de otra obra satírica contra la Religión, que me había encantado con el buen
estilo de la burla española. Faltándome, pues, el respeto de la Religión, no pensaba
más que en ser masón, y más ganas me daban de serlo cuando sabía que estaban
anatematizados por el Papa. Le manifesté a mi tío que sabía lo que significaba aquello
que él creía que yo no comprendía y le manifesté que deseaba ser masón. Al otro día
me dijo que sería recibido; pero que la cosa era muy grave para un muchacho y que sólo
confiando en mi carácter reservado, se había convenido en admitirme. A los pocos días
fui recibido y fui asistente a la logia hasta el año de 1825, en cuyo tiempo presté
servicios y obtuve algunos grados. He aquí cómo fue mi entrada de masón.
Enterados de este episodio, se impone
consignar que el hecho de mayor trascendencia en la vida de D. José Manuel Groot lo
constituye su conversión a la fe católica. De esta determinación nos da cuenta
satisfactoria el testimonio autobiográfico que aquí transcribimos, el cual está
contenido en una carta de fecha 14 de septiembre de 1865 dirigida a D. José María
Samper, cuyo texto aparece en las páginas 32-41 del libro de Gabriel Giraldo Jaramillo
sobre D. José Manuel Groot.
Tanto los datos biográficos incluidos en
esta nota, como el texto del expresivo documento citado anteriormente, los hemos tomado de
la interesante obra de Gabriel Giraldo Jaramillo Don José Manuel Groot (Bogotá, Academia
Colombiana de Historia, 1957).
A continuación de la denominada por
nosotros Carta autobiográfica, hemos considerado oportuno reproducir, así mismo,
un artículo del mismo autor en el que nos refiere cómo escribió su famosa Historia
eclesiástica y civil de la Nueva Granada y nos da a conocer detalladamente las
valiosas fuentes utilizadas para la realización de dicha obra. Este artículo apareció
en La República (Bogotá, núm. 5, 31 de julio de 1867), periódico dirigido por
Jorge Isaacs y Foción Mantilla.
I. Carta
autobiográfica
Mi estimado amigo:
Acaso usted extrañará ver carta mía.
Era usted un niño cuando se separó de mi colegio y desde entonces (¡hará como 27
años!) no había vuelto a haber relaciones entre los dos, aunque sin dejar de estimarnos
mutuamente. Por mi parte puedo así asegurarlo, aunque hayamos estado divididos en
opiniones; y usted, por la suya, siempre ha manifestado aprecio por su antiguo maestro...
¡Oh, cómo he recordado más de una vez con cierta dulce tristeza de mi alma aquellos
días en que rodeado de mis discípulos les inculcaba los principios de nuestra santa
religión! y ¡qué dolor, amigo mío, me ha causado después ver a tantos de ellos
extraviados del camino de la verdad envueltos en errores de que yo quisiera preservarlos!
Pero también ¡qué gozo al ver algunas de esas almas generosas volver sobre sus pasos
reconociendo sus errores!
La de usted es una de ellas, usted se ha
convertido; yo lo sé; y no lo dudaba; lo esperaba, porque tiene un corazón noble y un
talento privilegiado. Usted ha sido buen hijo, buen esposo, buen padre, buen hermano y
Dios no deja perder almas de esta clase, si no son rebeldes a su voz. Yo no he podido
menos, al saber su mudanza, que levantar las manos al cielo, y con toda la efusión de mi
corazón bendecir al Padre de las misericordias porque no ha dejado perdida la oveja
descarriada; porque ha recibido entre sus brazos al hijo que lo había abandonado. Sí, mi
amigo, usted es ese hijo de la parábola del Evangelio con que nuestro Salvador Jesús nos
ha significado, de la manera más tierna, el amor que nos tiene y el gozo que le causa la
conversión de un pecador...
¡Causar gozo al Omnipotente la
conversión de un pobre pecador, y pecador ingrato! Quién es el hombre, Señor, diré yo
con el salmista, para que así pongas en él tu corazón? Esto admira. El Omnipotente de
nada necesita, y el Omnipotente trabaja, si se puede decir así, por reducir al hombre
rebelde ¡y el Omnipotente se goza cuando lo ha reducido! Esto abisma. Pero, este es el
misterio del amor. El amor es el sentimiento más grande, más noble, más eficaz, más
fervoroso y de consiguiente el amor del Omnipotente debe ser omnipotente e infinito. ¡Y
qué! ¿no empleará Dios su amor para con los hombres, criaturas suyas, a quienes ha
dotado de esa razón, inspiración divina que los distingue de los demás animales y hace
superiores a todos los seres de la creación; que los hace conocer al Ser Supremo; que los
hace juzgar de sí mismos y les da un conocimiento de los altos destinos a que están
llamados en una vida inmortal? ¿Cuál de los seres creados, sino el hombre, se eleva con
su razón por los espacios celestes y dando la vuelta sobre los demás hemisferios enumera
los astros que pueblan los cielos, calcula sus órbitas, mide sus distancias y determina
sus magnitudes?
¡Ah! el hombre es más grande de lo que
la filosofía escéptica piensa. Esa filosofía ha dicho que Dios es demasiado grande para
ocuparse de los hombres; mas esto dice para negar al Ser Supremo su providencia sobre el
orden del universo y envilecer al hombre igualándolo a los demás animales.
Al hombre no lo empequeñece sino el
olvido de su Creador; no lo envilece sino la culpa. Sí, la culpa que consiste en
trastornar las leyes que el Omnipotente ha establecido en el orden moral y sin las cuales
es imposible el social: ese orden que pone en equilibrio todos los intereses moderando
todas las pasiones por medio del amor y del temor. El amor será un Dios lleno de bondad y
de misericordia; y el temor de un Dios justiciero; porque es imposible que haya Dios sin
justicia, y justicia sin premios y castigos.
¿Hasta dónde iría yo, mi amigo, sin
hacerme importuno, si quisiera seguir en estas consideraciones de la filosofía cristiana
para dar a conocer el encadenamiento en que está el cielo con la tierra y la dependencia
de la humanidad con su Creador? Yo no soy llamado para tanto, ni tengo la vanidad de decir
a usted algo que no sepa. Usted, por ahora, no necesita de filosofías, sino de espíritu;
de aquel espíritu que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Usted ha entrado en
un campo tan grande, tan rico, y tan fecundo para las meditaciones del hombre de talento y
de poética imaginación, que creo verlo enajenado con tan bellos objetos como los que la
religión presenta al hombre de fe. Me parece que usted exclamará como San Agustín:
"¡Oh, cuán tarde os conocí luz eterna! ¡Oh, cuán tarde alcé los ojos a mirarte,
hermosura tan antigua!".
Dios ha dado a usted una alta
inteligencia y una alma de fuego; y Dios, como a otro Santo, lo ha detenido en el camino
que llevaba para traerlo hacia sí. Usted está llamado a desempeñar una gran misión en
esta tierra desgraciada donde tanta guerra se ha hecho y se hace a la iglesia de
Jesucristo. Usted experimentará contradicciones y aun disgustos, "porque todos los
que quieren vivir fielmente en Jesucristo, dice San Pablo, sufrirán persecución".
Pero también dice San Pedro: "Si sois vituperados por Cristo, bienaventurados
seréis".
Usted ha llenado de gozo a los buenos
católicos con su conversión, principalmente a los que son sus amigos, y de ellos a mí
en particular, porque a más del interés que me inspira la religión por la salvación de
todos los hombres, lo tengo muy vivo por usted porque ha sido mi discípulo, y discípulo
que siempre me ha manifestado aprecio, lo que no es muy común en el día, cuando son tan
raros los sentimientos generosos. Sí, mi amigo; no sólo ha dado usted un día de gozo a
sus buenos amigos en la tierra sino que lo ha dado a los ángeles del cielo... lo ha dado
seguramente a su piadosa madre que habrá intercedido por usted. El Salvador ha dicho en
su Evangelio: "En verdad os digo, que habrá más gozo en el cielo sobre un pecador
que hiciere penitencia que sobre noventa y nueve justos que no han menester
penitencia". Palabras son éstas que deben llenar su corazón de consuelo y
esperanza.
¿No ha experimentado usted después de
su conversión una tranquilidad y una paz interior que antes no había gustado? ¡Ah! la
paz que nos da Jesucristo no es como la da el mundo. Es preciso haber andado por los
caminos de Babilonia para saber lo que son las dulzuras de la Sion Santa. Yo hablo con
conocimiento de causa, yo fui un impío incrédulo desde los veintidós años hasta los
treinta y tres de mi edad... ¡con dolor lo digo! y quisiera borrar con mi sangre esos
años desgraciados de mi vida cuya memoria me atormenta y me aterraría si la misericordia
de Dios no me alentara y si no oyera decir a su Apóstol: "Yo fui perseguidor de la
iglesia de Dios, y de sus santos, pero el Señor tuvo misericordia de mí porque lo hice
en la ignorancia de la incredulidad". La misma confesión han hecho otros muchos
después de San Pablo, entre ellos el filósofo La Harpe, discípulo querido de Voltaire,
a quien convirtió la lectura, no diré casual sino providencial, de un capítulo del
Kempis. Usted sabe esto, y sabe quién era La Harpe. ¡Cuántos dejarían de ser
incrédulos si no desdeñasen el estudio de la religión: si la conociesen mejor; si
examinasen sus fundamentos y sus pruebas con ánimo sincero de encontrar la verdad
resolviéndose a observar su moral, a romper con las pasiones y ser buenos!
Sí, mi amigo; yo anduve por esos caminos
anchurosos pensando encontrar en ellos la luz de la verdad, porque en mis errores no
había mala fe sino ignorancia, mas no hallé sino aflicción de espíritu; más dudas;
más dificultades; más oscuridad y fatales desengaños; o más bien felices desengaños
porque ellos me condujeron al conocimiento de dos cosas: 1ª que en la escuela escéptica
no había buena fe; y 2ª que fuera de la escuela de Cristo no hay consuelo; no hay paz
para el alma, ni pueden gustarse aquellas dulzuras que la religión proporciona al hombre
de fe aun en medio de las mayores desgracias. El mundo no acaricia sino a los poderosos y
felices; a los pobres, a los desgraciados los abandona. Sólo jesucristo es el padre y
abogado de los pobres; de los atribulados, de todos los que gimen. Sólo El es quien dice:
"Venid a mí todos los que padecéis que yo os aliviaré". Y, en efecto,
¿quién ha ocurrido a los pies de Jesucristo que no haya vuelto consolado?
¡Qué grande es la filosofía de la
cruz! Por eso decía S. Buenaventura que su mejor libro era Jesucristo crucificado. Los
filósofos gentiles la tuvieron por locura, pero esa filosofía es la que ha regenerado al
mundo. Yo fui traído a su conocimiento por medios bien extraños y en los cuales vi,
sentí la mano de Dios que me retiraba del abismo. Largo sería de referir todo lo que por
mí pasó, y acaso se tendría por un delirio de imaginación; mas yo conocía muy bien
que era Dios el que hablaba a mi alma y no fui rebelde a su voz ni remiso a su
llamamiento. Sin embargo, ¡qué indecisión por momentos!, ¡qué multitud de obstáculos
se presentaban a mi imaginación cuando pensaba en otro modo de vivir! Así como sentía
la mano de Dios por una parte, sentía por otra la del espíritu malo que quería
retenerme en sus lazos ponderándome las dificultades, las molestias, los sinsabores que
se me ofrecerían entre las gentes con quienes trataba y con quienes estaba unido no sólo
por los vínculos de la amistad sino por razón de opiniones; pero todo lo pude por amor a
Jesucristo que me confortaba de un modo eficaz.
La lucha no fue de muchos días. Resuelto
ya a ser buen cristiano me dediqué al estudio del Evangelio y a la lectura de los
maestros de espíritu. ¡Cómo me satisfacía esto! Mi alma se saciaba en aquellas puras
fuentes del Evangelio, y las lecciones espirituales la confortaban. Mientras más leía
más riquezas encontraba en el campo de la religión; más torrentes de luz venían sobre
mi razón; sobre esa razón orgullosa que antes blasfemaba de lo que no conocía. Todas
las dificultades se iban deshaciendo como se deshacen los montones de granizo al darles
los rayos del sol. En aquella parábola divina del Hijo pródigo, que parecía escrita
para mí, encontraba explicadas de un modo práctico aquellas otras palabras de la Santa
Escritura: "desde la hora en que gima el pecador arrepentido, no me acordaré más de
sus iniquidades". El amoroso padre de aquel hijo ingrato, apenas lo ve venir hacia
él, corre a encontrarlo y lo estrecha entre sus brazos. El hijo arrepentido dice:
"Padre, ya no soy digno de llamarme hijo vuestro". El padre no se acuerda de su
ingratitud y no piensa sino en acariciarlo.
Todo esto me llenaba de confianza y de
amor hacia Jesucristo mi Salvador y no dudaba de que en sus misericordias me hubiese
perdonado. Mas no podía estar enteramente satisfecho hasta no someter mi causa al santo
tribunal de la penitencia para dar a Dios la mejor prueba de mi arrepentimiento. ¡Pero
qué trabajo para el examen! Sin embargo, todo lo venció el ansia que tenía por recibir
la absolución sacramental y aquel pan que descendió del cielo para dar vida al mundo.
Retiréme al convento de San Diego en
compañía de un amigo que se interesaba en mi salvación; y allí, entrando en cuentas
conmigo mismo, escribí la relación de mi criminal vida e hice mi confesión con un santo
religioso que me oyó con caridad y me dio la absolución mezclando sus lágrimas de gozo
con las de mi arrepentimiento. ¡Ah, mi amigo!, ahora me siento conmovido al recordar
aquel momento solemne de mi vida en que me parecía descender el rocio del cielo sobre mi
cabeza. ¡Qué descanso el que sentí desde aquel instante! Yo no era el mismo que antes.
Me parecía estar en comunicación con los espíritus celestiales que en otro tiempo se
horrorizaron de verme. Esa noche no pude dormir. Recogido en la celda con mi compañero,
mientras él dormía yo meditaba, no podía pegar mis ojos. Si a Chateaubriand la primera
noche que pasó en las cercanías de Esparta se le quitó el sueño pensando en que oía
ladrar los perros de Laconia y que respiraba el viento de Elide, ¿cómo no me lo había
de quitar el pensamiento de que a la mañana siguiente iba a recibir al que murió por mí
en la cruz, al Dios omnipotente cuya majestad y gloria publican los cielos y la Tierra? Me
parecía estar viendo al Salvador como me lo figuraba al leer el Evangelio, lleno de amor,
de bondad y mansedumbre para con los hombres, y que yo estaba a sus pies sin separarme de
El un instante, como el hijo pequeñito gozando de las caricias de su padre.
Esta celestial ilusión, que duró toda
la noche, vino a ser realidad por la mañana... ¡Oh fe, cuánto es tu imperio!, ¡qué
feliz el que te posee!, ¡qué desgraciado el que no te conoce! Al toque del alba me
levanté de la cama y atravesando el oscuro y silencioso claustro bajé a la iglesia y me
postré ante la Madre de Jesús pidiéndole que así como en las bodas de Caná había
representado a su hijo la necesidad en que estaban aquellos convidados, le presentase las
mías, no para que me diese el agua convertida en vino sino el vino convertido en su
sangre, y que santificada mi alma en el celestial convite me diese fuerzas para seguir el
camino de mi salvación.
Después de la debida preparación me
acerqué a la sagrada mesa en lucha del temor con el amor. Temía por mi indignidad, y
quería, invenciblemente, unirme a Jesús que me decía: "El que come mi carne y bebe
mi sangre en mí está y yo en él...". No podré explicar a usted la conmoción que
sintió mi alma al ver al Sacerdote que se acercaba a mí con la sagrada hostia en sus
manos. ¡Cómo recordaba entonces las palabras del centurión romano: "Señor, no soy
digno de que entres en mi casa!" y ¡cómo tenía fijas en mi oído estas de
Jesucristo: "Venid a mí todos los que trabajáis y estáis agobiados que yo os
recrearé... El pan que os daré es mi carne... Tomad y comed: éste es mi cuerpo".
Recibida la comunión quedé como
anonadado y confundido en la grandeza de Dios: como el arroyuelo que entra en el océano y
se pierde en su inmensidad. ¡Qué paz!, ¡qué dicha! Creía oír estas palabras de
Jesús a Zaqueo el publicano: "Hoy ha entrado la salud en esta casa".
Con estas impresiones salí del silencio
del claustro al bullicio de la sociedad que me parecía una máquina andando, pero que no
hallaba animación mi vida sino en las cosas del espíritu que elevan el alma y decía con
San Ignacio: "¡qué triste me parece la tierra cuando miro para el cielo!".
Desde entonces para acá he procurado
vivir como fiel hijo de la Iglesia, y no me he avergonzado de la cruz de Cristo; antes me
he gloriado en ella. Algunos amigos se me separaron; pero en cambio tuve otros más
sinceros de entre aquellos que yo creía me aborrecían, cuando no aborrecían sino mi
iniquidad. Yo no encontré entre los hombres de fe aquellos fanáticos adustos e
intolerantes que me había figurado, sino hermanos que me recibían con los brazos
abiertos llenos de interés por mí. La mayor parte de los que me abandonaron volvieron
después a mi amistad desengañados.
Gracias a Dios que me ha ayudado para
perseverar en su amor, aunque no con la lealtad que debiera después de tantos beneficios
capaces de hacer santo a cualquiera otro! ¡Gracias a Dios porque me ha concedido algunas
fuerzas para defender la causa de su santa iglesia sin arredrarme humanas consideraciones,
ni más intereses que el de la salvación de las almas y gloria del nombre de Jesucristo!
¡Bendito sea el Señor que me abrió el campo donde poder trabajar en satisfacción de
tanto mal que había hecho y de tanto escándalo como había dado al prójimo!
Este es el campo que se abre ahora a
usted, mi amigo. El Señor lo ha llamado y usted ha oído su voz. Es preciso seguir como
Saulo y no pararse en el camino, para poder decir como él: "He peleado buena
batalla; he acabado mi carrera; he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la
corona de justicia que el Señor, justo juez, dará en aquel día".
Dispénseme, amigo mío muy querido, la
larga relación en que me he ocupado de mí mismo, no con pretensiones de edificarlo,
porque estoy muy lejos de ser tal que eso pudiera suceder, sino para reanimarlo con un
ejemplo más de la divina misericordia en favor de los pecadores arrepentidos. Yo sé
cuál es el estado del alma de los que se hallan en su caso; y sé que no les es
indiferente el saber lo que por otros ha pasado en casos semejantes. Es usted la primera
persona a quien confío estas cosas... ¡Quién me lo había dicho cuando lo tenía en el
colegio!...
Doy a Dios gracias repetidas, y a usted
los parabienes por su conversión. ¡Qué ejemplo para otros! Usted, hombre independiente,
de talento e instrucción; en lo mejor de sus años se convierte a la religión y ¿qué
quiere decir esto? Quiere decir que en ella está la verdad y que usted la buscaba
sinceramente. Por esto Dios le ha dado auxilios, y por lo mismo debe hacerse, como otro
Augusto Nicolás, el defensor de los principios católicos, únicos salvadores de la
sociedad actual, según lo ha dicho Mr. Guizot en su libro de La Iglesia y las sociedades
cristianas. De este modo, y no de otro, es como debe promoverse el progreso social, porque
no hay otro nombre dado a los hombres por el cual puedan ser salvos y felices sino el de
Jesucristo, ni otra ciencia social que el Evangelio. Pero no el Evangelio a merced de
todos, como en el protestantismo, porque entonces hay tantos Evangelios como hombres que
lo interpreten, y tantas interpretaciones como intereses tengan los hombres, sino el
Evangelio con la autoridad de la Iglesia católica establecida por Jesucristo con un jefe
visible a quien confirió el primado apostólico y las llaves del reino de los cielos;
verdad que reconoce aun el mismo Mr. Renán y que hoy trabaja contra la divinidad de la
revelación. Entre los favores que Dios le ha dispensado, uno de ellos ha sido el darle
buenos amigos que se
interesen por su verdadero bien. El señor Ricardo
Carrasquilla y los señores Vergara y Quijano merecen el primer lugar en ese número.
Ellos son también amigos míos y el primero es quien me ha informado sobre lo que ya se
decía acerca de su conversión. Usted sabe que debe contarme en el número de esos buenos
amigos y ocuparme en todo cuanto crea que pueda servirle, que tendré el mayor gusto en
ello.
II. Cómo escribí la
"Historia eclesiástica y civil de la Nueva Granada"
Emprendí este trabajo desde el año de
1856, sin que me arredrasen las dificultades que en nuestro país hacen poco menos que
imposible la publicación de obras extensas. Aventurando, pues, la suerte de trabajo tan
laborioso y difícil, lo he continuado hasta tenerlo casi concluido. Se dará principio a
la impresión de la primera y segunda parte desde que se cuente con un número de
suscripciones suficiente para su costo, e intertanto se concluiría la tercera. En el
número próximo de este periódico se dará razón de los términos de la suscripción.
Irrogaría un agravio a la parte
ilustrada de la sociedad, y sobre todo al clero, si me empeñara en demostrar la
importancia y necesidad de una obra tal como la que ofrezco al público. Solamente diré
que en un país católico, sin fastos eclesiásticos, ni los prelados ni el clero saben a
qué atenerse en muchos casos que a cada paso se presentan sobre cuestiones de disciplina
local y en los cuales sólo la historia de la Iglesia viene a ser la guía del derecho y
la luz de la justicia. Un clero sin la historia de su iglesia es como una familia sin
genealogía.
En la obra de que me ocupo encontrarán
utilidad y recreo toda clase de lectores, laicos y eclesiásticos; porque en ella van
tejidas, con la parte eclesiástica, que hace el fondo, la parte política y civil con
cuantas noticias y descripciones importantes y curiosas he hallado en el cúmulo de
documentos que he consultado. Así es que, aun cuando algunas cosas parezcan ajenas de una
historia eclesiástica, he querido consignarlas allí, ya por ser de grande importancia en
la historia política del país, ya por ser demasiado raras y curiosas relativamente a
costumbres artes, ciencias, literatura, comercio, etc.
Las fuentes de donde he tomado los
materiales para la obra han sido: Los cronistas antiguos del país, y biógrafos de sus
notabilidades.
Los archivos del antiguo virreinato y
real audiencia, que se me franquearon por orden del presidente, doctor Mariano Ospina,
quien tomó un grande interés en que llevara al cabo mi trabajo.
Los archivos del gobierno episcopal y
cabildo eclesiástico, que también me han sido franqueados por el ilustrísimo señor
Arzobispo y Dean del capítulo.
Las bibliotecas de algunos conventos.
La biblioteca pública, donde he
consultado las preciosas colecciones que pusieron a disposición del gobierno el coronel
Anselmo Pineda y el general Joaquín Acosta; colecciones no bien conocidas de todos, que
contienen una inmensa riqueza de documentos importantísimos para la historia, entre ellos
muchos manuscritos y autógrafos raros.
En fin, me he servido de los documentos
coleccionados por mí a fuerza de diligencias y años de trabajo, pudiendo asegurar que
una gran parte de esta colección se compone de manuscritos antiguos originales y
autógrafos, únicos que existan. Y para dar una idea de ello, en favor de la originalidad
de lo que he escrito, diré: que poseo el monumento más antiguo de la historia
eclesiástica y civil de este país, cual es la colección de leyes o constituciones
sinodales sancionadas y publicadas en 3 de junio de 1556, por el primer arzobispo de
Santafé, don fray Juan de los Barrios, que celebró sínodo provincial para dictar las
leyes y reglamentos necesarios al gobierno e instrucción religiosa y social de la nueva
cristiandad indígena, y contener los abusos y malos tratamientos que sufrían los indios
por parte de los conquistadores y encomenderos. Este precioso documento es tan raro que el
obispo Piedrahíta escribiendo su historia en 1676, al hablar de las constituciones del
señor Barrios, decía: que él había visto algunas de ellas; y no es extraño que fueran
tan raras en tiempo en que no había imprenta y cuando los oidores, magnates y
encomenderos se declararon contra esas leyes, cuya observancia hicieron nugatoria. Este
documento es autógrafo de Alonso Garzón de Tahuste, cura de la Catedral; está firmado
por él y dice que lo copió por orden del señor Lobo Guerrero, tercer arzobispo de
Santafé.
Poseo los documentos originales sobre
competencia de jurisdicción, que tuvo lugar en 1583, entre el señor Zapata, segundo
arzobispo de Santafé, y el señor don fray Agustín de la Coruña, obispo de Popayán,
por la citación que se le hizo para que asistiese al concilio que debía reunirse en
Santafé en dicho año.
Tengo un documento antiguo que contiene
la historia del negocio más ruidoso que ha habido en el reino, ocasionado por competencia
de autoridad entre el gobernador de Cartagena, el obispo Benavides, los inquisidores, los
frailes y las monjas, con la rara circunstancia de haberse puesto los inquisidores y los
frailes de parte de la autoridad civil contra la eclesiástica, lo cual sucedía por los
años de 1681.
He consultado los documentos originales
sobre la cuestión del presidente Meneses con los oidores en 1715, a quien pusieron preso
y mandaron a España. De esta época para acá no hay crónicas impresas, todo lo he
tomado de los documentos originales que se hallan en los archivos civiles y
eclesiásticos.
He tenido a la vista todos los
expedientes sobre la expulsión de los jesuitas en 1767 y tomado copias de muchos
documentos curiosos, como las instrucciones secretas del conde de Aranda con los
artículos adicionales para las colonias de América e islas Filipinas; órdenes
reservadas que se dieron para la ejecución del golpe de mano dado a los jesuitas en
Santafé, Antioquia, Popayán, los Llanos, etc., etc., con todas las particularidades de
negocio tan trascendental y de que no se sabe cosa alguna sino por versiones falsas o
adulteradas que circularon desde el mismo tiempo de la expulsión.
Tengo documentos manuscritos originales y
aun autógrafos de la revolución del Socorro, capitulación que hubo, causa y ejecución
de Galán y Alcantus.
He consultado y sacado copias de la
correspondencia original entre la corte de Madrid y el señor Góngora sobre el
establecimiento científico de la Botánica y observatorio astronómico, por el señor
Mutis y sus honorables colegas Caldas, Lozano, Valenzuela, Pombo, etc., y sobre los
descubrimientos que se empezaron a hacer de productos naturales y rápido progreso de ese
establecimiento hasta su decadencia.
Creo suficientes estas indicaciones para
excitar el interés del clero, la curiosidad de muchos y el patriotismo de todos en favor
de la publicación de una obra que salvará del olvido la mejor parte de los anales del
país, contenidos en los fastos de su iglesia, y restablecerá la verdad histórica
alterada en parte por tradiciones mentirosas y escritos apasionados.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 155,
Bogotá, 1º de diciembre de 1973, pp. 14-21.
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